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miércoles, 27 de julio de 2016

Donde haya odio, ponga yo amor

Ayer,  minutos después de que mi avión de regreso a Roma despegara del aeropuerto Charles de Gaulle de París, en Saint Etienne du Rouvray, a pocos kilómetros de la capital francesa, dos terroristas, autoproclamados miembros del ISIS, degollaron al anciano sacerdote Jacques Hamel mientras celebraba la misa con unas pocas personas. Que Dios acoja a este buen hombre y a todas las víctimas del terrorismo de las últimas semanas en Francia, Alemania y varios países de Oriente Medio. El martirio del sacerdote francés recuerda al sufrido por otros muchos cristianos desde hace años en Siria, Iraq, Nigeria, Pakistán, Bangladesh y varios países africanos y asiáticos. En algunos casos, se trata de mártires olvidados, casi como de segunda categoría, pero su vida y su testimonio son inapreciables. En Europa ha llamado mucho la atención el asesinato de Jacques Hamel porque es la primera vez que se produce un asesinato de un sacerdote en una iglesia a manos de un terrorista islámico. Yo me he acordado enseguida del asesinato del beato Oscar Romero en 1980 cuando estaba también celebrando la misa en una pequeña capilla de San Salvador.

¿Qué nos está pasando? ¿Por qué el extremismo islámico está golpeando a muchos musulmanes y a bastantes cristianos? ¿Se trata de lobos solitarios con graves problemas psíquicos –como afirman algunos expertos– o, más bien, estos casos inhumanos y absurdos –aparentemente aislados– forman parte de una estrategia de venganza, intimidación y terror, de una "racionalidad invertida"? Es difícil saberlo. Ayer por la noche, en un informativo de la RAI italiana, escuché a un imán pedir perdón por estos crímenes que él calificó de “crímenes contra la humanidad”, más allá de la religión de los asesinos o las víctimas. Por parte cristiana, me gustaron las declaraciones del obispo católico Vincenzo Paglia, que animaba a responder a estos ataques llenando las iglesias, mezquitas y sinagogas, para hacer ver que la religión, cuando se vive con autenticidad, es siempre fuente de paz y reconciliación, nunca de intolerancia o de muerte.

Yo he hablado con algunos amigos que se inclinan por una respuesta contundente por parte de las autoridades europeas: restricciones de entrada en la Unión Europea a los sospechosos de colaboración con el ISIS, mayores controles policiales, bombardeos de las posiciones del Estado Islámico, etc. Creo que algunas medidas represivas son imprescindibles cuando la sinrazón se abre camino. Pero de ninguna manera hay que dejarse llevar por la venganza y el odio. Una respuesta de este tipo, además de no ser cristiana, no haría sino incrementar la violencia en una imparable cadena acción-reacción de consecuencias imprevisibles. 


Por otra parte, tampoco podemos dejarnos intimidar. La gran victoria del terrorismo consiste precisamente en hacer que una sociedad viva con miedo, que renuncie a moverse con libertad, a expresar sus ideas, a practicar sus cultos, a divertirse, etc. Inocular el miedo y la venganza en el alma de un pueblo significa robarle la identidad y el futuro. Nunca tendríamos que caer en esta trampa. En situaciones como ésta, siempre recuerdo unas palabras de la oración atribuida a san Francisco de Asís: “Que donde haya odio, ponga yo amor”. La fuerza del amor es más poderosa que cualquier reacción policial o militar. Nos ayuda a mirar a las personas a los ojos, a desarmar sus mecanismos de agresividad, a interrogarnos sobre lo que hemos hecho mal, a buscar las verdaderas causas de estos fenómenos, a purificar las religiones de sus contenidos violentos, a pedirnos perdón, a buscar juntos nuevos caminos de integración sociocultural, a mejorar las condiciones de las sociedades pluralistas, a controlar y tratar a los psicópatas, a practicar el diálogo interreligioso y la colaboración... Si éste no es el camino, ¿cuál?

lunes, 25 de julio de 2016

Te he hecho a ti

He estado sin conexión todo el fin de semana. Me corrijo. He estado desconectado de internet (por eso no pude colgar la entrada de ayer domingo), pero conectado –¡y cómo!– a la realidad sufriente del Congo.  El sábado 23 y el domingo 24 estuvieron repletos de visitas, encuentros y conversaciones. Me acosté agotado física y espiritualmente. De todo lo vivido destaco las visitas a la Pédiatrie de Kimbondo y al orfanato Don de Marie de las Misioneras de la Caridad de Madre Teresa de Calcuta. La Pediatría está dirigida por el claretiano chileno Hugo Ríos, acompañado por el claretiano congoleño Víctor Misangamani. El centro funciona con el trabajo de un buen número de empleados y voluntarios de diversas partes del mundo. Su objetivo es atender a los niños con problemas de salud, malnutrición y exclusión. Pero donde el centro muestra su alma es en la recogida de los niños abandonados por la calle o los bosques. Uno de ellos, recién nacido, sobrevivió casi una semana abandonado. Ahora se recupera en el centro. Lo llaman el “niño milagro”. Otro –llamado Francesco– tiene poco más de un año. Padece una grave hidrocefalia. Su cabeza tiene el tamaño de un balón de fútbol. Jamás había visto algo semejante. No hay operación posible. Morirá dentro de poco.  El sábado estaba siendo alimentado en su camita por una voluntaria chilena que no perdía la sonrisa. Las historias son interminables.

