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lunes, 22 de febrero de 2016

Memorias con esperanza

Así se titula el libro de 470 páginas que me he devorado este fin de semana mientras hacía tareas de portero y telefonista. Está escrito por el cardenal Fernando Sebastián, claretiano  como yo. Me resulta imposible resumir un libro en el que habla de su infancia en Calatayud -su ciudad natal-, de su formación en Vic, Solsona, Valls, Roma y Lovaina, de su paso por la Ponti de Salamanca y, por supuesto, de sus actividades como obispo de León, Secretario General de la Conferencia Episcopal Española, arzobispo de Pamplona, etc. Me gusta el tono directo y desenfadado con que aborda asuntos espinosos como sus relaciones con el primer gobierno socialista, algunos manejos vaticanos o los nacionalismos. No le importa tampoco pronunciarse sobre los sanfermines, el Opus Dei, los kikos o sobre su “destierro” a Granada.  Naturalmente, no todo el mundo estará de acuerdo con su punto de vista, pero en tiempos de eufemismos y medias verdades se agradece que alguien hable con claridad, se moje y se arriesgue a la crítica.

Cuando, hacia el final del libro, contempla el conjunto de su vida, escribe algo que parece un mini-tratado de psicología evolutiva: “Los hombres en los veinte primeros años somos dependientes y bastante ignorantes. De los veinte a los cuarenta somos bastante arrogantes; de los cuarenta a los sesenta nos hacemos realistas; de los sesenta a los ochenta somos prudentes; pero sólo a partir de los ochenta llegamos a ser sabios. Sabios con la sabiduría de la humildad, de la piedad y de la misericordia”.
Según esta clasificación, yo estaría en la cruda etapa del realismo, a punto de entrar en la de la prudencia. Puede ser. Quizá por eso, me resulta difícil dejarme engatusar por un partido político (de viejo o nuevo cuño) o por cualquiera (incluyendo ciertos grupos religiosos) que promete el oro y el moro si uno lo vota o sigue sus consignas. No hay mejor terapia contra los “arrogantes” que acercarse al testimonio de los hombres y mujeres que han vivido mucho y han entrado ya en la etapa de la sabiduría.  Nos previenen contra los encantadores de serpientes o los mentirosos. No se les caen los anillos por pedir perdón de sus errores. El sabio es, por esencia, realista, humilde, compasivo y misericordioso.