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domingo, 19 de junio de 2016

Diccionario elemental para seguidores

De Jesús he escrito varias veces en este blog. Al menos dos entradas llevan su nombre: Jesús, ¿quién eres tú? y, de manera un poco más críptica, Yeshua, tu nombre me suena. El evangelio de este XII Domingo del Tiempo Ordinario vuelve a la carga, así que no tengo más remedio que hacerme eco. Me resulta extraño que Jesús pregunte por su identidad. Por lo general, él muestra siempre una conciencia clara de quién es. Pero Lucas quiere aclarárnosla a nosotros, los seguidores de todos los tiempos, no sea que cometamos errores imperdonables. Los contemporáneos de Jesús fácilmente podían ver en él al Mesías que llevaban tanto tiempo esperando. Al fin y al cabo, Israel –salvo breves períodos de su historia– siempre había sido un pueblo pequeño ocupado por potencias más poderosas. Un Mesías solo merecía tal nombre si iba a ser el libertador del pueblo. Los cristianos del tiempo de Lucas ya no piensan así, pero algunos anhelan a un Cristo semejante al emperador de Roma: poderoso, esplendente, conquistador. 

Nosotros, al cabo de dos mil años de historia, tenemos las claves secretas, pero siempre hay algo que nos impulsa a pensar que si creemos en un Resucitado, de algo tiene que servirnos. ¿Qué ganamos con creer en él? ¿Es que acaso quien cree en Jesús encuentra enseguida un puesto de trabajo, se enamora sin complicaciones, adelgaza los kilos que le sobran y consigue el premio gordo de la lotería?

Lucas dice que, antes del diálogo que Jesús va a tener con los suyos, se retira a orar. O sea, que se trata de algo muy importante. Tras la consabida ronda de consultas, les regala un pequeño diccionario que, en realidad, les va a servir de poco porque los discípulos no acaban de dominar la lengua del Maestro. En síntesis, les (nos) viene a decir lo siguiente: 
“Sí, yo soy el Mesías, no quiero engañaros, pero me temo que no a la manera como vosotros lo imagináis. Muchas personas os prometen la felicidad vendiéndoos métodos de autoayuda, prometiéndoos la independencia de vuestro país, el pleno empleo o la subida de las pensiones, asegurándoos que vuestro equipo de fútbol va a ganar, promocionando un remedio milagroso contra el cáncer, regalándoos un crecepelo o un método de adelgazamiento… No, yo os invito a abrazaros al peso (cruz) de cada día, a no huir de los problemas que tenéis, a no esconder la cabeza. La vida humana, a causa de ese virus mortal que la infecta, es una pura contradicción. Queréis el bien y hacéis el mal. Siempre hay algo que estropea vuestros sueños. No hay relación o proyecto que se cumpla al cien por cien. Yo asumo esta contradicción, la cargo sobre mis hombros, incluso me dejo aplastar por ella. A ninguno de vosotros os sale de dentro actuar de este modo. Todos huis de las dificultades como del demonio. Pero os quiero revelar un secreto: solo abrazándolas (tomando la cruz de cada día), podréis vencerlas porque yo las he vencido (“resucitaré al tercer día”).”
Se nos pasa la vida y no acabamos de entender el mensaje. A pesar de este pequeño y claro diccionario, preferimos seguir usando el vocabulario del triunfo, el reconocimiento, el aplauso… con lo cual no sabemos cómo encajar los problemas que cada día nos visitan como si fueran el verdadero pan nuestro. Jesús, a diferencia de tantos líderes de ayer y de hoy, no promete el cielo en la tierra. Nos emplaza a afrontar la crudeza de la vida con la certeza de que quien se entrega acaba venciendo la batalla. Cargar con la cruz de cada día significa que el mal que existe en el mundo solo se vence con la fuerza del bien. A mayor mal, más entrega silenciosa y desinteresada. No hay arma más poderosa que el amor.

