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domingo, 11 de abril de 2021

Comunidad y solidaridad

Por expreso deseo de san Juan Pablo II, desde hace 20 años al Segundo Domingo de Pascua se lo conoce también como Domingo de la Misericordia

He imaginado un hipotético diálogo con el apóstol Tomás, el discípulo de Jesús que cobra protagonismo en el Evangelio de hoy.

Gundisalvus: Te agradezco que hayas querido compartir tu experiencia con nosotros. Algunos te han llamado el “apóstol moderno” porque te has atrevido a dudar. Ya sabes que, para nosotros, dudar es nuestra forma favorita de enfrentarnos a las cosas.

Tomás: Gracias por este piropo, pero creo que es una fama inmerecida. Me han cargado el sambenito de incrédulo, pero si repasas los Evangelios, mis compañeros no se quedaron atrás. Todos dudamos, incluido Pedro. A todos nos costó aceptar que Jesús hubiera resucitado.

Gundisalvus: Comprendo, pero él os había ido preparando. En varias ocasiones os dijo que “era necesario” que el hijo del hombre padeciera, muriera y después resucitara de entre los muertos.

Tomás: Así es como lo veis vosotros, que leéis estos textos escritos varias décadas después, pero no es exactamente eso lo que nosotros experimentamos. Déjame decirte algo más. Cuando Juan pone en mis labios esa frase de “Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo”, en realidad, estaba reflejando lo que pensaban muchos cristianos de la tercera generación que no habían conocido físicamente a Jesús ni a ninguno de nosotros, sus seguidores del principio.

Gundisalvus: Creo que llevas razón. Me parece que era una forma de ayudarles a caer en la cuenta de que al Resucitado se lo descubre con la fe. Me parece que ese es el sentido de la bienaventuranza de Jesús: “Dichosos los que crean sin haber visto”.

Tomás: Sí, así es. De todos modos, hay un par de experiencias que ayudan a acoger esa fe y que yo mismo probé en carne propia. A mí me costó creer al principio porque “no estaba con ellos cuando vino Jesús”.

Gundisalvus: ¿Te refieres a la importancia de la comunidad como ámbito para la fe?

Tomás: Exactamente. Solo cuando nos abrimos a la comunidad descubrimos que Jesús está en medio de nosotros. Él nos lo había dicho en varias ocasiones: “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Creo que a muchos de vosotros os cuesta creer en Jesús porque queréis encontrarlo en solitario. Decís eso de “Jesús sí – Iglesia no” sin caer en la cuenta de que, si separáis la cabeza del cuerpo, no hay fe posible. Os parece que sois creyentes más auténticos, pero en realidad os convertís en lobos solitarios, hacéis una fe a la medida de vuestros deseos e intereses. No es eso lo que Jesús quiso. Por ese camino no lo vais a encontrar nunca. 

Gundisalvus: Tus palabras me suenan casi a una crítica.

Tomás: No, es solo una advertencia de alguien que al principio no vio a Jesús porque no estaba con su comunidad. Te hablo desde lo que yo he experimentado.

Gundisalvus: Antes hablabas de dos experiencias. ¿Cuál es la segunda?

Tomás: La puedes imaginar: la de tocar las heridas de Jesús en los muchos crucificados que siguen entre vosotros. Te aseguro que nadie va a encontrarse con Jesús leyendo simplemente un libro o dándole vueltas a este asunto en la cabeza. Hay que tocar sus heridas y meter los dedos en los agujeros de los clavos.

Gundisalvus: No sé si todos entendemos lo que quieres decir.

Tomás: ¡Que hay que acercarse a quienes hoy siguen sufriendo y no tener miedo a compartir su dolor! Ya sé que esto no os va mucho a la gente de tu tiempo, pero el Resucitado es inseparable del Crucificado. Sin tocar sus heridas, no se descubre su vida nueva.

Gundisalvus: En pocas palabras, nos ha propuesto un itinerario de fe para hombres y mujeres incrédulos como tú.

Tomás: No diría tanto. Me he limitado a compartir mi experiencia. Sin comunidad y sin solidaridad con los sufrientes no veo modo de que encontréis al Jesús Resucitado en vuestras vidas. Pero quiero añadir algo más. Cuando él se hace presente en nuestra vida, experimentamos el don de la paz. Recuerdo muy bien sus palabras: “Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”.

Gundisalvus: Creo que, si fuéramos capaces de deformar comunidades vivas, la gente experimentaría esa paz.

Tomás: ¿Has leído ya el fragmento de los Hechos de los apóstoles que se propone como primera lectura de hoy? Lo dice claramente: “En el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo: lo poseían todo en común y nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía. Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor. Y Dios los miraba a todos con mucho agrado”. Reconozco que Lucas ha pintado las cosas de una manera bastante optimista, pero ese era nuestro espíritu inicial, incluso en medio de los problemas que también tuvimos.

Gundisalvus: Solidaridad y valor me parecen las dos notas destacadas. No sé si vamos a ser capaces de ponerlas en práctica en tiempos tan individualistas y cobardes como los que vivimos.

