lunes, 21 de octubre de 2019

El método rîb

¿Qué hacer cuando dos personas, dos familias, dos grupos, dos comunidades o dos países están enfrentados y no logran reconciliarse? Ayer aprendimos que, en el peor de los casos, siempre podemos orar. Al fin y al cabo, el perdón es un don que recibimos de Dios. Debemos pedirlo sin desfallecer. Eso no significa, sin embargo, que debamos permanecer pasivos. Hay una antigua enseñanza bíblica que podemos denominar “el método rîb”. La palabra “rîb” en hebreo significa acusar. Según este método, el acusador confronta al acusado con el objetivo de restablecer la relación lesionada. El objetivo no es echar la culpa al otro o demostrar la propia inocencia. Lo que se busca es caer en la cuenta de que el mal siempre genera mal. El método propicia un curioso diálogo a dos entre el ofendido y el ofensor, o entre el acusado y el acusador. Aquí, el verbo acusar o el sustantivo acusador  no tienen un significado negativo. El acusador no condena al acusado porque en el método rîb no se pretende realizar un juicio en sentido estricto. La base es siempre el amor a la otra persona. Cuando acusamos con amor, es más fácil perdonar. El amor por la persona que ha obrado mal (cf. Mt 5, 44) nos ayuda a realizar una acusación liberadora. Esta acusación es una confrontación amorosa, un diálogo sincero, en el que se ofrece el perdón incluso antes de que el acusado admita su error. La confrontación tiene como objetivo usar todos los medios posibles para convencer al transgresor de que admita responsable y libremente su error, a fin de buscar la reconciliación y la paz auténticas.

Para muchas personas es casi imposible practicar esta confrontación amorosa, este diálogo sanador. Les produce inseguridad y miedo.  Se requiere mucha humildad y un gran deseo de buscar la verdad, nunca el ajuste de cuentas o la venganza. El punto de partida es una sencilla pregunta: “¿Realmente veo las cosas con claridad o estoy actuando a partir de percepciones confusas o incluso de prejuicios?”. Esta pregunta es esencial para purificar nuestros puntos de vista, siempre contaminados por emociones intensas y por deseos de una revancha que consideramos justa y necesaria. El método exige también que las dos partes se involucren a fondo, asuman el protagonismo. Se excluye absolutamente la participación de un tercero, lo que se suele conocer como mediador. El acusador tiene que esforzarse por todos los medios posibles, utilizando diferentes habilidades de comunicación, por ayudar al acusado a caer en la cuenta de su actuación negativa, pero siempre en vistas a la reconciliación, nunca a la humillación y menos a la venganza.  Un ejemplo clásico es la estrategia utilizada por el profeta Natán en su acercamiento a David (cf. 2 Sam. 12). Este método exige superar temores y enfrentar los problemas tal como son. Esto es imposible sin desarrollar nuestra capacidad de leer los signos de los tiempos, lo cual solo es posible a su vez si escuchamos la Palabra de Dios y practicamos el examen de nuestra conciencia. Como es natural, en el método rîb pueden aparecer a menudo sentimientos de vergüenza en la persona confrontada. Cuando se acepta con humildad la experiencia de la vergüenza, crece la capacidad de mejora. A diferencia de la culpa, la vergüenza puede conducir a un proceso de superación del mal y de crecimiento personal.

Muchas cosas podrían cambiar en la vida familiar y social si, en vez de arrojarnos piedras unos a otros, aprendiéramos a sentarnos en torno a una mesa y tuviéramos el valor de acusar a la otra persona; es decir, de ayudarle a caer en la cuenta del mal que ha producido, sin buscar falsas escapatorias. Cuando esto se hace desde el odio, engendra un abismo mayor. Cuando se hace desde un auténtico deseo de reconciliación, purificado a través del examen de la propia conciencia, abre un camino de futuro. A la vista de los graves enfrentamientos que estamos viviendo estos días en Cataluña y en otras partes del mundo, me he preguntado qué pasaría si las partes afectadas (por ejemplo, el presidente del gobierno central y el del gobierno catalán; un joven violento y un policía; un ciudadano independentista y otro constitucionalista; un vecino nacido en Cataluña y otro venido de fuera) practicaran este método rîb a pequeña y a gran escala. Es muy posible que se generara otro clima, que el diálogo de sordos se convirtiera en un deseo auténtico de buscar lo mejor para las personas, más allá de prejuicios, sueños y quimeras. El método rîb se basa en algo sagrado: tanto el acusador como el acusado son, por encima de otra consideración, seres humanos. El hecho de que defiendan unos ideales políticos u otros, hablen una lengua u otra, son elementos secundarios que nunca se pueden colocar al mismo nivel que la sacralidad de la condición humana, del hecho de ser hombres o mujeres dignos (hijos e hijas de Dios para quienes leemos la realidad con los ojos de la fe).

