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martes, 13 de junio de 2017

Un santo popular

Escribo en Colmenar Viejo, a las 6 de la mañana de un caluroso día de junio. A esta temprana hora, la temperatura es de 22 grados. A mediodía alcanzaremos los 36. El verano está cerca. Con la ventana abierta, oigo el canto matutino de los jilgueros y otros pajarillos que anidan en los árboles del jardín. La ciudad comienza a despertarse. Se oye también el ruido de algunos coches, pero no llega a ser molesto. Es el momento más sereno del día. Yo lo disfruto como si fuera un epígono del Génesis. Enseguida caigo en la cuenta de que hoy es la fiesta del que probablemente sea el santo más popular de la Iglesia católica: San Antonio de Padua. Se lo invoca en su Portugal natal, en Italia, en la India y en cualquier rincón del mundo. Hay alrededor de una veintena de santos que se llaman Antonio. Para mí, como es lógico, el más familiar es san Antonio María Claret, pero no me olvido de san Antonio de Kiev, san Antonio Maria Zaccaria, san Antonio Maria Gianelli o san Antonio Kim Song-u, por citar solo algunos.  De todos, el más famoso es el que celebramos hoy. Sus restos, ante los cuales he orado en alguna ocasión, se encuentran en la  basílica de san Antonio de Padua. Mis amigos portugueses se molestan un poco porque para ellos es san Antonio de Lisboa. El santo nació en esta preciosa ciudad atlántica hacia finales del siglo XII. Hace años, el rector de la basílica de Padua, me ofreció una explicación a la italiana. “Para nosotros –me dijo– es sant’Antonio da Lisbona y sant’Antonio di Padova”. La preposición da indica procedencia; la preposición di indica pertenencia, así que el famoso san Antonio procede de Lisboa, pero ahora pertenece a Padua. En realidad, pertenece ya al mundo entero. Asunto zanjado.

Debido a su fama de santo milagrero, fue también un santo express. Fue canonizado 352 días después de su fallecimiento, el 30 de mayo de 1232. Es patrono de numerosos pueblos y ciudades de todo el mundo, incluyendo Lisboa y Padua, las dos ciudades unidas a su nacimiento y muerte. Quizá la ciudad más famosa que lleva su nombre sea San Antonio, Texas, la séptima ciudad más poblada de los Estados Unidos. En muchos lugares de la península Ibérica y de Latinoamérica, san Antonio de Padua es también un santo casamentero, al que invocan las muchachas para encontrar un buen novio, aunque no siempre les salen las cosas como desean. Recuerdo que hace años una novicia de una Congregación religiosa española me confesó que en su pueblo era tradición que las chicas que buscaban novio tirasen suavemente del cordón que llevaba en torno a la cintura la estatua de san Antonio que había en la iglesia. “Yo tiré más de la cuenta –me confesaba– y aquí me tienes: a punto de ser monja”.  San Antonio le buscó un novio que nunca falla, “el más bello de los hombres, en cuyos labios se derrama la gracia”. En fin, que con los santos milagreros hay que tener mucho cuidado porque puede salir el tiro por la culata. Pides una cosa que consideras importante y te conceden otra que ellos juzgan necesaria.

Más allá de las anécdotas, siempre me he preguntado por qué unos cuantos santos llegan a ser tan populares. De algunos sabemos muchas cosas, pero de otros apenas nada. Historia y leyenda se confunden. Aun así, siguen conservando su atractivo, incluso en las sociedades secularizadas. Es como si los seres humanos necesitáramos a alguien como nosotros, de carne y hueso, que nos sirva de intermediario o embajador ante el Dios invisible. Alguien con el que podamos hablar nuestra lengua, pedirle, interrogarlo… e incluso chantajearlo. La religiosidad popular está a veces muy alejada de la liturgia oficial. Inventa sus propios caminos y ritos. La frontera con la superstición no es siempre nítida, pero pone de relieve algo sin lo cual la fe tampoco es genuina: la importancia del corazón. La religiosidad popular nos recuerda que quien no se emociona, quien no tiene gestos de amor (encender una vela, depositar unas flores, besar un icono o una imagen, pedir una bendición) acaba por reducir la fe a un asunto puramente racional, sin fuerza para mover la vida y llenarla de sentido y alegría. ¡Ojalá la fiesta de san Antonio de Padua nos ayude a poner corazón en todo lo que somos y hacemos! 

Aprovecho para felicitar a todos mis amigos y lectores de este blog que llevan el nombre de Antonio (o Antonia) y cualquiera de sus muchas variantes. Os dejo con la canción popular “El milagro de san Antonio”, interpretada en vivo por el grupo segoviano Nuevo Mester de Juglaría.


sábado, 13 de junio de 2020

Hoy va de Antonios

No cabe duda de que san Antonio de Padua es un santo muy popular, quizás el más popular de la Iglesia católica. Lo he podido comprobar tanto en Oriente como en Occidente. Hoy celebramos su fiesta. Dada su fama de milagrero, este año tendríamos que pedirle el “milagro” de una vacuna rápida y eficaz contra la Covid-19. El virus se está llevando por delante miles de personas (ahora redobla su ataque en América y en algunas regiones de Asia), empresas, instituciones y eventos. Acabo de enterarme de que el Ayuntamiento de mi pueblo, tras el pleno de ayer, ha decidido suspender este año las fiestas patronales que se celebran a mediados de agosto. 

La vida está cambiando más de lo que a primera vista parece. Nosotros no somos los mismos si nos quitan todo aquello que nos configura. Los niños tienen una enorme capacidad de adaptación. Los adultos necesitaremos más tiempo. Mientras suceden estas cosas, nosotros hemos comenzado ya la novena al Corazón de María, cuya fiesta será el próximo día 20. Aquí en Roma la hemos comenzado en la inmensa basílica del Corazón de María con un puñado de fieles, todos ataviados con la imprescindible mascarilla. Yo mismo, desde el ambón, tuve que alternar momentos “enmascarillado” y momentos libres para poder dirigirme a los participantes. Si en algún sitio se puede mantener un razonable distanciamiento social es en esta basílica que tiene casi una hectárea de superficie. Se nota todavía miedo, pero hay que ir dando pasos. No hay peor virus que el miedo inoculado en el alma porque tiene un poder paralizante que afecta a todas las esferas de la vida. Prudencia, siempre; miedo, pocas veces.

