sábado, 21 de septiembre de 2019

De recaudador a seguidor

Anoche recibí un guasap (¿o era WhatsApp?) de solo dos palabras: “¿Estás bien?”. Se ve que a algunos de mis amigos se les hacía un poco extraño que no hubiera publicado ninguna entrada en el blog en los dos últimos días. Estoy perfectamente, pero saturado de trabajo y de encuentros. El blog puede esperar. No es mi prioridad. Hoy, fiesta de san Mateo, vuelvo a la carga. Este evangelista me resulta simpático porque –como todos los discípulos de Jesús– rompe los esquemas. Está claro que Jesús llama a los que quiere, no a quienes presentan un currículo impecable. Precisamente el jueves por la tarde, paseando con unos primos míos por el centro de Roma, me encontré con el Mateo más famoso de Italia. Se trata de Matteo Salvini, milanés de 46 años, hasta hace pocos días figura fuerte del gobierno italiano. Vestía un pantalón vaquero y una camisa azul marino. Caminaba de la mano de una chica mucho más joven que él. Detrás, a una distancia prudencial, lo seguían dos escoltas que parecían sacados de un equipo de rugby. A pocos metros de donde nos topamos se sitúa el senado italiano (Palazzo Madama) y la iglesia de san Luis de los Franceses, que alberga el famoso cuadro de La vocación de san Mateo pintado por Caravaggio. Recuerdo esta anécdota porque me pareció una extraña coincidencia. Dos Mateos por el precio de uno.

Siempre me ha llamado la atención que Jesús escogiera como colaboradores a personas que hoy no hubieran pasado el filtro de selección en la mayor parte de nuestras instituciones cristianas. Todos, por una razón u otra, presentaban contraindicaciones. Uno de los pocos que tenía un perfil aceptable era el joven rico al que Jesús invitó a seguirle (cf. Mc 10,17-30). Parecía un chico de buena familia, cumplía los mandamientos desde niño, tenía intereses religiosos. Hubiera sido un excelente discípulo de Jesús. Solo le faltaba un pequeño detalle: no estaba dispuesto a dejar su estilo de vida, permanecía demasiado atado a sus bienes. O sea, que pretendía ganar la vida eterna, pero sin arriesgar demasiado; en otras palabras, quería nadar y guardar la ropa. Se volvió triste a su casa. Jesús no busca tanto a la gente buena, sino a la que necesita de su amor. Muchas veces, los “buenos” están satisfechos con lo que son y tienen. Solo quieren un certificado de buena conducta que les devuelva una imagen positiva de sí mismos. Jesús no los desprecia, por supuesto, pero no constituyen su prioridad. Se lo dice claramente a los fariseos: “No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa "misericordia quiero y no sacrificios": que no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores” (Mt 9,12-13).

Vivimos tiempos extraños. Dentro y fuera de la Iglesia, está creciendo una especie de puritanismo que, so capa de coherencia, acabará haciéndonos mucho mal. Hay un puritanismo ecológico, un puritanismo alimenticio, un puritanismo moral y, por supuesto, un puritanismo religioso. Quizá es la reacción lógica a los desmadres de épocas anteriores. Pareciera que los seres humanos nunca logramos vivir de manera equilibrada y sensata: o nos pasamos por un extremo o nos pasamos por otro. A veces, los mismos que en una etapa de su vida han sido muy licenciosos, luego se convierten en puritanos intransigentes. Y al revés, aunque este segundo movimiento es menos frecuente. 

La historia de Mateo es un claro ejemplo de que lo que realmente importa no es tanto ser bueno o malo, cumplidor o relajado, sino dejarse mirar por Jesús, aceptar su amistad y seguirlo. Los cambios se irán produciendo en el camino. Es más fácil ser cumplidor que ser seguidor. En el primer caso, uno se confronta con una serie de normas y preceptos; en el segundo, tiene que entrar en la dinámica de una relación personal, ir detrás de Jesús y dejarse querer por él. Es otra historia. Los cumplidores nos recuerdan que las normas tienen su importancia. Los seguidores nos recuerdan que Jesús no busca a los que se cuelgan medallas al cuello, sino a los que necesitan de su ayuda. Prefiero mil veces pertenecer al segundo grupo.



