martes, 12 de noviembre de 2019

¿Frentistas o pactistas?

¿Por qué la vida política es tan compleja? Lo que sucedió el pasado domingo en España parece seguir un guion que ya hemos visto en otros lugares. No soy ningún adivino, pero el pasado 18 de septiembre escribí que a Pedro Sánchez podría salirle el tiro por la culata al convocar nuevas elecciones. Y así ha sido. David Cameron quiso salir fortalecido dentro del levantisco Partido Conservador británico. Para ello convocó el referéndum sobre el Brexit con el convencimiento de que lo iba a ganar. Lo perdió. Juan Manuel Santos convocó a los colombianos a votar a favor del acuerdo firmado con las FARC y de paso salir fortalecido. Lo perdió. Matteo Renzi también hizo un referéndum en Italia sobre la reforma constitucional del que esperaba salir victorioso. Lo perdió. Pedro Sánchez convocó nuevas elecciones en España con la esperanza de obtener los suficientes diputados como para no depender de los demás partidos y de esta manera reafirmar su liderazgo en el PSOE. Ha ganado las elecciones, pero ha perdido votantes y diputados, de manera que la situación es ahora más complicada que el pasado mes de abril. Los analistas políticos están poniendo sobre la mesa los muchos factores que han influido en los resultados, pero hay un denominador común. Cuando el votante intuye que un líder político prima sus intereses personales sobre el bien común, acaba castigándolo. Tenemos ejemplos suficientes en los últimos años como para no seguir cometiendo los mismos errores.

Algunos analistas políticos creen que el tradicional “bipartidismo” ha sido sustituido por el moderno “bibloquismo”. Ya no hay dos partidos en liza (PSOE y PP), sino dos bloques: el de izquierda (PSOE, UP, MP) y el de derecha (PP, CS, Vox). Ninguno de los dos reúne el suficiente número de escaños como para lograr la mayoría absoluta. Los bloques tienen a gala no pactar con el bloque “enemigo” porque consideran que sus políticas son “diametralmente” (este adverbio es muy usado por los políticos) opuestas. En algunos puntos es evidente, pero hay otros muchos en los que podrían llegar a acuerdos si tuvieran como objetivo el bien común y la estabilidad que el país necesita. ¿Se llegará esta vez a algo parecido? Me temo que no. En otros países se ha hecho. Los beneficios han sido significativos. No creo que en España se produzca este “milagro” democrático. Se habla de pactos dentro de cada bloque, pero no de pactos que rompan los bloques. Provenimos de una cultura frentista y poco pactista, aunque ha habido excepciones muy significativas, desde los Pactos de la Moncloa (1977) y la aprobación de la Constitución (1978) hasta acuerdos más recientes; por ejemplo, el Pacto de Toledo (1995) sobre las pensiones. Para llegar a algo semejante hoy se necesitarían líderes menos egocéntricos, con una clara visión de la historia pasada y con una mirada de largo alcance. Y se necesitaría, sobre todo, una idea de estado que integrara las diversas visiones que se han ido abriendo paso en los últimos años.

El concepto de pacto o de “alianza” tiene un fuerte fundamento bíblico. La Eucaristía se presenta como el gran sacramento de la “nueva alianza”. Ahora bien, no se crea una realidad nueva sin aceptar la propia muerte. Todo pacto implica “morir” a algo de uno mismo para “resucitar” a una nueva realidad. Sin esta lógica pascual, no hay forma de superar la lógica de frentes o bloques. No es, pues, una cuestión de aritmética política, sino de un sueño compartido. La Unión Europa, por ejemplo, se fue abriendo paso  entre países que se habían enfrentado hasta la sangre en numerosas ocasiones a lo largo de la historia (y, de manera, brutal en el siglo XX). Nada hacía prever, por ejemplo, que fuera posible sentar juntos a alemanes y franceses. Y, sin embargo, se fue haciendo un camino. Los frutos son evidentes, por más que hoy muchos (desde dentro y desde fuera) cuestionen la Unión y hagan todo lo posible por torpedearla. 