Hoy celebramos también el 185 aniversario de la ordenación presbiteral de san Antonio María Claret. Tuvo lugar en Solsona (Lleida) porque el obispo de su diócesis de Vic (Barcelona) estaba enfermo. Fue hermoso que la ordenación coincidiera con el día de su santo. Y precisamente hoy nos llega el segundo premontaje de la película sobre el santo -que se titulará simplemente “Claret”- y que, si no hay contratiempos, se estrenará en el mes de octubre, coincidiendo con el 150 aniversario de su muerte. Espero que ayude a conocer mejor al personaje y a difundir su memoria. En ella intervienen dos literatos (Azorín y Pío Baroja) que cambiaron su opinión sobre Claret cuando tuvieron ocasión de conocerlo a fondo y de esta manera superar los prejuicios que tenían contra él. No es fácil ser santo en una España enzarzada en guerras carlistas, en una Cuba esclavista y en una Corte madrileña llena de intrigas.  Pero la gracia de Dios es soberana. No hay situación en la que uno no pueda responder con libertad y generosidad al don de Dios. Cuando a veces pensamos que hoy, en este primer tercio del siglo XXI, resulta difícil vivir la fe cristiana, pienso en un hombre como Antonio María Claret, sometido a persecuciones constantes en un turbulento siglo XIX.

Tanto san Antonio de Padua (o de Lisboa) como san Antonio María Claret fueron hombres que vivieron relativamente poco tiempo. El franciscano portugués, algo menos de 40 años; el misionero catalán, poco más de 60 años. Y, sin embargo, además de desarrollar una prodigiosa actividad itinerante (Antonio de Padua por tierras de Portugal, Marruecos, Francia e Italia; Antonio María Claret por España, Cuba, Italia y Francia), ambos vivieron un profundo itinerario de configuración con Cristo. En ningún caso llevaron una vida cómoda, exenta de problemas. Aprendieron a creer, esperar y amar en el torbellino de la vida concreta. No esperaron a que llegaran tiempos ideales para ser lo que tenían que ser. Cada día de su vida fue importante. No hubo tiempos vacíos. No dijeron aquello de “mañana le abriremos para lo mismo responder mañana”. 

Si en el siglo XIII (Antonio de Padua) y en el siglo XIX (Antonio Claret) fue posible, ¿por qué no ha de serlo en el siglo XXI? Cada época histórica tiene sus desafíos. Antonio de Padua fue un hombre medieval, con una visión teocéntrica del mundo. Antonio Claret fue un hombre moderno, marcado por el antropocentrismo emergente. Nosotros somos hombres y mujeres ultramodernos, hijos de la sociedad de la información, pioneros de una nueva era digital que no sabemos a dónde nos llevará. El contexto es importante, pero no determina nuestras opciones. Lo esencial en todo caso es saber a quién pertenecemos, cuál es el “centro” de nuestra vida, de manera que nuestro compás pueda trazar siempre un círculo perfecto por difíciles que sean las condiciones.

miércoles, 25 de julio de 2018

La atracción de los santos

De nuevo en Roma, fijo hoy mi mirada en la figura del apóstol Santiago, cuya fiesta celebramos hoy. La provincia claretiana a la que pertenezco lleva el nombre de este santo. Ya el año pasado confesé que todavía no he hecho el famoso camino que conduce hasta su tumba en la catedral compostelana. Llegará el momento oportuno. Mientras tanto, pienso en los millones de personas en todo el mundo que se alegran cuando llega la fiesta de su santo patrono. Es un fenómeno transversal, como se dice ahora. Afecta casi por igual a creyentes y no creyentes. Es como si la figura de estos héroes del pasado consiguiera unir a las personas de un modo que no pueden lograr los héroes del presente. A veces se trata de santos muy conocidos, como Santiago apóstol, san Martín de Tours, san Roque de Montpellier o san Antonio de Padua. Pero hay pueblos que se concentran en torno a las figuras de santos tan poco famosos como san Pedro Regalado o san Rigoberto de Reims. ¿Qué tienen los santos para seguir atrayendo a muchas personas? ¿Son solo una excusa para festejar los vínculos que unen a una comunidad? ¿Conservan todavía su aura de intercesores ante el Misterio y de protectores frente a los peligros de la vida? ¿Cuáles son los santos en alza en este mundo de estrellas e ídolos? ¿Es lo mismo encender una vela a san Francisco de Asís que colocar el poster de CR7 en la propia habitación?

La antropología cultural ha explorado la relación de algunos santos con sus pueblos o ciudades de origen. Hay ciudades que están indisolublemente ligadas a la figura de un santo. Pienso, por ejemplo, en Roma (donde los santos Pedro y Pablo son columnas), en Santiago de Compostela (inseparable de Santiago Apóstol), Asís (centrado en la figura de san Francisco), Padua (famosa por su san Antonio), Ávila (ligada a santa Teresa), Sevilla (que recuerda a san Isidoro) o Calcuta (que todo el mundo relaciona con la Madre Teresa). Es como si esos santos hubieran configurado de alguna manera la vida de sus pueblos. Poca gente visitaría Asís si no fuera por el impresionante legado franciscano. La gente se siente orgullosa de sus paisanos, convertidos en símbolos universales. Hasta la economía local se beneficia de esta fama. Hay otros lugares, sin embargo, que, por diversas razones, no vibran con los santos que proceden de allí. Los conocen, tal vez los admiran, pero no los sienten como un patrimonio propio. Podría poner algunos ejemplos muy cercanos, pero no quiero herir susceptibilidades.

Un santo simboliza todo aquello que los seres humanos querríamos ser y no logramos alcanzar. Nos gustaría ser valientes y audaces como Santiago, pobres y alegres como san Francisco, organizadores como san Ignacio, profundos y populares como santa Teresa de Ávila, divertidos como san Felipe Neri, inteligentes como san Agustín o santo Tomás de Aquino, coherentes como santo Tomás Moro, populares como san Antonio de Padua, misericordiosos como san Juan de Dios o san Camilo de Lelis, humildes como san Martín de Porres, creativos como san Benito o san Antonio María Claret, audaces como san Francisco Javier, arriesgados como santa Clara de Asís, caritativos como san Roque o santa Teresa de Calcuta… cada santo es un espejo en el que vemos reflejados los ideales que entendemos como nobles y humanos. Mirándolos a ellos, caemos en la cuenta de que estamos llamados a ir más lejos de la mediocridad con la que solemos vivir, que es posible desarrollar más nuestra humanidad, que la experiencia de Dios no es un obstáculo sino un motor. Por eso, leer vidas de santos ha sido siempre un acicate para avanzar en el camino de la propia santificación.

