martes, 7 de enero de 2020

Tiempo para la gratitud

El mismo día de mi nacimiento (el 7 de enero de 1958) mi abuelo materno cumplía 55 años, así que, desde entonces hasta su muerte, nuestros cumpleaños estuvieron siempre unidos. Este año se repite la misma secuencia que en 1958. Nací un martes y fui bautizado al domingo siguiente, que –como este año 2020– también se celebraba la fiesta del Bautismo del Señor. Cuando era joven no daba mucha importancia a estas coincidencias. Ahora, con el paso del tiempo, percibo en ellas un signo del amor de Dios. Nada sucede por casualidad. Ser bautizado el mismo día en que la Iglesia celebra el bautismo de Jesús refuerza el hecho de que soy hijo de Dios, amado desde siempre y para siempre. Escribo esta entrada después de haber celebrado la Eucaristía matutina con mi comunidad romana. Tras las vacaciones de Navidad, hoy hemos reanudado el ritmo ordinario. Eso significa que la oración ha comenzado a las 6,30 de la mañana. A esa hora el termómetro exterior marcaba 0 grados. ¡Menos mal que dentro de casa hay una temperatura templada, lo que contribuye a crear un ambiente de hogar! Con todos mis hermanos, he dado gracias a Dios por el don de la vida, por mi familia y mis amigos y, de una manera especial, por mi vocación misionera.

Alguna vez me preguntan qué me gustaría ser si tuviera la oportunidad de rebobinar la película de mi vida y comenzar a rodarla de nuevo. No tengo ninguna duda: me gustaría volver a ser misionero. Es verdad que me han gustado otras cosas (desde la arquitectura a la música o el periodismo) y que en ocasiones he añorado formar una familia, pero la riqueza de la experiencia misionera es tan honda que las dudas se han disipado pronto. Cuando veo a tantas personas perdidas, sin razones para vivir,  comprendo mejor hasta qué punto el don de la fe es una fuente de sentido, un horizonte de esperanza. Vivir en comunidad, aun en medio de tensiones y algunos sufrimientos, es un regalo que se hace más luminoso en el encuentro con personas que viven solas o aisladas. Renunciar a los propios proyectos para entregarse a la misión de anunciar el Evangelio puede parecer a primera vista una renuncia absurda, pero la verdad es que acaba convirtiéndose en una pasión. Así que, a la altura de los 62 años, curtido en algunas batallas, tengo más motivos para ser misionero que cuando hice mi profesión religiosa hace más de 40 años.

A lo largo de esta trayectoria, el Señor ha hecho que mi camino se cruzara con el de muchas personas de varios lugares del mundo. Es imposible recordarlas a todas, aunque, mientras escribo, me vienen a la mente muchos rostros y nombres. Yo no sería el mismo sin esta experiencia de encuentro. Si a veces se dice que “somos lo que comemos”, con mucha más razón debería decirse que “somos lo que amamos”. Cuando entramos en relación con una persona, se produce un fenómeno parecido al de los vasos comunicantes. Compartimos lo que somos y, en cierto sentido, nos nivelamos. En un día como hoy, quiero dedicar un tiempo prolongado a dar gracias a Dios por los muchos amigos y amigas con los que me he ido encontrando a lo largo de mi vida. Le encomiendo a quienes ya han fallecido (algunos en circunstancias muy trágicas) y oro por los que siguen caminando. Aunque solo fuera por esta razón, es bueno detenerse una vez año, alzar los ojos, mirar el camino recorrido y agradecer la presencia de los muchos compañeros de camino. ¿Qué sería de nuestra vida sin la fiesta de la amistad y la fraternidad?

lunes, 6 de enero de 2020

Jesús es la estrella

Este año la solemnidad de la Epifanía del Señor viene pegada al segundo domingo de Navidad. En los países donde se celebra la tradición de los Reyes Magos (entre ellos España), la cabalgata y la entrega de regalos a los niños parecen ocupar el puesto de la liturgia. Y, sin embargo, hay espacio para todo: para profundizar en el significado de la “epifanía” (manifestación) de Jesús y para disfrutar con las tradiciones populares. Al fin y al cabo, los tres magos (astrólogos o adivinos) simbolizan a los seres humanos de los tres continentes conocidos en la antigüedad (Asia, África y Europa) y de las tres edades adultas de la vida (juventud, madurez y senectud) que reconocen en Jesús a la verdadera estrella que ilumina nuestras vidas.  Su postración ante él y la entrega del oro, el incienso y la mirra expresan simbólicamente una fe rendida ante el Misterio de Dios manifestado en el niño de Belén. Los judíos han servido de mediación histórica, pero son los paganos quienes se abren a la revelación de Dios, como sucedió en las primeras décadas del cristianismo. En ellos, todos los pueblos están llamados a la fe. La luz de Jesús tiene un alcance universal. Nadie queda excluido de su influencia benéfica, aunque es verdad que “la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió” (Jn 1,3).

