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lunes, 6 de abril de 2020

Aquí huele a nardo

El evangelio de este Lunes Santo (cf. Jn 12,1-11) dice que María de Betania derramó sobre los pies de Jesús un perfume que costaba lo equivalente a diez meses de trabajo de un obrero. No es de extrañar que, ante tal dispendio, Judas Iscariote reaccionara con sentido práctico, casi como si fuera el líder de un partido de izquierdas: “¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios para dárselos a los pobres?”. El razonamiento parece convincente; la intención no tanto. Para que no hubiera duda sobre el trasfondo de una afirmación que hoy recibiría el aplauso espontáneo de muchos, el evangelista se apresta a añadir que “esto lo dijo, no porque le importasen los pobres, sino porque era un ladrón; y como tenía la bolsa, se llevaba de lo que iban echando”. Para ahondar el verdadero significado del gesto exagerado de María, el mismo Jesús añade una frase un poco misteriosa: “Déjala; lo tenía guardado para el día de mi sepultura; porque a los pobres los tenéis siempre con vosotros, pero a mí no siempre me tenéis”. Las últimas palabras me dejan pensativo: “a mí no siempre me tenéis”. He escrito ya sobre este relato en varias entradas del Rincón: 300 al mes (10 de abril de 2017) y  La cena de Betania (26 de marzo de 2018). Este año quisiera acercarme a estas palabras para iluminar la situación que estamos viviendo.

Hoy se ensalza a los ricos y famosos que hacen donaciones para comprar material sanitario, aunque no faltan también algunas críticas. Los “pobres” de hoy son los enfermos de coronavirus, sus familiares y quienes los atienden. Todo lo que se haga por ellos nos parece poco. Como, por otra parte, la pandemia está dejando la economía por los suelos, se habla ya de un nuevo Plan Marshall para Europa y de unos nuevos Pactos de la Moncloa para España. Puede que sean medidas beneficiosas para la recuperación económica. El Covid-19 está dejando sin trabajo a muchos empleados y arruinando a pequeños y medianos empresarios. A Donald Trump se le ve más preocupado por las desastrosas consecuencias económicas de la pandemia que por el número de muertos que puede producir. 

En este contexto de preocupaciones prácticas, ¿qué puede significar derramar sobre el cuerpo de Jesús una libra de perfume de nardo, “auténtico y costoso”? Me parece que este nardo simboliza las expresiones exageradas del amor. Por encima de EPIs, respiradores artificiales, mascarillas y tests rápidos, más allá de ERTEs y rentas básicas, lo urgente es demostrar que amamos a las personas que están prolongando en sus carnes la pasión de Cristo. Los sanitarios que, además de hacer lo humanamente posible por curar a los enfermos de coronavirus, los acompañan en su dolor y en su trance final, aun a riesgo de ser contagiados, están haciendo algo exagerado. Cada caricia, cada palabra de cercanía, es como una gota de ese perfume caro que solo quien ama es capaz de verter. En un contexto tan deshumanizado como el que estamos viviendo, necesitamos medidas “pragmáticas” (desde el confinamiento doméstico hasta la adquisición de material de protección), pero lo que más necesitamos es el perfume del amor. Si no, al cabo de un tiempo, nos arrepentiremos de haber gestionado esta crisis como si se tratara de un asunto puramente bélico, olvidando que están en juego miles de seres humanos, con nombres y rostros, con historias que no pueden ser reducidas a una mera etiqueta pegada sobre un ataúd depositado sobre la pista de hielo de un polideportivo.

La Semana Santa de este año debe oler a nardo, a exageración, a amor desmedido. Debemos ir más allá de lo que es razonable. Tenemos que fijarnos más en la actitud en María de Betania (desmedida) que en la de Judas Iscariote (calculadora). Ambos se tenían por amigos de Jesús, pero solo María comprendía la infinitud del amor. En la fe –como en toda relación de confianza– no hay límites. O creemos o no creemos. O amamos o no amamos.  Los cálculos se aplican a otras dimensiones de la vida, no a aquellas que tienen que ver con lo más sustancial. ¡Ojalá nos atrevamos a ser exagerados para que se pueda aplicar a cada una de nuestras casas y comunidades lo que leemos en el Evangelio de hoy después de que María vertiera la libra de perfume sobre los pies de Jesús: “Y la casa se llenó de la fragancia del perfume”! Debemos oler a nardo, a amor desmedido, no a cálculo interesado. Si no podemos estar en los puestos de vanguardia de esta crisis, por lo menos podemos compartir nuestro perfume de amor a través del teléfono y las redes sociales, de los gestos de ayuda, de la oración constante, de la entrega incondicional a Jesús.

El Equipo Provincial de Animación Pastoral de los Misioneros Claretianos de la Provincia de Santiago (España) ha organizado esta semana un itinerario de Ejercicios Espirituales que podéis seguir en el siguiente canal de You Tube: https://www.youtube.com/channel/UCVNcUGJC2AGVVqiwmp03wQQ. Os lo recomiendo vivamente.





lunes, 26 de marzo de 2018

La cena de Betania

La liturgia de este Lunes Santo sitúa a Jesús en Betania, un pueblo encaramado sobre el monte de los Olivos, muy cerca de Jerusalén. En casa de los amigos de Jesús −Lázaro, Marta y María− se celebra una cena. Tendría que haber sido la cena por el funeral de Lázaro, pero se ha transformado en una anticipación de la última cena de Jesús. Los paralelismos y las diferencias son evidentes. En ambas hay un lavatorio de pies. En Betania, es María quien unge los pies de Jesús con un perfume costosísimo. Al cambio actual, vendría a costar unos diez mil euros (es decir, el salario de diez meses de trabajo de un obrero no cualificado). En Jerusalén, será Jesús quien lave los pies de los discípulos, como si fuera un siervo, con el agua que purifica. En ambas cenas destaca Judas, siempre pendiente del dinero. El discípulo “pragmático” adquiere un inusitado protagonismo. En la cena de Betania aparecen delineadas las actitudes que se manifestarán con claridad en los días postreros de Jesús. Es una cena que pone a las claras las secretas intenciones de cada uno: Marta se dedica a servir; Lázaro comparte la comida con Jesús y el resto de los invitados; María unge los pies de Jesús con perfume de nardo y los enjuga con sus cabellos… y Judas −¡ay Judas!− juega a ser sensato, pragmático y hasta “social”, por decirlo con una palabra hoy en boga. Formula una pregunta capciosa que Ignacio de Loyola calificaría de sub angelo lucis (con apariencia de bien): “¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios para dárselos a los pobres?”. ¿Hay alguien que no considere sensata y pertinente una pregunta como ésta frente al derroche absurdo de una mujer enamorada?