A algunos os gusta seguir los vídeos de Fernando Armellini. Os dejo con el de este domingo.


domingo, 5 de junio de 2016

Jesús se lo entregó a su madre

Escribo estas líneas conmocionado por la muerte del joven piloto de motos Luis Salom. Y precisamente el evangelio de este X domingo del tiempo ordinario nos cuenta la historia del hijo de una viuda de Naín, un pequeño pueblo de la Galilea, a quien Jesús levantó de la muerte. Me cuesta afrontar estas situaciones. ¿Qué se le puede decir a una madre que contempla el cuerpo de su hijo muerto? He vivido a lo largo de mi vida varios casos de jóvenes que han fallecido a causa de la droga, el SIDA, los accidentes de tráfico (la mayoría), el terrorismo, el cáncer, algunos suicidios, etc. Ante este drama, hay tres reacciones inmediatas: el silencio (porque no hay palabra elocuente ante el abismo de la muerte), la cercanía (para hacer sentir que se trata de una soledad acompañada, aunque nunca habitada del todo) y la oración (para confiar a Dios lo que nos desborda). No ayudan mucho las tres reacciones contrarias: la palabrería (aunque se profieran palabras consoladoras que nacen de la buena voluntad), la distancia (cuando no es signo de respeto sino, más bien, de indiferencia y olvido) y la blasfemia (que culpa a Dios de lo sucedido cuando él siempre está -siempre- del lado de las víctimas, aunque parezca un defensor silente y escondido).

He visto a madres que, ante la tragedia de sus hijos muertos, han perdido la fe. Les parece que Dios se ha ensañado con ellas sin ninguna piedad. Le culpan de no haber cuidado de su hijo como ellas lo hubieran hecho. ¿Para qué sirve la fe si en los momentos cruciales no nos saca del apuro? Se encierran en un resentimiento que les amarga la vida y, a veces, se somatiza en forma de cáncer, depresión o agresividad. La muerte de sus hijos las sume en un infierno de amargura y desesperación.

He visto a madres que se quedan como paralizadas, casi anestesiadas. Cuando agotan las lágrimas, no saben cómo reaccionar. Ni siquiera tienen fuerzas para culpar a Dios o al azar de la muerte de su hijo. Entran en una especie de mutismo que desconcierta a las personas de su entorno. Parecen ausentes, como si la vida ya no tuviera ningún sentido para ellas. Pero no protestan, no suplican. Simplemente se dejan llevar. Quisieran correr la misma suerte de sus hijos, estar con ellos cuanto antes. Son como zombies que deambulan con el alma en pena. Nada parece afectarles. El reloj de su vida se ha detenido en la hora de la muerte de sus hijos. Ya nada merece la pena. Quienes viven a su lado sienten que ya no significan nada ni pueden hacer nada. 

He visto también a madres que lloran, que se hacen preguntas, que pasan de la rabia a la confianza y que, tras un combate desigual e intermitente, se identifican con María, la madre dolorosa. También ella perdió a su hijo joven. No fue un accidente laboral, sino el resultado de una condena injusta. Se abrazan a esta María serena, que permanece junto a la cruz, que sufre sin palabras, pero que espera contra toda esperanza. De la mano de esta madre dolorosa y esperanzada, dan el único paso que puede sacarlas de la fosa de la desesperación: entregan su hijo muerto a Dios, como la ofrenda suprema de su vida. Sin palabras, con el corazón traspasado y agradecido, le dicen algo parecido a esto: “Señor, tú me los diste como un don; yo te lo entrego como una ofrenda. Te lo doy con absoluta confianza porque te pertenece. Estando contigo, sé que vivirá para siempre”. Cuando una madre es capaz de dar este paso que ninguna frase puede articular experimenta una profunda liberación. No abandona a su hijo en la fosa o el nicho de un cementerio. No se lo apropia reteniendo en casa la urna con sus cenizas. No archiva el dolor en el fondo de su corazón. Va mucho más allá: lo entrega. Hace el desprendimiento más importante de su vida.

