sábado, 23 de noviembre de 2019

¿Cuántos se llaman así?

El nombre que nos pusieron al nacer nos marca de por vida. Hace años, había dos tradiciones que se solían cumplir a rajatabla. La primera consistía en poner a los hijos los nombres de los padres o de los abuelos, de manera que se pudiera continuar la línea familiar. Uno podía llamarse Robustiano, Herminia o Celedonio “por culpa” de sus antepasados. Algunos nombres antiguos suenan hoy como de rancio abolengo; otros, por el contrario, parecen pasados de moda. La segunda tradición tomaba los nombres del santoral. Por más extraño que sonase, se ponía a los hijos el nombre del santo (o de la santa) del día, a veces cambiándole el género. No es difícil encontrarse con personas que se llaman Aquilino (Aquilina), Quiterio (Quiteria), Eduvigis, Asterio, Cleto (Cleta), Euquerio, Anselmo (Anselma)… “por culpa” de algunos santos demasiado singulares. Se dice que Huerta del Rey, en la provincia de Burgos, es el pueblo con los nombres más raros del mundo. Puede ser.

En cualquier caso, para saber si en España el propio nombre es “raro” (en el sentido de poco frecuente), basta con hacer una consulta en esta página del Instituto Nacional de Estadística. Uno puede sorprenderse. Los nombres más puestos en 2018 fueron Hugo (para los chicos) y Lucía (para las chicas), pero si uno se remonta años atrás se encuentra otros nombres, como Óscar, Sergio, Iván (para los chicos) o Mónica, Sara y Laura (para las chicas). Las modas van y vienen. Algunas veces se han llevado los nombres de origen ruso, o vasco, o italiano. Otras veces son las series televisivas y los personajes de moda los que marcan tendencia. Lo que parece claro es que los viejos nombres cristianos –a excepción del incombustible María o Miriam– están en retirada. Cada vez hay menos niños que se llaman Jesús, José, Juan, Santiago o Pedro. Y menos niñas que llevan el nombre de Isabel, Carmen, Inmaculada, Asunción, Piedad o Dolores (Lola), aunque otros nombres bíblicos más raros (como Rut, Noemí, etc.) cotizan al alza.

Hay personas que disfrutan con su nombre y otras que lo disimulan. No es raro que una que se llama Prudenciana sea conocida simplemente como Pruden. O que a un Federico lo llamen Fede y a un Adriano, Adri. Si uno se llama Antonio o Pepe, corre el riesgo de pasar desapercibido. Pero si se llama Rigoberto es probable que todos recuerden su nombre. Las ventajas de los nombres raros es que singularizan a la persona, la redimen de la masa de los nombres muy comunes. Por ejemplo, en España hay  678.425 hombres que se llaman Antonio y 594.144 que se llaman José (Pepe), mientras que solo 460 se llaman Robustiano y apenas 20 llevan el nombre de Euquerio (yo conozco a uno en la provincia de Valladolid). 66.129 se llaman Gonzalo, pero cuando lo combino con mi primer nombre (Félix), solo somos 28 en todo el país. No sería difícil organizar un encuentro de confraternización.

Es muy importante valorar nuestro nombre y detenerse a meditar sobre él de vez en cuando. ¿Cuántos miles de veces a lo largo de nuestra vida somos llamados por el nombre? Cada vez que alguien me dice, por ejemplo, “Hola, Gonzalo” o “Gonzalo, ¿puedes echarme una mano”, me está recreando. Decir el nombre de alguien es celebrar su identidad, invitarlo al festín de la existencia, contar con él (o con ella) para la batalla de la vida cotidiana. Debemos llamar a las personas por su nombre y evitar, en la medida de lo posible, el uso de motes, apodos, diminutivos, aumentativos, despectivos, etc. que, en cierto sentido, merman la identidad y la manipulan. Es verdad que a veces son expresión de cercanía y cariño, pero pueden dificultar el proceso normal de madurez. Si a una persona de 60 años, por ejemplo, la siguen llamando como cuando tenía 3 o 4, algo no está funcionando bien. (Por cierto, tengo una tía de 95 años que sigue llamándome Gonzalito. No hay forma de borrar ese nombre infantil de su disco duro, así que hablar con ella es como rebobinar la película de mi vida hasta los años de la infancia. No está mal).