Tomás: Yo no veo las cosas así. Es verdad que hoy defendéis con más ahínco la propiedad privada que la posesión común de los bienes, pero hay muchos ejemplos de verdadera solidaridad, sobre todo en estos tiempos de pandemia. Y también de audacia y de valor. Es probable que muchos cristianos sean un poco timoratos, pero ¿no te parece que es un signo de valentía atreverse a confesar a Jesús en una sociedad que a menudo ya no lo tiene en cuenta?

Gundisalvus: Te agradezco, Tomás, tu franqueza.

Tomás: Gracias a ti por querer conversar conmigo. Comprenderás que, después de tantos años, ya no tengo nada que ocultar o disimular. Por otra parte, nunca fui un discípulo “políticamente correcto”.

Gundisalvus: Y eso te acerca mucho más a nosotros. Tu sinceridad fue la antesala de la expresión de fe más brutal de todo el Nuevo Testamento.

Tomás: La verdad es que ya no me acuerdo si dije exactamente eso, pero las palabras que Juan pone en mi boca Señor mío y Dios mío – expresan bastante bien lo que yo sentí por dentro cuando descubrí que Jesús estaba vivo y que todo lo que nos había dicho era verdad.

Gundisalvus: Espero que durante este tiempo pascual tengamos más oportunidades de seguir profundizando en todo esto.

Tomás: Yo voy a orar para que así sea, pero no te olvides: comunidad y solidaridad con los que sufren. Sin estas experiencias, el Resucitado se os escapa por la puerta de atrás. Pero tampoco olvides que él os ha dejado el Espíritu Santo para que os vaya guiando hasta la verdad plena. No estáis solos. 

Gundisalvus: Lo tendré muy en cuenta. Gracias.

miércoles, 3 de julio de 2019

Ver para creer

La garúa que cae suavemente sobre Lima cala hasta los huesos. Estamos en torno a 16 grados de temperatura, pero la sensación térmica es de 10 o menos. Esta mañana he presidido la Eucaristía con las comunidades formativas. Celebramos la fiesta de santo Tomás, un apóstol que me cae simpático. De hecho, lo he sacado varias veces a relucir en este Rincón. He escrito sobre sus dos célebres huidas. En un ejercicio atrevido, lo he comparado con Gandhi. De su falta inicial de fe sale la “novena bienaventuranza”. Y hasta me he atrevido a presentarlo como modelo de los creyentes “de tercera generación”. Siguiendo el consejo de una amiga mía, lo he invitado a “tocar las heridas”. No me queda mucho más que decir. Pienso en mis hermanos claretianos de la Provincia de Santo Tomás de la India con quienes compartí esta fiesta hace un año. Ellos conservan una memoria viva de este apóstol “moderno” avant la lettre. Tendrían que declararlo patrono de los agnósticos y de todos aquellos que necesitan ver y tocar para creer.

Me permito llamar “moderno” a santo Tomás porque, de entrada, no cree en el testimonio eclesial, sino que aspira a una experiencia subjetiva. A pesar de que sus compañeros le dicen que “han visto al Señor”, él se niega a reconocerlo. Quiere verlo con sus ojos y tocarlo con sus manos. ¿No es éste el deseo de muchos hombres y mujeres de hoy? La fe de la Iglesia les parece oxidada. La cadena ininterrumpida de testimonios no tiene valor para ellos. Aspiran a un imposible “Jesús sí – Iglesia no”. Hay algo de muy noble en esta aspiración. No quieren dejarse embaucar por otros. Solo otorgan credibilidad a la experiencia propia. No les basta con una fe heredada. Luchan por una fe personal, fruto de una experiencia, de un encuentro, de algo verificable. Como buenos hombres y mujeres modernos, erigen el principio de la subjetividad como criterio absoluto. Hacen suyas las palabras de Tomás: “Si no lo veo, no lo creo”. Pero este deseo noble tiene también su lado oscuro. Creo que esconde un sutil orgullo. No aceptan el salto de confianza que supone la fe. El hecho de querer tener todo atado y bien atado significa, en el fondo, una demostración de increencia. Por eso Jesús lanza una bienaventuranza que parece dicha para los tiempos que corren: “Dichoso el que crea sin haber visto”. A oídos del hombre moderno, esta bienaventuranza suena como una dejación irresponsable de la propia razón. Jesús se mueve en otros parámetros. Creer no es el resultado de una demostración contundente, sino un ejercicio de confianza ilimitada.

