sábado, 6 de julio de 2024

Desde mi ventana


Mi ventana está casi tapada por un exuberante árbol que me protege del sol, pero también me roba luz. Puedo tenerla abierta de par en par, de modo que me entra el aire fresco del noreste, pero también me invaden los mosquitos veraniegos. Como da al jardín interior, me libro del ruido de la calle, pero el ángulo visual es, más bien, estrecho. O sea, que nada es perfecto en esta vida. Toda experiencia tiene siempre un área no evangelizada.

Llegué a Vic el pasado miércoles a media tarde, después de un viaje entretenido desde Madrid. Ayer coincidió con la fiesta de san Miguel de los Santos, patrón de la ciudad, así que en algún momento me uní a los festejos populares. Si bien nació en Vic, fray Miguel vivió en muchos lugares de España (Barcelona, Zaragoza, Oteiza, Madrid, Alcalá de Henares, Valdepeñas, Córdoba, Granada, Socuéllanos, Baeza, Salamanca, Valladolid) en sus cortos 33 años de vida. La verdad es que, aunque he venido muchísimas veces a Vic y en alguna ocasión visité su casa natal, no conocía mucho de la vida de este fraile trinitario (1591-1625).


A cuentagotas van llegando los participantes en el congreso. Oficialmente lo comenzaremos mañana por la tarde. Dispongo de tiempo para saludar a viejos conocidos, traducir mi ponencia al inglés e irme aclimatando a este lugar. Por suerte, el tiempo nos acompaña. La temperatura es suave. Incluso esta mañana y esta tarde hemos tenido un poco de lluvia. 

Antes de empezar el programa de actos y celebraciones, quiero orar un rato a solas en la cripta que alberga los restos de san Antonio María Claret. No podemos reflexionar sobre la espiritualidad claretiana sin sintonizar con el espíritu de quien recibió un don particular en la Iglesia.


Mientras nosotros estamos en esta clave, se consuma la excomunión del arzobispo Viganò, el partido laborista gana por goleada las elecciones del Reino Unido, España celebra una victoria sufrida contra Alemania en la Eurocopa y muchas personas han comenzado ya sus vacaciones de verano. La vida no se interrumpe. 

Es bueno recordar que, en el seno de las experiencias más luminosas, hay siempre un poco de sombra. Y que, toda experiencia oscura, esconde siempre un poco de luz. De esta manera, ni el optimismo exagerado ni la desesperanza gris acaban colonizando nuestra alma.

jueves, 4 de julio de 2024

De nuevo en camino


Voy a pasar casi dos semanas en Vic. Allí celebraremos, del 7 al 15 de este mes, un congreso de espiritualidad con motivo de los 175 años de la fundación de los Misioneros Claretianos. Volveremos a preguntarnos si hay reclamos de espiritualidad en el seno de las sociedades secularizadas. Y hablaremos de búsquedas de sentido, de nuevas expresiones religiosas y rituales, de espiritualidades sin Dios (que parece ser el último grito en el supermercado espiritual contemporáneo) y, en definitiva, de cómo ser mejores misioneros siguiendo las huellas de san Antonio María Claret. 

Mi temor es que sucumbamos a la moda inflacionista que nos rodea por todas partes. El verano es un tiempo propenso a congresos, simposios, cursos intensivos, jornadas de estudio, seminarios y todo tipo de propuestas culturales. En muchos casos se trata de meros pasatiempos revestidos con el papel celofán de la investigación. A la gente del mundo académico le suele gustar adjetivar sus iniciativas con palabras como serio, riguroso, científico, metódico y otras lindezas semejantes. En la mayor parte de los casos se trata de hipérboles que no responden a la realidad, sino solo al prurito de querer aparecer como superiores al resto de los mortales.


Espero que nuestro congreso no pretenda ser serio, riguroso, científico y metódico, sino solamente realista, concreto, experiencial y estimulante. Estamos ya muy cansados de malabarismos lingüísticos y de juegos de palabras, especialmente cuando son ejecutados por personas que dicen una cosa y hacen otra. Sin un mínimo de coherencia vital, los discursos se pierden en el vacío, y más cuando se refieren a algo tan vivencial como la espiritualidad. 