domingo, 20 de octubre de 2019

Siempre podemos orar

El Evangelio de este XXIX Domingo del Tiempo Ordinario parece salir al rescate de la situación que estamos viviendo. ¿Qué podemos hacer cuando nos parece que no podemos hacer nada? Esa es la impresión que yo tengo ante muchos hechos que están sucediendo en los últimos días en Siria, en el Mediterráneo, en Chile, en Cataluña y en los espacios más personales en los que experimentamos frustración, violencia o soledad. En momentos así es fácil cansarse, tirar la toalla y retirarse a un rincón (y no precisamente al Rincón de Gundisalvus). Cuanto tenemos la impresión de que la irracionalidad se impone al buen juicio y de que las personas más torpes y siniestras prevalecen sobre la mayoría sensata y buena, sentimos ganas de gritar como la pobre viuda del Evangelio de hoy: “Hazme justicia frente a mi adversario”. 

Pero ¿quién nos va a hacer justicia si hemos perdido la confianza en la justicia humana, en los políticos y hasta en la Iglesia? Hay veces en que, agobiados por los problemas que nos circundan, podemos sentirnos como el protagonista de El proceso de Kafka. Confieso que, a pesar de mi optimismo casi visceral, hay días en que me cuesta entender cómo los seres humanos podemos caer tan bajo. Me lo he preguntado muchas veces respecto de la culta y rica Alemania en los años 30 y 40 del siglo pasado, entregada al nazismo más inhumano, y me lo pregunto ahora ante situaciones que me desconciertan.

A Jesús no le sorprenden estas contradicciones porque ha buceado hasta las simas más profundas del complejo corazón humano. Sabe que somos capaces de lo mejor y de lo peor. El paso del tiempo no parece producir en nosotros un avance significativo. A veces da la impresión de que progresamos y en un abrir y cerrar de ojos retrocedemos varias décadas. ¿De qué nos ha servido, por ejemplo, la traumática experiencia del siglo XX? Pareciera que de muy poco. Cuando veo, por ejemplo, las imágenes de Barcelona en las que tantos adolescentes y jóvenes llenos de rabia lanzan piedras a la policía, queman contenedores y utilizan el mobiliario urbano como arma arrojadiza, me pregunto quién alimenta esta violencia, a qué responde, de dónde viene y cómo se canaliza. Pensar que es solo la respuesta indignada de unas cuantas tribus juveniles –nutridas, en buena medida, por chicos de familias burguesas, con todas las necesidades cubiertas– a una sentencia “injusta” me parece demasiado superficial. 

A veces pienso que los seres humanos no soportamos convivir en paz durante mucho tiempo y necesitamos periódicamente buscar motivos de enfrentamiento y afilar las armas de guerra. Para ello inventamos agravios en vez de buscar juntos las soluciones, exageramos nuestras identidades en detrimento de otras, reescribimos la historia según nos conviene y nos embalamos en propuestas utópicas. Una vez puesta en marcha la espiral de las acusaciones y la violencia es muy difícil reconducirla. La violencia genera violencia. Incluso las aparentes conquistas sociales hechas a base de violencia acaban cobrándose su factura con el paso del tiempo porque esconden dentro el monstruo. Solo las personas místicas se han dado cuenta de esto porque no buscan réditos a corto plazo sino transformaciones profundas y duraderas. Por desgracia, no abundan, por lo menos en las esferas de los poderes públicos. Menudean, más bien, los sofistas, oportunistas, corruptos e irresponsables. Parece que el diálogo auténtico no proporciona réditos electorales. 