Jesús invitó a Tomás a tocar las cicatrices de sus heridas. El relato del evangelio de Juan no dice si lo hizo o no. Lo que sí narra es que, ante la invitación, Tomás prorrumpió en una confesión de fe: “¡Señor mío y Dios mío!”. Es como si el solo recuerdo de la crucifixión del Maestro despertara una fe adormilada, necesitada de pruebas contundentes. Quizá en este detalle narrativo se esconde también una pista luminosa para nuestro tiempo. Al Resucitado no lo reconocemos en acontecimientos esplendorosos, sino, más bien, en la invitación a tocar sus heridas abiertas en las muchas personas que hoy siguen sufriendo. Se dice que el dolor aparta de Dios. Yo creo, más bien, que el dolor nos coloca ante las cuerdas del misterio de Dios, que nos quita las escamas de los ojos y nos hace ver la realidad con una hondura muy superior a la normal. Es cierto que algunas personas “pierden” la fe cuando son probadas por el sufrimiento, pero creo que son más las que encuentran el rostro de Dios en el rostro de tantos crucificados que viven su prueba unidos a la cruz de Jesús. Quizás por eso es tan difícil ser creyentes en las sociedades opulentas en las que el bienestar se erige en aspiración colectiva. Solo quien acepta la invitación a “tocar las heridas” prepara su corazón para una confesión de fe como la de Tomás. Una vez más, las palabras de la Escritura aclaran lo que experimentamos en la vida cotidiana.

domingo, 27 de abril de 2025

Paz a vosotros


El II Domingo de Pascua cierra una semana intensa y hermosa. El lunes nos levantábamos con la inesperada noticia de la muerte del papa Francisco. Ayer sábado se celebró su funeral en la plaza de san Pedro y su posterior inhumación en la basílica de Santa María la Mayor. La homilía del cardenal decano Giovanni Battista Re -un italiano jovial de 91 años- trazó una silueta del Papa y acentuó algunas de sus prioridades pastorales, especialmente su lucha infatigable por la paz. Este es precisamente el saludo del Resucitado que se repite por tres veces en el evangelio de hoy. 

Además de todo lo relacionado con la muerte y funeral del papa Francisco, la semana nos ha deparado otros muchos acontecimientos. En mi caso, he estado de miércoles a viernes volcado en la 54 Semana Nacional de Vida Consagrada. Me hubiera gustado haber escrito sobre ella, pero no he dispuesto de tiempo. Recogeré alguna de sus aportaciones en los próximos días. Ayer por la tarde pude acercarme también a la Fiesta de la Resurrección que se celebró por tercer año consecutivo en la plaza de Cibeles. No fue necesario despejarla pronto porque los seguidores del Real Madrid no pudieron celebrar la victoria en la Copa del Rey, que se fue al Barcelona tras un partido memorable.


Ahora, con la tranquilidad de una mañana primaveral, vuelvo sobre lo vivido a la luz de la Palabra de Dios. El diálogo del Jesús resucitado con el dubitativo Tomás ilumina el tiempo que estamos viviendo. Cuando sus compañeros le dicen al ausente Tomás que han visto al Señor, éste reacciona como cualquiera de nosotros cuando se ve invitado a creer lo que no ha visto: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo”. Tomás no es más incrédulo ni más traidor que los demás. Es el representante de todos los creyentes de las generaciones venideras que “no hemos visto” al Señor. Él quiere estar seguro de que el Resucitado no es un fantasma -y mucho menos un espejismo-, sino el mismo con quien él ha convivido y que ha muerto en la cruz. Quiere saber, en definitiva, si hay una continuidad entre el Crucificado y el Resucitado. 

Para encontrar una respuesta a esta inquietud no es suficiente amontonar testimonios, afinar la crítica textual y usar otro tipo de procedimientos forenses. Lo esencial es fiarse de la misma palabra de Jesús que -como a Tomás- nos dice: “Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente”. No podemos meter las manos en el costado herido del Jesús histórico, pero podemos tocar las heridas de los innumerables “cristos” actuales que lo representan. Confesar a Jesús como Señor y Dios no es el resultado de un raciocinio impecable, sino la gracia concedida a quienes están dispuestos a “tocar” al Cristo herido. El texto de Juan ni siquiera dice que Tomás tocara a Jesús, sino que, ante su invitación, a Tomás se le caen las escamas de la duda y cree de verdad. Siguiendo el lema de la Semana de Vida Consagrada, se podría decir que también en este caso “lo afectivo es lo efectivo”.


Jesús termina su diálogo con Tomás profiriendo una bienaventuranza que se añade a las proclamadas en otros momentos de su vida terrena: “Dichosos los que crean sin haber visto”. El tenor literal suena como una herejía racional para quienes vivimos en un contexto en el que la verdad se reduce a su medición empírica. Una vez más, la fe cristiana aparece como una experiencia contracultural, insubordinada a los dictados de “lo científicamente correcto”

La fe, como el amor, no necesita “pruebas”, sino algo mucho más radical, verdadero y definitivo: confianza. Sin ella, todo queda al arbitrio de nuestro limitado raciocinio. Mientras nosotros ponemos el acento en las capacidades (limitadas) del propio yo hasta límites exasperantes, el Resucitado sigue diciéndonos: “Paz a vosotros”. La paz (shalom) que él nos regala es la armonía que nuestro pecado personal y social ha roto. 

