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viernes, 21 de febrero de 2025

Una pregunta insidiosa


Jesús era un preguntón. Los evangelios están salpicados de preguntas suyas dirigidas a la gente en general o a algunas personas en particular, especialmente a sus discípulos. Recordemos algunas: “¿qué buscáis?” (Jn 1,38), “¿por qué has dudado?” (Mt 14,31), “¿quieres sanarte?” (Jn 5,6), “¿cuántos panes tenéis?” (Mc 6,38), “¿quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?” (Mt 12,48), “¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?” (Lc 2,49), “¿qué quieres que haga por ti?” (Lc 18,41), “¿por qué me preguntas por lo bueno?” (Mt 19,17), “¿cuál de estos tres te parece que ha sido prójimo del que cayó en manos de los bandidos?” (Lc 10,36), “¿quién dice la gente que soy yo?” (Mc 8,28), “¿mujer, por qué lloras?” (Jn 20,15), “¿podéis beber el cáliz que yo he de beber” (Mt 20,22), “¿también vosotros queréis marcharos?” (Jn 6,67), “¿no habéis podido velar una hora conmigo?” (Mt 26,40); “¿por qué esta generación pide un signo?” (Mc 8,12), “mujer, ¿qué tengo yo que ver contigo?” (Jn 2,4).


Podríamos escoger una para cada día. Tendríamos materia suficiente para pensar, orar e incluso tomar alguna decisión. La que nos propone el evangelio de hoy no figura en la lista anterior. He querido destacarla porque es una de las preguntas de Jesús que más guerra ha dado a lo largo de la historia. Me he referido a ella en varias ocasiones en este blog. Hoy vuelvo a la carga. 

En la versión de Marcos suena así: “¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero y perder su alma?” (Mc 8,36). El contraste entre “ganar el mundo” y “perder el alma” hace temblar. ¿Qué podría significar hoy “ganar el mundo” para cualquiera de nosotros? Creo que “ganar el mundo” se refiere a ser reconocidos y apreciados por seguir los valores y criterios que “el mundo” considera relevantes. Dependen mucho de cada contexto, pero hay algunos comunes: una buena apariencia física, una economía saneada, una amplia red de contactos, una gran capacidad de influencia, etc.


¿Se puede “perder el alma” si uno se deja llevar por esos valores del mundo? El riesgo de vaciedad y sinsentido es evidente. Por eso Jesús encabeza la pregunta con ese insidioso “¿de qué aprovecha? (quid prodest)?”. Un buen ejercicio consiste en escribir en una hoja en blanco ese encabezamiento e irlo completando con situaciones tomadas de la propia vida: “¿De qué aprovecha ganar tanto si…? ¿De qué aprovechar viajar de un lugar para otro si…? ¿De qué aprovecha que todos hablen bien de mí si…? ¿De qué aprovecha…?”. 

El contexto en el que se sitúan todas esas posibles preguntas es claro: “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque, quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará” (Mc 8,34-35). Jesús no quiere amargar la vida de nadie. Nos previene contra los falsos caminos y contra los atajos. Para un seguidor suyo, ganar la vida es entregarla. Lleva mucho tiempo entender esto. 

lunes, 31 de julio de 2017

¿De qué aprovecha?

Julio se cierra con la memoria de san Ignacio de Loyola. De él no se conocen muchas anécdotas, al estilo de otros santos populares como san Antonio de Padua o san Francisco de Asís, pero hay pocas personas que no hayan oído hablar alguna vez del fundador de los jesuitas y del creador de los famosos Ejercicicios Espirituales. Hace poco más de un mes vi en Barcelona la última película que se ha hecho sobre él. Aunque tiene momentos logrados, el conjunto me decepcionó. Por eso escribí un post titulado Ignacio fallido. Quizás fui demasiado duro, pero me pareció que la película presenta a Ignacio como si fuera un héroe de Hollywood y no un ser humano que vivió una profunda transformación espiritual. Reconozco que no es nada fácil contar las aventuras del alma. 


Una de las frases de Jesús que más le impactaron y que luego él mismo transmitió a Francisco Javier en París fue ésta: “¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo, si pierde su vida?” (Mt 16,26). Es una frase que ha llegado al corazón de muchas personas, incluyendo san Antonio María Claret. Parece un dardo de esos que se te clavan y no hay forma de deshacerse de él. Me pregunto qué significa para nosotros hoy “ganar el mundo”. A veces, en el lenguaje coloquial, cuando alguien quiere hacerse famoso a toda costa, lograr su sueño, o cuando derrocha energía, solemos decir que “quiere comerse el mundo”. Hoy no es fácil tener grandes sueños. Estamos como de vuelta de todo. Hace tiempo que murieron las ideologías. Aparte del papa Francisco, ¿quién quiere cambiar hoy el mundo? A lo más que aspiramos es a encontrar un acomodo razonable en este planeta amenazado de muerte. Los adolescentes y jóvenes no quieren ser Francisco de Asís o Carlos Marx. Quieren parecerse a Amancio Ortega, ser empresarios o deportistas de éxito y ganar dinero como Bill Gates o Cristiano Ronaldo. De no llegar a esas cotas, se contentan con ser como sus padres, lo cual no está nada mal. Quizás “ganar el mundo” significa, más bien, dejarse guiar por esas tendencias tan humanas que parece que todos las llevamos puestas de fábrica: el ansia de dominar a otros, de tener más y de disfrutar a cualquier precio. Si dejándonos llevar por estas tendencias somos felices, ¡adelante! Pero Jesús, que ha explorado hasta el fondo la condición humana, sabe que esos caminos no conducen a la felicidad sino, más bien, a “perder la vida”. Por eso, como buen maestro sapiencial, nos invita a sopesar las cosas. La pregunta “¿De qué aprovecha?” pretende ayudarnos a caer en la cuenta de las consecuencias de un camino u otro.