La pregunta vuelve sobre nosotros: ¿qué hacer en situaciones así? La respuesta que Jesús nos ofrece es desconcertante para quienes creemos que tenemos que hacer algo más productivo y eficaz. Según él, “debemos orar siempre, sin desfallecer”. Por si no captamos bien esta invitación, nos cuenta la parábola de la viuda insistente (lo del juez inicuo me parece secundario). Es obvio que no se está refiriendo a que cansemos a Dios a base de peticiones constantes. Él mismo nos ha dicho que cuando oremos no multipliquemos las palabras (cf. Mt 7,6). Se trata, más bien, de mantener siempre abierta la línea con Dios, de estar en sintonía con él para que todo cuando hagamos tenga la impronta de su amor. Esta constancia acaba dando su fruto, aun cuando no siempre veamos la conexión entre lo que pedimos y lo que recibimos. 

Orar sin desfallecer es un ejercicio de fe. Consiste en creer que a Dios no se le escapa la historia de las manos, que no quedará ninguna injusticia sin debelar. Las palabras de Jesús son claras: “Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que claman ante él día y noche?”. Cuando tantas veces tenemos ganas de tirar la toalla porque la realidad nos desborda y no sabemos qué hacer, siempre podemos orar. No es una escapatoria para huir de la quema. Es el único camino realmente eficaz. ¿Quién se atreve a seguir creyendo esto con la que está cayendo ahora? Dicho de otro modo: “Cuando venga el Hijo del hombre [está viniendo constantemente a nosotros], ¿encontrará esta fe en la tierra?”.

No me olvido de que hoy celebramos también la Jornada Mundial de las Misiones. El testimonio de muchos misioneros es el mejor comentario al mensaje del papa Francisco para este año 2019. 




martes, 15 de octubre de 2019

Nos quedan los místicos

Hoy todos los periódicos españoles y algunos extranjeros (los italianos no le dan mucho relieve) abren sus páginas con la noticia de la sentencia a los sediciosos políticos catalanes. Y –como era de esperar o de temer– hay reacciones para todos los gustos: desde quienes la aceptan e invitan a acatarla hasta quienes la consideran insuficiente (hubieran deseado una condena por rebelión) o, por el contrario, exagerada e injusta (con lo cual hay motivos añadidos para la protesta callejera y la crítica a las instituciones opresoras del Estado). Yo hubiera querido decir algo, pero desde hace unos dos años –un poco por presión externa y otro poco por prudencia interna– he decidido no escribir sobre este asunto, lo cual no significa que no me preocupe o que no tenga un punto de vista personal. Simplemente, me abstengo para no herir sensibilidades ni añadir más confusión.

Dejo, pues, esta grave cuestión a un lado y me fijo en una mujer experta en navegar por mares procelosos. Me refiero a santa Teresa de Jesús, cuya fiesta celebramos hoy. ¿Qué no se habrá dicho sobre esta santa mística, andariega y resolutiva? Yo rescato unas palabras suyas que nos propone el Oficio de lecturas de hoy: “Con tan buen amigo presente –nuestro Señor Jesucristo–, con tan buen capitán, que se puso en lo primero en el padecer, todo se puede sufrir. Él ayuda y da esfuerzo, nunca falta, es amigo verdadero. Y veo yo claro, y he visto después, que para contentar a Dios y que nos haga grandes mercedes quiere que sea por manos de esta Humanidad sacratísima, en quien dijo Su Majestad se deleita”. Se podría decir de otra manera más directa: el único camino de acceso a Dios es Jesucristo. En el Evangelio de Juan, Jesús mismo lo dice enfáticamente: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Jn 14,6). Estas palabras iluminan el camino en momentos de confusión como los que hoy vivimos.