Entonces se produce el milagro: quien pierde su vida, la encuentra. Jesús, como hizo con la viuda de Naín, entrega el hijo de nuevo a la madre. No se trata de un cadáver redivivo, que eso ya no tiene importancia. Jesús pone a la madre en comunión con el hijo que vive una vida plena en Dios. A partir de ese momento, se establece una profunda relación que ningún avatar humano podrá jamás interrumpir. Madre e hijo se sentirán unidos como nunca lo habían estado mientras el hijo vivía físicamente. Este es el milagro que Jesús sigue realizando hoy. Con todo mi corazón oro por aquellas madres que han experimentado la pérdida de sus hijos y que, por diversas circunstancias, no han llegado a esta profunda liberación y comunión. Nunca es tarde para quien sigue creyendo en Jesús, resurrección y vida.

Os dejo con el comentario dominical de Fernando Armellini. Sé que muchos lo escucháis con gusto y aprovechamiento.


jueves, 21 de abril de 2016

Murió bajo los escombros

Estuve en Ecuador en agosto de 2012. Me subyugó la belleza del país andino. Visité, sobre todo, Quito, Guayaquil y la islita de Limones. No he vuelto desde entonces. Ahora he desempolvado mis recuerdos a propósito del terremoto que asoló el país el pasado 16 de abril y que ha causado ya más de 500 muertos y miles de heridos. Procuro meterme en la piel de quienes están padeciendo esta desgracia en primera persona. No es lo mismo ver las imágenes por televisión que estar allí, en medio de los escombros, palpando la desolación de las personas afectadas.

Viví muy de cerca otro terremoto: el de El Salvador el 13 de enero de 2001. Fue mi primera experiencia cercana de un seísmo. No sabría decir qué mi impresionó más: si la devastación producida por el fenómeno natural o la solidaridad humana que se puso en marcha. Al poco tiempo escribí mi experiencia en un artículo titulado La sacudida de los cimientos. Me atreví a interpretar aquel desastre desde la fe gracias a los testimonios admirables que recibí de los más directamente afectados. Ellos captaron lo que a mí me resultaba incomprensible.

Ahora, a propósito de lo que está sucediendo en Ecuador, uno de los lectores del blog me invita a reflexionar sobre las desgracias naturales desde el punto de vista de la fe. ¿Cómo seguir creyendo que Dios es bueno cuando la naturaleza se ceba con los más vulnerables? Esta pregunta acompaña a todo creyente como un sabueso inseparable. Hasta Jesús mismo la hizo suya en la cruz, según nos cuentan los evangelios de Mateo y Marcos: “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. ¿Se puede expresar con más desgarro la experiencia de sentir que todo es absurdo, injusto e inhumano, que Dios parece haberse retirado en el momento en el que más lo necesitamos? El salmo 22 que los evangelistas ponen en labios de Jesús es el salmo de todos los seres humanos que experimentan que una desgracia (un terremoto, un volcán, un cáncer, un infarto, un acto terrorista, un accidente de tráfico) interrumpe brusca e injustamente el curso de su vida. No se trata de una experiencia solo nuestra: ¡Jesús mismo la padeció en grado supremo! En la cruz de Jesús se concentraron todos los muertos de la historia, todos los dolores, todas las preguntas sin aparente respuesta: Auswitchz y Rwanda, Camboya y Biafra...

Si tanto sufrimiento puede ser contemplado con esperanza, con un mínimo de sentido, tiene que ser a partir de la misma experiencia que lo concentra: la cruz de Jesús. Lo paradójico de la fe cristiana es que revela el amor de Dios en el no-Dios del sufrimiento y de la muerte. La cruz de Jesús (cadalso de un condenado) es, al mismo tiempo, su trono de gloria. ¡El Crucificado es el Resucitado! La vida tiene la palabra definitiva sobre la muerte. ¡Esta es la gran novedad de la Pascua de Jesús que nunca acabaremos de entender porque es demasiado nueva, demasiado escandalosa, para quienes nos debatimos en la duda y naufragamos en mil contradicciones! Solo quienes han vivido en carne propia este "paso" merecen credibilidad. Su discurso tiene la fuerza del testimonio. Por eso, son las víctimas las que nos evangelizan a quienes, en nuestro desconcierto, no sabemos cómo orientarnos en el mar proceloso del dolor injusto y absurdo. ¡Cuántos cuidadores de enfermos terminales, deprimidos por un desenlace que no pueden evitar, se han sentido fortalecidos por la energía de quienes aceptan con serenidad y esperanza su final!