En realidad, tendríamos que partir siempre del testimonio de personas que intentan vivir lo que anuncian, que no son cartógrafos de la geografía divina, sino, más bien, humildes exploradores. Eso es lo que más admiro en un santo de la talla de Claret. Si me queda tiempo, procuraré compartir con los lectores del Rincón algunas de las luces que se vayan encendiendo a lo largo del congreso. Mi ponencia -compartida con mi hermano claretiano y amigo José Cristo Rey García Paredes- será el último día. Ha sido un trabajo al alimón con miles de kilómetros de por medio en el proceso de preparación.


Si me pongo de nuevo en camino no es por el placer de viajar. Hace tiempo que los viajes empezaron a cansarme. No padezco el síndrome de los jóvenes que dedican su tiempo libre a conocer mundo y retrasan el matrimonio y los hijos porque primero quieren viajar, como si esta actividad se hubiera convertido, por arte de Ryanair y las agencias de viajes lowcost, en una opción prioritaria. ¡O viajar o morir!

Me pongo en camino porque he sido convocado. Y quizás porque salir físicamente del propio lugar es una metáfora de esa salida (éxodo) de la propia tierra que implica toda búsqueda espiritual. La rutina no suele ser buena aliada de la espiritualidad. El Espíritu no hace sino descolocarnos continuamente para que no domestiquemos su hálito creador. Espero que la travesía de los Monegros sea leve a pesar de las altas temperaturas que se pronostican para esta jornada de julio.

martes, 2 de julio de 2024

La revista


Acabamos de sacar el número de julio-septiembre de “la revista”. En la redacción no la llamamos por su nombre. Decimos simplemente “la revista”. Nos estamos refiriendo a la revista mensual Vida Religiosa, de la que soy director desde hace casi un año. Cuando llega de la imprenta y comienza su distribución a los subscriptores... respiramos aliviados. Es el último eslabón de una cadena que empieza por la programación de cada número y sigue por el contacto con los articulistas, la revisión de los originales, la maquetación y la impresión. 

Cada mes asistimos a un rápido proceso de gestación y alumbramiento. Hay seis firmas que son fijas todo el año: tres hombres y tres mujeres. Otras van cambiando según las diferentes secciones. Combinamos los artículos de reflexión con la narración de experiencias, las entrevistas, los temas de actualidad y las sugerencias bibliográficas. Incluimos también una propuesta para el retiro mensual de las comunidades y para su formación permanente. Los meses de verano nos tomamos un respiro. En total, publicamos diez números mensuales al año más cinco monográficos que abordan temas de fondo de una manera más extensa.


Es probable que a muchos de los que os asomáis a este Rincón no os importen demasiado estos detalles. Sin embargo, es bueno saber cómo sobrevive una revista impresa dirigida a las personas consagradas en tiempos de eclosión digital. No es una coyuntura fácil. Cada vez que se cierra una casa religiosa (lo que sucede muy a menudo), perdemos una subscripción. Son más las bajas que las altas. En cualquier caso, todavía se cuentan por miles las comunidades religiosas de Europa y América que reciben mensualmente la revista. 

Para el equipo que la confeccionamos, constituye una gran responsabilidad acompañar de cerca esta desafiante etapa de la vida consagrada. Frente a la tentación de pesimismo, debemos ofrecer razones para la esperanza. Frente a la impresión de que todo se acaba, debemos narrar experiencias de vida. Es verdad que hoy cada vez se lee menos y que los medios impresos están perdiendo terreno con relación a los digitales, pero eso no significa que no puedan convivir ambos si saben responder a necesidades específicas.


Confieso que cerrar el número de julio produce alivio porque el siguiente será ya en otoño. La portada que hemos elegido para este número veraniego transmite belleza y sosiego, dos ingredientes que nos parecían imprescindibles para afrontar el periodo vacacional. No hace falta suscribir aquello de que “la belleza salvará el mundo” -como sostenía Dostoyevski- o reconocer que vivimos en la sociedad de la prisa para reivindicar el poder terapéutico de la belleza y el sosiego. Basta apelar a nuestra propia experiencia. La barquita varada en la arena sobre un fondo de cielo rojizo habla por sí misma. A veces, tenemos que echar el ancla y dejar de navegar para recomponernos un poco. Es el mensaje que hemos querido transmitir a los miles de lectores de “la revista”. 

