jueves, 26 de marzo de 2026

Las tres caras de la vida


Examino algunos de los mensajes recibidos en mis redes sociales en los últimos días. Los provenientes de personas menores de 40 años suelen rezumar optimismo. A la pregunta acerca de cómo están, responden con fórmulas de este tipo: “Muy bien, gracias a Dios”, “Estoy supercontento”, “Todo bien”… Y expresiones por el estilo. Es muy probable que, detrás de estas fórmulas de cortesía, se agazapen problemas personales, pero no sienten la necesidad de externarlos. Los mensajes de las personas mayores tienen otro tono: “Vamos tirando”, “La vida sigue”, etc. A menudo, contienen pequeños partes médicos: “He estado unos días con catarro”, “Me van a operar el martes”, “No sé qué hacer con mi hija”. Estos mensajes ponen el acento en “la otra cara” de la vida, la que nos hace ver su fragilidad y contingencia. 

Nos movemos entre el “todo bien” y el “vamos tirando”. Hay etapas de la vida (por lo general, las primeras) en las que predomina una especie de optimismo biológico que tiene más de buen funcionamiento orgánico que de actitud virtuosa. Cuando la salud nos acompaña, las dificultades ordinarias de la vida no suelen asustarnos. Experimentamos un sentimiento de omnipotencia que a menudo nos impide empatizar con las personas que están en otra situación. Pero, cuando la salud se quiebra (no importa a qué edad), cuando el cuerpo no parece obedecer a nuestras órdenes, cuando no podemos hacer lo que queremos, cuando el optimismo biológico ya no funciona por defecto, entonces necesitamos otros agarraderos para no sucumbir.


La celebración de la Semana Santa nos confronta desnudamente con “las dos caras de la vida”. Me atrevería a decir que con tres: la cara de la cotidianidad, la del sufrimiento y la de la vida plena. Jesús vivió las tres a cabalidad. Por eso, mirándolo a él, aprendemos cómo vivir las nuestras. La cara de la cotidianidad fue tan normal, tan escondida, que los evangelistas la despachan con cuatro frases. No se sienten obligados a contarnos con detalle que Jesús fue un niño que disfrutó de su infancia, un adolescente que se abrió al mundo y un joven curioso y trabajador. El evangelio de Lucas se limita a decir que “el niño iba creciendo y robusteciéndose, lleno de sabiduría; y la gracia de Dios estaba con él” (Lc 2,40). Y, un poco más adelante, que “él bajó con ellos y fue a Nazaret y estaba sujeto a ellos…Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres” (Lc 2,51-52). Cuando no se dicen muchas cosas, quiere decir que la vida transcurre con serenidad y belleza. No new, good news.


La mayor parte de los evangelios se dedican a contar la cara del sufrimiento. (Se suele decir que el evangelio de Marcos es la historia de la pasión y muerte de Jesús con una larga introducción para hacerla comprensible). Las predicciones se repiten de manera calculada: “El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará” (Mc 9,31). A los evangelistas les lleva tiempo explicar cómo sufre Jesús y, sobre todo, por qué. Son conscientes de que esta cara rompe todas las expectativas humanas. Saben que la cruz es un escándalo para los judíos y una necedad para los griegos, pero no pueden ocultarla. Insisten mucho en que el sufrimiento no es un mero accidente, sino la consecuencia de una vida planteada desde el amor y la entrega. 

Por eso, es un sufrimiento redentor: “Sus heridas nos han curado” (Is 53,5, 1 Pe 2,24). Quienes leemos la historia sufriente de Jesús aprendemos que, unidos a él, podemos vivir nuestro sufrimiento con sentido, no como la derrota de toda esperanza. Con Jesús, no basta decir: “Vamos tirando”. Hay algo más profundo: “¡Abba!, Padre: tú lo puedes todo, aparta de mí este cáliz. Pero no sea como yo quiero, sino como tú quieres” (Mc 14,36). La rendición a la voluntad del Padre es la única manera de dar sentido a esa cara de la vida que parece su negación. Solo así descubrimos la tercera cara: la cara de la vida plena que nos está reservada en el cielo. Aquí la atisbamos, la celebramos, pero no la gozamos en plenitud. La cara definitiva solo es posible vivirla en esperanza.



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