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viernes, 21 de octubre de 2016

Todo está conectado

La encíclica del papa Francisco Laudato Si’ sobre “el cuidado de la casa común” se publicó el 24 de mayo de 2015. A pesar de que es un texto muy largo, la devoré en pocos días. Pero no es lo mismo una lectura personal que un estudio colectivo. Ayer abordé el mismo texto con mis compañeros de gobierno. Cada uno presentó un capítulo como preparación para el diálogo posterior. A mí me correspondió el tercero, pero, por error, preparé el cuarto, dedicado a la ecología integral. Despistes aparte, la encíclica resonó de otra manera. Cada uno de nosotros fue poniendo acentos diversos según su sensibilidad, preparación, experiencias previas, etc. Además, utilizamos métodos muy variados, lo cual hizo más ameno e interesante el trabajo. Como comprenderéis, no os voy a aburrir con disquisiciones filosóficas, bíblicas o teológicas sobre el tema, aunque reconozco que a mí me fascinan. Quisiera subrayar solo algunos aspectos. Es probable que varios de los que visitáis este blog hayáis leído la encíclica. Esto facilitará las cosas.  Si no, nunca es tarde. Os aseguro que merece la pena, a pesar de su longitud. Constituye un desafío a nuestro estilo de vida actual. No se centra en problemas eclesiales. Se dirige a toda la humanidad. Presenta una nueva visión de los problemas que hoy padecemos en nuestro mundo y apunta hacia una solución integral. 

El cuidado del medio ambiente –tan amenazado por nuestra civilización industrial y consumista– es inseparable del cuidado de las personas; sobre todo, de las más vulnerables. Hay una ecología natural ligada a la ecología social. Por eso, es incoherente plantar un árbol y menospreciar a un pobre. No solo eso. Es también inseparable del cuidado de nuestro patrimonio cultural, artístico… e incluso del cuidado de nuestro cuerpo, de nuestros pueblos y ciudades, etc. Todo y todos estamos interconectados. La ciencia se encarga de mostrarlo de manera convincente. Eso significa que nuestras acciones, por insignificantes que parezcan, tienen un influjo en el conjunto, que formamos sistemas y redes. Las malas prácticas (como usar vehículos muy contaminantes, despilfarrar agua, no reciclar la basura o comprar productos innecesarios) no son un asunto individual: repercuten en todos. Lo mismo sucede con las buenas prácticas (como usar siempre que sea posible el transporte público, regular el consumo de agua y luz, diferenciar los residuos, reciclar objetos, hacer negocios sostenibles, etc.). 

A cierta edad uno se vuelve muy escéptico. Considera que estas pequeñas cosas –todas, por otra parte, al alcance de la mano– no van a cambiar el curso de la historia, casi siempre dominada por el egoísmo y la violencia. Los más lúcidos y comprometidos hablan de la necesidad de cambios estructurales. Suelen usar conceptos un poco grandilocuentes que no dicen casi nada a la mayoría de los mortales y que se pierden en tecnicismos innecesarios. La historia, además, no nos ofrece muchos motivos para el entusiasmo. Cada época tiene sus ángeles, pero también sus demonios. Habría, pues, motivos suficientes para no hacer nada, para dejar las cosas como están. Sin embargo, no es lo mismo tener una mentalidad ecológica que depredadora, cultivar las buenas prácticas que las malas. La encíclica ofrece propuestas muy concretas para caminar en la justa dirección. Algunas van dirigidas, sobre todo, a los científicos, políticos, economistas, etc. Pero otras se refieren a cada uno de nosotros. Al fin y al cabo, cuidar la casa común –la oikós– es, en grados diversos, un asunto de todos

Os dejo con el vídeo de Love Song To The Earth, una composición del incombustible Paul McCartney.


martes, 19 de mayo de 2020

Llega la hora de la reconstrucción

Estamos en la Semana Laudato Si’ que el papa Francisco ha convocado al cumplirse el quinto aniversario de la publicación de su encíclica “sobre el cuidado de la casa común”. Si ya en 2015 su apuesta por una “ecología integral” resultó valiente y profética, ahora, en plena pandemia, se convierte en imprescindible. Sin un nuevo modo de entender nuestra relación con la naturaleza que prime el cuidado y no la explotación estamos condenados a continuos desequilibrios que amenazan incluso la supervivencia de la especie humana. Los mejores científicos vienen diciéndolo desde hace décadas. Algunos –pocos– políticos lo han tomado en serio. Para la mayoría priman más las razones económicas a corto plazo que los objetivos a medio y largo plazo. ¿Qué sucede con los cristianos? Es probable que muchos sigan considerando que la “cuestión ecológica” es una moda alimentada por cuatro románticos que sueñan con una imposible vuelta a la vida natural. Sin embargo, creo que hace años que ha entrado ya en la conciencia de la mayoría. Dios nos ha encargado ser cuidadores de esta casa común que es la creación, no sus depredadores. La encíclica Laudato Si’ dio fundamento doctrinal a esta orientación y propuso caminos prácticos.  Espero que la experiencia de confinamiento nos haya acabado de convencer. O apostamos por una “ecología integral” (que va mucho más allá del mero ambientalismo o cultura verde) o no hay futuro. Se trata de un asunto científico (solo gentes como Trump lo cuestionan), económico, social y también espiritual. Durante esta semana podemos profundizar en él para cambiar nuestro estilo de vida.

Noto que, a medida que nos acercamos a las últimas (eso espero) fases de la pandemia, se multiplican las iniciativas de futuro. La Comunidad de Sant’Egidio de Roma ha promovido un Manifiesto europeo para la rehumanización de la sociedad que busca dignificar la vida de los ancianos. Ha sido suscrito por muchas personalidades de Europa. 

