Un día antes de que empiece la primavera en el hemisferio norte nos llega la fiesta de san José.Es
casi como un oasis en el desierto que estamos atravesando. Necesitamos dirigir
la mirada a este muchacho de Nazaret para aprender cómo se puede confiar en Dios
cuando no se entiende lo que está sucediendo, cuando sus planes no coinciden
con nuestras expectativas. De José de Nazaret no conservamos ni una sola
palabra en los evangelios. No porque fuera mudo, sino porque su verdadera palabra fue una vida
entregada al cuidado de María y de Jesús. No era eso lo que él había imaginado,
pero fue esa la misión que Dios le encargó. Y él, joven artesano, la aceptó con
humildad y prontitud. Recordar estas cosas nos hace valorar lo esencial de la
vida. Como dice el periodista Iñaki Gabilondo en el vídeo que acompaña la
entrada de hoy, en tiempos de crisis la jerarquía de valores se ordena casi
sola. Lo secundario pasa a un segundo plano y saltan al primero las verdades
fundamentales que nos constituyen como seres humanos: la dignidad de cada
persona, el valor de la vida, la importancia de sentir que formamos un cuerpo
social, los valores de responsabilidad, entrega y preocupación por los más débiles.
En tiempos de bonanza tendemos a mirarnos el ombligo y a “disfrutar” inconscientemente
de la vida. En tiempos de crisis, nos preguntamos qué es lo necesario para
vivir.
El recuerdo de
José de Nazaret es un estímulo para no desesperarnos en estos tiempos de
prueba. Los grandes hombres y mujeres de fe (entre ellos José y María de
Nazaret) se forjaron a través de itinerarios difíciles. Por eso, pueden
entender nuestra situación e interceder por nosotros. Formularon preguntas,
puede que incluso alguna queja, pero comprendieron que los planes de Dios son
siempre mejores que nuestras humanas expectativas. Por eso, son modelos para
nosotros. Aprovecho para felicitar a todos los lectores del blog que llevan un
nombre inspirado en el del santo de hoy: José, Josep, Joseba, Joseph, Giuseppe,
Josefa, María José, Giuseppina, Josephine, etc. O cualquiera de sus múltiples
combinaciones. Varios de mis mejores amigos se llaman Juan José, por ejemplo. Felicito también a todos los que sois padres. ¡Ojalá podáis acompañar de cerca el itinerario de vuestros hijos promoviendo su libertad y responsabilidad! Os dejo con el
vídeo:
Podría buscar otro tema, pero resulta difícil mirar para otro lado en estos tiempos convulsos que vivimos. En el supermercado de Internet uno encuentra un poco de todo:
desde visitas virtuales a algunos de los mejores museos hasta juegos para entretener
a los niños en casa, recetas de cocina para una vida en cuarentena u oraciones
a diversos santos impetrando su protección contra la pandemia. La creatividad
no tiene límites. Al final, como denuncia con gracejo andaluz un vídeo que me
ha llegado a través de WhatsApp, no vamos a tener un minuto libre para descansar.
Son tantas las ofertas que nos llegan (clases de yoga, series televisivas,
juegos on line, lecturas recomendadas,
actos simbólicos en las ventanas, cadenas de oración, etc.) que ni siquiera
vamos a disfrutar un poco de los beneficios de la soledad y del silencio. Es
como si todos sintiéramos una especie de horror
vacui que hay que rellenar a toda costa. Al final, uno cae en la cuenta de
que el problema no es matar el tiempo de forma más o menos entretenida, sino cultivar
algunas actitudes que nos permitan afrontar eficazmente la crisis.