En el momento de la ancianidad y de la muerte casi todos los seres caen en la cuenta de lo que vale y de lo que no vale. Pero a menudo es demasiado tarde para hacer opciones. Jesús propone adelantar ese momento para que no perdamos la vida por sendas equivocadas. El ¿de qué aprovecha? coloca en el presente lo que seguramente veremos con mucha claridad en el futuro. Los santos han sido personas que en un determinado momento de su vida han visto claro y han tomado decisiones que, con frecuencia, han modificado la dirección de sus vidas. El caso de Ignacio de Loyola es ejemplar. Creo que para no caminar solos por la vida necesitamos conocer historias de ayer y de hoy en las que se vea con claridad adónde conduce cada camino: el del mundo y el del Evangelio. Os dejo con un vídeo breve:


domingo, 30 de agosto de 2020

¿De qué aprovecha?

En el Evangelio del domingo pasado Pedro confesaba abiertamente su fe en Jesús: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Se mereció un elogio por parte del Maestro: “¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo”. En el Evangelio de este XXII Domingo del Tiempo ordinario cambian las cosas. Jesús ya no pregunta por su identidad, sino que la aclara para evitar equívocos: “Empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día”. Ese “tenía que” alude a la voluntad de Dios. Esta vez Pedro se comporta como lo que es, un hombre temeroso de un destino de sufrimiento y muerte: “¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte”. La reacción de Jesús ya no es un elogio, sino un fuerte reproche que recuerda los dirigidos al diablo en el episodio de las tentaciones: “Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios”. La confesión de Jesús como Mesías se presentaba como una revelación del Padre. La huida de la muerte es un pensamiento demasiado humano. Esta es la dinámica de la vida cristiana. A veces, movidos por Dios, somos capaces de creer en Jesús y de adherirnos a su Evangelio, pero, cuando intuimos que seguirlo significa entregar la propia vida, nos echamos para atrás.

¿Quién de nosotros no siente a menudo la tentación de compaginar la fe en Jesús con los criterios que hoy vigen en la sociedad? Nos identificamos como cristianos y, al mismo tiempo, buscamos nuestros intereses. Decimos que la Eucaristía es importante para nosotros, pero nos cuesta mucho compartir los bienes. Denunciamos las injusticias de este mundo, pero sacamos provecho de las oportunidades que se nos presentan, aunque sea engañando. Quizás porque -como le sucedió al profeta Jeremías- nos sentimos “engañados” por Dios. En algún momento de nuestro itinerario personal, fuimos “seducidos” por su Misterio fascinante, pero luego hemos experimentado en varias ocasiones que nos ha dejado tirados en la cuneta; en otras palabras, que la fe no sirve para resolver los problemas que nos acucian. Como el profeta judío, también nosotros podemos decir: “Yo era el hazmerreír todo el día, todos se burlaban de mí”. Jesús nos señala claramente el camino para superar este desconcierto: “El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga”. Las tres condiciones con netas: negarnos a nosotros mismos (es decir, superar el egocentrismo que tanto caracteriza la cultura de hoy), cargar con la cruz (es decir, asumir las consecuencias de una vida planteada desde el amor y la entrega) y seguirlo (es decir, poner los pies donde los ha puesto él).

Para llegar a este cambio de perspectiva necesitamos una fuerte experiencia Quid prodest. Estas dos palabrejas latinas significan ¿de qué aprovecha? Jugaron un papel decisivo en el proceso de conversión de muchos santos como Antonio Abad, Francisco Javier o Antonio María Claret. En un momento de sus vidas comprendieron el alcance de la pregunta de Jesús: “¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida?”. Tuvieron que elegir entre el “mundo” o la “vida”. El “mundo” representa una existencia entendida de tejas abajo, movida por el dinero, el placer y el poder. Elegir la “vida” significa optar por los valores del Evangelio. O, por decirlo con una expresión de Pablo en la carta a los Romanos (segunda lectura)- “presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios”, no ajustarnos a los dictámenes de este mundo, sino “discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto”. Los cristianos nos movemos siempre en esta tensión: estamos en el mundo, pero no somos del mundo. Estamos llamados a abrazar la realidad tal como es, pero sin dejarnos seducir (y engañar) por sus contradicciones. Quizás por eso nunca tenemos la impresión de haberlo conseguido. Estamos siempre en camino, cayendo y levantándonos, preguntándonos cada día de qué nos aprovecha (quid prodest) lo que vivimos. Pero no se trata de una pregunta obsesiva que conduce al desánimo, sino de un modo de tomar conciencia de la dirección de nuestra vida y de un recordatorio permanente de la primacía de Dios.




sábado, 3 de diciembre de 2016

¿De qué aprovecha?

Este sábado ha amanecido nublado y frío, como corresponde al final del otoño romano. Hoy celebramos la fiesta de san Francisco Javier, co-patrón de Navarra. Murió tal día como hoy, 3 de diciembre, del año 1552, en la isla de Sanchón, a las puertas de China. Tenía 46 años. De su apasionante vida, quiero fijarme solo en una etapa: los once años que vivió en París siendo joven. Estoy convencido de que las vidas de los santos son el mejor comentario al Evangelio. Lo que voy a contar, sirviéndome de la página web de Javier, gira en torno a un solo versículo del evangelio de Mateo. Es un versículo que cambió la vida de Francisco Javier y que ha cambiado la vida de otras muchas personas, incluyendo la de san Antonio María Claret, cuando se encontraba trabajando y estudiando en Barcelona. Os invito a entrar en la historia como cuando de niños escuchábamos un cuento de boca de nuestros padres. Podríamos comenzar así:


“Había una vez un joven que se llamaba Javier. El capellán del castillo familiar le había dado lecciones de gramática y latín. Más tarde, asistiría a otras clases en Sangüesa, donde su familia tenía una casa, y en Pamplona. Con 19 años estaba preparado para la universidad. Soñaba con ser un sabio y ganar mucho dinero para rehabilitar a su familia. Era de buena estatura y esbelto. Su hermoso rostro irradiaba inocencia. Siempre alegre, jovial y afable. Un día de 1525, acompañado de un sirviente, pasó a caballo los Pirineos, camino de París. Iba a estudiar en La Sorbona. En la célebre universidad francesa bullían tres o cuatro mil estudiantes de todas las partes del mundo, incluso árabes y persas. Vivían repartidos en cincuenta colegios mayores, en las estrechas, húmedas y malolientes calles del barrio latino, a orillas del río Sena. Esos colegios formaban la universidad. Eran autónomos, con su propio claustro de profesores. 