Estamos viviendo tiempos de ruptura. Por eso, en su homilía de ayer, ante muchos líderes mundiales, el cardenal Re dijo: “El papa Francisco elevó incesantemente su voz implorando la paz e invitando a la sensatez, a la negociación honesta para encontrar soluciones posibles, porque la guerra —decía— no es más que muerte de personas, destrucción de casas, hospitales y escuelas. La guerra siempre deja al mundo peor de como era antes: es para todos una derrota dolorosa y trágica”. Si la guerra es una derrota, solo la paz es una verdadera victoria.




domingo, 3 de abril de 2016

Las dos huidas de Tomás

En el aeropuerto de Fiumicino no se notan más controles de los habituales. Mejor así. Estamos ya un poco hartos de que el temor a un atentado haya inundado los sitios estratégicos de tanquetas del ejército. ¡Y luego decimos –con más miedo que convencimiento– que los terroristas no han cambiado lo más mínimo nuestro estilo de vida! Me faltan un par de horas para el vuelo a Lisboa. Mientras decenas de japoneses se hacen fotos junto al stand de Ferrari y casi todos los demás pasajeros están pendientes de sus teléfonos inteligentes, yo aprovecho para teclear el post de este segundo domingo de Pascua, fiesta de la Divina Misericordia por expreso deseo de san Juan Pablo II, cuyo undécimo aniversario de la muerte celebramos ayer sábado. Para meditar las lecturas de este domingo disponéis de muchos recursos: audiovisuales, escritos, etc. Yo me voy a limitar a explorar la enigmática figura del apóstol Tomás, una especie de “hombre moderno” incrustado en el grupo de discípulos de Jesús. A él le costó mucho reconocer que el Resucitado era el Crucificado. No porque fuera un escéptico profesional o un empirista adelantado a su tiempo. Su problema era de otra índole. En realidad, era un fugitivo: huía de la comunidad y del sufrimiento. Cuando volvió a casa y tocó las heridas de Jesús, pasó de incrédulo a creyente: ¡Señor mío y Dios mío!

Contemplando el itinerario de Tomás, veo dos puntos de contacto con lo que nosotros vivimos hoy. Muchos –como Tomás– tenemos dificultades para “reconocer” a Jesús resucitado en nuestro mundo porque:




Nos hemos separado de la comunidad. El texto del evangelio de Juan dice que Tomás no estaba con los demás discípulos cuando se apareció Jesús la primera vez (cf. Jn 20,24). No sabemos la razón de su ausencia. ¿Era puramente circunstancial u obedecía a motivos más profundos? Cuando uno emprende en solitario el camino de la fe, se siente protagonista (“No dependo de los demás”), experimenta el vértigo de la aventura (“Tengo mis propias luces y sombras”), maneja las dudas y hallazgos a su antojo (¿Quién me tiene que decir a mí lo que tengo que hacer?”). Nosotros, hombres y mujeres modernos, incurablemente egocéntricos y a menudo individualistas, queremos hacer las cosas a nuestro modo, sin tener que depender de nadie. Ya pasó el tiempo en el que nos limitábamos a obedecer lo que otros instruidos decían por aquello de “doctores tiene la santa madre Iglesia”.

Sin embargo, no es exactamente éste el camino de Jesús, por moderno y liberador que pueda parecer. Él se hace presente cuando “dos o más están reunidos en su nombre”. Él no se relaciona con nosotros en una especie de “dueto amoroso” sino de manera personal pero siempre dentro de la comunidad de los discípulos. Separarse de ella, aunque proporcione de entrada una extraña sensación de libertad y autonomía, acaba diluyendo la relación con Jesús. Poco a poco, lo reduce a una creación personal, a la medida de nuestros temores y necesidades. Eso es lo que han vivido todos los que se han apartado de la Iglesia por considerarla un obstáculo más que una mediación, un sacramento. Los puros que han querido separarse de la comunidad impura han terminado siendo vagabundos, no peregrinos de la fe. Solo cuando Tomás “regresa” a casa (a modo de apóstol pródigo) se encuentra con el Resucitado y cree en él. Ya está bien de engañarnos con aventuras solitarias y de imaginar un cristianismo cortado a nuestra medida. Por auténtico que parezca a primera vista, acaba esfumándose.

No queremos tocar sus heridas. Hace años que una amiga mía -médico por más señas- me confesó algo que no he olvidado desde entonces: “Solo descubro a Jesús cuando toco sus heridas” (lo que el evangelio de Juan llama las huellas de los clavos en las manos y en los pies). Nos pasamos la vida huyendo del sufrimiento propio y ajeno porque nos han dicho que tenemos que ser felices. Y, según estos modernos gurús de la felicidad (basta ver la abundante producción de libros de autoayuda), ésta es incompatible con el sufrimiento. ¿Resultado? Una permanente insatisfacción. Pero el sufrimiento nos acompaña desde el primero hasta el último día de nuestra vida. No se trata de ocultarlo sino de tocarlo, de acompañarlo, de traspasarlo. 