Nosotros no ofrecemos reportajes sobre los famosos (celebrities dicen ahora) ni alimentamos el cotilleo. Nos limitamos abrir los ojos, ver lo que pasa, contarlo y sugerir algunas pistas para el futuro. Una de ellas nos la ofrece el padre Mathew Vattamattam, superior general de los claretianos, a quien hemos entrevistado en el número de julio coincidiendo con el 175 aniversario de la fundación de nuestra congregación. Tendré ocasión de escribir sobre esta efeméride en los próximos días. Sus palabras resultan proféticas en el contexto de polarización en el que vivimos: “Hoy estamos llamados a integrar, no a separar”. ¡Pues eso!



lunes, 1 de julio de 2024

Hay luces rojas encendidas


Veo que hay políticos y periodistas que se llevan las manos a la cabeza ante los resultados de la primera vuelta de las elecciones legislativas francesas. Enseguida se han multiplicado los mensajes de alarma: “¡Ojo, la ultraderecha está aquí!”. El periódico español El País se apresta a pedir “unidad frente a la extrema derecha” en un editorial claramente ideológico. 

¿Qué significa esto? ¿Por qué crece en Europa, también entre los jóvenes, la tendencia a votar a partidos tildados de ultraderecha? ¿Por qué se sorprenden tanto de esta tendencia quienes han estado dominando, desde posiciones liberales y socialdemócratas, el panorama político y cultural en las últimas décadas? No creo que la respuesta a estas preguntas se pueda reducir a una o dos razones, pero intuyo que hay varios elementos que pueden arrojar algo de luz. 

El primero se podría resumir con la palabra “hartazgo”. Un número creciente de ciudadanos europeos (desde los jóvenes hasta los agricultores y trabajadores autónomos pasando por los pensionistas y los sanitarios) está harto de un modo de hacer política que se ha ido alejando de las necesidades y preocupaciones de la gente, se ha deslizado hacia cuestiones muy ideológicas y se ha enredado en una burocracia costosísima, endogámica y con frecuencia corrupta. La gente no quiere seguir pagando impuestos que no se traducen en una mejora significativa de la calidad de vida o ser catequizada por quienes han sido votados para cumplir otros deberes. En pocas palabras, los jóvenes no quieren vivir peor que sus padres y abuelos, ni ser anestesiados con un modo de vida que promueve el entretenimiento permanente más que el trabajo digno y el sacrificio.


El segundo elemento es el desprecio a la Tradición. Las élites globalistas quieren hacer tabula rasa de las raíces culturales (también cristianas) de Europa en aras de una especie de tecnocracia que reduce a los ciudadanos a piezas manipulables de un engranaje dominado por la tecnología en el que los criterios humanistas se van difuminando hasta desaparecer. Las legislaciones en favor del aborto, la eutanasia, el cambio de sexo, etc. serían solo la punta de un iceberg ético y cultural mucho más profundo. 

Todo lo ligado a nuestra herencia cristiana se considera retrógrado y obsoleto. El progresismo exige “avances” que nos lleven a una patria inexistente. ¿Hace falta ser estúpido como para no comprender que cuando se banaliza o se desprecia lo que nos ha nutrido durante siglos, cuando se pretende reescribir la historia, se están poniendo las bases de una reacción defensiva que puede ser claramente desproporcionada y hasta beligerante? 

El tercer elemento tiene que ver con un globalismo entendido de manera superficial. Cuando muchos europeos asisten impotentes a una progresiva islamización de la sociedad en nombre de la democracia y los derechos humanos, se preguntan qué tiene que ocurrir para que nos demos cuenta de las consecuencias que esto tendrá a medio y largo plazo, precisamente en relación con la democracia y los derechos humanos.