En la Biblia leemos que Dios nos llama por el nombre: “No temas, que yo te he rescatado, te he llamado por tu nombre y eres mío” (Is 43,1). El ángel del Señor se dirige al esposo de María con estas palabras: “José, hijo de David, no tengas reparo en recibir a María como esposa tuya” (Mt 1,20). Y añade: “Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados” (Mt 1,21). Cuando Jesús llama a Simón y le asigna un nuevo encargo, le cambia el nombre: “Tú eres Simón, hijo de Juan, en adelante te llamarás Cefas (es decir, Pedro)” (Jn 1,42). Algo parecido sucedió con Saulo de Tarso, a quien hoy conocemos como Pablo. Decir que Dios nos llama por el nombre significa que nos ama, que nos quiere como somos, que nos mantiene en nuestra identidad. Decir que Dios nos da un nombre nuevo significa que nos confía una misión en la vida. Por eso, el nombre auténtico debería expresar nuestra misión y no un mero capricho de los padres al dictado de la moda o de convenciones arbitrarias. Llamarse Àngel, por ejemplo, significa que uno se convierte en mensajero de buenas noticias. Llamarse Irene hace de una mujer una artesana de paz. Los Juanes son expresiones de la misericordia de Dios y las Elisas son ayuda de Dios. 

En algunas culturas (por ejemplo, en varios lugares de la India), los cristianos tienen dos nombres: uno civil (que suele continuar la saga familiar) y otro cristiano (que simboliza la novedad de vida recibida en el Bautismo). ¡Lástima que hoy estemos perdiendo el significado del nombre como indicativo de una misión y nos hayamos abandonado a la moda de los nombres eufónicos o simplemente comerciales! Tendría que restablecerse la pena de muerte para los padres que bautizan a un hijo con el nombre de Lionel Messi, Ferrari, Nesquik, Kodak o Madonna. (Lo de la pena de muerte es una licencia literaria que espero que el lector no interprete al pie de la letra). Buen fin de semana.

viernes, 22 de noviembre de 2019

Una puerta al MIsterio

Las protestas se extienden por toda Latinoamérica. Ayer fue el turno de Colombia, país que visitaré dentro de ocho días. En Chile han adquirido también un toque cultural. Es verdad que el consumo narcotiza. Hoy como ayer, la fórmula “panem et circenses” (pan y circo, Coca-Cola y televisión, MacDonalds y Netflix, alcohol e Internet, moda y fútbol) sigue funcionando, pero no es eterna. Llega un momento en que la gente se harta, se despierta de la modorra y busca justicia y equidad. Ya los clásicos decían que “nada violento es durable”. Y el sistema neoliberal es violento en sus entrañas porque se basa en la explotación impúdica de los recursos naturales y de las personas más vulnerables. ¡Hasta Bill Gates y otros multimillonarios piden pagar más impuestos por su riqueza! Es un modo de reconocer que es justo que revierta en la sociedad el dinero que la misma sociedad les ha proporcionado –no discuto ahora su legalidad u oportunidad– comprando sus productos.

En este contexto mundial de reivindicaciones –que demuestran que nunca se puede dar por cerrado el capítulo de la justicia social, por más entretenimientos que la sociedad de consumo ponga a nuestro alcance– me fijo hoy en el mundo del arte. Es mi pequeño homenaje a santa Cecilia, patrona de los músicos, cuya fiesta celebramos hoy. No importa que su patronazgo se deba a la mala interpretación y traducción de un texto latino de las Actas de Santa Cecilia. Al ser canonizada en 1594 por el papa Gregorio XIII, se convirtió en patrona de los músicos. En Roma es muy famosa la Academia Nacional de Santa Cecilia, cuya sede está a medio kilómetro de mi casa.

No puedo concebir mi vida sin la música. He dedicado varias entradas de este blog a escribir sobre diversos aspectos relacionados con ella y también sobre algunos compositores y cantantes que me gustan. Existe en mi vida –como creo que en la de todos– una banda sonora formada por aquellos temas que nos han llegado al corazón en diversos momentos. Algunos están asociados a experiencias significativas; otros nos recuerdan momentos lúdicos, bellos, exultantes o incluso dolorosos. Hay canciones o piezas musicales que tienen el poder de despertar a cualquiera. Si uno se encuentra en medio de una oración en cualquier país de Latinoamérica y entona, por ejemplo, Nadie te ama como yo, es seguro que casi todos los participantes se van a poner a cantar emocionados. La canción se ha convertido en un himno. 