Esta es la experiencia de Tomás. Meter las manos en los agujeros de los clavos y en el hueco del costado no es una prueba científica sino un ejercicio de acercamiento. Lo mismo nos pasa a nosotros. Cuando tocamos las propias heridas (sin taparlas precipitadamente con tiritas de autocompasión) y, sobre todo, cuando tocamos las heridas de los demás, experimentamos algo que solo quienes se mueven en este campo conocen bien: el poder transformador del sufrimiento aceptado. Jesús se manifiesta como resucitado, viviente, en su energía para transformar el sufrimiento en esperanza, alegría y capacidad de entrega.



La megafonía del aeropuerto, con continuos avisos sobre horarios, puertas de embarque y atención a los equipajes, no facilita la concentración. Pero, por otra parte, es un símbolo de lo que nos pasa en la vida cotidiana. Estamos saturados de mensajes que nos dificultan reconocer el timbre de voz del Resucitado, que sigue diciéndonos: “Paz a vosotros”. Esto es lo que os deseo de corazón en este segundo domingo de Pascua. Y, por supuesto, siguiendo la costumbre del papa Francisco: Buon pranzo!

Os dejo con la canción de Álvaro Fraile, Aunque me veas dudar.



domingo, 12 de abril de 2026

Sin haberlo visto, lo amáis


El II Domingo de Pascua nos inunda con un mensaje de paz. Por tres veces Jesús desea la paz a sus discípulos en el fragmento del Evangelio de Juan que se proclama hoy. En el contexto bélico que vivimos en la actualidad, las palabras de Jesús resuenan con más fuerza. Precisamente ayer por la tarde se celebró en la basílica de san Pedro una vigilia por la paz presidida por el papa León XIV. A la misma hora, yo me encontraba participando en la Fiesta de la Resurrección que por cuarto año consecutivo tuvo lugar en la plaza de Cibeles de Madrid. En ella, el cardenal José Cobo, además de bendecir a la multitud, nos leyó el mensaje que el Papa nos dirigía. Hablando de los mártires españoles del siglo XX, el Papa nos dijo: “No estáis llamados solo a recordarlos, sino a apoyaros en su ejemplo para que Cristo vuelva a pasar por vuestras calles, para que la Iglesia recobre ardor, para que la verdad del Evangelio abra esos sepulcros en que se han convertido tantos corazones”.

Los periódicos hablan de unos 85.000 participantes. Lo de menos es la cifra. No se trata de exhibir músculo confesional, sino de celebrar la resurrección de Jesús con el lenguaje de la música y compartir esta experiencia con todos, de tal manera que se cumpla también hoy lo que leemos en la primera lectura de este domingo: “Alababan a Dios y eran bien vistos de todo el pueblo; y día tras día el Señor iba agregando a los que se iban salvando”. Contagiar la alegría de la fe es el modo mejor de evangelizar. Por encima de la pertenencia a parroquias, movimientos, comunidades religiosas o asociaciones de cualquier tipo, lo que cuenta es visibilizar que “los hermanos perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones”.


Siempre el II Domingo de Pascua recordamos la historia de fe del apóstol Tomás. Entre el “Hemos visto al Señor” de sus compañeros y el “Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo” de Tomás hay un fuerte contraste. Al final, también Tomás va a caer rendido ante el Resucitado: “¡Señor mío y Dios mío!”. Lo que me llama la atención es que las dudas le surgen mientras “no estaba con ellos cuando vino Jesús”. La confesión sucede cuando “a los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos”. El cuadro ilumina nuestros itinerarios de fe actuales. 

A menudo decimos que hoy muchas personas creen en Jesús, pero no aceptan la mediación de la Iglesia. Llevamos décadas mitificando el eslogan “Jesús sí – Iglesia no”, como si fuera un marchamo de autenticidad. La historia de Tomás nos muestra que creemos en Jesús en una comunidad fe, que la adhesión a Él no es un asunto individual, intimista, sino una experiencia personal compartida con otros. También la evangelización es un asunto comunitario: “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. Este anuncio implica el perdón de los pecados: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”.


Puedo estar equivocado, pero lo que observo es que cada vez más personas –sobre todo, jóvenes– no ven ningún atractivo en la privatización de la fe que llevaron a cabo las generaciones anteriores, incluida la mía. Buscan identidad, pero también pertenencia. Quieren creer en Jesús dentro de una comunidad. Sienten en carne propia el atractivo del ideal expresado por los Hechos de los Apóstoles: “Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común”. Una fe vivida solo en el santuario de la conciencia acaba siendo un asunto subjetivista que no se hace cargo del cuerpo de Cristo. 