miércoles, 18 de septiembre de 2019

Así no vamos muy lejos

Después de la conversación que Pedro y Pablo mantuvieron en este Rincón hace apenas diez días, era claro que no habría gobierno en España y que iríamos a nuevas elecciones. Ayer se confirmaron los pronósticos. Es probable que Pedro Sánchez esté convencido, con algunas encuestas en la mano, de que en noviembre va a ganar con holgura. De hecho, ya ha comenzado a pedir el voto a los electores. No obstante, corre el riesgo de que le salga el tiro por la culata, como les pasó a David Cameron (en el Reino Unido) y a Matteo Renzi (en Italia) cuando convocaron sendos referéndums con la intención de ganarlos –es obvio– y, sin embargo, los perdieron. De David Cameron apenas se ha vuelto a hablar, a no ser con ocasión de unas recientes declaraciones sobre la triste muerte de su hijo acaecida en 2009. De Matteo Renzi se habla otra vez porque acaba de abandonar el Partido Democrático para fundar un nuevo partido que se llama Italia viva con el objetivo de luchar contra el salvinismo (la política de Matteo Salvini). No le auguro un largo recorrido. La fragmentación de los partidos italianos ha llegado a tal punto que resulta muy difícil la gobernabilidad. Me da la impresión de que tanto Pedro Sánchez como Matteo Renzi son personajes que anteponen su ego a un verdadero proyecto político colectivo. Confían mucho en sus dotes de seducción, arrastran a algunos incondicionales, sacan conejos de la chistera, pero ignoran que estas dotes sirven para un primer, efímero encantamiento, pero no para una acción de gobierno sólida, eficaz y duradera.

Lo que parece claro es que en Europa ya ha pasado el tiempo del bipartidismo, de la polarización derecha-izquierda, de los grandes debates ideológicos. El panorama se ha fragmentado mucho., de modo que será muy difícil que en este contexto un partido pueda obtener una mayoría absoluta, como, por ejemplo, la que logró Modi en la India en las elecciones del pasado mes de mayo. Los nuevos líderes no tienen que ser superestrellas un poco pagadas de sí mismas, sino, más bien, personas con gran capacidad de negociación y con la flexibilidad suficiente para llegar a acuerdos con otros partidos. Es evidente que tanto Pedro Sánchez como Pablo Iglesias son líderes que están encantados de haberse conocido. Basan mucho su estrategia en una referencia a sí mismos. Algo parecido, aunque quizá en tono menor, podría decirse de Pablo Casado, de Albert Rivera y de Santiago Abascal. Así es muy difícil llegar a acuerdos. Ellos dicen que no pueden renunciar a sus principios, que se deben a sus votantes, pero todos sospechamos que hay otros intereses ocultos. Por otra parte, los partidos reciben también presiones de empresarios, grupos de comunicación, etc. Las cosas no son fáciles.

Ya sé que lo que voy a escribir ahora puede sonar a “pecado contra la democracia”, pero tendría que haber una ley que prohibiera volver a presentarse a unas elecciones a aquellos políticos que en las precedentes no hayan sido capaces de lograr acuerdos. Creo que una ley de este tipo facilitaría la resolución de los bloqueos y, de esta forma, nos ahorraríamos también unos cuantos millones, que, con la enorme deuda pública, no estamos como para tirar la casa por la ventana.

En realidad, más allá de los atajos legales, lo que a mi modo de ver se necesita es un profundo cambio de mentalidad política, que –tal como veo el panorama– no se va a dar a corto plazo. Los partidos que dicen ser órganos al servicio de la ciudadanía se han convertido, en realidad, en organizaciones que buscan su propia subsistencia. Por muchas proclamas teóricas en sentido contrario, lo que de verdad les importa es garantizar su cuota de poder y, con ella, las prebendas aledañas. Si de verdad buscaran los intereses de los ciudadanos, hace mucho tiempo que hubieran encontrado fórmulas de colaboración como, de hecho, se encuentran en otras esferas de la vida social. Tengo la impresión de que el sentido común del ciudadano medio está muy por encima del de la mayoría de los políticos. No es extraño, pues, el enfado generalizado.

