
La liturgia cristiana es un reloj que marca siempre “la hora de Dios” cuando nuestros relojes marcan otras horas como, por ejemplo, la hora de la guerra o la del día de la mujer. En este III Domingo de Cuaresma, el reloj litúrgico marca la “hora sexta”, la hora del encuentro de Jesús con la mujer samaritana “junto al pozo de Jacob”.
A lo largo de los años, he escrito varias veces en este blog sobre este largo relato del capítulo 4 del evangelio de Juan. Sus 38 versículos están sobrecargados de símbolos (pozo, mediodía, sed, agua, alimento, marido, etc.) que admiten varios niveles de lectura y distintas interpretaciones.
Hoy quisiera leerlo como un viaje espiritual dividido en tres etapas: idolatría, adoración y misión. Es el viaje que una mujer anónima (étnicamente impura, religiosamente heterodoxa y moralmente pecadora) hace acompañada por Jesús (profeta, mesías, salvador: los tres títulos que aparecen en el relato). En realidad, el viaje de la mujer es una metáfora del viaje al que cada uno de nosotros estamos llamados en la “hora sexta” de nuestra vida, en esa hora en la que nos encontramos inesperadamente con Jesús.

Primera etapa: idolatría
A menudo decimos que hoy vivimos en una sociedad increyente, pero sería más preciso calificarla de idolátrica. Muchas personas dicen no creer en Dios, pero a menudo no son conscientes de que ponen su confianza en los ídolos. Algunos son de larga data (como el dinero, el sexo o el poder). Otros tienen nombres más modernos, aunque sirven para canalizar pasiones intemporales: fútbol, música, tecnología, etc. Estos ídolos son los “cinco maridos” con los que alguna vez se desposaron. Como todo ídolo, exigen pasión, dinero y tiempo.
Y, como todo ídolo, crean adicción y dejan el corazón hecho jirones, vacío e insatisfecho porque los seres humanos tenemos una sed que no se sacia con estas realidades creadas. Tomar conciencia de este vacío y experimentar la sed de otra agua es el punto de partida de todo proceso de conversión. Tenemos muchos ejemplos de hombres y mujeres de ayer y de hoy que han vivido esta experiencia.

Segunda etapa: adoración
El cambio se produce cuando Jesús entra en la vida de las personas y nos pide de beber. Paradójicamente, nosotros solo podemos ofrecerle el agua de nuestra sed. Si nos faltan palabras, podemos echar mano del salmo 62: “Tengo sed de ti como tierra reseca, agostada, sin agua”. Cuando aceptamos nuestra indigencia y empezamos a barruntar, siquiera tímidamente, el “don de Dios”, Jesús se ofrece como agua viva: “El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna”.
Ese surtidor es el Espíritu Santo. Por eso, cuando uno se encuentra con Jesús ya no necesita vivir una religiosidad ligada a lugares o prácticas. Jesús es el verdadero “lugar de Dios”. La fe se convierte en una nueva y radical forma de adoración: “Se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto así Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad”. He aquí el fundamento de una nueva espiritualidad que consiste en vivir en verdad, movidos por el Espíritu de Jesús, liberados del peso de la ley. Adorar a Dios “en espíritu y verdad” es la respuesta más alternativa a la idolatría en la que vivimos.

Tercera etapa: misión
La mujer idólatra, aprendiz de verdadera adoradora, es también una misionera. Con la fuerza de su testimonio y de su palabra consigue llevar a la gente de su pueblo a Jesús y luego desaparecer. No hay misión más hermosa que la de preparar el camino y dejar que Jesús ocupe todo el espacio: “Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo”. Nada sustituye a la fuerza de la propia experiencia: “Nosotros mismos lo hemos oído”. Hay mucho que testimoniar en la sociedad en la que vivimos. Jesús no ha perdido un ápice de su magnetismo. Sigue llegando al corazón de muchas personas que apagan su sed de trascendencia con el agua de su Espíritu y que acaban reconociéndolo como “salvador”.

El itinerario que se nos propone en este domingo es una invitación a la esperanza, nada está perdido. Los mejores evangelizadores son los idólatras que se han encontrado con Jesús “junto al pozo de Jacob” (símbolo de la mejor tradición) a la “hora sexta” (símbolo de luz y plenitud).
Esperar la hora sexta: llegará cuando tenga que llegar… No podemos forzarlo, sino que podemos estar alerta para que no nos pasen por alto los indicadores de este camino.
ResponderEliminarGracias por las etapas que describes para este viaje… Los caminos son diferentes para todos, pero el destino será el mismo… Es necesario estar alerta a las señales que nos llegan… Tendremos sed, habrá cansancio y dudas, pero al final encontraremos a Jesús, en el pozo, para saciarnos con el agua… y le pediremos "danos de beber".