La primera es la
confianza en que podemos superarla. En Italia se ha hecho viral la frase “tutto andrà bene” (todo saldrá bien). Indica
una gran confianza en la fuerza de la vida, en la capacidad de los seres
humanos para afrontar los problemas y, en definitiva, en Dios como fundamento
de todo. Los cristianos creemos en el Dios “amigo de la vida”. Jesús nos ha
dicho con claridad que nuestro Padre no es un Dios de muertos sino de vivos (cf. Lc 20,38),
que quiere siempre que todos sus hijos e hijas vivan con dignidad. Esta
convicción nos da la fuerza para no desesperarnos, para seguir combatiendo la
pandemia con todos nuestros recursos. La confianza en que ce la faremo está detrás de los
científicos que buscan desesperadamente una vacuna contra el Covid-19, del personal sanitario que, arriesgando su salud y a veces su vida, se esfuerza por acompañar a los
enfermos, de los agentes sociales que intentan poner orden en estos
momentos de confusión. No hay lucha sin confianza en la victoria. No activamos
nuestras energías cuando nos abandonamos al fatalismo, cuando tiramos la toalla
o cuando sospechamos que “tutto andrà
male” (todo saldrá mal). Para los creyentes, la fuente primigenia de la confianza es la
oración. Por eso, se nos invita estos días a intensificar nuestros tiempos de escucha
de la Palabra de Dios y de una plegaria que nazca del corazón. Dado que no
podemos visitar las iglesias, el propio hogar se convierte en esa iglesia doméstica
en la que todos sus miembros pueden encontrar cada día un momento para orar
juntos. Pueden servirse del Rosario, de la Liturgia
de las Horas o de cualquier otro modo.
La segunda
actitud es la responsabilidad. Abundan en Internet los llamamientos por parte
de médicos, periodistas y otras personas a quedarse en casa y no colapsar los
servicios de urgencias de los hospitales. Me cuesta aceptar cómo sigue
habiendo personas inconscientes que no acaban de entender la gravedad de la
crisis que estamos viviendo y que, con sus comportamientos irresponsables,
ponen en riesgo su salud y la de los demás. Tanto en España como en Italia las
fuerzas del orden están imponiendo muchas multas a estos “criminales”. Ha
pasado ya el tiempo de la frivolidad y de las bromas. Solo es posible hacer
frente a una crisis de estas dimensiones cuando todos sin excepción asumimos
nuestra cuota de responsabilidad y pensamos no solo en salvarnos nosotros, sino
en el bien común.
Esto nos lleva a la tercera actitud: la solidaridad. En toda
crisis hay personas que pierden (los más débiles) y personas que ganan (los más
aprovechados). Resulta doloroso comprobar que algunos desalmados que están haciendo
negocio vendiendo mascarillas o gel clínico a precios prohibitivos. Gracias a
Dios, abundan mucho más quienes en estos días multiplican los gestos de cercanía
y solidaridad con las personas ancianas (sobre todo, las que viven solas), las
personas de la calle o las que, por diversas circunstancias, acusan más el peso
de la crisis. Si el egoísmo inventa formas de explotación, la solidaridad es
más creativa. ¡Ojalá la crisis del Covid-19 despierte en nosotros el sentido
de pueblo, de comunidad, y de esta forma superemos el individualismo cultural
que estaba royéndonos el alma desde hacía mucho tiempo!
Desde hace días se ha puesto de moda la expresión inglesa “social distancing”, que los medios de comunicación españoles suelen traducir por “distancia social”, pero que sería mejor traducir –como se hace en Latinoamérica– por “distanciamiento social”.Se trata de “un conjunto
de medidas no farmacéuticas de control de la infección que pretenden parar o
enlentecer la propagación de una enfermedad contagiosa. El objetivo del
distanciamiento social es reducir la probabilidad de contacto entre las
personas infectadas, y no infectados, con objeto de minimizar la transmisión de
enfermedades y en última instancia, la mortalidad”. Así lo describe Wikipedia. En relación con la pandemia
de coronavirus, se habla de que hay que asegurar una distancia de entre personas de al menos un
metro. Las redes se han llenado de artefactos ingeniosos para
garantizar esa protección. Es curioso que este fenómeno del “distanciamiento
social” va unido al de “acercamiento doméstico”. Por una parte, nos alejamos lo
más posible de cualquier aglomeración extramuros, pero, por otra, nos reagrupamos
en unidades de convivencia intramuros. Estamos más distantes que nunca de
nuestros compañeros de trabajo, amigos y conocidos y, al mismo tiempo, debemos
compartir mucho más tiempo con las personas con quienes vivimos bajo el mismo techo. Es probable que la combinación de ambos fenómenos esté produciendo reacciones
novedosas.