Las palabras de la carta de Pedro que leemos en la segunda lectura son una guía segura para este tiempo de búsqueda: “Sin haberlo visto lo amáis y, sin contemplarlo todavía, creéis en él y así os alegráis con un gozo inefable y radiante, alcanzando así la meta de vuestra fe: la salvación de vuestras almas”. Lo que Pedro dice es un bello desarrollo de la bienaventuranza de Jesús dirigida a Tomás: “Bienaventurados los que crean sin haber visto”. 



martes, 3 de julio de 2018

Santo Tomás y Gandhi

No sé por dónde empezar tras el silencio de ayer. Suceden tantas cosas cada día que no sé si fijarme en la derrota de la selección española de fútbol en Rusia, en el triunfo de Pérez Obrador en las elecciones de México o en el hecho sorprendente de que una persona miente menos cuando se expresa en un idioma extranjero. Para no andarme por las ramas, voy a fijarme en dos personajes que tienen que ver con la India: Gandhi y santo Tomás (el Apóstol, no el Aquinate). Ayer tuve la oportunidad de visitar al Sevagram Ashram, el lugar en el que Mahatma Gandhi (1869-1948) pasó los últimos once años de su vida. Se encuentra a unos ocho kilómetros de Wardha, en el corazón mismo del subcontinente indio. A este lugar llegué el pasado domingo procedente de la misión de Chindur. Aquí tenemos los claretianos un centro interno de formación filosófica al que acuden estudiantes de catorce estados diferentes de la India. Las lluvias han mitigado un poco el calor intenso. Escribo estas líneas después de haber presidido la Eucaristía en la fiesta del apóstol Santo Tomás, que en la India es venerado como el introductor del cristianismo en estas tierras. Infinidad de personas, iglesias e instituciones llevan el nombre de Tomás.

Pero volvamos al ashram gandhiano. Me acerqué a él al caer la tarde, poco antes de la oración vespertina. Me sorprendió la tranquilidad del lugar. Apenas había algún visitante. El poblado estaba constituido por pequeñas edificaciones de barro y bambú cubiertas por tejas rojas. Gandhi quería que todo fuera hecho con materiales del lugar, de manera sencilla y bella. Primero entré en la casita que ocupaba él con algunos amigos. El porche que da al norte servía de comedor. Luego me acerqué a la casita ocupada por su mujer Kasturba (con la que tuvo cuatro hijos) y por algunas de sus acompañantes. La tercera casita era la “oficina” de Gandhi. Todavía se conserva alguna máquina de escribir y el viejo teléfono que los británicos instalaron para poder comunicarse con Gandhi. 

También pude ver la caja de madera con la que cazaba serpientes que luego devolvía a la selva, el primitivo y ecológico inodoro y varios objetos de uso doméstico: bañera, platos, bastón, mesa, etc. Desde esta “oficina” mantenía una frecuente correspondencia con muchas personas de todo el mundo. En el centro del poblado se sitúa el lugar para la oración. Es un espacio al aire libre al que, por supuesto, hay que acceder descalzo. Al caer la tarde se tiene todos los días un tiempo de plegaria ecuménica abierto a amigos y visitantes. Yo no pude participar ayer porque tenía que hacer un viaje rápido (de apenas cuatro horas) a la cercana misión de Buti-Bori. Sobre los guijarros de piedra colocan algunas telas. Todo invita al recogimiento en un clima de sencillez y quietud.


La figura de Gandhi me ha atraído desde que era adolecente. Pasé por las tres fases que suelen acompañar nuestra relación con los personajes famosos: admiración inicial – cuestionamiento crítico – aprendizaje fecundo. En el tiempo del bachillerato nos lo presentaban como una figura de gran altura moral, un poco extravagante si se quiere, pero de una radicalidad que casaba bien con los ideales rupturistas de los años 70. La época de mis estudios filosófico-teológicos me sirvió para poner en solfa la tan publicitada santidad secular de Gandhi.

En su vida no todo era tan luminoso como se creía. Tenía sus límites y sus sombras. Quizá fue entonces cuando hice mía una frase que me ha ayudado a entender con misericordia y esperanza la condición humana: “Todo santo tiene un pasado y todo pecador tiene un futuro”. Con el paso del tiempo, he aceptado al Gandhi humano (con sus muchos límites) y he aprendido algunas lecciones. Quizá la más importante es que no se puede transmitir ningún valor de manera creíble si uno no la ha hecho suyo, si no trata de inspirar su vida en él aunque sea con muchas limitaciones. No hay diferencia entre vida pública y privada. No se puede pretender ser un hombre público ejemplar y luego llevar una vida privada que contradiga los valores públicos. Esta contradicción afecta a muchas personas del mundo de la política y de la empresa y me temo que también a algunos eclesiásticos. Gandhi hablaba de los siete pecados sociales. Los pongo a continuación en su versión original en inglés con la traducción española al lado. 