Javier vivía en el Colegio de Santa Bárbara, que estaba bajo la protección del rey de Portugal. Dejó el traje de gentilhombre y se vistió de universitario. Profesores y alumnos se levantaban a las cuatro de la mañana. Un estudiante, campanilla en mano, recorría los dormitorios. Después de rezar las oraciones, iban a las salas de estudio, a la incierta luz de las candelas. La primera clase empezaba a las cinco. Todos se sentaban en el suelo, que estaba cubierto de paja en invierno, y de fresco heno en verano. A continuación, misa y desayuno. A los estudiantes más jóvenes se les daba un panecillo y agua para desayunar, y medio arenque y un huevo para comer. Los mayores recibían un arenque y dos huevos, un poco de vino y un guisado de verduras con algo de queso. Entre las ocho y las diez era la clase principal, seguida de una hora de ejercicios. A las once, comida de profesores y estudiantes en el mismo comedor. Se leía la Biblia o vidas de santos; luego, recreo. De tres a cinco, la clase de la tarde. La cena era a las seis, seguida de un resumen de los estudios del día. Luego venían las oraciones de la noche. Y a las nueve, toque de silencio. Dormían en jergones de paja. 


Los días de vacación, martes y jueves, iban a la isla del Sena a hacer deportes. Javier era de los campeones. Todos los profesores llevaban bastón para castigar a los estudiantes. Esto suscitó a veces rebeliones. Entre los jóvenes había un estudiante llamado Pedro Fabro. Había sido pastor de ovejas en las montañas de los Alpes. Era un joven angelical. A los doce años había hecho voto de castidad. Javier tuvo la inmensa suerte de hospedarse en la misma habitación de Fabro. Este libró a su impulsivo amigo de graves peligros. Porque Javier se escapaba de noche, con otros compañeros, en busca de aventuras. Un día llegó a París un hombre algo pequeño, que cojeaba un poco. Llevaba un borriquillo lleno de libros y papeles. Algo especial irradiaba de su persona. Tenía una simpatía irresistible. Había escrito en Manresa, el libro de los Ejercicios Espirituales, que ejercería en el mundo una profunda influencia religiosa. Se llamaba Ignacio de Loyola

Residía en un hospital y vivía de limosnas. Las reuniones piadosas que organizaba produjeron tumultuosas protestas, aun por parte de los profesores. En una ocasión casi lo azotan públicamente. Entonces se limitó al cultivo espiritual de pocos y escogidos. Consiguió, al empezar sus estudios de filosofía, ocupar la misma habitación de Fabro y Javier, que ya estaban a punto de terminar la carrera. Javier recibió con hostilidad a Ignacio, recordando que había luchado contra sus hermanos. Ignacio pronto se ganó a Fabro, que le repetía las lecciones oídas en las clases. Este se entusiasmó con la idea de ir a Jerusalén y consagrarse allí a la salvación de las almas. De sus limosnas daba a Javier lo que necesitaba, ya que sus hermanos no querían mandarle más dinero. “No hagáis tal –les había dicho su hermana Magdalena– porque tengo entendido que Javier será un gran siervo de Dios y columna de la Iglesia”. 

Cuando Javier obtuvo brillantemente una cátedra, Ignacio le buscó muchos y buenos alumnos. Ignacio comprendió que, si ganaba a Javier, ganaría medio mundo para Cristo. Por eso empezó a decirle las palabras del evangelio: “¿De qué le aprovecha al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma?”. Javier le escuchaba con disgusto. Pero Ignacio le repetía machaconamente lo mismo, hasta que un día se rindió: “¿Qué quieres que haga?”, preguntó Javier. “Quiero que hagas los Ejercicios Espirituales”, respondió Ignacio. Los hizo durante cuarenta días, bajo la dirección de Ignacio. Entre sus grandes penitencias se pasó cuatro días sin comer... Salió de los Ejercicios convertido en un volcán de amor a Cristo”.

Hasta aquí la película de París. Lo que vino después –la increíble aventura misionera en Oriente– no es más que una consecuencia. ¿Será verdad que la Palabra de Dios puede cambiar la vida de una persona, incluso cuando ya la tiene encaminada? No hay argumento más convincente que una vida entregada.



domingo, 3 de septiembre de 2017

Tres imperativos liberadores

Este primer domingo de septiembre me sorprende en un rincón de la sierra madrileña, reunido con dos españoles, un indio y un nigeriano. Juntos preparamos un nuevo proyecto de formación permanente para los misioneros claretianos. Cada año habrá una sesión de otoño en español y otra de primavera en inglés. Hemos comenzado la jornada celebrando la eucaristía del XXII Domingo del Tiempo Ordinario. Nos ha parecido providencial que el evangelio de Mateo proponga el texto que marcó el cambio de rumbo de san Antonio María Claret. Cuando él era un joven estudiante y trabajador en la Barcelona de la revolución industrial, sintió la fuerza transformadora de las palabras de Jesús que leemos en el Evangelio de hoy: “¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida?” (Mt 16,26). Lo cuenta así en su Autobiografía: “En medio de esta barahúnda de cosas, estando oyendo la santa Misa, me acordé de haber leído desde muy niño aquellas palabras del Evangelio: ¿De qué le aprovecha al hombre el ganar todo el mundo si finalmente pierde su alma? Esta sentencia me causó una profunda impresión... fue para mí una saeta que me hirió el corazón; yo pensaba y discurría qué haría, pero no acertaba” (n. 68). Experiencias parecidas tuvieron Ignacio de Loyola, Francisco Javier y muchos otros. Nos encontramos, pues, ante una de esas frases de Jesús que tienen el poder de cambiar la orientación de nuestra vida.