Los santos son también valorados como intercesores. Hay un debate clásico con los protestantes acerca de este significado, pero hoy se discute menos. Ningún católico sensato cree que los santos son diosecillos en el panteón celestial. Son “amigos fuertes” de Dios que se hacen eco de las necesidades de quienes todavía peregrinamos por este valle de lágrimas. Por eso, millones de personas se dirigen a ellos para impetrar favores. Basta acercarse a cualquier iglesia o santuario para comprobar cómo las personas encienden velas o hacen todo tipo de ofrendas delante de las estatuas o cuadros de sus santos favoritos. En otros tiempos estas prácticas podrían considerarse supersticiosas. Hay cristianos ilustrados que no se rebajan a estas devociones populares. Yo, sin ser aficionado a estas prácticas, me admiro de la fe de las personas sencillas que no tienen reparo en pedirle a san Blas que las proteja contra los males de garganta o a san Antonio que les consiga un buen novio. Pueden parecer reminiscencias de una fe infantil, poco depurada, pero a menudo expresan una confianza en la acción misteriosa de Dios que ha desaparecido de los cristianos racionales. La vida es más compleja de lo que las apariencias muestran. Mientras tanto, ¡viva Santiago!

miércoles, 13 de junio de 2018

Santos de ayer, ídolos de hoy

Hoy celebramos la memoria del que probablemente es el santo más popular de la Iglesia: san Antonio de Padua (o de Lisboa, como les gusta a los portugueses que sea conocido). En la costa oeste de Sri Lanka y en el sur de Tamil Nadu, en la India, su estatua está por todas partes. Hoy se celebrará con gran solemnidad su fiesta en el famoso Santuario de Kaloor. San Antonio de Padua y san Francisco Javier son, sin duda, los santos más conocidos entre los cristianos de rito latino. Se nota la tarea evangelizadora llevada a cabo en el siglo XVI por los misioneros portugueses. Entre los cristianos de rito siro-malabar, los santos más populares son santo Tomás, san José, san Jorge, san Sebastián y últimamente san Judas Tadeo. Son numerosas las iglesias dedicadas a ellos. Y son también numerosos los varones que llevan estos nombres. Si uno visita Kerala y no sabe cómo dirigirse a un varón cristiano, basta con que use estos cinco nombres básicos (Joseph, Thomas, George, Mathew y Sebastian). Tiene más del 80% de posibilidades de acertar. Entre los latinos son más comunes los nombres de Anthony (o Antony) y Francis Xavier. Los nombres de santas no son tan populares, si exceptuamos el de Santa Alfonsa de la Inmaculada Concepción (1910-1946), una monja franciscana, canonizada por Benedicto XVI en 2008 y cuyo santuario pude visitar hace tres días. Los santos de ayer están incrustados en las vidas de los cristianos de hoy. Su recuerdo constituye un estímulo para vivir la vida cristiana con entrega. Su intercesión es requerida cada vez que se experimentan problemas y se buscan favores.

Este ambiente tradicional se ha visto alterado por la irrupción de otros “santos” modernos que compiten con los tradicionales en el mercado de adeptos. Por ahora no tienen santuarios ni iglesias. Se conforman con aparecer en grandes pancartas que adornan algunas de las calles de pueblos y ciudades, como Ernakulam, en donde me encuentro desde ayer por la tarde. Se trata, en realidad, de “ídolos”, más que de santos. La gente los aclama con fervor. Son las estrellas del mundo del fútbol. Me llama la atención que en un país en el que el deporte nacional es el aburridísimo criquet (cricket en inglés), el fútbol esté ganando adeptos, sobre todo entre los musulmanes. El Campeonato del Mundo contribuye a ello. Las pancartas más reproducidas son las de las selecciones de Argentina y Brasil. He visto también alguna de España, Inglaterra y Portugal, pero son pocas. Pareciera que no interesan las demás selecciones. Los grandes ídolos son –por este orden– King Messi (como se lo conoce aquí), Neymar y Cristiano Ronaldo. Forman la trinidad de los grandes. Me dicen que en los últimos días se ha disparado la venta de televisores de plasma para seguir los partidos. Por ahora, no se ha llegado a la euforia de América o de África, pero todo se andará. La nueva “religión del fútbol” parece encontrar espacio en un país marcado por las religiones tradicionales (sobre todo, el hinduismo). En este panteón hay sitio para unos cuantos dioses más.

Hay personas que combinan sin problemas su devoción a los santos tradicionales y su entusiasmo por los ídolos modernos. Para los hindús no hay mayor problema. Su politeísmo los hace proclives a la aceptación de cuantos dioses puedan serles favorables. Para mí la pregunta de fondo es ésta: ¿Celebramos la virtud o la habilidad? ¿Es lo mismo llevar una vida sencilla entregada a los pobres que llevar una vida de lujo desenfrenado porque uno gana más de 50 millones de euros al año? ¿Se puede poner al mismo nivel a quien es famoso porque practica bien un deporte y a quien ha dedicado la vida a buscar la perfección? En fin, no son ganas de aguar el Mundial que empieza mañana, sino solo de provocar un poco y aclarar las prioridades. El escaso tiempo de que dispongo no me permite ir mucho más lejor. Por cierto, sigue lloviendo, pero no tanto ni tan fuerte como en la zona montañosa donde pasé el fin de semana.


lunes, 29 de marzo de 2021

La fe se transmite en dialecto

El Lunes Santo se abre con un encuentro entre amigos. Me gusta cómo distribuye los roles el evangelio de Juan: “Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban con él a la mesa. María tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los pies y se los enjugó con su cabellera”. Los tres hermanos de Betania (Marta, Lázaro y María) son amigos de Jesús. A Marta se la ve afanosa; a Lázaro, cercano y atento. María, la contemplativa, se encarga de la unción con la que anticipa la muerte y sepultura del Maestro. El resultado de las tres acciones conjuntas (servir, escuchar y ungir) es que “la casa se llenó de la fragancia del perfume”. En realidad, estos tres hermanos anticipan tres funciones de toda comunidad cristiana: la diakonía (servicio), la didascalía (formación) y la leitourgia (liturgia); las tres en el marco de la koinonía (comunión) simbolizada por la amistad que une a los tres hermanos con Jesús. Cuando las cuatro dimensiones se articulan bien, la casa de la Iglesia se llena del perfume de la fe, del amor y de la esperanza. Necesitamos comunidades que huelan bien para que puedan resultar acogedoras. 