Pareciera que los seres humanos somos genéticamente frentistas más que pactistas, como si los acuerdos y la paz fueran solo paréntesis en una historia dominada por los enfrentamientos y la guerra. Nos cuesta construir juntos. Preferimos afilar las armas y batirnos en campo abierto. Esperemos que haya algunos líderes con una visión más profética y ciudadanos con ganas de caminar juntos y no enfrentados. Como cristiano, creo que “ahora, gracias al Mesías Jesús y en virtud de su sangre, los que un tiempo estabais lejos, estáis cerca. Él es nuestra paz, el que de dos hizo uno, derribando con su cuerpo el muro divisorio, la hostilidad; anulando la ley con sus preceptos y cláusulas, creando así en su persona, de dos una sola y nueva humanidad, haciendo las paces” (Ef 2,13-15). Cuando uno acepta morir por el bien de los demás, no hay muro que se resista.

lunes, 11 de noviembre de 2019

Siete miniconsejos

Este lunes amanece con muchos frentes abiertos: los resultados electorales en España, la renuncia de Evo Morales como presidente de Bolivia y hasta el tiempo invernal que afecta a casi toda la península ibérica. Yo tomo distancia de todos estos acontecimientos y me fijo en un hecho menor a raíz de una conversación que tuve hace unos días. Me gustaría reflexionar en voz alta sobre las relaciones de poder que se dan en los grupos humanos y particularmente en el ámbito de las parroquias. Si el párroco es muy autoritario y tiene una concepción monárquica de su servicio, fácilmente orilla a sus colaboradores y entiende el papel de los laicos como meros subordinados. Si es muy tolerante –o incluso muy débil– otros “poderes fácticos” (laicos con muchos años de servicio, personalidades intransigentes o astutas, personas desequilibradas) ocupan su espacio extralimitándose en sus competencias. El conflicto está servido. El clericalismo de los sacerdotes es una enfermedad que mata la vida de las comunidades parroquiales, pero el clericalismo de los laicos no se queda atrás. En estos casos, es muy frecuente que cada uno dé su versión, acuse a las otras facciones de intervencionismo y falta de competencia. Pocos se arriesgan a tomar distancia y ver las cosas con más perspectiva. ¿Cómo afrontar una situación así?

A la luz de varias experiencias vividas o conocidas en contextos culturales y eclesiales muy diversos, me atrevo a sugerir algunas pistas:

1) La vida de una parroquia tiene una historia que conviene conocer, apreciar y proseguir. Por tanto, salvo excepciones muy graves, nunca es saludable que venga un nuevo párroco y haga tabula rasa de todo lo que se ha hecho antes de él, como si él fuera un mesías liberador. Lo mejor es que, de entrada, prosiga en una línea de continuidad y desarrollo. Esto afecta también al equipo de colaboradores.

2) Por otra parte, de vez en cuando es necesario resetear la parroquia para no acabar siendo víctimas de las rutinas, del “siempre se ha hecho así” y, en definitiva, de la parálisis. Pero este reseteo (o “conversión pastoral”·, por usar una expresión del papa Francisco) no puede ser una imposición del párroco o de algunos iluminados, sino el fruto de un proceso de discernimiento en el que el párroco tiene que asumir el liderazgo que pastoral y canónicamente le corresponde.

3) No es justo humillar a las personas que han prestado servicios durante muchos años. Si parece oportuno sustituirlas, hay que hacerlo con delicadeza, reconociendo su contribución a la vida de la parroquia y ofreciéndoles la posibilidad de seguir colaborando de otra manera. Esto afecta a catequistas, encargados de los servicios sociales, liturgia, económicos, etc.

4) Es necesario que haya un consejo pastoral que represente la diversidad de la parroquia y que asuma sus funciones con responsabilidad. En el marco de sus deliberaciones se pueden afrontar con transparencia y respeto los conflictos que surjan. Al párroco le toca favorecer la libre expresión de los miembros y moderar las intervenciones buscando siempre el bien común, no el triunfo de un grupo sobre otro.