La pregunta de Judas es muy moderna. Yo diría que Judas es el más moderno de todos los personajes que participan en la cena de Betania. Parece sensible al mundo de los pobres, expresa una actitud pragmática y demuestra un carácter resolutivo que no naufraga en sentimentalismos estériles. Es como si −anticipándose a Feuerbach y a Marx− dijera algo parecido a esto: “El mundo ya ha sido interpretado, bendecido y ungido. Basta de espiritualismos. Ahora lo que hace falta es transformarlo”. Esta frase la suscribirían hoy millones de hombres y mujeres. Todos llevamos un Judas dentro. Queremos cambiar las cosas según nuestro criterio. confiamos mucho en el poder de la ciencia y de la técnica. Para que el lector del Evangelio no quede atrapado en la lógica de Judas, el autor se apresta a aclarar lo que se esconde detrás: “Esto lo dijo, no porque le importasen los pobres, sino porque era un ladrón; y como tenía la bolsa, se llevaba de lo que iban echando”. En este inciso veo reflejadas las muchas manipulaciones que todos −y, sobre todo, algunos políticos y hombres de Iglesia− hacemos de los pobres. Se nos llena la boca de expresiones como “opción por los pobres”, Iglesia “al servicio de los pobres” y “lucha por la justicia”, pero después nuestra vida sigue otros derroteros. Jesús sale al paso poniendo de relieve el fondo de cada uno: “Déjala; lo tenía guardado para el día de mi sepultura; porque a los pobres los tenéis siempre con vosotros, pero a mí no siempre me tenéis”.

Desde hace muchos años me han dado vueltas estas palabras de Jesús. Los pobres siempre serán una frontera humana. Cambiarán los tipos de pobreza, pero los seres humanos no lograremos derrotarla nunca porque llevamos el virus de la exclusión dentro de nosotros. Siempre, pues, nos veremos confrontados con las personas de los márgenes y seremos invitados a reconocer en ellas al mismo Cristo. Pero hay veces en las que el amor no hace cálculos, sino que se muestra en su verdadera dimensión: exagerado y gratuito. María de Betania no ama como Judas. Los trescientos denarios de nardo puro simbolizan un amor sin límites. Mientras la actitud de Judas convierte la cena en una sucursal bancaria, el nardo derramado de María transforma el ambiente: “La casa se llenó de la fragancia del perfume”. Solo un amor así (abierto, inclusivo, desbordante) puede devolver a la Iglesia el perfume que la transforma en casa acogedora. Muchas de las pastorales que hoy hacemos están contaminadas por el virus “judaico”, si se me permite hablar con una pizca de ironía. Son algo mezquinas, calculadoras; abusan de los planes y proyectos; sacrifican la gratuidad y el contacto personal a la consecución de objetivos y metas. Todo suena muy moderno, se alinea con la mentalidad pragmática de nuestro tiempo, pero no transforma la Iglesia en una casa de familia. Solo cuando uno se deja de papeles y derrama lo mejor de sí mismo, “la casa se llena de la fragancia del perfume”. Hay que reconocer que la cena de Betania es más inspiradora que un máster en Pastoral.


lunes, 11 de abril de 2022

Una casa perfumada


Parece que Rusia quiere intensificar sus ataques al Donbás ucraniano. El resto del mundo asiste entre horrorizado y paralizado a las maniobras rusas. Mientras, miles de personas están muriendo. Muchos se preguntan si esta “pasividad” no puede anticipar una conflagración mundial como la que siguió a la inicial pasividad contra Hitler cuando invadió Polonia el 1 de septiembre de 1939. Parece que las sanciones económicas no bastan para detener la guerra. Las Naciones Unidas no tienen la autoridad suficiente para ordenar a Rusia -que, por otra parte, tiene poder de veto- que abandone la invasión de Ucrania o, por lo menos, que no cometa execrables crímenes de guerra. 

Comprendo que los altísimos intereses económicos y el chantaje nuclear aconsejan prudencia, pero, ¿qué hacer cuando Putin juega con la prudencia occidental para llevar a cabo sus planes anexionistas? ¿Cuántos muertos más se necesitan para que Rusia se dé cuenta de que se está quedando aislada y de que pagará un altísimo precio por esta insensata operación?


Me hago estas preguntas el Lunes Santo, día en que la liturgia nos propone como Evangelio la visita de Jesús a sus amigos de Betania: Lázaro, Marta y María. Esta última, mientras su hermana Marta servía la cena, ungió los pies de Jesús con una costosa mistura de nardo. El precio equivalía al salario de un obrero durante casi un año. Me llama la atención cuando el evangelista escribe: “La casa se llenó de la fragancia del perfume”. 

En una cultura tan pragmática como la nuestra en la que siempre andamos calculando la relación costo/beneficio, el gesto de María de Betania resulta provocadoramente exagerado. Pero ese perfume es símbolo del amor. El evangelista podría haber escrito que la casa se llenó con la fragancia del amor. Judas no entendió esta lógica dispendiosa. Él no se atrevería a comprar una libra de nardo por trescientos denarios, pero fue capaz de vender a Jesús por treinta monedas de plata. ¿Dónde está la verdad? ¿Quién conocía mejor a Jesús: María o Judas? ¿Quién lo amaba más?


Mientras nuestras casas (hogares familiares, comunidades cristianas, países, etc.) no se llenen con la fragancia del amor, los intereses van a ser la lógica que rija nuestras relaciones. ¿Por qué Putin quiere conquistar el Donbás? No porque ame a su población y quiera liberarla de la supuesta opresión ucraniana (como cínicamente presenta a sus compatriotas la operación), sino porque desea a toda costa tener un corredor terrestre que una Rusia con Crimea. Es decir, por intereses geoestratégicos y económicos. No tengo empacho en decir que Putin es como Judas. Con apariencia de bien, solo busca satisfacer su ambición. 

