miércoles, 14 de octubre de 2020

¿Estamos en decadencia?

Margaret Wheatley, nacida en 1944, es una escritora y formadora norteamericana. En uno de sus libros Who Do We Choose to Be? Facing Reality, Claiming Leadership, Restoring Sanity (¿Quiénes elegimos ser? Afrontar la realidad, reclamar el liderazgo, restaurar la cordura) (2017)  cita a John B. Glubb (1897-1986), un militar inglés, que, en su obra The fate of empires and search for survival, analiza cómo han evolucionado los diversos imperios que han existido a lo largo de la historia. Según sus conclusiones, un imperio viene a durar unas diez generaciones (en torno a 250 años) y pasa por seis grandes etapas: ascenso/conquista, comercio, abundancia, intelectualidad, decadencia y caída. Uno de los indicadores de que un imperio está en la etapa decadente, de que ha hecho de la frivolidad el patrón de vida, es la importancia excesiva que da a los atletas, actores y cantantes. 

No es necesario suscribir al cien por cien esta teoría, pero leer esto en el año 2020 me hace temblar porque, si algo está hoy supervalorado, es precisamente el mundo de las celebrities, el famoseo. Si nos asomamos a Instagram, por ejemplo, para ver quiénes son las nueve personas en el mundo que tienen más admiradores/seguidores no encontraremos entre ellas ningún científico, ningún político, ningún teólogo, ningún inventor, ningún sabio humanista. El ranquin lo ocupan: 1) Cristiano Ronaldo, futbolista (239 millones de seguidores); 2) Ariana Grande, cantante y actriz (203); 3) Dwayne Johnson, actor y luchador profesional (200); 4) Kylie Jenner, personalidad televisiva y empresaria (197); 5) Selena Gomez, cantante y actriz (194); 6) Kim Kardashian, personalidad televisiva y empresaria (189); 7) Lionel Messi, futbolista (167); 8) Beyoncé, cantante (155); 9) Justin Bieber, cantante (149). De ellos, 7 son estadounidenses, 1 portugués y 1 canadiense. Hay 5 mujeres y 4 hombres.

Que vivimos en una etapa de la historia muy superficial y frívola me parece evidente, pero sé que este juicio no es compartido por muchas personas que se sienten a gusto en este ambiente y que viven de él. De otro modo, no se explicaría – como ya he denunciado en varias ocasiones – el éxito de algunos programas de televisión que se alimentan de los amoríos de los famosos y de todo tipo de cotilleos. Cuando el tiempo se nos va en estas frivolidades, quiere decir que no hay ideales fuertes que nos sostengan. Una cosa es divertirse (necesidad básica de todo ser humano) y otra muy distinta hacer de la superficialidad un estilo de vida. Muchos filósofos de la historia creen que la civilización occidental (euroamericana) ha entrado desde hace tiempo en una clara etapa de decadencia que anticipa su caída más o menos cercana. 

Para muchos occidentales, los ideales fuertes del Evangelio no representan una alternativa, porque consideran que ya hemos leído esa página, que no cabe esperar nada nuevo de una propuesta que lleva dos milenios en el candelero y ha agotado todo su poder de recreación. El cristianismo es para muchos intelectuales europeos un dejà vu. Y, sin embargo, mi impresión es que apenas lo hemos saludado. El hecho de haber vivido durante siglos en un régimen social de cristiandad no significa que hayamos entrado en el meollo de la propuesta de Jesús. Algunos hablan de la necesidad de entrar en una etapa de cristianía. Más allá de los términos, es evidente que la Iglesia, como comunidad que mantiene viva la memoria de Jesús, debe apuntar más al mundo que emerge que a la civilización que muere.

Si algo me ha llamado la atención de la espiritualidad del joven beato Carlo Acutis es que, por una parte, representa el prototipo de joven europeo de hoy. Nace en el seno de una familia acomodada y solo nominalmente cristiana, se siente atraído por Internet, vive en una ciudad (Milán) muy secularizada, etc. Por otra parte, su experiencia religiosa tiene rasgos muy tradicionales: la participación diaria en la Eucaristía, el tiempo dedicado a orar ante el Santísimo, la recitación del rosario, la ayuda a los pobres, la curiosidad intelectual y el esfuerzo de formación, etc. Es como si “lo de siempre”, cuando se vive en profundidad, tuviera un poder extraordinario de regenerar nuestra superficialidad contemporánea. A menudo, teólogos y pastoralistas se rompen la cabeza tratando de descubrir “nuevos caminos” para una nueva experiencia de encuentro con Jesucristo en las sociedades secularizadas. El ejemplo de Carlo Acutis nos muestra que esos “nuevos caminos” son los que el mismo Jesús nos ha dejado y que tal vez nosotros hemos menospreciado o rutinizado. ¿Hay alguna alternativa mejor que la Eucaristía? ¿Se puede sustituir con algo la amistad con los pobres? ¿Necesitamos otra madre distinta de María, la madre de Jesús y madre nuestra? La decadencia se apodera de nosotros cuando dejamos de creer en la fuerza renovadora que tienen los sacramentos que Jesús nos ha dejado y nos embalamos en propuestas esotéricas que, tras un destello inicial, nos dejan más ciegos e insatisfechos que antes. Muchas cosas tendrían que cambiar en nuestra pastoral. Los santos nos abren los ojos.


1 comentario:

  1. Hace días que estoy pensando en este tema de la decadencia que creo que junto a la experiencia del tema del COVID se ha agravado… Observo que está aumentando la indiferencia, se evita el esfuerzo, es como que se está entrando, además, en un estado de letargo ante la impotencia de lo que está ocurriendo.
    Se están perdiendo valores. He probado de pasar un día de fiesta del trabajo, viendo televisión, utilizando el móvil en todas sus aplicaciones para observar cómo se pueden sentir los jóvenes y no tan jóvenes que pasan el día en ello. Viendo también alguna de las películas que me han comentado… Tienen todo ello al alcance de la mano sin dar ningún paso, estén donde estén.
    Se está perdiendo el hábito de leer… Claro que hay ámbitos que se “salvan” de todo ello, pero cada vez son menos.
    En un ambiente así, no cabe ni se descubre el mensaje de Jesús.
    Carlo, a pesar de vivir en un ambiente como bien dices que era solo nominalmente cristiana, llevaba la semilla dentro y alguien le debió acompañar para ayudarle a que germinara y pudiera producir vida…
    Gracias Gonzalo por toda la reflexión.

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