5) Una parroquia acoge a cristianos de muy diversas sensibilidades. No es prudente ni eficaz hacer parroquias monocolores en las que todos sean de la misma línea y se imponga un estilo un poco talibán. En este sentido, hay que evitar que algunos movimientos o grupos “colonicen” espacios que por su naturaleza eclesial deben estar abiertos a todos. De no hacerlo, tarde o temprano surgirán graves conflictos.

6) Cuando una parroquia se mira demasiado el ombligo, los problemas menores (de tipo relacional, organizativo, económico, etc.) se conviertan en montañas infranqueables. Cuando la parroquia se concibe como una comunidad misionera, abierta a nuevas personas, preocupada por testimoniar el Evangelio en nuevos contextos, los problemas que son solo minucias intestinas desaparecen.  

7) El párroco debe acompañar de cerca la vida de la parroquia, incluso con una presencia física estable, de modo que cualquier persona pueda acceder a él con facilidad. Cuando está ausente con frecuencia, debido a otros compromisos pastorales o personales, la vida de la parroquia se resiente. La presencia del párroco es un factor de primer orden para que una parroquia crezca con serenidad y, de este modo, se puedan prevenir los conflictos antes de que estallen.

domingo, 10 de noviembre de 2019

El cielo no puede esperar

Mientras escribo la entrada de hoy, XXXII Domingo del Tiempo Ordinario, veo los copos de nieve por la ventana. En el rincón en el que me encuentro todo tiene la belleza del invierno. Los tejados están ya blancos. La temperatura no sube de los 0 grados. Las televisiones solo hablan de esta ola de mal tiempo y, por supuesto, de las elecciones generales que hoy se celebran en España. La liturgia de este domingo no habla ni de nieve ni de elecciones. Fija su mirada en la vida que tendremos “en el mundo futuro”. Tanto la primera lectura (2 Mac 7,1-2.9-14) como el Evangelio (Lc 20,27-38) abordan el asunto de la resurrección de los muertos. Dos siglos antes de Cristo se va abriendo paso la fe en una vida futura. Las dificultades de la existencia –incluidas la persecución y la muerte– se afrontan de otra manera cuando “se tiene la esperanza de que Dios mismo nos resucitará”. 

Más de veinte siglos después de Cristo, ¿qué pensamos nosotros? Siempre me sorprende que cuando se hacen encuestas a la población en general y a los creyentes en particular, la fe en la resurrección obtiene puntuaciones muy bajas. Hay muchas personas que consideran que la muerte supone un fin absoluto. La observación externa de lo que sucede con un cadáver les daría la razón. Y, por otra parte, como solía repetir irónicamente mi abuelo materno: “Hasta ahora nadie ha regresado de la otra vida para contarnos qué pasa allí”. En tiempos de fuerte racionalismo y cientifismo como los nuestros, resulta absurdo seguir creyendo en un mundo futuro. ¿Tendremos que acabar arrinconando también nosotros la fe en la resurrección como una antigualla? ¿O será mejor que nos fiemos de Pablo cuando dice que “si no hay resurrección de muertos, Cristo tampoco resucitó. Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe” (1 Cor 15,13-14).

