miércoles, 25 de marzo de 2026

Cubrir y descubrir


Ayer estuve dando una charla cuaresmal en la parroquia castrense de Santa María de la Dehesa. Al entrar en la iglesia, me sorprendió ver algunas imágenes cubiertas con paños morados. Creo que, desde niño, no había vuelto a ver esa costumbre. No sabría bien describir mis sentimientos. Por una parte, todo resultaba un poco sombrío; por otra, se percibía algo de misterio. Así es como los fenomenólogos de la religión describen a Dios, como un misterio “tremendo y fascinante”, como algo que nos sobrecoge y nos seduce a un tiempo. 

Di mi charla en la capilla del Santísimo. El espacio estaba lleno con unas 60 personas, la mayoría mayores. El párroco me había pedido que hablara sobre el encuentro de Jesús con la mujer samaritana, tal como lo narra el capítulo 4 del evangelio de Juan. No me entretuve en comentar el texto, sino en trata de iluminar desde él lo que nos está pasando hoy en la Iglesia. Nadie se durmió, a pesar de que la hora invitaba a ello. Mientras tratábamos de aplicarnos la Palabra de Dios a cada uno de nosotros, caí en la cuenta de que también los textos de la Escritura –como los paños morados de las imágenes– cubren y descubren. Por una parte, los vocablos humanos (en el griego original o en su versión española) cubren una realidad que es inefable. No hay palabra que pueda expresar acabadamente el misterio de Jesús. Pero, por otra, solo con palabras podemos descubrir la verdad. Podríamos decir que, mediante la fe, las palabras se hacen carne.


Pues esto es precisamente lo que celebramos hoy en la fiesta de la Anunciación del Señor, que el Verbo “se hace carne” en el seno de una muchacha virgen. El relato del evangelio de Lucas que leemos en la Eucaristía de hoy –y que leímos también en la solemnidad de la Inmaculada– nos deja estupefactos. Acostumbrados a que todo encaje con nuestra forma de percibir la realidad, que todo tenga consistencia “científica”, las palabras de Lucas suenan a cuento de hadas. Nos parecería una forma hermosa de contar una historia a los niños –como cuando les decimos (o les decíamos) que los bebés los trae la cigüeña de París– pero nos da rubor hablar en estos términos con personas adultas. Puede que en los tiempos precientíficos fuera normal, pero ¿quién habla hoy de arcángeles y de vírgenes encintas? 

Y, sin embargo, en este texto que parece cubrir con un lenguaje fabuloso (midráshico, dirían los expertos) la historia real es donde descubrimos que todo lo que tiene que ver con Dios excede nuestros criterios razonables, los límites de nuestro conocimiento. También María expresa su turbación. Tiene que aprender a creer más allá de su piedad israelita. Las palabras que Lucas pone en boca del ángel condensan la novedad de Dios e invitan a la confianza: “No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin”.


Cuando dentro de unos días se retiren los paños morados que cubren las imágenes de la parroquia de Nuestra Señora de la Dehesa, los feligreses volverán a ver su Cristo de siempre, pero puede que este año lo vean con ojos nuevos. El hecho de que haya permanecido cubierto varios días les habrá ayudado a recordar que la fe supone fiarse de Dios aun cuando no lo vemos. Es probable que alguno recuerde lo que leemos en la carta a los Hebreos: “La fe es fundamento de lo que se espera, y garantía de lo que no se ve” (Hb 11,1). 

En esta fiesta de la Anunciación del Señor, además de asombrarnos ante el misterio de la Encarnación, nos dejamos animar por la fe de María. También ella creyó y esperó sin ver. El misterio cubierto le suscitó temor y perplejidad, pero confió en que el poder del Espíritu Santo lo iría descubriendo poco a poco. Sin saberlo, se anticipó a las palabras de su Hijo: “Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena” (Jn 16,12-13). Esa verdad plena solo se puede percibir cuando, como María, nos rendimos con humildad y confianza a la gracia de Dios: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38).



No hay comentarios:

Publicar un comentario

En este espacio puedes compartir tus opiniones, críticas o sugerencias con toda libertad. No olvides que no estamos en un aula o en un plató de televisión. Este espacio es una tertulia de amigos. Si no tienes ID propio, entra como usuario Anónimo, aunque siempre se agradece saber quién es quién. Si lo deseas, puedes escribir tu nombre al final. Muchas gracias.