sábado, 30 de mayo de 2020

No basta con sobrevivir

Después de más de 1.400 entradas escritas en este Rincón desde febrero de 2016 y tras 90 días confinado en casa, podría parecer que ya no hay mucho que contar. Sin embargo, la vida es un río que fluye sin detenerse. El “todo fluye” de Heráclito define muy bien esta movilidad continua: el agua se renueva, el río permanece. ¿No es un hermoso símbolo de lo que nos pasa a cada uno de nosotros? Por decirlo con palabras de Xavier Zubiri, siempre somos los mismos, pero no siempre somos lo mismo. Hay identidad en el cambio continuo. Este es el milagro de la vida. Pocas veces como en estos tiempos de pandemia estamos experimentando tantas sacudidas, una sucesión interminable de sentimientos positivos y negativos, alegrías y tristezas, incertidumbre y esperanza, ansiedad y fe. Estamos vivos. Gente querida ha ido muriendo. Seguimos aquí. No se trata solo de ir tirando, sino de vivir a tope. Nuestra vocación no es sobrevivir al naufragio, sino seguir navegando por el mar de la vida con las velas desplegadas. Me ha impresionado esta mañana leer en un periódico digital el testimonio de un médico intensivista que ha estado en primera línea de la lucha contra el coronavirus. Él cree que debemos humanizar mucho más el tratamiento a los enfermos. Él, que ha asistido a tantos en el momento de la muerte, confiesa que el último lugar en el que desearía morir es en una habitación de hospital, rodeado de máquinas y tubos y sin la presencia de sus seres queridos. La pandemia ha deshumanizado el momento más trascendente de nuestra existencia. No podemos resignarnos a aceptar como normal e inevitable algo que contradice nuestra concepción del ser humano. Lo que estamos viviendo tiene que abrirnos los ojos. La última norma de actuación no es lo que nos dictan los políticos, sino lo que la conciencia nos revela.

Escribo estas líneas a toda prisa (porque hoy es nuestro día de retiro mensual) en vísperas de la gran fiesta de Pentecostés, que este año coincide con el último día de mayo. Los cristianos confesamos que el Espíritu Santo que Jesús nos envía es “el Señor y Dador de vida” (dominum et vivificantem). Lo repetimos cuando proclamamos el Credo. Donde hay Espíritu, hay vida. Por tanto, donde nos limitamos a sobrevivir, a ir arrastrando esta existencia, hay un déficit de Espíritu. ¿Cómo hacer que todas las experiencias humanas estén transidas de vida? ¿Cómo hacer que el sufrimiento y la muerte (dos experiencias que se han vuelto familiares en estos meses de pandemia) no nos corten la trama de la vida? Humanamente es imposible. Solo el Espíritu de Jesús puede ayudarnos a descubrir la puerta de la vida en la experiencia de la muerte. Por eso, el Pentecostés de este año cobra un relieve especial. Si ya la Semana Santa fue atípica, intensa, existencial, Pentecostés (la tercera Pascua del año litúrgico) no se va a quedar atrás. La humanidad entera se ha convertido en un inmenso cenáculo en el que todos estamos confinados en grados diversos según países y legislaciones.  El miedo se ha apoderado de nosotros. Queremos y no queremos salir. Anhelamos el futuro y experimentamos ansiedad ante la incertidumbre de lo que puede pasar. Es la hora del Espíritu. Solo el Enviado de Jesús puede ayudarnos a superar el miedo porque él es portador de valentía y audacia. Él es la fuente de la alegría y de la paz.

Imagino a la humanidad como un inmenso coro que canta “Veni, Sancte Spiritus” (Ven, Espíritu Santo). Solo cuando tenemos la humildad de reconocer que no lo podemos todo, que la tecnociencia imperante no lo puede resolver todo, que la política no es la palabra definitiva y que la religión no basta, solo entonces nos abrimos a la fuerza misteriosa del Espíritu de Dios que aletea sobre el cosmos. Los hombres y mujeres espirituales son aquellos que se dejan conducir por este Viento de Dios, que ponen en juego todas sus facultades creativas sabiendo que el verdadero motor es el Abogado que Jesús nos ha regalado como don pascual. Necesitamos ser más “espirituales” (es decir, más abiertos a la acción de Espíritu) para afrontar esta crisis con esperanza. Donde abunda la muerte, sobreabundará la vida. Muchas cosas tenemos que cambiar para que nuestro mundo sea habitable. El mito del “progreso indefinido” no significa que cada vez seamos mejores. Solo que tenemos más medios. Pero, ¿de qué sirve ser ricos en medios si somos pobres en fines? ¿Para qué queremos progresar tanto y tan deprisa si no sabemos a dónde se dirige el tren de la historia? Como decía hace más de 60 años Karl Rahner con clarividencia profética, “el siglo XXI será místico o simplemente no  será. Nos cuesta convencernos. La realidad es más tozuda que la idea. La pandemia no está empujando a un valiente examen de conciencia.

Esta vieja canción de Joan Baptista Humet (1950-2008) me parece más actual que nunca: Hay que vivir. La poesía despeja el horizonte: Habrá que componer de nuevo el pozo y el granero / y aprender de nuevo a andar. / Hacer del sol nuestro aliado / pintar el horno ajado / y volver a respirar.


1 comentario:

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