Pero el Evangelio de este domingo no se reduce solo a esa frase. Presenta varios picos. Yo subrayo los tres imperativos que Jesús dirige a sus discípulos de todos los tiempos. Él nos invita a negarnos a nosotros mismos (1), a cargar con nuestra cruz (2) y a ir detrás de él (3). Suena muy mal hablar de la negación de uno mismo en tiempos en los que tanto valoramos el propio yo y todo lo que contribuye a su desarrollo. Nos parece una recaída en las viejas espiritualidades que parecían ir en contra de la persona y su dignidad. Pero no es eso lo que Jesús dice. Si alguien ama la dignidad de la persona, si alguien busca llevar la vida hasta el límite… es él. Negarse a sí mismo significa no ser el centro de todo, no vivir desde una postura egocéntrica y narcisista, desplazar nuestra preocupación hacia los demás. Las personas egocéntricas siempre se preguntan: ¿De qué modo me va a beneficiar esto? ¿Cómo puedo sacar partido de aquello? Practican una suerte de deporte que podría denominarse yo-me-mí-conmigo. Lo que Jesús nos propone es cambiar el tenor de las preguntas: ¿Cómo puedo contribuir a que los demás vivan mejor? ¿Cómo puedo expresar mi preocupación por ellos? El cambio de preguntas significa un cambio de orientación vital. El crecimiento del propio yo viene por añadidura, no por búsqueda obsesiva.

Cargar con la cruz no significa buscar el sufrimiento en sí mismo, como si Jesús fuera un maestro del dolorismo. Cargar con la cruz es la consecuencia del imperativo anterior. Si uno desplaza el centro de sí mismo a los demás, tiene que aprender a aceptar las consecuencias del amor. Estas siempre implican renuncia a lo propio y aceptación de los sufrimientos ajenos. Los jóvenes padres que han decidido tener varios hijos saben muy bien que esa decisión va a significar renunciar a mucho tiempo libre, vacaciones, noches tranquilas… pero lo asumen por amor. Los hijos que asumen el cuidado de sus padres ancianos saben muy bien que eso implica renunciar a salidas, viajes, autonomía… pero lo asumen por amor. Los ejemplos son tantos como personas. En todos los casos, se trata de hombres y mujeres que aceptan “cargar con la cruz” de la entrega a los demás, pagar el precio que supone amar no solo de palabra sino con hechos. Cuando se hace a desgana, forzados por las circunstancias, estas cruces desgastan a la persona y pueden acabar con ella. Cuando se hace con una clara motivación de entrega, estas cruces llevan incorporada la energía de la resurrección. Esta fue la experiencia de Jesús y sigue siendo la experiencia de todos los que se entregan por y con amor.

Ir detrás de Jesús significa pensar como Dios, no seguir la dirección de Satanás. Pedro, que el Evangelio del domingo anterior, había confesado a Jesús como el Mesías, como el Hijo de Dios, es incapaz de comprender que ese mesianismo no es una vía triunfal sino un camino de entrega hasta la muerte. Piensa “como los hombres”, no “como Dios”. No va detrás del verdadero Jesús sino detrás de la imagen que él se ha hecho según sus expectativas de triunfo. En realidad, Pedro somos cada uno de nosotros cuando nos hacemos una fe a la medida de nuestras necesidades, una especie de taller de corte y confección. Nunca sabemos si creemos de verdad hasta que no nos vemos confrontados por la vida, hasta que no tenemos que escoger entre ir detrás de Satanás (es decir, queriendo “ganar el mundo”) o ir detrás de Jesús (es decir, perdiendo la vida por amor para encontrarla definitivamente). Hay que dejar que todo esto nos trabaje por dentro. No basta una lectura rápida y superficial.

sábado, 3 de diciembre de 2022

Audaces en tiempos de cambio

San Sebastián desde el monte Igueldo
Llegué a San Sebastián el pasado jueves a primera hora de la tarde. Me sorprendió ver mi pueblo y el embalse de la Cuerda del Pozo desde la ventanilla del avión de Iberia. Y también la cordillera de los Pirineos, cubiertos de blanco. San Sebastián es una ciudad hermosa. Hacía bastante tiempo que no la visitaba. Ayer dediqué la mañana a visitar Loyola, el barrio de Azpeitia donde nació san Ignacio. Aunque ya había estado en este lugar en ocasiones anteriores, esta vez pude visitarlo con más calma. Recorrí con detenimiento la casa natal del santo acompañado por una audioguía que pude descargar en mi móvil. Visité también el santuario-basílica

Fue una hermosa preparación para la fiesta de hoy. San Francisco Javier fue uno de los primeros compañeros de Ignacio con los que fundó la Compañía de Jesús. Es difícil entender al uno sin el otro. De hecho, en la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús donde he celebrado esta mañana la Eucaristía, figuran los dos en el retablo, uno a cada lado de Jesús. A ambos les impresionaron las palabras del Maestro: “¿De qué aprovecha ganar el mundo entero si pierdes tu vida?”. Ambos dieron un giro radical a sus vidas. Dejaron un porvenir brillante y se hicieron “compañeros de Jesús”. En el caso de Francisco Javier, su ardor misionero lo llevó a la India, a Japón y hasta las costas de China.

Frente a la basílica de Loyola
Si algo he aprendido de estos dos santos es su audacia en tiempo de cambio como lo fue el convulso siglo XVI. Cuando hoy nos quejamos de que resulta difícil la evangelización en los albores del siglo XXI, tendríamos que recordar la historia de estos hombres intrépidos. Es verdad que su concepto de la salvación dista bastante del que tenemos hoy, pero eso no es óbice para dejarnos vencer por la apatía y la indiferencia. Dios bendice cada época de la historia con los santos que actúan como centinelas del futuro e indican el camino. ¿Quiénes son los santos de hoy? ¿Qué hombres y mujeres nos están diciendo por donde sopla el Espíritu de Dios? 

Cada año, cuando llega la fiesta de san Francisco Javier, recuerdo unas palabras de una de las cartas que escribió a san Ignacio desde Oriente: “Muchos, en estos lugares, no son cristianos, simplemente porque no hay quien los haga tales. Muchas veces me vienen ganas de recorrer las universidades de Europa, principalmente la de París, y de ponerme a gritar por doquiera, como quien ha perdido el juicio, para impulsar a los que poseen más ciencia que caridad, con estas palabras: «¡Ay, cuántas almas, por vuestra desidia, quedan excluidas del cielo y se precipitan en el infierno!»".