Algo parecido sucedería si uno entona en España Libre de Nino Bravo, Color Esperanza de Diego Torres o Eres tú, de Mocedades. Hay canciones que han sido famosas un tiempo, pero luego han decaído, víctimas de las modas fugaces; otras se mantienen como si fueran intemporales. Creo que ningún compositor sabe lo que va a suceder con una obra suya cuando la entrega al público. Hay canciones de una gran belleza formal y complejidad técnica (por ejemplo, algunas de Silvio Rodríguez, Miguel Bosé o Joan Manuel Serrat) que nunca traspasan la frontera de los entendidos. Se las alaba, pero no se hacen populares. Otras –como, por ejemplo, muchas de José Luis Perales– suelen ser de una gran sencillez melódica y rítmica y, sin embargo –o quizá por eso mismo–, acaban convirtiéndose en himnos del pueblo. ¿Quién no ha cantado alguna vez “Y a su barco lo llamó Libertad” o “¿Y quién es él?”. Que santa Cecilia siga protegiendo a tantos hombres y mujeres que nos deleitan con sus composiciones o interpretaciones en las infinitas modalidades de la música vocal e instrumental.

Aunque la efeméride fue el pasado día 19, no quiero olvidarme de que el Museo del Prado de Madrid cumplió 200 años. Los periódicos han publicado numerosos artículos y monografías sobre este acontecimiento. En realidad, llevan haciéndolo a lo largo de los últimos doce meses. No recuerdo cuándo fue la primera y la última vez que lo visité. Lo que sí recuerdo bien es la frustración que en dos o tres ocasiones experimenté cuando vivía en Madrid. En más de una ocasión, después de un fin de semana lleno de actividades pastorales y litúrgicas (a menudo fuera de la ciudad), me prometí a mí mismo dedicar la mañana del lunes al descanso visitando el Museo del Prado. Ni corto ni perezoso, me acercaba a pie, disfrutando de la belleza del Paso de la Castellana. Y al llegar, tuve que enfrentarme al típico cartel en el que se decía que los lunes el museo permanencia cerrado. Una vez hubiera sido suficiente para aprender la lección, pero no. Confirmé en propia carne que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra. Yo lo hice dos o tres veces. 

No sé si todavía hoy el museo cierra los lunes, pero si alguna vez se me ocurre visitarlo de nuevo, me cercioraré de hacerlo en otro día de la semana. Más allá de estas anécdotas, el museo me produjo las primeras veces una sensación de agobio: demasiadas obras y demasiada gente como para saborear la belleza. Las veces posteriores renuncié a una visita completa. Me detuve solo en algunas obras que me siguen encandilando, como “El jardín de las delicias” de El Bosco, “La anunciación” de Fra Angelico o “El Cristo crucificado” de Velázquez. Se requiere mucha capacidad contemplativa para sumergirse en el misterio de estas obras maestras. Por eso, el arte y la oración van casi siempre de la mano. Son dos puertas que nos abren al Misterio.




jueves, 21 de noviembre de 2019

Vestidos de blanco

Los aficionados del Real Madrid que tienen un cierto conocimiento de la Biblia dicen que el suyo es el único equipo que aparece citado en el Nuevo Testamento. Cuando se les pide que lo demuestren, suelen esgrimir, en medio de una sonora carcajada, el conocido texto del libro del Apocalipsis: “Estos que están vestidos de blanco, ¿quiénes son y de dónde han venido?” (Ap 7,13). Por si algún lector sabe poco de fútbol, no está de más añadir que la primera equipación del Real Madrid es blanca, hasta el punto de que los jugadores son conocidos como “los merengues”. Que me disculpen mis amigos del Barça, del Atlético de Madrid (algunos de los lectores de este Rincón son hinchas apasionados) o de otros equipos, pero era obligado referirme al equipo blanco para entender la entrada de hoy. Sin embargo, no voy a hablar de los “blancos” Luka Modrić, Sergio Ramos o Karim Benzema, sino de los “blancos” Jorge Mario Bergoglio y su prima segunda, la religiosa salesiana Ana Rosa Sivori. Confieso que me ha gustado la foto en que ambos, vestidos de riguroso blanco, caminan a la par en el aeropuerto de Bangkok. Él está a punto de cumplir 83 años. Ella tiene 77. Lleva 54 años como misionera en Tailandia, así que está en condiciones de traducir al tailandés lo que el papa Francisco dice en su español con acento porteño.