SEVEN SOCIAL SINS 


Politics without principles 

Pleasure without conscience 

Wealth without work 

Science without humanity 

Commerce without morality 

Worship without sacrifice 

Education without character 



SIETE PECADOS SOCIALES 


Política sin principios 

Placer sin conciencia 

Riqueza sin trabajo 

Ciencia sin humanidad 

Comercio sin moralidad 

Adoración sin sacrificio 

Educación sin carácter

La foto la tomé ayer mismo en los jardines del ashram. No creo que santo Tomás estuviera en desacuerdo con esta moral gandhiana. Se trata de realidades que tienen que ver con la vida de todos los días. Estamos hartos de ver cómo la preposición sin mata la verdad de la política, el placer, la riqueza, la ciencia, el comercio, la religión y la educación. Necesitamos desarrollar una cultura con, que valore los principios, la conciencia, el trabajo, la humanidad, la moralidad, el sacrificio y el carácter. ¿Es ésta la asignatura que quiere introducir el gobierno de España en el curriculo académico? ¡Adelante con ella! El mismo que confesó a Jesús como Señor y Dios puede echarnos una mano para vivir con esta coherencia. ¡Feliz fiesta de santo Tomás desde el país que lo venera con pasión!







domingo, 23 de abril de 2017

La "novena" bienaventuranza

Hoy, 23 de abril, es el Día Mundial del Libro. Algo tienen que ver en ello algunos de los grandes escritores: Miguel de Cervantes, William Shakespeare y Garcilaso de la Vega. En muchos lugares es también la fiesta de san Jorge.  Y, en perfecta síntesis, la del libro y la rosa. Es también el Día de Castilla y León, la región española en la que nací. En fin, que se acumulan las celebraciones. Yo me quedo, sobre todo, con la del Segundo Domingo de Pascua que, para añadir un motivo más a los muchos que este año concurren, es también el Domingo in albis y el Domingo de la Misericordia. Creo que lo más importante es acercarnos a las lecturas que la liturgia nos propone y tratar de comprender su trasfondo. Lo hacemos, como de costumbre, de la mano de Fernando Armellini. Aunque este Segundo Domingo de Pascua coincide este año con el Día del Libro, es bueno recordar que los cristianos no somos –como a los musulmanes les gusta denominar a los monoteístas– una “religión del libro”. Somos, en todo caso, el pueblo de la Palabra. Y esta Palabra no es un libro sino una persona: Jesucristo, el Resucitado. Tomás, uno de los apóstoles, no lo tenía muy claro, así que, sin pretenderlo, su experiencia moderna (en el sentido de un poco escéptica) nos sirve de plantilla para entender mejor la nuestra.

En realidad, según los evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas), todos los apóstoles –y no solo Tomás– dudaron de la resurrección de Jesús. A pesar de los anuncios previos, no era fácil para ellos aceptar a pie juntillas que el Crucificado estaba vivo. Pero, por alguna razón que ignoramos, el evangelio de Juan personifica la duda en Tomás, de modo que el llamado Mellizo se ha convertido en el icono de los que dudan o tienen dificultades para creer. Cuando se escribe el evangelio de Juan, a finales del siglo I o comienzos del II, han muerto ya todos los apóstoles y muchos de sus primeros seguidores. Estamos en la tercera generación cristiana. ¿Cómo explicar a estos hombres y mujeres, que no han conocido ni a Jesús ni a los testigos de primera hora, que pueden encontrarse con el Maestro porque él está vivo en medio de ellos? La pregunta es pertinente no solo para los destinatarios inmediatos del cuarto evangelio sino para todos nosotros, que –por la acción del Espíritu–somos contemporáneos de Jesús, aunque no hayamos vivido en la Palestina del primer tercio del siglo I. Si la pregunta es clara, la respuesta no lo es menos: sabemos que Jesús está vivo por la fe en su Palabra. De hecho, el texto del evangelio no dice que Tomás metiera su mano en el costado de Jesús, aunque él le invitó a hacerlo. Tomás no cree porque haya tocado el cuerpo con sus dedos sino porque se fía de la palabra del Maestro. Lo que queda claro es que, al escuchar la palabra de Jesús, prorrumpe en una confesión de fe: “¡Señor mío y Dios mío!”. No se trata solo de un mero reconocimiento forense sino de una adhesión confiada.

Jesús se encarga de alabar la fe de quienes en el futuro creeremos en él fiados de su Palabra, hasta el punto de que “inventa” una novena bienaventuranza, que se añade a los ocho del Evangelio de Mateo: “Bienaventurados los que crean sin haber visto” (Jn 20,29). No es una invitación a la irracionalidad sino a la confianza. Nosotros creemos que somos más racionales, más serios, si nos fiamos solo de lo que podemos comprobar con nuestros métodos científicos, siempre perfectibles. En algunos casos, admitimos también un ver emotivo, que no se puede medir empíricamente. Pero nos cuesta mucho el abandono de la fe. Nos parece absurdo cuando, en realidad, creer es la decisión más humana que un hombre o una mujer pueden tomar. Todos, en el fondo, vivimos de la fe. No hay ser humano que no crea. La fe forma parte de la dinámica de la vida. El desafío, pues, no es tanto creer-no creer (sin fe no se puede vivir) sino saber en qué o en quién creemos. Hay personas que creen en la naturaleza, en los beneficios de la atención plena, en la bondad, en la inteligencia vital, etc. Jesús Resucitado nos invita a creer en él mediante la acogida de su Palabra.

