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domingo, 12 de abril de 2020

No habían entendido la Escritura

Desde que empecé este blog en febrero de 2016, todos los años he escrito una carta de Pascua inspirada en el Evangelio del día: Pascua 2016, Pascua 2017, Pascua 2018 (las tres desde Roma) y Pascua 2019 (desde la Patagonia argentina). En ellas se trasluce un aire de alegría. También este año quiero escribiros una carta a cuantos visitáis este Rincón. En circunstancias normales, hubiera hecho referencia al aniversario de los 150 años de la muerte de san Antonio María Claret o quizás a algún otro acontecimiento social o eclesial de relieve. Hoy es imposible hablar de la resurrección de Jesús sin referirnos a la experiencia de muerte que estamos padeciendo desde hace semanas. Ayer, sin ir más lejos, falleció un tío mío. Estoy seguro de que muchos de vosotros también habéis experimentado muy de cerca lo que significa no poder despedir a quienes amas. En Italia son ya más de 100 los sacerdotes muertos a causa del coronavirus. Es muy probable que, asustados y algo deprimidos como estamos, nos pase como a Pedro y al discípulo amado; o sea, que no hayamos entendido la Escritura en la que se anuncia que “él había de resucitar de entre los muertos” (Jn 20,9). En este contexto de sobresaltos constantes (no hay día en que no salte una mala noticia), pero también de una esperanza honda, os comparto con sencillez mi...




Carta de Pascua 2020

Queridos amigos:

Cuando repasamos la larga historia de la Iglesia, caemos en la cuenta de que en muchos momentos y lugares los cristianos se han visto sometidos a pruebas de diverso tipo. Ha habido persecuciones, cismas, herejías… Nuestra generación (por lo menos, en el contexto europeo) parecía libre de estas pruebas fuertes. Es verdad que vivimos desde hace muchos años la gran prueba de una apostasía silenciosa, pero no era lo suficientemente grave y llamativa como para perturbar nuestra tranquila vida cotidiana. 

Los problemas del hambre, la guerra, la violencia, la emigración, el calentamiento global, el desempleo, la droga o el tráfico de seres humanos estaban ahí, nos preocupaban, pero tampoco parecían amenazar los fundamentos de la vida social, por más que no faltasen voces críticas y proféticas que nos alertaban de su magnitud y de la necesidad de cambiar el rumbo de nuestra vida social antes de que este mundo se viniera abajo. De repente, sin ninguna preparación y casi sin tiempo para reaccionar, nos sobreviene una pandemia que pone a la claras que la tan apreciada “normalidad” tenía mucho de apariencia y poco de realidad consolidada. Desde que ha estallado la crisis, hasta la Unión Europea parece menos unión y menos europea que nunca, precisamente en un momento en el que tendría que vivir al máximo (¿cuándo si no?) la solidaridad que la fundamenta.

El desarrollo de la pandemia en Europa (y parcialmente en América, sobre todo en los Estados Unidos) ha coincidido con la Cuaresma. Creo que nunca como este año hemos vivido un itinerario penitencial tan denso. ¿Coincidirá la vuelta a la normalidad (la vuelta a Galilea) con el tiempo pascual, o tendremos que acostumbrarnos a un nuevo modo de vida que se va a parecer poco al que llevábamos antes? No lo sé. Las cosas cambian tan rápido, que es muy difícil hacer predicciones. Aquí en Italia, aunque oficialmente el confinamiento terminará el 3 de mayo (por ahora), casi todo se pospone ya para el otoño, incluido el temor a un nuevo rebrote. Así que se han cancelado clases, congresos nacionales e internacionales, bodas, primeras comuniones, oposiciones, festivales, ferias comerciales y celebraciones de todo tipo. Las consecuencias emocionales y económicas son incalculables. 

Aunque estamos demostrando una buena capacidad de resistencia, en realidad no estamos preparados para una crisis de esta magnitud. Hemos crecido con la idea de que el progreso era una línea siempre ascendente y de que teníamos los medios necesarios para afrontar cualquier crisis que lo amenazara. ¡Hasta la fe cristiana se había vuelto demasiado optimista poniendo un poco entre paréntesis que somos los seguidores de un Resucitado que murió clavado en la cruz y que, mientras dure nuestra peregrinación terrena, siempre vivimos “in hac lacrimarum valle” (en este valle de lágrimas) como cantamos en la Salve, sin que esto signifique menguar nuestra fe en la resurrección y la vida!

Es evidente que la Pascua de este año no va a estar acompañada por los signos externos que nos son familiares: luces, flores, cánticos, procesiones, comidas y encuentros. Será una Pascua como en sordina. Y, sin embargo, será la Pascua del Señor Resucitado, no un simulacro. Celebraremos que Él está vivo en medio de nosotros. Seguiremos confesando que ninguna muerte es superior a la fuerza de su vida. Comprenderemos mejor las palaras que hoy nos presenta la segunda lectura: “Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos, juntamente con él” (Col 3,3-4). 

Por alguna razón que ignoro, este año acentúo que nuestra vida está escondida con Cristo en Dios; es decir, que no se ve con claridad lo que realmente somos. El confinamiento que vivimos se parece a la experiencia de la semilla que, oculta en la tierra, parece que ha muerto. Sin embargo, en el momento oportuno, se desarrolla y florece. También nosotros apareceremos gloriosos, aunque, por el momento, tengamos la impresión, como María de Magdala, de que “se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto” (Jn 20,3). Lo más descorazonador para un creyente no es experimentar el dolor y la muerte, sino vivir este drama como si Jesús estuviera ausente y no hubiera forma de dar con él.