Hay algunos que piensan que estamos viviendo hoy en muchas partes, sobre todo en Europa y América, una suerte de neo-arrianismo, según el cual Jesús no sería más que un hombre singular que tuvo una honda experiencia del misterio de Dios, buceó en la condición humana y nos mostró un camino de humanización integral. La palabra “humanización” puede ser sustituida, según los contextos culturales y geográficos, por liberación, iluminación, sanación, etc. Confesarlo como el Hijo de Dios y afirmar que fundó la Iglesia son afirmaciones que exceden con mucho los datos “históricos”. Son excrecencias de una comunidad que cayó en las redes de la filosofía griega y del derecho romano y que luego se han transmitido en forma de dogmas intocables. En otras palabras, que a lo largo de la historia nos han vendido gato por liebre. Con expresiones más finas y académicas, esto es lo que repiten algunos exégetas, historiadores y teólogos. Y, por supuesto, se suben a este tren escritores, sociólogos, cineastas y todo el que quiera apuntarse a la moda “disruptiva” (otra palabra de moda) para hacer ver que son personas inteligentes, cultas y que no comulgan con ruedas de molino. Nada nuevo en el fondo, aunque se revista con formas contemporáneas. El arrianismo es una vieja herejía.

Cuando los “entendidos” nos llevan por un camino bastante lejano de la Palabra de Dios so capa de ciencia y de crítica, no tenemos más remedio que pedir el auxilio de los místicos; es decir, de aquellos que no se han limitado a pensar y a hablar, sino que han “experimentado” algo. Santa Teresa es muy clara al respecto: “Muy muchas veces lo he visto por experiencia; hámelo dicho el Señor. He visto claro que por esta puerta hemos de entrar, si queremos nos muestre la soberana Majestad grandes secretos. Así que no queramos otro camino, aunque estemos en la cumbre de contemplación; por aquí vamos seguros. Este Señor nuestro es por quien nos vienen todos los bienes. Él lo enseñará; mirando su vida, es el mejor dechado”. El camino es la humanidad de Jesús. Su Palabra constituye la brújula que nos indica la dirección,

Soy un enamorado de la exégesis, de la historia y de la teología. He dedicado algunos años de mi vida a estas áreas, aunque no me considero experto en ninguna de ellas. Leo con interés algunos libros que considero relevantes. Algunos me han ayudado a purificar la fe y darle más fundamento; otros me han parecido puros ejercicios especulativos, sin rigor crítico y, sobre todo, sin el “sexto sentido” que nos proporciona la fe, sin la sabiduría de los verdaderos maestros espirituales. Hoy se pone a la misma altura lo que pueda decir un escritor de moda, un historiador profesional o una mística como Teresa de Jesús. Todas las opiniones –por el hecho de serlo– valen lo mismo, como si la libertad de expresión fuera la cima de los derechos humanos y aun de la sabiduría. El resultado es una tremenda confusión de la que los más aprovechados sacan ganancia dejando a la gente sencilla desorientada y –en palabras de Jesús– “como ovejas sin pastor”. Por eso hoy me parece imprescindible acercarnos de nuevo a los místicos. Ellos son expertos en caminar por cañadas oscuras, en atisbar el horizonte cuando los demás solo vemos niebla. Los santos y los místicos nos salvan siempre de los engaños a los que nos conduce nuestra autosuficiencia porque introducen el tiempo de Dios en nuestro tiempo.



lunes, 14 de octubre de 2019

Newman, un santo muy inglés

No sé qué estaría pensando ayer el príncipe Carlos de Gales mientras seguía la ceremonia de canonización de cinco beatos en la plaza de San Pedro. Protegido por unas gafas de sol, vestido de manera impecable, tal vez pensó que no había merecido la pena romper con Roma como hizo su antepasado Enrique VIII. El sol de otoño que llenaba la plaza de luz y calor era un símbolo de lo que se gana con la unidad. Casi siempre es preferible a la niebla y la lluvia de Gran Bretaña. Si Mussolini dijo –en referencia a san Francisco de Asís– que “era el más santo de los italianos y el más italiano de los santos”, tal vez el príncipe Carlos pensó que John Henry Newman, canonizado ayer por el papa Francisco, “era el más santo de los ingleses y el más inglés de los santos”. No me atrevo a suscribir la primera parte de la frase (hay santos de la puerta de al lado que pasan desapercibidos), pero concuerdo totalmente con la segunda. John Henry Newman fue un inglés por los cuatro costados. El mismo príncipe Carlos lo reconoce en un artículo que publicó hace unos días en el periódico L’Osservatore Romano. Pero no solo eso. Fue un inglés universal, lo que resulta admirable en tiempos del Brexit. Entre otras cosas, el príncipe Carlos escribe: Su fe fue realmente católica y en ella abrazó todos los aspectos de la vida. En ese mismo espíritu nosotros, seamos católicos o no, podemos en la tradición de la Iglesia cristiana a través de las épocas, abrazar la única perspectiva, la particular sabiduría y visión, traída a la experiencia universal por esta alma individual”.