Ayer por la tarde me emocioné viendo a los voluntarios de nuestra parroquia de Roma montando unas mesitas en el jardín en las que, protegidos con guantes y mascarillas, iban recibiendo, una a una, a las muchas personas que se acercaban para pedir una bolsa de alimentos o presentar sus solicitudes de diversos servicios. Este ejercicio es posible porque la gente del barrio está siendo muy generosa en la donación de bienes. Es verdad que la pandemia ha colocado a muchos al borde de la exclusión, sobre todo a aquellos que dependen del trabajo diario. Pero también es verdad que esto ha suscitado la solidaridad de otros muchos que tienen empleos estables y que se han decidido a compartir sus recursos. La parroquia sirve como punto de encuentro entre unos y otros. Intuyo que en los próximos meses todas las parroquias se van a convertir en “centros de proximidad” en los que las personas más afectadas por la pandemia podrán encontrar acogida, escucha y ayuda, sin tener que someterse a los procedimientos a veces muy burocratizados que ofrecen los gobiernos.

A medida que vamos saliendo del confinamiento, es preciso que nos preguntemos: ¿Qué puedo hacer para ayudar a quienes lo están pasando peor? Si pensamos solo en  nuestro propio bienestar, en salir a la calle para pasear o entrar en un restaurante, en planificar las próximas vacaciones... acabaremos en otro confinamiento: el del egoísmo. Lo que más puede ayudarnos a superar la crisis producida por la pandemia es invertir corazón y energías en ayudar a otros. Experimentaremos que no hay mejor terapia para momentos difíciles que la generosidad. Además de hacer más llevadera la vida de otras personas, nace dentro de nosotros una serenidad y una alegría que no se consiguen nunca cuando pensamos solo en nuestro propio bienestar. ¡Ojalá la reconstruccion esté animada por esta mística solidaria!



Oración por nuestra tierra


Dios omnipotente,
que estás presente en todo el universo
y en la más pequeña de tus criaturas,
Tú que rodeas con tu ternura todo lo que existe,
derrama en nosotros la fuerza de tu amor
para que cuidemos la vida y la belleza.
Inúndanos de paz,
para que vivamos como hermanos y hermanas
sin dañar a nadie.
Dios de los pobres,
ayúdanos a rescatar
a los abandonados y olvidados de esta tierra
que tanto valen a tus ojos
Sana nuestras vidas,
para que seamos protectores del mundo
y no depredadores,
para que sembremos hermosura
y no contaminación y destrucción
Toca los corazones
de los que buscan sólo beneficios
a costa de los pobres y de la tierra.
Enséñanos a descubrir el valor de cada cosa,
a contemplar admirados,
a reconocer que estamos profundamente unidos
con todas las criaturas
en nuestro camino hacia tu luz infinita.
Gracias porque estás con nosotros todos los días.
Aliéntanos, por favor,en nuestra lucha
por la justicia, el amor y la paz.


sábado, 11 de enero de 2020

La alegría de ser padres

En el inmediato gobierno de Pedro Sánchez habrá una ministra de Transición Ecológica y Reto Demográfico. No sé si existe un ministerio de este tipo en algún otro gobierno del mundo. Tampoco sé si resultará eficaz o no. Pero me llama la atención el enlace entre estos dos campos: la ecología y la demografía. Es evidente que ambos retos afectan a Europa de manera singular. El segundo es palmario. Se intuía hace años; ahora no se puede ocultar. Cuando el papa Pablo VI publicó la encíclica Humanae vitae en 1968 fue criticado con mucha dureza desde varios frentes internos y externos. Su postura en contra del uso de medios artificiales de control de la natalidad parecía reaccionaria y contraria al avance de la ciencia y la liberación de la mujer. Hoy, casi 52 años más tarde, ante el desierto demográfico que vive Europa, me pregunto si la suya no era una apuesta profética, aunque poco comprendida entonces, en plena eclosión de la “revolución sexual”. Como todos los profetas, tampoco Pablo VI fue bien acogido ni siquiera en su propia tierra. Hoy nos formulamos algunas preguntas con más serenidad y desde una dilatada trayectoria histórica.

Que se haya creado un ministerio para afrontar el “reto demográfico” significa que, tras décadas de una cierta inconsciencia, empezamos a caer en la cuenta de las desastrosas consecuencias que está teniendo el envejecimiento de Europa y de la necesidad de reaccionar. En 1950, apenas el 12% de la población europea tenía más de 65 años. Actualmente, la proporción ya se ha duplicado. Las proyecciones muestran que en 2050 más del 36% de la población europea tendrá más de 65 años. Ha descendido drásticamente la natalidad (noticia negativa) y ha aumentado la longevidad (noticia positiva). En un pasado no muy lejano, una mujer en Europa tenía de promedio más de dos hijos. Desde el año 2000, la tasa de natalidad ha caído por debajo de ese umbral. Los europeos también vivimos más ahora: 78 años en promedio, cuando en la década de los 50 la expectativa de vida era de 66 años.

Es obvio que los hijos pueden acarrear problemas y limitar durante algunos años el espacio personal. Es obvio que mantener una familia cuesta caro y que nuestro ritmo de vida actual no favorece la vida familiar. Se lo he oído comentar a algunos padres jóvenes. Hoy nos hemos creado tantas necesidades que resulta difícil satisfacerlas todas y al mismo tiempo sacar adelante una familia numerosa. Por otra parte, somos muy conscientes de que no se trata de traer hijos al mundo sin hacerse cargo de sus implicaciones. La Iglesia habla con claridad del deber de ejercer una “paternidad/maternidad responsable”. Pero su ejercicio cambia radicalmente según se vea al hijo como una bendición o como un obstáculo, como una oportunidad o como una amenaza.

Hoy nos estamos dando cuenta de las negativas consecuencias económicas y sociales del desierto demográfico. Se habla de las dificultades para sostener el sistema de pensiones (puede llegar un momento en el que la población pasiva casi iguale a la activa) y de la necesidad de favorecer una inmigración regulada que se haga cargo de los trabajos para los que no se encuentra personal autóctono. El punto de vista es, sobre todo, economicista. Hay capital, pero falta mano de obra. Creo que hay que ir mucho más lejos. Es imprescindible ayudar económicamente a las familias, pero no basta. Tenemos que cambiar la forma de pensar. Necesitamos redescubrir que los hijos constituyen el más preciado “capital social” porque sin ellos sencillamente no hay futuro. Esto es evidente en las culturas africanas y en muchas americanas y asiáticas. En la Biblia, los hijos son presentados como una bendición de Dios. El salmo 127 canta que “los hijos son una herencia del Señor, los frutos del vientre son una recompensa. Como flechas en las manos del guerrero son los hijos de la juventud. Dichosos los que llenan su aljaba con esta clase de flechas” (3-5).

