martes, 28 de julio de 2020

Tocados, pero no hundidos

De pequeño, solía jugar a los barquitos, un simulacro de guerra naval hecho sobre papel cuadriculado. Cada cuadrícula tenía una sigla formada por un número (que representaba las columnas) y una letra (que denominaba las filas). Bueno, no es cuestión de recordar ahora la técnica del juego con pelos y señales. Cuando otro participante acertaba alguna de las casillas que se correspondían con algún barco de la propia flota, se debía responder “tocado”. Si lograba “tocar” todas las casillas, el barco estaba finalmente “hundido”. Me sirvo de este recuerdo infantil para poner nombre a lo que estoy experimentando estos días. No hay persona con la que hable, que no esté “tocada” en mayor o menor grado por todo lo vivido en los meses pasados y lo que todavía seguimos viviendo. Algunos perdieron a sus familiares en las semanas del confinamiento y no pudieron acompañarlos en el trance último y ni siquiera participar en su entierro. Ayer me decía una mujer, que había perdido a su madre, que esa herida va a permanecer siempre abierta. El tono general es de tristeza, confusión, incertidumbre y temor ante los rebrotes y la posibilidad de una nueva ola. En circunstancias así, nadie espera una solución mágica. A lo que aspiramos es a ser escuchados. Me lo decía expresamente un amigo con el que mantuve ayer una conversación telefónica de 40 minutos: “Gracias por escucharme”.

Cuando estamos “tocados” por el impacto emocional de la pandemia podemos experimentar sentimientos cambiantes. A veces, no queremos hablar con nadie. Nos comemos solos nuestros propios recuerdos. Experimentamos una especie de rechazo inconsciente hacia el otro, como si cualquiera fuera una potencial amenaza. Pero lo mas normal es que deseemos compartir con otra persona todo lo vivido, en un esfuerzo por ventilar sentimientos que, de otra manera, corren el riesgo de pudrirse dentro. Poner palabras a lo vivido es un ejercicio muy saludable. Experimentamos la “regla de oro” de la comunicación emocional. Cuando compartimos sentimientos positivos con otras personas, estos sentimientos se refuerzan. Es como si se multiplicaran produciendo una cosecha de alegría y entusiasmo. Cuando compartimos sentimientos negativos, estos pierden parte de su carga destructiva. Por eso, es tan importante aprender a compartir los propios sentimientos. Y más en situaciones en las que todos estamos un poco “tocados” y nos hemos vuelto más sensibles a la fragilidad de la vida. 

Estar “tocado” no significa estar “hundido”. En la pasada fiesta de Santiago leímos un fragmento de la segunda carta de san Pablo a los Corintios en el que expresaba muy bien esta dinámica cristiana: “Nos aprietan por todos lados, pero no nos aplastan; estamos apurados, pero no desesperados; acosados, pero no abandonados; nos derriban, pero no nos rematan; en toda ocasión y por todas partes, llevamos en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo”. La muerte nos acosa de diversas maneras, incluyendo una de las más insidiosas: la depresión, la pérdida de la alegría de vivir. Cada vez que nos sentimos “tocados” es saludable asociar esta experiencia a la cruz de Jesús para que, en comunión con él, podamos compartir sus padecimientos y experimentar también la fuerza de su resurrección. Por el hecho de ser creyentes, no nos vemos libres de las pruebas de la vida, como tampoco Jesús se vio libre de ellas. Pero la fe nos da la certeza de que “si morimos con él, viviremos con él”. Por eso, podemos estar muy “tocados” por la pandemia y su cohorte de efectos secundarios, pero en ningún momento podemos perder la esperanza. Un creyente nunca se hunde. Ninguna tormenta conseguirá que la barca de Jesús zozobre.

2 comentarios:

  1. Pues sí, estamos tocados y en algunos momentos medio hundidos… No es fácil mantenerse en la esperanza.
    Estos días que se van celebrando funerales para los fallecidos en este tiempo de pandemia, nos sentimos tocados, nuevamente, en nuestra vida emocional… Diría que entre la muerte de aquel ser querido y el funeral nos falta “alguna pieza” que hace difícil poner en manos de Dios aquella vida… Se vuelven a revivir momentos difíciles en los que continua quedando pendiente la despedida… Se revive la añoranza… No es tan consolador, tan liberador como pudiera parecer.
    Qué difícil es no poder dar un abrazo a aquella persona que se te acerca llorando y comunicándote que hace dos meses ha fallecido su pareja de una enfermedad ajena al Covid… con su gesto te está diciendo que necesita un abrazo pero que no se puede…
    En general, hay muchas personas, más de las que nos imaginamos, que están muy tocadas emocionalmente. Emociones que dejan cicatrices profundas que difícilmente curaran del todo y como bien dices: nos hemos vuelto más sensibles a la fragilidad de la vida.
    Ya sé que no es imposible pero se hace muy difícil experimentar la fuerza de la Resurrección.

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  2. Gracias amigo. Es balsámico leerte. Un abrazo.

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