domingo, 14 de agosto de 2016

Un domingo de fuego

Estamos en el corazón de agosto. En los países de la Europa meridional el tiempo se detiene. Es como si, pasado el ecuador del verano, fuera necesario apurar su fuerza antes de adentrarnos en el otoño. Dentro de unas horas, en el pueblo que me vio nacer, repicarán las campanas, pingarán el mayo, echará a andar la fiesta. Esta noche todo el pueblo correrá a la iglesia para ofrecer a la Virgen del Pino la vela que simboliza la vida de todos sus hijos. 

Este año el 14 de agosto es domingo, un domingo de fuego. No solo por el calor estivo ni por los varios incendios que asolan la Península Ibérica sino, sobre todo, por el evangelio de este XX Domingo del Tiempo Ordinario. Jesús, el llamado Príncipe de la paz, el que nos invita a poner la otra mejilla y perdonar a nuestros enemigos, nos sorprende con una frase inquietante: “He venido a encender fuego en el mundo, ¡y cómo querría que ya estuviera ardiendo!”. Este Jesús piróforo (portador del fuego) relaciona el fuego con el sufrimiento: “Tengo que pasar por una terrible prueba, ¡y cómo he de sufrir hasta que haya terminado!”. Estar cerca de Jesús es estar cerca del fuego que purifica. Jesús quema. Su persona divide este mundo en dos: seguidores y traidores. Lo que ocurre es que no es tan fácil saber a qué grupo pertenecemos cada uno. Jesús mismo se ha encargado de desmontar las respuestas simplistas.
  • No basta una fe de boquilla: “No todo el que dice Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre” (Mt 7,21).
  • No consiste en presumir de obras buenas: “El publicano bajò a su casa justificado” (Lc 18,14).
  • Creer en él significa reconocerlo en los más necesitados: “¿Cuándo te hemos visto hambriento...” (Mt 25,38).
La paz que Jesús promete no se parece al nirvana de los budistas. No evade los conflictos sino que los asume. No evita el sufrimiento sino que lo acepta. No vende tranquilidad sino que anuncia persecuciones. Tal vez por eso el cristianismo no tiene hoy la buena prensa que tiene el budismo (la doctrina de moda entre muchos intelectuales) o el islam (la religión fácil para millones de personas). Jesús, a diferencia de cualquier publicista, no vende un producto para satisfacer los deseos de las personas, sino que invita a un tipo de seguimiento que trasciende los deseos, que se adentra en el misterio insondable de Dios. A primera vista, tiene todas las de perder: “De esto te oiremos hablar otro día” (Hch 17,32). A largo plazo, es la única propuesta que produce vida: “Señor, ¿a quién iremos? Solo tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6,68).


sábado, 13 de agosto de 2016

Murieron cantando

Hoy no puedo escribir de otra cosa que del asesinato de mis hermanos claretianos: los 51 mártires de Barbastro, sacrificados en el verano de 1936 y beatificados por san Juan Pablo II el 25 de octubre de 1992. Hoy, 13 de agosto, celebramos su memoria litúrgica. Son 51: 8 sacerdotes, 38 jóvenes estudiantes y 5 hermanos. Casi todos ellos en la flor de la vida. La película Un Dios prohibido ha recreado con bastante acierto esta historia de odio, venganza, perdón y reconciliación. No es necesario decir muchas más cosas. Los diversos enlaces os pueden ayudar a comprender mejor una historia que sorprende por su crueldad, pero también por la fuerza de su testimonio. Estos jóvenes vivieron en apenas dos o tres semanas todos los armónicos de la vocación misionera: el amor apasionado a Jesucristo y a la Virgen María, la fuerza de la oración y la comunidad, la preocupación por los obreros y el país, el sueño misionero, el perdón y la misericordia, el valor y la alegría. En realidad, el final fue la coronación de toda una trayetoria vivida con autenticidad. Por eso, murieron cantando. Os dejo con la carta de despedida y un vídeo musical.



