Hoy nos dejamos deslumbrar por las “estrellas” del espectáculo y del deporte. Me llama la atención que se utilice este símbolo cósmico y bíblico para ensalzar a personajes como Julia Roberts, Brad Pitt, Leonel Messi o Rosalía. Ellos y ellas son las estrellas del firmamento de la fama. De hecho, en Hollywood está el famoso Paseo de la Fama en el que hay colocadas más de dos mil estrellas de cinco puntas con los nombres de famosos del cine, la televisión y el mundo del espectáculo en general.  Los seres humanos necesitamos que alguien nos ilumine el camino, ansiamos “adorar” a aquellos en quienes vemos realizados nuestros sueños imposibles de correr deprisa, cantar bien o interpretar un personaje de ficción. El mensaje que el evangelista Mateo nos transmite con el célebre relato de los magos de Oriente que se dirigen a Belén es muy claro: la verdadera estrella “que ilumina a todo hombre” (Jn 1,9) es Jesús. Él es, por decirlo con palabras del último libro del Nuevo Testamento, “la estrella radiante de la mañana” (cf. Ap 22,16). Si nos dejamos iluminar por él, no necesitaremos dejarnos deslumbrar por otras estrellas. Lo expresa bellamente el himno litúrgico de este día tomando prestados unos versos de Lope de Vega: “Reyes que venís por ellas, / no busquéis estrellas ya, / porque donde el sol está / no tienen luz las estrellas”.

Hay un versículo en el relato de Mateo que no conviene pasar por alto: “Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría” (Mt 2,10). Jesús es –como expresa la hermosa cantata de Bach interpretada en el vídeo adjunto– “la alegría de los hombres”. Él no solo ilumina las tinieblas de nuestra vida, sino que pone alegría en medio de nuestra “infinita tristeza”, por usar una expresión del papa Francisco en la exhortación Evangelii gaudium. Ambas expresiones (luz y alegría) van unidas. Como los magos del evangelio de Mateo, solo cuando vemos la estrella de Jesús, cuando reconocemos en él a la luz que ilumina nuestra vida, podemos experimentar la verdadera alegría, esa que nadie nos podrá quitar (cf. Jn 16,23). Me parece que la alegría inocente e inmensa que experimentan los niños cuando se despiertan la mañana de Reyes y ven los regalos que los magos de Oriente les han dejado junto a sus zapatos es una hermosa expresión de esta alegría profunda que viene de Dios. Verlos a ellos con la cara llena de admiración nos recuerda que el reino de los cielos pertenece a quienes conservan su capacidad de sorpresa y de sencillez. Dios se manifiesta (epifanía) a los que con una fe infinita colocan cada noche sus viejos zapatos de cansancio y escepticismo a la puerta de su corazón con la esperanza de que Dios los rellene con su gracia.



domingo, 5 de enero de 2020

Elegidos y santos

En muchos lugares se celebra hoy la solemnidad de la Epifanía del Señor, pero en Italia y España hoy es el II Domingo después de Navidad. Tras ocho días en Portugal (Fátima y Lisboa), estoy de nuevo en Roma. Aquí se nota que estamos en invierno, por lo menos en las primeras horas de la mañana. De las lecturas de este domingo escojo solo un versículo de la segunda, tomada de la carta a los Efesios: “Él nos eligió en Cristo, antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor”. Es una fórmula sintética y con sabor litúrgico para recordarnos dos verdades imprescindibles: venimos de una elección (origen) y estamos llamados a la santidad (destino). Ninguna de las dos palabras (elección y santidad) tienen hoy mucho predicamento. ¿Quién habla de que hemos sido “elegidos” por Dios? Salvo en círculos eclesiales, ¿quién habla de “santidad”? Me pregunto incluso si estas palabras dicen algo a la mayoría de las personas.