Algo parecido experimentaron los discípulos de Emaús cuando regresaban a su pueblo después de una experiencia de frustración y tristeza. Creo que este año nos hará bien profundizar en su itinerario para ver cómo se pasa de la frustración a la confesión, de sentirse quemados a saberse encendidos. Pocas veces vamos a repetir con más insistencia el ruego de los discípulos: “Quédate con nosotros”. Sí, quédate ahora que el día declina y, con él, nuestras esperanzas e ilusiones.

Durante toda la octava de Pascua recitaremos o cantaremos la secuencia de este tiempo. Termino mi carta recogiendo la versión castellana de la última estrofa porque me parece la plegaria propia para esta crisis: “Rey vencedor, apiádate / de la miseria humana / y da a tus fieles parte / en tu victoria santa”. 

Os deseo de corazón una Pascua serena y llena de los frutos que el Resucitado siempre nos regala, también en los tiempos del coronavirus: paz y alegría.







domingo, 1 de abril de 2018

Esta mañana todos corren

Ayer, Sábado Santo, se respiraba una atmósfera sosegada. Todo funcionaba como a cámara lenta. Tras la intensidad dramática del Viernes Santo, nos quedamos sin saber qué decir, atrapados en un breve compás de espera. Ni siquiera celebramos la Eucaristía. Fue un día a-litúrgico, extraño. Hoy, Domingo de Pascua, todo se acelera súbitamente. María Magdalena, cuando vio la losa quitada del sepulcro de Jesús, “echó a correr”. Al enterarse Simón Pedro y su compañero, se contagian de este dinamismo: “los dos corrían juntos”. En el afán por averiguar lo que ha pasado, “el otro discípulo corría más que Pedro”. En fin, que todos los protagonistas se pasan la mañana de Pascua corriendo, atraídos por un inexplicable magnetismo. Donde hay vida, hay movimiento. Vivir es cambiar.

Pero, junto al dinámico verbo correr, hay otro verbo más contemplativo que enseguida capta nuestra atención: el verbo ver. De María Magdalena se dice que “vio la losa quitada del sepulcro”. El otro discípulo “vio los lienzos tendidos”. Pedro no se queda atrás: “vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza”. Es evidente que no se trata solo de un ver físico. Para el evangelista Juan, ver significa creer. Por eso, en referencia a la actitud del “otro” discípulo (es decir, cualquiera de nosotros), escribe: “vio y creyó”. Se nos invita a leer toda la vida de Jesús desde esta clave, porque ellos −como nos sucede a nosotros hoy− “hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos”. Es probable que nosotros sigamos sin entender mucho. Por eso, necesitamos, una y otra vez, buscar luz en la Palabra de Dios para poder creer.

En la corta historia de este Rincón de Gundisalvus (apenas dos años), escribí una Carta de Pascua en 2016, titulada El alba es más fuerte que la noche, y otra Carta de Pascua en 2017, titulada Vio y creyó. Como no hay dos sin tres, también este año 2018, quiero compartir con todos vosotros mi 


CARTA DE PASCUA 2018

Queridos amigos: 

Este año la Pascua cae el 1 de abril. Aquí en Italia, como en otros muchos lugares, se celebra el Pesce d’aprile, que tiene una cierta equivalencia con el Día de los Santos Inocentes que se conmemora en España y algunos países latinoamericanos el 28 de diciembre. La coincidencia resulta un poco burlona. ¿No será la resurrección de Jesús una broma de mal gusto? ¿No nos habrán engañado los apóstoles diciendo que Jesús había resucitado cuando, tal vez, alguien robó su cuerpo? ¿No habremos vivido engañados estos veinte siglos de tradición cristiana? Todo lo que se refiere a la muerte y la resurrección está siempre rodeado de un aura de misterio. Son realidades que no podemos controlar. Por eso en torno a ellas se disparan los temores, mitos y especulaciones. Y también las huidas y rechazos. Cuando somos jóvenes no les damos demasiada importancia, porque nos da la impresión de que tenemos “toda la vida” por delante. A medida que nos hacemos mayores, estos asuntos cobran relieve, sobre todo cuando comprobamos cómo van muriendo las personas de nuestro entorno, aquellas que han configurado nuestro mundo personal. 

Nuestro futuro depende del presente de Cristo. Si él no ha resucitado, si él no es el Viviente, sino un muerto famoso, nuestra fe es vana, queda reducida a una ética más o menos razonable para conducirnos en esta vida, pero sin un horizonte ultraterreno. Por eso tiene tanta importancia acoger el testimonio de los primeros testigos. Pedro, tal como leemos en la primera lectura de este domingo de Pascua, resume así la experiencia que ellos tuvieron: “Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en la tierra de los judíos y en Jerusalén. A este lo mataron, colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y le concedió la gracia de manifestarse, no a todo el pueblo, sino a los testigos designados por Dios: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección de entre los muertos” (Hch 10,35-36). En sus palabras no hay referencias míticas de ningún tipo. Habla de hechos concretos, comprobados. Cita a testigos oculares. Nuestra fe es un fruto de la acción del Espíritu Santo que nos lleva a aceptar este testimonio apostólico como verdadero. Es normal que, una y otra vez, broten en nosotros dudas y objeciones, pero también es normal que, si lo aceptamos con humildad, experimentemos su poder liberador. El dicho “Jesús vive, yo lo he encontrado” puede sonar a eslogan más o menos feliz, pero encierra una luminosa verdad. La mejor “prueba” de la resurrección de Jesús es la capacidad que Jesús tiene de transformar la vida de cada uno de nosotros, de convertirla en una existencia significativa y feliz. 