Al paso que vamos, va a ver que aplicar la fórmula que se empleó hace siete siglos para la elección del papa. Como es sabido, tras la muerte de Clemente IV (1190-1268) y después de casi tres años de interminables discusiones sin lograr un acuerdo, los mismos ciudadanos de Viterbo, ciudad italiana donde estaban reunidos, presionaron a los cardenales para que acelerasen la elección. El modo fue ingenioso, aunque no muy eficaz.  Los recluyeron bajo llave y les racionaron la comida. Visto que el acuerdo no llegaba, les dieron solo solo pan y agua. Para apremiarlos aún más, levantaron el techo del palacio episcopal con el fin de exponerlos también a las inclemencias meteorológicas. Aun así, fue imposible el acuerdo, por lo que los quince cardenales electores delegaron en seis, quienes finalmente eligieron a Teobaldo Visconti, que tras su consagración tomó el nombre de Gregorio X (1272-1276). No creo que haya que llegar a tanto, pero la historia es sabia.


martes, 17 de septiembre de 2019

Respirar "otro" aire

Aunque la respiración es un proceso automático, los expertos nos dicen que debemos “aprender a respirar”. De hecho, no es tan fácil como parece respirar en profundidad. Hay muchas personas que se ahogan al hablar o al cantar porque no saben manejar bien los tiempos de la inspiración y la expiración. Aprender a respirar, aparte de contribuir a la salud y bienestar de todo el organismo, es un verdadero aprendizaje espiritual porque la inspiración (recibir) y la expiración (dar) expresan bien la dinámica de la vida espiritual. Lo que somos es fruto de una gracia recibida. Lo que estamos llamados a ser es el resultado de una donación. En definitiva, la respiración es un símbolo del amor: recibimos y damos, damos y recibimos. Aprender a respirar bien es un entrenamiento en el arte de amar. Tendríamos que dar mucha más importancia a la respiración en nuestra vida cotidiana.  Es verdad que en algunos cursos de meditación se dedica tiempo a este aprendizaje, pero, en general, se considera innecesario. Pareciera que por el hecho de inhalar espontáneamente el oxígeno y exhalar dióxido de carbono, todos sabemos respirar bien. Y no es así.

Todo se complica debido al estilo de vida urbano de la mayoría de la población. Vivimos en ciudades contaminadas. Junto al oxígeno, respiramos también monóxido de carbono y otros gases contaminantes. Es verdad que muchas ciudades están haciendo un esfuerzo por reducir las emisiones de estos gases y por aumentar sus zonas verdes, pero todavía no es suficiente. Las consecuencias nocivas para la salud han sido muy estudiadas. Quizá no tanto las consecuencias negativas que la contaminación tiene en la vida espiritual. Si respiramos aire contaminado, todo nuestro cuerpo se contamina. Es imposible que esta contaminación física no acabe teniendo repercusiones en nuestro espíritu. Si en vez de recibir un aire puro, recibo un aire contaminado, probablemente tendré más dificultades para vivir con normalidad la dinámica de toda auténtica vida espiritual: recibir amor y darlo. Para los cristianos, el “aire”, el “aliento” (pneuma) por excelencia es el Espíritu de Jesús. Él nos lo ha entregado como el impulso que necesitamos para respirar la auténtica vida de Dios y así contribuir a “divinizar” todo.

Aprender a respirar aire puro, además de equilibrar y sanear nuestro organismo, nos ayuda a inhalar el Espíritu de Dios que se nos concede en el Bautismo. Cada vez que respiramos aire puro con hondura y ritmo, nos estamos entrenando para vivir una vida verdaderamente espiritual; es decir, una vida basada en la apertura a la gracia de Dios (inspiración) y en la entrega desinteresada a los demás (expiración). Huir de la contaminación ambiental y de la toxicidad humana parecen condiciones imprescindibles para crecer en la vida del Espíritu. Por desgracia, no siempre es fácil. A veces, parece que estamos condenados a vivir siempre en ambientes contaminados. En ese caso, necesitamos rodearnos de plantas que absorban el anhídrido carbónico del aire y, mediante la acción de la luz, lo descompongan y liberen oxígeno en el ambiente en el que se encuentran. Hay plantas físicas (siempre beneficiosas), pero hay plantas “espirituales”; es decir, prácticas (como la respiración, la meditación, el ayuno o el paseo) que nos ayudan a descontaminarnos y a ponernos en onda con el Espíritu.

lunes, 16 de septiembre de 2019

Vuelta a Europa

Comienzo a escribir esta entrada en el aeropuerto de Bangalore. Son las 5,30 de la tarde. Faltan tres horas para que despegue mi vuelo a Dubái. Apenas hay gente. Contrasta la tranquilidad de este lugar, en el que casi 20 millones de personas se mueven al año, con el  barullo urbano. Termina mi estancia de dos semanas en la India. Esta vez no me he movido de Bangalore. No he podido visitar otras misiones periféricas, pero sí casi todas las comunidades claretianas de esta gran ciudad.  Regreso a Europa cuando el verano está a punto de terminar y  comienzan las actividades del curso académico y pastoral. Mucha gente desea recuperar cuanto antes un ritmo de vida “normal”. Yo no sé ya en qué consiste la “normalidad”. Llevo muchos años de cambios continuos. 