No sé qué logros alcanzará este nuevo ministerio dedicado a la Transición Ecológica y al Reto Demográfico. Cualquier medida política solo resultará eficaz en el marco de lo que el papa Francisco llama “ecología integral”. Creo que los cristianos estamos llamados a promover la “cultura de la vida” de forma responsable (no como mero asunto biológico) y generosa (no como mero asunto individual). La “cultura de la vida” nos permitirá redescubrir la alegría de ser padres y madres, de dedicar la vida (incluso sacrificando legítimos intereses personales) a hacer que los hijos crezcan y maduren. Si no lo hacemos nosotros, se encargarán de hacerlo los musulmanes que se están instalando en Europa. En cualquier caso, ¡bienvenidos sean todos los niños!

Sin niños, la sociedad europea puede caer en una inmensa depresión colectiva. La alegría y la esperanza vienen de la mano de quienes con su nacimiento nos recuerdan –como señalaba bellamente el poeta indio Tagore– que Dios no se ha olvidado de este mundo. Cada niño que nace es un embajador del amor de Dios. Por eso, cada niño nos ayuda a descubrir nuestra condición de hijos, a vivir con más profundidad, gratitud y generosidad la existencia humana. Es precisamente el mensaje del tiempo de Navidad que mañana terminaremos. En el “niño Jesús” Dios ha apostado por el futuro de la humanidad. Quien esto escribe es célibe por vocación. He renunciado a la paternidad biológica, pero no a la paternidad espiritual. Afirmar el valor de la vida y trabajar por ella es una responsabilidad coral de todos los seres humanos.

sábado, 22 de abril de 2017

Hermana Madre Tierra

Es difícil encontrar a un joven que no sea sensible a la ecología. Es uno de los signos de nuestro tiempo. El papa Francisco recogió este anhelo y hace un par de años escribió una larga carta sobre el cuidado de la casa común. La encíclica Laudato Si’ analiza las causas que nos han conducido a la crisis que hoy vivimos y, sobre todo, sugiere pistas para crear una verdadera cultura de respeto y cuidado de la creación. Hoy, 22 de abril, es una buena oportunidad para seguir profundizando en este desafío porque, desde 1970, se celebra el Día de la Tierra. El Papa nos recuerda que “esta hermana clama por el daño que le provocamos a causa del uso irresponsable y del abuso de los bienes que Dios ha puesto en ella. Hemos crecido pensando que éramos sus propietarios y dominadores, autorizados a expoliarla. La violencia que hay en el corazón humano, herido por el pecado, también se manifiesta en los síntomas de enfermedad que advertimos en el suelo, en el agua, en el aire y en los seres vivientes” (n. 2).

Por todas partes se multiplican los consejos sobre lo que podemos hacer para proteger el ambiente. Nunca están de más, pero este recurso puede convertirse en un repetitivo sermón laico que acaba produciendo anticuerpos. Los valores no se transmiten –en contra de lo que suele suponerse– a base de repeticiones sino por contagio. Los valores son como el aire que respiramos. Si desde niños respiramos la convicción de que formamos parte de una “casa común” con todos los seres humanos, los animales y las plantas, con todo lo que existe, entonces nacerá en nosotros la responsabilidad de hacer habitable el ambiente y de cuidarlo al máximo para que todos puedan vivir. El hecho de que use transporte público, gaste poca agua o plante un árbol es solo una consecuencia menor de algo más profundo y más determinante: lo que el papa Francisco llama “una ecología integral” (capítulo IV de su encíclica). Lo dice muy claramente en el número 139:
Cuando se habla de «medio ambiente», se indica particularmente una relación, la que existe entre la naturaleza y la sociedad que la habita. Esto nos impide entender la naturaleza como algo separado de nosotros o como un mero marco de nuestra vida. Estamos incluidos en ella, somos parte de ella y estamos interpenetrados. Las razones por las cuales un lugar se contamina exigen un análisis del funcionamiento de la sociedad, de su economía, de su comportamiento, de sus maneras de entender la realidad. Dada la magnitud de los cambios, ya no es posible encontrar una respuesta específica e independiente para cada parte del problema. Es fundamental buscar soluciones integrales que consideren las interacciones de los sistemas naturales entre sí y con los sistemas sociales. No hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis socio-ambiental. Las líneas para la solución requieren una aproximación integral para combatir la pobreza, para devolver la dignidad a los excluidos y simultáneamente para cuidar la naturaleza”.
La consecuencia más deplorable del desequilibrio ecológico no es la desaparición de una especie vegetal o animal, sino el hecho de que millones de hombres, mujeres y niños viven en condiciones inhumanas. No hay verdadero “cuidado de la casa común” cuando no garantizamos una vida digna para todos. Esto nos exige caminar hacia una concepción de mundo como familia humana y no como un conglomerado de estados o naciones que pugnan entre sí por obtener mayores privilegios. El agua y el aire, la sequía y el hambre, el oxígeno y la contaminación no entienden de fronteras políticas. Es necesario ir creando nuevas formas de gobernanza mundial que aborden todos estos fenómenos integralmente. Quizá la solución mejor no resida en una especie de supragobierno global sino en núcleos locales y regionales que actúen en red y que coordinen sus análisis, decisiones y acciones. La Tierra es Madre y Hermana

Dios de amor,
muéstranos nuestro lugar en este mundo
como instrumentos de tu cariño
por todos los seres de esta tierra,
porque ninguno de ellos está olvidado ante ti.
Ilumina a los dueños del poder y del dinero
para que se guarden del pecado de la indiferencia,
amen el bien común, promuevan a los débiles,
y cuiden este mundo que habitamos.
Los pobres y la tierra están clamando:
Señor, tómanos a nosotros con tu poder y tu luz,
para proteger toda vida,
para preparar un futuro mejor,
para que venga tu Reino
de justicia, de paz, de amor y de hermosura.
Alabado seas. Amén.

sábado, 5 de junio de 2021

La transición ecológica

Hoy se celebra el día Día Mundial del Medio Ambiente, así que me voy a poner un poco verde. Hay que tener cuidado con esta palabra. Según el diccionario de la RAE, tiene nada menos que 22 acepciones. Puede referirse a un color, al estado de inmadurez de una fruta o un proyecto, a la inexperiencia de una persona, a un chiste picante o a un asunto ecológico. No es lo mismo que uno “piense en verde” (eslogan popularizado por los ecologistas) que “poner verde a alguien” (o sea, colmarlo de improperios o censurarlo acremente).  