Ahora no sabría decir nada diferente a lo que escribí en el artículo citado. Recogí los testimonios de la "niña Lidia" (la anciana de 86 años que, sentada en un colchón raído en medio de la calle, me desarmó con su esperanza) y de Jeremías (el joven que me alentó con su solidaridad tranquila y constante). Solo que ahora, en abril de 2016, tendría que llamar en causa a otros testigos. 

Uno de ellos es la Hermana Clare Crockett, irlandesa, nacida en 1982, el mismo año en que yo me ordené sacerdote. Esta joven religiosa de 33 años murió bajo los escombros de su casa junto a cinco postulantes de su Congregación -las Siervas del Hogar de la Madre- el pasado 16 de abril. Tenía simbólicamente la edad de Cristo. El certificado de defunción dirá que murió a consecuencia de los traumatismos causados por el hundimiento de la casa en que se encontraba. Pero mucho antes, ella ya había entregado su vida por causa del Evangelio. El terremoto no se la quitó porque ella la había entregado. Su profesión religiosa fue una muerte anticipada. Lo único que ha hecho el terremoto es ayudarnos a reconocerla y agradecerla. 

Os dejo con un vídeo en el que la hermana Clare, que quería ser actriz y acabó siendo misionera, relata la historia de su vocación. Descansa en paz, hermana y amiga.


jueves, 24 de marzo de 2016

¡Qué noche la de aquel día!

Este blog no es un espacio de comentarios litúrgicos. En la red abundan las páginas de recursos para vivir la liturgia cristiana. Pero voy a hacer una excepción durante los próximos días porque cualquier otro tema que no tenga que ver con el misterio que los cristianos recordamos me parece casi fuera de lugar. Uso el verbo recordar con un sentido único: hacer actual lo que sucedió en el pasado, no simplemente rememorar o conmemorar unos hechos, como podemos conmemorar este año el cuarto centenario de la muerte de Cervantes o Shakespeare.

En los días que siguen a la primera luna llena después del equinoccio de primavera la liturgia nos propone celebrar que Jesucristo murió (Viernes Santo), fue sepultado (Sábado Santo) y resucitó (Domingo de Pascua). Estos son los tres días que constituyen el único día del Triduo Pascual. La tarde del Jueves Santo es como una gran obertura que nos presenta en síntesis los temas principales de esta ópera magna que es la muerte, sepultura y resurrección de Jesucristo.

Este año voy a vivir el Triduo Pascual en Roma. Dentro de poco iré a la Basílica de san Pedro para participar en la Misa Crismal con el papa Francisco y centenares de obispos y sacerdotes. Por la tarde celebraré la misa in coena Domini en una pequeña residencia de ancianas. Seremos pocos: las ancianas, las cuatro religiosas que las cuidan y algunos vecinos del barrio. Nada comparable –en cuando al número de personas y la solemnidad– a la liturgia que se celebrará en muchas catedrales e iglesias de todo el mundo. Y, sin embargo, el misterio es el mismo. Quiero compartir con los lectores de este blog tres flashes que iluminan sin deslumbrar. Cada uno está tomado de una de las tres lecturas que se proclaman en la misa del Jueves Santo.