Sigo escribiendo en el aeropuerto de Dubai. Es medianoche. Acabo de enterarme de que la selección española de baloncesto ha ganado el Mundial en China y de que Marc Márquez ha hecho de las suyas en San Marino. Noticias así me levantan el ánimo, un poco alicaído después de un vuelo incómodo, en medio de un musulmán enorme (que ocupaba parte de mi sitio) y de un hindú que no paraba de hablar por teléfono. Era simpática la estampa de este trío formado por un musulmán, un cristiano y un hindú de una edad semejante. Podía haber sido una ocasión de diálogo interreligioso, pero la verdad es que no nos hemos dirigido la palabra. Ya casi nadie habla en los aviones. Cada uno se coloca sus auriculares y se sume en un mar de películas, documentales o juegos. La proximidad física no se traduce en oportunidad de relación. Todo un símbolo del mundo en el que vivimos. Abundan los medios de comunicación, escasean las ganas de practicarla.

Aprovecho la larga pausa en Dubái para revisar el correo. Un amigo me envía un artículo de la periodista Inés Capdevila, en el periódico La Nación de Argentina. Se titula “La gran amenaza que ronda al papa Francisco”. Me pide mi parecer. A estas horas no estoy para muchas reflexiones. Se me abre la boca de sueño. Estoy en la puerta B-23 rodeado por muchos filipinos que van de peregrinación a Roma y a Lourdes, tal como leo en las tarjetas de identificación que llevan colgadas al cuello. Hay también un buen grupo de italianos. Supongo que han viajado a diversos países de Oriente y ahora se juntan en Dubái para el regreso a Roma. El tema que aborda la periodista en su artículo no es nuevo. Casi desde el comienzo del pontificado de Francisco se habla de él, pero es cierto que ha arreciado en los dos o tres últimos años. Era inimaginable que no se levantara una fuerte oposición, sobre todo en los Estados Unidos. 

Lo que Francisco propone cuestiona en su raíz el sistema económico neoliberal. La mejor forma de combatirlo es desde fuera del mismo sistema. No hay nada más eficaz que ser más papistas que el papa. Grupos conservadores de Estados Unidos, Italia, Argentina, España y otros países la han tomado con el papa Francisco tildándolo de peronista, comunista, infiel a la tradición, contradictorio, charlatán, demasiado “porteño” y otras lindezas por el estilo. En España hay páginas web –autoproclamadas “católicas”– que no le perdonan ni una. Si habla del trato humano que hay que dispensar a los inmigrantes le dicen que, si tanto los quiere, los albergue en el Vaticano. Si sugiere que se puede estudiar el asunto del celibato eclesiástico en algunos casos o la pastoral con los divorciados vueltos a casar, enseguida lo tildan de herético. Ya hablan si reparos de un posible cisma.

No soy ningún experto en asuntos vaticanos. Más aún, no siento mucha curiosidad por ellos. A veces tengo acceso a fuentes de primera mano, pero, en general, dependo de lo que dicen los medios generalistas de comunicación y algunas publicaciones especializadas. Es probable que el papa Francisco a veces pueda ser un poco confuso e imprudente en su manera de comunicar las cosas, pero tengo la impresión de que no da puntada sin hilo, de que sabe por dónde se anda. Sabe muy bien que hay grupos de oposición, en algunos casos liderados por personas inteligentes y de buena voluntad que no comparten su modo de guiar la Iglesia. En la mayoría de los casos, la agresividad exhibida es proporcional a la ignorancia histórica y teológica que los oponentes muestran. Y me parece que no faltan los casos en los que la oposición es una forma de defenderse de los cuestionamientos que el papa hace de un modo muy rigorista de entender el cristianismo. En realidad, los asuntos que está abordando Francisco estaban ahí. Muchos cristianos los percibían, pero pocos obispos tenían la valentía de afrontarlos de cara, como si el silencio fuera el mejor modo de resolveros. 

