martes, 3 de marzo de 2026

La realidad no entiende de ensoñaciones


Me he desayunado con un descarnado artículo de El Debate que me ha obligado a pensar. Se titula “La realidad que no queremos ver”. Lo firma Jano García, uno de sus habituales y polémicos columnistas. Lo que viene a decir es que lo que ha hecho Donald Trump (con la ayuda imprescindible de Netanyahu) en Irán es injusto e inmoral, pero -cito textualmente- “la realidad no entiende de ensoñaciones”. Dicho en plata: “Nadie en su sano juicio puede abordar la geopolítica desde la moral, pues solo un insensato puede creer que la geopolítica posee un mínimo de humanidad”. A continuación, multiplica algunos ejemplos históricos. 

Jano cree que la sociedad occidental -y en particular Europa- no está preparada para esta cura de realidad. Se halla en situación terminal: “Es como un jubilado que no quiere líos en los últimos coletazos de su vida. Que no le toquen la pensión, que en diez años está muerto y ya el que venga detrás que se arregle con la quiebra del sistema”. O sea, que estamos demasiado cansados como para embarcarnos en problemas. Preferimos que otros nos invadan (da igual que sean chinos comunistas o musulmanes fundamentalistas) con tal de que nos dejen tomarnos una cerveza fría y nos aseguren las pensiones de jubilación. 


Según él, Donald Trump está intentando abrirles los ojos a los cansados europeos, pero “a los occidentales la realidad no les gusta y prefieren pensar que el mundo está compuesto por los vídeos absurdos que aparecen en TikTok o Instagram”. O sea, que todos nos declaramos pacifistas, ecologistas, feministas y librepensadores desde el salón de nuestra casa mientras vemos una película de Netflix. Si en el futuro las cosas vienen mal dadas, que Estados Unidos ponga los dólares, los aviones y los muertos. ¿Queda alguna cerveza en el frigorífico? 

Artículos como el de Jano García son provocativos. Nos despiertan de una cierta modorra buenista que parece imperar entre nosotros. Desmontan nuestros tinglados éticos facilones y de bajo coste. Reivindican la urgencia de análisis más lúcidos y de compromisos más sacrificados. Nos recuerdan que no estamos viviendo en Disneyland sino “in hac lacrimarum valle” y que la paz y prosperidad de las que ahora gozamos han sido el resultado de guerras y victorias, de dominaciones y explotaciones. Somos los nietos ricos de padres y abuelos pobres que han tenido que mancharse las manos de tierra y a veces de sangre.


Dicho esto, hay una pregunta que nos hierve a los cristianos: ¿No hay más alternativa que la lucha despiadada o la débil sumisión? ¿Es verdad que “nadie en su sano juicio puede abordar la geopolítica desde la moral”? La historia nos enseña que las civilizaciones se han abierto paso casi siempre a base de guerras, conquistas e imposiciones culturales. Es innegable. Los intereses han determinado casi siempre los movimientos geopolíticos. Pero los cristianos nos agarramos con uñas y dientes a ese casi. 

Si hay alguien que haya explorado hasta las simas más profundas las contradicciones humanas ha sido, sin duda, el cristianismo. Los seguidores de Jesús somos mineros del “misterio de iniquidad” que envuelve todo. Se nos podrá acusar de muchas cosas, pero no de ingenuos o buenistas. El mal del mundo le ha costado la vida a Jesús. Pero sabemos algo más profundo y radical: que en la cruz de Jesús el mal ha sido derrotado. De aquí nace la inmarcesible esperanza cristiana, que es el motor que nos impulsa a creer en el poder transformador de la gracia. 

Es verdad que los intereses determinan casi siempre el avance de la historia, pero es más verdad que “donde abundó el pecado sobreabundó la gracia” (Rm 5,20) y que el amor es más poderoso que el odio. No es necesario que lo diga la pancarta de Bud Bunny en el intermedio de la Super Bowl: “The only thing more powerful than hate is love”. Es el legado que Jesús nos dejó a sus seguidores y del que no podemos prescindir, aunque nos vaya la vida en ello: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado” (Jn 13,34-35). También la historia está llena de ejemplos de amor elocuentes que la han hecho avanzar más que los intereses económicos y las guerras.

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