En un mundo tan cargado de sombras y páginas negras, reconforta ver a dos ancianos vestidos de blanco que sonríen. No lo hacen porque ignoren el mal que nos rodea, sino porque lo traspasan. Los dos conviven de cerca con muchos problemas. Tendrían muchas razones para caminar con el rostro sombrío. Sin embargo, destilan alegría. Tienen años suficientes como para tirar la toalla o, por lo menos, para disfrutar de un merecido descanso. No obstante, siguen en la brecha. Y no lo hacen a regañadientes, como quien no tiene más remedio, sino con dedicación y buen humor. Sus vestiduras blancas –extraño símbolo en un mundo de ropa casual– nos recuerdan que todos los creyentes en Jesús, revestidos también de la vestidura blanca de la fe recibida en el Bautismo, somos los que venimos “de la gran tribulación, los que han lavado y blanqueado sus túnicas en la sangre del Cordero” (Ap 7,14). Si estos dos personajes fueran muy jóvenes, pensaríamos que su optimismo se debe a una visión idealista de la vida que no ha pasado todavía la prueba del realismo. Pero no, se trata de dos ancianos curtidos. Su sonrisa no es expresión de optimismo, sino de esperanza. No confían en sus fuerzas, sino que saben de Quién se han fiado.

Estoy convencido de que la renovación de la Iglesia vendrá –está viniendo ya– de Asia y de África. Las asiáticas, sobre todo, son culturas milenarias que han ido atesorando una gran sabiduría. No son tan dualistas como las occidentales. Saben conciliar mejor fe y ciencia, tradición y desarrollo, persona y comunidad, cielo y tierra. No están exentas de contradicciones y fragilidades, pero, en conjunto, constituyen una tierra fértil para que el Evangelio eche raíces. Tanto en Tailandia como en Japón, los cristianos son una exigua pero profética minoría. Se habla de que hacia 2050 el país con más católicos del mundo no será ya Brasil, sino China. Muchas cosas van a cambiar en las próximas décadas. El Papa es muy consciente del progresivo desplazamiento de la Iglesia hacia Oriente; por eso, prodiga sus visitas. No tiene prisa en viajar a España, Francia o Alemania. El pasado puede esperar. El futuro necesita presencia y acompañamiento. Desfilando junto a su prima Ana Rosa por el aeropuerto de Bangkok, parece decirnos que, por muchos signos oscuros que haya en nuestro mundo, tenemos más motivos para la esperanza y la alegría que para la desesperación y la tristeza. ¡Lástima que, mientras los dos ancianos sonríen, siga habiendo unos cuantos empeñados en aguarnos la fiesta!

miércoles, 20 de noviembre de 2019

Palabras en camino

La Iglesia sigue produciendo infinidad de palabras. Organiza cursos, congresos, encuentros, sínodos, simposios, conferencias, semanas, seminarios y talleres. Publica biblias, enciclopedias, libros, folletos, encíclicas y exhortaciones. Está presente en muchas radios y televisiones. Amplía su influencia en Internet a través de páginas webs, blogs, transmisiones en streaming, etc. Cada domingo lanza millones de homilías en casi todas las lenguas del mundo. No sabemos a cuántas personas llega esta inflación verbal, pero la producción no se detiene. Vistas las cosas desde fuera, pareciera que todo va viento en popa. ¿Qué otra “multinacional” tiene una red tan capilar en el mundo? El papa Francisco puede ir a Estados Unidos o a Tailandia, a Brasil o a la República Centroafricana. En cualquier rincón del mundo hay cristianos. 

Y, sin embargo, en medio de esta producción infinita de palabras, ¿hay espacio todavía para el anuncio de una “buena noticia”? ¿Anunciamos algo fresco y apetecible o, más bien, estamos huyendo hacia adelante en una especie de verborrea ininteligible para la mayoría? Me parece que la mayor parte de las personas piensa que las verdaderas “buenas noticias” vienen hoy de la mano de la ciencia, la técnica y la economía. Lo que la gente espera es que se resuelva el problema del calentamiento global del planeta, que se acabe con la contaminación de los mares, que se encuentre una solución definitiva al cáncer y otras enfermedades mortales, que se combata la pobreza, el hambre y las guerras, que desaparezcan los arsenales nucleares, que Internet llegue a cualquier rincón del mundo, que todos tengan acceso a un empleo digno, a la vivienda, a la educación y a la salud, etc. ¿Hay alguna esperanza que vaya más allá de estos deseos fieramente humanos?