¿Cómo va a terminar todo? No lo sé, pero mucho me temo que los últimos años de Francisco (como, por otra parte, fueron los de Pablo VI, Juan Pablo II, y Benedicto XVI, van a ser “martiriales”. Va a haber –ya lo está habiendo– fuego amigo y también desilusión por parte de quienes lo apoyaban al principio de su pontificado como si fuera el adalid de las causas progresistas al margen de la Tradición de la Iglesia.  Más allá de sus errores o aciertos –que son susceptibles de ser enjuiciados con objetividad– ya se sabe que cuando se propone un Evangelio claro la oposición no tarda en llegar. Jesús nos lo advirtió: “El discípulo no es más que su maestro, ni el siervo más que su señor” (Mt 10,24).

domingo, 15 de septiembre de 2019

Aquí huele a fiesta

En el Evangelio de este XXIV Domingo del Tiempo Ordinario se percibe un aroma de terneros asados y de vino generoso. Todo huele a fiesta, por más que haya también entes “perdidos”: ovejas, monedas e hijos. Sí, hijos, porque resulta que el pequeño de la famosa parábola de Jesús desafía a su padre y se convierte en un “perdido”. El mayor, en su aparente fidelidad, tampoco ha entendido que su padre lo quiere mucho. Vive igualmente “perdido” en su mundo de rigidez, envidia y resentimiento. Total, que la única manera de superar tanta “perdición” es salir a buscar y organizar una fiesta. El pastor sale a buscar a su oveja, la mujer barre la casa en busca de la moneda y el padre sale a buscar a sus dos hijos. Al final, la búsqueda termina en una fiesta por todo lo alto en la que todos disfrutan. ¿Todos? No, no todos. El hijo mayor se niega a entrar. Le parece que su padre ha sido injusto con él. Y, cuando el padre sale a buscarlo (igual que salió a buscar al hijo pequeño), se lo echa en cara: “Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”. ¿Qué significa una obediencia sin compasión y sin alegría? Nada, pura necesidad de sentirse justificado.

La verdad es que si hubiéramos tomado en serio estas parábolas de Jesús no tendríamos que estar ahora quejándonos de que muchas personas tienen una idea errónea, antipática y castradora de Dios. No andaríamos tirándonos los trastos a la cabeza para ver quién es más ortodoxo y ha obedecido mejor. Jesús no cuenta estas parábolas a sus discípulos. En realidad, los primeros destinatarios son los hombres de la ley, los que se consideraban religiosos y cumplidores. Así introduce Lucas los relatos: “Los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: «Ese acoge a los pecadores y come con ellos»”. A los hombres de la ley y la piedad les escandaliza que Jesús ande y coma con malas compañías; es decir, con publicanos y pecadores. Jesús podía haberse defendido de una manera irónica, como hace en otras ocasiones. Sin embargo, prefiere plantear las cosas desde la raíz. Lo que viene a decirles a los hombres de la ley es esto: “Mirad, yo como con estos hermanos que vosotros consideráis pecadores porque son los preferidos de Dios. Él ha organizado una fiesta para ellos de modo que se sientan en casa. Al comer con ellos estoy manifestándoles esta preferencia que el Padre tiene por ellos. Él no los quiere porque sean buenos o porque se hayan arrepentido de sus maldades, sino sencillamente porque son sus hijos perdidos. Todo buen padre –como el pastor que pierde una oveja o la mujer que pierde una moneda– no se queda de brazos cruzados sino que sale a buscarlos y organiza una fiesta por la alegría de haberlos encontrado. Os estoy hablando de cómo es Dios para ver si os enteráis de una vez”

En realidad, Jesús podría haber añadido algo más en referencia a sus interlocutores: “Ah, ¿qué no os sentís representados en estas historias? ¿Cómo que no? La figura del hermano mayor os queda que ni pintada. Vosotros presumís de obedecer a Dios y de cumplir a rajatabla sus mandamientos, pero, en realidad, no lo amáis ni sentís la alegría de que él os ama mucho? Vivís con el corazón resentido, os limitáis a cumplir las leyes para sentiros justificados. Así, amigos, no se va a ninguna parte. Dios no quiere hijos cumplidores, sino hijos que sean felices disfrutando de su amor”.  Si yo hubiera sido un fariseo de la época y hubiera escuchado estas parábolas de Jesús, hubiera reaccionado con indignación o me hubiera escapado muerto de vergüenza.

