martes, 7 de abril de 2020

Amigos y traidores

Me alegro de que las noticias positivas sobre la pandemia vayan ganando terreno a las negativas. Espero que sea un fiel reflejo de la realidad y no solo un ejercicio de maquillaje informativo. Y, sin salir de este asunto, me sorprende mucho cómo Grecia ha conseguido contener la expansión del coronavirus. Parece que su reacción temprana fue el factor determinante. Hay que aprender la lección para otros posibles casos. Aunque parece que en estas semanas todo es coronavirus, la vida sigue su curso y presenta frentes diversos. Hay otras noticias que me afectan de cerca. 

Me entero por la prensa de que ha fallecido Juan de Dios Martín Velasco, un filósofo y teólogo español al que he admirado. Recuerdo que hace bastantes años lo llevé en coche de Madrid a Salamanca. Las dos horas del viaje fueron una conversación cercana, sosegada y profunda. Podría decir que fue un reflejo de la categoría “encuentro” a la que él dio mucha importancia en su pensamiento. Leo también que el cardenal australiano George Pell –al que la Santa Sede siempre consideró inocente– ha sido excarcelado después de que el Tribunal Supremo de Australia haya anulado la condena a seis años por presuntos abusos sexuales. Los medios dan cuenta de la noticia, pero de manera mucho más discreta de como cubrieron la condena. Siempre vende más informar de que un cardenal ha sido condenado (y más por abusos sexuales) que de que ha sido declarado inocente.

La Semana Santa sigue también su curso. Hoy, Martes Santo, el evangelio me lleva a pensar en nuestra doble condición de “amigos” y “traidores” con respecto a Jesús. No son condiciones equiparables. En realidad, nuestra verdadera vocación es la de ser amigos. Jesús mismo nos lo ha dicho: “Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque os he dado a conocer todo lo que he oído de mi Padre” (Jn 1,15). Convertirnos en “traidores” es siempre una posibilidad abierta, pero no una vocación. A nadie se le llama (o se le condena) a ser “traidor”. 

Es posible que durante estos días de confinamiento doméstico hayamos dedicado algún tiempo a pensar cómo es nuestra relación con Dios o con Jesús. Hemos tenido la oportunidad de repasar nuestra historia de adhesiones y traiciones. Al final, si somos humildes, tenemos que reconocer que el misterio nos desborda. Leo con alegría unas declaraciones de Luis Eduardo Aute, fallecido hace pocos días, artista al que yo admiraba: “Nada es gratuito. En fin, para mí es un gran misterio que no puedo liquidar diciendo Dios no existe. No lo sé”. Creo que la pandemia del coronavirus nos está volviendo más humildes a todos. Ignoramos más de lo que sabemos. No solo tienen que ser humildes los científicos y políticos. También las personas religiosas. No somos cartógrafos de la geografía divina, sino humildes exploradores. Quizá la fe sea precisamente eso: una apertura confiada a una realidad que nos desborda por todas partes, pero que nos sostiene amorosamente.

Cuando somos adolescentes y jóvenes, tendemos a ser un poco insolentes. Relacionamos tanto el “asunto Dios” con los niños, que nos sentimos casi obligados a desembarazarnos de él para afirmar que hemos superado la infancia. Cuando somos adultos, solemos silenciar la cuestión porque tenemos otras cosas más “urgentes” de qué ocuparnos: el trabajo, las relaciones, el dinero… En el atardecer de la vida, derrotados por muchas batallas inútiles y con algunas heridas en el alma, empezamos a recuperar la curiosidad y la humildad de nuestra infancia. Y entonces vuelve a aparecer el Dios amigo en el horizonte de la vida. Caemos en la cuenta de nuestras “traiciones”, pero sin un sentimiento morboso de culpa, más como una oportunidad perdida que como un pecado de infidelidad, más como ingratitud que como abandono consciente. Dios nunca se cansa de esperar porque la vida se juega en su conjunto, no en momentos aislados. No olvidemos que nuestra verdadera vocación es la de ser amigos de Dios. No merece la pena perder mucho más tiempo en otras búsquedas agotadoras e insatisfactorias. 