La carta de despedida, redactada por Faustino Pérez en nombre de todos, estremece incluso hoy. Es una verdadera meditación sobre el sentido de la vida humana.
«Querida Congregación:
Anteayer, día 11, murieron, con la generosidad con que mueren los mártires, seis de nuestros hermanos; hoy, trece, han alcanzado la palma de la victoria 20, y mañana, catorce, esperamos morir los 21 restantes. ¡Gloria a Dios! ¡Gloria a Dios! ¡Y qué nobles y heroicos se están portando tus hijos! 
Pasamos el día animándonos para el martirio y rezando por nuestros enemigos y por nuestro querido Instituto. Cuando llega el momento de designar las víctimas hay en todos serenidad santa y ansia de oír el nombre para adelantar y ponernos en las filas de los elegidos; esperamos el momento con generosa impaciencia, y cuando ha llegado, hemos visto a unos besar los cordeles con que los ataban, y a otros dirigir palabras de perdón a la turba armada: cuando van en el camión hacia el cementerio, les oímos gritar ¡Viva Cristo Rey! 
Mañana iremos los restantes y ya tenemos la consigna de aclamar, aunque suenen los disparos, al Corazón de nuestra Madre, a Cristo Rey, a la Iglesia Católica, y a ti, Madre común de todos nosotros. Me dicen mis compañeros que yo inicie los ¡vivas! y que ellos ya responderán. Yo gritaré con todas la fuerza de mis pulmones, y en nuestros clamores entusiastas adivina tú, Congregación querida, el amor que te tenemos, pues te llevamos en nuestros recuerdos hasta estas regiones de dolor y muerte.  
Morimos todos contentos sin que nadie sienta desmayo ni pesares: morimos todos rogando a Dios que la sangre que caiga de nuestras heridas no sea sangre vengadora, sino sangre que entrando roja y viva por tus venas, estimule tu desarrollo y expansión por todo el mundo. ¡Adiós, querida Congregación! Tus hijos, Mártires de Barbastro, te saludan desde la prisión y te ofrecen sus dolores y angustias en holocausto expiatorio por nuestras deficiencias y en testimonio de nuestro amor fiel, generoso y perpetuo. 
Los Mártires de mañana, catorce, recuerdan que mueren en vísperas de la Asunción. ¡Y qué recuerdo éste! Morimos por llevar la sotana y moriremos precisamente el mismo día en que nos impusieron.
Los Mártires de Barbastro, y en nombre de todos, el último y más indigno Faustino Pérez. C. M. F.
¡Viva Cristo Rey! ¡Viva el Corazón de María! ¡Viva la Congregación! Adiós, querido Instituto. Vamos al cielo a rogar por ti. ¡Adiós, adiós!
El vídeo es el tema musical de la película Un Dios Prohibido. Se titula “Un lugar desde el que caer”. Me gusta el texto poético y, sobre todo, la música envolvente y repetitiva, una especie de Bolero de Ravel al servicio del testimonio. Lo interpretan dos de los actores de la película. Uno de ellos es también el compositor.


viernes, 12 de agosto de 2016

Del rincón digital al programa impreso

La historia de hoy tiene que ver con este blog. Hace unos meses escribí una entrada titulada Las campanas de la iglesia de mi pueblo. Fue un pequeño desahogo poético provocado por la hermosa foto que un fotógrafo local hizo con su potente teleobjetivo. Ahora me sorprendo de que el ayuntamiento de mi pueblo natal haya decidido incluir un fragmento del texto en el programa de las fiestas patronales de este año. Ha sido una agradable sorpresa. Uno nunca saber adónde van a parar los textos que escribe. Nunca imaginé que una entrada de este humilde blog acabara junto al horario de misas, procesiones, bailes públicos y demás festejos propios de una fiesta popular. Pero este hecho simple me hace pensar en el destino de lo que cada uno de nosotros decimos o escribimos. Las palabras se las lleva el viento solemos repetir para indicar que lo que importa en la vida son los hechos. Pero hace más de medio siglo que Bob Dylan nos enseñó a descubrir que The answer, my friend, is blowing in the wind (La respuesta, amigo mío, está flotando en el viento). Ese viento hace que nuestras palabras, cual semillas volanderas, acaben germinando en los terrenos más insospechados. Por eso importante saber qué decimos y por qué lo decimos.