El mensaje de Jesús es tan claro, tan válido para todos los tiempos y lugares, que no sé si merece la pena hacer muchas aplicaciones. Nos pasamos la vida queriendo agradar a Dios, de vez en cuando nos cansamos de tanto esfuerzo y regresamos a algunos de nuestros idolillos modernos (como el pueblo de Israel en el desierto cuando se olvidó del Señor invisible y construyó un becerro de oro al alcance de la mano), decimos que la religión es castradora, que nos impide ser libres y felices… Mientras perdemos el tiempo en estas críticas y lamentaciones, Dios sale a nuestro encuentro por los caminos de la vida. Nos busca a todos, porque todos andamos un poco perdidos: algunos porque hemos dilapidado la herencia paterna; otros, porque nos creemos buenos y miramos a los demás por encima del hombro. A Dios no le interesa demasiado qué hemos hecho, en qué circunstancias, cuántas veces, etc. Él está deseando abrazarnos y celebrar la fiesta del encuentro. Algunos aceptan una túnica nueva, un par de sandalias y hasta un anillo. Disfrutan saboreando el ternero cebado y el vino. Otros prefieren quedarse fuera, lanzando improperios, carcomidos por la envidia y el resentimiento. Ellos se lo pierden. ¿De quién es la culpa si cuando “todo huele a fiesta” los cumplidores prefieren vivir su fe con cara y corazón de funeral? 

sábado, 14 de septiembre de 2019

Jubilado viene de júbilo

Tengo varios amigos jubilados. Otros están a punto de serlo. Los primeros llevan bastante bien la situación. En realidad, si se miran bien las cosas, no han dejado de trabajar. Han sustituido su profesión anterior por la de cuidadores de sus nietos. Esta es la ocupación fundamental de muchos neojubilados. Algunos me confiesan que están ahora más cansados que antes, por más que también disfruten cambiando pañales, dando biberones, llevando a los niños al colegio o jugando con ellos en el parque. Varios de mis amigos se prejubilaron hace algunos años. Quienes han cultivado algunas aficiones (por ejemplo, leer, caminar, pintar o tocar un instrumento) disfrutan de esta etapa. Quienes vivían volcados en el trabajo tardan tiempo en acostumbrarse a la nueva situación. Se les cae la casa encima. El tiempo se les hace interminable. No es fácil asumir el aburrimiento. Necesitan la “droga” del trabajo. A veces, hasta rozan la depresión. Leo que el problema se agudiza en los deportistas de élite. Entre los 30 y 40 años tienen que cortar su carrera. El cuerpo no da más de sí a esos niveles de rendimiento. Pasan de ser personajes famosos a un estilo de vida anodino. La mayoría tienen serios problemas de adaptación. No saben qué hacer. Muchos no se han preparado ni psicológica ni profesionalmente para el día después. Se han dado incluso varios casos de suicidio. La sociedad tampoco sabe muy bien cómo tratar a los “juguetes rotos”. Primero los idolatra y luego los olvida o los deja tirados en la cuneta.

En el caso de los curas, el problema apenas existe. Casi todos siguen activos hasta que el cuerpo aguanta. Conozco párrocos rurales que superan los 90 años y todavía conducen su coche para ir a celebrar la misa en algunos pueblos pequeños. Recuerdo el caso de don Antonio, un viejo cura italiano a quien conocí hace bastantes años en un pueblecito de la provincia de Avellino. Era casi ciego. Conducía un Fiat 500 de un amarillo rabioso. De esa manera, los feligreses reconocían enseguida su coche y se apartaban discretamente para no correr el riesgo de ser atropellados por su anciano párroco. (Por cierto, su hermana, la signorina Anna, preparaba una pasta que se comía con los ojos). El mismo papa Francisco ha cumplido ya 82 años y sigue al pie del cañón. En este caso, no hay diferencia entre  vida personal y vida laboral. El sacerdocio no es una profesión que se ejerce a tiempo parcial. Es una vocación que implica toda la vida. Por otra parte, la escasez de sacerdotes que se está viviendo en Europa obliga a muchos a estirar su vida activa hasta extremos casi inaceptables. A veces, los fieles que le dicen al anciano sacerdote que lo admiran mucho por su dedicación son los mismos que se dirigen después al obispo para pedirle que lo retire cuanto antes porque ya no se le entienden las homilías, repite algunas partes de la misa, se ha vuelto un poco gruñón y huele mal. En fin, gajes del oficio.