Judas también utiliza un argumento que puede encandilar a cualquiera medianamente sensible: “¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios para dárselos a los pobres?”. La utilización de los pobres como moneda de cambio sigue siendo hoy una práctica habitual. Jesús no se deja atrapar por el sofisma. Defiende sin ambigüedades la actitud generosa y exagerada de María: “Déjala; lo tenía guardado para el día de mi sepultura; porque a los pobres los tenéis siempre con vosotros, pero a mí no siempre me tenéis”.

Llenar la casa con la fragancia del amor exige una capacidad muy superior a la de quienes se limitan a calcular costos y beneficios. Ambas actitudes son necesarias en la vida, pero la que de verdad nos saca del atolladero es la de quienes, como María de Betania, no confunden lo importante con lo urgente.




martes, 4 de abril de 2023

Los tres amigos de Jesús


En los últimos días de Jesús desfilan por su vida muchas personas de todo tipo. La hora de la prueba pone a las claras quiénes son sus verdaderos amigos. Se cumple el dicho atribuido a Napoleón: “El éxito tiene muchos padres; el fracaso es huérfano”. Sus discípulos no estuvieron a la altura del desafío, ni siquiera Pedro, que presumía de ser su lugarteniente. En el evangelio de ayer notamos una excepción. Juan dice que “seis días antes de la Pascua, fue Jesús a Betania, donde vivía Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos. Allí le ofrecieron una cena; Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban con él a la mesa. María tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los pies y se los enjugó con su cabellera. Y la casa se llenó de la fragancia del perfume”. 

En pocos versículos se describe a los tres amigos de Jesús, miembros de la misma familia. De Marta se dice que “servía”. Lázaro “estaba con él a la mesa”. María le ungía y enjugaba los pies. Son tres perfiles, tres modos de relacionarse con el Maestro. El resultado de este triángulo de amistad es que “la casa se llenó de la fragancia del perfume”.


Servir a Jesús (Marta), estar con él (Lázaro) y darle lo mejor sin medida (María) son formas de amar a Jesús que nos ayudan a saber cómo podemos amarlo nosotros. Seis días antes de su muerte, Jesús no necesita ni abogados ni soldados. Necesita amigos, personas que lo acojan sin hacerle preguntas, que compartan su suerte. De hecho, Lázaro corrió muchos riesgos. El evangelio de Juan lo explica: “Los sumos sacerdotes decidieron matar también a Lázaro, porque muchos judíos, por su causa, se les iban y creían en Jesús”. 

¿Qué significa ser “amigos de Jesús”? Es imposible responder esta pregunta sin tomar conciencia de lo que significa la amistad para cada uno de nosotros. Conozco a un latinoamericano que hace gala de no llamar casi nunca a sus amigos (entre los que me cuento) porque, según él, la verdadera amistad siempre está ahí, no necesita especiales cuidados. Más aún, la falta de cuidados hace que la amistad se robustezca y, sobre todo, sea libre. Otros amigos, por el contrario, valoran los pequeños detalles y multiplican los gestos de cercanía porque -como dice el proverbio chino- “si no recorres frecuentemente el camino que lleva al huerto del amigo, acabará creciendo la hierba y no podrás encontrarlo fácilmente”.


Jesús disfruta con la amistad. A quienes creemos en él nos considera amigos: “Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer” (Jn 15,14-15). La amistad de Jesús implica una exigencia y un don. El don es que Jesús nos hace partícipes de su intimidad con Dios, nos introduce en su misterio de amor. La exigencia es que tenemos que hacer lo que Jesús nos mande. En tiempos de furiosa libertad, esta frase suena mal. Pero, en realidad, es solo un modo de ponernos en el camino de lo esencial: “Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,12-13). 

Ser amigos de Jesús significa amar a los demás como él nos ama a nosotros; es decir, hasta el punto de dar la vida. Creo que es bueno meditar con calma estas cosas esenciales durante los días de la Semana Santa. Nos ayudan a entender mejor quién es Jesús y quiénes somos nosotros.

miércoles, 27 de marzo de 2024

¿Entregar o entregarse?


Judas Iscariote ocupa mucho espacio en los primeros días de la Semana Santa. Hoy Miércoles Santo aparece en el evangelio de Mateo como el discípulo que está dispuesto a “entregar” a Jesús. Una vez que se ajustó con los sumos sacerdotes en treinta monedas, “andaba buscando ocasión propicia para entregarlo”. Seis veces aparece el verbo “entregar” en el fragmento de hoy. En todas ellas el verbo “entregar” puede ser intercambiado por “traicionar”. Judas “entrega” a Jesús como si fuera una mercancía. El mismo que criticó a María de Betania por despilfarrar trescientos denarios en un perfume de nardo es capaz ahora de entregar al Maestro por treinta monedas. 

Para María de Betania, Jesús es alguien que merece ser ungido. Para Judas, Jesús es alguien que puede ser entregado/traicionado/vendido. La diferencia es clara. Me impresiona mucho la afirmación de Jesús durante la cena: “Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar”. Es obvio que la frase va dirigida a quienes estaban compartiendo con él la cena, pero la frase atraviesa la historia. Va dirigida también a quienes participamos en la Eucaristía en distintos tiempos y lugares.


La sola idea de “entregar” a Jesús, de intercambiarlo por otros bienes, me produce escalofríos. Y, sin embargo, es lo que todos nosotros hacemos cuando pecamos, cuando con nuestra tibieza o nuestra cobardía, aseguramos “no conocerlo”, como Pedro. Vivimos una fe demasiado blandengue. A menudo nos dejamos llevar por la pereza, no estamos dispuestos a batirnos por Jesús. Lo vendemos por las “treinta monedas” de la tranquilidad, la aceptación social o el bienestar personal. 

La “entrega/traición” de Judas, por estigmatizada que esté, no es sino el reflejo de nuestras traiciones miserables. No nos gusta que nos lo recuerden, pero es redentor llamar a las cosas por su nombre. Quizá una forma de fortalecer nuestra fe es no tener miedo a reconocer nuestras cobardías y traiciones sin sentirnos humillados por ello, abiertos a la gracia redentora de Jesús, que perdona y rehabilita, que abre un futuro donde nosotros nos anclamos en el pasado. 