Antes de entrar en harina, os comparto que ayer tuvimos nuestro encuentro Zoom como estaba previsto. Esta vez nos juntamos un pequeño grupo de 15 personas provenientes de lugares tan distintos como España, Canadá, Estados Unidos, México, Guatemala, Costa Rica, Argentina e Italia. Durante una hora hablamos sobre las lecciones que hemos aprendido al cabo de más de un año de pandemia. Partimos de las 10 lecciones que sugerí en la entrada de hace una semana. Divididos en tres salas, hablamos sobre las que habían sido más significativas para cada uno de nosotros. Como siempre, fue un encuentro cordial. No arreglamos el mundo, pero, al menos, pudimos seguir manteniendo encendida la llama del interés


Carlo Petrini es un italiano de 70 años que, desde hace varias décadas, lleva promoviendo el movimiento Slow Food que reivindica la producción de alimentos “buenos, limpios y justos”. En una interesante entrevista en el periódico La Vanguardia sostiene que estamos viviendo “la nueva era de la transición ecológica”, una nueva fase histórica que equipara con la Revolución Industrial que tuvo lugar en los siglos XVIII y XIX. En sus propias palabras, “se trata de un cambio en el estilo de vida, en la forma de producir, en el modo de viajar”. 

La transición ecológica “será una revolución increíble, y no basta con usar el término sostenibilidad, asociarlo a un poco de verde…”. Petrini, comunista y agnóstico, admira al papa Francisco por su fuerte y decidido impulso ecológico: “Creo que el Papa Francisco es un hombre extraordinario respecto al cuadro político mundial, un hombre mucho más avanzado que muchos políticos. Con visión y con una gran sabiduría”.

Ahora, muchas multinacionales que han sido las responsables principales de la degradación ecológica que padecemos, se han vuelto “verdes”. Todas quieren apuntarse a la transición ecológica. Saben que las nuevas generaciones son muy sensibles a la ecología, así que no tienen más remedio que “reconvertirse”, con mayor o menor convencimiento, para no perder su cuota de mercado. De la noche a la mañana, todos nos hemos vuelto un poco más “verdes” sin que esto signifique un cambio sustancial en nuestras actitudes y conductas, pero por algo se empieza. Estas súbitas conversiones me hacen pensar en el valor que tienen los profetas religiosos y seculares en la conciencia moral de la humanidad. A veces tienen que pasar décadas para que sus observaciones sean atendidas. Estoy pensando en asuntos muy graves como la pena de muerte, el consumo de drogas, los abusos sexuales, los derechos de las personas homosexuales, el respeto a los animales, etc. 

Lo que hoy nos parece evidente, hace 40 o 50 años era defendido solo por una minoría. Y lo mismo pasará dentro de unos años con otros asuntos que hoy no tratamos con radicalidad: el aborto, la eutanasia, la explotación infantil, la pobreza masiva, etc. Yo creo firmemente en la existencia de valores objetivos, que van más allá de las modas cambiantes, pero reconozco que el descubrimiento y aceptación de estos valores están sometidos a complejos procesos históricos en los que a menudo se producen avances y retrocesos. 

Por eso mismo, necesitamos voces “proféticas” que nos despierten de nuestro letargo y nos ayuden a caer en la cuenta de lo que más nos ayuda a vivir como seres humanos. Creo que la llamada a la “transición ecológica” pertenece a la categoría de advertencias proféticas que nos hablan de otra manera de relacionarnos con la naturaleza. Si el Día Mundial del Medio Ambiente sirve para hacernos pensar y asumir algunos compromisos, bienvenido sea.



martes, 20 de agosto de 2019

Podemos hacer más

Sigo con preocupación el incendio de Gran Canaria. No sé si ha sido fortuito o provocado. (No quiero ni imaginarme cómo me sentiría si algo semejante se hubiera producido en la comarca de Pinares). He sido testigo de algunos incendios menores, pero nunca de uno de la magnitud del que se está produciendo estos días en Gran Canaria. En el caso de que –como sucede con otros muchos– se demostrara que ha sido provocado por algún pirómano, sentiría mucha rabia. Me resulta casi imposible comprender qué puede impulsar a una persona a provocar un incendio, sabiendo las devastadoras consecuencias que tiene para el medio ambiente y el tiempo que se requiere para reforestar la zona afectada. En el pasado se hablaba mucho de oscuros intereses urbanísticos. Ahora la ley no permite recalificar las zonas quemadas, aunque ignoro los plazos y las condiciones. Quemar un bosque de manera intencionada debería ser un crimen gravísimo. El caso de los fuegos provocados es un indicador más –quizá uno de los más llamativos– del incivismo que se respira en nuestra sociedad.  En mis paseos matinales por el bosque veo en las cunetas de la carretera cajetillas de tabaco, latas de refrescos, botellas de plástico, papeles… ¿Cómo un senderista o alguien que ama el bosque puede tener tan poca sensibilidad? ¡Con lo fácil que sería depositar toda esa basura en los contenedores correspondientes y lo difícil y costoso que resulta limpiar un bosque contaminado!