Durante muchos siglos el cristianismo ha sido capaz de llegar al corazón y a la mente de millones de hombres y mujeres. Desde los esclavos del imperio romano hasta los genios del Renacimiento, el Evangelio de Jesús ha sido una “buena noticia” a lo largo de la historia. Ha inspirado a pensadores, artistas, científicos y políticos. Ha llevado consuelo y esperanza a los más pobres. Ha transformado la vida de millones de personas que se han consagrado a Dios y al servicio de los demás. Desde la inhóspita tierra de Palestina (encrucijada de tres continentes), ha llegado a todos los lugares del mundo. ¿Conseguirá llegar a los hombres y mujeres del siglo XXI o nos aproximamos al fin de una historia multisecular que ya ha agotado todas sus potencialidades? 

Abramos los ojos. Cuando uno sale a la calle y pasea entre rascacielos, tiendas y coches; cuando llega a su trabajo y se ve rodeado de ordenadores, camiones, teléfonos o robots; cuando llega a su casa por la noche y dedica tiempo a ver la televisión o navegar por Internet… por todas partes vemos “las obras del ser humano”. Todo nos habla de lo que el hombre ha conseguido hacer. Estamos rodeados de productos humanos: casas, carreteras, coches, ordenadores, teléfonos móviles… ¿Cómo vamos a hacernos la pregunta por Dios si parece que solo vemos lo que el ser humano hace? Es como si viviéramos en una burbuja en la que no existe ninguna referencia que vaya más allá de sus límites, no hay alteridad con la que medirnos. Nos hemos vuelto insuperablemente antropocéntricos. Todo lo referimos a nosotros. Todo lo medimos a partir de nosotros.

En este contexto, que se ha venido fraguando por lo menos en los últimos tres siglos, no estamos dispuestos a escuchar palabras cerradas e imperativas. Aborrecemos todo lo que suene a dogmático. Pero quizá no nos oponemos a algunas “palabras en camino”, a preguntas y reflexiones que nos ayuden a tomar conciencia del tiempo que vivimos y, llegado el caso, a proseguir la búsqueda de sentido más allá de lo que nos es dado. Aunque nos sepamos derrotados por un consumismo insaciable –imprescindible para mantener la lógica capitalista– quizá no hemos desechado por completo la idea de que la vida humana no es unidireccional, que se puede vivir de otra manera. 

La luz roja que nos avisa de que algo no funciona del todo bien es esa insatisfacción crónica que muchas personas padecen y que a veces se torna en depresión. Rodeados de todo lo que nos han dicho que puede hacernos felices (un buen trabajo, una buena casa, un buen coche, una buena cuenta corriente, una buena relación), no acabamos de encontrar la plenitud a la que –sin saber muy bien por qué– nos sentimos llamados. Se nos caen de las manos los métodos de autoayuda y las incontables ofertas que nos proponen un bienestar integral (y que no son sino sutiles variantes del consumismo que rascan en nuestro bolsillo a cambio de unas migajas de placer). Algunos pensadores ateos contemporáneos empiezan a alertar de que el declive del cristianismo está dañando seriamente la sociedad. Yo sí necesito la fuerza de una “buena noticia”. No sé vosotros.


martes, 19 de noviembre de 2019

El vecino del cuarto

Me lleva 13 años. Confieso que he escuchado y cantado muchas canciones suyas. Su nombre es muy conocido. Suena ecológico. Se llama José Luis Perales. Ya sé que para pasar por moderno y diferente tendría que mencionar otros artistas más cool o hacer referencia a la música cañera, pero hoy no quiero hacerlo. En tiempos tan artificiales y artificiosos como los que corremos, reivindico a un artista que –según confiesa él mismo en una entrevista reciente– se lo podría fácilmente confundir con “el vecino del cuarto”. Un tipo que ha vendido millones de discos, que ha compuesto canciones para cantantes tan famosos como Raphael, Miguel Bosé, Mocedades, Paloma San Basilio, Rocío Jurado, Isabel Pantoja o La Oreja de Van Gogh y que, sin embargo, sigue fiel a sus raíces populares, es una especie en extinción. No disimula su origen rural (Castejón, Cuenca), su proveniencia de una familia sencilla, sus estudios de maestría industrial en la Universidad Laboral de Sevilla, sus trabajillos como electricista y delineante en Madrid, su matrimonio con Manuela desde hace 42 años, su admiración por el papa Francisco y su condición de católico comprometido. Hoy, en el mundo artístico, donde tanto abundan las posturas histriónicas, las provocaciones innecesarias, el exhibicionismo más burdo y el ateísmo de salón, es un milagro que sigan existiendo tipos “normales” como José Luis Perales. 