La luz nos viene del Evangelio de hoy. Los saduceos –que eran ricos, conservadores y no creían en la resurrección (lo que hoy podríamos denominar la “derecha laica”)– le cuentan a Jesús una historieta absurda (la de la mujer que es esposada sucesivamente por  siete hermanos) para preguntarle de cuál de ellos será esposa en la otra vida. Era una forma irónica de considerar ridícula una creencia de ese tipo. Jesús no entra en las discusiones legalistas que tanto gustan a quienes hacen del derecho una forma de engaño y extorsión. Simplemente juega la partida en otro campo. Nos regala tres puntos de luz que nos ayudan a afrontar el futuro de otra manera. 
  • El primero es el más radical: Dios no ha creado el mundo y a los seres humanos para la aniquilación o para el simple reciclaje perpetuo (la reencarnación de los hindúes), sino para la vida, porque él no es un Dios de muertos, sino de vivos. 
  • El segundo responde a la trampa de los saduceos: la resurrección no es, sin más, la prolongación ad infinitum de la vida terrena upgraded (mejorada) porque “los que sean juzgados dignos de tomar parte en el mundo futuro y en la resurrección de entre los muertos no se casarán ni ellas serán dadas en matrimonio. Pues ya no pueden morir, ya que son como ángeles; y son hijos de Dios, porque son hijos de la resurrección”. O sea, que la vida del mundo futuro es una vida nueva. No hay palabras humanas para expresar algo tan diferente e inefable. Resucitar significa compartir la vida de Dios. 
  • Por último, dado que no podemos expresar en conceptos humanos algo tan nuevo, es mejor fiarnos de la palabra de Dios y renunciar a especulaciones que son solo proyecciones de nuestros deseos humanos. La vida del mundo futuro es algo “que ni ojo vio, ni oído oyó, ni han entrado al corazón del hombre, son las cosas que Dios ha preparado para los que le aman” (1 Cor 2,9).
Nadie nos obliga a creer lo que internamente no vemos como creíble. La fe nunca es el resultado de una ecuación perfecta. Pero es muy probable que cuanto más vivamos esta vida terrena con intensidad, más intuyamos que el proyecto de Dios para cada uno de nosotros trasciende la barrera de la muerte. Con los santos y los místicos de todos los tiempos, vamos comprendiendo que la muerte es solo la puerta de entrada en ese “mundo futuro” del que Jesús habla (el mundo de Dios) y sobre el que apenas dice nada más. Nuestra vida terrena se convierte así en un largo embarazo que prepara el nacimiento a la vida definitiva. Hay continuidad en una inimaginable discontinuidad. Quienes viven en Dios cada vez perciben con más claridad que ya hay destellos de la “otra” vida en “esta” vida que conducimos ahora. Quienes viven del amor están anticipando el cielo en la tierra porque Dios es amor. Este cielo (y no las quimeras que nosotros inventamos) no puede esperar. Estamos llamados a vivir en el amor y del amor ya, aquí y ahora. Entonces, desearíamos con más intensidad la plenitud de Dios. 


viernes, 8 de noviembre de 2019

Evangelio y posverdad

En realidad, el título que había pensado para la entrada de hoy era: ¿Good news o fake news? Pero comprendo que no todos los lectores tienen por qué saber inglés, así que he escrito otro en castellano. Más allá del título, lo que importa es el asunto. En un momento en el que las “noticias falsas” han adquirido carta de naturaleza, hasta el punto de que el diccionario de la RAE ha incorporado el término “posverdad” (del inglés “post-truth”) que significa “distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales”¿qué sentido tienen las “buenas noticias”? 

En otros tiempos, a esta “distorsión deliberada” la hubiéramos llamado redondamente engaño. Hoy se ha convertido en un arma usada por políticos y creadores de opinión para salirse con la suya, aunque la realidad vaya por otro camino. Lo que importa no es lo que sucede, ni siquiera lo que yo percibo, sino lo que me interesa contar con el fin de manipular la opinión de los demás. Llegará un día –si es que no ha llegado ya– en que nos parecerá tan normal proceder así que ni siquiera sospecharemos que se puede actuar de otra manera.  Las “noticias falsas” (fake news) inundan las redes sociales, condicionan las elecciones políticas, alzan o destruyen figuras públicas, sirven para chantajear a personas inocentes, promueven campañas a favor o en contra de un producto comercial y hasta permiten alcanzar la presidencia de los Estados Unidos o sacar al Reino Unido de la Unión Europea.

¿Qué sentido tiene la “buena noticia” de Jesús en un contexto de “falsas noticias”? ¿Será también su evangelio una “distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales”? En otras palabras, ¿es verdad lo que Jesús hizo y dijo? ¿Podemos fiarnos de él? No voy a entrar ahora en las diversas acepciones del término “verdad” y en las resonancias que provoca en cada uno de nosotros. Me limito a recordar el sentido que tiene para los hebreos el concepto de “emunah”, entendido como confianza en una promesa y como fidelidad. Se distingue claramente del griego “alétheia” (verdad como transparencia que mira al presente) o del latino “veritas” (concordancia entre los dichos y los hechos, que mira más bien al pasado). 