En el orfanato Don de Marie vi también ejemplos que me llegaron al alma. Hay niños infectados de SIDA, recogidos en las calles de Kinshasa, con problemas psíquicos, etc. En medio de todo, la religiosa de Bangladesh que nos acompañaba, no dejó de sonreír en ningún momento. Ella y sus siete compañeras de comunidad tocan y huelen a diario el sufrimiento humano. Tendrían que estar destrozadas, destilar amargura y, sin embargo, sonríen, se mueven con delicadeza, representan la ternura de Dios hacia sus hijos más débiles.

Tanto el sábado como el domingo me fui a la cama derrotado por sentimientos de rabia, tristeza, ternura y compasión. Adopté el papel de Abrahán y me puse a regatear con Dios, tal como se nos describe en la primera lectura de ayer domingo. Abrahán se comportó como un verdadero beduino: quería conseguir de Dios un precio rebajado. Yo me comporté, más bien, como un creyente confundido. Se me hace muy duro entender cómo una madre puede abandonar a su hijo recién nacido en la calle, por qué un niño nace con graves malformaciones o por qué hay desaprensivos que dejan embarazadas a niñas de doce o trece años y luego desaparecen. No tenía ganas ni de rezar. 

Me acordé de la historia de aquel monje que salió un día de su monasterio y vio por la calle a una niña mendigando. Cuando regresó a su retiro monástico increpó a Dios: “¿Qué haces tú para remediar esto?”. Silencio absoluto. Dios no sabe/no contesta. Al día siguiente se repite la misma escena. Y así varios días seguidos. Al final de la semana, el monje, en la cumbre de su irritación, se dirige a Dios: “Tú, que te presentas como el Todopoderoso, ¿qué haces tú para responder a las necesidades de esta pobre niña?”. Unos instantes de silencio y luego una voz serena pero contundente: “Te he hecho a ti”. No comment.

Las religiosas de Madre Teresa, mis hermanos claretianos Hugo y Víctor, tantos trabajadores y voluntarios de la Pediatría de Kimbondo y del orfanato Don de Marie han entendido perfectamente la respuesta. No pierden el tiempo en disquisiciones inútiles, no se abandonan a sentimientos de rabia o derrota, no culpan a Dios. Simplemente se ponen manos a la obra. Saben que la única respuesta al mal –a todo mal– es el amor. Procuran traducir este amor en las obras que mejor lo expresan: alimentar a los niños malnutridos, curar a los enfermos, operar a los que lo necesitan, escolarizar a los que pueden aprender algo, enterrar con dignidad a los que mueren y, sobre todo, regalar una infinita ternura. 

Los niños abandonados necesitan tocar y ser tocados. Me impresionó cómo se acercaban a mí y me agarraban con fuerza como si quisieran retenerme con ellos. Hablé brevemente con un grupo de jóvenes voluntarios italianos. Estaban pasando un mes aquí. Todos me dijeron que estaban contentísimos, que esto no tiene precio. Hay algunos voluntarios que se entregan por un fuerte sentido de humanidad. Los admiro. La mayoría tiene fuertes motivaciones religiosas. Las Misioneras de la Caridad de Madre Teresa dedican dos horas diarias (una por la mañana y otra por la tarde) a la adoración silenciosa. Es su secreto. Por eso resisten. Por eso se dan. No tengo más que añadir.

domingo, 10 de julio de 2016

El amor tiene más verbos que el rodeo

El tiempo romano ha durado poco. Regresé de África hace apenas una semana. Escribo de nuevo desde el continente negro. Llegué ayer a Libreville, la capital de Gabón, cuando el sol se estaba ya poniendo por el horizonte del océano Atlántico. Los atardeceres tropicales son muy cortos. Es como si la noche cayera en picado. El día comenzó a las 4 de la mañana en Roma. Luego, escala de tres horas en París y rumbo a África. Cada vez que sobrevuelo el inmenso desierto del Sahara me acuerdo de dos personajes que han influido en mi espiritualidad: Charles de Foucauld y Carlo Carretto. Los dos son hombres del desierto. En las inmensidades del Sahara se enfrentaron al Absoluto y acabaron seducidos. Dios los llevó al desierto para hablarles al corazón. Y ellos supieron responder con generosidad. 

Las lecturas del 15 Domingo del Tiempo Ordinario –y especialmente el evangelio– son tan jugosas que necesitaríamos todo el domingo para hacerlas nuestras. En el vídeo que pongo al final, Fernando Armellini nos ayudará a entender el trasfondo de la parábola del “buen samaritano”. Yo me limito, como suelo hacer cada domingo, a poner el foco en un solo punto. 