No sé lo que dirá el papa Francisco en la homilía de hoy, pero estoy seguro de que se le ocurrirá alguna palabra sencilla y provocativa para ayudarnos a comprender mejor el Misterio que celebramos. Si seguimos quietos, como petrificados, quiere decir que no creemos mucho en la presencia del Resucitado. Por el contrario, si “corremos” como María Magdalena, Pedro y el otro discípulo, significa que hemos sido alcanzados por una presencia, que hay un imán misterioso que nos atrae hacia él. El evangelio de este domingo nos presenta la resurrección de Jesús como una realidad que nos hace ponernos en camino, correr, salir de donde estamos. Este es mi deseo para todos vosotros en un día como hoy. Que el Espíritu de Jesús nos dé pies ligeros para acudir allí donde alguien nos necesita. Esta movilidad misionera hará que, sin darnos cuenta, encontremos al Resucitado en las vidas de quienes lo buscan o necesitan. 

Con todo mi corazón, os deseo una


domingo, 27 de marzo de 2016

El alba es más fuerte que la noche - Carta de Pascua

Queridos amigos y amigas: Empecé este blog el pasado 20 de febrero. Hoy, Domingo de Pascua, escribo el post número 40. Hemos cubierto juntos una cuaresma comunicativa. Muchas gracias por vuestra compañía, apoyo y estímulo. A lo largo de estas cinco semanas, cientos de personas os habéis acercado a “El Rincón de Gundisalvus”. La mayoría lo hacéis (por este orden) desde España, Italia, Estados Unidos, Colombia, Puerto Rico, Alemania, Irlanda, Argentina, México, Polonia… Pero hay también visitas de Portugal, Taiwán, Bolivia, Venezuela, etc. Algunos sois lectores habituales; otros habéis llegado hasta aquí por casualidad. Por lo general, casi todos enlazáis con este blog desde vuestra cuenta de Facebook. Sois pocos los que entráis directamente. Estos datos y otros muchos me los proporciona la función Estadísticas del propio blog. Pero no dejan de ser referencias anónimas. Les faltan rostros y nombres. Hoy, día de Pascua, quisiera enviaros un saludo cordial a todos y cada uno de los que visitáis el blog. Por eso, he querido dar a este post la forma de carta, que siempre es más directa y personal.

Mientras escribo, reina un silencio completo en mi casa. En Roma ha amanecido un día soleado. Es como si la naturaleza se sumara a la fiesta de la Resurrección de Jesús. Dentro de un par de horas celebraré la Eucaristía en la residencia de ancianas a la que he estado yendo estos días de la Semana Santa. El Viernes Santo, después de la celebración de la Pasión del Señor, una de ellas me confesó: “Me encanta que seamos pocos, así me siento como en familia”. La ancianidad es una de esas periferias existenciales a las que a menudo se refiere el papa Francisco. Por eso,  me alegro de poder celebrar el misterio del Cristo muerto y resucitado con estas señoras ancianas, algunas sin más familia que las hermanas que las cuidan y sus compañeras de residencia.


El pasado Viernes Santo me impresionó mucho la oración a la Cruz del Señor que el papa Francisco hizo al final del Via Crucis del Coliseo. Fue una lista de los 14 dolores de nuestro tiempo. El último sonaba así: “Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en nuestro Mediterráneo y en el Mar Egeo convertidos en un insaciable cementerio, imagen de nuestra conciencia insensible y anestesiada”. Aludía al drama de los refugiados que tanto dolor nos está produciendo en los últimos meses.

Pero oraba, a continuación, con otras realidades de nuestro tiempo que son signo del triunfo de Cristo sobre la muerte. Aunque esta carta se alargue un poco, quisiera incluirlas aquí. Representan la letanía de los testigos actuales –a menudo, inconscientes de su hermosa tarea– de la Resurrección de Jesús:

Las personas buenas y justas que hacen el bien sin buscar el aplauso o la admiración de los demás.

Los ministros fieles y humildes que alumbran la oscuridad de nuestra vida, como candelas que se consumen gratuitamente para iluminar la vida de los últimos.

El rostro de las religiosas y consagrados –los buenos samaritanos– que lo dejan todo para vendar, en el silencio evangélico, las llagas de la pobreza y de la injusticia.

Los misericordiosos que encuentran en la misericordia la expresión más alta de la justicia y de la fe.

Las personas sencillas que viven con gozo su fe en las cosas ordinarias y en el fiel cumplimiento de los mandamientos.

Los arrepentidos que, desde la profundidad de la miseria de sus pecados, saben gritar: Señor acuérdate de mí cuando estés en tu reino.

Los beatos y en los santos que saben atravesar la oscuridad de la noche de la fe sin perder la confianza en ti y sin pretender entender tu silencio misterioso.

Las familias que viven con fidelidad y fecundidad su vocación matrimonial.

Los voluntarios que socorren generosamente a los necesitados y maltratados.

Los perseguidos por su fe que con su sufrimiento siguen dando testimonio auténtico de Jesús y del Evangelio.

Los soñadores que viven con un corazón de niños y trabajan cada día para hacer que el mundo sea un lugar mejor, más humano y más justo.

Estoy seguro de que os reconocéis en alguna de estas categorías. También vosotros sois testigos y mensajeros. Esto significa que, por mucho mal que haya en nuestro mundo, la fuerza de Cristo resucitado sigue produciendo vida, alegría y esperanza. Hace años, leí en una columna de un periódico algo parecido a esto: "Mientras cada noche nos acostamos derrotados por las malas noticias de la televisión, a la mañana siguiente encontramos el periódico, una botella de leche y una barra de pan en el rellano de la escalera. Mientras unos pocos miles de hombres buscan destruir el mundo, millones de seres humanos hacen todo lo posible por construirlo. La vanguardia de la historia pertenece a los panaderos". Esta es la fuerza escondida de la Resurrección de Jesús que actúa como levadura en la masa del mundo.