Jesús y su evangelio son “verdaderos” en el sentido de fiables, portadores de una promesa de vida. Él mismo se ha presentado como “la verdad” (la promesa de Dios hecha realidad) y nos ha enseñado que esta verdad nos hará libres. Nada de esto va contra la razón humana, pero la desborda. El evangelio no es solo una propuesta de vida razonable (y, por tanto, sometida a nuestra limitada capacidad de comprensión); es una promesa de vida nueva (nos introduce en la novedad absoluta de Dios).

Creo que muchos de nuestros contemporáneos no tendrían empacho en calificar al evangelio como una posverdad astutamente mantenida a lo largo de veinte siglos por millones de personas. Incluso muchos creyentes podemos atravesar períodos en los que todo lo que nos parece más auténtico y sagrado queda sometido al tribunal implacable de la crítica y se nos antoja como un “cuento de hadas”. Conviven en nosotros el creyente más fiel con el escéptico más deletéreo. Esta batalla interior puede ser desgastante. Y, sin embargo, aceptada con serenidad, puede ayudarnos a descubrir por qué Jesús es para los seres humanos una “buena noticia”, la única “gran noticia” que cambia el sentido de la vida. 

Lo peor para la vida de fe no es la duda, el conflicto o la crisis, sino la apatía de quien prefiere abandonarse a una vida de tejas abajo, seducido por las múltiples ofertas de la sociedad consumista. Solo quien descubre a Jesús como “buena noticia” (es decir, como evangelio) experimenta esa plenitud a la que todos aspiramos y que nos parece casi inalcanzable. Desarrolla además un sexto sentido para no dejarse embaucar por las muchas “noticias falsas” que emponzoñan nuestra vida moderna y que solo persiguen desviarnos de la búsqueda de la verdad para poder manipularnos.


jueves, 7 de noviembre de 2019

Sembrar futuro

¿Qué va a pasar cuando desaparezca en Europa y en América la generación de los que ahora tienen más de 70 años? ¿Seguirá habiendo una comunidad cristiana viva? De no acontecer un milagro, es evidente que la Iglesia católica será una Iglesia minoritaria. La mayoría de los jóvenes actuales no se sienten parte de ella. Es verdad que algunos reaccionan después de los 30 años y hacen un viaje de “regreso a casa”, pero son pocos en el conjunto del planeta juvenil. Conviene prepararnos con serenidad para ese momento y sembrar ahora las semillas que irán creciendo y dando fruto en las próximas décadas, conscientes de que –como decía san Ignacio de Loyola– debemos actuar “como si todo dependiese de nosotros, sabiendo que en realidad todo depende de Dios”. Esto significa que en cualquier momento la situación puede dar un vuelco impensable. No todo está sujeto a programación y realización. 

Por primera vez en la historia vamos a vivir en una sociedad masivamente indiferente ante el hecho religioso. El ateísmo y el agnosticismo clásicos implicaban una clara toma de postura ante Dios, ya fuera para negarlo (ateísmo) o para suspender el juicio por falta de pruebas contundentes en una dirección o en otra (agnosticismo). La indiferencia es algo distinto. Ni siquiera se plantea el “asunto Dios”. Simplemente lo ignora, no forma parte del “orden del día”. El reto está servido. 

En este contexto, me parece que la primera semilla que hay que sembrar es –como sugeríamos ayer– la de pequeñas comunidades de vida que puedan ser testimonio de “algo diferente”, que cuestionen a los demás con su manera de enfocar la vida (no tanto con sus palabras), con sus relaciones interpersonales, con su alegría contagiosa, con su compromiso con los “sobrantes” de una sociedad hipertecnificada y discriminadora. Y que –llegado el caso– acojan a quienes buscan  y los acompañen en un itinerario de encuentro con Dios. 