Algo parecido podría decirse de las “pintadas” (graffiti) que ensucian paredes, mobiliario urbano, trenes y edificios. Admiro algunos murales urbanos pintados en superficies limpias, pero detesto ver rayas y dibujos por todas partes, sin ton ni son. Se gasta mucho dinero en limpiar –cuando se limpia– lo que se ensucia de manera irresponsable. ¡Y pensar que todavía hay gente que considera que esta falta de civismo es un signo de libertad de expresión! La desconsideración hacia los demás se extiende al uso de los teléfonos móviles en los transportes públicos, al elevado volumen en las conversaciones, etc. Es probable que con la edad uno se vuelva más quisquilloso e intolerante, pero me parece que, reacciones subjetivas aparte, se trata de un asunto de educación cívica o de incivismo. De hecho, hay países donde la mayoría de sus ciudadanos cuidan el ambiente como suyo y otros en los que todo lo público se descuida y se maltrata. Siguiendo el concepto de “ecología integral” defendido por el papa Francisco en la encíclica Laudato Si’, el cuidado del medio ambiente es una expresión de amor a las personas, especialmente a las más pobres. No soy partidario de sancionar con multas todo comportamiento incívico, pero reconozco que en los avances en la seguridad del tráfico, además de la educación vial, juegan un papel importante las multas con las que se castigan las infracciones. Cada vez que viajo de Roma a España, compruebo la enorme diferencia que hay entre ambos países en relación con algo tan sencillo como el respeto a los pasos de peatones. No hace falta decir dónde se respetan y dónde no.

Volviendo al incendio de Gran Canaria me pregunto cuánto dinero se está gastando para sofocarlo. Hay un gran despliegue de personas y medios técnicos. Es indignante que haya que dedicar fondos que tendrían que destinarse a otras necesidades sociales más acuciantes para paliar los posibles crímenes de un descerebrado. Y eso sin contar el riesgo que el fuego supone para las personas y sus propiedades. Gracias a Dios, me parece que las nuevas generaciones son, en general, mucho más sensibles que las anteriores al respeto al medio ambiente. Se ve tan claro el deterioro del planeta que saben muy bien que, de no hacer una apuesta urgente por su preservación, su futuro es muy incierto. Entre todos debemos promover una educación cívica que haga más justa, segura y agradable la convivencia. A veces, pequeños detalles de respeto (como no tirar desperdicios a la calle, reciclar la basura y ahorrar agua) son los que marcan la diferencia y ayudan a crear una nueva conciencia colectiva.

lunes, 4 de mayo de 2020

Regreso al futuro

En Italia hemos entrado hoy en la fase 2 del proceso de normalización de la vida ciudadana. Eso no significa –como nos recuerdan a menudo las autoridades– que haya terminado la pandemia. Se van reduciendo las cifras de contagiados y fallecidos, pero el virus sigue presente entre nosotros. Para los expertos, esta es una de las fases más peligrosas. Corremos el riesgo de bajar la guardia y malgastar el capital de contención acumulado en los casi dos meses de cuarentena. Con algo de temor o con un exceso de confianza, poco a poco volvemos a las actividades suspendidas. Todo el mundo quiere regresar cuanto antes a la vida normal. Bueno, en realidad, yo no quisiera regresar al pasado sino si se me permite jugar con las palabrasregresar al futuro. Ya sé que abusamos mucho del título de la famosa película de ciencia ficción estrenada en 1985, pero es que su título –Back to the future– da mucho juego. Solo se puede regresar al futuro si previamente se ha soñado. Todo sueño anticipa lo que vendrá. Yo desearía que la cacareada “nueva normalidad” no fuera una vuelta a lo mismo de siempre, aunque en mi comunidad hoy todo ha vuelto a ser casi igual que antes. Han regresado a sus puestos de trabajo los empleados externos y hemos recuperado el horario habitual. Los únicos que no hacen lo mismo son los estudiantes de especialización que viven con nosotros. Ellos tienen sus clases on line porque las universidades romanas siguen cerradas. Es probable que ya no abran hasta septiembre.

A mí me gustaría “regresar” a un futuro menos acelerado, con más tiempo para las relaciones y menos para trabajos que se pueden repartir entre más personas. Me gustaría “regresar” a un futuro en el que el progreso fuera consecuencia de la preocupación por el bien de la humanidad y no de los meros intereses económicos. Me gustaría “regresar” a un futuro en el que las tecnologías de la comunicación siguieran desarrollándose, pero sin obligarnos a estar todo el santo día conectados. Me gustaría “regresar” a un futuro en el que muchas personas redescubrieran la presencia de Dios en sus vidas después de los intensos “ejercicios espirituales” que hemos hecho durante los dos meses pasados. Los muchos gestos de solidaridad que estamos observando muestran que el Espíritu de Dios está muy activo en nuestro mundo por más que no siempre sepamos reconocer y agradecer su presencia. Me gustaría, en fin, “regresar” a un futuro en el que hiciéramos nuestra la opción por una “ecología integral” como la que presenta el papa Francisco en la encíclica Laudato Si’. De esta manera, podríamos hacer frente de manera sistémica a problemas como el hambre, el calentamiento global, las migraciones, la violencia, la desaparición de especies animales y vegetales, etc., antes de que seamos víctimas de la sexta extinción masiva por nuestra falta de responsabilidad.

El escéptico que llevo dentro (y que es muy fuerte) me dice que este “regreso” se parece más a una quimera que a un verdadero sueño. Me recuerda que los seres humanos somos olvidadizos y que, superado el pico de la crisis, volveremos muy pronto a nuestro viejo estilo de vida. El soñador que también llevo dentro (y que no muere a pesar de la edad) me sugiere no tirar la toalla, confiar en las sorpresas de la historia y en la capacidad humana de superación. Me anima a ver semillas de vida donde por el momento solo veo el pecio de un enorme naufragio colectivo. El soñador pasa el testigo al creyente. Este espera en la acción misteriosa de Dios en la historia a través de un conjunto de factores cuyo control se nos escapa. Si esta pandemia es un “signo de los tiempos”, tenemos que aprender a interpretarlo. ¿Qué nos quiere decir Dios a través de la experiencia que estamos viviendo? Por último, el “hombre de la calle” que también soy renuncia a especulaciones teóricas y se conforma solo con volver a su trabajo, pagar sus deudas, tomarse una cerveza en una terraza dejándose acariciar por el sol de primavera y poder charlar con las personas a las que quiere. Después de todo, quizás sea este el “regreso” más deseado y más realista.

lunes, 18 de agosto de 2025

No echar más leña al fuego


Los incendios que están asolando la parte occidental de la península ibérica están produciendo graves daños personales, materiales… y morales. En muchas personas está cundiendo un fuerte desánimo. Tras el golpe que supuso la pandemia hace cinco años, ahora los incendios añaden más carga emocional a una situación social que es muy tensa y que deja a las personas sin aliento. La rabia se expresa de mil maneras. Los campesinos y ganaderos culpan a los ecologistas de salón por no permitirles gestionar los bosques como siempre se ha hecho. 

