
Del evangelio de este Martes Santo, las palabras que más me impresionan están como perdidas al final del versículo 30 del capítulo 13. Dicen simplemente: “Era de noche”. Parece un mero apunte cronológico, pero son palabras poderosas. Como canta uno de los himnos litúrgicos de vísperas, la noche puede ser un tiempo de salvación, pero también de traición. Es verdad que “Abrahán contaba tribus de estrellas cada noche”, que “de noche, por tres veces, oyó Samuel su nombre” y que “la noche fue testigo de Cristo en el sepulcro”. Pero también es verdad que “era de noche” cuando Judas Iscariote se dispuso a hacer lo que tenía que hacer.
Con el himno litúrgico le decimos a Jesús que “de noche esperaremos tu vuelta repentina” mientras recordamos todas las “noches oscuras” que han puesto a prueba nuestra fe a lo largo de la vida. La oscuridad parece también un signo de nuestro tiempo. No vemos el camino. No vemos el futuro. Quizás, por eso, la cantante Rosalía –que anoche tuvo un exitoso concierto en Madrid ante 17.000 espectadores– ha titulado su último disco Lux (luz). Es como si, en medio de la oscuridad presente, desmontados todos los mitos, intuyera que necesitamos la Luz que viene de lo alto. Precisamente la primera lectura de hoy termina con unas palabras que la Iglesia aplica a Jesús: “Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra” (Is 49,6).

En medio de la noche cultural, Jesús es la luz del mundo, el único que puede curar nuestra ceguera. Este fue el mensaje central del pasado IV Domingo de Cuaresma. Los seguidores de Jesús –Luz del mundo– somos también pequeñas luces del mundo, reflejos de su claridad. Estoy seguro de que los muchos fans que estuvieron ayer todo el día frente al Movistar Arena esperando el concierto de Rosalía salieron satisfechos de la actuación de su ídolo. Rosalía tiene la capacidad de hacer un espectáculo total combinando diversos géneros y cuidando mucho la escenografía.
Salir satisfecho no significa lo mismo que salir “iluminado”. La noche cultural no se alumbra solo con potentes reflectores y muchos decibelios. Todo esto puede deslumbrar, pero no iluminar. Puede conducir a una experiencia de “exaltación”, pero no de “exultación”, por usar la distinción a la que es tan aficionado el profesor Alfonso López Quintás. Si en algo se distingue la Semana Santa de cualquier otra experiencia es que no se limita a recordarnos la muerte de Jesús o a sacarnos de nuestra rutina con espectáculos dramáticos (como las pasiones vivientes, los viacrucis o las procesiones), sino que actualiza el Misterio de la pasión, muerte y resurrección de Jesús en la “noche” de la humanidad.

El verbo “actualizar” tiene una enorme fuerza litúrgica. La definición del diccionario (“hacer actual algo, darle actualidad”) es demasiado genérica, se queda corta. Actualizar significa que el sacrificio de Cristo se hace real hoy, que podemos participar en él. No nos limitamos a recordarlo en calidad de espectadores, sino que somos insertados en él, experimentamos su fuerza salvífica. Entendida así la liturgia de la Semana Santa, no tiene parangón con ningún concierto o espectáculo (ni siquiera con las devociones más sinceras), aunque no produzca en nosotros emociones intensas.
Puede que la liturgia no nos deslumbre como el concierto de Rosalía, pero ilumina nuestra noche más profunda. Puede que no terminemos “exaltados” después de la Vigilia Pascual (como suelen estarlo los fans después de un concierto), pero podemos terminados “exultados” (inundados por una alegría profunda que solo Cristo puede dar). No en vano el pregón pascual comienza con estas palabras: “Exulten por fin los coros de los ángeles, / exulten las jerarquías del cielo, / y por la victoria de Rey tan poderoso / que las trompetas anuncien la salvación”. ¿Por qué la Vigilia Pascual se celebra en el corazón de la noche?´
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