Frente a la “entrega/traición” practicada por Judas y por todos los que nos parecemos a él más de lo que nos gustaría, está la “entrega/donación” del mismo Jesús. Esta entrega no es fruto de la traición sino del amor. Jesús se convierte libremente en hostia viva de esa Eucaristía que es ofrecimiento por toda la humanidad. Por eso, quienes lo seguimos, estamos invitados a no detenernos en la entrega/traición, a hacer de nuestra vida una entrega/donación. 

Es verdad que esta segunda entrega exige morir a nosotros mismos, pero es una muerte que produce fruto, como la del grano de trigo que se siembra en tierra buena. La entrega/traición conduce al fracaso, a la desesperación, a la pérdida de todo. La entrega/donación conduce a la plenitud de la vida, a la alegría sin fin. Este Miércoles Santo nos confronta con estas dos maneras de afrontar la vida. ¿Entregar o entregarse? Mirándonos en el espejo de Judas y de Jesús, podemos elegir libremente cómo queremos vivir nuestra vida.


martes, 5 de marzo de 2024

Cuestión de prioridades


Cuando me apresto a escribir la entrada 2.347 de este Rincón, ya un poco amarillento, miro de reojo el papel en el que tengo la lista de cosas por hacer y me entra un leve escalofrío. Soy de los que encuentran regocijo en ir tachando de la lista las tareas hechas, pero ese pequeño placer no compensa la preocupación por las aún no realizadas. Siempre me acuerdo del viejo axioma “serva ordinem et ordo servabit te” (guarda el orden y el orden te guardará), aunque la sabiduría del dicho latino no basta para hacer las tareas pendientes con entusiasmo. 

No sé si es cuestión de la edad, pero empiezo a pensar que la vida moderna es demasiado complicada. Nos pasamos el día atendiendo asuntos, haciendo gestiones, respondiendo correos y mensajes… Al final, uno se pregunta: “¿Para qué sirve todo esto? ¿Es necesario para vivir con sentido y tranquilidad?”. Sé que hay personas a las que se les viene el mundo encima si no están siempre haciendo cosas. No es mi caso. Puedo pasar mucho tiempo sin hacer nada y no me siento culpable, aunque, por desgracia, no tengo muchas oportunidades de experimentar esta situación. Casi me dan ganas de volver a leer el Menosprecio de corte y alabanza de aldea, escrito por el obispo y escritor Antonio de Guevara en 1539. Echo de menos un estilo de vida sencillo, centrado en la oración, en las relaciones interpersonales y en un trabajo discreto.


Si algo puede aportar la vida consagrada en este momento es precisamente un modo de vivir que sea alternativo al que hoy impera en nuestras sociedades aceleradas. Por desgracia, no siempre es así. A veces, más que aportar serenidad, belleza, escucha y esperanza, aportamos nerviosismo, aceleración y desánimo. Si algo me gusta de la antigua Regla de San Benito es el ideal de armonía en medio del caos. 

Por eso, no me extraña que haya profesionales que, tras unos años de experiencia laboral extenuante, se sientan atraídos por la vida monástica más que por la vida de las congregaciones apostólicas, demasiado parecidas a su propio estilo de vida, al menos en lo que respecta al cúmulo de tareas que realizar. La casa se llena del perfume de nardo -como recordaremos en el Evangelio del Lunes Santo- cuando sabemos colocar la gratuidad de la amistad por encima de la productividad del trabajo. Ya sé que ambas realidades son necesarias, pero es cuestión de prioridades.


La Cuaresma avanza inexorable. La llamada a la conversión reviste matices diversos según la situación que vivimos cada uno de nosotros. A veces, no se trata de pasar de la incredulidad a la fe, o del pecado a la gracia, sino de un estilo de vida mundano a otro que sepa más a evangelio. Y que, por tanto, lleve las notas de una buena noticia: paz, alegría, compasión, trabajo sereno, etc. Cuando somos jóvenes o de mediana edad necesitamos trabajar para abrirnos camino en la vida, autoafirmarnos y contribuir a mejorar las cosas. 

Con el paso del tiempo uno va descubriendo que hay otros caminos más eficaces para mejorar las cosas que no pasan necesariamente por la actividad frenética, por bienintencionada que sea. Normalmente, las personas no necesitan que hagamos muchas cosas, sino que dediquemos tiempo a escucharlas. La “única cosa necesaria” de la que habla Jesús tiene mucho que ver con el paso de la idolatría a la adoración, de lo secundario a lo principal, del dinero al perfume.

Por cierto, ya puedo tachar de la lista de cosas por hacer “escribir la entrada del blog”.

lunes, 25 de marzo de 2024

El refugio de los amigos


Existe el viernes negro (Black Friday) al día siguiente del jueves de acción de gracias. El lunes triste (Blue Monday) se celebra el tercer lunes de enero. Hay otros días de la semana que reciben distintos calificativos: lunes de pascua, martes de carnaval, miércoles de ceniza, jueves lardero, viernes de dolores, domingo sangriento, etc. Pero solo en la Semana Santa todos los días (de lunes a sábado) se califican de “santos”. Hoy es el primero de ellos. Otros años he escrito sobre el significado del Lunes Santo, que bien podría llamarse también el “lunes de los amigos”. Antes de sufrir la pasión, Jesús se refugia en Betania junto a sus amigos Lázaro, Marta y María. 

Hoy quisiera reflexionar sobre “el refugio de los amigos”. Quizá la expresión suene un poco reductiva (los amigos son mucho más que un refugio en momentos de crisis), pero vale la pena explorar este aspecto de la amistad en tiempos tan individualistas como los que corremos.


Tengo la impresión -quizá no es más que un sentimiento superficial- de que nos hemos vueltos muy celosos de nuestra privacidad, de que no queremos que nos molesten (ni siquiera las personas queridas) y de que tampoco nos gusta invadir el espacio de los demás. En vez de llamar por teléfono y pasar un rato charlando, optamos por enviar mensajes de texto o pequeños audios. Solemos decir que de esta manera no invadimos el tiempo y el espacio de la otra persona, pero, en el fondo, es una huida del desafío que supone toda conversación. Con muchas personas repetimos el mantra “a ver si nos vemos”, pero nunca concretamos el lugar y la fecha. Prodigamos el “puedes contar conmigo para lo que necesites”, pero nos sabe mal que alteren nuestra agenda con peticiones inoportunas. 