El Papa terminaba su oración así: “Oh, Cruz de Cristo, enséñanos que el alba del sol es más fuerte que la oscuridad de la noche. Oh Cruz de Cristo, enséñanos que la aparente victoria del mal se desvanece ante la tumba vacía y frente a la certeza de la Resurrección y del amor de Dios, que nada lo podrá derrotar u oscurecer o debilitar. Amén”.


Amigas y amigos, sin Resurrección no tendríamos ningún motivo serio para seguir viviendo. Pablo lo expresó con palabras insuperables: “Seríamos los más desgraciados de los hombres” (1 Cor 15,19). Nos quedaríamos sumergidos en un interminable Sábado Santo, en la noche de la ausencia. A lo más, nos atreveríamos a confesar nuestro desconcierto como María de Magdala: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto” (Jn 20,2). ¿Dónde está Jesús en un mundo que vive etsi Deus non daretur (como si Dios no existiera)? ¿Dónde está Jesús en un mundo tan inhumano e injusto, que ridiculiza sus bienaventuranzas?

No sabemos dónde lo han puesto porque el Resucitado es un insumiso: no se ata ya a ningún espacio o tiempo concretos, los traspasa todos. Por la fuerza del Espíritu, se ha convertido en el contemporáneo de todo ser humano. Está en ti y en mí, a la vuelta de la esquina. Hay que abrir los ojos del corazón.

Desde esta fe regalada, os deseo una FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN. Dondequiera que estéis, cualquiera que sea vuestra situación personal, incluso en medio de la duda, creed que el Resucitado os sale al encuentro para transformar vuestra noche en un alba sin tramonto. Sentiréis una bocanada de alegría fresca.

Recibid un fuerte abrazo de vuestro amigo Gonzalo (o Gundisalvus).

Hoy os dejo con una famosa pieza musical compuesta para promocionar una conocida marca de Conguitos. Bueno, quizá Händel la compuso un poco antes con otro propósito. Vosotros podréis juzgar.


Si os va la marcha, quizá prefiráis este otro vídeo de Nidia Quintanilla:


domingo, 21 de abril de 2019

Fueron corriendo

Ayer por la mañana me di un paseo por las rectilíneas y solitarias calles de Ingeniero Jacobacci, una pequeña ciudad en la provincia argentina de Río Negro. Aunque amanecimos con una temperatura de un grado bajo cero, a esa hora teníamos ya alrededor de diez. Lucía un sol espléndido, pascual. Apenas vi unas cuantas personas que iban a pie o en destartalados vehículos de un sitio para otro. Caminé en paralelo a las vías del antiguo ferrocarril. A mi izquierda tenía la vieja estación. Me parecía estar en uno de esos pueblos de finales del siglo XIX o principios del siglo XX que aparecen en algunos westerns. Imaginaba a hombres a caballo, con el revólver atado a la cintura, y mujeres con sombreros y cestas de mimbre. Todo tenía un aire como de otra época, entre melancólico y decadente. Acostumbrado a la algarabía y al color de los pueblos italianos, casi parecía un pueblo fantasma. Mientras deambulaba sin rumbo fijo, dejando que reposaran las muchas experiencias vividas a lo largo de las últimas tres semanas, fui pensando en escribiros a todos los amigos del Rincón esta


CARTA DE PASCUA 2019

Queridos amigos:

Este año me toca celebrar la Pascua en un remoto lugar del sur de Argentina, a más de 12.000 kilómetros de Roma. Aquí es otoño. Por la noche, la temperatura baja a cero grados. Toda la simbología pascual asociada a la primavera del hemisferio norte carece aquí de sentido. Nos vamos acercando poco a poco a un invierno seco y muy frío, no a un verano de luz y calor. La comunidad católica es pequeña. Aquí no se estilan las grandes manifestaciones de fe, aunque el Viernes Santo por la tarde celebramos un Viacrucis bastante concurrido por las calles del pueblo. Duró más de dos horas. Las personas que lo habían preparado supieron unir muy bien las cruces de la gente del lugar con la cruz de Jesús. En algún momento llegué a emocionarme, como, por ejemplo, cuando un hombre con muletas me pidió que lleváramos juntos la gran cruz que abría la marcha. Me pareció asumir el papel de un cirineo moderno. Mientras transitábamos de una estación a otra por una calle polvorienta, pensé en las muchas veces que he escurrido el bulto, que no he querido cargar con las cruces que otros me proponían. Sentí vergüenza.

Anoche celebramos la vigilia pascual en la iglesia de la Exaltación de la Santa Cruz, la sede principal de una parroquia que se extiende por un territorio de más de 30.000 kilómetros cuadrados y que consta de 22 parajes; es decir, pequeñas aldeas en las que suele haber una capilla a modo de sucursal de la iglesia madre. Seríamos unas 150 personas y un par de perros. Sentí que si el Evangelio había llegado desde la lejana Palestina hasta este remoto lugar austral y había entrado en diálogo (no siempre respetuoso) con las culturas originarias, no es imposible que llegue también hoy a esos millones de jóvenes que, por diversas razones, no creen en Jesús y su resurrección. 

Hay cristianos que se resignan a este hecho. Lo consideran un “signo de los tiempos”. Les da igual que las personas crean o no. Consideran que, del mismo modo que “todos los caminos llevan a Roma”, hay múltiples vías para llegar a Dios, incluso a través de la senda del agnosticismo y ateísmo. Creo entender lo que quieren decir con esto, comparto esta visión abierta de Dios, pero no me resigno a poner entre paréntesis el gozo de haber encontrado a Jesús y de compartirlo. Si la Iglesia primitiva hubiera procedido como algunos proponen que procedamos hoy, no hubiéramos descubierto a Jesús y no disfrutaríamos de la alegría del Evangelio. Jesús no es un camino más entre otros muchos. Él es “el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6). La teología sigue explorando el alcance y significado de estas palabras. La fe las acoge con humildad y gratitud.