Mientras tecleo deprisa y ya un poco tarde la entrada de hoy me viene a la mente el conocido poema de Lope de Vega que pone palabras a esta experiencia nuestra. Os dejo con él. Puede resonar de otra manera en estos días tan especiales. 

¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?
¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,
que a mi puerta, cubierto de rocío,
pasas las noches del invierno oscuras?

¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras,
pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío,
si de mi ingratitud el hielo frío
secó las llagas de tus plantas puras!

¡Cuántas veces el ángel me decía:
«Alma, asómate ahora a la ventana,
verás con cuánto amor llamar porfía»!

¡Y cuántas, hermosura soberana,
«Mañana le abriremos», respondía,
para lo mismo responder mañana!

lunes, 6 de abril de 2020

Aquí huele a nardo

El evangelio de este Lunes Santo (cf. Jn 12,1-11) dice que María de Betania derramó sobre los pies de Jesús un perfume que costaba lo equivalente a diez meses de trabajo de un obrero. No es de extrañar que, ante tal dispendio, Judas Iscariote reaccionara con sentido práctico, casi como si fuera el líder de un partido de izquierdas: “¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios para dárselos a los pobres?”. El razonamiento parece convincente; la intención no tanto. Para que no hubiera duda sobre el trasfondo de una afirmación que hoy recibiría el aplauso espontáneo de muchos, el evangelista se apresta a añadir que “esto lo dijo, no porque le importasen los pobres, sino porque era un ladrón; y como tenía la bolsa, se llevaba de lo que iban echando”. Para ahondar el verdadero significado del gesto exagerado de María, el mismo Jesús añade una frase un poco misteriosa: “Déjala; lo tenía guardado para el día de mi sepultura; porque a los pobres los tenéis siempre con vosotros, pero a mí no siempre me tenéis”. Las últimas palabras me dejan pensativo: “a mí no siempre me tenéis”. He escrito ya sobre este relato en varias entradas del Rincón: 300 al mes (10 de abril de 2017) y  La cena de Betania (26 de marzo de 2018). Este año quisiera acercarme a estas palabras para iluminar la situación que estamos viviendo.

Hoy se ensalza a los ricos y famosos que hacen donaciones para comprar material sanitario, aunque no faltan también algunas críticas. Los “pobres” de hoy son los enfermos de coronavirus, sus familiares y quienes los atienden. Todo lo que se haga por ellos nos parece poco. Como, por otra parte, la pandemia está dejando la economía por los suelos, se habla ya de un nuevo Plan Marshall para Europa y de unos nuevos Pactos de la Moncloa para España. Puede que sean medidas beneficiosas para la recuperación económica. El Covid-19 está dejando sin trabajo a muchos empleados y arruinando a pequeños y medianos empresarios. A Donald Trump se le ve más preocupado por las desastrosas consecuencias económicas de la pandemia que por el número de muertos que puede producir. 

En este contexto de preocupaciones prácticas, ¿qué puede significar derramar sobre el cuerpo de Jesús una libra de perfume de nardo, “auténtico y costoso”? Me parece que este nardo simboliza las expresiones exageradas del amor. Por encima de EPIs, respiradores artificiales, mascarillas y tests rápidos, más allá de ERTEs y rentas básicas, lo urgente es demostrar que amamos a las personas que están prolongando en sus carnes la pasión de Cristo. Los sanitarios que, además de hacer lo humanamente posible por curar a los enfermos de coronavirus, los acompañan en su dolor y en su trance final, aun a riesgo de ser contagiados, están haciendo algo exagerado. Cada caricia, cada palabra de cercanía, es como una gota de ese perfume caro que solo quien ama es capaz de verter. En un contexto tan deshumanizado como el que estamos viviendo, necesitamos medidas “pragmáticas” (desde el confinamiento doméstico hasta la adquisición de material de protección), pero lo que más necesitamos es el perfume del amor. Si no, al cabo de un tiempo, nos arrepentiremos de haber gestionado esta crisis como si se tratara de un asunto puramente bélico, olvidando que están en juego miles de seres humanos, con nombres y rostros, con historias que no pueden ser reducidas a una mera etiqueta pegada sobre un ataúd depositado sobre la pista de hielo de un polideportivo.