Imagen de San Francisco Javier en San Sebastián
Quizá hoy podríamos escribir algo parecido. Muchos en nuestra Europa secularizada no son cristianos, simplemente porque no hay nadie que les hable de Jesucristo y, sobre todo, que los acoja en comunidades vivas. Muchas veces sentimos ganas de decirnos unos a otros que ya está bien de pasividad y de rutina, de frustración y de desesperanza, que necesitamos ponernos las pilas e imaginar nuevas formas de llegar al corazón de las personas que buscan. Se que no es nada fácil. Lo experimento a cada paso como misionero. Pero sé también que hay muchas personas que abren su corazón a la verdad, la bondad y la belleza. El hecho de que nosotros no “controlemos” sus respuestas no significa que no estén en la onda de Dios. Jesús nos ha invitado a proclamar el Evangelio con audacia, no a imponerlo con violencia, y mucho menos a recortarlo a la medida de nuestra mediocridad. Para cada ser humano Dios tiene preparado un camino único e irrepetible.



sábado, 7 de abril de 2018

El miedo a la libertad

Hace décadas que se hizo famoso el libro El miedo a la libertad de Erich Fromm, escrito en 1941, en plena Segunda Guerra Mundial. El ser humano parece preferir la seguridad a la libertad; por eso tiene miedo al riesgo y a las decisiones que conllevan responsabilidad. Ayer, escuchando a mi compañero Antonio Sánchez Orantos, volví a recordar el impacto que me produjo hace años el libro de Fromm. En el marco de la 47 Semana Nacional para Institutos de Vida Consagrada, el profesor Sánchez Orantos habló de “Discernimiento y jóvenes”. Ese fue el título de su conferencia. Los tres verbos usados en el subtítulo señalan un verdadero itinerario para el ejercicio maduro de la libertad: reconocer, interpretar, elegir. Hacía tiempo que no me impresionaba tanto una conferencia al viejo estilo: sin presentaciones power point ni otros recursos audiovisuales, sin anécdotas al estilo americano y sin demasiados guiños al público. Solo la fuerza del pensamiento y la palabra. Antonio leyó un texto bien trabado con su voz grave de fumador irredento, aunque ignoro si sigue fumando. Parecía escrito desde la “razón poética” de su admirada María Zambrano sobre la que versó su tesis doctoral. Escuché con atención durante una hora (lo que hoy resulta un milagro desde el punto de vista comunicativo), tomé alguna nota rápida y salté al escenario para felicitarlo una vez concluida su conferencia-meditación. Me alegro mucho de tener compañeros que son capaces de enhebrar una reflexión profunda, cálida y, en contra de lo que pudiera parecer a primera vista, muy atada a la vida cotidiana.

Hablaba del discernimiento que los jóvenes deben hacer para descubrir su vocación en la vida, pero, en realidad, el tema que le habían propuesto los organizadores de la Semana fue una excusa, o una oportunidad, para abordar un asunto que tiene que ver con el momento cultural que vivimos. No creo que los lectores del Rincón de Gundisalvus tengan muchas dificultades para aceptar el diagnóstico del profesor Sánchez Orantos sobre “el problema de hoy”. Lo resumo con mis palabras. La sociedad actual multiplica ad infinitum las opciones de elegir (desde una marca de coche hasta un estilo de peinado pasando por un modelo de teléfono inteligente u ordenador y una relación afectiva), pero nos dificulta al máximo las posibilidades de un compromiso fiel, con lo cual nos sitúa, no “al borde de un ataque de nervios”, pero sí a las puertas de una permanente crisis de identidad. Acabamos por no saber quiénes somos y qué pintamos aquí.  ¿De qué nos sirve (quid prodest) tener tantas posibilidades si no sabemos cuál elegir (porque no sabemos adónde vamos) y, sobre todo, cómo mantenernos firmes en nuestras opciones? Jesús, el gran experto en humanidad, lo había dicho con otras palabras que a mí me resultan muy familiares porque cambiaron el rumbo de la vida de san Antonio María Claret: “¿De qué le aprovecha al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida?” (Mt 16,26). El gran engaño de nuestra cultura es tratar de convencernos de que vamos a ser más teniendo más, que vamos a ser más libres multiplicando las opciones, pero sin trabajar el itinerario del discernimiento; es decir, sin aprender a reconocer, interpretar y, finalmente, elegir. Y esto, no de una vez por todas, sino continuamente, como una dinámica existencial.

Reconocer significa caer en la cuenta de todo lo que sucede dentro de nosotros, no para reprimirlo o someterlo a un duro control moral, sino para “poner orden” en nuestro mundo afectivo, de modo que, libres de determinismos (aunque no de determinaciones), podamos elegir aquello que de verdad nos realiza como seres humanos. Interpretar significa encontrar la clave para dar sentido a cada una de las notas de nuestra partitura personal. Un ejemplo puede ayudarnos a entender mejor este segundo paso. Tanto Juan el Bautista como Jesús de Nazaret invitaron a sus oyentes a la conversión, a cambiar de vida, pero la clave usada fue muy distinta. Juan decía: “Convertíos… porque sois unos pecadores y el juicio de Dios va a caer sobre vosotros”. La clave de Jesús sonaba de manera muy distinta: “Convertíos… porque el Reino de Dios está cerca”. En el primer caso, la culpa ocupa el primer plano; en el segundo, todo está coloreado por la alegría del Evangelio, tema central en el magisterio del papa Francisco. Por último, elegir significa escoger aquellas vías que nos ayudan a vivir desde el amor, no desde el encerramiento en nuestros intereses. “Ama y haz lo que quieras”, decía san Agustín. Es difícil decir con menos palabras esta verdad.