Durante el mes de agosto se celebran en España innumerables fiestas patronales. En torno a la Virgen de agosto, muchos pueblos y ciudades se dan cita para celebrar la fuerza de la vida. Los seres humanos necesitamos interrumpir el negocio para dar cabida al ocio. Es una necesidad personal y también social. Necesitamos tomar la medida de lo que somos. Durante el año, encerrados en nuestras casas, ocupados en nuestros trabajos, no sabemos bien a quién pertenecemos, qué lazos nos unen a nuestros vecinos, por qué vivimos en comunidad y no simplemente como piezas de un mecanismo anónimo. Las fiestas patronales ponen de relieve nuestras comunes señas de identidad, celebran valores compartidos, refuerzan los vínculos de unión. 

Este proceso es mucho más visible en los pueblos que en las ciudades. Con mucha frecuencia, en el centro de estas fiestas está la figura de la Virgen María. Es probable que en el subconsciente de muchas personas, ella sea como un sustituto del tótem tribal, pero para la mayoría representa la Madre de la comunidad. No hay experiencia de fraternidad sin la existencia de un padre y una madre. Cuando el pueblo grita ¡Viva la Virgen del Pino! (o de la Paloma, o del Camino, o del Rocío) está ensalzando a la Madre de Jesús –es obvio– pero está también cantando la alegría de pertenecer a la misma familia. Donde hay una Madre común, todos somos hermanos. Gustavo Bueno, el polemista filósofo ateo que acaba de morir, solía ser muy crítico con los derechos humanos que se autofundamentan. ¿En virtud de qué voy a reconocer a otro ser humano como hermano mío –la famosa fraternidad universal, tan cacareada y tan vulnerada– si llevamos siglos negando la existencia de un Padre común? No imaginaba que un sencillo texto insertado en un programa de fiestas patronales pudiera llevarnos hasta el problema filosófico de la fundamentación ontológica de los derechos humanos. Pero el discurso es como un cesto de cerezas. Si tiras de una, las demás vienen en ristre.

jueves, 11 de agosto de 2016

Una historia de humanidad urbana

El título de hoy lo tomo prestado de una noticia reportada en la cuenta de Facebook de la Polizia di Stato italiana. Es una historia urbana, veraniega, triste y hermosa a un tiempo. Acaba de suceder en Roma, la ciudad donde vivo, aunque estos días esté a casi 2.000 kilómetros de distancia. Un vecino oyó llorar a una pareja de ancianos y llamó a la policía. Lo que encontraron los agentes Andrea, Alessandro, Ernesto y Mirko fue una un matrimonio anciano formado por Michele, de 94 años, y Jole, de 89. Llevaban más de 70 años casados. Su estado de salud no era malo. ¿Por qué lloraban? ¡Lloraban de pura soledad! Nadie va nunca a visitarles. Son dos almas perdidas. Sus lágrimas eran un SOS en medio del bochorno romano. Así que los cuatro agentes, ni cortos ni perezosos, buscaron en la despensa algunos ingredientes, cocinaron para ellos un plato de pasta y queso y se pusieron a conversar. No hay mejor medicina que un poco de cariño y una buena conversación en torno a la mesa.

Confieso que esta historia me ha conmovido. Mientras muchas personas disfrutan de sus vacaciones, otras muchas experimentan una incurable soledad. Ancianos que permanecen encerrados en sus diminutos pisos o en residencias donde nadie los visita, personas que viven solas y que no tienen con quien salir a pasear, enfermos que ven pasar los días postrados en sus camas mientras contemplan por televisión las aventuras veraniegas de los famosos en playas de ensueño, niños que han perdido a sus padres y echan de menos a alguien que los lleve al mar… 