La Semana Santa de este año debe oler a nardo, a exageración, a amor desmedido. Debemos ir más allá de lo que es razonable. Tenemos que fijarnos más en la actitud en María de Betania (desmedida) que en la de Judas Iscariote (calculadora). Ambos se tenían por amigos de Jesús, pero solo María comprendía la infinitud del amor. En la fe –como en toda relación de confianza– no hay límites. O creemos o no creemos. O amamos o no amamos.  Los cálculos se aplican a otras dimensiones de la vida, no a aquellas que tienen que ver con lo más sustancial. ¡Ojalá nos atrevamos a ser exagerados para que se pueda aplicar a cada una de nuestras casas y comunidades lo que leemos en el Evangelio de hoy después de que María vertiera la libra de perfume sobre los pies de Jesús: “Y la casa se llenó de la fragancia del perfume”! Debemos oler a nardo, a amor desmedido, no a cálculo interesado. Si no podemos estar en los puestos de vanguardia de esta crisis, por lo menos podemos compartir nuestro perfume de amor a través del teléfono y las redes sociales, de los gestos de ayuda, de la oración constante, de la entrega incondicional a Jesús.

El Equipo Provincial de Animación Pastoral de los Misioneros Claretianos de la Provincia de Santiago (España) ha organizado esta semana un itinerario de Ejercicios Espirituales que podéis seguir en el siguiente canal de You Tube: https://www.youtube.com/channel/UCVNcUGJC2AGVVqiwmp03wQQOs lo recomiendo vivamente.





domingo, 5 de abril de 2020

La puerta de entrada


SEMANA SANTA 2020
Domingo de Ramos

Al despertarnos este 5 de abril hemos caído en la cuenta de que ya estamos en el Domingo de Ramos. Ni siquiera el famoso Covid-19 ha podido detener el calendario, aunque sí haya alterado las formas de celebración de la Semana Santa. Este año no habrá bendición de ramos o palmas, ni procesiones populares. La mayoría de los cristianos no podrán participar en la Eucaristía, aunque la oferta de retransmisiones radiofónicas y televisivas es alta. Siempre podemos unirnos a las celebraciones del papa Francisco en Roma. Nunca como este año vamos a tomar conciencia de que somos una inmensa comunidad universal, físicamente dispersa, pero espiritualmente unida. En el momento más adecuado podemos leer en familia el relato de la pasión de Jesús según san Mateo (capítulos 26 y 27). Es posible asignar los personajes a los distintos miembros de la familia. Para ello, puede ser útil servirse del subsidio preparado por la Conferencia Episcopal Española para vivir la Semana Santa 2020 en las iglesias domésticas. Varias diócesis, congregaciones religiosas y grupos cristianos han preparado también programas especiales (impresos y audiovisuales) para ayudar a las familias a vivir la Semana Santa en sus casas. La oferta es tan amplia que no es fácil discernir lo que merece la pena.


Yo he comenzado este día celebrando la Eucaristía con mi numerosa comunidad romana. Me he ocupado de la música. Ha sido una celebración sobria, pero muy participada. En ella me he sentido en comunión con todos los que a diario os acercáis a este Rincón. Os he imaginado en nuestra hermosa capilla. Le he pedido al Señor que se hiciera presente en vuestras casas, que os ayudara a entender como nunca antes el verdadero misterio de su pasión, muerte y resurrección en las vidas de las muchas personas que estos días están padeciendo, muriendo… y resucitando a causa del coronavirus. Haciendo memoria de la historia de Jesús, podemos entender mejor este misterio de muerte y vida.

Esta mañana, mientras leíamos solemnemente la versión de Mateo, me han llamado mucho la atención las palabras que Jesús le dirige al que, desenvainando la espada, cortó la oreja de un criado del sumo sacerdote: “Envaina la espada: que todos los que empuñan espada, a espada morirán. ¿Piensas tú que no puedo acudir a mi Padre? Él me mandaría enseguida más de doce legiones de ángeles. ¿Cómo se cumplirían entonces las Escrituras que dicen que esto tiene que pasar?”. Jesús podría haber esquivado su pasión, pero entonces no habría buceado hasta el fondo del sufrimiento humano. Él no derrotó la muerte dejándola a un lado, sino atravesándola. En el contexto de pandemia que estamos viviendo este año, Jesús no nos manda “doce legiones de ángeles” sanitarios para vencerla. Vive junto a nosotros, nos ayuda a encontrar un tratamiento y una vacuna, comparte nuestros dolores y angustias y mantiene viva nuestra esperanza. 