La segunda semilla tiene que ver con lo esencial de la fe: el encuentro con Jesús como revelador del Misterio de Dios. Dedicar ahora tiempo a cuestiones de segundo o tercer nivel (que si los curas pueden casarse o no, que si es lícito usar medios artificiales para controlar la natalidad, etc.) supone un derroche de energías innecesario. ¿Cómo se pueden abordar los diversos aspectos de la vida moral de las personas y los grupos sin un anclaje fuerte en la experiencia personal de encuentro con Cristo? El cristianismo no es, en primer lugar, una ética, sino una experiencia de gracia, de transformación personal. 

La tercera semilla se refiere a la necesidad de una formación bíblica sistemática que permita a los creyentes del futuro encontrar en la Palabra de Dios la luz que necesitan para iluminar las sendas intrincadas de la vida moderna. Sin esta formación, la Biblia se cae de las manos y se convierte más en un obstáculo para la fe que en un estímulo permanente.

Hay ya muchas realidades en marcha, invisibles para la sociedad e incluso para los mismos cristianos. Creo que el perfil institucional de la Iglesia en Europa va a cambiar de manera muy significativa, pero eso no significa que se evapore la fe. La Iglesia más hermosa no es la que desaparece sino la que vendrá. Están siendo años de una profunda purificación. Los muy conservadores no lo ven. Ellos se fijan solo en lo que se desmorona, sin caer en la cuenta de que no se trata tanto de un problema de fidelidad/infidelidad, cuanto de un profundo cambio en la comprensión del mundo, de la vida y de Dios. Por tanto, no es cuestión de buscar culpables y de apuntalar un edificio ruinoso, sino de ir construyendo uno nuevo sobre los cimientos sólidos de siempre. Es necesario saber de dónde venimos, apreciar nuestras raíces (sin ellas no hay fruto posible), pero lo importante es mirar al futuro, discernir las señales del Espíritu, ver por dónde nos va guiando, confiar en que Jesús nunca abandona a su comunidad por más que la barca zozobre. 

Es un tiempo para vivir de la fe, no de la plausibilidad social. No se hunde el mundo porque desaparezcan usos y costumbres obsoletos. Lo que interesa es que la fe sea capaz de generar nuevas formas de encarnar el Evangelio: un pensamiento nuevo, creaciones artísticas sugestivas, liturgias renovadas, compromisos con las nuevas pobrezas… El cristianismo en sus momentos mejores ha sido siempre generador de cultura. ¿Por qué no puede serlo en tiempos de transhumanismo, imperio digital, globalización y fake news? Con la carta a los Hebreos, deberíamos creer que “Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre” (Hb 13,8). La historia nunca se le escapa a Dios de las manos. Nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI, creemos que somos los verdaderos creadores de la historia, los dueños absolutos del futuro, pero éste no es más que uno de los muchos espejismos –quizá más sofisticado que el de siglos anteriores– que recorren la compleja historia humana. Por tanto: “No tengáis miedo”.

miércoles, 6 de noviembre de 2019

La apuesta católica

El título de la entrada de hoy es una traducción literal del libro La scommessa cattolica, escrito por un matrimonio formado por dos profesores de la Universidad Católica de Milán: Chiara Giaccardi y Mauro Magatti. Se trata de un libro muy reciente, publicado hace tres meses. Explica el “sentido de precariedad” con el que muchos católicos –sobre todo europeos y americanos– viven hoy su fe. Se trata de un sentimiento difuso que no siempre se puede expresar con palabras. Surge como reacción emocional ante la profunda erosión de los tres pilares que –a juicio de los autores– han sostenido durante siglos el edificio de la cristiandad. El primer pilar era la omnipotencia divina, que garantizaba un orden religioso y político. Todo el mundo sabía lo que había que creer y hacer, por más que hubiera infidelidades personales y colectivas. El “orden divino” era el fundamento del “orden humano”. El segundo pilar era la preocupación por la salvación personal, siempre amenazada por el pecado. El tercer pilar era la necesidad de predicar el Evangelio al mundo entero para que todos pudieran salvarse.