El “distanciamiento social” no es sino la exacerbación de un individualismo
que nos lleva caracterizando hace varias décadas. Cada vez nos relacionamos menos
con la gente de nuestro entorno. Seleccionamos mucho nuestros círculos de
amistades y reducimos a la mínima expresión los signos de urbanidad. Basta ver
lo que sucede en un avión. Hace años, era normal que los pasajeros se saludasen
y hablase entre sí; hoy resulta extraño. La mayoría se cala sus auriculares, se
aísla del entorno y transcurre el tiempo entretenido con sus cosas. Así que la
cuarentena obligada que estamos viviendo ahora no es sino más de lo mismo.
Más
extraño resulta el fenómeno opuesto del “acercamiento doméstico”. ¿Qué sucede
cuando familias enteras se ven obligadas a convivir las 24 horas del día en el
pequeño reducto de sus domicilios? Lo que, de entrada, se puede vivir como una
hermosa oportunidad de estar juntos, puede convertirse en algunos casos en una
fuente de tensiones y aun de conflictos si no se sabe manejar. Se corre el
riesgo de que cada persona busque su rincón exclusivo para no verse sometida a
una convivencia que puede resultar agobiante. Pero también cabe la posibilidad
de que se exploren nuevos modos de relación y de apoyo. En ese caso, el
confinamiento de estos días puede ayudar a las familias a redescubrir su
identidad.
Los dos fenómenos –el “distanciamiento social” y el “acercamiento
doméstico”– constituyen una especie de laboratorio para testar la calidad de
nuestras relaciones y nuestra capacidad para afrontar fenómenos nuevos. En las situaciones extraordinarias –y esta lo
es en grado sumo– todos sacamos lo peor y lo mejor de nosotros mismos. Por eso,
es necesario estar en guardia, advertir nuestros sentimientos y emociones y
aprender a canalizarlos con serenidad. Quizá entonces descubriremos que somos más
egoístas, huraños y agresivos que lo que aparece en la vida cotidiana, pero también
más sensibles, altruistas y arriesgados. Dejemos que nuestros rasgos
positivos crezcan para contribuir a crear un entorno saludable. Controlemos
nuestros rasgos negativos para que no hagan más insufrible el confinamiento que
estamos padeciendo. También este es un asunto espiritual. Si nos dejamos llevar
por el “mal espíritu”, podemos hacer de estos días una cárcel o un pequeño infierno.
Si tomamos conciencia de nuestras pulsiones y aprendemos a dominarlas, si nos
dejamos guiar por el “buen espíritu”, podemos crecer mucho en humanidad, en
apertura a los demás y en confianza en Dios. Nada es automático ni obligatorio.
Casi todo depende de nuestra actitud.
Es imposible no acordarse estos días de La peste, la novela que Albert Camus publicó en 1947. Ayer se hacía eco de ella John Carlin en su columna semanal de La Vanguardia titulada Asunto
de todos. No he vuelto a
leer el libro de Camus desde mis años de bachillerato, pero tal vez me anime a hacerlo de
nuevo aprovechando la relativa tranquilidad de estos días. Hace cinco años que
Bill Gates pronosticó que la mayor amenaza para la humanidad no era una improbable guerra nuclear,
sino una epidemia vírica. Ha acertado de pleno. Se puede seguir su charla en
inglés, con subtítulos en español, pinchando aquí.
Muchos se están haciendo eco de esa predicción del magnate informático. No faltan también quienes se remontan
a la “gripe española”
de 1918, a la peste negradel siglo
XIV e incluso a las famosas diez plagas
bíblicas en Egipto. Es como si necesitáramos urgentemente algunas referencias históricas
para situarnos ante un fenómeno al que no estamos acostumbrados. Aproveché la
tarde de ayer para hablar por teléfono con algunos familiares y amigos con los
que hacía tiempo que no hablaba. Fue inevitable no mencionar la situación de ansiedad en la que nos encontramos. En situaciones de reclusión como la que
estamos viviendo resulta confortador escuchar el timbre de una voz amiga. Es
como un exorcismo afectivo contra el poder separatista del virus.