La Pascua nos invita a dar testimonio de Jesús con presteza. El relato del capítulo 20 de Juan que leemos en el Evangelio de este Domingo de Pascua parece una prueba atlética. Todos corren. Corre María de Magdala, corre Pedro y corre a más velocidad “el discípulo a quien Jesús amaba”, un discípulo anónimo (la identificación con el apóstol Juan se producirá muchos años después) que, en realidad, es una figura simbólica que representa al verdadero discípulo, a cada uno de nosotros. Podemos poner nuestro propio nombre en el lugar donde el Evangelio de Juan se refiere al discípulo amado. Como ese discípulo simbólico, también nosotros estamos llamados a “ver y creer” cuando, ante nuestros ojos, solo se presentan signos de muerte: un sepulcro, unas vendas y un sudario. La experiencia de la resurrección no es un acontecimiento lleno de luz y maravilla, incuestionable, sino una experiencia de fe en medio de realidades que invitan a no creer. ¿No ilumina este relato lo que estamos viviendo hoy? ¿No nos resulta arduo descubrir que Cristo está vivo cuando solo vemos las vendas y sudarios de los abusos, incoherencias y mezquindades de su comunidad? ¿No anhelamos con frecuencia signos claros, espectaculares y eficaces?

Al final, Pedro y el otro discípulo “regresan a casa”. Parece que todo sigue igual que antes, pero, en el fondo, aunque las cosas no hayan cambiado por fuera, ellos son muy distintos por dentro. Han empezado a entender lo que Jesús les había anunciado. Han vivido un itinerario de fe que todavía incluirá más etapas. Reconocen su presencia misteriosa y eficaz en la trama de la vida cotidiana y en las mediaciones que él ha querido regalar a su comunidad: la Palabra, la Eucaristía, la Madre, el mandamiento del amor, etc. Por eso, sin más dilaciones, comienzan a testimoniarlo. Pero ¡atención!, testimoniar –como nos recuerda Fernando Armellini– “no equivale a dar buen ejemplo. Esto es ciertamente útil, pero el testimonio es otra cosa. Lo puede dar solamente quien ha pasado de la muerte a la vida, quien puede afirmar que su existencia ha cambiado y adquirido un nuevo sentido desde el momento que fue iluminada por la luz de la Pascua; quien ha experimentado que la fe en Cristo da sentido a las alegrías y a los sufrimientos e ilumina tanto los momentos felices como los tristes”.

Hoy es 21 de abril de 2019. Entre los lectores del Rincón hay personas muy jóvenes –muchas de ellas en búsqueda– y un buen número de adultos y ancianos que han hecho ya un camino en la vida. Cada uno de nosotros tenemos una experiencia única e irrepetible de encuentro con el Jesús resucitado. Aunque la fe va más allá de nuestro temperamento, nuestra edad y nuestra formación, es indudable que estos factores influyen a la hora de expresar “lo que nos ha pasado”. Las personas muy emotivas suelen hablar de su fe en términos también emotivos. Acentúan lo que sienten: alegría, paz, entusiasmo, serenidad, valentía, etc. Y, en ocasiones, también tristeza, confusión, amargura, inquietud, etc. Las personas más racionales se inclinan por expresiones más sobrias que tienen que ver con la plausibilidad de la fe: reconocen que creer no es absurdo. 

En cualquier caso, creer en Jesús significa que algo ha cambiado en nuestras vidas, que no seríamos los mismos con o sin él. Esto es lo más importante. Quizá lo que nos falta hoy es no contentarnos con una experiencia íntima, personal, sino salir corriendo, compartir esta experiencia con quienes buscan, con quienes creen a medias, con quienes creyeron pero se sienten timados e incluso con quienes reniegan de una aventura como esta. Os animo a poneros en camino.

Desde ayer por la mañana me están llegando muchos mensajes pascuales a través de WhatsApp, Facebook y el correo electrónico. La mayoría son muy escuetos –se limitan a felicitarme las Pascuas– pero otros contienen algunos toques personales. Los más madrugadores me llegaron de Corea del Sur, Taiwán, Filipinas, Japón e Indonesia, cuando aquí, en Argentina, todavía estábamos viviendo el silencio del Sábado Santo. Me asombro de la creatividad y belleza con que algunas personas consiguen transmitir la alegría de la resurrección. 

En muchos casos se trata de felicitaciones intemporales; en otros, se hace alusión a acontecimientos recientes, como el incendio de la catedral de Notre Dame de París (Notre Dame-Notre drame, como titulaba el periódico francés Libération al día siguiente del incendio), los rescates en el Mediterráneo y la caravana de migrantes centroamericanos hacia Estados Unidos. 

También yo, desde este rincón patagónico, quiero felicitaros a todos y a cada uno de los amigos del Rincón de Gundisalvus con la letra de un viejo canto de Pascua que me ha acompañado desde hace muchos años.

Como el grano de trigo que al morir da mil frutos,
RESUCITÓ EL SEÑOR.
Como el ramo de olivo que venció a la inclemencia,
RESUCITÓ EL SEÑOR.
Como el sol que se esconde y revive en el alba,
RESUCITÓ EL SEÑOR.
Como pena que muere y se vuelve alegría,
RESUCITÓ EL SEÑOR.
El amor vence al odio, y el sencillo al soberbio,
RESUCITÓ EL SEÑOR.
La luz vence a la sombra y la paz a la guerra,
RESUCITÓ EL SEÑOR.