En la lista más o menos larga de amigos y conocidos no es fácil señalar con cuántos podemos contar “a tiempo y a destiempo”. En caso de apuro, ¿qué números de teléfono marcaríamos con la seguridad de que al otro lado vamos a encontrar siempre comprensión y ayuda y no simplemente frases corteses y respuestas evasivas? En la adolescencia y juventud, los amigos son sagrados. Recurrimos a ellos antes incluso que a nuestra familia. En esas edades se establece una complicidad que va más allá de la cortesía y el derecho a la privacidad. De adultos, un poco escarmentados por experiencias negativas, medimos más las distancias, nos protegemos más, nos volvemos más calculadores.


Jesús no tenía que medir ninguna distancia con Lázaro, María y Marta porque con ellos se sentía en casa. No se trataba de una relación profesional, ni siquiera discipular. Entre ellos se respiraba la fragancia del nardo de la amistad. Por eso, Betania era un refugio para Jesús en la fatiga del camino, pero también un trampolín que lo lanzó a asumir el final que lo aguardaba en la vecina Jerusalén. Cuando encontramos amigos así, que nos cobijan y nos lanzan, que nos quieren y nos estimulan, que nos perdonan y nos corrigen, que ríen y lloran con nosotros, podemos afrontar la batalla de la vida con la seguridad de que no vamos a terminar derrotados. 

Hoy no es fácil ser y encontrar amigos con estos rasgos. La atmósfera cultural nos ha ido volviendo cada vez más celosos de nuestro espacio personal, menos pacientes, más herméticos. Los mismos que exhiben una identidad impúdica en internet son los que temen una conversación cara a cara. La vulnerabilidad se maquilla con los filtros que nos proporciona la sociedad de la apariencia. El resultado es que pocas personas nos molestan, pero, a la postre, pocas nos quieren. Disminuyen los lugares donde refugiarnos con seguridad. El propio yo acaba convirtiéndose en una caverna inaccesible.

lunes, 29 de marzo de 2021

La fe se transmite en dialecto

El Lunes Santo se abre con un encuentro entre amigos. Me gusta cómo distribuye los roles el evangelio de Juan: “Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban con él a la mesa. María tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los pies y se los enjugó con su cabellera”. Los tres hermanos de Betania (Marta, Lázaro y María) son amigos de Jesús. A Marta se la ve afanosa; a Lázaro, cercano y atento. María, la contemplativa, se encarga de la unción con la que anticipa la muerte y sepultura del Maestro. El resultado de las tres acciones conjuntas (servir, escuchar y ungir) es que “la casa se llenó de la fragancia del perfume”. En realidad, estos tres hermanos anticipan tres funciones de toda comunidad cristiana: la diakonía (servicio), la didascalía (formación) y la leitourgia (liturgia); las tres en el marco de la koinonía (comunión) simbolizada por la amistad que une a los tres hermanos con Jesús. Cuando las cuatro dimensiones se articulan bien, la casa de la Iglesia se llena del perfume de la fe, del amor y de la esperanza. Necesitamos comunidades que huelan bien para que puedan resultar acogedoras. 

¿Es todo perfecto en la casa de Betania? No. Judas se encarga de poner una nota discordante para alterar la escena: “¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios para dárselos a los pobres?”. El contenido va completamente en línea con la predicación de Jesús. Cualquiera de nosotros lo hubiera suscrito. Suena a Evangelio en estado puro. La motivación, sin embargo, tiene otra música. De hecho, el autor del cuarto evangelio se encarga de añadir: “Esto lo dijo, no porque le importasen los pobres, sino porque era un ladrón; y como tenía la bolsa, se llevaba de lo que iban echando”. No podemos usar a los pobres como arma arrojadiza. Es obsceno. Y mucho menos oponer el amor a los pobres y el amor a Jesús: “A los pobres los tenéis siempre con vosotros, pero a mí no siempre me tenéis”.

La tensión que se crea en el marco de una cena de amistad es un ejemplo de las muchas tensiones y contradicciones con las que tenemos que vivir hoy la fe en nuestras familias, parroquias y comunidades. Judas pone palabras a las trampas que nos ponemos unos a otros para no entregarnos por completo a Jesús. Las más peligrosas no son las excusas burdas, sino las que se presentan con apariencia de bien (sub angelo lucis, como le gustaba decir a Ignacio de Loyola). Los cristianos somos expertos en buscarle siempre tres pies al gato con tal de no vivir a fondo las consecuencias de la fe. 

Marco Pozza con el papa Francisco

¿Cómo explicar quién es Jesús a quien sabe poco de él? ¿Cómo decir algo significativo a mis amigos que son cristianos ambientales, pero que no sienten que Jesús determine el curso de sus vidas porque reconocen no haber tenido ninguna experiencia de encuentro con él? ¿Cómo decir con palabras llanas que hay un Jesús de María de Betania y un Jesús de Judas Iscariote? Es probable que ambos lo admiren, pero es seguro que no lo quieren del mismo modo. Judas ve en él a un líder capaz de movilizar las masas contra el poder opresor romano. Se siente contento de ser de los suyos. María ve en Jesús a un amigo cuyas palabras le llegan al corazón. Yo me quedo con el Jesús de María. El de Judas me parece un personaje ideológico. No estoy ya para estos juegos. 

Me gustaría contar estas cosas en el blog de manera directa y comprensible, pero enseguida me sale el profesor y el cura que llevo dentro. Cito textos, introduzco razonamientos y domestico las palabras. No lo puedo evitar. Admiro a quienes saben contar estas cosas “en dialecto”, es decir como habla la gente de la calle. Hay un cura italiano, don Marco Pozza, que posee esta cualidad en grado sobresaliente. Tiene poco más de 40 años. Trabaja como capellán en la cárcel de máxima seguridad Due Palazzi de Padua. Escribe libros, hace programas de televisión y tiene un gancho especial con los jóvenes. No lo conozco personalmente, pero en los vídeos que he visto aparece como un tipo delgado, nervioso, hiperactivo y parlanchín. El año 2020 (el año de la pandemia) hizo una serie de varios programas sobre el Credo para la TV2000 que pertenece a la Conferencia Episcopal Italiana. Parece que fue él quien le sugirió al papa Francisco la idea de hacer ese momento especial de oración que tuvo lugar en la tarde del 27 de marzo del año pasado en la plaza de san Pedro. ¿Qué significa creer hoy? ¿Cómo se puede explicar durante una hora en qué creemos los cristianos?

