lunes, 23 de septiembre de 2019

Gozo, dolor y gloria

Ayer por la tarde cayó sobre Roma una lluvia rabiosa, de verano moribundo. El cielo se volvió oscuro y pesado. Aproveché el tiempo para ver la última película de Pedro Almodóvar que un compañero me pasó a través del servidor de nuestra curia general. A principios de este mes fue elegida para representar a España en la categoría del premio Oscar a la mejor película internacional. Espero que le vaya bien. ¿Qué puedo decir de Dolor y Gloria? La fotografía y el sonido son deslumbrantes. Atrapan desde el principio. Pero la película de casi dos horas de duración me dejó el mismo sabor agridulce de casi todas las de Almodóvar, aunque me parece que formalmente esta es de las mejores. 

La paleta cromática es típicamente almodovariana. Hay escenas que parecen sacadas de un cuadro de Andy Warhol. Los personajes son menos histriónicos y extravagantes que en películas anteriores. El ritmo es bueno. Tampoco esta vez falta la música de Chavela Vargas y, por supuesto, la de Alberto IglesiasLa interpretación que Antonio Banderas hace del cineasta Salvador Mallo (remedo del mismo Pedro Almodóvar) me parece soberbia. Me gusta su expresión contenida, creíble, fruto de una carrera que ha alcanzado su madurez. También me gusta mucho el papel de la madrileña Penélope Cruz como joven madre de Salvador. No desmerecen otros actores como Asier Etxeandia, Leonardo Sbaraglia y Julieta Serrano (muy creíble en su papel de madre anciana del cineasta).

A pesar de estos méritos indudables, es difícil que una película como esta produzca entusiasmo o complicidad en el espectador. Pinta bien el dolor de un director marcado por sus enfermedades y adicciones que en algunos momentos ha escalado también la gloria. Pero creo que la película no acaba de seducir porque a estos misterios “dolorosos” –y fugazmente “gloriosos”– les falta la alegría serena de los misterios “gozosos”. Es verdad que hay escenas como la de las mujeres lavando en el río– que retratan la cara amable de la vida (con copla incluida), pero en general domina el dolor. En la película se sufre mucho, a ratos se saborea la ambigüedad de la gloria, pero no se goza. Una pátina de amargura y tristeza parece recubrir todo, como si los colores vivos y contrastados de cada fotograma no fueran más que un decorado postizo, no una expresión de vida.

Esta ausencia de los misterios “gozosos” de la existencia refleja muy bien lo que muchas personas han vivido en las últimas décadas. Su obsesión ha sido escalar la gloria del reconocimiento. Ser famosos parecía ser el sueño de muchos jóvenes. Para ello, no han tenido inconveniente en sumergirse en la ciénaga del dolor (incluido el producido por las drogas y el sexo sin límite), pero no han sabido (o no han podido) dejarse acariciar por la cara gozosa de la vida. Es como si la existencia se hubiera reducido a los binomios dolor/gloria, fracaso/triunfo, pasión/odio, placer/adicción… La película no deja espacio a una sonrisa amable porque todo lo ocupa el narcisismo de un director prisionero de su depresión actual y esclavo de sus demonios pasados. Ya sé que este es el terreno que prefieren explorar la mayoría de los creadores porque les parece una fuente inagotable de emociones y claroscuros, pero a mí me deja con el regusto de quien ha querido llegar al cielo (o al infierno) y se ha quedado a medio camino. Es verdad que la existencia humana está tejida con estos mimbres, pero solo con ellos no hay persona que se tenga en pie. Las escenas del director de cine con su madre pretenden introducir otra perspectiva, pero más que enriquecer el cuadro con una forma diferente (digámoslo claro, “religiosa”) de entender la vida, se parece a un cariñoso ajuste de cuentas o a una reconciliación post mortem.

En relación con la fe en Dios, hay una frase de Salvador Mallo (o sea, Almodóvar) que me resulta llamativa: “Las noches en las que se me juntan cuatro dolores, creo en Dios; las noches en las que solo tengo un dolor, soy ateo”. Reconozco que es ingeniosa y quizá también profunda. Da la impresión de que para el cineasta Dios es una “solución de emergencia” cuando el dolor está a punto de derrotarnos; en momentos de bonanza podemos prescindir de él, nos bastamos con nuestros propios recursos. En varias ocasiones Pedro Almodóvar ha hablado de su ateísmo. Rememorando sus años de escuela católica, dijo: “A mí me educaron los curas, pero nada más salir de ahí, me comporté como un ateo, así ha sido mi vida”. En la película da la impresión de que sus padres querían que entrase al seminario menor –la escuela de los pobres de la época– para poder realizar el bachillerato. El mismo Almodóvar añade más detalles sobre esa etapa: “Fue a partir de los 9 años, cuando comencé a asistir a esta escuela (católica), y me formulé muchas de las preguntas que te haces a ti mismo durante toda la vida –¿De dónde venimos? ¿Cuál es nuestro propósito aquí en la tierra?– y decidí darles a los sacerdotes y la religión la oportunidad de darme estas respuestas. Esperé un año, pero nunca llegaron”.

La declaración me parece curiosa. Me cuesta entender que un niño de diez años esté ya en condiciones de dar por zanjado el asunto de la fe. Reconozco, no obstante, que muchas personas que se educaron en aquella época en colegios religiosos no vivieron una aproximación amable a la fe, sino más bien, una presentación hosca que provocó su posterior agnosticismo o ateísmo. Refiriéndose a otro cineasta ateo, confesó: “Lo único de Buñuel que a mí me tiene sin cuidado es su preocupación por la religión. Yo soy ateo y creo en el destino de la tragedia, pero no creo que Dios guíe las acciones de los hombres”. Como otros muchos ateos, no cierra la puerta a otro tipo de experiencia: “Me habría encantado tener fe, porque es algo irracional, es casi como un regalo de Dios. Creo que Dios escoge a la gente que le va a dar la fe y simplemente no fui elegido”. 

En la película Dolor y gloria, su anciana madre aparece como una de esas personas “escogidas” que ha decidido ser enterrada son su viejo rosario entre las manos mientras regala uno nuevo a su hijo “perdido”. Es un bonito símbolo que no conviene minusvalorar. El rosario contempla los misterios gozosos, dolorosos y gloriosos (a los que en las últimas décadas se añaden los luminosos). Por eso, es un símbolo elocuente de las diversas caras de la existencia humana. Más allá del carácter autobiográfico de esa escena en particular, la película en su conjunto retrata un estilo de vida que quiere ser luminoso y colorista, pero que no acaba de encontrar la luz que pueda dar brillo a tantos colores. Es, en el fondo, el drama de nuestra generación secularizada. O, quizá mejor, descreída. Pero no todo termina ahí. Quien busca, acaba encontrando.



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