Resucitó el Señor y vive en la palabra
de aquel que lucha y muere gritando la verdad.
Resucitó el Señor y vive en el empeño
de todos los que empuñan las armas de la paz.
Resucitó el Señor y está en la fortaleza
del triste que se alegra, del pobre que da pan.
Resucitó el Señor y vive en la esperanza
del hombre que camina creyendo en los demás.
Resucitó el Señor y vive en cada paso
del hombre que se acerca sembrando libertad.
Resucitó el Señor y vive en el que muere
surcando los peligros que acechan a la paz.

Resucitó el Señor y manda a los creyentes
crecerse ante el acoso que sufre la verdad.
Resucitó el Señor y vive en el esfuerzo
del hombre que sin fuerza quedó por los demás.
Resucitó el Señor y está en la encrucijada
de todos los caminos que llevan a la paz.
Resucitó el Señor y llama ante la puerta
de todos los que olvidan lo urgente que es amar.
Resucitó el Señor y vive en el que queda
cautivo por lograrle al hombre libertad.
Resucitó el Señor, su gloria está en la tierra
en todos los que viven su fe de par en par.


FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN 
a todos los amigos del Rincón de Gundisalvus



viernes, 22 de enero de 2021

Con corazón de padre

El pasado 8 de diciembre de 2020, el papa Francisco publicó la Carta Apostólica Patris corde con motivo del 150 aniversario de la declaración de san José como patrono de la Iglesia universal. Hoy, entrados ya en el nuevo año, quiero hacerme eco de esa carta. En ella, el papa Francisco destaca siete aspectos de la silenciosa figura de José de Nazaret, todos ellos asociados a su condición de “padre” de Jesús: padre amado, padre en la ternura, padre en la obediencia, padre en la acogida, padre en la valentía creativa, padre trabajador y padre en la sombra. Merece la pena profundizar en cada uno de ellos a lo largo de este “Año de san José” que comenzó el pasado 8 de diciembre y terminará el 8 de diciembre de 2021. Como señala el Papa en su carta, “todos pueden encontrar en San José —el hombre que pasa desapercibido, el hombre de la presencia diaria, discreta y oculta— un intercesor, un apoyo y una guía en tiempos de dificultad”. El hecho de que este Año especial coincida con la pandemia nos permite afrontar la situación desde las siete actitudes que el papa Francisco atribuye a san José en su carta apostólica.

Antes de venir a mi despacho esta mañana, he pasado, como todos los días, frente a una pequeña mesita que hay en la escalera principal de mi casa. En ella, junto a dos flores de pascua ya mustias, yace la figurita del san José durmiente, que tanto ha popularizado el papa Francisco. Viéndolo, caigo en la cuenta de que en la Iglesia de hoy, junto a los principios “petrino”, “mariano”, “joánico, “jacobeo” y “paulino” (es decir, junto a las maneras de vivir la fe en Jesús representadas por Pedro, María, Juan, Santiago y Pablo), habría que añadir el “principio josefino”. 

José de Nazaret no es un pilar como Pedro, o un evangelizador incansable como Pablo. Tampoco aparece con la hondura mística de Juan o la fogosidad de Santiago. Es un hombre que duerme, sueña, escucha, calla y obedece. Y lo hace junto a María, su esposa. No es un hombre pasivo, sino un hombre que confía plenamente en Dios a pesar de que todo se le pone en contra. Sabe que las cosas no dependen de él. En vez de rebelarse con autosuficiencia, invocando su condición de jefe de familia, acepta que Dios lleve las riendas de su pequeña historia personal y de la historia del mundo. El hecho de que los evangelios no nos hayan transmitido ni una sola palabra puesta en sus labios refuerza la idea de esta sumisión silenciosa.

A primera vista, puede parecer que una figura así dista mucho del ideal de hombre y de creyente que hoy valoramos cuando solemos hablar de una persona buscadora, crítica, activa, responsable y dueña de sus decisiones. Tengo la intuición, sin embargo, de que José de Nazaret representa un modo alternativo de situarnos ante Dios que puede conectar mucho con lo que hoy estamos necesitando. Los meses de la pandemia nos han ido mostrando hasta qué punto nuestras ínfulas de grandeza eran bastante fútiles. Nos creíamos dueños de la naturaleza y señores de la historia, pero un simple virus ha puesto en jaque estos delirios de omnipotencia. Tenemos la oportunidad de aprender a ser más humildes, más conscientes de nuestros límites y de la necesidad que tenemos de ser ayudados y protegidos, de no estar siempre en pie de guerra, sino de saber descansar y dormir con la certeza de que “es inútil que madruguéis, que veléis hasta muy tarde, que comáis el pan de vuestros sudores: ¡Dios lo da a sus amigos mientras duermen!” Sal 127,2). La figurita del san José durmiente me parece una hermosa expresión de este salmo que nos ayuda a caer en la cuenta de que “si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles; si el Señor no guarda la ciudad, en vano vigilan los centinelas” (Sal 126,1). 

¡Ojalá este Año nos permita comprender que se puede ser un excelente cristiano en el anonimato de la vida cotidiana, sin necesidad de hacer cosas que dejen huella o de ser famosos! La mayoría de nosotros pertenecemos a esta categoría y somos felices. 

[Os recomiendo escuchar la canción del vídeo que os pongo a continuación. Creo que os gustará].



domingo, 16 de abril de 2017

Vio y creyó

Anoche celebré la Vigilia Pascual en nuestra Basílica del Inmaculado Corazón de María de Roma. Nos dimos cita unos 20 claretianos de varios países del mundo, numerosos laicos y algunas religiosas del barrio. Cuando se encendió el cirio pascual en el atrio de la enorme basílica tuve la impresión de que estaba viviendo simbólicamente la dinámica de la fe. Todo estaba a oscuras. Una pequeña luz en comparación con la oscuridad circunstante fue suficiente para que empezáramos a ver, aunque todavía un poco a tientas. Luego, cuando después de la segunda invocación, todos encendimos nuestras velitas, la dinámica se hizo más clara. La luz que viene de Cristo se multiplica en nuestros pequeños cirios. El mismo que ha afirmado “Yo soy la luz del mundo” (Jn 8,12) nos ha dicho a nosotros: “Vosotros sois la luz del mundo” (Mt 5,14). 