Hoy vivimos en una época en la que estos tres pilares se han desmoronado, total o parcialmente. Vivimos un profundo cambio de paradigma cultural que ha afectado a la comprensión y vivencia de la fe. La omnipotencia de Dios ha sido sustituida por la omnipotencia de la ciencia y de la técnica. Sobre ellas se basa el nuevo orden social. La salvación personal no se entiende ya como liberación del pecado y esperanza en la vida eterna, sino como preocupación por el bienestar personal (salud física y psíquica, trabajo bien remunerado, relaciones satisfactorias, jubilación digna, etc.). La universalidad del cristianismo se declina ahora como globalización económica y cultural y ecologismo difuso. El individuo se siente cada vez más solo frente  a un proceso mastodóntico de institucionalización de la vida humana y de deterioro del planeta. Faltan estructuras intermedias. Algo parecido sucede en la Iglesia. Muchos católicos sienten que pertenecen a una gran institución llamada Iglesia católica (más o menos admirada o criticada, según los contextos), pero luego tienen que vivir la fe en solitario, por su cuenta, porque faltan comunidades “a medida humana” en las cuales puedan crecer como creyentes.

En este nuevo contexto, ¿en qué consiste la “apuesta católica”? La respuesta parece obvia, pero tiene una enorme carga revolucionario: en ser fieles a Evangelio. No podemos abandonarnos a la nostalgia de una Iglesia que fue pero ya no es ni tampoco someternos acríticamente al imperio de la tecnociencia actual. La novedad católica, que nace de la fe en un Dios hecho hombre, es abrazar la tierra (todas las realidades humanas) desde el cielo (con una mirada trascendente). O, dicho de otra manera, hacer ver que todas las realidades humanas están transidas de la presencia de Dios, aprender a descifrar el misterio humano desde la clave que Jesús nos ofrece con su vida y su palabra. Pero para esto es preciso superar el cristianismo individualista que hoy vivimos en Europa. Entre los individuos y la gran institución es preciso crear una red de pequeñas comunidades donde sea posible vivir de manera concreta las dimensiones de la iglesia: relaciones fraternas (koinonía), formación permanente (didaskalía), oración y y celebración (leitourgía) y compromiso misionero (diakonía y martyría). En el ambiente rural del pasado las parroquias cubrían esta necesidad. Hoy, en un contexto mayoritariamente urbano, es necesario imaginar otras formas de agrupación que, sin desdeñar las demarcaciones parroquiales, respondan a las necesidades y posibilidades de los católicos que viven dispersos en las ciudades, como “minorías cognitivas”, por decirlo de una manera técnica. Por eso tienen futuro todos los grupos y movimientos que ofrezcan una propuesta comunitaria atractiva y muy vinculada a la escucha y práctica del Evangelio.

martes, 5 de noviembre de 2019

En todo caridad


Comencé anoche a ver el debate de los cinco principales candidatos que concurren a las elecciones generales de España el próximo domingo, pero la hora tardía y la impresión de que era más un espectáculo televisivo (con adoquín incluido) que un auténtico debate me llevaron a la cama antes de lo previsto. Esta mañana he ojeado a toda prisa los periódicos digitales. Como es natural, todos hablan de lo sucedido anoche y lo enjuician de manera diversa. Hasta aquí se sigue el guion previsible. Lo que me sorprende es que en las encuestas populares, el ganador haya sido claramente el candidato de Vox. Sus seguidores han sabido moverse con velocidad en las redes. Más allá del debate y de las elecciones, la cuestión que me da vueltas es cómo nos preparamos para vivir en sociedades abiertas y plurales. 

No es solo una cuestión política. No se resuelve solo votando, como algunos piensan. Se trata de un asunto cultural. Hay culturas monolíticas que no toleran la diversidad. La ven siempre como una amenaza. Hay otras, por el contrario, que saben sacarle partido. Mi impresión es que España, a pesar de que goza de una extraordinaria diversidad paisajística, cultural, lingüística, etc., todavía no ha aprendido a aprovechar esta riqueza para un gran proyecto de convivencia en el marco de la Unión Europea. Por eso, creo que esta educación para la diversidad debería formar parte de los diversos itinerarios educativos. Esto implica un conocimiento más objetivo de la historia común, el manejo de varias lenguas, la posibilidad de estudiar con facilidad en distintos lugares del país (una especie de Erasmus interno) y, sobre todo, la adquisición de actitudes y destrezas para la convivencia intercultural.