Para vender discos (millones de discos) y hacerse famoso, no ha necesitado saltar de escándalo en escándalo ni vender su alma al mejor postor; no ha tenido que renunciar a su fe y sus convicciones, no se ha sumergido en el abismo de la droga ni se ha paseado con coches despampanantes o mujeres objeto. Se ha limitado a vivir, abrir los ojos, escuchar con atención y contar con sencillez lo que ha visto y oído. Y, claro, millones de personas han sintonizado con un trovador rural que no tiene el aire canalla de ese trovador urbano que es Joaquín Sabina, pero que comparte con él la capacidad de dibujar el alma humana con cuatro trazos poéticos. No está muy lejos de Leonard Cohen. En América es un ídolo, quizá más que en su España natal.

Algunas de sus canciones llevan una pregunta en el título. Perales nos puede preguntar ¿Por qué te vas? (canción popularizada por Jeanette) o ¿Y cómo es él? Puede hacer canciones que llevan los nombres de personas: Isabel, Javier, Lucía, Luis, Adrián, Denisse o doña Asunción. Es experto en describir personajes como un pequeño marinero, las samaritanas del amor, el amo y el  mozo, el ciego, el escultor y ella, el hombre y la sirena, el señor X, el soñador, el snob, el torerillo, la casada, la chica de la playa, la madre, la reina del cafetal, la tabaquera, el loco, la loca, los guerreros… Ha compuesto canciones que describen lugares entrañables: Marruecos, América, Santo Domingo, Madrid (Demonios en Madrid). 

Hay muchas canciones que expresan sus sentimientos en primera persona: Me gusta la palabra libertad, Me hablaba de ti, Me han contado que existe un paraíso, Me iré calladamente, Me iré, Me llamas… Ha cantado a la Navidad (Navidad, Canción para la Navidad), a la paz (Una canción para la paz), a la libertad (Me gusta la palabra libertad, Un velero llamado libertad), a su padre (A mi padre), a su madre (Nana para mi madre) a los niños (Que canten los niños, Mientras duermen los niños), a su hijo Pablo (Canción infantil), a un amigo (Mi amigo Luis), a los gitanos (Canción de cuna para un gitano), a los pastores (Canción para un pastor), a los poetas (Canción para un poeta), a los desempleados (De profesión parao), a los labradores (El labrador)… Son innumerables sus canciones al amor y al desamor: Amada mía, Ámame, Amarte así, Ay amor, Ay corazón, Morir de amor, Para saber de amor, Pensando en ti, Perdóname mi amor, Por amor, Primer amor, Como tú y yo, Me llamas, El amor, El día que te marches, Te echo de menos, Te quiero, Te quiero tanto, Ella y él, Tú y yo, Un minuto de amor, Y sigo enamorado, La cárcel del amor… Ha hecho canciones sobre el otoño, los trenes, la soledad y la adolescencia. En fin, que ha sabido radiografiar el alma humana con una poesía sencilla que llega al corazón de la mayoría y con melodías que se recuerdan sin recurrir a acordes disonantes. Con la tónica, la dominante y la subdominante construye canciones que resisten el paso del tiempo. Uno no acaba de saber bien por qué, pero contra factum non est argumentum. 

Hay personas a las que les encantan el maquillaje, la apariencia, el vestuario brillante y las extravagancias de artistas como Beyoncé, Lady Gaga, Michael Jackson, Mick Jagger, Freddy Mercury o Elton John. No seré yo quien niegue las cualidades artísticas de estos personajes del entertainment, pero no me gusta la exageración. Si tengo que conducir muchos kilómetros en una tarde de otoño, prefiero escuchar las baladas suaves de José Luis Perales, un hombre que parece el vecino del cuarto. Me cuenta cosas que vive la gente que yo conozco. Me transmite sencillez y credibilidad. No encuentro mucha diferencia entre la persona y el personaje. Me gusta que sea tímido y que de vez en cuando tenga rasgos de mal genio. Admiro que sea “el rey del karaoke” porque eso significa que muchas personas pueden cantar sus canciones sin alardes vocales. Y –lo confieso abiertamente– me gusta que descubra la presencia de Dios en la trama de la vida sin tener que ir por ahí con la etiqueta de “católico” pegada en la frente. Lo que más convence es la vida. Casi siempre sobran las proclamas.