El desafío no es luchar contra la ultraderecha, como proponen hoy muchos políticos y comunicadores, sino hacer una profunda autocrítica de los factores que han conducido a su crecimiento. Como la historia nos muestra, cuando la democracia se convierte en partitocracia y se corrompe, se ponen los cimientos para propuestas autoritarias e incluso totalitarias. Cuando no se integra la Tradición en la modernidad y se desprecian las raíces culturales, se provoca la reacción del tradicionalismo. Cuando la multiculturalidad se convierte en un ideal en sí mismo, sin un proyecto común de sociedad, se despiertan los demonios xenófobos que todos llevamos dentro. 

Creo que, a lo largo de los años, he compartido desde este Rincón puntos de vista y propuestas que en nada se parecen a las que sugieren los llamados movimientos y partidos de ultraderecha, tanto en campo social como eclesial. Creo que, en general, sucumben a la tentación de proponer recetas fáciles para problemas complejos, pero eso no significa que pase por alto el descontento del que se hacen eco, el anhelo de valores sólidos que no sucumban a la volatilidad e incertidumbre con las que hoy sobrevivimos.

El auge de la ultraderecha en Europa y Estados Unidos (que irá a más en los próximos años) es una luz roja que se enciende para advertirnos de que algo estamos haciendo mal en nuestra autosatisfecha cultura liberal, de que hemos traspasado algunas líneas que ponen en riesgo nuestro futuro como humanidad. Antes de mirar la paja en el ojo ajeno veamos la viga que llevamos en el nuestro. No hay mal que por bien no venga.


domingo, 30 de junio de 2024

Basta un pequeño toque


Cerramos el mes de junio con la celebración del XIII Domingo del Tiempo Ordinario. A diferencia de lo que sucedió en 2022, este año el mes de junio ha sido benigno. Hoy incluso tenemos una temperatura fresca en Madrid. Esto ayuda a cerrar la primera mitad del año con calma, sin los agobios de otros veranos tórridos. 

Es probable que muchas personas hayan comenzado ya este fin de semana sus vacaciones estivales. Es la oportunidad para detenerse y no hacer nada. Por desgracia, casi todos caemos en el error de llenar las vacaciones de cosas. El negocio acaba imponiéndose al ocio, pero de esta propensión a llenar el tiempo de actividades (aunque sean lúdicas) podemos hablar otro día.


En el Evangelio de hoy, Marcos nos cuenta dos historias en un solo relato: la de una niña de doce años que está a punto de morir y la de una mujer que padece flujos de sangre desde hacía doce años y que ningún médico había podido curar. A primera vista, parece un error redaccional, como si inadvertidamente una historia se hubiera insertado en otra rompiendo el hilo narrativo, pero las cosas no son tan simples. Marcos tiene una clara intención al proceder de esta manera. 

En ambos casos se habla de mujeres (tengamos en cuenta que en hebreo el término Israel es femenino) y se hace referencia a periodos de doce años. Es obvio que este número repetido alude a las doce tribus de Israel, que -como la mujer hemorroísa o la niña moribunda- se encuentran “desvitalizadas”, han perdido el vigor para vivir (la sangre es vida). En realidad, Marcos no pretende contarnos dos historias privadas, sino ofrecernos una catequesis para Israel.


El núcleo central de esta catequesis es claro: el único que puede curar a Israel de sus graves enfermedades o incluso levantarlo de la muerte es Jesús. La mujer con la hemorragia lo sabe. Por eso, intenta por todos los medios tocar a Jesús en medio del gentío, sabiendo que ese toque -como indica la Ley (cf. Lev 15,19-24)- convertiría a Jesús en un hombre impuro. Incluso hoy los judíos más ortodoxos siguen prisioneros de este tabú. 

La mujer hemorroísa no llega a tocar la carne del Maestro, sino solo el borde del manto. Jesús se da cuenta de que ha salido de él una energía curadora. La mujer se le acerca asustada porque sabe que ese toque ha contaminado a Jesús, pero él no se deja amedrentar. Va más allá de cualquier tabú. No se fija en las normas de pureza legal, sino en la actitud creyente de la mujer: “Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud”. 

En el caso de la hija de Jairo, es Jesús quien la toca y pronuncia las palabras de vida: “Talitha qumi (que significa: contigo hablo, niña, levántate)”. Marcos acentúa la autoridad de la palabra de Jesús sobre la muerte porque -como leemos en la primera lectura del libro de la Sabiduría- “Dios no hizo la muerte ni goza destruyendo los vivientes”.