Me pregunto cómo
reaccionaría Jesús en una situación como esta. Me viene a la mente un enigmático
texto que Lucas nos cuenta en su evangelio: “En
aquella ocasión se presentaron algunos a informarle acerca de unos galileos
cuya sangre había mezclado Pilato con la de sus sacrificios. Él contestó:
—¿Pensáis que aquellos galileos, dado que sufrieron aquello, eran más pecadores
que los demás galileos? Os digo que no; pero si no os arrepentís, acabaréis
como ellos. O aquellos dieciocho sobre los cuales se derrumbó la torre de Siloé
y los mató, ¿pensáis que eran más culpables que el resto de los habitantes de
Jerusalén? Os digo que no; pero si no os arrepentís acabaréis como ellos”
(Lc 13,1-6). A partir de dos hechos de crónica, Jesús tiene una doble reacción: por una parte, no culpa a las personas de lo que ha sucedido y, por otra, invita a todos a la conversión.
Creo que hoy podría reaccionar del mismo modo ante la pandemia del Covid-19. Lo
que estamos viviendo no es –como dicen algunos– un castigo de Dios por nuestros
pecados, o una consecuencia de nuestra indiferencia religiosa o de nuestra maldad
moral. Pero, por otra parte, constituye una fuerte llamada a preguntarnos desde
dónde y cómo estamos viviendo. Las palabras de Jesús nos liberan del peso
excesivo de una responsabilidad con la que no podemos cargar; por otra, nos
animan a leer lo que está pasando como una oportunidad para plantearnos la vida
en serio.
No sé si algún día
sabremos si el Covid-19 ha surgido de
manera espontánea o ha sido un producto de laboratorio con siniestras intenciones. No sé, por tanto, si detrás
de su expansión hay responsabilidades criminales o no. Por Internet circulan
varias teorías al respecto. Algunos hablan de que ha sido un virus fabricado para contrarrestar las protestas sociales que recorrían el mundo (Hong Kong, Francia, Chile, etc.)y que amenazaban el sistema establecido.O para frenar a la superpotencia china. Lo que sí tengo claro es que no puede entenderse
como un “castigo de Dios”. Es verdad que esta categoría aparece en la Biblia
(sobre todo, en el Antiguo Testamento), pero no es la clave desde la que Jesús
aborda lo que sucede en la historia. Dios no nos castiga como si fuéramos hijos
díscolos. Él es un Padre que –por seguir la simbología de la conocida parábola
del hijo pródigo– todos los días sale a la puerta del hogar y otea el horizonte esperando
nuestro regreso
a casa. Nos corresponde a nosotros interpretar el significado de lo que
está sucediendo como una fuerte llamada a un cambio de vida personal y social.
En este sentido, esta pandemia puede ser una oportunidad para crecer como seres
humanos. Hay ya muchas personas que están haciendo esta lectura positiva de lo
que estamos padeciendo. Siempre, después de una guerra –y esta
lo es– se ha producido un mayor desarrollo humano. La experiencia del
mal en cualquiera de sus formas nos hace añorar con fuerza el bien para el que
estamos hechos. Os dejo con un precioso e italianísimo vídeo hecho desde esta perspectiva.
Millones de personas en todo el mundo celebrarán este III Domingo de Cuaresma con un inesperado e indeseado ayuno eucarístico. En
Italia ya lo experimentamos el domingo pasado. El otro día, el exprimer
ministro italiano Romano Prodi confesó que en sus 80 años de vida era
la primera vez que no había podido participar en la Eucaristía dominical.
Todo resulta muy extraño. Nada sigue el guion previsto. Acostumbrados a ser programadores,
tenemos que convertirnos improvisadamente en estrategas. El estratega es el que
sabe sacar partido de todo lo que sucede cuando tiene claros los fines. Nuestro
fin es llegar a la Pascua del Señor Jesús y celebrar con gozo el misterio de su
pasión, muerte y resurrección. ¿Cómo podemos lograrlo?