¿Es todo perfecto en la casa de Betania? No. Judas se encarga de poner una nota discordante para alterar la escena: “¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios para dárselos a los pobres?”. El contenido va completamente en línea con la predicación de Jesús. Cualquiera de nosotros lo hubiera suscrito. Suena a Evangelio en estado puro. La motivación, sin embargo, tiene otra música. De hecho, el autor del cuarto evangelio se encarga de añadir: “Esto lo dijo, no porque le importasen los pobres, sino porque era un ladrón; y como tenía la bolsa, se llevaba de lo que iban echando”. No podemos usar a los pobres como arma arrojadiza. Es obsceno. Y mucho menos oponer el amor a los pobres y el amor a Jesús: “A los pobres los tenéis siempre con vosotros, pero a mí no siempre me tenéis”.

La tensión que se crea en el marco de una cena de amistad es un ejemplo de las muchas tensiones y contradicciones con las que tenemos que vivir hoy la fe en nuestras familias, parroquias y comunidades. Judas pone palabras a las trampas que nos ponemos unos a otros para no entregarnos por completo a Jesús. Las más peligrosas no son las excusas burdas, sino las que se presentan con apariencia de bien (sub angelo lucis, como le gustaba decir a Ignacio de Loyola). Los cristianos somos expertos en buscarle siempre tres pies al gato con tal de no vivir a fondo las consecuencias de la fe. 

Marco Pozza con el papa Francisco

¿Cómo explicar quién es Jesús a quien sabe poco de él? ¿Cómo decir algo significativo a mis amigos que son cristianos ambientales, pero que no sienten que Jesús determine el curso de sus vidas porque reconocen no haber tenido ninguna experiencia de encuentro con él? ¿Cómo decir con palabras llanas que hay un Jesús de María de Betania y un Jesús de Judas Iscariote? Es probable que ambos lo admiren, pero es seguro que no lo quieren del mismo modo. Judas ve en él a un líder capaz de movilizar las masas contra el poder opresor romano. Se siente contento de ser de los suyos. María ve en Jesús a un amigo cuyas palabras le llegan al corazón. Yo me quedo con el Jesús de María. El de Judas me parece un personaje ideológico. No estoy ya para estos juegos. 

Me gustaría contar estas cosas en el blog de manera directa y comprensible, pero enseguida me sale el profesor y el cura que llevo dentro. Cito textos, introduzco razonamientos y domestico las palabras. No lo puedo evitar. Admiro a quienes saben contar estas cosas “en dialecto”, es decir como habla la gente de la calle. Hay un cura italiano, don Marco Pozza, que posee esta cualidad en grado sobresaliente. Tiene poco más de 40 años. Trabaja como capellán en la cárcel de máxima seguridad Due Palazzi de Padua. Escribe libros, hace programas de televisión y tiene un gancho especial con los jóvenes. No lo conozco personalmente, pero en los vídeos que he visto aparece como un tipo delgado, nervioso, hiperactivo y parlanchín. El año 2020 (el año de la pandemia) hizo una serie de varios programas sobre el Credo para la TV2000 que pertenece a la Conferencia Episcopal Italiana. Parece que fue él quien le sugirió al papa Francisco la idea de hacer ese momento especial de oración que tuvo lugar en la tarde del 27 de marzo del año pasado en la plaza de san Pedro. ¿Qué significa creer hoy? ¿Cómo se puede explicar durante una hora en qué creemos los cristianos?

Marco Pozza en la cárcel "Due Palazzi" de Padua

Vestido con pantalones vaqueros y zapatillas deportivas, a lomos de una bicicleta, se pone a dialogar con todo tipo de personajes: desde el papa Francisco (conviene prestar atención al encuentro entre ambos), hasta un filósofo no creyente, una ex Miss Italia, el cura que le entusiasmó de niño, su hermano Sergio y otros muchos. Quiere contar la fe (o la no fe) con el lenguaje de la gente, en dialecto. En uno de los programas cuenta una anécdota que revela la fuerza de este enfoque. Cuando el pequeño Marco tenía solo cinco años, echó una mano a su abuela para montar el nacimiento tres semanas antes de la Navidad. Al día siguiente por la mañana comprobó que el niño Jesús no estaba en su cuna tal como lo habían dejado la tarde anterior. Enfadado, decidió no ir a la escuela y pedir explicaciones a su abuela. Esta, serena, le dijo que había retirado la figurita de Jesús y que no volvería a colocarla hasta que no llegara el día de Navidad. Cuando el pequeño Marco le preguntó por qué, la abuela se limitó a responder en el dialecto local: “Porque a Dios le gusta hacerse desear”. 

Marco confiesa que la sencilla explicación de su abuela se le clavó en el corazón más que todas las reflexiones que encontró sobre el “deseo de Dios” durante sus estudios filosóficos y teológicos. Desear a Dios es el comienzo de toda aventura de fe. ¿Cómo pudo una abuela de pueblo decir tanto con tan pocas y precisas palabras? Necesitamos este tipo de personas, catequistas de la vida cotidiana, expertos en unir la fe y las experiencias humanas más elementales. Estoy convencido de que muchos abuelos todavía siguen siéndolo, aunque tengo mis dudas respecto de los abuelos de mi edad, que son representantes de una generación muy secularizada que ya no sabe hablar este dialecto de la fe sencilla, profunda y personalizada. 

Os dejo con el primer programa de la serie de don Marco. Dura en torno a una hora. Está en italiano, pero estoy seguro de que muchos lectores del Rincón pueden captar lo esencial; por lo menos, el entusiasmo de un cura que no se contenta con que las cosas sigan como están, sino que se echa a la calle con su bicicleta para llegar a la gente y escuchar sus relatos. Aspira a que no solo admiremos a Jesús (como lo hacía Judas), sino que lo queramos (como hacían, María, Marta y Lázaro de Betania). 

