viernes, 2 de octubre de 2020

Se busca un ángel perdido

Suena un concierto de violín y orquesta en sol mayor de Mozart. El cielo se está cubriendo por momentos. El final de la lectura de la novela Patria me ha dejado el alma hecha jirones. Me cuesta entender que los seres humanos podamos llegar a odiarnos tanto en nombre de sacrosantos ídolos. Me siguen llegando noticias tristes que son más preocupantes que la infección de Trump y su esposa con el coronavirus. Madrid, la ciudad a la que me ligan tantos afectos y recuerdos, será parcialmente cerrada dentro de unas horas. Parece que no levantamos cabeza. Tengo la impresión de que nuestros ángeles custodios, cuya memoria celebramos hoy, se han tomado un período de vacaciones. La tristeza llama a la puerta. 

Siento ganas de desempolvar la vieja oración que aprendí de niño: “Ángel de mi guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día, no me desampares, que me perdería”. Parece que el “rumor de ángeles” que siempre nos acompaña se haya reducido a un simple murmullo. Sin embargo, en pocas ocasiones hemos necesitado más que ahora sentir que Dios está cerca de nosotros, que su providencia vela nuestros pasos, que nada malo nos va a suceder. Quisiera tener la misma fe que tenía de niño, cuando imaginaba que mi ángel de la guarda me preservaba de cualquier peligro, desde caerme por la escalera (aunque, de hecho, caí rodando por la vieja escalera de madera en la casa de mis abuelos) hasta ser atropellado por un coche o secuestrado por el hombre del saco.

Un ángel es un enviado de Dios. Un ángel “custodio” es un mensajero divino que cuida de cada uno de nosotros. El Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda que “la existencia de seres espirituales, no corporales, que la sagrada Escritura llama habitualmente ángeles, es una verdad de fe. El testimonio de la Escritura es tan claro como la unanimidad de la Tradición” (n. 328). 

Y en el número 336 se añade: “Desde su comienzo (cf Mt 18, 10) hasta la muerte (cf Lc 16, 22), la vida humana está rodeada de su custodia (cf Sal 34, 8; 91, 10-13) y de su intercesión (cf Jb 33, 23-24; Za 1,12; Tb 12, 12). "Nadie podrá negar que cada fiel tiene a su lado un ángel como protector y pastor para conducir su vida" (San Basilio Magno, Adversus Eunomium, 3, 1: PG 29, 656B). Desde esta tierra, la vida cristiana participa, por la fe, en la sociedad bienaventurada de los ángeles y de los hombres, unidos en Dios”. Saber que estamos rodeados de custodios e intercesores nos permite caminar seguros y confiados, por más que se multipliquen las malas noticias y tengamos la impresión de que estamos rodeados no por ángeles benéficos, sino por diablillos empeñados en hacernos la vida difícil o imposible.

El positivista que todos llevamos dentro esboza una cínica sonrisa o rompe a reír con una carcajada estridente. ¿A quién se le ocurre hablar de ángeles en pleno siglo XXI? A lo más, si no ha borrado de su disco duro una cierta sensibilidad estética, se permitirá decir que se trata de un bonito símbolo para referirnos a algunos valores que engrandecen la vida humana o, si es creyente, al cuidado que Dios ejerce sobre sus criaturas. Pero nada más. Lo de “seres espirituales, no corporales” que danzan alrededor de nosotros parece más propio de una película de Disney que de una visión científica y racional de la realidad. 

Dejemos que el positivista combata con el creyente, pero sobre todo no le digamos a Dios cómo tiene que ser Dios y qué es lol que conviene que haga o no haga. La realidad es demasiado compleja como para pensar que solo existe lo que cabe en nuestro minúsculo almacén racional. Quizá no hay nada más racional que ser conscientes de que la realidad nos desborda por todas partes y que, por tanto, es más sensato y humilde dejarnos sorprender y maravillar. Los ángeles son “sorpresas de Dios” en la trama de una vida demasiado plana o rutinaria. No quisiera ser insensible a su presencia benéfica por el prurito de ser más cartesiano que Descartes. Me parece que voy a volver a la vieja jaculatoria infantil antes de perderme por el camino de vuelta a casa.

1 comentario:

  1. Hola Gonzalo, al leer la oración al Ángel de la guarda, que también yo recitaba, me ha venido el recuerdo de otra que me enseñaron mis padres que decía: “En esta cama me acostaré, siete ángeles encontraré, tres a los pies, cuatro en la cabeza y la Virgen María a mi lado que me dice: duerme y descansa, no tengas miedo de nada, si algún peligro hay, la Virgen María de ello te protegerá”.
    Coincido contigo que, en estos momentos, me gustaría tener la misma fe que tenía de niña…
    Muchísimas gracias por recordarnos este tema y ojalá pudiera escuchar “el rumor de ángeles”. No es fácil.

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