Marco Pozza en la cárcel "Due Palazzi" de Padua

Vestido con pantalones vaqueros y zapatillas deportivas, a lomos de una bicicleta, se pone a dialogar con todo tipo de personajes: desde el papa Francisco (conviene prestar atención al encuentro entre ambos), hasta un filósofo no creyente, una ex Miss Italia, el cura que le entusiasmó de niño, su hermano Sergio y otros muchos. Quiere contar la fe (o la no fe) con el lenguaje de la gente, en dialecto. En uno de los programas cuenta una anécdota que revela la fuerza de este enfoque. Cuando el pequeño Marco tenía solo cinco años, echó una mano a su abuela para montar el nacimiento tres semanas antes de la Navidad. Al día siguiente por la mañana comprobó que el niño Jesús no estaba en su cuna tal como lo habían dejado la tarde anterior. Enfadado, decidió no ir a la escuela y pedir explicaciones a su abuela. Esta, serena, le dijo que había retirado la figurita de Jesús y que no volvería a colocarla hasta que no llegara el día de Navidad. Cuando el pequeño Marco le preguntó por qué, la abuela se limitó a responder en el dialecto local: “Porque a Dios le gusta hacerse desear”. 

Marco confiesa que la sencilla explicación de su abuela se le clavó en el corazón más que todas las reflexiones que encontró sobre el “deseo de Dios” durante sus estudios filosóficos y teológicos. Desear a Dios es el comienzo de toda aventura de fe. ¿Cómo pudo una abuela de pueblo decir tanto con tan pocas y precisas palabras? Necesitamos este tipo de personas, catequistas de la vida cotidiana, expertos en unir la fe y las experiencias humanas más elementales. Estoy convencido de que muchos abuelos todavía siguen siéndolo, aunque tengo mis dudas respecto de los abuelos de mi edad, que son representantes de una generación muy secularizada que ya no sabe hablar este dialecto de la fe sencilla, profunda y personalizada. 

Os dejo con el primer programa de la serie de don Marco. Dura en torno a una hora. Está en italiano, pero estoy seguro de que muchos lectores del Rincón pueden captar lo esencial; por lo menos, el entusiasmo de un cura que no se contenta con que las cosas sigan como están, sino que se echa a la calle con su bicicleta para llegar a la gente y escuchar sus relatos. Aspira a que no solo admiremos a Jesús (como lo hacía Judas), sino que lo queramos (como hacían, María, Marta y Lázaro de Betania). 

Si alguien tiene interés en ver el resto de los vídeos, puede pinchar aquí. Quizá la Semana Santa es una buena oportunidad para profundizar en las razones y contenidos esenciales de nuestra fe. Mis amigos italianos disfrutarán con los paisajes y gentes de este hermoso país. 


TE ESPERAMOS EN EL

ENCUENTRO ZOOM DE SEMANA SANTA

DE LOS LECTORES DE EL RINCÓN DE GUNDISALVUS

Tema: SUS HERIDAS NOS HAN CURADO (Preparación para el Triduo Pascual).

Fecha: Miércoles, 31 de marzo a las 18:00 (hora de Roma y de Madrid).

Para unirte a la reunión Zoom basta que pinches aquí:

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lunes, 24 de marzo de 2025

Solo trece palabras


El papa Francisco ya está en su apartamento de Santa Marta desde ayer a primera hora de la tarde. Su antigua cama ha sido sustituida por una cama articulada para facilitar su cuidado. Le aguardan dos meses de paciente convalecencia. 

A muchas personas les ha llamado la atención que ayer, cuando se asomó al balcón de una de las habitaciones de la quinta planta del policlínico Gemelli (no de la suya, que está situada en la décima), las únicas palabras que dijo, con voz débil y entrecortada, fueron: “Grazie a tutti. E vedo questa signora con i fiori gialli! È brava!” (Gracias a todos. Y veo a esta señora con las flores amarillas. Es buena). La tal señora es una mujer calabresa de 78 años llamada Carmela que, poco después, declaró: “Se suponía que iba a dar la bendición y en su lugar vio mi manojo de rosas. Le deseo una pronta recuperación y que vuelva a estar entre nosotros”. 

Después de casi 40 días recluido en una habitación de hospital, uno hubiera imaginado que sus primeras palabras iban a ser solemnes o por lo menos piadosas. Ese tipo de discurso más formal lo dejó para el texto que acompañaba la recitación del Ángelus. Él prefirió pronunciar solo trece palabras (quizá doce) y fijarse en un detalle de amor, como cuando Jesús, rodeado por una multitud que lo aplastaba, dijo: “Alguien me ha tocado” (Lc 8,46). O como cuando, en la cena de Betania, poco antes de su muerte, Jesús dejó que su amiga María le ungiera los pies con “una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso” (Jn 12,3). El gesto de Carmela, la señora de las flores, va en esa línea de un amor gratuito. El saludo del papa Francisco deja a un lado el protocolo y agradece ese gesto espontáneo. Tenemos mucho que aprender.


No olvido que hoy, 24 de marzo, se cumplen 45 años del asesinato de san Oscar Arnulfo Romero en la Capilla del Hospital de la Divina Providencia de San Salvador que he tenido la oportunidad de visitar en un par de ocasiones. Monseñor Romero pertenece a esa categoría de santos contemporáneos que hacen creíble el Evangelio. Pasó de ser un obispo piadoso y responsable a ser un pastor comprometido y valiente. Esta “segunda conversión” tiene mucho que decirnos a quienes tal vez vivimos una fe demasiado contemporizadora, a quienes fácilmente casamos el Evangelio con la injusticia, la fe con la comodidad. 