lunes, 18 de noviembre de 2019

Jóvenes que buscan

Domingo por la tarde. Cae una lluvia muy fina sobre un Madrid frío. Tengo dos conversaciones con dos jóvenes distintos: una, en torno a un té; otra, junto a una cerveza negra. No hay demasiada gente en los dos bares en los que estamos. Conversaciones largas, tranquilas, sinceras. Se trata de dos situaciones vitales muy distintas, pero con un denominador común: la búsqueda de sentido, de felicidad. Escucho más que hablo. Creo saber cuándo tengo que callar y cuándo tengo que hablar, aunque quizás no siempre acierte. Los dos jóvenes superan los 30 años. Ya han vivido bastante, pero se supone que les queda mucho por vivir. 

Es urgente poner la clave adecuada en la partitura de sus vidas. Uno todavía está buscándola a través de una montaña rusa de emociones, éxitos y fracasos; el otro parece haberla encontrado, se lo ve contento, aunque nunca se puede interrumpir la búsqueda. Ambos representan la rica variedad de los jóvenes de hoy. No existe un solo patrón, aunque haya algunas señas generacionales de identidad. Sorbo muy lentamente el té (¿o era café con leche?) y la cerveza. Compruebo que los dos sostienen la mirada con serenidad. Es un hermoso signo de transparencia. No tienen nada que ocultar. Nadie es menos que nadie por padecer una crisis o una depresión. Todos somos carne de fragilidad. Aprendemos más en nuestras caídas que en nuestros éxitos, aunque procuramos evitar las primeras y magnificar los segundos.

Todos necesitamos ser escuchados. En el contexto actual de aceleración vital y de pérdida de referencias, pocas acciones son más curativas que la escucha. No es suficiente decir eso de “A ver si un día nos vemos y charlamos un rato”. Hay que agendar ese día, sentarse y olvidarse del reloj. Cuando alguien nos escucha con empatía, aprendemos a autoexplorarnos. Sacamos de nuestra bodega interior más misterios de los que creíamos conservar. Si la persona que nos escucha es capaz de devolvernos en pequeñas dosis, con delicadeza y orden, nuestro discurso alborotado, empezamos a comprender su significado. No hace falta que nos diga lo que piensa. Basta con que se limite a reflejar nuestro parto emocional y verbal. 

Es probable que podamos ir más lejos, pero esas dos etapas son ya suficientes para reconciliarnos con nosotros mismos y con la belleza de la vida. El té y la cerveza son solos los “sacramentos” ordinarios que actúan como mediación para un diálogo sincero. Cada vez me parece más evidente que son muchas las personas que están en búsqueda. Han perdido los referentes de otros tiempos, ensayan varios caminos (desde la meditación o el voluntariado social hasta el senderismo y la música), sorben pequeñas copas de felicidad, pero no acaban de sentirse satisfechas. Hay una desproporción insalvable entre lo que buscan y lo que encuentran.

A mí no me gusta sacar a Jesucristo en mitad de una conversación como si fuera un as escondido en la manga. Prefiero seguir el método que él mismo empleó con sus primeros seguidores. Me detengo mucho en la pregunta inicial: “¿Qué buscáis?”. Dejo que esa pregunta actúe como linterna que va iluminando los anhelos interiores. No tengo prisa en pasar a la siguiente fase. Si llega el momento oportuno, me atrevo a hacer mías las palabras de Jesús: “Venid y veréis”. Los jóvenes que buscan no necesitan respuestas teóricas, sino experiencias de encuentro. Les puedo proponer algunos lugares. Incluso les puedo invitar a una nueva conversación o a un retiro de fin de semana.  Las aclaraciones conceptuales vendrán luego, si vienen. Lo importante es experimentar –siquiera fugazmente– que se puede vivir de otra manera, que no todo es más de lo mismo, que “hay salida”. 