Vale la pena conocer la biografía de este inglés excepcional, anglicano de nacimiento y católico por convicción. Estos días se están publicando muchas reseñas y artículos sobre él. Fue un auténtico inglés del siglo XIX. Baste recordar que nació en Londres en 1801 y falleció en Edgbaston en 1890. Con casi 90 años recorrió el siglo XIX de principio a fin. Tras su paso a la Iglesia católica en 1845, fue nombrado cardenal por León XIII –otro hombre longevo– en 1879. Escogió como lema “Cor ad cor loquitur” (El corazón habla al corazón). Y a fe que lo llevó a la práctica. Creía en la fuerza de la amistad y del diálogo como caminos hacia la verdad. Su acercamiento a los padres de la Iglesia –nota característica del movimiento de Oxford, del que fue figura significativa– le hizo descubrir la catolicidad como una nota esencial. Le abrió la mente y el corazón. En realidad, no hay nada más progresista y renovador que un conocimiento profundo de la tradición. Sin raíces, el desarrollo es pura ilusión. Precisamente porque Newman estudió a fondo las raíces de la Iglesia, fue capaz de dialogar con la cultura de su tiempo y superar su anglicanismo; es decir, la comprensión demasiado estrecha, demasiado nacionalista, demasiado inglesa, de una fe que es por esencia católica, universal.

Es probable que el príncipe Carlos y el séquito que lo acompañaba (entre los que se encontraban algunos obispos anglicanos) regresaran a Inglaterra con la convicción de que, siguiendo el ejemplo luminoso de un inglés como Newman, ha llegado el tiempo de ensanchar las fronteras y de vivir la comunión plena con la Iglesia católica. Ahora que la política inglesa tiende a cerrarse (el Brexit es su expresión máxima), la Iglesia puede dar un paso profético. De esta manera, superaría la simbiosis con el reino político que tantos problemas le ha supuesto a la larga. Es probable que el papa Francisco, por su parte, viendo a sus hermanos obispos anglicanos y, al otro lado, un buen número de obispos indios de rito siro-malabar (una de las santas canonizadas era una religiosa de Kerala), pensase que la Iglesia católica-universal no tiene que ser solo romana, que puede vivir la unidad de la fe y la comunión de la caridad en una saludable diversidad de expresiones que no mortifique los rasgos de cada iglesia particular ni ponga en duda la unidad fundamental. Creo que si Newman viviera en el siglo XXI nos empujaría en esa dirección. Él llevó el siglo XIX más allá de sí mismo, pero no se le puede pedir que lo estirara hasta nuestro complejo tiempo.

domingo, 13 de octubre de 2019

Más que un curandero

El Evangelio de este XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario no es una lección de urbanidad, una especie de consejo para que –a imitación del leproso samaritano curado por Jesús– aprendamos a dar gracias por los favores recibidos. Si lo interpretáramos así, dejaríamos fuera el mensaje transgresor y alegre que Lucas pretende transmitirnos. En realidad, cuando Lucas escribe que “uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se postró a los pies de Jesús, rostro en tierra, dándole gracias” nos está diciendo que los impuros (de los cuales los leprosos eran la expresión suprema) y los herejes (representados por un samaritano) no están alejados de Dios como solemos pensar. Por el contrario, son ellos a menudo quienes comprenden mejor la novedad de Jesús. No lo ven como un simple curandero que sana algunas dolencias (incluida la lepra), sino como el enviado de Dios que puede sanar toda una vida. 