El primer flash viene del libro del Éxodo: Esa noche comeréis la carne, asada a fuego, comeréis panes sin fermentar y verduras amargas… Es la Pascua, el paso del Señor…” . Para el pueblo judío, incluso hoy, no hay noche comparable a esta. Aunque la fiesta tiene connotaciones cósmicas y agrícolas, su significado más profundo es histórico: el “paso” (pascua) de la esclavitud a la libertad. Solo quien siente en carne propia el peso de las cadenas, comprende lo que significa el éxodo. Pienso en los esclavos negros de las plantaciones de Estados Unidos y sus potentes cantos inspirados  en la liberación de Israel. O en el recurso al Éxodo que en su momento hizo la teología de la liberación. Hoy, un poco narcotizados por la sociedad del entretenimiento, tenemos poca conciencia de nuestras esclavitudes: más bien, nadamos en ellas. No aspiramos a ninguna liberación sino solo a gestionar el presente de la manera más satisfactoria posible. El sueño de la liberación nace de la esperanza en otro mundo posible. Cuándo ésta mengua, no se anhela ningún “paso”, ninguna pascua. Y, mucho menos, el “paso” de un Señor que parece haberse olvidado de sus hijos e hijas, dejándolos a su arbitrio en este inmenso parque de atracciones –pero también campamento de refugiados– que es el mundo.

El segundo flash es de la primera carta a los corintios: “En la noche en que iban a entregarlo… tomó pan, lo bendijo, lo partió y dijo”. Pablo, en su carta a la comunidad de Corinto, escrita probablemente en Éfeso hacia el año 55, se hace eco de una tradición que le precede. También aquí hace referencia a una noche especial. Para mí, la palabra clave de esta noche no es paso sino entrega. Antes de que Jesús sea entregado a las autoridades judías y romanas, él mismo se entrega en los símbolos del pan y del vino. La secuencia eucarística “tomar-bendecir-partir-repartir” indica bien en qué consiste su entrega. Por eso me resulta tan difícil separar la entrega de la propia vida a través del servicio de la celebración de la Eucaristía.  Cada vez entiendo menos –lo confieso con pena– a los que, con buena voluntad, repiten la cantinela: “Lo que importa es ser buenos; eso de ir a misa no tiene importancia”. ¿Por qué hemos llegado a este divorcio? ¿Por qué lo que Jesús ha unido lo hemos separado los hombres, incluso los que nos consideramos creyentes? Drama sobre drama. Fracaso de una evangelización a medias, amputada.

El tercer flash es del evangelio de Juan: “Los amó hasta el extremo… se pone a lavarles los pies a los discípulos”. Salvo en algunas culturas orientales, hoy solo se lava los pies a los niños y a los enfermos y ancianos impedidos. En el mundo occidental, ésta no es ya una práctica de hospitalidad. Pocos la entienden. Me pregunto si sigue teniendo sentido conservarla en la liturgia del Jueves Santo. Y, sin embargo, en su aparente anacronismo, está desnudando nuestros conceptos románticos del amor. El Jesús que se ciñe la toalla inaugura la “teología del delantal”, por usar la sugerente expresión del obispo italiano don Tonino Bello. El amor se muestra en la capacidad de hacernos esclavos de los demás. Creo que no he podido usar una expresión más desafortunada en tiempos en los que reivindicamos hasta la exasperación nuestra sacrosanta libertad individual, nuestro derecho a la privacy y la dignidad entendida como la actitud de quien no se doblega nunca. Jesús, el Hijo, que no se arrodilla ni ante Herodes ni ante Pilatos, no tiene inconveniente en reclinarse para lavar los pies de sus discípulos. Quizá esta noche, en el silencio de la Hora Santa, lejos de los discursos, se nos conceda la gracia de entender qué significa esto, por qué Jesús “siendo de condición divina… se despojó de su grandeza, tomó la condición de esclavo” (Flp 2,6-7).

Uno de los cantos típicos del Jueves Santo, legado por la tradición, es el Pange lingua. Os dejo con esta nostálgica versión del Pange lingua, interpretada por el grupo Mocedades. Para poder seguirla mejor, aquí tenéis la letra (en latín y en español).

(latín)

PANGE LINGUA
(español)
Pange, lingua, gloriosi
Córporis mystérium
Sanguinísque pretiósi,
Quem in mundi prétium
Fructus ventris generósi
Rex effúdit géntium.

Nobis datus, nobis natus
Ex intácta Vírgine,
Et in mundo conversátus,
Sparso verbi sémine,
Sui moras incolátus
Miro clausit órdine.

In supremæ nocte coenæ
Recumbens cum frátribus,
Observata lege plene
Cibis in legálibus,
Cibum turbæ duodenæ
Se dat súis mánibus.