El Domingo de la Pasión del Señor (Domingo de Ramos) es la puerta de entrada a la Semana Santa. Cada día tendremos la oportunidad de profundizar y celebrar algún aspecto del Misterio Pascual. Podremos también mirarnos en las actitudes de los diversos personajes que interpretan este drama. Todos tenemos algo de Pedro, Judas, Pilato, Caifás, Herodes, María… Viéndolos a ellos, entenderemos mejor quiénes somos nosotros y por qué reaccionamos ante Jesús de maneras diversas e incluso contradictorias. Este año no podremos disfrutar de la fuerza y belleza de las liturgias comunitarias y de las expresiones de la devoción popular A cambio, tendremos más tiempo para la meditación personal. Quizá caigamos en la cuenta de muchos detalles que otros años nos han pasado desapercibido porque estábamos demasiado pendientes de la exterioridad. Esta Semana Santa volverá a ser “santa” y no simplemente un tiempo de “vacaciones de primavera” o una excusa para hacer turismo. Recluidos en nuestras casas, caeremos en la cuenta de que, por importante que sea desconectar y viajar a nuevos destinos, más importante es conectarnos con la fuente de nuestro ser y viajar a nuestro interior, uno de los destinos menos visitados por la mayoría de nosotros.

Ayer murió Luis Eduardo Aute. Disentía de él en varios aspectos relacionados con el sentido de la vida, Dios y la religión, pero admiré su genio creativo y muchas de sus canciones. Nunca olvido un concierto suyo a mediados de los años 80 en Madrid, una época en la que yo me sabía de memoria y tocaba algunas de sus canciones, desde las primerizas (como Rosas en el mar o Aleluya, número 1) hasta composiciones posteriores como Al alba, De alguna manera, Las cuatro y diez, Pasaba por aquí o Siento que te estoy perdiendo. ¡Ojalá se haya encontrado ya con la Belleza suprema que él tanto buscaba por diversos caminos!


sábado, 4 de abril de 2020

Ajuste de escalas

Me temo que la cosa va para largo. Es probable que en Italia el confinamiento dure hasta el 3 de mayo, aunque todavía no es oficial. También en España se habla de prolongarlo hasta el 26 de abril. Si así fuera, nos habríamos pasado casi dos meses cerrados en casa, contentándonos con ver el estallido de la primavera a través de la ventana. ¿Qué está sucediendo durante este tiempo? Cada uno afrontamos la reclusión de maneras muy diversas. Ayer le pregunté a una persona muy cercana cómo la estaba llevando. Su respuesta fue lacónica: “No, no hago nada, pero se pasan las horas. Estoy disfrutando de mirar por la ventana del salón...horas y horas al cielo. Un privilegio...Yo es que no necesito ni poner la tele...ni música”. Es probable que otros se suban por las paredes porque no aguantan ni un día más recluidos. No es lo mismo vivir en un pequeño apartamento de 30 o 40 metros que en una casa grande con jardín. Y, por supuesto, no se vive igual cuando hay armonía entre los miembros de la familia que cuando estallan tensiones o se producen maltratos. Algunos pueden salir de casa por motivos reconocidos por la ley. Otros deben hacerlo porque trabajan en servicios esenciales (pienso, sobre todo, en el personal sanitario y de seguridad). Sea como fuere, unos y otros, estamos viviendo –con mayor o menor agrado– una especie de “ejercicios espirituales” colectivos. Tenemos mucho tiempo para pensar, hacernos preguntas y buscar respuestas.
Quizá uno de esos ejercicios consista en reordenar nuestra escala de valores a la luz de la experiencia que estamos viviendo. Es probable que, tras varias semanas de confinamiento, algunos valores que figuraban en cabecera hayan caído varios puestos. Y otros, preteridos durante años, hayan escalado hasta la cima. Os propongo una doble tabla sin más fundamento que una intuición personal y sin más propósito que hacernos pensar y tal vez dialogar en familia.