Los políticos se acusan mutuamente de negligencia e impericia. Los pirómanos e incendiarios se aprovechan de lo sucedido. Los equipos de extinción, por lo general mal pagados, están al borde de su resistencia. Los habitantes de los pueblos desalojados cuentan los días o las horas para volver a sus casas mientras hacen balance de los daños. Ver los telediarios de estos días es un ejercicio de resistencia. Se encadenan las noticias y reportajes sobre incendios y otras catástrofes. “¿Qué más nos puede pasar?”, se preguntan muchas personas.


Es muy fácil mantener la calma y prodigar palabras de ánimo cuando uno contempla estos desastres a través de la pantalla del televisor o del ordenador desde la seguridad y comodidad de su casa. Pero todo cambia cuando se padecen en carne propia, cuando las llamas devoran tu casa y el humo intenso hace dificultosa la respiración. Entonces es muy normal dejarse arrastrar por la rabia y la indignación, buscar responsables, imaginar soluciones mágicas, etc. Pocas personas conservan la calma cuando se ven sometidas a una presión física y emocional tan grande. Según los casos, los mensajes de ánimo y solidaridad pueden hasta resultar hirientes. 

A veces, lo mejor es un silencio respetuoso y empático. Y, en la medida de lo posible, extraer lecciones eficaces para el futuro. Hay tragedias inevitables, pero otras se pueden soslayar con una gestión adecuada de los montes y del medio rural. Estos incendios de sexta generación tienen mucho que ver con la despoblación y el vaciamiento de algunas regiones de España y con el abandono “romántico” de los montes. En la naturaleza todo está conectado. La ecología, para que merezca tal nombre, debe ser integral; es decir, debe prestar atención a todos los factores (naturales y humanos) que intervienen en la conservación del medio ambiente.


Confieso que se me ha hecho muy difícil mantener el ánimo festivo de estos días en un contexto de desolación. Es como si sintiera que mi regocijo fuera un atentado contra las personas que están siendo víctimas de tantos desastres o contra quienes están dedicando jornadas de doce horas a trabajar sin descanso en la extinción de los incendios. Hay como un cierto pudor moral que nos lleva a moderar la alegría cuando otros cercanos están sufriendo. 

Es verdad que este pudor no se puede llevar al extremo. De lo contrario, nunca podríamos disfrutar de nada en la vida porque siempre hay en algún lugar del mundo tragedias y sufrimientos incontables. Pero la proximidad es un criterio que nos ayuda a encontrar la actitud correcta. Lo que importa, en este contexto de tanta tensión, es ayudar en la medida de nuestras posibilidades. Y, si esto no es fácilmente viable, al menos no echar más leña al fuego añadiendo críticas inoportunas, esparciendo bulos o prosiguiendo conductas irresponsables, como las de las personas que organizan barbacoas en lugares prohibidos.

jueves, 16 de agosto de 2018

No está prohibido soñar

San Roque no figura en el calendario litúrgico universal. A pesar de su pétreo nombre, no parece tener la consistencia de otros santos de prestigio. Y, sin embargo, es muy popular en buena parte de Francia, Italia y España. No solo él, también su perro. Es raro ver alguna representación escultórica de este santo francés sin encontrar el perro a su lado. Antes de que se pusieran de moda las mascotas, Roque de Montpellier había aprendido a mantener una relación de amistad con su fiel can. Hoy volveremos a recordarlo en el día de su fiesta. Y aprenderemos que, frente al cristianismo subjetivo, Roque fue un hombre que aprendió a vivir como el hombre samaritano del que habla Jesús en su conocida parábola (cf. Lc 10,25-37) y también como la mujer samaritana que le pide a Jesús el agua viva (cf. Jn 4,1-42). Fue un hombre de fe y de caridad, de renuncias y de entrega, de sueños y de compromisos. A pesar de la distancia en el tiempo, todavía representa un modelo para los jóvenes de hoy, que se debaten entre miedos y esperanzas, como se ha puesto de relieve en la vigilia de oración que unos 70.000 jóvenes italianos tuvieron el pasado sábado con el papa Francisco en el Circo Máximo de Roma. 

Muchos jóvenes ven negro el futuro. Temen que, a pesar de su buena formación, no vayan a encontrar un puesto de trabajo a la altura de su competencia y sus deseos. Han experimentado el vértigo de las relaciones interpersonales, pero tienen miedo de formalizar una relación para toda la vida porque en este mundo tan cambiante parece casi imposible establecer compromisos estables. Les gustaría vivir en un mundo más justo y solidario, pero exprimen todo lo que pueden las posibilidades de este mundo consumista y excluyente. Aprecian mucho la familia, pero a menudo convierten el hogar en una estación de servicios que les sirve para aprovisionarse de todo lo necesario (techo, comida, afecto, dinero), con un mínimo de compromiso por su parte. La religión no les dice mucho, pero a veces se enrolan en cofradías o realizan peregrinaciones porque, en el fondo, sienten el cosquilleo del Misterio, aunque les cueste vincularlo a las formas tradicionales. En general, pasan mucho de política, pero tienen sus opiniones acerca de lo que sería mejor para el bien común. Casi todos sienten pasión por la música en cualquiera de sus inmensas variedades y son muy sensibles a la ecología. Es casi imposible encontrar a un joven que no conecte con esta sensibilidad. Y desde luego, la mayoría son adictos a los teléfonos móviles y a las posibilidades de la era digital en la que nos encontramos. No me gusta mucho ver las cosas desde fuera, y mucho menos convertirme en juez de nadie, pero este es el retrato cordial, hecho a grandes rasgos, que me viene a la mente en el día del joven san Roque.

