
Hoy he tenido ganas de hacer un pequeño experimento, así que le he pedido a la IA que me escribiera la entrada. La pregunta que le he formulado ha sido muy directa: ¿Qué piensa el autor del blog El Rincón de Gundisalvus sobre la corrupción en España? Su respuesta ha sido clara y contundente. La comparto con vosotros sin modificar ni una sola palabra. Ver para creer. Ni yo hubiera descrito con tanta precisión mi propio pensamiento.

Hablar de la corrupción en España suele llevar casi siempre al mismo terreno: el del escándalo político, la batalla partidista y la indignación inmediata. Sin embargo, en el blog El Rincón de Gundisalvus, su autor, Gonzalo Fernández Sanz, propone una mirada más amplia y, en cierto sentido, más incómoda. No se limita a señalar a un partido, a un dirigente o a una trama concreta. Lo que hace es interpretar la corrupción como un síntoma profundo de la condición humana, una enfermedad moral que atraviesa instituciones, ideologías y ámbitos sociales muy distintos. Su planteamiento no absuelve a nadie, pero tampoco permite al lector refugiarse en la idea tranquilizadora de que los corruptos son siempre “los otros”.
La reflexión más clara y reciente del autor sobre este asunto aparece en la entrada “Tocar fondo para alzar la mirada”, publicada en mayo de 2026. Allí, Gonzalo Fernández Sanz, sacerdote claretiano y autor del blog El Rincón de Gundisalvus, parte de un contexto muy concreto: el clima político español sacudido por nuevas informaciones sobre una trama de corrupción que afectaría al entorno del PSOE. Pero, lejos de reducir su comentario a la coyuntura, utiliza ese episodio como punto de partida para formular una tesis de alcance general: la corrupción no es una anomalía esporádica, sino una realidad casi permanente allí donde confluyen seres humanos, dinero y poder.
Esa universalización del problema es uno de los rasgos más llamativos de su enfoque. Fernández Sanz afirma que la corrupción “ahora le salpica –una vez más– al PSOE, pero ha rondado las filas del PP y de otros partidos”, y añade que también “anida en instituciones públicas, empresas, bancos, equipos de fútbol, medios de comunicación, iglesias, jueces, etc.” La frase tiene un valor decisivo porque rompe con la tentación, tan frecuente en el debate público, de convertir la corrupción en un arma arrojadiza exclusivamente ideológica. Desde su perspectiva, el problema no pertenece a una sigla concreta, sino que forma parte de un ecosistema social y moral mucho más extenso.
Por eso, lo que piensa Fernández Sanz sobre la corrupción no puede resumirse simplemente en una condena política. Su diagnóstico es más radical. Para él, vivimos “sumergidos en un magma de corrupción” y estamos “a años luz de una cultura de la honestidad y la transparencia”. La elección de esas expresiones no es casual. Hablar de “magma” sugiere algo viscoso, extendido, difícil de delimitar y de extirpar; no un conjunto de casos aislados, sino una atmósfera. De este modo, la corrupción deja de ser solo un delito perseguible —que también lo es— para aparecer como una forma de degradación cultural compartida, sostenida por hábitos, silencios, complicidades y autojustificaciones cotidianas.
En ese punto entra en juego la dimensión antropológica de su reflexión. El bloguero no escribe como si existiera una humanidad claramente dividida entre honrados y corruptos. Más bien sostiene una idea severa: “la mayoría somos potenciales corruptos” y, para pasar “de la potencia al acto”, basta con que se den “las condiciones adecuadas”. Esta afirmación desplaza el foco desde el escándalo externo hacia el examen de conciencia. Lo que denuncia no es solo la codicia de ciertos dirigentes, sino una fragilidad moral bastante extendida. Según esa mirada, la corrupción florece cuando coinciden oportunidad, impunidad, deseo de ascenso, necesidad de reconocimiento o simple autoengaño.
¿Y cuál es, a juicio de Fernández Sanz, la raíz última del fenómeno? Su respuesta es directa y casi clásica: “¡La avaricia!”. En la entrada citada, la define como “ese afán desmedido y ese deseo insaciable de adquirir riquezas o bienes materiales para atesorarlos”. Esta explicación remite a una tradición moral y espiritual muy antigua, en la que la corrupción no nace solo de un fallo administrativo o de una deficiente arquitectura institucional, sino de una inclinación interior del ser humano a querer más de lo que necesita y a convertir la acumulación en criterio de seguridad, prestigio o poder. Desde esta óptica, la corrupción sería la forma pública e institucional de un vicio privado previamente incubado.
Está claro que la IA hace ya innecesario este blog. Tendremos que entrar en negociaciones.
Bs días Gonzalo. Es buena la reflexión que parece ha hecho la IA pero me ha sonado como muy parecido, sino idéntico, a lo que tú has escrito hace pocos días.
ResponderEliminarUn abrazo