SIETE VALORES 
ANTES DE LA PANDEMIA


SIETE VALORES 
DESPUÉS DE LA PANDEMIA
1. El trabajo y el éxito profesional
1. La fe en Dios
2. El bienestar personal
2. Las relaciones humanas
3. El cuidado del cuerpo y de la imagen
3. El cuidado de los mayores y vulnerables
4. El dinero
4. La solidaridad y la ayuda mutua
5. El sexo
5. El silencio y la oración
6. El fútbol y otros entretenimientos
6. La esperanza
7. La justicia y la igualdad
7. La alegría

Naturalmente, estas tablas no tienen ningún valor científico. Cada uno debemos hacer las nuestras. Hay un par de preguntas que pueden ayudarnos: 
  • ¿Qué valores eran para mí importantes (en la práctica, no en la teoría) antes de que estallara la pandemia? 
  • ¿Cuáles han perdido fuerza y cuáles la han ganado? ¿Por qué?

Intuyo que todos los que tienen que ver con la preocupación por los demás y por la naturaleza habrán subido y los que se refieren al éxito o al disfrute habrán bajado. Hay unas palabras de Jesús que pueden ayudarnos a hacer este ejercicio y que ahora resultan más elocuentes: “¿Qué le aprovecha al hombre ganar todo el mundo a costa de su vida?, ¿qué precio pagará por su vida?” (Mt 16,26). ¡Cuántas personas ricas que han muerto a causa del coronavirus hubieran dado toda su fortuna por haber sobrevivido a la pandemia! Nuestro don más preciado es la vida porque en ella se refleja nuestra condición de imágenes de Dios. Cultivar las relaciones esenciales (con nosotros mismos, con los demás, con la naturaleza, con la historia y con Dios) que nos hacen vivir con plenitud es probablemente la gran lección que nos deja esta crisis. ¡Ojalá la Semana Santa nos permita profundizarla e iluminarla desde la trayectoria de Jesús!



viernes, 3 de abril de 2020

Virus de Dolores

Hoy es Viernes de Dolores, pero este año prefiero denominarlo Virus de Dolores. La tradición católica popular conmemora en esta jornada los sufrimientos de la Virgen María durante los días que precedieron a la muerte de Jesús. En realidad, la celebración litúrgica de la Virgen de los Dolores es el 15 de septiembre, pero la huella popular se mantiene en el viernes que precede al Domingo de Ramos. Este año no es necesario organizar ninguna procesión callejera (por otra parte, prohibidas por el estado de alarma) para recordar el sufrimiento de María porque la Madre está sufriendo por y con los muchos hijos e hijas que en las últimas semanas están siendo víctimas directas (en España hay ya más de 10.000 muertos contabilizados; en Italia, cerca de 14.000) o indirectas del coronavirus. Yo mismo recibí ayer la noticia de la muerte de una prima segunda, pocos años más joven que yo. El dolor aumenta de día en día. 

Está bien que algunas personas se esfuercen por ver la cara positiva de la crisis y hagan campañas de resistencia, pero eso no elimina el impacto de la realidad. La fe cristiana nunca esconde el dolor ni pasa de puntillas sobre él. Nosotros seguimos a un Crucificado y buscamos consuelo en una Madre que, entre sus muchas advocaciones, tiene una que la hace muy cercana en este tiempo de sufrimiento: Virgen de los Dolores. Igual que estuvo de pie junto a la cruz de su hijo Jesús, hoy está al lado de los ancianos que mueren solos en las residencias de mayores o a los enfermos que luchan por sobrevivir en las UCI de los hospitales conectados a un respirador artificial.

Sí, este año vivimos un verdadero Virus de Dolores. No hay por qué negarlo. Como nos recuerda el psiquiatra español José Miguel Gaona en el vídeo que acompaña la entrada de hoy, la adherencia a la realidad es la condición necesaria para cualquier superación. Es probable que los gobiernos maquillen la crudeza de los hechos a base de frías (e inexactas) estadísticas o que se refugien en las opiniones de los científicos (los nuevos gurús en tiempos de crisis) para tomar decisiones controvertidas. Es admirable, por otra parte, que algunas personas de buena voluntad pongan en marcha campañas solidarias o inventen formas hermosas de entretenimiento. Pero nada de esto elimina el golpe duro de la realidad. Leo que una mujer que ha perdido a su padre, rota de dolor, ha gritado en uno de los cementerios de Madrid: “Dios no existe y nunca ha existido”. Siento escalofríos, pero entiendo su desesperación. 