La fe es un fenómeno expansivo. Viene como regalo de Jesús y alcanza a todo el mundo. Se transmite como se comunica la luz: por encendido solidario, por contagio. En el momento de la tercera invocación, con todas las velas ardiendo, la oscuridad de la basílica se disipó casi por completo. El canto del pregón pascual puso voz a esta experiencia hermosa. Una velita ilumina poco, pero cientos iluminan bastante más. Imaginemos miles, millones. La luz no sustituye a los ojos, pero sin ella no podemos ver. La fe no sustituye a la razón: alumbra el horizonte último. Los potentes focos eléctricos se encargaron de completar una iluminación que era en sí misma un símbolo de la presencia luminosa del Cristo resucitado. Confortado por la alegría experimentada anoche, os escribo a todos los amigos esta...

Carta de Pascua 2017

Queridos amigos de El Rincón de Gundisalvus: 

¡Que la presencia del Cristo Resucitado llene vuestra vida de paz y alegría! Él nos dice a todos: Shalom, soy yo, no temáis. Esta carta es el post número 422. A lo largo de estos 14 meses transcurridos desde que abrí el blog en febrero de 2016, hemos tenido oportunidad de reflexionar sobre muchos asuntos que, de una manera u otra, tienen que ver con la vida y la fe. Algunos me habéis preguntado si no me cuesta mucho encontrar nuevos temas. La respuesta es que no, pero confieso que hay días en que me falta tiempo para escribir con sosiego. Cuando vivimos con los ojos abiertos, los temas vienen solos porque la vida es un continuo flujo de experiencias. La fe es la pequeña linterna que nos ayuda a ver esas experiencias que todos tenemos a la luz del Cristo resucitado. Os puedo asegurar que es una aventura sin fin. ¡Hasta las cosas más insignificantes se convierten en señal de la presencia de Jesús!

Todos los domingos suelo recurrir al biblista italiano Fernando Armellini para que nos ayude a entender mejor la Palabra de Dios que se proclama en la liturgia. Reconozco que a veces es un poco prolijo, pero sus observaciones suelen ser atinadas. También las de este Domingo de Pascua. El evangelio de hoy, tomado del capítulo 20 de san Juan, nos narra la visita de María Magdalena, y luego de Pedro y el “otro” discípulo, al sepulcro de Jesús. Los tres vieron –¡atención a este verbo!– algo que les sorprendió. De María Magdalena se dice que “vio la losa quitada del sepulcro” (Jn 20,1). Del “otro” discípulo que corría más que Pedro se dice que, sin entrar en el sepulcro, “vio las vendas en el suelo” (Jn 20,5). Por último, de Pedro se dice que, entrando en el sepulcro, “vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza” (Jn 6-7). El relato termina con una confesión de fe. El “otro” discípulo, una vez que Pedro ha entrado en el sepulcro, entra también. Y entonces “vio y creyó” (Jn 20,8). Por si los lectores no entendemos bien qué significa esta última frase, el autor del Evangelio se encarga de explicarla: “Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos” (Jn 20,9). El “otro” discípulo, después de haber visto, cree que Jesús está vivo: ha resucitado. Todos ven algo que rompe la normalidad de una tumba. Todos ven que ha sucedido algo extraño. Pero solo el “otro” discípulo cree. Hay un itinerario del ver al creer. Más adelante, el mismo Jesús resucitado, tras el encuentro con el incrédulo Tomás, dirá: “Dichosos los que creen sin haber visto” (Jn 20,29).

Escribo estas líneas pensando en vosotros, mis amigos, que ahora leéis esta carta. Empecé este blog hace un año con una sola preocupación: compartir la fe en Jesús con aquellos a los que aprecio desde hace años. Algunos me habéis confesado que tenéis muchas dificultades para creer en Dios y en Cristo. Otros me habéis dicho con franqueza que sentís por dentro una inquietud espiritual, pero que ese cosquilleo no se traduce en una práctica religiosa regular. Incluso que no la consideráis necesaria. Lo que importa para vosotros es ser gente honrada, lo que no es poco teniendo en cuenta los tiempos que corren. Es como si todo lo demás que tiene que ver con la fe (dogmas, normas y ritos) perteneciera a una etapa infantil hace tiempo superada. Hoy los vientos soplan en otra dirección de mayor autonomía personal. Cada uno es libre de servirse lo que considere oportuno en este gran supermercado que es nuestra sociedad actual. Hay generaciones –creo que la mía es una de ellas– cansadas de la excesiva tutela eclesial. ¿Qué necesidad hay de participar en celebraciones aburridas cuando Jesús mismo ha dicho que el principal mandamiento es el amor? ¿No importa más preocuparse por la gente que cumplir las orientaciones obsoletas de la Iglesia?