El verano pone de relieve la cara oculta de la vida humana. No todo son viajes, playas cubiertas de cuerpos bronceados, fiestas populares, viajes de placer y aventuras maravillosas. Para muchos seres humanos el verano representa una cita con la soledad y las limitaciones. La historia de “humanidad urbana” protagonizada por estos cuatro policías italianos demuestra que siempre es posible salir al encuentro de las necesidades de los demás. No se nos pide un “plan global para erradicar la soledad en el mundo”, un “protocolo de actuación ante emergencias sociales” o lindezas como las que suelen aparecer en los programas de los partidos políticos. Basta con una sencilla maniobra de acercamiento a las soledades que están en nuestro entorno. Una visita oportuna, una llamada telefónica, una invitación a comer son suficientes para aliviar la soledad que mata a las personas. Todos nosotros tenemos la capacidad de poner el bálsamo del cariño en las heridas de la soledad.

miércoles, 10 de agosto de 2016

No veo a Dios en el aeropuerto

Escribo esta entrada en el aeropuerto de Barajas mientras degusto un cappuccino. Acabo de llegar de Lima. Confieso que esta vez no me tocó en suerte una señora de 130 kilos sino una escuálida y simpática muchacha que se comportó con amabilidad y discreción. Durante el vuelo leo algunas informaciones sobre la muerte del filósofo calceatense Gustavo Bueno. Confieso que no he leído nada de él, aunque sí he visto por televisión varias intervenciones suyas. Hay tres cosas que me sorprendieron: su erudición, su verbo atropellado con entonación pueblerina (era un gran polemista) y su ateísmo sin fisuras. En erudición no puedo competir con un hombre de 91 años, lector empedernido y dotado de una memoria prodigiosa. Por lo que respecta a su ateísmo, no sé qué decir. Cuando un hombre como él, culturalmente católico, defiende con pasión no solo que Dios no existe sino que no puede existir, yo permanezco callado. Entiendo estas declaraciones como un reto.

Desde la mesa en la que escribo veo algunos grupos de personas conversando mientras toman un café o un helado. El trasiego es constante. Barajas en el mes de agosto parece la Gran Vía. Millones de pasajeros van y vienen. No veo a Dios con una maleta en la mano. Y me temo que la mayoría de las personas están más preocupadas por no perder su vuelo que por buscar a Dios en este laberinto. ¿Qué significa creer en Dios? ¿Qué imagen nos hacemos de él los que nos confesamos creyentes? ¿Cómo se ha formado en nosotros esta idea? ¿Por qué la mantenemos a pesar de que hombres de la talla intelectual de Gustavo Bueno quieren convencernos de que es absurda? ¿Seguimos creyendo por costumbre, por miedo, por pereza intelectual, por infantilismo? Me resulta difícil responder a estas preguntas con precisión. Dejo que me trabajen por dentro, que me obliguen a pensar, a seguir explorando, a superar prejuicios, a abrirme al misterio.

En otras etapas de mi vida he debatido –si se puede decir así– con Aristóteles, Platón, San Agustín, Santo Tomás, Descartes, Kant, Hegel, Heidegger, Sartre, Wittgenstein, Bertrand Russell, Albert Camus… Recuerdo con qué fruición leí en 1979 la obra de Hans Küng ¿Existe Dios?. Me ayudó a repasar las diversas posturas en torno a esta sempiterna cuestión. 

Confieso que hoy planteo las cosas de otro modo. Me dejo guiar por la palabra de Jesús. Para algunos –estoy seguro de que para Gustavo Bueno– esto es una dejación irresponsable, la aceptación de una derrota intelectual, el refugio fácil en el fideísmo. Puede ser. Yo lo percibo como el único camino para no errar, para no ser víctima de un racionalismo suicida. Recuerdo ahora las palabras de Jesús: “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños” (Mt 11,25). No veo en estas palabras de Jesús ningún desprecio a la razón humana sino una actitud que va más allá. Mi convivencia con orientales me ha ayudado a superar el racionalismo que nos caracteriza a los europeos. La realidad es siempre más compleja de lo que nosotros conseguimos analizar.