Si alguien tiene interés en ver el resto de los vídeos, puede pinchar aquí. Quizá la Semana Santa es una buena oportunidad para profundizar en las razones y contenidos esenciales de nuestra fe. Mis amigos italianos disfrutarán con los paisajes y gentes de este hermoso país. 


TE ESPERAMOS EN EL

ENCUENTRO ZOOM DE SEMANA SANTA

DE LOS LECTORES DE EL RINCÓN DE GUNDISALVUS

Tema: SUS HERIDAS NOS HAN CURADO (Preparación para el Triduo Pascual).

Fecha: Miércoles, 31 de marzo a las 18:00 (hora de Roma y de Madrid).

Para unirte a la reunión Zoom basta que pinches aquí:

https://us02web.zoom.us/j/81059112438?pwd=bmc4MU83RG5xd0kvR1VkNkVMOU1HUT09

 

miércoles, 31 de julio de 2019

No me escondas tu rostro

A mediados de los años 70, cuando pasaba el mes de julio en Castro Urdiales (Cantabria), al llegar el último día, la numerosa colonia vasca entonaba aquello de “Inazio gure patroi handia”. Yo no entendía la letra, pero me daba cuenta del entusiasmo con el que los vascos homenajeaban a su patrón san Ignacio de Loyola. El himno al santo marcaba el final del primer mes completo de vacaciones. Reconozco que la música sonaba marcial, como corresponde a un santo que había sido soldado en su juventud y que, para más inri, fundó después una orden religiosa llamada Compañía de Jesús. San Ignacio de Loyola, aunque muy conocido en ámbito hispano, no es tan popular como san Francisco de Asís, san Antonio de Padua o santa Teresa de Calcuta. Es demasiado “serio” como para llegar al corazón de las personas, pero su espiritualidad ha marcado la vida cristiana en los cinco últimos siglos. Los jesuitas se han esforzado por hacerla comprensible y practicable hoy. Sus famosos Ejercicios Espirituales gozan de una nueva primavera. Las personas que hacen el famoso “mes de ejercicios” parece que juegan en la primera división de la liga cristiana.

Más allá de métodos y escuelas, la cuestión que me ronda desde hace mucho tiempo es sencilla y directa: “¿Estamos teniendo una experiencia de Dios o nos dedicamos, más bien, a dar vueltas por sus suburbios?”. Creo que alguna vez he contado en este blog una historia que Tony de Mello solía repetir con ironía hace tres décadas. Se sitúa en el contexto de la India, pero podría ser extrapolada a cualquier otro con las debidas actualizaciones: “Si quieres tener una buena educación para tus hijos, no lo dudes, mándalos a un colegio católico. Si buscas una buena atención sanitaria y puedas pagarla, vete a un hospital católico (a la Clínica de Navarra en el contexto español). Pero si lo que realmente quieres es buscar a Dios, entonces ve a un monasterio hindú”. La historia es ácida y provocativa, pero indica algo. Los católicos somos percibidos con mucha frecuencia como personas de buena voluntad que hacemos cosas buenas por los demás, que creamos instituciones buenas (sobre todo, educativas y sanitarias) de ayuda a la gente (incluyendo los más desfavorecidos), pero pocas veces como personas que “buscan a Dios”. Deliberadamente empleo el verbo “buscar” y no el verbo “creer” porque las personas que hoy sienten deseos de espiritualidad no quieren respuestas prefabricadas, sino itinerarios de búsqueda compartida. La fe, en realidad, se vive como una actitud permanente de búsqueda. Jesús preguntaba a sus primeros discípulos: “¿Qué buscáis?” (Jn 1,38). Con el salmista respondemos: “Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro” (Sal 26,8-9).

Perdemos demasiado el tiempo en aventuras menores. Si algo he aprendido a través de la espiritualidad ignaciana es que lo más importante es descubrir a Dios como “principio y fundamento” de todo cuanto existe (comprendida la vida humana) y, en consecuencia, consagrar nuestra vida a él como respuesta de amor. Todo lo demás puede esperar. Todo lo demás es amable “en tanto en cuanto” (¡célebre expresión ignaciana!) nos ayuda a ir hacia Dios. Me duele ver a tantas personas desorientadas, como “ovejas sin pastor” mientras muchos creyentes –incluidos algunos sacerdotes y religiosos– nos dedicamos a cosas secundarias y no asumimos el riesgo de acompañar la búsqueda de Dios, quizás porque nosotros mismos hemos tirado la toalla de la búsqueda paciente y humilde y la hemos sustituido por rutinas y prácticas que “normalizan” nuestra vida, pero no aquietan el corazón. La “búsqueda de Dios” sigue siendo la única empresa seria a la que merece la pena dedicar toda la vida. Ignacio de Loyola lo hizo después de haber explorado –sufrido y gozado– otras dimensiones de la existencia.

domingo, 13 de junio de 2021

El Reino no deja de crecer

De no haber caído el 13 de junio en domingo, hoy estaríamos recordando al incombustible san Antonio de Padua  y los 186 años de la ordenación sacerdotal de san Antonio María Claret en Solsona. Pero este año la fecha coincide con el XI Domingo del Tiempo Ordinario

Ayer fue un día hermoso para la Familia claretiana de Roma. A las 18,30 nos reunimos en la basílica del Inmaculado Corazón de María para celebrar junto a la comunidad parroquial la fiesta de nuestra patrona. Por prudencia, decidimos suspender la cena al aire libre que solemos organizar todos los años, pero mantuvimos la celebración de la Eucaristía. El enorme templo acogió a un buen número de personas. Un año más, la Madre nos congregó en torno al altar. Nos dejamos guiar por su voz: “Ve donde te lleve el corazón”. Es una versión un poco poética de sus conocidas palabras: “Haced lo que él os diga”. La hermosa tarde de junio nos permitió intercambiar saludos en el jardín con personas que hacía tiempo que no veíamos y experimentar el calor de la fraternidad.

Pero volvamos al XI domingo. El Evangelio de hoy (cf. Mc 4,26-34) se centra en dos parábolas de Jesús extraídas del capítulo 4 de Marcos, que es un capítulo en el que el Maestro afronta algunas de las crisis de sus discípulos mediante el uso de parábolas: el sembrador, la semilla que crece sola y el grano de mostaza. Detrás de cada una de ellas hay una crisis que puede coincidir con algunas de las que hoy estamos viviendo en la Iglesia. La liturgia nos propone hoy las dos más breves.