En las últimas décadas, las iglesias latinoamericanas nos están ayudando a despertarnos de un letargo que puede sumir a Europa en la noche de la indiferencia. Creo que, en vez de poner el acento en lo que no nos gusta de ellas (sencillamente porque no coincide con nuestras tradiciones y costumbres), deberíamos acoger el “perfume de Evangelio” que exhala el testimonio de tantos cristianos (la mayoría desconocidos) que viven su fe en Dios y en Jesús con sencillez, sin el agobio de quienes nos estamos debatiendo siempre entre la fe y la duda porque vivimos alejados del mundo de los pobres, que es el “lugar teológico” en el que uno aprende a creer. Tanto el papa Francisco como san Oscar Romero nos lo han dicho por activa y por pasiva.

miércoles, 30 de octubre de 2019

El amor es exagerado

Me llaman de recepción a eso de las 11 de la mañana de ayer. Me dicen que abajo me espera un alemán que quiere hablar conmigo. No tenía concertada ninguna cita para esa hora. Bajo desde mi despacho a la planta principal. Veo a un alemán enorme de unos 50 años. Viene en manga corta. Está sudoroso. A su lado veo a una señora de más de 80 años sentada en una silla de ruedas. No conozco a ninguno de los dos. No sé por qué están aquí. El alemán me dice, en una mezcla de alemán e inglés rudimentario, que viene a traerme un calendario que le ha dado para mí Alois, un claretiano de Mühlberg, a quien sí conozco bien. Esto me tranquiliza. Veo, por lo menos, un punto de contacto. La sorpresa vino a continuación. Con su lenguaje torpe, me dice que ha venido desde el Vaticano caminando, sirviéndose de las indicaciones de Google Maps. A buen paso, yo suelo tardar unos 45 minutos de mi casa hasta San Pedro. No quiero ni imaginarme lo que supuso para este fornido alemán empujar la silla de ruedas de su anciana madre por las aceras agujereadas de Roma, escalar la colina de Parioli y sortear las infinitas motos que hacen del tráfico de esta benedetta ciudad una experiencia caótica y peligrosa. Y todo, bajo un fuerte sol otoñal. Naturalmente, les invité a descansar un rato y tomar algo. Y luego los llevé de vuelta a los alrededores del Vaticano en uno de los coches de casa.

Esta historia es una simple anécdota, pero tiene su moraleja. Cuando le pregunté a Svan –así se llama este alemán robusto, conductor de camiones– por qué había realizado ese tremendo esfuerzo, me respondió a base de gestos algo parecido a esto: “Cuando yo era pequeño, mi madre cuidó de mí y me paseaba en el cochecito de bebé. Justo es que ahora yo la lleve a ella, anciana y enferma, en su silla de ruedas”. No solo hizo el recorrido a pie del Vaticano a mi casa, sino que antes se había arriesgado a viajar con su madre en coche desde Alemania a Roma. Ambos son católicos. No es la primera vez que hacen este viaje. Para ellos es importante confesar la fe ante las tumbas de los apóstoles Pedro y Pablo. Me quedé sin palabra. A menudo no hacemos muchas cosas que nos parecen importantes por no cargar con el peso de sus consecuencias. Svan no dudó en asumir los muchos inconvenientes que tiene viajar con una persona anciana y con problemas de movilidad. Es fuerte, tiene mucha paciencia y sentido del humor, sabe conducir bien, pliega y despliega la silla de ruedas con destreza, pero, sobre todo, demuestra mucho amor. Me di cuenta de que sería capaz de hacer cualquier cosa por su anciana madre. Esto es lo que me llegó al alma.

Hoy nos hemos vuelto demasiado calculadores. Nos gusta hacer el bien, pero hasta un cierto punto. Procuramos ayudar a los demás, pero sin que esto trastorne mucho nuestro estilo de vida. Queremos atenernos a nuestros horarios, costumbres, presupuestos, etc. porque esto nos da seguridad. Todo lo que signifique salirnos de ahí nos incomoda. A veces, en un gesto de generosidad, lo hacemos, pero un poco a regañadientes, como quien concede algo que no se debe repetir. Quizás por esto, porque vivimos en un contexto de comodidad e individualismo, me sorprendió tanto la actitud de Svan. Fue capaz de hacer 6 kilómetros a pie empujando la silla de ruedas de su anciana madre… simplemente para entregar un calendario de pared del año 2020. Me hizo recordar a la mujer que derramó un perfume de nardo sobre los pies de Jesús. El amor es exagerado, imprudente, excesivo. Donde hay siempre cálculo y medida, el amor no fructifica. Se queda en el nivel de la cortesía. Creo que necesitamos muchas personas como Svan, dispuestas a entregarse sin medida. Dios sabe recompensar a su manera a quien se entrega porque, en el fondo, Dios es así: derrochador, sobreabundante, infinito. Jesús lo dice con ejemplos prácticos: “Si alguien te obliga a caminar un kilómetro con él, camina dos. Y si alguno te fuerza a llevar una carga a lo largo de una milla, llévasela durante dos” (Mt 5,41). Pues eso.

jueves, 27 de agosto de 2020

Casi 29 años

Felipe en la residencia
Ayer falleció el claretiano Felipe Bravo Llorente. El hecho no sería noticia si no fuera porque aún era relativamente joven (57 años) y, sobre todo, porque llevaba casi 29 años en estado comatoso desde que sufriera un accidente de tráfico el 21 de diciembre de 1991 cuando se dirigía en coche desde Puertollano (Ciudad Real) a Colmenar Viejo (Madrid) para participar en la ordenación sacerdotal de un compañero. Ha sido un período muy largo de sufrimiento y misterio. A lo largo de estos años han muerto sus padres, que tanto se preocuparon por él en las primeras etapas. Él ha permanecido en una residencia de Aranjuez, bien cuidado por su personal y acompañado por familiares, claretianos y amigos. Una voluntaria local lo ha visitado a diario, casi como si fuera su segunda madre, una especie de ángel custodio que le prestaba a Dios corazón y manos. Es un testimonio impresionante de atención y fidelidad, una de esas historias escondidas que hacen más creíble la fe en Jesús. Escribo estas líneas minutos antes de ponerme en camino para participar en el funeral y entierro de Felipe. 

Me cuesta encontrar las palabras justas para expresar lo que siento. Podría hablar de alivio (porque su muerte pone fin a un sufrimiento que parecía interminable), esperanza (porque confiamos en la misericordia infinita de Dios) y perplejidad (porque no acabo de entender el misterio de una existencia “truncada” de un modo que se me antoja absurdo visto con ojos humanos). Felipe vivió la mitad de su vida postrado en cama, totalmente dependiente de sus cuidadores, incapaz de proferir palabra, aunque tenía algunas reacciones que a veces nos desconcertaban. La última vez que lo vi fue en diciembre de 2016. Faltaban pocos días para Navidad. Mientras le hablaba con cariño “como si me escuchase”, entoné algunos villancicos. Su rostro se iluminó. Sus ojillos se movían inquietos al ritmo de la música. No pude calibrar el verdadero alcance de su reacción, pero me emocionó.