Las palabras del samaritano curado parecen un eco de las que el sirio Naamán pronuncia según el texto del segundo libro de los Reyes que leemos hoy en la primera lectura: “Ahora conozco que no hay en toda la tierra otro Dios que el de Israel. Cuando el samaritano curado por Jesús se postra a sus pies, rostro en tierra, está expresando algo más profundo que un sentimiento de gratitud, está reconociendo a Dios en el hombre de Nazaret. No solo es un leproso curado: es un creyente y un testigo. Jesús mismo lo reconoce cuando le dice: “Levántate, tu fe te ha salvado”. No es solo cuestión de gratitud. Es un asunto de fe.

Esta catequesis dominical coincide casi en el tiempo con una entrevista en la que J. J. Benítez, autor de varios best-sellers como la saga “Caballo de Troya”, se permite decir que “el Jesús de Nazaret de los evangelios es infumable. No se lo cree nadie”. A mí no me hace ninguna mella una afirmación de este estilo, acorde con los planteamientos “infumables” del autor, pero estoy seguro de que muchas personas que han leído sus libros y no han podido contrastarlos con investigaciones serias, pueden sentirse confundidas y hasta seducidas. Pero más sibilino me parece el hecho de que un periodista como el italiano Eugenio Scalfari haya afirmado que el papa Francisco no cree que Jesús sea Dios. El portavoz de la Santa Sede ha tenido que desmentir semejante impostura. Estos hechos no tienen en el fondo demasiada importancia. Podríamos decir que se trata de dos anécdotas que el tiempo va a borrar, pero denotan algo que se respira en el ambiente cultural de nuestro tiempo y que está afectando a la fe de muchos cristianos: la sospecha de que, en realidad, Jesús era solo un hombre excepcional que nos ha abierto cauces de humanidad. Su “divinidad” ha sido un invento de la Iglesia para sacarle partido, un cuento chino que no tiene ninguna base.

La tesis no es nueva. Con formulaciones varias recorre la historia del cristianismo desde el principio. A veces cuando los teólogos naufragan o se enredan en explicaciones inextricables a la hora de dar una respuesta neta, tienen que ser algunas personas excluidas (como el leproso samaritano) las que, impulsadas por el Espíritu Santo, reconocen en Jesús algo más que un curandero, algo más que un judío marginal, un maestro de sabiduría o un explorador del Misterio, por usar solo algunas de las expresiones con las que se califica a Jesús en obras recientes.

Personalmente, extraigo otra lección del Evangelio de este domingo. Hasta que no experimentamos que Jesús nos cura de algo (sobre todo, de nuestra ceguera y autosuficiencia), en realidad no acabamos de creer en él. Podemos considerarlo un modelo inspirador, un sabio y hasta un amigo, pero no la transparencia de Dios en nuestro mundo. La fe no es solo cuestión de admiración o de ejemplaridad moral. La fe consiste en “postrarse a los pies de Jesús, rostro en tierra, dándole gracias”. Solo las personas que se saben curadas de raíz tienen la humildad y la valentía de postrarse. He conocido historias estremecedoras de personas destrozadas por la droga, las adicciones y la violencia que han experimentado en carne propia lo que significa saberse amadas por Dios. Todo cambia. Es como si empezaran a vivir de nuevo.

La mayoría de nosotros nos limitamos a hacer un simulacro de adoración, casi como una venia de las que recomendaban los viejos manuales de urbanidad. Casi podríamos vivir igual aunque Dios no existiera. Es verdad que tenemos que ser agradecidos por los muchos dones que recibimos de Él, pero esa gratitud solo cobra fuerza cuando es una expresión de fe auténtica, un reconocimiento del misterio de Jesús, una adhesión total a su persona. El Evangelio no es un manual de buenos modales para formar ciudadanos educados. Es una propuesta de vida que siempre va más allá de nuestras ideas, sentimientos y conductas. Por eso, nunca estamos seguros de haber comprendido su fuerza inagotable, aunque J.J. Benítez diga que se trata de algo “infumable”. En el fondo, quizá tenga razón. No podemos “fumarnos” lo que nos supera por todas partes, aunque creamos que lo hemos captado.