Comprendo muy bien esta postura. Podría decir que yo mismo he vivido a veces esa sensación. Pero también sé por experiencia que se trata de una etapa penúltima en el camino de una fe madura. A pesar de todas las objeciones, la fe es siempre algo nuevo, fresco, que no se deteriora con el paso del tiempo sino que se desarrolla. Entre los amigos del blog hay también muchos que, en medio de las dificultades, os esforzáis por vivir con alegría vuestra vocación cristiana. Sabéis que no es fácil, que incluso podéis ser ridiculizados, pero no tiráis la toalla. Quizás incluso habéis encontrado en este rincón de internet algunos estímulos y sugerencias. En cada uno de nosotros, cualquiera que sea nuestra situación, ha resucitado el Señor. Nadie queda excluido del encuentro con el Viviente, con el contemporáneo de todo hombre y mujer. Todos somos invitados a creer en él. La fe en Jesús –no solo la simple admiración por su causa– es un don que se concede a quienes buscan con humildad y constancia. Jesús lo ha dicho claramente: “Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá” (Mt 7,7).

Pero quizá para eso –como les sucedió a María Magdalena, a Pedro y al “otro” discípulo– es necesario ver algo, tener alguna experiencia que nos lleve más allá de la rutina diaria, percibir alguna luz por las rendijas de nuestra existencia. He repetido muchas veces una frase del teólogo alemán Karl Rahner que considero cada vez más certera: “El cristiano del siglo XXI, o será un místico –es decir, una persona que ha experimentado algo– o sencillamente no será”. ¿Hemos experimentado nosotros algo, el estremecimiento que produce el paso de Dios por nuestra vida? El cristianismo surgió porque un grupo de mujeres y hombres experimentaron algo en relación con Jesús de Nazaret. Ellos y ellas, que lo habían conocido por los caminos de Galilea y Judea, sufrieron la decepción de su injusta condena y de su muerte en cruz. Lo normal es que se hubieran dispersado, víctimas de una gran frustración. Pero no. Al poco tiempo –al tercer día, como dicen los evangelios– vieron que el Señor estaba vivo entre ellos de un modo que nunca hubieran imaginado. Y creyeron en él. Y arriesgaron su vida por él. Y la dieron hasta el final. Por eso ha llegado la fe hasta nosotros.

Hoy es imposible ser cristianos sin una experiencia parecida. Son tantos los vientos que nos empujan en dirección contraria, tan repetitivos los argumentos que se manejan para convencernos de que la fe es un cuento de hadas, que sin una experiencia fuerte de que Jesús está vivo en medio de nosotros y cambia nuestra vida, será imposible mantenernos en pie. Algunas tradiciones sociales (como, por ejemplo, las procesiones de Semana Santa y las fiestas patronales) o el ambiente familiar, aunque positivas, no son suficientes para alimentar una fe personal madura. Nadie nos puede sustituir en la increíble aventura de fiarnos de Jesús porque hemos visto que dilata nuestra vida y nos ayuda a vivir con más sentido y alegría.

Me despido con una historia típica del tiempo de Pascua. Se la suele conocer como la parábola de los dos gemelos. Quizá nos ayude a comprender un poco mejor en qué consiste esa locura de la resurrección que celebramos hoy con gran alegría y que es un anticipo de nuestra propia resurrección.



Parábola de los dos gemelos

Dos bebés se encuentran en el útero, confinados en las paredes del seno materno, y mantienen una conversación. Para entendernos, a estos gemelos los llamaremos Ego y Espíritu.

Espíritu le dice a Ego:

“Sé que esto va a resultarte difícil de aceptar, pero yo creo de verdad en que hay vida después del nacimiento”.

Ego responde:

“No seas ridículo. Mira a tu alrededor. Esto es lo único que hay. ¿Por qué siempre tienes que estar pensando en que hay algo más aparte de esta realidad? Acepta tu destino en la vida. Olvídate de todas esas tonterías de vida después del nacimiento.”

Espíritu calla durante un rato, pero su voz interior no le permite permanecer en silencio durante más tiempo.


“Ego, no te enfades, pero tengo algo más que decir. También creo que hay una madre.”

“¡Una madre!” –exclama Ego con una carcajada-. “¿Cómo puedes ser tan absurdo? Nunca has visto una madre. ¿Por qué no puedes aceptar que esto es lo único que hay? La idea de una madre es descabellada. Aquí no hay nadie más que tú y yo. Ésta es tu realidad. Ahora cógete a ese cordón. Vete a tu rincón y deja de ser tan tonto. Créeme, no hay ninguna madre.”

Espíritu deja, resignado, la conversación, pero la inquietud puede con él al cabo de poco. “Ego” –implora-, “por favor, escucha, no rechaces mi idea. De alguna forma, pienso que esas constantes presiones que sentimos los dos, esos movimientos que a veces nos hacen sentir tan incómodos, esa continua recolocación y ese estrechamiento del entorno que parece producirse a medida que crecemos, nos prepara para un lugar de luz deslumbrante, y lo experimentaremos muy pronto.”


“Ahora sé que estás completamente loco” –replica Ego-, “Lo único que has conocido es la oscuridad. Nunca has visto luz. ¿Cómo puedes llegar a tener semejante idea? Esos movimientos y presiones que sientes son tu realidad. Eres un ser individual e independiente. Éste es tu viaje. Oscuridad, presiones y una sensación de estrechamiento a tu alrededor constituyen la totalidad de la vida. Tendrás que luchar contra eso mientras vivas. Ahora, aférrate a tu cordón y, por favor, estate quieto.”

Espíritu se relaja durante un rato, pero al fin no puede contenerse por más tiempo. “Ego, tengo una sola cosa más que decir, y luego no volveré a molestarte.”


“Adelante” –responde Ego, impaciente-. “Creo que todas estas presiones y toda esta incomodidad no sólo van a llevarnos a una nueva luz celestial sino que cuando eso suceda vamos a encontrarnos con la madre cara a cara, y conocer un éxtasis que superará todo lo que hemos experimentado hasta ahora.”

“Estás totalmente loco. Ahora sí que estoy convencido.”



Feliz Pascua 
Buona Pasqua
Happy Easter
Joyeuses Pâques
Frohe Ostern