Me parece que muchos consideran su origen como fruto del azar, como una extraña e improbable combinación de un óvulo y un espermatozoide que en el carrusel de la vida dio origen a un ser humano. Según esta manera de ver ls cosas, todos existimos por  pura casualidad, aunque ya se da la posibilidad técnica de producir bebés programados, casi a la carta. Cuando uno se sabe fruto del azar o de la mera programación no tiene demasiadas razones para valorar su vida o para desistir de eliminarla. Lo que ha surgido por puro azar, puede ser también eliminado sin muchos miramientos. Es probable que en el origen de la pérdida del sentido de la vida de muchos contemporáneos exista esta concepción azarosa de la propia existencia. El hecho de que la Palabra de Dios nos revele que existimos porque Dios nos ha “elegido” (es decir, porque Dios nos ama) introduce una clave que cambia el sentido de la partitura. Incluso aunque nadie reconociera nuestra dignidad, vivimos porque el Dios de la vida ha querido que existiéramos. En el profeta Isaías leemos: “¿Es que puede una madre olvidarse de su criatura, no conmoverse por el hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvide, yo no te olvidaré” (Is 49,15). Cuando estas palabras se hacen carne de nuestra carne, contemplamos nuestra vida y la de los demás de otra manera, descubrimos la fuente de nuestra identidad, sabemos de dónde venimos, quiénes somos y a quién pertenecemos.

La segunda palabra tiene que ver con nuestro destino. Hemos sido llamados a ser “santos e intachables ante él por el amor”. Si entendiéramos esta llamada en sentido perfeccionista, creo que interpretaríamos mal su sentido original. Ser santos e intachables es una forma de decir que estamos llamados a amar. La santidad de Dios es su amor. Ser santos significa amar como él nos ama. En este punto hay una hermosa coincidencia entre los que nos revela la Biblia y los que nos descubren las ciencias antropológicas y psicológicas. Los seres humanos estamos hechos para dar y recibir amor, para reflejar el amor divino que está en el origen de nuestra existencia y al que nos dirigimos en nuestra peregrinación terrestre. No es extraño, pues, que cuando planteamos la vida desde otras claves nos sintamos desajustados, como quien se extravía en el camino y no acaba de encontrar su meta. Creo que en un día como hoy, en el que muchos niños de España y de algunos países latinoamericanos (México, Argentina, Uruguay, República Dominicana, Colombia, Venezuela, Paraguay, Puerto Rico o Cuba) esperan con ilusión la llegada de los Reyes Magos, no hay mejor regalo que saber que existimos porque Dios nos ha elegido y que estamos llamados a ser santos. Venimos del Amor y a él vamos. Hay razones suficientes para la alegría y no tienen nada que ver con las que la publicidad nos vende.


sábado, 4 de enero de 2020

De la programación a la exploración

Escribo la entrada de este primer sábado del año en Lisboa. Luce el sol. Tenemos 13 grados. Terminado mi trabajo en Fátima, regreso a Roma, un poco cansado, pero muy satisfecho y agradecido. He vivido durante ocho días una interesante experiencia de aprendizaje. Hay personas a las que les gusta aprender cosas nuevas y otras que prefieren refugiarse en sus rutinas. Normalmente, con el paso del tiempo, todos nos esclerotizamos un poco. Lo conocido nos da seguridad; lo desconocido nos provoca aprensión y hasta temor. Manejar ambas fuerzas –sobre todo, cuando coexisten en un grupo de 50 personas de diversas edades– no es fácil. Cada una de ellas tiene su importancia. La “tensión emocional” nos empuja siempre hacia nuestra zona de seguridad formada por nuestros hábitos, creencias, rutinas, etc. La “tensión creativa” nos lanza hacia la zona de los sueños, de lo que puede ser pero todavía no es. Algunas personas, cuando oyen la palabra “sueño” enseguida piensan en quimeras, en huidas de la realidad, en metas inalcanzables. Otras, por el contrario, consideran que los sueños son anticipaciones del futuro, energía que pone en marcha un proceso de cambio, lugar de la revelación de Dios.