Primera misa de Felipe
Sé que situaciones como estas suscitan un gran debate ético. Me hago cargo de las razones que esgrimen unos y otros. Yo doy gracias a Dios por habernos ayudado a cuidar “exageradamente” de la vida de un hermano cuando algunas (pocas) voces sugerían otros caminos. Es un canto de gratitud al Dios de la vida, una muestra de respeto a lo más sagrado del ser humano. Es cierto que hollamos el Misterio, pero es preferible quedarse perplejo ante él antes que intentar domeñarlo. La gran tentación de la cultura contemporánea es precisamente querer controlar la vida, bajo capa de investigación, búsqueda de soluciones y hasta actitudes compasivas. No somos los dueños de la vida, sino sus cuidadores. A veces, cuesta aceptar esta vocación diminutiva, pero en eso estriba nuestra grandeza como seres humanos, como hijos e hijas de un Dios que quiere que todos tengamos vida: Gloria Dei vivens homo.

Estamos acostumbrados a hacer siempre balances de costos y beneficios. Los criterios que manejamos con las cosas no sirven para el trato de las personas. Si algo puede aportar el cristianismo al debate ético contemporáneo en un contexto tan productivista y pragmático como el actual, es no doblegarse ante sus imperativos, defender la vida en todas sus etapas y expresiones. Todo forma parte del mismo don de Dios. No es fácil entender esta “exageración” cristiana (de la que rebosan los Evangelios como rebosaba el perfume de nardo que María de Betania vertió sobre Jesús) cuando el capitalismo nos ha acostumbrado a buscar siempre el máximo beneficio con el mínimo coste.

Residencia de Felipe en Aranjuez
Tendría otros muchos asuntos en los que fijarme hoy, a punto de regresar a Roma tras varias semanas en mi país, pero hay acontecimientos que se imponen por su densidad. La muerte de Felipe, tras casi 29 años de postración y de misterio, es uno de ellos. Frente a la tentación de multiplicar las reflexiones, prefiero permanecer en silencio, unirme a su familia y a sus amigos y “entregárselo” a Dios para que complete en él la obra grande a la que fue llamado. De los tres verbos que Claret adjudica al hijo del Corazón de María, (orar, trabajar y sufrir), Felipe ha conjugado de manera excelsa el tercero. Ha sido un misionero de cuerpo entero sin moverse del cuarto de una residencia asistida, asociando su sufrimiento al de Cristo que continúa su pasión entre nosotros. Demasiado sublime para nuestra mente raquítica.

Entre diciembre de 1991 y agosto de 2020 han sucedido muchas cosas. Si por hipótesis Felipe hubiera “despertado” ahora, tras tanto tiempo en estado vegetativo, se hubiera encontrado un mundo totalmente cambiado. Su cerebro se paró en las postrimerías del siglo XX. Estamos ya en pleno siglo XXI, en un año (2020), que pasará a la historia como el año de la pandemia. Ha sido mucho mejor “despertar” al mundo definitivo de Dios, en el que ya no habrá llanto ni dolor.


PARA FELIPE BRAVO 
QUE YA HA LLEGADO A DIOS

(Soneto de Angel Ferrero)

Ya te has ido, Felipe, ya has llegado
al fin, con luz de Dios, de tu andadura,
atrás queda tu cáliz de amargura
que el misterio de Dios te ha adjudicado.

Y ese misterio a mí me ha interpelado
y me ha sumido en una nube oscura
que constriñe mi fe y que me tortura
y no encuentro el salir por ningún lado.

Si Dios te hizo el regalo de la vida
¿No parece que fuera envenenado?
¿Hay respuesta a pregunta dolorida?

La cuestión es, Felipe, que has llegado
a disfrutar la gloria merecida
en el seno de un Dios resucitado.

jueves, 3 de marzo de 2016

24 horas para el Señor


Este año, las “24 horas para el Señor” se tendrán entre el viernes 4 y el sábado 5 de marzo (es decir, entre mañana y pasado). El papa Francisco quiere dar un realce especial a este tiempo en el Año Jubilar de la Misericordia: 
“Muchas personas están volviendo a acercarse al sacramento de la Reconciliación y entre ellas muchos jóvenes, quienes en una experiencia semejante suelen reencontrar el camino para volver al Señor, para vivir un momento de intensa oración y redescubrir el sentido de la propia vida. De nuevo ponemos convencidos en el centro el sacramento de la Reconciliación, porque nos permite experimentar en carne propia la grandeza de la misericordia. Será para cada penitente fuente de verdadera paz interior” (MV 17).
Hay algunos que cuestionan estas “salidas de tono” del Papa. Aducen una razón fundamental: lo que cuentan son los procesos, no los momentos puntuales. Llevan razón. Pero la vida no es lineal. De vez en cuando necesitamos acciones que expresen atrevimiento, exceso, locura. Tener una iglesia abierta durante 24 horas, con el Santísimo Sacramento expuesto y confesores disponibles, es algo disparatado. ¿Quién se va a acercar a una iglesia a las 3 de la madrugada? Pero en este “exceso” es donde se pone a prueba la juventud de la Iglesia (que no sucumbe a sus propias rutinas) y la eclesialidad de los jóvenes (que descubren a Jesús y su comunidad de un modo nuevo). 

Me viene a la mente la escena en la que María de Betania derrama sobre los pies de Jesús casi medio litro de nardo puro, mientras Judas –tan cauto como mezquino– levanta su queja: “¿Por qué no se vendió este perfume en trescientos denarios para repartirlo entre los pobres?” (Jn 12,5). La respuesta de Jesús fue tajante: “¡Déjala en paz!”. El fruto de aquel gesto de amor y belleza no se hace esperar: “La casa se llenó de aquel perfume tan exquisito” (Jn 12,3).

Frente a pastorales raquíticas, que se contentan con el mínimo imprescindible, necesitamos, de vez en cuando, romper el frasco, dejar que el perfume de un amor exagerado inunde nuestra Iglesia, necesitada de un nueva fragancia. “24 horas para el Señor” es un símbolo de este "exceso de amor".