Del relato de Jesús me sorprenden los verbos. En el caso del sacerdote y del levita, todo se reduce a dos: dar un rodeo y pasar de largo. Son nuestros verbos cotidianos. Cada vez que percibimos una necesidad y no estamos dispuestos a atenderla hacemos lo mismo: damos un rodeo y pasamos de largo. Gastamos la existencia conjugando estos dos verbos que denotan insensibilidad, indiferencia, comodidad, cobardía, prisa, egoísmo… No afrontamos las cosas, no queremos complicarnos la vida, nos refugiamos en nuestra agenda. Alguien hará algo. 

El samaritano, por el contrario, tiene una gramática más rica. Jesús no ahorra detalles para describir su actitud. Emplea un mínimo de ocho verbos: lo vio (1), sintió lástima (2), se acercó (3), le curó las heridas con aceite y vino (4), se las vendó (5), lo montó en su cabalgadura (6), lo llevó a una posada (7) y lo cuidó (8). Aún podríamos añadir uno más: pagó la cuenta al posadero. Jesús está describiendo un amor que se despliega en los mil detalles de la vida concreta. Algo parecido hace san Pablo cuando habla de los rasgos del amor en su primera carta a los Corintios. El papa Francisco ha hecho un comentario detallado de este himno en la exhortación Amoris Laetitia. Lo aplica a los esposos, pero vale para todos: Nuestro amor cotidiano. Os invito a leerlo con calma.



Necesitamos personas que sepan conjugar estos verbos. Ver las necesidades de los demás, sentir compasión desde las entrañas, acercarse (no tener miedo al contagio), curar con el aceite del cariño y el vino de la alegría, vendar con ternura, acompañar, cuidar… ¿Es necesario hacer algún curso en alguna universidad para aprender a conjugar estos verbos? Los mejores hombres y mujeres los traen de serie y los van afinando con la práctica cotidiana. Los un poco ilustrados siempre corremos la tentación de practicar más el par de verbos levítico-sacerdotal: dar un rodeo y pasar de largo. Pero nunca es tarde para detenerse. Este domingo la palabra de Jesús es una invitación clara y delicada. 

No me olvido del vídeo de nuestro amigo Fernando Armellini. Algunos acabaréis aprendiendo italiano con sus explicaciones dominicales. O, por lo menos, un poco de exégesis, que nunca viene mal para enriquecer nuestra formación bíblica. 



Quizá este vídeo sin palabras ilustre con un ejemplo de hoy qué significa "ser humanos". 




domingo, 19 de junio de 2016

Diccionario elemental para seguidores

De Jesús he escrito varias veces en este blog. Al menos dos entradas llevan su nombre: Jesús, ¿quién eres tú? y, de manera un poco más críptica, Yeshua, tu nombre me suena. El evangelio de este XII Domingo del Tiempo Ordinario vuelve a la carga, así que no tengo más remedio que hacerme eco. Me resulta extraño que Jesús pregunte por su identidad. Por lo general, él muestra siempre una conciencia clara de quién es. Pero Lucas quiere aclarárnosla a nosotros, los seguidores de todos los tiempos, no sea que cometamos errores imperdonables. Los contemporáneos de Jesús fácilmente podían ver en él al Mesías que llevaban tanto tiempo esperando. Al fin y al cabo, Israel –salvo breves períodos de su historia– siempre había sido un pueblo pequeño ocupado por potencias más poderosas. Un Mesías solo merecía tal nombre si iba a ser el libertador del pueblo. Los cristianos del tiempo de Lucas ya no piensan así, pero algunos anhelan a un Cristo semejante al emperador de Roma: poderoso, esplendente, conquistador. 

Nosotros, al cabo de dos mil años de historia, tenemos las claves secretas, pero siempre hay algo que nos impulsa a pensar que si creemos en un Resucitado, de algo tiene que servirnos. ¿Qué ganamos con creer en él? ¿Es que acaso quien cree en Jesús encuentra enseguida un puesto de trabajo, se enamora sin complicaciones, adelgaza los kilos que le sobran y consigue el premio gordo de la lotería?

