martes, 10 de marzo de 2026

Un mensaje demasiado nuevo


A veces podemos tener la impresión de que el cristianismo es algo desgastado. Y otras que, en realidad, está por estrenar. Cuando uno lee, por ejemplo, el evangelio de hoy cae en la cuenta de que casi todo está por estrenar. El Evangelio sigue siendo una propuesta demasiado nueva que desnuda nuestros viejos hábitos. ¿Estamos preparados para practicar el tipo de perdón que Jesús nos propone en su parábola? Es obvio que su hisperbólica propuesta –“No te digo que perdones hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”– no se aplica nunca en el campo político y quizá pocas veces en el campo personal. 

Es como si todos fuéramos víctimas de una amnesia que nos impide recordar que estamos vivos porque hemos sido perdonados, que ninguno puede exhibir un historial inmaculado, que todos necesitamos el bálsamo del perdón. La pregunta que Jesús formula en su parábola debería figurar escrita en algún lugar de nuestro corazón como recordatorio permanente de lo que somos y de lo que tenemos que hacer: “¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?”.


Es imposible vivir con autenticidad y no tener enemigos. La autenticidad es una denuncia de la mentira y el encubrimiento. Es lógico, por tanto, que quien vive desde estas claves se revuelva contra quienes con su estilo de vida ponen en evidencia sus contradicciones. Todos los santos han tenido enemigos, a veces muy encarnizados. La oscuridad del mal no soporta la patencia de la luz. Estoy pensando en las persecuciones de todo tipo que tuvo que sufrir san Antonio María Claret. 

Y estoy pensando, sobre todo, en Jesús. Estamos preparándonos para celebrar su drama dentro de tres semanas. Si él, el Santo por excelencia, fue perseguido hasta la muerte, podemos imaginar la suerte que nos espera a quienes lo seguimos. Él mismo nos lo advirtió: “Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán” (Jn 15,20). Cuesta mucho aceptar esta cara B del cristianismo, pero es el marchamo de autenticidad. Solo quien enciende una vela a Dios y otra al diablo no es perseguido. Solo quien sigue a pies juntillas los dictados del mundo recibe siempre adulaciones y parabienes.


¿Cómo perdonar cuando somos perseguidos, no por cometer un crimen o una injusticia, sino solo por ser fieles al Evangelio? ¿Cómo perdonar a quienes nos han humillado, herido o calumniado? ¿Cómo perdonar cuando hemos sido vejados en nuestra dignidad, cuando han abusado de nosotros o cuando hemos sido traicionados? Humanamente es imposible. Pareciera que el ser humano está genéticamente programado para devolver “ojo por ojo y diente por diente”. La justicia reparativa -y aun la venganza- funcionan... por defecto. No tenemos que hacer ningún esfuerzo para odiar a quienes nos hacen mal. 

La “novedad” del Evangelio –siempre por estrenar– es ir más allá del funcionamiento “por defecto”. Solo la gracia puede llevarnos a actuar como Dios, “que hace salir su sol sobre buenos y malos, y llover sobre justos e injustos” (Mt 5,45). La clave está en experimentar que todos somos perdonados, que vivimos porque Dios tiene misericordia de nosotros, porque escucha la oración de Jesús: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34). Sin esta experiencia de perdón, sin esta convicción de que nos somos perfectos con nuestras solas fuerzas, nunca entenderemos la pregunta de Jesús: “¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?”.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

En este espacio puedes compartir tus opiniones, críticas o sugerencias con toda libertad. No olvides que no estamos en un aula o en un plató de televisión. Este espacio es una tertulia de amigos. Si no tienes ID propio, entra como usuario Anónimo, aunque siempre se agradece saber quién es quién. Si lo deseas, puedes escribir tu nombre al final. Muchas gracias.