Verbum caro, panem verum
Verbo carnem éfficit,
Fitque Sanguis Christi merum,
Et, si sensus déficit,
Ad firmandum cor sincerum
Sola fides súfficit.

Tantum ergo Sacraméntum,
Venerémur cérnui:
Et antíquum documentum
Novo cedat rítui;
Præstet fides suppleméntum
Sénsuum deféctui.

Genitori Genitóque,
Laus et iubilátio;
Salus, honor, virtus quoque,
Sit et benedíctio;
Procedénti ab utróque
Compar sit laudátio.
Amen.
Canta, oh lengua,
el misterio del glorioso Cuerpo
y de la Sangre preciosa
que el Rey de las naciones,
fruto de un vientre generoso,
derramó en rescate del mundo.

Nos fue dado,
nos nació de una Virgen sin mancha;
y después de pasar su vida en el mundo,
una vez propagada la semilla de su palabra,
terminó el tiempo de su destierro
dando una admirable disposición.

En la noche de la Última Cena,
sentado a la mesa con sus hermanos,
después de observar plenamente
la ley sobre la comida legal,
se da con sus propias manos
como alimento para los doce.

El Verbo encarnado, pan verdadero,
lo convierte con su palabra en su carne,
y el vino se convierte en la sangre de Cristo.
Y aunque fallan los sentidos,
solo la fe es suficiente
para fortalecer el corazón en la verdad.

Veneremos, pues,
postrados tan grande Sacramento;
y la antigua imagen ceda el lugar
al nuevo rito;
la fe reemplace
la incapacidad de los sentidos.

Al Padre y al Hijo
sean dadas alabanza y gloria,
fortaleza, honor,
poder y bendición;
una gloria igual sea dada a
aquel que de uno y de otro procede.
Amén.


La versión litúrgica que os propongo a continuación mantiene el sentido del original, pero elabora el texto de manera poética. Es la recomendable para la oración personal.

Que la lengua humana
cante este misterio:
la preciosa sangre
y el precioso cuerpo.
Quien nació de Virgen
Rey del universo,
por salvar al mundo,
dio su sangre en precio.

Se entregó a nosotros,
se nos dio naciendo
de una casta Virgen;
y, acabado el tiempo,
tras haber sembrado
la palabra al pueblo,
coronó su obra
con prodigio excelso.

Fue en la última cena
-ágape fraterno-,
tras comer la Pascua
según mandamiento,
con sus propias manos
repartió su cuerpo,
lo entregó a los Doce
para su alimento.

La palabra es carne
y hace carne y cuerpo
con palabra suya
lo que fue pan nuestro.
Hace sangre el vino,
y, aunque no entendemos,
basta fe, si existe
corazón sincero.

Adorad postrados
este Sacramento.
Cesa el viejo rito;
se establece el nuevo.
Dudan los sentidos
y el entendimiento:
que la fe lo supla
con asentimiento.

Himnos de alabanza,
bendición y obsequio;
por igual la gloria
y el poder y el reino
al eterno Padre
con el Hijo eterno,
y al divino Espíritu
que procede de ellos. Amén.




martes, 15 de marzo de 2016

Estuve enfermo y me cuidasteis

Anoche llegué tarde a mi casa, así que tuve poco tiempo para escribir este post, aunque llevaba dándole vueltas durante todo el día.  Lo tecleé a prisa, sin demasiada reflexión. Yo diría que se trata de un texto escrito a borbotones un poco inconexos, pero –eso sí– fruto de experiencias vividas, algunas de ellas muy recientes.

Cuando uno es joven no suele ser muy sensible al mundo de la enfermedad. Son siempre los otros –por lo general, las personas mayores– quienes enferman y mueren. Es verdad que, a veces, un accidente de tráfico, un infarto, un cáncer o la droga acaban con la vida de algunos jóvenes. El impacto suele ser terrible pero pasajero, como  si estas muertes no fueran naturales y, por lo tanto, no contaran en el cómputo normal. Nos resistimos a quedar atrapados por experiencias negativas.