Lucas dice que, antes del diálogo que Jesús va a tener con los suyos, se retira a orar. O sea, que se trata de algo muy importante. Tras la consabida ronda de consultas, les regala un pequeño diccionario que, en realidad, les va a servir de poco porque los discípulos no acaban de dominar la lengua del Maestro. En síntesis, les (nos) viene a decir lo siguiente: 
“Sí, yo soy el Mesías, no quiero engañaros, pero me temo que no a la manera como vosotros lo imagináis. Muchas personas os prometen la felicidad vendiéndoos métodos de autoayuda, prometiéndoos la independencia de vuestro país, el pleno empleo o la subida de las pensiones, asegurándoos que vuestro equipo de fútbol va a ganar, promocionando un remedio milagroso contra el cáncer, regalándoos un crecepelo o un método de adelgazamiento… No, yo os invito a abrazaros al peso (cruz) de cada día, a no huir de los problemas que tenéis, a no esconder la cabeza. La vida humana, a causa de ese virus mortal que la infecta, es una pura contradicción. Queréis el bien y hacéis el mal. Siempre hay algo que estropea vuestros sueños. No hay relación o proyecto que se cumpla al cien por cien. Yo asumo esta contradicción, la cargo sobre mis hombros, incluso me dejo aplastar por ella. A ninguno de vosotros os sale de dentro actuar de este modo. Todos huis de las dificultades como del demonio. Pero os quiero revelar un secreto: solo abrazándolas (tomando la cruz de cada día), podréis vencerlas porque yo las he vencido (“resucitaré al tercer día”).”
Se nos pasa la vida y no acabamos de entender el mensaje. A pesar de este pequeño y claro diccionario, preferimos seguir usando el vocabulario del triunfo, el reconocimiento, el aplauso… con lo cual no sabemos cómo encajar los problemas que cada día nos visitan como si fueran el verdadero pan nuestro. Jesús, a diferencia de tantos líderes de ayer y de hoy, no promete el cielo en la tierra. Nos emplaza a afrontar la crudeza de la vida con la certeza de que quien se entrega acaba venciendo la batalla. Cargar con la cruz de cada día significa que el mal que existe en el mundo solo se vence con la fuerza del bien. A mayor mal, más entrega silenciosa y desinteresada. No hay arma más poderosa que el amor.

A algunos os gusta seguir los vídeos de Fernando Armellini. Os dejo con el de este domingo.


miércoles, 11 de mayo de 2016

Arder, abrasar y encender, verbos de fuego

Ayer por la tarde pasé un buen rato orando ante el sepulcro de san Antonio María Claret, que se encuentra en la cripta del templo que lleva su nombre en Vic, Barcelona. Fuera llovía con suavidad. Dentro reinaba una gran calma. No había nadie más que yo. Tuve la sensación de estar dialogando con alguien que ha determinado el rumbo de mi vida. 
Permanecí en silencio, pero no mudo. Mis ojos recorrían los símbolos que el artista gerundense Domènec Fita incrustó en la gran urna de madera de diversos colores. Hay también tres palabras escritas en catalán, la lengua materna de Claret: Fundador (fundador), Missioner (misionero) y Bisbe (obispo). 

Fue como si el tiempo se hubiera detenido. Me vino a la mente el retrato del misionero que Claret regaló a los suyos. Se trata, en realidad, de un autorretrato. Figura en el número 9 de las Constituciones de los Misioneros Claretianos. Son palabras que todos los claretianos sabemos de memoria. Nos ayudan a saber quiénes somos, qué motivaciones hay detrás de lo que hacemos, cómo afrontar las dificultades de la vida. Las transcribo:

Un Hijo del Inmaculado Corazón de María
es un hombre que arde en caridad
y que abrasa por donde pasa.
Que desea eficazmente
y procura por todos los medios
encender a todos los hombres en el fuego del divino amor.
Nada le arredra; se goza en las privaciones; aborda los trabajos;
abraza los sacrificios; se complace en las calumnias;
se alegra en los tormentos y dolores que sufre
y se gloría en la cruz de Jesucristo.
No piensa sino cómo seguirá e imitará a Cristo en orar,
en trabajar, en sufrir,
en procurar siempre y únicamente
la mayor gloria de Dios
y la salvación de los hombres.


He meditado muchas veces este programa de vida. Hoy me detengo solo en los tres verbos relacionados con el fuego. Lo hago porque siento que estamos un poco apagados. 

En las últimas semanas me he encontrado con personas que caminan como a oscuras, sin alegría, soportando el peso de la vida. Claret vivió también tiempos difíciles. Su obsesión era encender a todo el mundo en el fuego del amor de Dios. Cuando los seres humanos no nos sentimos amados, no sabemos por qué y para qué estamos aquí. Somos como una vela apagada, que no sirve para nada. ¿Cómo se puede encender a otra persona en este fuego? 

En primer lugar, necesitamos arder; es decir, tener la experiencia de que somos amados, de que hay dentro de nosotros un fuego que nos calienta, quema, ilumina, purifica, cauteriza. Este fuego es el don del Espíritu Santo, el don del amor. Solo entonces abrasamos por donde pasamos. El fuego, como el amor, es por naturaleza expansivo. Cuando algunos de mis amigos latinoamericanos escriben este verbo tienden a cambiar la letra ese por la zeta. El resultado es hermoso: abrasamos se convierte en abrazamos. Ambos verbos expresan esta dinámica de contagio. El resultado final es que otras personas apagadas, sin ánimo, se encienden, recuperan la luz y el calor en sus vidas.