Es verdad, no veo a Dios en el aeropuerto. Las conversaciones de las mesas de al lado versan sobre un viaje a las fallas de Valencia y sobre otros asuntos parecidos. No escucho a nadie que hable de Dios. Y, sin embargo, no logro apagar la inquietud. ¿Seré un extraterrestre? ¿Habré dejado de pensar hace mucho tiempo? 

martes, 9 de agosto de 2016

Volare

Los que nacimos en 1958 cumplimos este año (o hemos cumplido ya) 58 años. Esta coincidencia entre el año de nacimiento y la edad es una excusa para dar gracias a Dios por el don de la vida. Y también para rememorar algunos hitos que han marcado nuestro camino. Precisamente en 1958 se hizo famosa la canción italiana Volare (su verdadero título es Nel blu dipinto di blu). Con ella Domenico Modugno ganó el festival de San Remo de aquel año y representó a Italia en el festival de Eurovisión, quedando en tercer lugar. Después, se convirtió en un clásico del karaoke internacional y fue versionada infinidad de veces por diversos cantantes. Me he acordado de ella porque hoy estoy volando de Lima a Madrid en un vuelo que dura casi 12 horas. Hay tiempo para soñar, dormir y desvariar un poco.

Todo vuelo es una aventura, aunque hoy se han automatizado muchas tareas, disminuyendo así la incertidumbre.  Ahora es posible facturar por internet, de modo que llegas al aeropuerto con tu flamante tarjeta de embarque impresa a color en tu casa y hermosamente arrugada en no sé qué bolsillo de la maleta de mano. Con algo de suerte te pones en la cola del Drop-off y entregas el equipaje en pocos minutos. Claro, que todo se puede torcer si antes que tú llega un grupo de turistas japoneses o una excursión escolar. Entonces no tienes más remedio que armarte de paciencia. La velocidad también depende de la competencia y actitud de los empleados. Los hay simpáticos, eficientes y facilitadores. Y los hay –sobre todo en un continente de cuyo nombre no quiero acordarme– lentos, quisquillosos e incompetentes. Si no sobrepasas el peso permitido y llevas tu documentación en orden (billete, pasaporte, visado, etc.) puedes pasar a la zona de embarque. Aquí comienza el suplicio. 

En primer lugar, como potencial terrorista que todos somos, tienes que someterte al control de seguridad. (En algunos países se podría calificar casi de acoso). Siempre hay un agente que repite con mejor o peor humor: “Cinturones, relojes, ordenadores, líquidos, chaquetas… en las bandejas, por favor”. Y uno comienza el proceso de despojamiento, que es como un curso acelerado de humildad. Se quita el cinto y el reloj, coloca la chaqueta plegada, abre la funda del ordenador, mete los líquidos en una bolsita de plástico… y, cuando todo parece proceder con orden, he aquí que suena un pitido en el detector de metales y se enciende una luz roja en la parte superior: ¡Otra vez me olvidé unas monedas en el bolsillo pequeño del pantalón!

El control policial suele ser rápido en casi todos los lugares, sobre todo desde la introducción del pasaporte electrónico. Pero hay países –de cuyo nombre tampoco quiero acordarme– en los que este trámite puede demorarse hasta 15 minutos. Pareciera que el funcionario de turno recibe un dólar por cada minuto que se entretiene con los pasajeros. Si uno no está familiarizado con estos aprendices de la Gestapo notará sudoración en las manos, ligera taquicardia e incontinencia verbal (mayormente a base de palabrotas y expresiones malsonantes, dichas por lo bajini, por supuesto). Superado este trámite, uno entra ya en la zona de espera. Si está infectado de compritis aguda, encuentra todo tipo de tiendas, bares y restaurantes. Si pasa de consumismo inútil, puede buscarse un rincón tranquilo, leer un libro o teclear un post rápido para su blog personal. Esto último es lo que suelo hacer yo cuando no he tenido tiempo antes.

La subida al avión es también un ritual más o menos organizado según las diferentes compañías aéreas. Si uno parte de Italia, la aglomeración y el desorden están asegurados. En otros lugares se entra por número de filas u otros criterios más o menos racionales. ¡Por fin, después de dos o tres horas de controles, esperas y aburrimiento, colocas el equipaje de mano “en el compartimento superior” (como dice la megafonía de a bordo), te arrellanas en tu asiento, abres la bolsa de plástico que contiene la manta y los auriculares, ojeas la revista de cortesía que ofrece la aerolínea y te dispones a disfrutar del vuelo!

