jueves, 14 de marzo de 2019

No pongas tus manos sobre la siesta

No tengo costumbre de dormir la siesta. Cuando me es posible, me arrelleno en la butaca de mi cuarto y dormito diez o quince minutos después de la comida de mediodía, antes de comenzar el trabajo de la tarde. Solo en verano me permito pequeños excesos. Algunos habitantes de los países nórdicos de Europa, incapaces de entender los 10 beneficios de una buena siesta, la utilizan como arma arrojadiza contra los habitantes de los países mediterráneos. Arremeten contra ella como si su práctica fuera una manifestación de pereza, falta de espíritu emprendedor y hedonismo católico (sic). Los pocos que descubren su sentido se sorprenden del efecto benéfico que puede tener una pequeña pausa en mitad de la jornada. No solo no resta productividad -palabra talismán en nuestra cultura productivista- sino que ayuda a seguir trabajando con más atención y menos estrés. No hay ninguna razón, pues, para sucumbir a las críticas de los norteños. Pero, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, me detengo en subrayar uno de los efectos deletéreos de la globalización que hoy vivimos. Me refiero al colonialismo cultural. Como señala Javier Marías en un artículo reciente, nos estamos volviendo Copiones todos.

Llevo casi 16 años fuera de España, aunque viajo con cierta frecuencia a mi país. Me sorprende cómo se han ido infiltrando (no encuentro un verbo mejor) prácticas foráneas como la fiesta de Halloween a finales de octubre. La publicidad atiza las llamas del famoso Black Friday. Supongo que pronto se empezará a celebrar el Thanksgiving Day el último jueves de noviembre. El lenguaje se ha llenado de anglicismos innecesarios, que repatean a un escritor como Javier Marías que, por otra parte, habla con gran fluidez inglés y es traductor profesional. Pareciera que cuanto menos se domina la lengua (la materna y la aprendida), más extranjerismos se utilizan, como si esto confiriera prestigio al hablante. Este influjo de la cultura estadounidense no conduce en la mayoría de los casos a un fecundo diálogo intercultural, sino que es, pura y llanamente, una expresión de colonialismo cultural contra el que conviene defenderse. No estoy reivindicando un nacionalismo cateto o una defensa a ultranza de las propias tradiciones, sino algo más sencillo y beneficioso: el conocimiento y aprecio de la propia cultura y la actitud de apertura hacia las demás sin complejos de superioridad o de inferioridad. Solo quien ama lo propio está en condiciones de enriquecerse con lo ajeno. En este sentido, reivindico la siesta como una práctica saludable y un punto contracultural, casi como un símbolo de resistencia frente al colonialismo tontorrón que nos invade. 

2 comentarios:

  1. Con los beneficios que aporta bien vale dormir una siesta... Ya viene el tiempo que necesitas parar para reanudar el trabajo por la tarde con fuerzas renovadas...

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  2. Cuanto me alegra que uses el término estadounidense. No norteamericano, ni mucho menos americano, esa sinécdoque tan molesta.

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