Necesitamos hombres y mujeres de fuego. No se trata de pirómanos, sino de personas enamoradas, que sientan dentro el cosquilleo de Dios y sepan contagiarlo a quienes buscan y no encuentran, a quienes se debaten siempre en la duda, a quienes conducen una existencia fría y sin alma.

miércoles, 27 de abril de 2016

La alegría del amor

Confieso que los 325 párrafos de la última exhortación apostólica del papa Francisco –que se titula precisamente Amoris Laetitia (La alegría del amor)– me disuadían de su lectura. ¿Quién tiene tiempo para leérselos con calma? He estado remoloneando  desde que se publicó el pasado 8 de abril. Por fin, ayer, durante el viaje en avión de Roma a Madrid y luego en tren de Madrid a Sevilla, pude hacer una primera y rapidísima lectura. Antes, en Roma, había leído ya la presentación que el jesuita italiano Antonio Spadaro ofrece en el último número de La Civiltà Cattolica, así como algunos artículos, más o menos críticos, en medios digitales. La cosa no ha hecho más que empezar. 

Pensando en los lectores de este blog que no están familiarizados con este tipo de documentos, diré tres cosas para abrir boca:

1) Esta exhortación es un documento del papa Francisco que recoge las aportaciones del Sínodo extraordinario de los Obispos sobre Los desafíos pastorales a la familia en el contexto de la nueva evangelización (5-19 de octubre de 2014) y del Sínodo ordinario sobre el tema Jesucristo revela el misterio y la vocación de la familia (4-25 de octubre de 2015). Naturalmente, el papa Francisco no se limita a repetir lo que los Sínodos dijeron, pero los toma muy en cuenta. En algunos sitios más que en otros se nota su impronta personal. También recoge las aportaciones de algunas Conferencias episcopales como  las de México, Kenia, Australia, Colombia, Italia, Corea, España y Chile.

2) La exhortación –excesivamente larga en tiempos de rápida comunicación audiovisual como los nuestros– se divide en 9 capítulos de desigual factura:

1) A la luz de la Palabra.
2) Realidad y desafíos de las familias.
3) La mirada puesta en Jesús. Vocación de la familia.
4) El amor en el matrimonio.
5) Amor que se vuelve fecundo.
6) Algunas perspectivas pastorales.
7) Fortalecer la educación de los hijos.
8) Acompañar, discernir e integrar la fragilidad.
9) Espiritualidad matrimonial y familiar.

3) El mismo papa Francisco, consciente de la extensión del documento y de la complejidad de los muchos temas abordados, dice con claridad: “No recomiendo una lectura general apresurada. Podrá ser mejor aprovechada, tanto por las familias como por los agentes de pastoral familiar, si la profundizan pacientemente parte por parte o si buscan en ella lo que puedan necesitar en cada circunstancia concreta”.

Mientras el AVE discurría por la verde campiña manchega, salpicada de vides y olivos, yo tuve, más bien, la impresión de estar navegando por un río caudaloso en el que han vertido sus aguas muchos afluentes de tonalidades diversas. Algunos son identificables; otros se pierden en la corriente principal. 

Creo que pocos laicos van a leerse de cabo a rabo la exhortación. A los casados les recomendaría comenzar leyendo juntos, a ratos perdidos, los párrafos 90-119 y luego comentarlos partiendo de la propia experiencia. Puede ser un ejercicio muy estimulante. Si esa lectura les abre el apetito, pueden saltar al capítulo 1, al 7 o al 9. Si no, mucho me temo que se van a desanimar. Y lo mismo sucederá con las pequeñas comunidades, grupos de novios, etc. Si algunos animadores tienen la habilidad de conectar las palabras del Papa con las situaciones de la vida, entonces el documento resultará iluminador. Pero esto requiere tiempo y un poco de sagacidad.

Los medios de comunicación se han limitado a rastrear lo que el Papa dice sobre los divorciados vueltos a casar y su posible acceso a la comunión, sobre las parejas homosexuales y sobre algunos otros temas candentes como la cohabitación, el uso de anticonceptivos, etc. La mayoría se ha sentido decepcionada porque el Papa no pronuncia un sí nítido en línea con “lo que la gente demanda”. 

A mi modo de ver, ha hecho algo mucho más arriesgado y –si se quiere– más revolucionario a medio y largo plazo: ha introducido la lógica del discernimiento que no reduce los ideales cristianos a principios abstractos sino que los plantea como procesos de crecimiento y transformación, sometidos también a la ley de la gradualidad y conducidos por la gracia de Espíritu Santo que es quien -en palabras de Jesús- nos irá llevando a la "verdad plena" porque no podemos con todo por ahora. Pero esto es demasiado sutil –demasiado jesuítico, si se me permite el tópico– para ser captado por los medios de comunicación o incluso por los creyentes que concentran todo en la disyuntiva “está permitido – está prohibido”. El código civil funciona así. El Evangelio es tan exigente que desborda estas categorías que parecen claras, pero que, en el fondo, reducen la complejidad de la vida a mera complicación, susceptible de ser abordada con normas precisas. 

