domingo, 22 de marzo de 2026

Amar, llorar, creer, resucitar


El itinerario cuaresmal no nos deja quietos. Primero nos manda al desierto (tentaciones) y luego a una montaña alta (transfiguración). En las tres últimas semanas nos hace un recorrido por lugares simbólicos: el pozo de Jacob en Samaría (agua), la piscina de Siloé en Jerusalén (luz) y el cementerio de Betania (vida). Se supone que con este entrenamiento intensivo estamos en condiciones de acompañar a Jesús en la semana grande, aunque es muy probable que también nosotros nos echemos atrás, como hicieron sus primeros discípulos. 

El escenario de este V Domingo de Cuaresma es la aldea de Betania, a tres kilómetros de Jerusalén, el lugar donde viven los amigos de Jesús: María, Marta y Lázaro. Lo que Juan nos cuenta en el capítulo 11 es -como sucedió los domingos anteriores con el capítulo 4 (encuentro con la samaritana) y el capítulo 9 (curación del ciego de nacimiento)- una obra de orfebrería teológica y literaria. Son tantos los elementos contenidos que me voy a fijar solo en cuatro verbos que señalan la dinámica de esta preciosa narración.


Amar

Por todas partes se respira este verbo. De Jesús se dice que “amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro” (v. 5). Cuando Jesús se echa llorar al ver el cuerpo muerto de su amigo Lázaro, “los judíos comentaban: «¡Cómo lo quería!»” (v. 36). Jesús ama a sus amigos y estos le devuelven el amor. Es el perfume de la amistad, una anticipación de la actitud suprema que se hará patente en la cena de despedida: “Sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13,1). 

Y, más adelante, confesará a sus discípulos: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer” (Jn 15,13-15).


Llorar

En la escena lloran todos: Marta, María y los acompañantes: “Jesús, viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañaban, se conmovió en su espíritu” (v. 33). Por segunda vez el texto dice que “Jesús, conmovido de nuevo en su interior, llegó a la tumba” (v. 38). Aunque todos están conmovidos y lloran, Juan usa dos verbos griegos distintos: uno (que expresa un llanto abierto y desconsolado) para expresar el llanto de Marta, María y todos los demás; otro (que expresa un sollozo íntimo y discreto) para expresar la reacción de Jesús. 

En ambos casos, la muerte de Lázaro (toda muerte) altera el equilibrio, rompe el curso ordinario de la vida, nos sacude por dentro. Jesús se hace cargo de nuestras pérdidas y llantos. Llora con nosotros, pero sus lágrimas están siempre abiertas a la esperanza


Creer

Este verbo es esencial. Cuando Jesús le dice a Marta: “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre” (vv. 25-26) termina su declaración con una pregunta directa: “¿Crees esto?”. La respuesta de Marta es una confesión de fe, semejante a la de la mujer samaritana o a la del ciego de nacimiento: “Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo” (v. 27). El relato termina diciendo que “muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él” v. 45). Jesús, en su oración al Padre cuando se quita la losa del sepulcro, dice: “Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado” (vv. 41-42). 

Sin fe, no es posible captar el sentido profundo de las obras de Jesús. Sin fe, no vemos en él el agua viva que puede saciar nuestra sed más profunda, la luz que cura nuestra ceguera, la vida que vence toda muerte. En el fondo, todos los relatos del evangelio de Juan nos confrontan con la pregunta más radical: “¿Crees esto?”. El lector (o sea, cualquier de nosotros) es invitado a hacer suyas las confesiones de la mujer samaritana, del ciego de nacimiento o de Marta de Betania.


Resucitar

Algunos exégetas dicen que no habría que aplicar este verbo a lo que Jesús hizo con Lázaro. Se trató, más bien, de una reanimación (o de una “resucitación”, como se dice en el lenguaje clínico) porque solo hay verdadera resurrección cuando Jesús la inaugura con su victoria sobre la muerte. En cualquier caso, llama la atención que Jesús devuelva la vida a Lázaro cuando él está a punto de entregar la suya. 

Lo que sucede con Lázaro es un débil signo anticipatorio de lo que sucederá con Jesús. Resucitar implica vivir, experimentar la vida eterna junto a Dios. Cuando esta esperanza desaparece de nuestro horizonte (como sucede hoy con muchas personas, incluso con algunas que se consideran creyentes), la vida terrena pierde su densidad. Desaparecida la esperanza en la vida eterna, solo queda estrujar los pocos años que vivimos en este mundo. Esto explica nuestro drama actual.


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