Mientras Antonio desgranaba sus pensamientos sin decaer en intensidad intelectual y afectiva, me vino a la mente el itinerario de Jesús con los dos discípulos de Emaús. En realidad, lo que hace Jesús es seguir con ellos un auténtico proceso de discernimiento. Primero les hace hablar (reconocer), luego les pide que lo escuchen para ofrecerles la clave de las Escrituras (interpretar). Finalmente, ellos eligen, toman una decisión: “Quédate con nosotros, porque la tarde está cayendo”. A partir de ahí, todo se acelera: el reconocimiento en la fracción del pan y el regreso a la comunidad de Jerusalén. En fin, que salí del aula Pablo VI tonificado y más dispuesto a no tener miedo a la libertad, sino a pagar el precio de discernir y tomar decisiones, aun a riesgo de cometer errores y equivocaciones. No aspiro a ser un “asceta” (que, ante la alteridad de Dios, se siente anonadado y culpable y pretende ganarse su confianza a base de renuncias y sacrificios). Tampoco deseo ser un “iluminado” (que cree que se ha metido a Dios en el bolsillo anulando toda trascendencia) y menos un “superficial” (que no percibe ni la presencia de Dios en nuestra vida ni el misterio de su ausencia). Me gustaría ser un “místico de ojos abiertos” que se da cuenta de que la trascendencia de Dios se transparenta (¡hermosa categoría!) en nuestro barro, pero sin dejar de ser el Totalmente Otro. Casi nada. Muchas gracias, Antonio. Por conferencias como ésta merece la pena invertir una tarde.


lunes, 23 de enero de 2023

Las homilías son un desastre


Hoy hemos amanecido en Madrid con un grado bajo cero. En mi despacho se está bien, pero desde la ventana veo cómo los transeúntes van enfundados en ropas de invierno. El pasado verano nos quejamos del excesivo calor, sobre todo en los meses de junio y julio. Ahora empezamos a quejarnos del excesivo frío. Es normal. A los seres humanos nos gusta quejarnos de todo, aunque luego incurramos en lo mismo que criticamos. 

En este contexto de queja, leo que el papa Francisco ha dicho que, en general, las homilías son un desastre. Ha hecho esta grave afirmación en su discurso a los participantes en el curso “Vivir en plenitud la acción litúrgica” del Pontificio Instituto San Anselmo para los responsables diocesanos de las celebraciones litúrgicas. 

Este juicio parece coincidir con el de una gran mayoría de los fieles que participan en las celebraciones dominicales. Como predicador de numerosas homilías, tengo que darme por aludido. No sé cuántas habré hecho a lo largo de mi vida sacerdotal, pero se cuentan por miles en diversas lenguas y en los más variados contextos. Además de las pronunciadas por mí, he escuchado también muchas otras de los papas Pablo VI, Juan Pablo II, Benedicto XVI, Francisco, numerosos obispos y cientos de sacerdotes. Algunas han sido espléndidas. Partían de la Palabra, tocaban la vida y discurrían ágiles con claridad, concisión y un toque de belleza. Me llegaron al corazón. Las recuerdo con gratitud. Es de justicia apreciar el trabajo de los sacerdotes que las preparan meditando la Palabra de Dios y sintonizando con sus comunidades.


Muchas otras -lo admito con humildad y tristeza- eran un verdadero tostón, cuando no un martirio. Apunto los defectos más comunes que, a mi juicio, hacen de las homilías un “desastre”, por usar la expresión del papa Francisco:

1. La duración excesiva. Cuando una homilía supera los ocho o diez minutos, tiene que ser muy buena para que los fieles mantengan la atención y se sientan interpelados. Lo mejor es dejar siempre con ganas de un poco más. A menudo, sobre todo en el caso de los obispos, las homilías se alargan hasta los veinte minutos o la media hora, desequilibrando el conjunto de la celebración eucarística y provocando tedio en la asamblea. Alguien tendría que decírselo con claridad y delicadeza. Las homilías no son textos para la historia, sino mensajes para el presente. En este caso, menos es siempre más.

2. La falta de un mensaje claro y reconocible. La mayoría de los sacerdotes van hilando un tema tras otro con continuos ejemplos, comentarios, anécdotas, retrocesos, anacolutos... de manera que, al final, uno no sabe qué es lo que querían transmitir. Los infinitos árboles impiden ver el bosque. Todos los sacerdotes tendríamos que preguntarnos: ¿Qué quiero transmitir hoy?  ¿A quién me voy a dirigir? ¿Cómo lo voy a hacer?

3. El tono profesoral o excesivamente moralizante y exhortativo. Por lo general, quien tiene una buena formación bíblica se desliza por la ladera de las precisiones exegéticas, pero la mayoría de los predicadores se sienten más cómodos sacando “consecuencias prácticas” de las lecturas, acentuando demasiado sus aplicaciones morales o amontonando fervorines que resultan cansinos. Por eso, todo suena a disco rayado. Falta novedad, mordiente. O sea, que seamos buenos, ¿no?

4. La repetición comentada de las lecturas. Suele ser bastante común repetir lo que la asamblea acaba de escuchar, pero añadiendo comentarios de tipo personal, a veces con poco fundamento bíblico. El resultado es un discurso monótono e inexpresivo. Sería preferible una lectura pausada y clara de las lecturas, sin más aditamentos. 

6. La manipulación interesada. Aunque no es muy frecuente, no faltan casos en los que el predicador aprovecha el momento de la homilía para hacer su personal ajuste de cuentas con la asamblea. En vez de llevar los asuntos polémicos al consejo pastoral para un discernimiento colectivo, se aprovecha del poder del micrófono para dar (o imponer) su particular versión o para hacer arengas de tipo político o social.

7. La falta de conexión y de calor. Si la homilía no parte de la vida no consigue tocar la vida. La Palabra de Dios siempre conecta con situaciones que vivimos los humanos. Al predicador le toca hacer esa conexión para que todos sintamos que la Palabra ilumina, anima, corrige, alimenta lo que vivimos en la vida cotidiana. La dicción clara, el ritmo pausado, la inflexión en el tono de voz son recursos que hacen de la homilía un mensaje de alguien que se dirige a alguien en nombre de Alguien, no algo impersonal o prescindible. 