En vez de hacerlo a través de una Cuaresma
convencional y un poco descafeinada, este año tenemos la oportunidad de vivir
una Cuaresma que toca las fibras más profundas de nuestra vida. Se nos impone
un ayuno de contactos, paseos, visitas y trabajos. El tiempo de soledad en casa
invita a la reflexión y a la oración. El desamparo que muchos (sobre todo,
los ancianos) están viviendo nos empuja a nuevas formas de cercanía y
solidaridad, que van desde hacerles la compra diaria hasta proveerlos de
medicamentos o darles conversación. O sea, que los tres pilares tradicionales de
la Cuaresma (ayuno, oración y limosna) adquieren este año, por arte del maldito
Covid-19, una concreción inesperada. Con una Cuaresma tan a flor de piel, es
imposible que no vivamos una Semana Santa cargada de sentido. Estoy seguro de que nunca olvidaremos el mes de marzo de 2020.
En este
itinerario cuaresmal, el Evangelio de este domingo nos presenta el encuentro de
Jesús con la mujer samaritana. Es un texto largo, denso, hermoso y lleno de
vida. No hay detalle que no tenga algún significado. Fernando Armellini, en su
comentario de hoy, se encarga de desvelarlos. Os remito a él. Yo me fijo en el
desnivel que existe entre Jesús y la mujer, que es un reflejo del desnivel
entre nuestra manera de ver el mundo y la propuesta que Jesús nos hace. La
mujer busca en el pozo un agua material para saciar su sed y abrevar su ganado.
Jesús le propone un agua viva “que salta
hasta la vida eterna”. Ambos utilizan la misma palabra –agua–, pero se
están refiriendo a realidades distintas. Si sustituimos la palabra agua por la palabra vida,
podemos comprender mejor el contraste entre nuestras búsquedas y la propuesta
de Jesús.
Todos nosotros nos levantamos cada mañana, trabajamos, nos relacionamos,
nos divertimos… porque queremos tener una vida
mejor. Desde hace años, se habla de calidad
de vida para referirnos a una existencia que satisface los indicadores de
lo que hoy consideramos una vida feliz: salud integral, educación, vivienda,
trabajo, equilibrio afectivo, etc. Jesús nos propone otra vida:“He venido para
que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10,10). Esa vida consiste en
seguirle a él –“Yo soy el camino, la
verdad y la vida” (Jn 14,6)– para entrar en comunión plena con Dios, origen
y plenitud de toda vida. Es evidente que nos movemos en dos planos. La historia
de la mujer samaritana nos muestra que estos dos planos se pueden fundir en un
solo, y que la escéptica mujer de Samaria (mujer, impura y heterodoxa) puede
acabar siendo una verdadera misionera entre sus paisanos. Ese es también nuestro destino.
Hoy tendremos mucho
tiempo para volver sobre esta historia en la soledad de nuestra casa. Os
recomiendo leer con calma el largo Evangelio
de hoy. Es muy probable que encontremos algunas claves para vivir estos
momentos de pandemia con serenidad y esperanza. Jesús, como a la samaritana,
nos dirá: “El que bebe de esta agua
vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá
sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que
salta hasta la vida eterna”. Entonces entenderemos mejor, en el silencio de
un domingo de marzo, que tal vez llevamos años corriendo detrás de ideales (un
mejor trabajo, un coche más potente, una nueva relación) que no consiguen apagar
la sed de nuestro corazón, que estamos huyendo hacia adelante sin saber muy
bien qué queremos.
Podemos comprender mejor la propuesta de vida que Jesús nos
hace. Ya no se trata de dar crédito a quienes nos hablan de él, sino de
experimentar su llamada en carne propia, hasta el punto de hacer nuestras las palabras
de los samaritanos: “Ya no creemos por lo
que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el
Salvador del mundo”. Cuando uno cae en la cuenta de que lo que venía
barruntando desde hace tiempo es verdad, entonces experimenta una gran paz interior, siente que
Dios olvida sus desvaríos y le abre una puerta de futuro. Este es el “milagro”
de un domingo recluido en casa a causa del Covid-19. El virus se queda fuera, a la puerta, pero Dios entra hasta el fondo de nuestro corazón. Nuestra casa se convierte simbólicamente
en ese “pozo de Jacob” en el que Jesús se encuentra cara a cara con cada uno de
nosotros, nos ayuda a poner nombre a nuestras ansiedades y búsquedas, y nos
abre un camino de futuro: “Se acerca la
hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al
Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto así Dios es
espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad”. No es imprescindible ir a la iglesia para adorar al Padre. Nuestra casa es también un santuario, la tienda del encuentro. Aprovechemos esta oportunidad insólita.
