
Seis y media de la tarde. El cielo está azul, con algunas nubes ralas que rompen la monotonía. Sopla un aire molesto y frío. La Puerta del Sol está llena de turistas y curiosos. Las vallas metálicas han creado un pasillo de unos cuatro o cinco metros de ancho que conecta la sede de la presidencia de la Comunidad de Madrid con la calle Preciados. Una jirafa de Telemadrid está apostada cerca de la fuente de Carlos III. Sube y baja sobre las cabezas de los presentes. El sonido de una banda venida de Albacete hace presagiar que de un momento a otro entrará el paso de La Borriquita, que ha salido de la catedral tres horas antes portado por los miembros de la Hermandad del mismo nombre.
Se detiene frente a la sede de la Comunidad. Hay relevo en el equipo de costaleros. Todo transcurre con mucha lentitud y parsimonia. Acostumbrado a horarios precisos y acelerados, se me hace eterna la espera. No sé distinguir entre devotos, turistas y curiosos. Todos estamos apelotonados. Hay algunos aplausos sueltos. Permanezco casi un par de horas de pie. La tarde va cayendo. A esta misma hora discurren varias procesiones por distintos barrios de Madrid. Me alejo por la calle Arenal rumbo a mi casa. El centro está, como de costumbre, atiborrado de gente. No sé si muchos madrileños habrán salido, pero es evidente que muchos turistas han entrado.

Tenía curiosidad por contemplar algunas de las procesiones de la Semana Santa de Madrid, ya que suelo estar fuera en estas fechas. Tal vez no elegí ni el lugar ni el día más apropiados, pero confieso mi decepción. En otros sitios he percibido orden, belleza, emoción y mucha fe. No fue eso lo que sentí ayer en la Puerta del Sol. Todo me pareció una amalgama un tanto rancia y desaliñada de ritos. Parecía más un desfile para contemplación de turistas que una verdadera procesión.
Como sucede hoy con cualquier evento, los móviles parecían los protagonistas. Casi todo el mundo disparaba el suyo para captar alguna imagen. Yo mismo lo hice para ilustrar la entrada de hoy. Imagino que quienes procesionaban lo hacían con otro espíritu, pero no era fácil captarlo. En esos momentos eché de menos el orden y la bella sobriedad de la liturgia. También ella está sometida al peaje de la rutina, pero conserva su armonía.

Sé que, a partir de una experiencia singular, no se pueden extraer conclusiones universales. Lo aprendí cuando estudiaba Lógica en mis años juveniles. En otros lugares y a otras horas (sobre todo, nocturnas) he participado en procesiones que llegan al alma. En cualquier caso, que en el corazón de una ciudad cosmopolita como Madrid se vean manifestaciones de este tipo es un recordatorio de que existen realidades que van más allá de nuestros desvelos habituales.
Enfrente de mí tenía a un grupo de turistas indios –probablemente hindúes– que aguantaron de pie todo el tiempo y que, en cuanto aparecían los pasos, no hacían más que disparar sus móviles. Yo me preguntaba qué pensarían. Quizás imaginaban que era algo parecido a los festivales que ellos organizan en torno al dios Ganesh o a cualquiera de sus múltiples divinidades. Notaba que no se sentían a disgusto. En la India son muy frecuentes estas manifestaciones callejeras. Para ellos, religión, cultura y vida social forman una unidad inescindible. Nosotros hace tiempo que hemos privatizado la fe. Algunos desearían incluso que desapareciera todo vestigio público y que, en el mejor de los casos, quedara confinada en la sacristía de la propia conciencia. Vivimos en dos mundos muy diferentes. No tengo nada claro que el europeo sea mejor.

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