¿Por qué Jesús habla de que “pasan las noches y los días, y sin que él sepa cómo, la semilla germina y crece”? Porque quiere responder a una crisis de los discípulos de todos los tiempos y que podríamos denominar “exceso de responsabilidad”. ¿Por qué el Evangelio no se abre camino en nuestras sociedades secularizadas? ¿Qué tendríamos que hacer para que llegase al corazón de las personas? ¿Qué tipo de cambios necesita la Iglesia? Nos pasamos “las noches y los días” imaginando estrategias y acciones para ser más eficaces. Aunque creemos en la gracia de Dios, no acabamos de fiarnos del todo. Nos parece que es mejor agarrarse al viejo dicho: “A Dios rogando y con el mazo dando”. Esto nos carga de ansiedad. Hay algunos cristianos (sobre todo, sacerdotes y líderes pastorales) que acaban quemados. La realidad nos desborda por los cuatro costados. 

Lo que Jesús nos dice es que la eficacia de la Palabra de Dios no depende de nuestros esfuerzos, sino de su energía interna. Si nosotros la hemos esparcido con generosidad, no es necesario que nos obsesionemos con su proceso de desarrollo, igual que el buen agricultor no se pasa las 24 horas de la jornada examinando si las semillas que ha plantado crecen o no. Lo van a hacer “sin que él sepa cómo”. El hecho de no poder controlar toda la cadena productiva nos saca de quicio, pero así funciona la expansión del Evangelio. Unos siembran, otros riegan y otros cosechan. Tranquilidad.

La segunda crisis es la de “los cuatro gatos”. Si las cosas siguen a este ritmo, en pocas décadas los cristianos seremos cuatro gatos en muchos lugares del mundo, otrora florecientes en fieles y comunidades. ¿Quién no ha sentido algo parecido viendo el panorama de Europa y de algunos lugares de América? La respuesta de Jesús es radical. Para ser consecuente con la “pequeñez” del Reino, cuenta también una “pequeña” parábola. El Reino de Dios “es como una semilla de mostaza que, cuando se siembra, es la más pequeña de las semillas; pero una vez sembrada, crece y se convierte en el mayor de los arbustos y echa ramas tan grandes, que los pájaros pueden anidar a su sombra”. En el caso de la mostaza, la desproporción entre la semilla y el arbusto que sale de ella es evidente. 

Con el Reino de Dios pasa lo mismo. En ninguna parte está dicho que el Reino será más eficaz cuantas más instituciones tengamos y cuantas más actividades realicemos. En el conjunto del mundo, la Palabra siempre será un grano de mostaza; es decir, una realidad casi invisible, pero con una eficacia interna descomunal. De vez en cuando, somos testigos de estas desproporciones, pero la mayor parte de las veces nos pasan también desapercibidas. A Jesús le encanta desmontar nuestros castillos de naipes para que aprendamos a vivir una fe desnuda, sencilla, que no encuentre su fundamento en hechos grandiosos y medibles, sino en una confianza ilimitada en Dios. Lo sabemos, pero tendemos a olvidarlo con mucha rapidez. Por eso, él sigue contándonos una y otra vez las mismas historias con la esperanza de que, poco a poco, vayamos comprendiendo su sabiduría. Feliz domingo.



domingo, 17 de noviembre de 2024

También en Londres se oscurece el sol


Llegué a Londres ayer a primera hora después de un vuelo sereno  desde Madrid. La capital británica me recibió como suele hacerlo en otoño: con un cielo encapotado, humedad alta y una temperatura de ocho grados. Los claretianos tenemos una parroquia dedicada al Inmaculado Corazón de María en Hayes. A las doce participé en la eucaristía. Habría como un centenar de personas. Mirando sus rostros, incluyendo el del monaguillo, no era fácil saber si estábamos en el Reino Unido o en India. Después, el párroco me aclaró que la mayoría son inmigrantes procedentes del estado indio de Goa. No es, pues, extraño que sean muy devotos de san Francisco Javier y de san Antonio de Padua. 

Lo que vi en nuestra parroquia de Hayes refleja la evolución de la Iglesia católica en este país multicultural. Cada vez son más los católicos asiáticos y africanos. Antes del Brexit abundaban los polacos y, por supuesto, los de origen irlandés. Es difícil imaginar en qué consiste hoy una Iglesia “inglesa” o “británica”. Los nacidos en este país insisten en la imprescindible inculturación, sin caer en la cuenta de que la cultura local está cambiando a pasos agigantados. Ya no es pura y orgullosamente British, sino una combinación de muchos ingredientes cuyo perfil es difícil de dibujar.


En cuanto acabe de teclear esta entrada, viajaré al centro de Londres para revivir la magia de una ciudad que, mucho antes de visitarla por primera vez en 1988, ya la conocía a través de la literatura, el cine y las clases de inglés en los años del bachillerato. Londres hay que patearla con un poco de niebla y un paraguas en la mano para que se parezca algo a la ciudad pintada por Charles Dickens, Oscar Wilde o sir Arthur Conan Doyle. Creo que hoy domingo se dan ambas condiciones. 

Quiero comprobar si el post-Brexit está cambiando el paisanaje urbano. Durante el paseo por las inmediaciones de Buckingham Palace me acordaré de que el Evangelio de este XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario, penúltimo del año litúrgico, nos habla de los tiempos finales. Cuando Marcos escribe a los cristianos de aquel tiempo, probablemente Tito ya había destruido el templo de Jerusalén. Se estaban viviendo momentos turbulentos. El miedo se había apoderado de muchos. Marcos se vio obligado a animar a los creyentes para que no perdieran la esperanza. Actualizó palabras de Jesús que ayudaban a dar sentido a lo que estaba sucediendo. 