Más allá de la casuística, la jubilación coincide con un tiempo de madurez personal y, en la mayoría de los casos, con un aceptable estado de salud. Muchas personas se sienten todavía con fuerzas suficientes para seguir dando lo mejor de sí mismas y prestar algunos servicios. No quieren ser arrinconadas o dedicar todo el día a pasear, escuchar la radio, ver la televisión o navegar por internet. Es el momento de cultivar aficiones que quedaron descuidadas durante la etapa laboral y también de ofrecerse como voluntarios. De hecho, más de un amigo mío me ha expresado su deseo de tener una experiencia “en misiones” (como se decía antes) cuando se jubile. Otros están colaborando más en sus parroquias respectivas. Conozco a alguna persona que quiere incrementar el tiempo dedicado a visitar residencias de ancianos o personas mayores que viven solas en sus casas. Para decirlo todo, también conozco casos de personas a las que esta actividad les resulta poco apetecible porque las pone en contacto con la situación que tal vez ellas tengan que afrontar dentro de unos años. No pueden convivir con los límites. Constituyen un recordatorio permanente de su propia fragilidad. Hay de todo. En cualquier caso, jubilación viene de júbilo. Es el tiempo para gozar de las cosas de la vida sin el frenesí de la juventud y sin las prisas de la etapa de madurez. Los jubilados puede aportar la dosis de serenidad que necesitamos en tiempos convulsos, aunque muchos están muy preocupados por el futuro y la cuantía de sus pensiones. De ellas depende su subsistencia. Este problema se agravará con el paso de los años, pero ese es otro cantar.

viernes, 13 de septiembre de 2019

Un poquito de por favor

En España la frase que aparece en el título de la entrada de hoy se hizo famosa en los primeros años de este siglo. Es desconocida en Latinoamérica. La popularizó un simpático cómico de la serie televisiva de Antena3 Aquí no hay quien viva, concretamente Emilio, el portero de la famosa y estrambótica comunidad de vecinos. El personaje estaba interpretado por un entonces desconocido Fernando Tejero. La frase me viene como anillo al dedo para pedir un poco de cordura en el uso del género de las palabras en español. Para evitar el sexismo, machismo, patriarcalismo y no sé cuántos ismos más (objetivo loable y aun necesario), estamos incurriendo, a mi modo de ver, en usos que rayan lo ridículo, con lo cual se produce una reacción de rechazo. Ya hace años, los estudiantes del centro en el que yo daba clases de Antropología Teológica se mofaban suavemente de su profesora de Pentateuco –una reconocida y competente profesora de Sagrada Escritura, feminista militante– diciendo que con ella tenían clases de Pentateuco/Pentateuca. Puestos cuesta abajo, el lector puede imaginar los juegos de palabras a los que se prestaba la situación.

Es obvio que en nuestro lenguaje hay muchas formas sexistas y discriminatorias que deben ser superadas. Un buen número de países, comunidades autónomas e instituciones han publicado guías sugiriendo nuevas expresiones más respetuosas con las diferencias. Algunas son muy recomendables; otras, artificiosas; y bastantes, simplemente ridículas. ¡Claro que el lenguaje tiene sus desequilibrios! Por ejemplo, la expresión “hombre público” en español alude a un varón reconocido que ejerce algún cargo de importancia, mientras que si decimos “mujer pública” nos estamos refiriendo redondamente a una prostituta. 

¿Qué hacer? ¿Cómo democratizar el lenguaje y, al mismo tiempo, no perder el genio de la lengua? Llevamos años con este debate abierto. Las intervenciones de los lingüistas se solapan con las de aquellos que han convertido este asunto en una batalla por la igualdad y en algunos casos –digámoslo sin pelos en la lengua– en una descarada colonización ideológica contra la que me rebelo. Como siempre, el paso del tiempo irá decantado algunos logros y dejará fuera la ganga y la palabrería.