Cuando estás buscando en la pantalla táctil una película interesante o divertida aparece por el estrecho pasillo una señora inmensa cargada con dos o tres bolsas de mano y piensas: ¡Ojalá pase de largo!. No has terminado de esbozar este pensamiento cruel cuando los 130 kilos de exuberancia femenina se desploman sobre el asiento de al lado y parte del tuyo. No te da tiempo a reaccionar. La susodicha señora toma posesión del asiento, coloniza el reposabrazos, empieza a sacar objetos de sus bolsos y monta un bazar en el exiguo espacio de su asiento y parte del tuyo. Lo único que se te ocurre entonces es suspirar: “¿Qué he hecho yo, Señor, para merecer esto?”. Entonces, como un desesperado, buscas en los álbumes clásicos de la sección musical de la pantalla. Y sí, aparece el temita de Modugno. Señores pasajeros, compañera inmensa como el océano, preparémonos para… volare.

ITALIANO
ESPAÑOL

Penso che un sogno così 
non ritorni mai più:
mi dipingevo le mani e la faccia di blu,
poi d'improvviso venivo dal vento rapito
e incominciavo a volare nel cielo infinito...

Volare... oh, oh!...
cantare... oh, oh, oh, oh!
nel blu, dipinto di blu,
felice di stare lassù.

E volavo volavo felice più in alto del sole 
ed ancora più su,
mentre il mondo pian piano spariva 
 lontano laggiù,
una musica dolce suonava soltanto per me...

Volare... oh, oh!...
cantare... oh, oh, oh, oh!
nel blu, dipinto di blu,
felice di stare lassù.

Ma tutti sogni nell'alba svaniscon perché,
quando tramonta, la luna li porta con sé,
Ma io continuo a sognare negli occhi tuoi belli,
che sono blu come un cielo trapunto di stelle.

Volare... oh, oh!...
cantare... oh, oh, oh, oh!
nel blu degli occhi tuoi blu,
felice di stare quaggiù.


E continuo a volare felice più in alto del sole ed ancora più su,
mentre il mondo pian piano scompare negli occhi tuoi blu,
la tua voce è una musica dolce che suona per me...

Volare... oh, oh!...
cantare... oh, oh, oh, oh!
nel blu degli occhi tuoi blu,
felice di stare quaggiù.

Nel blu degli occhi tuoi blu,
felice di stare quaggiù,
con te!


Creo que un sueño como éste 
nunca regresa:
me pintaba las manos y la cara de azul,
luego, de repente, era arrebatado por el viento y comenzaba a volar en el cielo infinito...

Volar... ¡oh oh!...
cantar... ¡oh, oh, oh, oh!
En el azul, pintado de azul,
feliz de estar allá arriba.

Y volaba, volaba, feliz de subir más alto que el sol e incluso más arriba,
mientras el mundo lentamente desaparecía allá abajo, 
una dulce música sonaba solo para mí...

Volar... ¡oh oh!...
cantar... ¡oh, oh, oh, oh!
En el azul, pintado de azul,
feliz de estar allá arriba.

Pero todos los sueños desaparecen al alba porque,
cuando atardece, la luna se los lleva consigo,
pero yo sigo soñando con tus bellos ojos,
azules como el cielo tachonado de estrellas.

Volar... ¡oh oh!...
cantar... ¡oh, oh, oh, oh!
En el azul de tus ojos azules,
feliz de estar aquí abajo.

Sigo volando feliz más alto que el sol y más alto aún,
mientras el mundo desaparece lentamente en tus ojos azules,
tu voz es dulce música que suena para mí...

Volar... ¡oh oh!...
cantar... ¡oh, oh, oh, oh!
En el azul de tus ojos azules,
feliz de estar aquí abajo.

