martes, 24 de marzo de 2026

La tercera revolución


Hace poco más de una semana leí un reportaje del periódico El País sobre las mujeres en la Iglesia. Por él desfilaban algunos de los rostros y nombres de mujeres conocidas en ambientes eclesiales. La mayoría eran partidarias de la ordenación sacerdotal de las mujeres. Los argumentos bíblicos, teológicos, históricos y pastorales en contra que hasta ahora se han esgrimido les parecían endebles. 

Soy consciente de que este es un asunto controvertido. En la Carta Apostólica Ordinatio Sacerdotalis (22 de mayo de 1994), Juan Pablo II escribió con rotundidad: “Con el fin de alejar toda duda sobre una cuestión de gran importancia, que atañe a la misma constitución divina de la Iglesia, en virtud de mi ministerio de confirmar en la fe a los hermanos (cf. Lc 22,32), declaro que la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres, y que este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los fieles de la Iglesia”. Son palabras graves que parecen cerrar cualquier discusión al respecto. Y, sin embargo, la cuestión sigue abierta. Más aún, hay un feminismo eclesial que no cesa de reivindicar este “derecho” porque considera que la exclusión de la mujer atenta contra los derechos humanos y no actualiza la intención de Cristo.


Como cristiano sacerdote, me siento llamado a obedecer al magisterio de la Iglesia, tanto cuando sintonizo espontáneamente con él, como cuando experimento dudas o alguna perplejidad. Nunca he pensado que mi criterio personal deba erigirse por encima del magisterio auténtico, lo cual no significa que no pueda pensar, discernir y dialogar. En este esfuerzo compartido, siempre me ha llamado la atención un texto de la carta de Pablo a los Gálatas: “Todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. Cuantos habéis sido bautizados en Cristo, os habéis revestido de Cristo. No hay judío y griego, esclavo y libre, hombre y mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gal 3,26-28). 

El texto no se refiere ni remotamente a la ordenación sacerdotal de las mujeres, pero expresa un criterio teológico radical que puede iluminar muchas situaciones complejas. La historia nos muestra que lleva tiempo sacar todas las consecuencias prácticas del hecho de que todos somos hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. 


Lo de “no hay judío y griego” se sustanció en el siglo I. El apóstol Pablo se batió con energía para que no predominara la visión judaizante. La asamblea de Jerusalén (cf. Hch 15), después de invocar al Espíritu y hacer un serio discernimiento, concluyó que “no hay que molestar a los gentiles que se convierten a Dios; basta escribirles que se abstengan de la contaminación de los ídolos, de las uniones ilegítimas, de animales estrangulados y de la sangre” (Hch 15,19-20). 

De no haber sido por esa decisión trascendental, tal vez el cristianismo no hubiera pasado de ser una secta dentro del judaísmo, no la propuesta universal que es hoy. La Iglesia comprendió que la fe en Jesús no exige hacerse judío, que es una invitación abierta a todos los seres humanos, más allá de su etnia, lengua o religión. Esta catolicidad, que hoy nos parece normal, no se percibía con tanta claridad en los orígenes.


Lo de “no hay esclavo y libre” siguió un curso más complicado. Es verdad que el mismo san Pablo ordenaba a un amo cristiano que tratase a su esclavo cristiano “no como esclavo, sino [...] como un hermano [...] en el Señor” (Flm 16), pero, de hecho, la institución de la esclavitud siguió presente entre los cristianos durante siglos. Ya en 1500, la reina castellana Isabel la Católica, impulsada por la Iglesia, prohibió la esclavitud de los indígenas en América, considerándolos súbditos de la corona. 

Posteriormente, hubo condenas explícitas por parte del magisterio de la Iglesia. El papa Gregorio XVI promulgó la bula In supremo apostolatus en 1839, condenando la esclavitud y la trata de negros por considerarlas contrarias a la dignidad humana. León XIII reafirmó la condena a la esclavitud en 1888, congratulándose por la abolición en Brasil. A pesar de las bulas, la Iglesia enfrentó resistencias y la abolición efectiva en territorios católicos (como España y Cuba) fue un proceso lento que se consolidó hacia finales del siglo XIX. 

Hoy, el Catecismo de la Iglesia Católica define la esclavitud como un pecado contra la dignidad humana: “El séptimo mandamiento proscribe los actos o empresas que, por una u otra razón, egoísta o ideológica, mercantil o totalitaria, conducen a esclavizar seres humanos, a menospreciar su dignidad personal, a comprarlos, a venderlos y a cambiarlos como mercancía. Es un pecado contra la dignidad de las personas y sus derechos fundamentales reducirlos por la violencia a la condición de objeto de consumo o a una fuente de beneficio” (n. 2414). Hoy, aunque sigue habiendo formas modernas de esclavitud, nos parece intolerable.


¿Qué pasa con la tercera expresión paulina que habla de que “no hay hombre ni mujer”? ¿Qué consecuencias prácticas tiene? ¿Se refiere solo a la dignidad esencial o afecta también a otras dimensiones de nuestra vocación cristiana, incluido el ejercicio pleno de la ministerialidad? Tengo más preguntas que respuestas, pero es bueno dejarse iluminar por la historia. ¿No estaremos ante la “tercera revolución” cristiana? ¿Hacia dónde nos está impulsando el Espíritu de Jesús?

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