Los jóvenes de hoy son –como no podría ser de otro modo– hijos de su tiempo. Encarnan los valores emergentes y a menudo tipifican también los vicios de nuestra civilización. En general, están mucho más protegidos que los jóvenes de hace treinta o cuarenta años, pero siguen siendo capaces de asumir grandes riesgos. Algunos lo expresan emigrando a otros países en busca de mejores oportunidades laborales. Se han vuelto más pragmáticos para no caer en frustraciones innecesarias. Y, sin embargo, lo que podría darles alas es no renunciar a soñar. Un joven que no sueña, que no imagina que las cosas pueden ser diferentes, envejece antes de tiempo. Los santos –incluyendo Roque de Montpellier– han sido grandes soñadores porque han visto el mundo con los ojos de Dios. Se han dado cuenta de que nada de lo que nos parece definitivo lo es realmente, y de que muchas cosas que parecen imposibles pueden convertirse en reales “porque para Dios nada hay imposible” (Lc 1,37). Por eso, son al mismo tiempo visionarios y creativos, hombres y mujeres de esperanza comprometidos con su tiempo. Cuando uno se acerca a las vidas de los santos, se da cuenta de que no está prohibido soñar.

martes, 1 de octubre de 2019

Yo seré el amor

Octubre llega cargado de acontecimientos. Lo empezamos con la memoria de santa Teresa del Niño Jesús.  Hoy comienza también, por expreso deseo del papa Francisco, el Mes Misionero Extraordinario bajo el lema “Bautizados y enviados. La Iglesia de Cristo en misión por el mundo”. Tendremos ocasión de volver sobre este asunto en los próximos días. Por si fuera poco, del 6 al 27 se celebrará en Roma el Sínodo de los Obispos sobre “Amazonía: Nuevos Caminos para la Iglesia y para una Ecología Integral”. Antes de su inicio, ha dado ya mucho que hablar. Se desplaza el acento del tema central a cuestiones como la posible ordenación sacerdotal de algunos hombres casados para la atención de las comunidades amazónicas, etc. El presidente de Brasil ya ha expresado su malestar por la celebración de un sínodo que considera una injerencia de la Iglesia católica en asuntos que no le conciernen. Veremos qué nos deparan las deliberaciones sinodales. Siguen los ecos de las manifestaciones estudiantes contra el cambio climático. En España se espera un “octubre caliente” por diversos acontecimientos relacionados con la justicia y la política. En otros países (como Portugal o Argentina) habrá elecciones generales.

Yo me fijo hoy en la pequeña Teresa. Transcribo un conocido texto tomado de su Autobiografía. Creo que puede iluminarnos a la hora de saber cuál es nuestra misión en la Iglesia, cómo podemos contribuir a construir el cuerpo de Cristo:

“Al contemplar el cuerpo místico de la Iglesia, no me había reconocido a mí misma en ninguno de los miembros que san Pablo enumera, sino que lo que yo deseaba era más bien verme en todos ellos. En la caridad descubrí el quicio de mi vocación. Entendí que la Iglesia tiene un cuerpo resultante de la unión de varios miembros, pero que en este cuerpo no falta el más necesario y noble de ellos: entendí que la Iglesia tiene un corazón y que este corazón está ardiendo en amor. 

Entendí que sólo el amor es el que impulsa a obrar a los miembros de la Iglesia y que, si faltase este amor, ni los apóstoles anunciarían ya el Evangelio, ni los mártires derramarían su sangre. Reconocí claramente y me convencí de que el amor encierra en sí todas las vocaciones, que el amor lo es todo, que abarca todos los tiempos y lugares, en una palabra, que el amor es eterno. 

Entonces, llena de una alegría desbordante, exclamé: Oh Jesús, amor mío, por fin he encontrado mi vocación: mi vocación es el amor. Sí, he hallado mi propio lugar en la Iglesia, y este lugar es el que tú me has señalado, Dios mío. En el corazón de la Iglesia, que es mi madre, yo seré el amor; de este modo lo seré todo y mi deseo se verá colmado”.

La pequeña Teresa cae en la cuenta de que lo que de verdad construye el cuerpo de Cristo no es un trabajo más o menos especializado, sino el amor que podemos en todo lo que hacemos. Por eso, sin moverse de su convento, fue declarada por Pío XI en 1927, junto con san Francisco Javier, “patrona de las misiones”. Hay muchos laicos, hombres y mujeres, que a veces se sienten incómodos porque desearían comprometerse más con la Iglesia y no saben cómo hacerlo. Imaginan que ser misionero consiste en ir a un país lejano a trabajar por los más pobres o, por lo menos, realizar alguna tarea de compromiso fuera del hogar. No siempre es necesario ni oportuno. Lo que de verdad necesita la Iglesia es contar con gente que haya descubierto el poder revolucionario del amor y que, en las circunstancias normales, de la vida exprese ese amor. ¿Cuántos millones de misioneros y misioneras hay? Pienso en los padres y madres de familia que se desviven por cuidar a sus hijos y nietos, en los trabajadores que realizan su tarea con competencia y delicadeza, en los que tratan a la gente con amabilidad procurando siempre ayudar a quien más lo necesita. La vida está llena de ocasiones en las cuales manifestar el amor que hemos recibido de Dios. Ese es el verdadero corazón de la misión de la Iglesia. Una joven francesa nos ayuda a descubrirlo.



RETIRO CON LOS AMIGOS DEL RINCON DE GUNDISALVUS

Hace unos días escribí sobre el retiro que he pensado organizar con los amigos de El Rincón de Gundisalvus. Ya hemos superado el número máximo de participantes que es 21. Si a lo largo de esta semana os animáis unos cuantos más, podríamos organizar dos tandas: una el fin de semana del 14 al 16 de febrero (ya anunciado) y otra el fin de semana anterior (del 7 al 9 de febrero). Los interesados en esta segunda tanda (primera en cuanto a fecha) podéis escribirme a esta dirección: gonfersa@hotmail.com. Buena semana.

jueves, 18 de febrero de 2021

Geometría imposible

Aunque cada vez me gusta menos escribir sobre política, tarde o temprano tenía que decir algo sobre lo que está sucediendo en mi querida Italia en las últimas semanas. Acaba de empezar el tercer gobierno de la presente legislatura. Hace el número 67 desde 1946. Lo que en otros países sería calificado como una anomalía democrática, aquí se llama “geometría variable”. No olvidemos que estamos en el país en el que las pizzas son redondas, se guardan en cajas cuadradas y se comen en porciones triangulares. No encuentro un símbolo mejor para expresar lo que vivimos. Solo en los pueblos viejos y sabios, con un riquísimo pasado a las espaldas, es posible vivir esta geometría que con los parámetros usados en otros países quizá deberíamos calificar de “imposible” más que de variable. En España, por ejemplo, no estamos acostumbrados a estas sabrosas pizzas políticas.