Podría seguir alargando la lista. En realidad, es como lanzar piedras contra mi propio tejado porque es seguro que también yo he incurrido en alguno de estos defectos. La advertencia del papa Francisco es como una luz roja que tendría que hacernos reflexionar. ¿Por qué los sacerdotes no logramos mejorar el servicio homilético? ¿Nos falta humildad para reconocer nuestros defectos y dejarnos ayudar por los fieles? ¿Nos falta preparación para no dejarnos llevar por la rutina? ¿Vivimos de la improvisación? Es triste que en tiempos de excelencia comunicativa no aprendamos a comunicar mejor y a estar en continuo estado de aprendizaje. En fin, no tiremos la toalla.


martes, 3 de diciembre de 2024

¿Centrados o distraídos?


Desde niño me ha atraído la figura de san Francisco Javier. Su historia singular es una síntesis de fe, espíritu aventurero, pasión evangelizadora y mucha valentía. Creo que es el prototipo de navarro curtido por la vida. Hace años estuve muy cerca de Goa (India), donde descansan sus restos, pero no pude acercarme hasta su tumba. No sé si se presentará otra ocasión. Lo que sí he visitado algunas veces es el castillo de Javier donde nació este misionero jesuita el 7 de abril de 1506. Vivió solo 46 años. Su apasionante historia es bien conocida. Ha sido inmortalizada por la literatura y el cine. 

Lo que hoy me interesa es subrayar un aspecto de su vida que nos ayuda a los cristianos de hoy. Francisco, tras su conversión en la Sorbona de París, vivió una existencia “centrada” en Dios. Tomó en serio las palabras de Jesús: “¿De qué le aprovecha al hombre ganar el mundo si pierde su vida?”. Vivió a la letra el principio y fundamento de los Ejercicios Espirituales de su compañero Ignacio de Loyola: “El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor y, mediante esto, salvar su ánima…” (n. 23). Cuando nosotros, enredados en mil preocupaciones, leemos estas palabras, experimentamos una sacudida. No hemos nacido para ser ricos y famosos. O para sufrir miserias. Hemos venido a la existencia “para alabar, hacer reverencia y servir a Dios”.


La formulación de Ignacio suena tan contundente y obvia que nos cuesta imaginar que pueda ser de otra manera. ¿Por qué, si hemos nacido para alabar y servir a Dios, nos perdemos con tanta facilidad? ¿Por qué otros objetivos secundarios polarizan nuestra vida? ¿Por qué nos extrañamos de que no acabemos de ser felices cuando nos empeñamos en tomar otros caminos? La diferencia entre Francisco Javier y la mayoría de nosotros es que él “centró” su vida en ese fin. Todas sus energías físicas, intelectuales y afectivas las puso al servicio de ese ideal. 

Nosotros solemos estar muy dispersos. Creemos en Dios, pero no tenemos inconveniente en encender alguna que otra vela a los ídolos que roban nuestro corazón. Quizá esta duplicidad es la que puede explicar nuestro descontento interior, esa especie de desazón que nos acompaña en la vida y que nunca sabemos de dónde procede. Lo contrario a estar centrado es estar disperso o distraído. Creo que la distracción es una enfermedad de nuestro tiempo. Nos cuesta estar a lo que estamos, ser lo que estamos llamados a ser.


De Francisco Javier se sigue hablando casi cinco siglos después de su muerte. De muchos de los “ídolos” actuales no quedará memoria dentro de unos años. Esa es la diferencia entre los que han buscado reflejar la luz de Dios y quienes buscan deslumbrar con luz propia. Francisco Javier no buscó su prestigio personal. No le importó abandonar Europa (centro de la cristiandad) y aventurarse por tierras del Extremo Oriente. Muchas de las comunidades cristianas que existen hasta hoy son fruto de su pasión evangelizadora. 
Perdiéndose a sí mismo, logró que muchos se encontraran con Cristo y enriquecieran su vida con el don de la fe. 

No estoy seguro de que hoy vivamos esta misma pasión. Las múltiples “distracciones” de la vida moderna nos impiden estar “centrados”, saber cuál es el propósito de nuestra vida y poner todas nuestras energías a su servicio. Por eso, para no perder el rumbo, necesitamos recordar las vidas de los santos. Ellos son como faros que iluminan el camino.

jueves, 12 de octubre de 2017

Ha llegado la hora de sentarse

Hace unos meses publiqué un librito titulado La crisis como oportunidad. A lo largo de casi 80 páginas me esforcé por esbozar un sencillo itinerario “hacia una vida religiosa pequeña y parabólica”. El librito era fruto de mi propia experiencia. Recupero el título -por otra parte, bastante tópico- para hablar sobre las oportunidades que la “crisis catalana” nos presenta. Percibo algunos síntomas de que estamos entrando en una nueva etapa en la que, tras la “tormenta perfecta”, se puede intuir un cielo algo más despejado. ¡Hasta puede salir el arcoíris! Espero no sucumbir a la poesía ingenua. Creo que la larga y desgastante crisis puede ser interpretada como la oportunidad que se nos ofrece para replantear juntos y en serio, sin cartas escondidas en la manga, sin deslealtades mutuas, el proyecto que España necesita en el siglo XXI dentro de la Unión Europea. Algunos dirán que España ya está pensada y proyectada, que basta ser fieles a la Constitución de 1978. Otros pensarán que ya no hay nada que hacer, que todos los puentes se han roto, que lo mejor es que cada uno vaya por su lado. Yo soy de los que creen que toda crisis, si se discierne bien y se aprovecha con sabiduría, es una oportunidad para crecer como personas y como sociedad. Esta no es una excepción, por traumática que parezca en estos momentos. Xabier Pikaza habla de sentarse y ponerse a pensar”. Eso es lo que recomienda Jesús en sus conocidas parábolas sobre el propietario que, antes de construir una torre, “se sienta” a calcular los gastos; o sobre el rey que, antes de emprender la guerra, “se sienta” para saber si puede vencerla con las tropas de que dispone (cf. Lc 14,28-33). Este “sentarse” significa mucho más que una postura física: implica la actitud de discernir y proyectar juntos. Después de tantas manifestaciones de diverso signo en la calle, me parece que ha llegado la hora de sentarse y hablar.