Frente a este Virus de Dolores, María nos enseña que el dolor y la muerte, por destructivos que sean, no constituyen la última palabra. El dolor de María es intenso, profundo, pero no desesperado. Sus palabras son otras: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador”. Este canto no proviene de un corazón frívolo, superficial e inconsciente, sino de una madre que ha sido testigo del sufrimiento y de la muerte cruel de su hijo y que, sin embargo, no ha perdido la fe en Dios. Por eso, saben a verdad y transmiten una confianza absoluta en el amor incondicional de nuestro Padre.

Me vienen ahora a la mente dos estrofas de una canción religiosa titulada Madre de la esperanza. Son palabras antiguas que hoy adquieren una gran actualidad. La primera estrofa se refiere a la experiencia del Viernes Santo: “Viviste con la cruz de la esperanza / tensando en el amor la larga espera. / Y nosotros buscamos con los hombres / el nuevo amanecer de nuestra tierra”. La segunda evoca, más bien, la espera del Sábado Santo: “Esperaste cuando todos vacilaban / el triunfo de Jesús sobre la muerte. / Y nosotros esperamos que su vida, / anime nuestro mundo para siempre”. También nosotros queremos esperar cuando muchos vacilan. También nosotros, hijos de una Madre dolorosa, esperamos que la vida de Jesús se inyecte en nuestras venas y nos contagie el triunfo de su resurrección. Con esta esperanza afrontamos los próximos días. 

La Semana Santa de este año será extremadamente sobria en sus expresiones litúrgicas. Para muchos, ni siquiera existirá la posibilidad de participar en las celebraciones. Pero quizá nunca como este año vamos a comprender qué significa morir por amor. Jesús sigue muriendo en los miles de hombres y mujeres –la mayoría ancianos– cuyas vidas son segadas por el Covid-19. Aunque en muchos casos no cuenten con la presencia cercana de ningún ser querido, la Virgen dolorosa va a estar de pie junto a la cruz de sus lechos de muerte como estuvo junto a la cruz de su hijo Jesús. Esta presencia mariana nos llena de consuelo y esperanza.



jueves, 2 de abril de 2020

El himno de la resistencia

Ayer por la tarde lucía un cielo azulísimo en Roma. La reducción drástica del tráfico urbano desde hace más de tres semanas ha eliminado la contaminación. Se respira de otra manera. Es como si –paradojas de la vida– el Covid-19, que se ceba con los pulmones de las personas hasta impedirles respirar, hubiera conseguido que la naturaleza respire con libertad en este tiempo. Ese cielo azul y los árboles derrochando primavera constituyen un canto a la vida, que siempre es más fuerte que la muerte. La madre naturaleza, a la que tanto hemos maltratado, en vez de vengarse con crueldad, nos lanza un mensaje de ánimo que es como un preanuncio del mensaje pascual: “Resistid, el fin de la pandemia está cada vez más cerca”. 

Algo parecido me decía un obispo amigo mío al otro lado del teléfono: “Es necesario que no carguemos las tintas en la muerte que nos pisa los talones. Los creyentes creemos, sobre todo, en la resurrección, en la fuerza de la vida”. Animadas por esta fe, muchas personas están luchando con todas sus fuerzas para no perder la esperanza y para no dejar en la cuneta a las personas más frágiles. Leo, por ejemplo, que una familia vallisoletana con once hijos –todos ellos infectados de coronavirus– encuentra en la fe la fuerza para seguir adelante. Lo mismo podría decirse de miles de sanitarios, cuidadores, fuerzas del orden, etc. Jesús es nuestra vida. Con él, luchamos para vivir. No solo resistimos, sino que, frente al contagio del virus, queremos contagiar vida y alegría.

