sábado, 29 de agosto de 2026

Se posó en nuestra orilla


Hay un himno de la Liturgia de las Horas que resulta muy apropiado para estos últimos días de agosto en los que nos ponemos a punto para estrenar el otoño meteorológico y el nuevo curso académico y pastoral. Hoy quiero detenerme en él, estrofa por estrofa. Siento que se ha convertido en la banda sonora de estos días de transición entre las vacaciones y la vuelta al trabajo.
Comienzan los relojes
a maquinar sus prisas;
y miramos el mundo.
Comienza un nuevo día.
Los relojes ya no son lo que fueron. Ahora las prisas las maquinan los correos electrónicos, las llamadas telefónicas y, sobre todo, los omnipresentes mensajes de WhatsApp: “¿Podrías darnos una charla online el 11 de septiembre a las 10 de la mañana (hora de México)?”, “No te olvides del compromiso con Confer Madrid a finales de octubre”, “Habíamos quedado en un encuentro formativo con el claustro de profesores en El Escorial. ¿Lo tienes agendado?”. Se acumulan los recordatorios de viejos compromisos y las nuevas propuestas. Es como si todos hubiéramos estado esperando que agosto terminara para volver a la carga. Al fin y al cabo, las vacaciones (cada vez más cortas) se consideran un paréntesis. Lo que manda es el llamado “tiempo ordinario”. Esta insistencia no es muy saludable para un Capricornio como yo, que lleva de serie la responsabilidad y la obsesión por el trabajo.

Comienzan las preguntas,
la intensidad, la vida;
se cruzan los horarios.
Qué red, qué algarabía.
Lo de menos son los compromisos. Lo que de verdad agota son “las preguntas, la intensidad, la vida”. Un amigo mío –tan activo como yo o más– siempre tiene en los labios eso de “No me da la vida”. Es como si la existencia fuera una red enmarañada que nos atrapa y de la cual no podemos escapar. Mientras se “cruzan los horarios” y se amontonan los compromisos, no dejan de abrirse paso las preguntas: ¿Cuál es el sentido de todo? ¿Por qué acepto casi todo lo que cabe en la agenda? ¿No estoy ya “oficialmente” jubilado? ¿Qué extraña pulsión me lleva a encadenar actividades? ¿Responden todas al ideal de “orar y amar”?

Mas tú, Señor, ahora
eres calma infinita.
Todo el tiempo está en ti
como en una gavilla.
Esta es mi estrofa preferida. En medio de las actividades externas y de las zozobras internas, Él es siempre “calma infinita”. Puede haber muchas olas en la superficie, las suficientes para surfear la vida, pero abajo, en el fondo, existe la calma. Dios es paz. Podemos vivir al mismo tiempo una calma profunda y una actividad intensa. Todas las horas están agavilladas en Dios. Todas encuentran su sentido en Él. Lo que de verdad importa no es tanto hacer mucho o poco, llenar la agenda o vaciarla, sino saber cuál es la motivación de fondo, por qué y, sobre todo, por Quién vivimos y trabajamos.
Rezamos, te alabamos,
porque existes, avisas;
porque anoche en el aire
tus astros se movían.
La existencia entera se convierte en alabanza cuando caemos en la cuenta de que Dios “existe” y que de que nos “avisa”. Lo que unifica la vida dispersa es la atracción de Dios. Él actúa como un imán que nos mantiene siempre en un espacio magnético de gracia y bondad. Hay una espiritualidad de la atención que nos permite ser creyentes en medio de la algarabía diaria. Me pregunto cuáles son para mí esos “avisos” que Dios me lanza con sutileza de Padre. ¿Qué señales, palabras y experiencias me recuerdan que Él “existe”, que está ahí, que sostiene todo sin interferir?

Y ahora toda la luz
se posó en nuestra orilla. Amén.
Esta estrofilla última es una joya. Apenas dos versos para indicar que “el Verbo se hizo carne y acampó entre nosotros”, como reza el prólogo del Evangelio de Juan. Los versos cambian la metáfora de la tienda por la de la luz y la del suelo por la de la orilla, pero el contenido es semejante. Dios se hace el encontradizo “en nuestra orilla”, en medio de nuestros vaivenes anímicos y de nuestras agendas repletas. Y también cuando parece que nada sucede y que todo enfila el callejón de la monotonía. Respiro. Agradezco. Sonrío.

2 comentarios:

  1. De momento me quedo con unos breves apuntes: Saber cuál es la motivación de fondo, por qué y, sobre todo, por Quién vivimos y trabajamos.
    Hay una espiritualidad de la atención que nos permite ser creyentes en medio de la algarabía diaria. Me pregunto cuáles son para mí esos “avisos” que Dios me lanza con sutileza de Padre.
    Dios se hace el encontradizo “en nuestra orilla”, en medio de nuestros vaivenes anímicos y de nuestras agendas repletas.
    Muchas gracias Gonzalo, he leído y releído la entrada de hoy… me llena de interrogantes, de poder descubrir los himnos de la Liturgia de las Horas si ponemos toda la atención, y descubrir que si dejamos de lado la rutina, que diferente se convierte la oración… Repito gracias.

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  2. Que bonito Gonzalo. Me ha encantado y es una ayuda para afrontar la vuelta. Un abrazo. María

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