Necesitaré varios cafés, mucho diálogo con matrimonios de carne y hueso y, sobre todo, mucha oración, para seguir compartiendo algunas reflexiones. Mientras tanto os transcribo uno de los párrafos que más me ha gustado:
72. El sacramento del matrimonio no es una convención social, un rito vacío o el mero signo externo de un compromiso. El sacramento es un don para la santificación y la salvación de los esposos, porque «su recíproca pertenencia es representación real, mediante el signo sacramental, de la misma relación de Cristo con la Iglesia… El matrimonio es una vocación, en cuanto que es una respuesta al llamado específico a vivir el amor conyugal como signo imperfecto del amor entre Cristo y la Iglesia. Por lo tanto, la decisión de casarse y de crear una familia debe ser fruto de un discernimiento vocacional.
Tendría que haber dicho al principio que el título mismo de la exhortación ofrece ya una clave novedosa. No se trata de recordar la doctrina tradicional sobre el matrimonio, como si su repetición surtiera efectos transformadores, sino, más bien, de anunciar la "buena noticia" de este sacramento, que significa y realiza "la alegría del amor". ¡Qué vocación tan hermosa! Si más jóvenes la descubrieran, no irían repitiendo eso de que "el matrimonio no es más que papeleo y ganas de complicar la cosa".

domingo, 24 de abril de 2016

Solo el amor es siempre nuevo

En una sociedad tan cambiante, vivimos pendientes de las novedades en todos los campos. La publicidad nos mete por los ojos el último modelo de teléfono Apple o Samsung, los libros recién editados, los ordenadores de última generación y los coches híbridos más atractivos. Los periódicos digitales, por su parte, nos inundan de urgent news. La moda quiere que estemos a la última. Nos sugiere formas, colores y texturas que rompen lo conocido. Pero todas estas novedades se vuelven viejas al poco tiempo. Se marchitan como flores cortadas. “Nada hay más viejo que el diario de ayer” se dice con sorna en la jerga periodística. Las "novedades" enseguida son sustituidas por otras en una escalada interminable que acaba asfixiándonos. El exceso de novedades nos hace paradójicamente viejos porque nos obliga a vivir con la lengua fuera, nos proyecta lejos de nosotros mismos, sitúa la felicidad en la consecución de algo que no nos pertenece y que no puede colmarnos: un trabajo, una casa, un coche, un teléfono, una relación… El viejo Agustín de Hipona lo expresó muy bien porque lo había vivido en carne propia: "Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón siempre estará inquieto hasta que no repose en ti". 

Inmersos en este mar cultural, ¿cómo entender el bellísimo mensaje que nos ofrece la liturgia de este quinto domingo de Pascua? En el capítulo 21 del Apocalipsis, Jesús resucitado, sentado en el trono, dice: “Todo lo hago nuevo”. En su visión, Juan confiesa: “Vi un cielo nuevo y una tierra nueva”. No se trata de simples retoques cosméticos a este mundo viejo “porque el primer cielo y la primera tierra han pasado”. En el evangelio de Juan, Jesús nos da un mandamiento nuevo: “que os améis unos a otros; como yo os he amado”. Y añade algo que hoy quisiera colocar en primer plano: “La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros”.

Muchas personas ansiosas de novedades perciben el mensaje de Jesús como algo viejo, pasado de moda: “Consumir preferentemente antes del siglo XXI”. La Iglesia les parece, en el mejor de los casos, una hermosa reliquia del pasado. Ni Jesús ni la Iglesia parecen encajar en un mundo que habla de campos gravitacionales, sociedad de la información, polimorfismo sexual, códigos genéticos, robótica y nanotecnología. Esto sí suena a nuevo y suscita curiosidad.

Poco antes de morir, el testamento que Jesús deja a sus discípulos de todas las épocas es desconcertante. No les dice: “Todos querrán hacerse cristianos si organizáis muy bien la curia romana, si aceleráis la ordenación de las mujeres y el reconocimiento de las parejas homosexuales, si os hacéis presentes en los medios de comunicación, si entráis en las universidades, si os dedicáis a la ciencia, si encontráis una vacuna contra la malaria, si conseguís llegar a Marte, si resolvéis el problema del hambre…”. 

No, lo que Jesús les dice es: “La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros”. No puede pedirles algo más simple y, al mismo tiempo, más novedoso: que se amen unos a otros. Es decir, que expresen en su vida cotidiana lo que Dios mismo es: amor, entrega, donación. Eso es lo que hace la tierra nueva y anticipa el cielo nuevo. El amor, a diferencia del Samsung Galaxy 7 o del Windows 10, no pasa nunca de moda: contiene en sí mismo el principio de la continua regeneración. Quien ama ya ha llegado al final, ya está viviendo el cielo en la tierra. 

Mientras escribo estas notas, me pregunto cuánto tarda una persona normal en llegar a esta convicción. El testimonio de muchos moribundos es concluyente. En el lecho de muerte, no se arrepienten de no haber escalado el Everest o de no haber ganado un millón de euros. Casi siempre el gran pesar de los seres humanos en la hora decisiva es no haber amado lo suficiente, haber perdido el tiempo en batallas inútiles, en metas secundarias. 

¿Será necesario esperar a la hora postrera para caer en la cuenta de esta novedad que Jesús nos revela? Las personas que se ejercitan cada día en "el arte de amar" no temen la muerte, porque ya están viviendo la novedad de la vida nueva. Y esto es precisamente lo que hace del cristianismo algo diferente, una propuesta de vida que conecta con la necesidad más profunda del ser humano. Puede que el mensaje esté recubierto de mil adherencias culturales, que haya sido tergiversado, pero no puede ser más nítido y más nuevo. Por eso, es siempre contagioso. Es el lenguaje más universal. Se entiende en todas las lenguas y culturas. No pasa de moda. San Pablo se encargó de describirlo en su famoso "himno al amor".