Cuando uno quiere “controlar” el futuro pone el acento en la programación. Necesita saber con detalle lo que hay que hacer, los plazos de cada acción y los responsables de llevarlas a cabo. Cuantos menos cabos sueltos queden, mejor. Cuando uno acepta “explorar” lo desconocido se conforma con un poco de luz que le permita dar los primeros pasos. La primera actitud es típicamente moderna. Privilegia el poder de la razón y cree firmemente que podemos cambiar la realidad con nuestras acciones programadas y organizadas porque, en el fondo, considera que la realidad es complicada y, por lo tanto, sometida siempre a nuestro control. La segunda es, más bien, una actitud posmoderna. No menosprecia la razón, pero da más cabida a la inteligencia emocional y a la complejidad de la vida. Es la actitud de quienes saben que las mejores cosas que nos suceden son casi siempre imprevisibles, no caben en el marco de una programación. Esta actitud no provoca el cambio de la realidad a fuerza de intervenciones externas, sino que trata de aprovechar el flujo de la vida para navegar con inteligencia y destreza. La vida misma nos proporciona la energía que necesitamos para crecer como personas e instituciones. Privilegia el poder de la conversación (es decir, de la exploración conjunta) sobre la programación.

Es obvio que en un grupo de 50 personas de varias edades coexisten las dos actitudes, sin que me resulte fácil precisar cuál ha sido la predominante. Lo que de verdad importa es aprovechar la sabiduría de ambas para madurar como personas y como comunidad. Cada una de ellas nos impulsa al desarrollo de destrezas particulares. Hay personas que son buenas para programar, organizar, ejecutar y controlar. Hay que aprovechar su competencia para tareas que exigen estas destrezas. Otras son buenas para soñar, impulsar, involucrar y acompañar. También ellas contribuyen al crecimiento del grupo. El buen líder es quien sabe sacar partido de ambas al servicio de los objetivos que todo grupo se propone. Creo que en el Capítulo que hemos vivido en Fátima se han puesto en juego numerosas destrezas de forma complementaria y hasta sinfónica. Las metáforas del cuerpo y de la orquesta nos ayudan a entender la experiencia de la unidad en la diversidad. 

Pasar de provincias claretianas homogéneas desde el punto de vista lingüístico, cultural y operativo (como eran Bética, Portugal y Reino Unido) a una provincia multilingüística, intercultural y con tradiciones y prácticas diversas (como es la actual provincia de Fátima) exige un profundo cambio de paradigma (de la programación a la exploración) y también de actitudes (del control a la apertura). Llevará tiempo, pero hay, al menos, una sencilla “hoja de ruta” (elaborada por todos a través de una serie de conversaciones exploratorias), un equipo de líderes (escogido por todos en un ejercicio colectivo de discernimiento) y una actitud abierta y colaboradora (visible en todos tras ocho días intensos de diálogo, celebración y exploración). Es un buen terreno para que el Espíritu siga haciendo su obra.

viernes, 3 de enero de 2020

Dos caricaturas que hacen pensar

Anoche vi “Los dos papas”, la película del director brasileño Fernado Meirelles con guion de Anthony McCarten. Se difundió el 20 de diciembre pasado en la plataforma Netflix. Está dando mucho que hablar y escribir. El personaje del entonces papa Benedicto XVI (Joseph Ratzinger) es interpretado por el galés-estadounidense Anthony Hopkins, un experto en personajes extremos. Al cardenal argentino Jorge Mario Bergoglio (actual papa Francisco) lo interpreta el actor galés Jonathan Pryce. Creo que la película se ve con gusto, contiene escenas de majestuosidad vaticana (por ejemplo, los diálogos entre ambos personajes en la Capilla Sixtina con el Juicio Final de Miguel Ángel al fondo) y de estética hollywoodiana (como el viaje en helicóptero desde Castelgandolfo al Vaticano), aborda cuestiones que interesan a muchas personas, enfrenta dos maneras de entender la vida y la fe, disuelve los enfrentamientos en una balsa de amistad y humor y toma partido evidente por uno de los dos personajes. Reconozco, en definitiva, que la película entretiene y hace pensar, lo que no es nada sencillo. Es probable que guste a muchos espectadores. Tiene los ingredientes necesarios para ello.