¿Todavía hay que añadir algo para comprender que Jesús va más allá de cualquier tabú (de ayer y de hoy) y que lo único que pide no es la pureza absoluta sino un poco de fe? Si comprendiéramos a fondo esta actitud del Maestro y la aplicáramos a las complejas situaciones que hoy vivimos, muchas cosas cambiarían en la praxis de la Iglesia. ¡Por suerte, muchos cristianos caminan en esta dirección!



sábado, 29 de junio de 2024

A propósito de Pedro y Pablo


San Pablo siempre queda en la sombra cuando aludimos a la solemnidad de los santos Pedro y Pablo que celebramos hoy. De hecho, la mayoría de la gente, cuando piensa en el 29 de junio, habla, sin más, de la fiesta de san Pedro. Solo los calendarios y libros litúrgicos añaden al nombre del apóstol pescador el del apóstol predicador. Este olvido popular nos habla de la dificultad de integrar bien la institución y el carisma en la vida de la Iglesia. 

Otros años he escrito ampliamente sobre estos dos pilares de la Iglesia primitiva. Hoy prefiero fijarme en las tensiones que estamos viviendo en la Iglesia actual. Unos hablan de la creciente desafección hacia el papado de Francisco (aduciendo ejemplos concretos, que van desde el cisma de las clarisas de Belorado a la actitud desafiante del arzobispo italiano Carlo Maria Viganò, que acaba de publicar su particular J'accuse). Otros, por el contrario, ensalzan los diez (once) años de primavera eclesial con Francisco y animan a seguir haciendo cambios más valientes en la vida de la Iglesia.  

¿Con qué carta nos quedamos? Es muy probable que la mayoría de los cristianos, ajenos a estos extremos, sigan viviendo su fe con serenidad o, si acaso, con un sentimiento de confusión y extrañeza, sin saber muy bien qué postura tomar. Parece un asunto de otros, una cuestión mediática, más que algo que afecta de lleno a la vida personal.


La fiesta de san Pedro y san Pablo me da la oportunidad de compartir 10 reflexiones breves, escritas a vuelapluma, por si ayudan a discernir lo que estamos viviendo evitando caer en el escepticismo (todo da igual) o en la polarización (mi postura extrema es la única que vale).

1. La Iglesia es mucho más que una gigantesca y heterogénea comunidad humana regida por líderes de carne y hueso, con sus virtudes y defectos. Es, ante todo, una creación del Espíritu de Jesús que la va guiando por los intrincados caminos de la historia. Sin la acción del Espíritu Santo, la Iglesia queda reducida a una multinacional de servicios religiosos, pero deja de ser la comunidad de los seguidores de Jesús, el Pueblo de Dios peregrinante.

2. Guiada por este mismo Espíritu, la Iglesia ha ido formulando su fe a lo largo de los siglos, ha ido iluminando desde el Evangelio las complejas situaciones humanas y ha ido dando forma a los sacramentos que son signos e instrumentos de la gracia de Dios. Entre dogma, norma y rito hay una coherencia interna que debe ser mantenida, pero no como un “depósito” fosilizado, sino como una expresión de vida que crece y madura, sin que este crecimiento signifique traición a los orígenes. Los cristianos nos adherimos, sobre todo, a una persona (Jesús), no a una doctrina, siempre perfectible. Donde hay vida, hay cambio.

3. La necesaria unidad de la Iglesia no significa uniformidad. Es la unidad que refleja la unidad trinitaria; por tanto, se realiza en la diversidad del amor. La aplicación de este principio a la vida de las comunidades tiene muchas consecuencias prácticas que podrían resumirse en el adagio: “En las cosas necesarias, unidad; en las opinables, libertad; en todo, caridad”. Es evidente que este principio no se está aplicando en muchas de las controversias actuales, que se caracterizan por una fortísima intolerancia hacia quienes son considerados heterodoxos. Creo que fue el dominico francés Garrigou-Lagrange quien dijo algo parecido a esto: “La Iglesia es intolerante en los principios porque cree, pero es tolerante en las prácticas porque ama. El mundo, por el contrario, es tolerante en los principios porque no cree, pero es intolerante en las prácticas, porque no ama”.