Os dejo con una canción que puede alegraros el domingo: "Una ventana abierta", del cantautor español Migueli. 


jueves, 24 de marzo de 2016

¡Qué noche la de aquel día!

Este blog no es un espacio de comentarios litúrgicos. En la red abundan las páginas de recursos para vivir la liturgia cristiana. Pero voy a hacer una excepción durante los próximos días porque cualquier otro tema que no tenga que ver con el misterio que los cristianos recordamos me parece casi fuera de lugar. Uso el verbo recordar con un sentido único: hacer actual lo que sucedió en el pasado, no simplemente rememorar o conmemorar unos hechos, como podemos conmemorar este año el cuarto centenario de la muerte de Cervantes o Shakespeare.

En los días que siguen a la primera luna llena después del equinoccio de primavera la liturgia nos propone celebrar que Jesucristo murió (Viernes Santo), fue sepultado (Sábado Santo) y resucitó (Domingo de Pascua). Estos son los tres días que constituyen el único día del Triduo Pascual. La tarde del Jueves Santo es como una gran obertura que nos presenta en síntesis los temas principales de esta ópera magna que es la muerte, sepultura y resurrección de Jesucristo.

Este año voy a vivir el Triduo Pascual en Roma. Dentro de poco iré a la Basílica de san Pedro para participar en la Misa Crismal con el papa Francisco y centenares de obispos y sacerdotes. Por la tarde celebraré la misa in coena Domini en una pequeña residencia de ancianas. Seremos pocos: las ancianas, las cuatro religiosas que las cuidan y algunos vecinos del barrio. Nada comparable –en cuando al número de personas y la solemnidad– a la liturgia que se celebrará en muchas catedrales e iglesias de todo el mundo. Y, sin embargo, el misterio es el mismo. Quiero compartir con los lectores de este blog tres flashes que iluminan sin deslumbrar. Cada uno está tomado de una de las tres lecturas que se proclaman en la misa del Jueves Santo.

El primer flash viene del libro del Éxodo: Esa noche comeréis la carne, asada a fuego, comeréis panes sin fermentar y verduras amargas… Es la Pascua, el paso del Señor…” . Para el pueblo judío, incluso hoy, no hay noche comparable a esta. Aunque la fiesta tiene connotaciones cósmicas y agrícolas, su significado más profundo es histórico: el “paso” (pascua) de la esclavitud a la libertad. Solo quien siente en carne propia el peso de las cadenas, comprende lo que significa el éxodo. Pienso en los esclavos negros de las plantaciones de Estados Unidos y sus potentes cantos inspirados  en la liberación de Israel. O en el recurso al Éxodo que en su momento hizo la teología de la liberación. Hoy, un poco narcotizados por la sociedad del entretenimiento, tenemos poca conciencia de nuestras esclavitudes: más bien, nadamos en ellas. No aspiramos a ninguna liberación sino solo a gestionar el presente de la manera más satisfactoria posible. El sueño de la liberación nace de la esperanza en otro mundo posible. Cuándo ésta mengua, no se anhela ningún “paso”, ninguna pascua. Y, mucho menos, el “paso” de un Señor que parece haberse olvidado de sus hijos e hijas, dejándolos a su arbitrio en este inmenso parque de atracciones –pero también campamento de refugiados– que es el mundo.

El segundo flash es de la primera carta a los corintios: “En la noche en que iban a entregarlo… tomó pan, lo bendijo, lo partió y dijo”. Pablo, en su carta a la comunidad de Corinto, escrita probablemente en Éfeso hacia el año 55, se hace eco de una tradición que le precede. También aquí hace referencia a una noche especial. Para mí, la palabra clave de esta noche no es paso sino entrega. Antes de que Jesús sea entregado a las autoridades judías y romanas, él mismo se entrega en los símbolos del pan y del vino. La secuencia eucarística “tomar-bendecir-partir-repartir” indica bien en qué consiste su entrega. Por eso me resulta tan difícil separar la entrega de la propia vida a través del servicio de la celebración de la Eucaristía.  Cada vez entiendo menos –lo confieso con pena– a los que, con buena voluntad, repiten la cantinela: “Lo que importa es ser buenos; eso de ir a misa no tiene importancia”. ¿Por qué hemos llegado a este divorcio? ¿Por qué lo que Jesús ha unido lo hemos separado los hombres, incluso los que nos consideramos creyentes? Drama sobre drama. Fracaso de una evangelización a medias, amputada.