Sin embargo, viéndola con una cierta distancia, tuve la sensación de presenciar el juego interesado de dos caricaturas. A poco que se conozca a Benedicto XVI, cuesta identificarlo con el personaje rígido, irónico, despótico y casi decrépito encarnado por Anthony Hopkins. Es evidente que al guionista y al director no les interesaba tanto acercarse al personaje real de Joseph Ratzinger cuanto servirse de él para caricaturizar al “rottweiler de Dios” y oponerlo al “argentino liberacionista”, lo cual resulta cinematográficamente más interesante, aunque tengo mis dudas sobre su verdadero alcance porque, a la larga, no hay nada más cautivador que la verdad desnuda. Asocio demasiado a Anthony Hopkins a papeles siniestros (como el que representaba en El silencio de los corderos) como para verlo interpretando al tímido, cortés y suave Benedicto XVI, aunque reconozco que Hopkins es un actor de raza.

Jorge Bergoglio, por su parte, es presentado como un hombre que ha vivido un proceso de transformación. Su discutida actuación durante la dictadura argentina, siendo provincial de los jesuitas, lo acompaña como un peso del que solo empieza a liberarse cuando Jalics –uno de los dos jesuitas secuestrados y torturados– y él se encuentran, celebran la Eucaristía y se abrazan. Da la impresión de que, tras dos años de “destierro” en la sierra cordobesa, Bergoglio experimenta un cambio que le hace descubrir una visión del Evangelio desde la compasión y la misericordia. Estarían aquí contenidas las claves principales de su ministerio posterior, claramente explicitadas en sus gestos, palabras y escritos tras su elección a la cátedra de Pedro. 

A pesar de sus rasgos caricaturescos, también Ratzinger/Hopkins experimenta un proceso de cambio que lo lleva a darse cuenta de sus errores y a dejar espacio para que otro (Bergoglio) pueda realizar lo que él intuye que es necesario, pero de lo que no se siente capaz. Cuando Bergoglio es él mismo, resulta muy popular. Cuando Ratzinger es él mismo, suscita rechazo. Es verdad que muchas escenas son sencillamente inverosímiles, pero ponen sobre la mesa la responsabilidad de dos hombres que, con sus fragilidades humanas respectivas, han sido elegidos para dirigir la Iglesia en los primeros años del siglo XXI. ¿Se puede ser el líder espiritual de más de 1.200 millones de católicos siendo una persona con un expediente no inmaculado?

Quizás sea este último aspecto el que más me interesa. Si en el pasado los personajes públicos eran, por lo general, recubiertos de un aura de perfección que enmascaraba sus debilidades y errores, hoy, por el contrario, son sometidos a un escrutinio implacable. De él no se libran ni los papas. Se examina con lupa la trayectoria de sus vidas para descubrir cualquier sombra o mácula que permita desautorizar su función actual. Pareciera que las redes sociales se han convertido en la moderna inquisición. Se investiga todo (desde la redacción de una tesis doctoral hasta los amoríos adolescentes, las búsquedas en Internet y los movimientos bancarios) para encontrar algún dato que permita descalificar a una persona. Es comprensible que no todo el mundo pueda resistir esta tremenda presión social. 

Como se insinúa en la película, Dios perdona y olvida siempre, pero las hemerotecas y los archivos de Internet nunca. Es como si hubiéramos entrado en una especie de presente continuo en el que todo lo vivido se pone al mismo nivel, sin posibilidad de evolución. En otras palabras, es imposible cambiar o convertirse, como se dice en el lenguaje cristiano. El pasado siempre está ahí. Lo que uno fue (incluidos sus errores y pecados) lo acompaña de por vida como una losa insuperable. Adivino detrás de esta neoinquisición mediática la visión pesimista del protestantismo clásico, que no creía que la fe pudiera renovar nuestra vida, sino solo librarnos de la imputación de nuestros pecados. ¡Menos mal que, cuando volvemos al Evangelio, descubrimos a un Jesús que llamó a hombres y mujeres imperfectos (comenzando por sus propios apóstoles) y que, aceptándolos como eran y queriéndolos sin límites, los ayudó a recorrer un camino de verdadera transformación! Hay vida más allá del juicio sumarísimo de Internet.