Las redes sociales están inundadas de viejas y nuevas composiciones que nos animan a no claudicar. Se han puesto de modas los vídeos en los que diversos intérpretes ejecutan una melodía desde distintos lugares. Es una forma de mostrar que con técnica y buena voluntad se pueden superar las restricciones impuestas por el “distanciamiento social”

Si hay una canción que destaca por encima de todas hasta el punto de convertirse en un himno es, sin duda, la famosa Resistiré, con letra del periodista Carlos Toro y música de Manuel de la Calva, uno de los componentes del Dúo Dinámico que la hizo muy popular hace más de 30 años. Hoy suena por todas partes y a todas horas. La interpretan artistas consagrados y aficionados que la cantan desde sus balcones o ventanas armados con un micro y un altavoz. He visto vídeos de sanitarios haciendo con ella una especie de flashmob.

¿Qué tiene esta canción que ha puesto en pie a un país como España? Me parece que, aparte de su ritmo sencillo y pegadizo, consigue establecer un fuerte contraste entre el pesimismo de las estrofas (que hablan de perder partidas, dormir con la soledad, salidas cerradas, noches oscuras, miedo del silencio…) y la fuerza vital del estribillo (que se basa en el futuro del verbo resistir). Del mi menor inicial se pasa a un mi mayor al comienzo del estribillo que potencia el contraste. Por mal que lo estemos pasando, tenemos energía suficiente para resistir y vencer al sinuoso Covid-19. Aunque el verbo del estribillo se conjuga en singular (resistiré), en realidad, cantado por cientos, miles de gargantas, se convierte en un plural contagioso (resistiremos). Las imágenes que acompañan esa resistencia colectiva son también poderosas. Se habla de hierro, piel endurecida, junco que se dobla pero no se rompe, etc. ¿Cómo no sentirse animado por este mensaje de fuerza y esperanza? Conviene leer despacio la letra antes de acercarnos a algunas de las 7 versiones que os propongo en la entrada de hoy.




RESISTIRÉ

 (Carlos Toro - Manuel de la Calva)

Cuando pierda todas las partidas
Cuando duerma con la soledad
Cuando se me cierren las salidas
Y la noche no me deje en paz
Cuando sienta miedo del silencio
Cuando cueste mantenerse en pie
Cuando se rebelen los recuerdos
Y me pongan contra la pared

Resistiré, erguido frente a todo
Me volveré de hierro para endurecer la piel
Y aunque los vientos de la vida soplen fuerte
Soy como el junco que se dobla
Pero siempre sigue en pie
Resistiré, para seguir viviendo
Soportaré los golpes y jamás me rendiré
Y aunque los sueños se me rompan en pedazos
Resistiré, resistiré

Cuando el mundo pierda toda magia
Cuando mi enemigo sea yo
Cuando me apuñale la nostalgia
Y no reconozca ni mi voz
Cuando me amenace la locura
Cuando en mi moneda salga cruz
Cuando el diablo pase la factura
o si alguna vez me faltas tú


Empezamos por la original, la del Dúo Dinámico, que tiene un aire discotequero bastante demodé, pero que conserva la fuerza de sus creadores.


Es interesante acercarse al siguiente montaje:


Hace unos días puse ya este vídeo de la versión para piano de Jesús Acebedo. Puede servir para una práctica de karaoke doméstico. 


Seguramente algunos lectores recordarán la versión modernizada de los chicos y chicas de Operación Triunfo 2017: 


 Esta es la versión acelerada de La Kuerda:


Aquí tenemos a un grupo de sanitarios promoviendo la campaña “Yo me quedo en casa” con el famoso himno, aunque con una letra adaptada a las actuales circunstancias: 


Y, por último, la más reciente y espectacular, la superproducción de más de 30 artistas en un trabajo que pretende recaudar fondos para Cáritas:



miércoles, 1 de abril de 2020

Cicatrices de oro

Hace poco más de dos años, concretamente el 6 de marzo de 2018, escribí en este Rincón una entrada sobre La belleza de las cicatrices. En ella aludía a la famosa técnica japonesa del kintsugi, que consiste en reparar las fracturas que se producen en un objeto de cerámica roto usando un tipo de barniz o resina espolvoreados con oro. Las piezas no se tiran, se ajustan de nuevo sin borrar ni disimular las huellas de la rotura. En realidad, más que una simple técnica reparadora de objetos, es toda una filosofía, una forma de mostrar y afrontar con esperanza las cicatrices producidas por las heridas de la vida. 