No sé si queda algo por decir sobre la pandemia que estamos sufriendo. Las televisiones, los periódicos y las redes sociales están inundados de avisos, consejos, chistes, memes, oraciones y hasta mensajes de mal gusto.Lo cierto es que la vida, al
menos en Italia, se ha paralizado. Es como si de repente todos hubiéramos
reducido al mínimo nuestra velocidad de crucero. No sé cuánto tiempo aguantaremos
así. En varias ciudades italianas la gente sale a las ventanas y balcones para entonar cánticos conocidos y de esta manera suplir la falta de contacto físico en un
país en el que hasta los hombres se besan cuando se saludan. Hay párrocos que salen
a las calles con el Santísimo, políticos que consagran un pueblo o una ciudad a
la Virgen, comerciantes que donan productos alimentarios al personal de los hospitales,
profesores que imparten sus clases on
line, jóvenes que se ofrecen a cuidar gratis a los niños del vecindario, médicos
y enfermeros jubilados que se reincorporan al trabajo, psicólogos que ofrecen
pautas para gestionar emocionalmente la ansiedad, sanitarios que lanzan fuertes reclamos a la juventud para que deje de inundar los servicios de urgencias
exigiendo la prueba del coronavirus, sacerdotes que transmiten las
celebraciones litúrgicas por YouTube,
voluntarios que llaman con frecuencia por teléfono a algunos ancianos que viven
solos para saber cómo están y charlar un rato con ellos. Y –como no podría ser
de otra manera– “expertos” ocasionales que aventuran todo tipo de teorías sobre
el origen del virus, el modo de combatirlo y las consecuencias que está
teniendo sobre la economía. Mientras unas cosas y otras suceden, en Italia nos
aproximamos ya a los 18.000 casos de contagio y a las 1.300 víctimas. En España
se ha declarado el estado
de alarma. Muchos otros países están tomando medidas cada vez más drásticas.
Cuando en la
madrugada del pasado 1 de enero brindábamos por un feliz 2020 y nos besábamos y
abrazábamos sin restricciones, no podíamos sospechar que unas semanas más tarde
íbamos a vivir una situación como la que estamos padeciendo. Lo de las
epidemias y pestes parecía un fenómeno del pasado –casi medieval– o algo
circunscrito a algunas regiones de Asia y África. En cualquier caso, un asunto
que no afectaba a la rica y sana Europa, que podía permitirse el lujo de sestear tranquila y jugar con las cosas de vivir, que hasta presumía de nihilista y
atea porque no necesitaba ningún fin y ningún dios para gestionar la aventura del
día a día. Bastaba un buen Estado del bienestar para asegurar lo relativo a educación,
sanidad, pensiones, transportes, etc., aunque eso supusiera rascarse el bolsillo pagando los
impuestos correspondientes, siempre excesivos según el sentir de la mayoría. Un virus
proveniente de China (¿o estaba ya entre nuestras filas?) nos obliga a
replantearnos muchas viejas seguridades. Al principio, como sucede con toda
enfermedad, la reacción fue de exceso
de confianza; después, comenzaron las primeras tímidas medidas. Ahora estamos
acelerando todo movidos por el miedo y una cierta improvisación. Sirvió de poco el ejemplo
de países como China, Corea del Sur o Taiwán, más habituados a combatir otras epidemias
y con un fuerte sentido cívico.
¿Dónde está Dios
en medio de esta crisis causada por el Covid-19? Se dice que Voltaire y otros
ilustrados perdieron la fe tras comprobar que Dios no había actuado en el
famoso y terrible terremoto de
Lisboade 1755. Es probable que también hoy muchas personas piensen
algo parecido. Si Dios es un Padre bueno que quiere lo mejor para sus hijos,
¿por qué no detiene esta plaga que está asolando a la humanidad? Sirve de poco
decir que Dios no interfiere en el normal desarrollo de los acontecimientos.