Pero para que estas “sentadas” sean eficaces, para que la crisis se convierta en oportunidad, hay que superar la mentalidad controladora y sustituirla por la estratégica. En otras palabras, hay que aceptar que la vida no es solo complicada (y, por tanto, susceptible de programación y control) sino, sobre todo, compleja (y, por tanto, imprevisible, sorprendente).  He explicado la diferencia de conceptos cuando escribí que un smarthphone no es una rosa. La complicación es el terreno de los mecanismos (un ordenador, un avión, un teléfono). La complejidad es el terreno de los organismos; es decir, de la vida. En la complejidad, y solo en la complejidad, acontecen eventos; o sea, hechos inesperados que no son, sin más, el fruto de la programación, sino el resultado de la combinación aleatoria de muchos agentes y factores. La naturaleza no juega con un solo elemento, ni siquiera solo con elementos que se relacionan de manera armónica. La naturaleza es una red de relaciones en las que el caos y la armonía se entrelazan, pero solo en ese juego permanente se produce el milagro de la vida, aparece lo nuevo. También la Palabra de Dios es compleja; es decir, incontrolable. Por eso mismo, es portadora de eventos, de hechos que acontecen imprevisiblemente y que contienen en sí una enorme carga de esperanza. Jesucristo es el gran evento del Padre. El Espíritu es el gran evento del Resucitado. La Iglesia es el evento del Espíritu.

Creo que nuestra educación (incluida la educación política) nos prepara, sobre todo, para afrontar las realidades complicadas, de modo que podamos dominarlas, pero no nos adiestra mucho para la complejidad, para el evento. Por eso es tan frecuente que en el terreno de la política queramos comportamos como meros controladores y nos sintamos perdidos cuando suceden cosas que no estaban previstas. Ponemos el acento en los sentimientos (independentistas) o en las normas (constitucionalistas), olvidando que la vida es mucho más compleja e irreductible. El hombre complicado suele ser el hombre de una sola idea fija: independencia, orden constitucional, etc.  A partir de ella, pretende controlar la realidad compleja sometiendo todo a su punto de vista, introduciendo una violencia conceptual y verbal que mata la vida. El resultado suele ser una gran tensión a corto plazo (lo estamos viendo en las últimas semanas) y un fracaso rotundo a largo plazo (lo veremos dentro de unos meses si no se cambia el chip). El hombre complejo, por el contrario, es un estratega que ha aprendido a sacar partido de todo lo que sucede: lo programado y lo imprevisible, lo que refuerza los propios puntos de vista y lo que los cuestiona. Por eso, porque está abierto a la novedad, se mueve con más flexibilidad en el campo movedizo de la vida y puede progresar. Jesús fue un experto en interpretar los “signos de los tiempos” (cf. Lc 12,54-59) y en ofrecer respuestas nuevas que, partiendo de la tradición, no quedaran atrapadas en ella.

¿Qué significaría, en la práctica, afrontar una crisis como la que estamos viviendo ahora desde la complejidad y no desde la mera complicación? ¿Cómo se puede aplicar un planteamiento estratégico y no meramente controlador a la mal llamada “crisis catalana”? Creo que hay cuatro principios que pueden ayudarnos a transformar la crisis en oportunidad:

1. Aceptar serenamente la realidad tal como es, tanto los aspectos armónicos como los caóticos. No se puede transformar lo que no se acepta. Es evidente que hay millones de catalanes que, por convicción o adoctrinamiento sistemático, quieren la independencia de España. Hay otros millones que, por sentimiento español o por miedo al cambio, no la quieren. Este es el hecho objetivo. De nada sirve negarlo, manipularlo o reaccionar con agresividad. El estratega abre los ojos y se deja impresionar por la realidad, evitando sucumbir a los prejuicios o los resentimientos.

2. Preguntarse principalmente por el significado de lo que sucede, y no tanto por su legalidad o su conveniencia, aunque la segunda pregunta tenga también sentido. Durante las últimas semanas se han multiplicado los juicios apodícticos que partían de premisas legales (la Constitución no permite un referéndum de autodeterminación) o de premisas sociológicas (la gente lo pide en la calle). Ha habido un enfrentamiento entre la legitimidad legal y la legitimidad popular, lo cual no lleva a ninguna parte. ¿Por qué no preguntarse qué significa que la gente reclame algo, qué significa garantizar la democracia con el cumplimiento de la ley? Detrás de cada postura hay uno o varios valores que no se pueden perder. ¿Por qué no explorar con calma los valores que están en juego antes de oponerlos irresponsablemente? Todos acabaríamos ganando.

3. Procurar descubrir las causas que han producido la situación actual, y no detenerse en la condena de los síntomas. Si hemos llegado a una situación como ésta no es por azar o por un fatum irremediable, sino por una concatenación de causas que, bien analizadas, pueden ayudarnos a encontrar la solución. De no hacerlo, cualquier respuesta apresurada será “pan para hoy, hambre para mañana”.  Analizar las causas no significa repartir etiquetas de culpables e inocentes, sino caer en la cuenta de lo que ha pasado, reconstruir el itinerario que nos ha traído al momento actual, percibir con la máxima lucidez posible todos los matices de la situación, sin dejarse dominar por esquemas simplistas que solo consiguen redoblar el propio punto de vista.

4. Cambiar, siguiendo los procedimientos democráticos normales, todo lo que se pueda cambiar para mejorar la convivencia (incluyendo, naturalmente, la propia Constitución) e integrar en una visión más amplia aquello que no se pueda cambiar, sabiendo que, desde un punto de vista estratégico, el todo es superior a la parte.

Creo que cualquier pequeño ejercicio estratégico que siente en torno a una mesa a personas con diversos planteamientos ayudará mucho a encontrar nuevos caminos que son mucho más ricos y más duraderos que los que ahora defiende a capa y espada cada bloque enfrentado. En esto consiste precisamente la oportunidad: en descubrir que la vida pone a nuestro alcance vías mejores de las que nosotros defendemos si somos capaces de explorarlas juntos y de ser consecuentes con los hallazgos que se produzcan. Quizá tengamos que acostumbrarnos a los corazones remendados.