El tercer flash es del evangelio de Juan: “Los amó hasta el extremo… se pone a lavarles los pies a los discípulos”. Salvo en algunas culturas orientales, hoy solo se lava los pies a los niños y a los enfermos y ancianos impedidos. En el mundo occidental, ésta no es ya una práctica de hospitalidad. Pocos la entienden. Me pregunto si sigue teniendo sentido conservarla en la liturgia del Jueves Santo. Y, sin embargo, en su aparente anacronismo, está desnudando nuestros conceptos románticos del amor. El Jesús que se ciñe la toalla inaugura la “teología del delantal”, por usar la sugerente expresión del obispo italiano don Tonino Bello. El amor se muestra en la capacidad de hacernos esclavos de los demás. Creo que no he podido usar una expresión más desafortunada en tiempos en los que reivindicamos hasta la exasperación nuestra sacrosanta libertad individual, nuestro derecho a la privacy y la dignidad entendida como la actitud de quien no se doblega nunca. Jesús, el Hijo, que no se arrodilla ni ante Herodes ni ante Pilatos, no tiene inconveniente en reclinarse para lavar los pies de sus discípulos. Quizá esta noche, en el silencio de la Hora Santa, lejos de los discursos, se nos conceda la gracia de entender qué significa esto, por qué Jesús “siendo de condición divina… se despojó de su grandeza, tomó la condición de esclavo” (Flp 2,6-7).

Uno de los cantos típicos del Jueves Santo, legado por la tradición, es el Pange lingua. Os dejo con esta nostálgica versión del Pange lingua, interpretada por el grupo Mocedades. Para poder seguirla mejor, aquí tenéis la letra (en latín y en español).

(latín)

PANGE LINGUA
(español)
Pange, lingua, gloriosi
Córporis mystérium
Sanguinísque pretiósi,
Quem in mundi prétium
Fructus ventris generósi
Rex effúdit géntium.

Nobis datus, nobis natus
Ex intácta Vírgine,
Et in mundo conversátus,
Sparso verbi sémine,
Sui moras incolátus
Miro clausit órdine.

In supremæ nocte coenæ
Recumbens cum frátribus,
Observata lege plene
Cibis in legálibus,
Cibum turbæ duodenæ
Se dat súis mánibus.

Verbum caro, panem verum
Verbo carnem éfficit,
Fitque Sanguis Christi merum,
Et, si sensus déficit,
Ad firmandum cor sincerum
Sola fides súfficit.

Tantum ergo Sacraméntum,
Venerémur cérnui:
Et antíquum documentum
Novo cedat rítui;
Præstet fides suppleméntum
Sénsuum deféctui.

Genitori Genitóque,
Laus et iubilátio;
Salus, honor, virtus quoque,
Sit et benedíctio;
Procedénti ab utróque
Compar sit laudátio.
Amen.
Canta, oh lengua,
el misterio del glorioso Cuerpo
y de la Sangre preciosa
que el Rey de las naciones,
fruto de un vientre generoso,
derramó en rescate del mundo.

Nos fue dado,
nos nació de una Virgen sin mancha;
y después de pasar su vida en el mundo,
una vez propagada la semilla de su palabra,
terminó el tiempo de su destierro
dando una admirable disposición.

En la noche de la Última Cena,
sentado a la mesa con sus hermanos,
después de observar plenamente
la ley sobre la comida legal,
se da con sus propias manos
como alimento para los doce.

El Verbo encarnado, pan verdadero,
lo convierte con su palabra en su carne,
y el vino se convierte en la sangre de Cristo.
Y aunque fallan los sentidos,
solo la fe es suficiente
para fortalecer el corazón en la verdad.

Veneremos, pues,
postrados tan grande Sacramento;
y la antigua imagen ceda el lugar
al nuevo rito;
la fe reemplace
la incapacidad de los sentidos.

Al Padre y al Hijo
sean dadas alabanza y gloria,
fortaleza, honor,
poder y bendición;
una gloria igual sea dada a
aquel que de uno y de otro procede.
Amén.


La versión litúrgica que os propongo a continuación mantiene el sentido del original, pero elabora el texto de manera poética. Es la recomendable para la oración personal.

Que la lengua humana
cante este misterio:
la preciosa sangre
y el precioso cuerpo.
Quien nació de Virgen
Rey del universo,
por salvar al mundo,
dio su sangre en precio.

Se entregó a nosotros,
se nos dio naciendo
de una casta Virgen;
y, acabado el tiempo,
tras haber sembrado
la palabra al pueblo,
coronó su obra
con prodigio excelso.

Fue en la última cena
-ágape fraterno-,
tras comer la Pascua
según mandamiento,
con sus propias manos
repartió su cuerpo,
lo entregó a los Doce
para su alimento.

La palabra es carne
y hace carne y cuerpo
con palabra suya
lo que fue pan nuestro.
Hace sangre el vino,
y, aunque no entendemos,
basta fe, si existe
corazón sincero.

Adorad postrados
este Sacramento.
Cesa el viejo rito;
se establece el nuevo.
Dudan los sentidos
y el entendimiento:
que la fe lo supla
con asentimiento.

Himnos de alabanza,
bendición y obsequio;
por igual la gloria
y el poder y el reino
al eterno Padre
con el Hijo eterno,
y al divino Espíritu
que procede de ellos. Amén.