Temo a las personas que quieren resolver problemas complejos a base de golpes autoritarios. Cada vez que, ante asuntos serios, oigo a alguien decir eso de “Esto lo solucionaría yo en dos días”, me echo a temblar. Por lo general, se trata de personas con poca experiencia de gestión. Confunden sus emociones con las soluciones. Se niegan a aceptar que la vida es compleja, no saben convivir con la diversidad, pierden fácilmente los papeles. Por eso, necesitamos un tipo de educación que nos ayude a abrazar la complejidad y que nos prepare para sentarnos juntos, hacer un buen diagnóstico de lo que está pasando (sin trincheras innecesarias), discernir los caminos de futuro y asumir los compromisos que se deriven. 

Desde hace muchos años vivo en comunidades multiculturales. Creo saber de qué estoy hablando. La actual está formada por 28 claretianos provenientes de 15 países diversos: India (6), España (6), Argentina (2), Sri Lanka (2), Camerún (2); y uno de cada uno de los siguientes países: Haití, Portugal, Kenia, Colombia, Nigeria, Japón, Polonia, Filipinas, Congo y Honduras. Aunque el italiano es la lengua oficial de la comunidad, se habla mucho en inglés, español y francés. No se hunde el mundo por eso. Hay diversas culturas gastronómicas, estilos litúrgicos, tipos de humor, etc. No es lo mismo provenir de una cultura más bien corporativista (como la del Japón) que de otra muy individualista (como la de los países anglosajones). ¿Cómo se hace para vivir la siempre invocada “unidad en la diversidad”? Creo que aplicando el principio atribuido erróneamente a san Agustín: “In necessariis unitas, in dubiis libertas, in omnibus caritas”. O sea: “En las cosas necesarias, unidad; libertad en las cosas dudosas; en todo, caridad”.

Es imposible vivir en sociedades plurales sin concordar en algunas cosas “necesarias” respetadas por todos con lealtad, sin permanentes cuestionamientos y sin poner palos en la rueda. Por lo general, en los países democráticos, esta regla necesaria es la Constitución que regula la vida política. Para las cosas dudosas u opinables hay que crear un marco amplio de libertad. No se puede estar regulando todo, como hacen los estados totalitarios. La libertad de expresión, asociación, mercado, etc. es esencial. Y siempre es necesaria una actitud de respeto, amor mutuo y tolerancia. Por encima de las discrepancias ideológicas, los seres humanos somos todos iguales, dignos de respeto y cuidado. No se puede excluir a nadie por motivos ideológicos, étnicos, religiosos, sexuales, etc. El lenguaje que abusa de “los nuestros”  y “los otros” prepara el terreno para todo tipo de enfrentamientos y conflictos, incluyendo los violentos. 

Cuando pienso en la situación de mi país desde este principio clásico, caigo en la cuenta de que hay muchas cosas que mejorar, de que hay mucho campo de juego. No acabo de encontrar a políticos con las ideas claras, con honradez suficiente para llevarlas a cabo y con ánimo generoso para involucrar al mayor número de personas en esta empresa colectiva. Me producen tristeza y vergüenza las manifestaciones de algunos jóvenes violentos en Barcelona y la actitud hostil e irrespetuosa hacia las autoridades del estado de un sector de la población. Aborrezco los planteamientos sectarios de algunos periódicos y televisiones de signo diverso. Me parece muy peligroso un uso torticero de la “memoria histórica”. Desconfío de quienes dedican más tiempo a hablar mal de los otros que a hacer propuestas que generen confianza y ganas de crecer. Echo de menos personas e instituciones con altura de miras, no condicionadas por intereses espurios y con ganas de servir a las personas. La Iglesia podría ser una de ellas, pero no acaba de encontrar su sitio en esta compleja partitura. En algunos casos, se ha inclinado demasiado hacia una parte olvidando la otra, renunciando a ser espacio inclusivo de comunión. Tiene todavía demasiado plomo en las alas. Es la hora de los hombres y mujeres libres, arriesgados y solidarios.