Creo que en el futuro inmediato tendremos que echar mano de esta sabiduría japonesa para restañar con el oro de la fe las cicatrices que se están produciendo en nuestras almas durante estos tiempos duros de pandemia. Las personas que están perdiendo a sus seres queridos sin poder acompañarlos en el hospital y sin poder celebrar su funeral van a quedar marcadas para siempre. Algo dentro de ellas se ha roto. Lo mismo puede decirse de quienes han vivido horas de angustia confinados en sus casas o atados a un respirador artificial. Quizá también se ha roto algo dentro de los médicos y el personal sanitario que han tenido que dejar morir a algunos de sus pacientes por no disponer de recursos o que se han visto obligados a optar por unos excluyendo a algunos. Las heridas pueden provenir de la impotencia y la rabia que muchos familiares están sintiendo al no poder hacerse cargo de sus padres o abuelos ancianos.

En momentos así, la tentación que nos asalta a todos es la de esconder las piezas rotas bajo la alfombra de una falsa tranquilidad. Aquí no ha pasado nada, olvidemos el pasado, la vida continúa. Esconder las piezas rotas o maquillar las heridas es la mejor manera de no lograr nunca la paz que necesitamos. Lo mejor es no tener miedo a la realidad, asumir que la pandemia nos ha golpeado incluso por encima de nuestras fuerzas, que tenemos el alma hecha jirones y que hemos estado a punto de naufragar. Solo quien vive con intensidad y lucidez se hace cargo de estas refriegas. Cada pieza rota, cada herida, es una muestra de que no nos hemos lavado las manos (por más que las autoridades nos impulsen a hacerlo con frecuencia), de que hemos combatido en una batalla desigual, de que hemos vivido como seres humanos frágiles pero auténticos. Es más hermoso un rostro con cicatrices que otro inmaculado por las capas de maquillaje; es decir, de mentira y cobardía. Nos va a llevar tiempo hacer un balance de muestras cicatrices, poner nombre a nuestras horas de incertidumbre, tomar conciencia del tsunami emocional que nos está sacudiendo durante estas semanas extrañas. Lo más fácil sería disimularlo con un brochazo de humor o con un silencio lúgubre que obliga a nuestras heridas a un segundo confinamiento emocional tras el padecido durante el estado de alarma (y casi de excepción). Es mejor reconocer con humildad que la vida real también es fea a veces.

Aunque nos exija mucho coraje, tiempo y paciencia, lo mejor es recoger cada pieza rota, limpiarla con delicadeza, acariciarla con cariño y ensamblarla en el conjunto mediante la resina dorada de la compasión, el perdón, la fe y la esperanza. Podemos seguir viviendo si somos capaces de unir las piezas rotas, aunque se vean las grietas cubiertas de misericordia. El oro que baña nuestras cicatrices no es un maquillaje encubridor, sino un destello de luz que les devuelve protagonismo y vida. Parafraseando el dicho orteguiano, podríamos decir: “Yo soy yo y mis cicatrices”. En la Semana Santa ya cercana vamos a meditar sobre unas palabras de la Escritura que parecen paradójicas, pero que iluminan muy bien la situación que estamos viviendo: “Tus heridas nos han curado” (Is 53,5; 1Pe 2,24). Somos seguidores de un Cristo que no ganó ningún concurso de belleza. Su cuerpo fue desfigurado por las afrentas y torturas. No parecía ni siquiera un ser humano. Sin embargo, la liturgia de la Iglesia le canta con el salmista: “Eres el más bello de los hombres, en tus labios se derrama la gracia” (Sal 44,3). Sobre nuestras heridas y cicatrices, él derrama el vino y el aceite de la misericordia para que podamos renacer. Después de esta pandemia, todos seremos “heridos curados”. Todos necesitaremos  la terapia reconstructiva del Espíritu de Dios que es capaz de juntar lo que está desunido, de ensamblar las piezas rotas de nuestras vidas con la resina dorada del amor.