jueves, 2 de enero de 2020

Tener menos para ser más

Han pasado ya las fiestas de Año Nuevo. En algunos lugares se vuelve a la normalidad. En otros queda todavía la cita con los Reyes Magos. No sé si los niños de hoy la esperan con tanta ansia como los niños de mi generación. Es probable que no, dado que Papá Noel se ha adelantado a inundarlos de regalos el día de Navidad. La sociedad de consumo ha conseguido colocar una fiesta de regalos al principio y otra al fin del periodo navideño, con lo que se asegura un alto nivel de ventas. Algunos psicólogos hablan ya del síndrome del niño “hiperregalado”. El hecho de que en muchos casos ambos padres trabajen fuera del hogar (con el posible descuido del acompañamiento de los hijos) o que estén separados/divorciados (con las comprensibles dificultades para asegurar una presencia regular) crea a veces sentimientos de culpabilidad que tratan de compensarse con los regalos. Estos se convierten también en una forma de “comprar” el cariño o de amortiguar posibles conflictos. El resultado suele ser una gran frustración. Muchos niños, atiborrados de juguetes y otros regalos, solo parecen disfrutar cuando desenvuelven los paquetes. Al poco tiempo, pierden el interés, que solo vuelve a despertarse cuando tienen que romper el envoltorio y abrir la caja de un nuevo regalo. 

Quizá sin darnos cuenta estamos educando a personas ansiosas de tener cosas, pero cada vez más incapaces de ser lo que son y de relacionarse con otros sin que medie ningún objeto. No hay mejor regalo que la propia persona que se entrega y que quiere a otra. El pasado día 26 de diciembre, cuando viajaba en coche de Lisboa a Fátima, me sorprendió ver en las pantallas de la autopista A-1 un anuncio de seguridad que, traducido del portugués, decía así: “El mejor presente es estar presente”. ¿De qué sirve la proliferación de regalos materiales si somos incapaces de dedicar nuestro tiempo a estar con las personas (incluidos los niños), a escucharlas y a disfrutar con la relación?

Navidad se ha convertido en un tiempo de regalos, pero, en realidad, tendría que ser un tiempo del encuentro porque lo que celebramos es el mejor encuentro que jamás ha existido: el de Dios con la humanidad. El título más navideño que se le aplica a Jesús es el de Emmanuel (es decir, Dios-con-nosotros). Lo que Dios nos regala no es un objeto excepcional, sino a su propio hijo. Desde esta clave, la Navidad adquiere un sentido completamente diferente. No es la fiesta del consumo, sino la fiesta del encuentro con los cercanos y los lejanos. No es la fiesta del derroche, sino de la solidaridad. No es la explosión de una alegría impostada (casi como por decreto) que luego produce frustración, sino la alegría serena que brota de la contemplación del niño Jesús como signo visible de un Dios que nos quiere. No es la promoción del tener como fuente de felicidad, sino la dilatación del ser como espacio para acoger a Dios. La Navidad no es, en definitiva, un período para “hacer caja” comerciando con los sentimientos humanos y excitándolos hasta el extremo para que identifiquemos la felicidad con la satisfacción de los deseos, sino un tiempo de gratuidad y gratitud por el don que Dios nos hace en su hijo Jesús.

Cuando somos niños creemos (o, más bien, nos hacen creer) que seremos más felices cuantas más cosas tengamos, Cuando somos jóvenes, aspiramos a formarnos bien para obtener un buen trabajo y de este modo recibir un salario alto que nos permita seguir adquiriendo bienes de consumo. Tan convencidos estamos de esta progresión, que somos capaces de sacrificar tiempo, salud y relaciones con tal de ganar más y poseer más. Llega un tiempo (a veces, por desgracia, no acaba de llegar nunca) en que caemos en la cuenta de que esta dinámica nos convierte en esclavos del tener, se convierte en adictiva y acaba por secarnos el alma. Entonces, empezamos un camino de decrecimiento. Nos vamos desprendido de cosas y malos hábitos. Aprendemos a necesitar cada vez menos. A medida que nos liberamos del virus de la posesión, y aun de la avaricia, empezamos a disfrutar con otras dimensiones de la vida que teníamos como anestesiadas; empezamos, en definitiva, a ser nosotros mismos. Nos reconciliamos con nuestras raíces y dedicamos tiempo y energías a relacionarnos con los demás, a quererlos, y a cultivar nuevas prácticas que nos reconcilian con el verdadero sentido de la vida. 