4. Un concilio ecuménico (y el Vaticano II lo fue) es la expresión solemne de la potestad del Colegio de los Obispos sobre toda la Iglesia (cf. CIC, 337). El Colegio de los Obispos es “el sujeto de la potestad suprema y plena sobre toda la Iglesia” (CIC, 336). Cuenta con la asistencia del Espíritu Santo. Renegar del Concilio Vaticano II por considerar que ha sido infiel a la “sana Tradición” y oponer la llamada “Iglesia conciliar” a la “Iglesia tradicional” es una de esas falacias diabólicas que ahora se han puesto de moda y que no tienen el más mínimo fundamento teológico o canónico. Todas las teorías “sedevacantistas” -tan del gusto de algunas personas y grupos que inundan las redes sociales- no resisten el más mínimo control histórico o dogmático, por más que se aduzcan argumentos especiosos “sub angelo lucis”.


5. No es obligatorio que los pastores de la Iglesia (comenzando por el Papa) nos resulten simpáticos o sintonicen con nuestro estilo personal de ser cristianos. La fe no se basa en simpatías o antipatías o en afinidades ideológicas, sino en la adhesión personal a Jesucristo y en la aceptación de las mediaciones históricas que él ha querido. Por tanto, no obedecemos al Papa como pastor supremo porque nos caiga bien o dejamos de participar en la Eucaristía dominical porque quien preside resulte aburrido o simpatice con opciones políticas que no son las nuestras. Sin este salto de conciencia, viviremos una permanente inmadurez.

6. Para que la Iglesia siga siendo fiel a su esencia, es preciso que exista y se garantice dentro de ella una sana libertad de expresión. Por tanto, es deseable que los historiadores, biblistas, teólogos, canonistas, moralistas, liturgistas, pastoralistas, etc. debatan todo aquello que es opinable y que ayuda a actualizar el mensaje del Evangelio. Es preciso que exista también una vigorosa opinión pública. En cualquier caso, lo que cuenta es la fuerza de los argumentos, no las descalificaciones de las posturas opuestas y mucho menos los insultos a las personas o el estilo comunicativo zafio y descortés. Lo que uno no se atrevería a decir a la cara de otra persona no debería decirlo amparándose en el anonimato de las redes sociales.

7. Frente a las campañas mediáticas de acoso y derribo en uno y otro sentido, lo que la Iglesia debe favorecer -dentro del más puro estilo sinodal- es la creación de foros de discernimiento en los que las personas, a todos los niveles (parroquial, diocesano, nacional, regional, continental)- puedan escuchar con respeto las opiniones de los demás, expresar con libertad las propias,  y entrar todos en una dinámica de discernimiento guiados por la luz de la Palabra de Dios y en clima de oración. Sin este ejercicio comunitario y audaz de discernimiento, estamos abocados a una permanente y destructiva cacofonía que desangra a las comunidades y mina la credibilidad evangelizadora de la Iglesia. 


8. Corresponde a los pastores de la Iglesia (párrocos, obispos, etc.) entrar en diálogo con las personas que se muestran más díscolas con la Iglesia, de modo que, a través de la acogida y el diálogo, se puedan iluminar las situaciones de confusión y aclarar los verdaderos motivos que están detrás de muchas posturas críticas. A menudo, las personas más beligerantes en los foros anónimos de internet, se vienen abajo cuando son tratadas con el respeto que ellas no muestran, y son escuchadas y acompañadas en un proceso de discernimiento. No es infrecuente que, tras la apariencia de una discusión dogmática, canónica, litúrgica o pastoral, se agazapen inconfesados motivos afectivos, políticos, económicos o de poder.

9. Hay una sana discrepancia (como la que pudo existir en algún momento entre Pedro y Pablo) que hay que saber vivir sin escandalizarse y sin romper por ello la unidad fundamental. Toda persona madura sabe distinguir entre el nivel personal (en el que todo ser humano es digno y respetable) y el nivel de las opiniones (en el que puede haber desacuerdos legítimos). En cualquier caso, no es sano arrogarse la autoridad del Espíritu Santo para defender posturas que contrastan abiertamente con las del magisterio legítimo de la Iglesia.