En los últimos años me ha tocado vivir de cerca enfermedades graves en el seno de mi familia y de mi comunidad claretiana. En los hospitales, en noches de vela, he aprendido muchas cosas que no fui capaz de asimilar cuando tenía 20 años. La primera es el poder desestabilizador de una enfermedad sobrevenida. La palabra enfermo (del latín in-firmus) se refiere a lo que no está firme, a lo que no se sostiene por sí mismo. Eso es un enfermo: una persona que pierde la estabilidad física, emocional y, a veces, moral y espiritual. Lo que más suele mortificar a un enfermo es, precisamente, el no poder valerse por sí mismo, el tener que depender de los demás hasta para las necesidades más elementales. En la enfermedad volvemos a ser niños en manos de los demás. Necesitamos que nos limpien, nos alimenten, nos cuiden. Por eso, nunca podremos valorar bastante el cariño de las personas entregadas a esta tarea. 

En las muchas horas que pasé en los hospitales hace un año, fui testigo del trabajo abnegado de médicos, enfermeros y auxiliares de clínica (tanto hombres como mujeres). No quiero idealizar. Reconozco que no todos eran igualmente atentos, serviciales y competentes. Pero era evidente su vocación de cuidadores. De diferentes maneras, todos estaban al servicio de la vida. Cuidar la vida es la vocación más hermosa, por dura que resulte en muchos momentos. Esta es la segunda lección. Cuando alguien realiza su trabajo con una sonrisa está transmitiendo al enfermo un plus de esperanza. La auxiliar de clínica que baña con delicadeza a una persona en la cama del hospital es la misma persona que padece las secuelas psicológicas de un divorcio o que está preocupada porque el sueldo no le llega para pagar las deudas. Vernos todos como seres humanos frágiles nos ayuda a ser comprensivos y agradecidos.

La enfermedad me ha enseñado también a valorar los detalles de la vida cotidiana. Cuando estamos sanos todo nos parece debido: respirar, caminar, comer, hablar, coger una bebida del frigorífico, conectar el televisor, conducir un vehículo, leer un libro… En la batalla con la enfermedad, desposeídos de algunas de estas facultades, apreciamos hasta la más pequeña conquista: dar un paso ayudado de las muletas, agarrar una cuchara para comer, ducharse sin ayuda, etc. 

Pero hay algo más profundo todavía. En los momentos de plenitud nos cuesta decir por favor, ayúdame, gracias, lo siento. Cuando estamos enfermos exhibimos nuestra fragilidad sin tapujos y liberamos la capacidad de ternura oculta. Pedimos ayuda, damos gracias, expresamos cariño, lloramos … Es como si la enfermedad fuera un cursillo intensivo de experiencia vital. No le deseo a nadie una enfermedad, pero he comprobado que en algunos casos parece casi el único camino para ser más humanos, a fuerza de ser más humildes y vulnerables. Decía Schiller que "en las grandes adversidades toda alma noble aprende a conocerse mejor".





























Los cuidadores se ven siempre sometidos a un terremoto emocional. Pueden pasar por momentos de tristeza, cansancio, culpabilidad, rabia, deseos de huir, etc. Pero también de profunda solidaridad, ternura, libertad interior, cercanía, preocupación, alegría. Ante los enfermos, los cuidadores (tanto los profesionales como, sobre todo, los familiares) aprenden a explorar aspectos escondidos de su personalidad. El enfermo es como un espejo que nos devuelve una imagen de nosotros mismos que a veces desconocemos. Nos sorprendemos siendo más tiernos y abnegados de lo que imaginábamos. O, en algunos casos, más fríos e irresponsables. Cuidar a un enfermo es un camino de humanización. Por eso, cuando abdicamos de nuestra responsabilidad en los profesionales nos privamos de una asombrosa vía para crecer como seres humanos. 

Siento tristeza cuando veo a algunas personas que con la excusa de sus muchos compromisos laborales o familiares, nunca tienen tiempo para acercarse a los enfermos de su entorno, como si temieran un contagio de humanidad