Cuando hace años comencé a viajar mucho debido a mi cargo, procuraba llevar maletas grandes repletas de cosas “por si era necesario”. Ahora, al cabo de veinte años, viajo siempre con equipaje de mano, incluso si tengo que pasar una temporada larga en algún país. La experiencia me ha enseñado que pocas cosas son verdaderamente imprescindibles, que uno se puede liberar de un peso inútil. Viajar ligero de equipaje es una fuente de libertad y una metáfora de una nueva manera de entender la vida. Lo intuimos de jóvenes, pero tardamos mucho tiempo en ponerlo en práctica. Lo normal es que, como la mayoría, sucumbamos a la quimera de creer que teniendo más vamos a ser más felices. También de este sueño uno puede despertase. La Navidad es una oportunidad para ello.

miércoles, 1 de enero de 2020

Ya estamos en 2020

Me alegro de empezar el nuevo año, solemnidad de la Madre de Dios, en Fátima. Es como poner la clave mariana en el pentagrama sobre el que se irán escribiendo las notas de los próximos doce meses. A mediodía celebraremos la Eucaristía con muchos peregrinos en la “capelinha” de la Virgen. Preveo que va a ser un momento luminoso, tanto por el sol radiante que nos acompaña en los últimos días como por la luz que irradia ese lugar por el que desfilan millones de personas de todo el mundo. La Navidad la pasé con mi madre biológica y con mis hermanos de sangre. El nuevo año lo comienzo en la casa de María, la Madre de todos, junto a hombres y mujeres venidos de muchos lugares. Como la Virgen de Nazaret, me gustaría “guardar todo en el corazón” para ir extrayendo de ese cofre la energía que necesitaré a lo largo del año. También yo quisiera vivir la “revolución de la ternura” en tiempos que se auguran difíciles. Para algunos analistas, 2020 será un año más desafiante que el pasado. Para nosotros, misioneros claretianos, 2020 se presenta repleto de conmemoraciones. Celebraremos los 150 años de la muerte de san Antonio María Claret, los 150 años de nuestra llegada a América (concretamente a Chile), los 150 años de la aprobación definitiva de nuestras Constituciones, los 125 años de presencia en Brasil y los 50 de presencia en la India…

Para vivir este año en clave misionera, revitalizando nuestras raíces, precisamente hoy comenzamos un itinerario formativo y espiritual que denominamos Año Claretiano. Desde hoy hasta el 31 de diciembre iremos recordando nuestra historia y beberemos en el pozo de nuestra espiritualidad. Cada uno de nosotros ha recibido un libro como hoja de ruta. Disponemos también de una página web y de una aplicación para dispositivos móviles. Se trata de tres instrumentos al servicio de un objetivo: conocer mejor nuestro patrimonio carismático, personalizarlo y, de esta manera, dar más hondura y audacia a nuestro compromiso misionero. En definitiva, queremos estar más arraigados para ser más arriesgados. No es un mero juego de palabras. Solo cuando las raíces son fuertes podemos exponernos sin miedo a los vientos de la historia. Es probable que este proyecto no interese a muchos lectores del blog. De todos modos, os pido vuestra oración para que sea un instrumento que nos ayude a ser mejores misioneros. No aspiramos a tener más comunidades o más misiones, sino a ser más auténticos y más creíbles. Es hermosa la estampa de un grupo de más de 3.000 misioneros, presentes en 68 países del mundo, que caminan en la misma dirección, con ritmos distintos según las edades, los contextos culturales y eclesiales, etc.

El primer día del año se celebra desde hace varias décadas la Jornada Mundial de la Paz. El lema del mensaje del papa Francisco para este año 2020 es La paz como camino de esperanza: diálogo, reconciliación y conversión ecológica. No es cuestión de multiplicar las palabras porque “el mundo no necesita palabras vacías, sino testigos convencidos, artesanos de la paz abiertos al diálogo sin exclusión ni manipulación. De hecho, no se puede realmente alcanzar la paz a menos que haya un diálogo convencido de hombres y mujeres que busquen la verdad más allá de las ideologías y de las opiniones diferentes”. Uno de los caminos que ayuda a construir una cultura de paz es la llamada conversión ecológica que “nos lleva a tener una nueva mirada sobre la vida, considerando la generosidad del Creador que nos dio la tierra y que nos recuerda la alegre sobriedad de compartir. Esta conversión debe entenderse de manera integral, como una transformación de las relaciones que tenemos con nuestros hermanos y hermanas, con los otros seres vivos, con la creación en su variedad tan rica, con el Creador que es el origen de toda vida”.

Desde este Rincón os deseo un año 2020 
lleno de la paz de Dios, 
abierto a nuevas posibilidades 
de crecimiento personal 
y solidario con quienes más necesitan 
de nuestra ayuda.