El imposible gobierno de Mario Draghi es un grupo formado por 23 ministros, de los cuales 8 son técnicos sin afiliación partidista y 15 provienen de 6 partidos políticos distintos y distantes: desde La Liga de Matteo Salvini (situado en un extremo de la derecha) hasta los progresistas Izquierda, Ecología, Libertad (Nichi Vendola) y Partido Democrático (Nicola Zingaretti), pasando por el tradicional Forza Italia de Silvio Berlusconi, el centrista Italia viva de Matteo Renzi y el controvertido movimiento 5 estrellas del cómico Beppe Grillo y sus “grillini”, que parecen hacer honor a su nombre porque algunos cantan (y desafinan) como auténticos grillos.  ¿Cabe algún ingrediente más en esta sopa jardinera?

Supongo que en el resto de Europa se mira con curiosidad lo que está pasando en Italia. Es probable que en otros lugares del mundo no interese tanto. Hay asuntos más urgentes de los que ocuparse. Pero no deja de ser llamativo que ayer Mario Draghi obtuviera 262 votos (de 320 posibles) a favor después de un largo discurso de 50 minutos en el Senado italiano. He leído el texto íntegro y lo he traducido para los lectores del Rincón. En él se nota claramente el influjo del magisterio del papa Francisco. Como anécdota, hace unos diez años se decía con una pizca de ironía que Roma estaba gobernada por dos alemanes.  En efecto, en la cátedra de Pedro se sentaba el alemán Joseph Ratzinger (Benedicto XVI) (2005-2013) y el alcalde era un político cuyo apellido denotaba también raíces germánicas: Gianni Alemanno (2008-2013). Ahora se podría decir que estamos gobernados por dos jesuitas. En el Vaticano está el jesuita Jorge Mario Bergoglio (papa Francisco) y en el palacio Chigi gobierna el jesuita Mario Draghi. No es que el primer ministro italiano pertenezca a la Compañía de Jesús, pero estudió el bachillerato con los jesuitas de Roma y aprendió un modo de hacer (caracterizado por el discernimiento) que lo ha acompañado en los distintos cargos que ha ocupado hasta ahora. Va a necesitar mucho discernimiento y un poco de mano izquierda para no naufragar en la travesía más difícil de su larga vida profesional. 

Como signo de esta sintonía, el profesor Draghi citó expresamente al papa Francisco en su discurso de ayer, algo que no se entendería en países como España, por ejemplo. Transcribo la referencia traducida al español: “Como ha dicho el Papa Francisco, “las tragedias naturales son la respuesta de la tierra a nuestro maltrato. Y creo que si le preguntara al Señor qué piensa, no creo que me dijera que es algo bueno: nosotros fuimos los que arruinamos la obra del Señor”. Proteger el futuro del medio ambiente, conciliándolo con el progreso y el bienestar social, requiere un nuevo enfoque: la digitalización, la agricultura, la salud, la energía, el sector aeroespacial, la computación en la nube, la escuela y la educación, la protección de los territorios, la biodiversidad, el calentamiento global y el efecto invernadero son diferentes caras de un desafío multifacético que ve en el centro el ecosistema en el que se desarrollarán todas las acciones humanas”. En otras palabras, es necesario pasar del ego-centrismo al eco-centrismo. 

No sé lo que nos depararán los próximos meses. Lo más probable es que pronto empiece el pim-pam-pum de los partidos. Pertenece al modo ordinario de hacer política. Uno tiene que justificar su sueldo haciendo oposición. Pero, más allá de las razones de fondo, hay dos razones coyunturales que aseguran una mínima estabilidad: la gestión de los 210.000 millones de euros que Italia recibirá a lo largo de los próximos seis años del Fondo de Recuperación de la Unión Europa (aquí todos lo llaman Recovery Fund, que queda más técnico) y el hecho de que, si se convocan elecciones, el parlamento resultante tendría muchos menos senadores y diputados, tal como se aprobó en referendum el pasado septiembre. Los actuales parlamentarios quieren estirar al máximo la duración de su cargo para no quedarse sin las prebendas que reciben. Creo que la apuesta del presidente Sergio Mattarella por un hombre de experiencia como Mario Draghi puede contribuir a que Italia (como ha sucedido en otras crisis del pasado) salga de esta coyuntura fortalecida y cohesionada. El discurso de Draghi no fue retórico. Evitó los largos circunloquios, tan típicos del modo de hablar italiano, y se refirió a hechos concretos de manera concisa y clara. 

Traduzco las últimas palabras de su discurso: “Este es el tercer gobierno de la legislatura. No hay nada que sugiera que pueda hacerlo bien sin el apoyo inquebrantable de este Parlamento. Es un apoyo que no descansa en la alquimia política, sino en el espíritu de sacrificio con el que mujeres y hombres han afrontado el último año, en su vibrante deseo de renacer, de volver más fuertes y en el entusiasmo de los jóvenes que quieren un país capaz de realizar sus sueños. Hoy, la unidad no es una opción, la unidad es un deber. Pero es un deber guiado por lo que estoy seguro que nos une a todos: el amor a Italia”. Los periódicos italianos han subrayado mucho eso de que “la unidad no es una opción, la unidad es un deber”. Cuando está en juego un bien superior como la necesidad de afrontar una crisis de proporciones colosales, la llamada de Draghi adquiere tonos proféticos. Esperemos que encuentre una respuesta sostenida en el tiempo. El comienzo parece prometedor.


ENCUENTRO ZOOM DE CUARESMA


Día: Viernes, 19 de febrero.

Hora: de 6 a 7,30 de la tarde (hora de España e Italia).

Tema: Antivirus de Cuaresma.

Enlace: