miércoles, 6 de mayo de 2020

El mismo, pero un poco peor

En el Corriere della sera de ayer me encontré un interesante artículo del escritor francés Michel Houellebecq. Desaconsejo su lectura a quien esté atravesando un período depresivo. Houellebecq no se caracteriza precisamente por ser un escritor que destile alegría y entusiasmo. Por otra parte, disfruta provocando al lector. Cada libro que escribe genera polémicas. Su novela Sumisión (2015), por ejemplo, provocó una riada de reacciones encontradas. En esa obra, Houellebecq imagina que en el 2022 (ya solo faltan dos años), un tal Mohammed Ben Abbes, político carismático de un partido ficticio llamado Fraternidad Musulmana, gana las elecciones presidenciales en Francia. Desde su cargo, realiza varios cambios: trabaja en la pacificación de la nación francesa, privatiza la principal universidad del país convirtiéndola en una universidad islámica, anula el derecho de igualdad entre hombres y mujeres, legaliza la poligamia y planea hacer de la Unión Europea un nuevo imperio islámico, con Francia como eje central. ¿Cómo no iba a desatar controversias una novela con este argumento tan poco correcto políticamente? Quizás dio que hablar porque, en el fondo, muchos pensaron que la ficción podía hacerse realidad más pronto que tarde. En síntesis, Houellebecq ha sido acusado de misógino, irreverente, xenófobo, racista y no sé cuántas cosas más. Me parece obligada esta “carta de presentación” antes de entrar en el asunto de hoy para saber bien con quién nos jugamos la partida.

Su pensamiento respecto de la pandemia que padecemos se puede resumir en la frase final del artículo: “Después del confinamiento, no despertaremos en un nuevo mundo; será el mismo, un poco peor”. Esta frase cierra un párrafo dedicado a la muerte que transcribo entero traducido por mí del italiano al español. Su opinión no es muy esperanzadora, pero es bueno escuchar también estas voces para no aceptar como inevitable lo que no lo es. Sería terrible, por ejemplo, que la pandemia inoculase en nosotros la idea de que una cierta eutanasia es aceptable en condiciones extremas. Una vez que este virus moral se acomoda en nosotros, acaba convirtiéndose en dueño de casa.
“La muerte sin testigos, las víctimas reducidas a una unidad en las estadísticas de muertes diarias, y la angustia que se propaga en la población a medida que aumenta el cómputo total... todo esto tiene algo extrañamente abstracto. Otra cifra que se ha vuelto muy importante en las últimas semanas es la de la edad de los enfermos. ¿Hasta qué edad deben ser reanimados y tratados? ¿70, 75, 80 años? Depende, al parecer, de la región del mundo en la que vivamos; pero en todo caso, nunca antes habíamos expresado con tanta desvergüenza el hecho de que la vida de todos no tiene el mismo valor; que a partir de cierta edad (¿70, 75, 80?), es un poco como estar ya muerto. Todas estas tendencias, como había dicho, ya existían antes del coronavirus; sólo que ahora se han manifestado con nueva claridad. No despertaremos, después del confinamiento, en un nuevo mundo; será el mismo, un poco peor”.
Espero que no tenga razón, pero hay algo que ya estoy notando en las personas con las que hablo en los últimos días: una sensación de cansancio, derrota y desidia, como si las semanas de confinamiento nos hubieran ido minando las ganas de vivir. También podríamos decir que los casi dos meses de encierro nos están pasando una abultada factura emocional de la que a veces no somos ni siquiera conscientes. Parece que todo sigue igual que antes, pero en realidad han cambiado muchas cosas por fuera... y sobre todo por dentro.

Los maestros espirituales hablan de una enfermedad del alma llamada “acedia”. En referencia a la evangelización, el papa Francisco hablaba de la “acedia egoísta” en la exhortación Evangelii gaudium (nn. 81-83). Esta acedia se puede extender a todas las dimensiones de la vida. Se apodera de nosotros cuando desarrollamos la psicología de la tumba. Desilusionados con la realidad, con el gobierno de turno, con la Iglesia, con el estilo de vida que llevamos o con nosotros mismos, vivimos la constante tentación de apegarnos “a una tristeza dulzona, sin esperanza, que se apodera del corazón como el más preciado de los elixires del demonio” (n. 83). Tenemos ganas de salir de nuestra casa/tumba, pero, al mismo tiempo, nos sentimos seguros en ella como si fuera un bunker que nos protege, no solo del coronavirus, sino, en el fondo, de una sociedad con la que ya no nos sentimos a gusto, que parece que no es la nuestra. Tememos que a la salida encontremos el mismo mundo de antes, “pero un poco peor”. Este virus de la acedia es más mortífero que la Covid-19 porque, aunque no nos produzca problemas respiratorios o erupciones en la piel, corroe los cimientos de la esperanza, nos roba las razones para seguir viviendo. La acedia es como vivir con estatuto de muerto. La buena noticia es que, mientras todavía no hay una vacuna contra la Covid-19, la acedia puede ser combatida con un fármaco poderosísimo: la oración paciente y confiada. Conviene que lo tomemos cuanto antes en dosis justas. Para momentos de prueba y tentación como los que estamos viviendo, Jesús nos recomienda: “Velad y orad” (Mt 26,41). Es difícil decir tanto con tan pocas palabras.


5 comentarios:

  1. Va bien que de vez en cuando se dé un toque de alerta como das hoy, conectar con la oración confiada para no caer en la acedia.
    Me da miedo que esta frase: ... "será el mismo, un poco peor” en mucha gente se haga realidad. Como dices, la gente empieza a sentir el cansancio de la situación y de los políticos que no se acaban de poner de acuerdo y hoy dicen una cosa y mañana otra... Se respira mucha inseguridad y las noticias, repetidamente, van anunciando la crisis que viene...
    Sí que hemos podido vivir toda la explosión que ha habido de voluntarios decididos a ayudar a quien sea... y esto es positivo y esperanzador.
    El panorama que tenemos no es para nada alentador.
    El próximo lunes abren los templos... Veremos qué respuesta hay... Por diferentes comentarios, es todo un interrogante.
    Muchas gracias Gonzalo por ayudarnos a reflexionar.

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  2. Tiene mucha razón en todo lo que dice en el texto. Me ha encantado lo que escribe. Este virus, si algo nos ha enseñado, es lo frágiles que somos en todos los sentidos, en la vida y en los momentos de dificultad. Nos ha enseñado también que nuestra verdadera fortaleza es Dios, que en sus manos dejamos siempre nuestra vida y sabemos que está ahí en esa fragilidad. Es una fragilidad habitada por Dios. Y nos ha enseñado también que, en este mundo, a pesar de que parezca lo contrario algunas veces, hay mucha gente buena y Dios sabe ponérnosla en el camino. Esperemos que el mundo que nos encontremos cuando bajemos a la calle sea el mismo de antes, pero mucho mejor. Soy J.M.Reula. Soy amigo de Jorge Domínguez Garrido, quien me ha mostrado su blog a través de Facebook.

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    1. Muchas gracias, JM, por asomarte a este Rincón. Me encanta que te animmes a participar dando tu opinión. De eso se trata, de facilitar un espacio de diálogo.

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