Los jóvenes saben cómo llegar a los jóvenes. Sintonizan la misma onda. Yo pertenezco a otra generación, a otro universo cultural. Por eso, procuro no interferir la comunicación espontánea entre ellos. Creo, por otra parte, que Jesús es siempre joven, es como ellos. En el fondo, cada vez que mantengo una conversación con algún joven (chico o chica), me anima una profunda convicción: no hay corazón humano en el que no quepa Jesucristo. Estamos hechos para el encuentro con Dios a través de él. Siempre estaremos inquietos hasta que nos dejemos encontrar por él. Siempre. No importa la edad que tengamos. La única tristeza es comprobar que él nos busca mientras nosotros andamos vagando.




domingo, 17 de noviembre de 2019

Perseverar en las pruebas

Hemos llegado al XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario, el penúltimo del año litúrgico. Todo tiene el sabor del final. Tanto la primera lectura (Mal 3,19-20a) como el Evangelio (Lc 21,5-19) están impregnados de signos apocalípticos, pero ¡ojo! porque “apocalíptico”, desde el punto de vista bíblico, no significa lo que hoy solemos entender por esta palabra. Según el diccionario de la RAE, “apocalíptico” es sinónimo de misterioso, oscuro, enigmático. También significa terrorífico o espantoso, “generalmente por amenazar o implicar exterminio o devastación”. Si uno leyera desde estas claves el “apocalíptico” Evangelio de este domingo se sentiría asustado y, sobre todo, más perdido que un pulpo en un garaje. Tratemos de aclarar algo los  términos. En griego “apocalipsis” significa “revelación”, quitar el velo que cubre una realidad para comprender cómo es. Con símbolos que pueden infundir miedo (guerras, revoluciones, hambres, pestes, fenómenos  en el cielo), Jesús quiere revelarnos la actitud que debemos tener ante el final. No tiene demasiado interés en decirnos cuándo o cómo se va a producir. En realidad, ese “final” no es tanto la terminación absoluta de este mundo cuanto el “final” que supone situarse ante las contradicciones del presente. 

Cuando abrimos los ojos a la realidad de hoy, nos damos cuenta de que estamos viviendo realidades parecidas a las que Jesús se refiere en el evangelio: guerras, revoluciones, persecuciones, cambio climático, hambrunas, etc. ¿Cómo situarnos ante estas realidades? ¿Cuál debe ser la actitud del cristiano?

El Evangelio de Lucas, escrito unos 15 años después de la destrucción de Jerusalén, nos “revela” (apocalipsis) algunas claves que siguen siendo válidas hoy:
  • En primer lugar, no debemos dejarnos engañar por los predicadores de turno que nos asustan con mensajes terroríficos para arrimar el ascua a su sardina y sacar provecho del miedo de la gente. A veces, se trata de pastores evangélicos a los que les falta un tornillo; otras veces, de científicos que hablan del cambio climático como si fueran profetas de calamidades; en ocasiones, son los políticos de diverso signo quienes amedrentan a la población con diversos “demonios” para presentarse como salvadores. Las palabras de Jesús son nítidas: “No vayáis tras ellos”.
  • En segundo lugar, Jesús nos invita a no tener miedo (mensaje repetido varias veces en el Evangelio), “porque es necesario que eso ocurra primero, pero el fin no será enseguida”. Él no es un predicador más que viene a amedrentar a sus oyentes, sino un portador de “buenas noticias”. Los que asustan a la gente, aunque se trate de eclesiásticos de renombre, no vienen de Dios.
  • En tercer lugar, debemos estar siempre preparados para la persecución, pero sin obsesionarnos con preparar nuestra defensa “porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro”. Cada vez es más evidente que los cristianos somos siempre molestos porque no nos ajustamos a este mundo. En algunas partes somos encarcelados, torturados y hasta eliminados; en otras, se nos somete al ridículo o se nos ignora. Forma parte del guion. Jesús nos ha advertido de que esta será siempre una seña de identidad. No tenemos que caer en la tentación de la manía persecutoria ni en la de defendernos a toda costa. El tiempo (o sea, Dios) coloca a cada uno en su sitio.
  • Finalmente, en medio de las pruebas de la vida, debemos mantenernos firmes y fieles: “con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas”. Cuando las cosas vienen mal dadas, hay muchos que se asustan y desertan. En nuestras sociedades occidentales estamos viviendo una inmensa apostasía silenciosa. Millones de bautizados “no saben/no contestan” cuando se les pregunta por su fe. Jesús nos pide perseverar, no tirar la toalla, seguir confiando en Él.
Creo que las cuatro claves del Evangelio de hoy son una verdadera “revelación” (apocalipsis) que nos ayuda a vivir este tiempo presente (que para nosotros es siempre el último) con serenidad y esperanza, sin dejarnos llevar por los mensajes tremendistas a los que los seres humanos somos tan aficionados. La historia no se le escapa a Dios de las manos.

Hoy celebramos la III Jornada Mundial de los Pobres. El papa Francisco la ilumina con el mensaje La esperanza de los pobres nunca se frustrará