Hoy no estamos en una situación muy distinta. El fin del mundo está ocurriendo continuamente. Siempre se producen acontecimientos que parecen indicar que el mundo -nuestro mundo- se desmorona, el mundo que nos daba seguridad. Por otra parte, siempre mueren personas que llegan al final de su paso por esta tierra. Para ellas, el final se anticipa en el momento de su muerte. Cada generación interpreta a su manera los “signos” que anuncian ese final. No conozco ningún período histórico que no haya sido difícil para quienes vivieron en él. Tampoco ha existido ninguno en el que no pudieran percibirse signos de renacimiento. La interpretación de lo que sucede no depende tanto de los hechos en sí mismos, cuanto de la manera de situarnos ante ellos. 

Jesús nos invita a situarnos desde la fe, a “escuchar” atentamente lo que Dios quiere decirnos a través de los progresos y los retrocesos, los logros y las catástrofes; en definitiva, a través de “los signos de los tiempos”. Si sabemos interpretar la llegada inminente del verano cuando vemos las ramas y hojas tiernas de los árboles, ¿por qué nos cuesta tanto interpretar lo que sucede en la historia? Quizá la razón última se esconde en este dicho del mismo Jesús: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”. Todo es mudable y efímero, excepto la palabra de Dios revelada por Jesús. Quien vive de la Palabra vive ya en el presente el final de la historia, se aferra a lo que da vida, a lo que nunca pasa.


Hoy celebramos la Jornada Mundial de los Pobres. El lema de este año es La oración del pobre sube hasta Dios. Al papa Francisco no le gusta hablar de pobreza, sino de pobres; es decir, de seres humanos con rostro y nombre. Cuando nos negamos a mirarlos, estamos volviendo la espalda a Dios. 

martes, 1 de junio de 2021

Dar razón de la fe


Hoy celebramos la memoria de san Justino, mártir. Aunque hay personajes célebres que llevan su nombre (por ejemplo, el cantante Justin Bieber o el primer ministro canadiense Justin Trudeau), no es un santo popular como san Antonio de Padua o san Francisco de Asís. Nacido en Flavia Neapolis (la actual Nablus) a principios del siglo II en el seno de una familia de colonos griegos, se convirtió al cristianismo siendo adulto. Murió decapitado en Roma, en tiempos del emperador Marco Aurelio, alrededor del año 165. Fue un auténtico apologeta; es decir, un defensor de la fe en diálogo con el paganismo. De sus muchas obras, solo conservamos un par de Apologías y su famoso Diálogo con Trifón. El Diálogo utiliza el recurso literario de una conversación intelectual entre Justino y un judío de nombre Trifón. El objetivo del diálogo es hacer ver que los cristianos son el verdadero pueblo de Dios.

Hoy no se estila mucho el estilo apologético. Solemos decir que la fe no necesita ser “defendida”, sino vivida. Es verdad. Pero la verdadera apología no es tanto una batalla sin cuartel contra quienes impugnan la fe, cuanto un esfuerzo por mostrar que la fe es una actitud coherente, racional, humana y liberadora. Hace bastante tiempo escribí una entrada sobre la obra Impenitente, escrita por el laico inglés Francis Spufford. Se trata como indica el mismo subtítulo de una defensa (apología) emocional de la fe. En realidad, el original inglés dice así: Why, despite everything, Christianity can still make surprising emotional sense. O sea: Por qué, a pesar de todo, el cristianismo puede seguir teniendo un sorprendente sentido emocional. Es una obra fresca, irreverente, irónica, en la que el autor “defiende” el sentido de la fe cristiana en este contexto posmoderno. 

Más allá de su acierto o fracaso, lo que importa es que algunos cristianos no renuncian a lanzarse a la arena de la discusión pública. Los cristianos podemos y debemos en muchas ocasiones dar razón de nuestra fe. Por arduo que resulte, no podemos retirarnos a los cuarteles de invierno por temor al ridículo o al rechazo. Si creemos que Jesús es la Verdad, tenemos que creer humildemente en la fuerza que la verdad tiene para abrirse paso. No somos sus lugartenientes, pero sí sus testigos. San Justino, el mártir del siglo II, es un ejemplo luminoso. Naturalmente, pagó su audacia con la vida. Es siempre el riesgo de quienes se atreven a confesar su fe en contextos intolerantes.

Acabamos de empezar el mes de junio. Algunos lectores me han sugerido que podría ser el momento adecuado para convocar un nuevo Encuentro Zoom para todos aquellos que quieran unirse. Teniendo en cuenta la experiencia de los anteriores, me ha parecido oportuno colocarlo el viernes 4 (una vez concluida la semana laboral) y a una hora (las 9 de la tarde de Europa) que facilite la participación de algunos amigos americanos. Os dejo los datos esenciales en el siguiente recuadro. Si alguno queréis confirmar vuestra participación, podéis hacerlo escribiendo un correo a: gonfersa@hotmail.com.


ENCUENTRO ZOOM

DE LOS AMIGOS DE “EL RINCÓN DE GUNDISALVUS”

Tema: Las lecciones de la pandemia para la vida cotidiana.

Fecha: Viernes 4 de junio a las 21:00 horas (9 de la tarde), hora de España e Italia.

Unirse a la reunión Zoom:

https://us02web.zoom.us/j/81276582482?pwd=dUI3bUhXVnRSK2dLRlFEVWZ4SkJmdz09

 ID de reunión: 812 7658 2482

Código de acceso: 067798

 

 


lunes, 31 de julio de 2017

¿De qué aprovecha?

Julio se cierra con la memoria de san Ignacio de Loyola. De él no se conocen muchas anécdotas, al estilo de otros santos populares como san Antonio de Padua o san Francisco de Asís, pero hay pocas personas que no hayan oído hablar alguna vez del fundador de los jesuitas y del creador de los famosos Ejercicicios Espirituales. Hace poco más de un mes vi en Barcelona la última película que se ha hecho sobre él. Aunque tiene momentos logrados, el conjunto me decepcionó. Por eso escribí un post titulado Ignacio fallido. Quizás fui demasiado duro, pero me pareció que la película presenta a Ignacio como si fuera un héroe de Hollywood y no un ser humano que vivió una profunda transformación espiritual. Reconozco que no es nada fácil contar las aventuras del alma. 