sábado, 12 de octubre de 2019

María en tiempos de crisis

Sé que en esta jornada del 12 de octubre se celebran muchas cosas, pero para mí hoy es la Virgen de Pilar. Esta alegría la comparto con miles, millones de personas, incluyendo algunos amigos filipinos de Zamboanga. Con este trasfondo mariano, celebro también el décimo aniversario de la muerte de mi padre. Su recuerdo me acompaña todos los días como una presencia serena, suave, esperanzada. Diría que tanto la presencia de la Madre María como la de mi padre son presencias discretas, que no se imponen, que no exigen mucha atención, sino que están siempre ahí como el aire que respiro; por eso, son presencias reparadoras. Producen sosiego. Animan a vivir con paz, “guardando todo en el corazón”, sin ceder a las prisas que nos desequilibran, permitiendo que las respuestas a las preguntas no sean reacciones nerviosas, aceleradas, sino frutos de un discernimiento sereno. Mientras el mundo gira y gira, cada uno de nosotros encontramos el modo de no dejarnos arrollar por sus remolinos, de distinguir el oro de la ganga, de ponderar lo que realmente importa.

Me gusta mucho la leyenda que hay detrás de la advocación de la Virgen del Pilar. Es una hermosa historia que se remonta al año 40, solo diez años después de la muerte y resurrección de Jesús. Según una antigua tradición, el 2 de enero la Virgen María se apareció a Santiago Apóstol en la ciudad romana de Caesaraugusta, la actual Zaragoza. María llegó “en carne mortal” —por tanto, antes de su asunción— para consolar a un desanimado apóstol Santiago que no lograba convertir a los habitantes locales al Evangelio. Como prueba de su visita, la Virgen habría dejado una columna de jaspe conocida popularmente como “el Pilar”. La leyenda añade que Santiago y los siete primeros convertidos de la ciudad edificaron una sencilla capilla de adobe a orillas del Ebro. Este testimonio es recogido por un manuscrito de 1297 de los Moralia, de san Gregorio Magno, que se custodia en el Archivo del Pilar. La fuerte devoción mariana comenzó en los albores del siglo XIII, cuando empezaron las primeras peregrinaciones a Santa María la Mayor. Ha llegado hasta hoy. Siempre me ha llamado la atención la hondura y fervor con que los aragoneses en general y los zaragozanos en particular viven su devoción a la Virgen Madre.

También hoy –como en los primeros tiempos de la Iglesia– hay evangelizadores desanimados. Consideran que ya hemos ensayado todo lo imaginable para llevar el Evangelio a esta sociedad secularizada y que no hay mucho más que hacer. Experimentan la tentación de tirar la toalla. Se sienten cansados y tristes, como el apóstol Santiago. Por todas partes ven signos de decadencia. La participación en las celebraciones es mínima, aumentan los que se declaran agnósticos o ateos, muchos científicos pregonan a los cuatro vientos que “no hay sitio para Dios en el universo”, algunos artistas tienen a gala provocar los sentimientos de los creyentes con representaciones burlonas del hecho religioso, la crisis de los abusos sexuales ha echado por tierra la credibilidad del clero, se abren paso legislaciones que favorecen el aborto y la eutanasia, crece la xenofobia y el rechazo de los inmigrantes, aumentan las críticas al papa Francisco por su “populismo inoperante”… En momentos así, cuando muchos solo ven nubes negras en el horizonte, cuando han perdido la alegría de la fe, necesitamos la visita de la Virgen “en carne mortal”, necesitamos un pilar en el que apoyarnos. En todas las épocas críticas de la multisecular historia de la Iglesia católica, la madre de Jesús ha sido la mujer que ha percibido nuestra falta de vino (es decir, de alegría, de sentido y de fiesta), se la ha presentado a Jesús y nos ha dicho con mucho amor: “Haced lo que él os diga”. Estoy convencido de que la fuerte devoción mariana de muchas personas que atraviesan crisis de fe es el mejor itinerario para llegar a Jesús y, a través de él, descubrir la presencia de Dios en nuestras vidas.