Como es sabido, el castellano utiliza el género masculino de manera inclusiva en ocasiones en las que hay que referirse a los dos sexos. Por ejemplo, cuando un profesor habla de sus “alumnos” se refiere a ellos y a ellas. O cuando un sacerdote saluda a la comunidad parroquial con el típico “queridos hermanos”, es obvio que no se está refiriendo solo a los varones de la comunidad, sino a todos sus miembros, hombres y mujeres. (No entro ahora en la cuestión transgénero). Quizá por la moda, o por el influjo del inglés –que en todas las expresiones litúrgicas utiliza el “brothers and sisters”, aunque existe también el inclusivo “brethren”es frecuente oír a muchos predicadores que se dirigen siempre a los “hermanos” y “hermanas”. Yo no suelo hacerlo (a veces sí), pero no tengo ningún reparo en que se haga. Hasta me parece que en algunas circunstancias es muy conveniente para combatir el machismo imperante. En Latinoamérica suele ser una práctica normal. Indica una sensibilidad igualitaria que busca superar discriminaciones ancestrales. Dejémoslo estar.

A veces, sin embargo, el desdoblamiento constante se hace pesadísimo, como cuando el inefable lendakari Ibarretxe se pasaba todo el día dirigiéndose  a los “vascos” y las “vascas”. O como cuando el actual presidente del gobierno español Pedro Sánchez –enemigo declarado de Albert Rivera y de su partido político– trata de convencer a los “ciudadanos” y “ciudadanas” de que él es el mejor. Lo que ya me parece de juzgado de guardia –y por eso reclamo en esta entrada “un poquito de por favor”– es llegar a los extremos denunciados con humor por una profesora jubilada. Transcribo literalmente lo que me ha llegado por WhatsApp (cosas de este tipo suelen llegar en abundancia). Creo que es muy aleccionador. Conviene conocer el genio de nuestra lengua. Después, que cada uno hable como le parezca oportuno.

En castellano existen los participios activos como derivados de los tiempos verbales. El participio activo del verbo atacar es “atacante”; el de salir es “saliente”; el de cantar es “cantante” y el de existir, “existente”.

¿Cuál es el del verbo ser? Es “ente”, que significa “el que tiene identidad”, en definitiva “el que es”. Por ello, cuando queremos nombrar a la persona que denota capacidad de ejercer la acción que expresa el verbo, se añade a este la terminación “ente”. Así, al que preside, se le llama “presidente” y nunca “presidenta”, independientemente del género (masculino o femenino) del que realiza la acción.

De manera análoga, se dice “capilla ardiente”, no “ardienta”; se dice “estudiante”, no “estudianta”; se dice “independiente” y no “independienta”; “paciente”, no “pacienta”; “dirigente”, no dirigenta”; “residente”, no “residenta”.

Y ahora, la pregunta: nuestros políticos y muchos periodistas (hombres y mujeres, que los hombres que ejercen el periodismo no son “periodistos”), ¿hacen mal uso de la lengua por motivos ideológicos o por ignorancia de la Gramática de la Lengua Española? Creo que por las dos razones. Es más, creo que la ignorancia les lleva a aplicar patrones ideológicos y la misma aplicación automática de esos patrones ideológicos los hace más ignorantes (a ellos y a sus seguidores).

Os propongo que paséis el mensaje a vuestros amigos y conocidos, en la esperanza de que llegue finalmente a esos ignorantes semovientes (no “ignorantas semovientas”, aunque ocupen carteras ministeriales).

Lamento haber aguado la fiesta a un grupo de hombres que se habían asociado en defensa del género y que habían firmado un manifiesto. Algunos de los firmantes eran: el dentisto, el poeto, el sindicalisto, el pediatro, el pianisto, el golfisto, el arreglisto, el funambulisto, el pro…

Yo estoy pasando el mensaje a los lectores del Rincón, más por pasatiempo que con intenciones didácticas. No conviene que este blog se vuelva demasiado solemne. Detesto los formalismos impostados. Pero si alguien se lo ha tomado demasiado en serio, le aconsejo que respire hondo, esboce una sonrisa y luego haga un esfuerzo por conocer bien la lengua y por superar toda discriminación injusta. Al final, que proceda con libertad. Si le gusta decir por activa y por pasiva eso de “todos” y  “todas”, o la astracanada del “todes”, adelante, que no se corte.  Todos (y todas) tenemos derecho a que se rían de nosotros (y de nosotras) alguna vez. Os dejo con José Mota. Perdón, con el diputado Antonio Hernando, igualitarista donde los haya.  Pocos como Mota tienen la capacidad de percibir nuestras manías y de sacarles punta sin demasiada acidez, la justa para que caigamos en la cuenta de ellas y no nos dejemos entontecer demasiado (¿o era demasiada?).