Una de las frases de Jesús que más le impactaron y que luego él mismo transmitió a Francisco Javier en París fue ésta: “¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo, si pierde su vida?” (Mt 16,26). Es una frase que ha llegado al corazón de muchas personas, incluyendo san Antonio María Claret. Parece un dardo de esos que se te clavan y no hay forma de deshacerse de él. Me pregunto qué significa para nosotros hoy “ganar el mundo”. A veces, en el lenguaje coloquial, cuando alguien quiere hacerse famoso a toda costa, lograr su sueño, o cuando derrocha energía, solemos decir que “quiere comerse el mundo”. Hoy no es fácil tener grandes sueños. Estamos como de vuelta de todo. Hace tiempo que murieron las ideologías. Aparte del papa Francisco, ¿quién quiere cambiar hoy el mundo? A lo más que aspiramos es a encontrar un acomodo razonable en este planeta amenazado de muerte. Los adolescentes y jóvenes no quieren ser Francisco de Asís o Carlos Marx. Quieren parecerse a Amancio Ortega, ser empresarios o deportistas de éxito y ganar dinero como Bill Gates o Cristiano Ronaldo. De no llegar a esas cotas, se contentan con ser como sus padres, lo cual no está nada mal. Quizás “ganar el mundo” significa, más bien, dejarse guiar por esas tendencias tan humanas que parece que todos las llevamos puestas de fábrica: el ansia de dominar a otros, de tener más y de disfrutar a cualquier precio. Si dejándonos llevar por estas tendencias somos felices, ¡adelante! Pero Jesús, que ha explorado hasta el fondo la condición humana, sabe que esos caminos no conducen a la felicidad sino, más bien, a “perder la vida”. Por eso, como buen maestro sapiencial, nos invita a sopesar las cosas. La pregunta “¿De qué aprovecha?” pretende ayudarnos a caer en la cuenta de las consecuencias de un camino u otro.

En el momento de la ancianidad y de la muerte casi todos los seres caen en la cuenta de lo que vale y de lo que no vale. Pero a menudo es demasiado tarde para hacer opciones. Jesús propone adelantar ese momento para que no perdamos la vida por sendas equivocadas. El ¿de qué aprovecha? coloca en el presente lo que seguramente veremos con mucha claridad en el futuro. Los santos han sido personas que en un determinado momento de su vida han visto claro y han tomado decisiones que, con frecuencia, han modificado la dirección de sus vidas. El caso de Ignacio de Loyola es ejemplar. Creo que para no caminar solos por la vida necesitamos conocer historias de ayer y de hoy en las que se vea con claridad adónde conduce cada camino: el del mundo y el del Evangelio. Os dejo con un vídeo breve:


lunes, 12 de septiembre de 2016

El asiático Jesús se vistió de Zara

Ayer fue el segundo día de nuestro encuentro de Sri Lanka. Evocamos dos acontecimientos de signo contrario: los atentados del 11-S (acaecidos hace 15 años) y nuestro encuentro con el papa Francisco (acaecido hace un año). El primero nos recuerda la violencia que sacude nuestro mundo; el segundo nos invita a mirar al futuro conjugando tres verbos de esperanza: adorar, caminar y acompañar. Por la tarde tuvimos una interesante conferencia a cargo de un renombrado teólogo srilankés, el redentorista Vimal Tirimanna. Comenzó poniendo sobre la mesa una pregunta retórica que le formulan muchos católicos europeos y americanos: ¿Tiene futuro la Iglesia en Asia? Con ironía, nos ayudó a ver que esta pregunta procede de un contexto un poco triunfalista y que, en el fondo, esconde una gran ingenuidad. El cristianismo nació en Asia. Hay antiguas comunidades cristianas de diversos ritos esparcidas por varias regiones: maronitas (Líbano), siro-malabares y siro-malankeses (India), etc. Luego lanzó el dardo más provocativo: Jesús fue asiático. Aunque Palestina es el lugar de encuentro (y, a menudo, desencuentro) de tres continentes (África, Asia y Europa), Jesús fue, sobre todo, un hombre de cultura oriental. Y aquí está la paradoja. Pasados los siglos, los misioneros europeos volvieron al continente, casi siempre de la mano de los colonizadores, para anunciar a Jesús. Solo que esta segunda vez el Jesús asiático venía revestido con ropajes demasiado europeos. El Evangelio sonaba demasiado a catálogo de dogmas y normas. Era un Jesús grecolatino que los asiáticos ya no reconocían como uno de los suyos. 

Para que la evangelización en Asia pueda dar fruto se requiere lo que él denominó un “doble bautismo”: el bautismo del Jordán (es decir, el diálogo con las grandes tradiciones religiosas surgidas en el continente) y el bautismo del Calvario (es decir, el compromiso con los millones de pobres que viven en el continente más poblado de la tierra). Sin pasar por estos dos bautismos, todo intento de presentar a Jesús está llamado al fracaso, será considerado un producto de importación.

Añadió todavía algo que resulta desafiante para los europeos y americanos. “Ustedes –vino a decirnos con un aire un poco autosuficiente– son dualistas. Han hecho del principio de contradicción la base de su pensamiento. Todo lo plantean dilemáticamente: o Dios o el hombre; o religión o política; o espiritualidad o compromiso social…”. Por el contrario, los asiáticos son personas que han crecido en el ideal de la armonía, en la síntesis de contrarios. Todo lo que es verdadero, bueno y bello –venga de donde venga– puede armonizarse. Por eso, uno encuentra en la India o en Sri Lanka eminentes científicos que son profundamente religiosos y aun místicos; poetas que se interesan por las matemáticas; monjes que abren orfanatos; políticos que oran en público; hindúes y budistas que rezan ante la estatua de san Antonio de Padua, etc.

A medida que hablaba, se despertó mi espíritu crítico. En esto soy incurablemente europeo. Eché de menos en la conferencia del profesor Vimal Tirimanna una sana autocrítica, pero eso no me impidió abrirme a los retos que nos lanzaba a nosotros, misioneros. En particular, sentí una llamada grande a desnudar a Jesús de su ropaje europeo (el “se viste de Zara” del título de este post es una forma humorística de aludir a esto) y a redescubrirlo como un hombre asiático, habitante de este inmenso continente que hoy reúne casi a dos tercios de la humanidad. Un Jesús menos grecolatino (es decir, menos racionalista y normativo) y más palestino (es decir, más sapiencial y contemplativo) seguramente conectaría con el alma religiosa de los orientales, sería aceptado como un enviado de Dios que nos muestra el camino hacia él. En fin, demasiadas sugerencias para una tranquila tarde de domingo en este monasterio de Montefano donde transcurre nuestro encuentro.