10. Mientras peregrinemos por este mundo, nunca vamos a vivir la unidad perfecta que todos los días le pedimos a Dios y que es una gracia escatológica. Es necesario, pues, aprender a convivir con las tensiones más o menos intensas, a tomar las medidas necesarias en caso de fuertes conflictos y, sobre todo, a tener una gran paciencia con todos, como Dios la tiene con cada uno de nosotros. Cobran actualidad las palabras de Pablo en su carta a los romanos: “Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros” (Rm 5,8). Aprender a “morir” al propio punto de vista, por impecable que parezca, es a menudo la mejor expresión de humildad y de amor a la verdad.

jueves, 27 de junio de 2024

El rosario de mi madre


Yo le había regalado algunos rosarios que recibí directamente de las manos de san Juan Pablo II y del papa Francisco. Le había traído también preciosos rosarios hechos con pétalos de rosa de Tierra Santa o de Fátima. Ella los guardaba cuidadosamente en su mesilla de noche como un tesoro precioso…, pero no los usaba. Su rosario cotidiano era el más sencillo de todos: unas cuentas de plástico fosforescente de color celeste como las que se distribuyen a granel en las grandes concentraciones religiosas. Lo tenía guardado en el cajetín de su andador, junto al librito que contenía el evangelio de cada día, el teléfono móvil, algunos pañuelitos de papel y otras menudencias. 

A la hora de amortajar su cadáver no lo dudamos ni un segundo: el rosario que debíamos poner en las manos de mi madre no era el más hermoso de los que tenía guardados, sino el que ella usaba a diario; es decir, el rosario sencillo de plástico, algo descolorido por el uso cotidiano. Para ella, no era un simple elemento decorativo. Durante muchos años, había sido su instrumento de trabajo. Orar por los demás es lo mejor que podemos hacer en la vida, aunque sea con un rosario sencillo, como los que usan las personas acostumbradas a rezarlo.


Confieso que en sus años de madurez mi madre no solía rezar el rosario de forma regular, pero, una vez entrada en la ancianidad, se convirtió en un hábito. Normalmente lo rezaba ella sola después del desayuno, pero en ocasiones lo compartía conmigo o con alguna de mis hermanas. A ella le gustaba rezarlo entero, incluyendo las letanías y otras oraciones que había ido aprendiendo de los distintos párrocos. La repetición regular de los misterios gozosos, luminosos, dolorosos y gloriosos de Cristo le ayudó a comprender mejor los diferentes misterios de su propia existencia.

Como en la vida de todos nosotros, también en la suya hubo un poco de todo: experiencias de mucho gozo y alegría, momentos de luz y encrucijadas de dolor. Lo que importa es que la última palabra, la que dé sentido a todas las demás, sea una palabra de gloria. La carta a los romanos nos ofrece la clave: “Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; así que, ya vivamos ya muramos, somos del Señor” (Rm 14,8).


Recuerdo que hace años me gustaba escuchar la versión que María Dolores Pradera hizo de una canción titulada “El rosario de mi madre”, compuesta por el peruano Mario Cavagnaro Llerena. La letra hablaba, en efecto, de un rosario: “Devuélveme el rosario de mi madre / y quédate con todo lo demás. / Lo tuyo te lo envío cualquier tarde, / no quiero que me veas nunca más”. Pero es evidente que el contenido de la canción no aludía a una experiencia religiosa, sino a una historia de amor despechado. 

El rosario de plástico de mi madre se ha ido a la tumba con ella. Así lo quisimos sus hijos y así lo hubiera deseado ella. Pero nos quedamos con los muchos rosarios que rezamos juntos, tanto en su versión larga, como reducidos a la mínima expresión, que fue la práctica en las últimas semanas. Los miles de avemarías desgranadas a lo largo de la vida han sido como gotas de gracia que, poco a poco, han ido horadando la roca del miedo y la desconfianza hasta convertirla en un pequeño lago de misericordia. Cobran mucha fuerza ahora las palabras tantas veces repetidas: “Ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte”. Sí, el rosario de mi madre es todo un símbolo de fe y resistencia hasta el final.