viernes, 11 de octubre de 2019

No sobra nadie

La entrada de ayer ha tenido más eco del esperado. Lo que más se comenta no es el drástico descenso en la práctica religiosa juvenil –asunto por lo demás muy conocido– sino las sugerencias que pueden mejorar la vida de las parroquias. Quiero partir de una experiencia personal. A veces, cuando tengo que presidir una Eucaristía en alguna parroquia europea (sobre todo, en Italia o España), me hago la siguiente reflexión: “En este grupo de personas (pongamos un conjunto de cien o doscientas) tiene que haber gente con un talento especial para leer. Es probable que haya algunos músicos aficionados o, por lo menos, personas que saben cantar. No es extraño que varios tengan experiencia en el campo económico o de gestión. Con toda seguridad habrá hombres y mujeres con dones para la acogida, la escucha, el servicio, etc. ¿Cómo sacar partido de tanta riqueza?”. A veces las celebraciones resultan anodinas. Muchas parroquias languidecen. Hay párrocos desanimados y casi quemados. Y, sin embargo, tenemos un enorme potencial desperdiciado en nuestras “pobres” comunidades. ¿Qué podemos hacer para sacar provecho de este tesoro? La primera de las cuatro sugerencias que ayer compartí se refería a un liderazgo compartido. Podemos reformularla de otra manera: dones y talentos compartidos.

Cuando reflexiono sobre este asunto enseguida me viene a la cabeza el texto del capítulo 6 de Marcos en el que Jesús multiplica el alimento para una gran muchedumbre a partir de cinco panes y dos peces. Nada es despreciable. De lo poco se puede extraer mucho. Incluso en las parroquias más pequeñas tiene que haber niños, jóvenes, personas maduras y ancianos que pueden aportar algo. Cuando se ponen en común esos pequeños o grandes dones, cuando alguien (normalmente el párroco) es capaz de animar a las personas a compartir lo que tienen, se produce el milagro de la multiplicación: lo que parece pequeño se hace grande. ¿Cómo ayudar a las personas a caer en la cuenta de que son únicas y necesarias, de que nadie sobra en una auténtica comunidad cristiana?  ¿Por qué prescindir de los jóvenes a los que les gusta tocar la guitarra o hacer teatro por el simple hecho de que apenas frecuentan la iglesia? Quizás nadie les ha invitado a colaborar en la música, a empezar un camino de descubrimiento. ¿Cuántas posibilidades perdemos de tener una parroquia con más recursos económicos por no haber contado con el asesoramiento de personas (incluidos algunos jubilados) que tienen experiencia de gestión de empresas o de trabajo en la banca? Cuando un grupo, por pequeño que sea, se pone a imaginar un futuro diferente y comparte los “cinco panes y dos peces” de que dispone, Jesús bendice esa generosidad y hace el milagro de un nuevo comienzo.

¿Por dónde se empieza? A veces, el punto de partida es un párroco dinámico que va invitando una a una a las personas que pueden echar una mano. Otras veces, todo nace en una asamblea abierta a la que se invita a todo el mundo. En ocasiones, son algunos laicos inquietos los que toman la iniciativa y se la proponen al párroco. Conozco algún caso en el que con motivo de una efeméride o un aniversario particular la comunidad se pone en marcha. Los comienzos son muy diversos. No hay dos itinerarios iguales. Lo que importa es creer en los talentos y dones de las personas, conjuntarlos y ponerlos a producir. El milagro de la creatividad no tarda en aparecer. 

No es solo cuestión de dinámica grupal. Es un acontecimiento espiritual. Quien nos da los dones es el Espíritu Santo. Necesitamos creer en su fuerza creativa y unificadora. Comprendo que algunos párrocos, faltos de tiempo y apurados de trabajo, puedan mostrarse un poco escépticos. Comprendo que en contextos muy clericales los laicos sean reticentes a echar una mano y prefieran seguir siendo meros “consumidores” de comunidad. Comprendo que los jóvenes alejados sigan viendo a la iglesia como un recinto que no tiene que ver nada con ellos. Pero todo puede cambiar cuando nosotros mismos creemos en el cambio, cuando no nos resignamos a que las cosas se mueran por falta de coraje y confianza. ¡Es una lástima echar a perder tantos talentos y dones por falta de audacia y de una mínima generosidad! Muchos párrocos sobrecargados respirarían de otra manera si tuvieran la humildad de pedir ayuda y de fomentar al máximo los dones de los cristianos de su comunidad, tanto de lo que participan ordinariamente de la vida parroquial como de quienes parecen alejados.