En el azul de tus ojos azules,
feliz de estar aquí abajo
¡contigo!




lunes, 8 de agosto de 2016

Corazón latino

Dentro de unas horas emprendo el vuelo de regreso a Europa después de haber pasado diez días en el Perú. Ha sido un viaje corto, limeño, sereno y entrañable. En el evangelio de ayer Jesús hablaba del corazón: “Donde está tu tesoro, allí está tu corazón”. También yo quisiera hablar hoy del corazón… latino. Tranquilos, no pienso disertar sobre la canción que hizo famoso a David Bisbal en 2002, aunque al final pondré el vídeo para dar un poco de ritmo a este anodino lunes de agosto. Quiero hablar sobre el carácter de estas gentes, sobre mis amigos latinoamericanos, sobre lo que siento cada vez que viajo a este maravilloso continente, que considero mi segunda casa. Tengo muchos conocidos y amigos desde Bariloche (en Argentina) hasta Victoriaville (en Canadá). Algunos de ellos son lectores habituales de El rincón de Gundisalvus. Desde aquí les envío un saludo muy cordial.

Comenzaré por un detalle revelador. El número 82 de la Introducción general del Misal Romano dice: “En cuanto al signo mismo para dar la paz, establezca la Conferencia de Obispos el modo, según la idiosincrasia y las costumbres de los pueblos. Conviene, sin embargo, que cada uno exprese la paz sobriamente sólo a los más cercanos a él”. Es evidente que los redactores de esta rúbrica no entendían bien “la idiosincrasia y las costumbres de los pueblos”; por lo menos, de los pueblos latinoamericanos. Eso de dar la paz “sobriamente solo a los más cercanos” no responde al carácter latino. Aquí –y no digamos en Brasil, Colombia, Venezuela, Centroamérica o las Antillas– la paz se da a cuantos más mejor. Los besos y abrazos se reparten con profusión, sin límites espaciales o temporales. Uno da el abrazo de paz como si fuera la primera o la última vez que se encuentra con esa persona. Confieso que las primeras veces que viajé al continente me resultaba algo excesivo y desproporcionado. Daba la impresión de que la misa había sido solo una larga preparación para este emotivo e interminable momento del rito de la paz. Las personas que hasta entonces habían permanecido un poco acartonadas expresaban lo mejor de sí mismas. Yo mantenía mi sobriedad europea. Con el paso del tiempo –aunque sigo pensando que es mejor ser comedidos– creo haber entendido algo de este efluvio emocional.

El corazón latino es efusivo por naturaleza. Esta efusividad tiene sus riesgos. Las personas suelen ser hipersensibles, enamoradizas, apegadas y hasta volubles: dependen demasiado del último viento afectivo que sopla en sus vidas. Por eso les resultan difíciles dos cosas: los compromisos a largo plazo y la salida de su país y aun de su ambiente familiar y afectivo. 

Pero un corazón así tiene también su lado entrañable y mariano. Los latinos son cercanos, cariñosos, profundos, hospitalarios, agradecidos y generosos. Saben disfrutar de la amistad, de la conversación y de la fiesta. Tienen un fuerte sentido de pertenencia a la familia, a la comunidad, al pueblo, al país y hasta al continente. El corazón latino bombea sangre mestiza. Sus movimientos de sístole y diástole almacenan ritmos autóctonos, europeos y africanos. Y se adivina también, en los pliegues de la interioridad, la huella asiática: el misterio de la profundidad nunca explorada del todo. Esta combinación resulta seductora. 


Ser claretiano latinoamericano parece una redundancia porque es como decir que uno es "doblemente corazón": por cultura y por carisma. La marca indeleble es la cordialidad, el estilo vital de quienes tienen corazón. Eso es lo que he experimentado durante el II Capítulo Provincial de Perú-Bolivia celebrado en "Casa Claret" de Chaclacayo. Arriba podéis ver la foto con todos los participantes.

Me voy del Perú con deseos de volver. Siempre que salgo de algún país latinoamericano siento que algo de mí se queda aquí. Gracias a todos los que se esmeran por alimentar mi nostalgia.