Quizá ayuda más pensar que está de parte de quienes más están sufriendo esta
crisis y de quienes están dejándose la piel en la ayuda a los afectados. Por
otra parte, nunca sabemos el verdadero significado de lo que estamos viviendo
hasta que, con el paso del tiempo, vemos sus efectos de largo alcance. Lo que
percibo en Italia es que por todas partes se multiplican las oraciones pidiendo
a Dios que nos proteja de la pandemia e intercediendo por sus víctimas. No
siempre nos resulta fácil conjugar la autonomía de las realidades humanas y el
poder transformador de la oración. Con todo, por más dificultades teóricas que
tengamos, no renunciamos a ponernos en las manos de Dios. Hay un sexto sentido
que nos dice que la oración no es tiempo perdido, que Dios sabrá sacar algo
bueno de lo que nosotros percibimos claramente como dañino. Esta confianza es
un fruto de la fe. Sin ella no podemos vivir.
Lo que parecía imposible (frenar nuestro acelerado ritmo de vida) se está mostrando posible. El
responsable no es el papa Francisco con sus repetidas llamadas a un estilo de
vida más humano, ni el Dalai Lama, ni la ONU, ni ningún líder mundial. El
responsable es un virus de origen incierto llamado Covid-19. Sin ninguna arenga
política y sin ninguna llamada espiritual a la conversión, está consiguiendo lo que
llevamos años intentando por otros medios sin el menor éxito: pararnos todos a
pensar qué tipo de vida estamos llevando, a dónde nos conduce esta permanente
huida hacia adelante.Roma, tan animada siempre, es hoy una ciudad desierta. No recuerdo haber vivido nunca una Cuaresma colectiva
como la de este año. Resuenan con otra fuerza las palabras del salmo: “Si hoy escucháis su voz, no endurezcáis el corazón”.
A regañadientes, con una rabia contenida, hemos entrado todos en “modo
reflexión”, quizás en algunos casos en “modo pánico”. Nos estamos haciendo las preguntas
que siempre han estado ahí, pero que permanecían como aletargadas porque teníamos
otras cosas urgentes en qué pensar. Ahora, recluidos en nuestras casas, lo
importante se antepone a lo urgente. Ha llegado el momento de reflexionar con
serenidad sobre quiénes somos, qué queremos, a dónde vamos.
Quizás una de las
lecturas más recomendables para este tiempo de forzada quietud es el libro del Eclesiastés (Qohélet).
Es increíble cómo un texto con tantos siglos de antigüedad puede seguir tocándonos
el corazón y obligándonos a hacernos las preguntas que normalmente esquivamos. Su
perspectiva es precristiana. No todo lo que el autor dice conecta con las
enseñanzas de Jesús, pero, en todo caso, ayuda a pensar porque parte de la vida
y remite a la vida. Os dejo solo con los primeros versículos:
“¡Vanidad de
vanidades –dice Qohelet–; vanidad de vanidades, todo es vanidad! ¿Qué provecho
saca el hombre de todos los esfuerzos que lo fatigan bajo el sol? Una
generación se va, otra generación viene, mientras la tierra siempre permanece.
Sale el sol, se pone el sol, jadea por llegar a su puesto y de allí vuelve a
salir. Camina al sur, gira al norte, gira y gira y camina el viento y a sus
vueltas vuelve el viento. Todos los ríos caminan al mar y el mar no se llena;
llegados al sitio adonde caminan los ríos, desde allí vuelven a caminar. Todas
las cosas cansan y nadie es capaz de explicarlas. ¿No se sacian los ojos de ver
ni se hartan los oídos de oír? Lo que pasó, eso pasará; lo que se hizo, eso se
hará: nada hay nuevo bajo el sol. Si de algo se dice: Mira, esto es nuevo, ya
sucedió en otros tiempos mucho antes de nosotros” (Ecl 1,2-10).