La escucha de la Palabra es precisamente uno de los cuatro pilares sobre los que –según el relato de los Hechos de los Apóstoles que se lee en la primera lectura de hoy– se asienta toda comunidad cristiana. Los otros son la comunicación de bienes, la fracción del pan (es decir, la Eucaristía) y la oración en común. Es bien sabido que este sumario no es tanto una descripción de la comunidad de Jerusalén cuanto una idealización de toda comunidad cristiana auténtica. Me pregunto por qué nos cuesta tanto poner en práctica estos cuatro dinamismos. La credibilidad de la Iglesia depende en buena medida de ellos. Una comunidad que se base en la escucha de la Palabra, la comunión fraterna, la Eucaristía y la oración es evangelizadora en sí misma, no por proselitismo sino por atracción. Experimenta lo mismo que vivieron los primeros, que “eran bien vistos de todo el pueblo; y día tras día el Señor iba agregando a los que se iban salvando” (Hch 2,47). 



viernes, 11 de marzo de 2022

Quien canta ora dos veces

El pasado 17 de febrero falleció en Madrid Tomás Aragüés Bernard, aunque yo me he enterado hace poco. Es probable que la mayoría de los lectores del Rincón no sepan quién fue este personaje. Si les digo que llevan casi 60 años cantando algunas de sus composiciones en las celebraciones litúrgicas, entonces les resultará más fácil identificarlo. ¿Quién no conoce estas versiones del Señor, ten piedad, el Santo o el Cordero de Dios? Su Misa Cantada en castellano, publicada en 1964, un año antes de terminar el Concilio Vaticano II, es probablemente la más popular de todas las que se hicieron en aquellos años de reforma litúrgica. Pero la obra de Tomás Aragüés, muy cercano al clasicismo formal, es muy variada. Compuso desde música sinfónica, como La Rosa de Pasión (1958) o Sinfonía versus ochenta (2014), hasta Las Siete canciones para soprano y orquesta, el Concierto diamantino, o la Suite Romántica. Entre 2009 y 2012 compuso también la orquestación de Ignatius sobre la vida de san Ignacio de Loyola. 

Creo que debemos un reconocimiento a los compositores que nos han ayudado a vivir la liturgia con más hondura y belleza. En contra de la crítica facilona de quienes creen que, tras el Vaticano II, todo fue guitarritas, composiciones ramplonas y ruido, algunos de los compositores de música litúrgica (sobre todo, en los años 60 y 70) fueron excelentes músicos e intérpretes. Baste recordar a Cristóbal Halfter, Miguel Manzano, Francisco Palazón, Carmelo Erdozain y, desde luego, Tomás Aragüés. Descanse en paz.

Tomás Aragüés Bernard (1935-2022)

Se atribuye a san Agustín la famosa frase (con algunas variantes) que en latín suena así: “Bis orat qui bene cantat” (quien canta bien ora dos veces). En mi opinión, son pocas las comunidades cristianas (sobre todo, parroquiales) que cuidan el canto. A veces, se debe a la falta de sensibilidad del párroco; otras, a la dificultad de encontrar personas preparadas y entusiastas que ayuden a la asamblea a aprender nuevos cantos y a cantarlos con dignidad. En muchas ocasiones, se trata de una cuestión cultural. Hay lugares donde existe la tradición del canto en común (por ejemplo, en el País Vasco, Indonesia, Nigeria, Baviera, etc.), la gente disfruta haciéndolo y abundan los intérpretes, coros y solistas. En otros muchos se sale del paso como se puede. Admiro a los corillos de algunas parroquias (generalmente formados por mujeres mayores) que, con mejor voluntad que formación, se esfuerzan por aprender nuevos cantos (a veces, tomándolos de las misas de la televisión) y ejecutarlos en las celebraciones. Indican interés y responsabilidad.

Yo sé que en cualquier parte del mundo hispanohablante puedo entonar Juntos como hermanos, Alegre la mañana, Qué alegría cuando me dijeron, Pescador de Hombres o Una espiga dorada por el sol y casi en el cien por cien de los casos la asamblea va a seguirme. Son cantos que están en el disco duro de los católicos de lengua española. Pero, por desgracia, la proliferación de cantos juveniles grupales (útiles para otro tipo de encuentros y celebraciones) ha ido sustituyendo a los cantos litúrgicos sin que casi ninguno haya conseguido el arraigo de las composiciones que se hicieron hace cuatro o cinco décadas.

Creo que, al igual que se está cuidando cada vez más el ministerio del catequista, las comunidades cristianas tendrían que promover (y, si es posible, remunerar) los ministerios relacionados con la música, de manera que cada parroquia tuviera su organista, su coro y su maestro de música. En poco tiempo, con constancia y entusiasmo, se podrían revitalizar las celebraciones. La frase de san Agustín resume en pocas palabras la experiencia que todos nosotros habremos tenido en muchas ocasiones. Cuando una asamblea canta con fe, buena afinación y entusiasmo, se cohesiona más y descubre un nuevo sentido a la alabanza, la impetración o la acción de gracias. 

En su conocido librito Vida en comunidad, el pastor protestante Dietrich Bonhoeffer dedica un sugestivo apartado (páginas 50-54) al canto en común. En él dice que “el hecho de que no hablemos, sino cantemos en común, no hace más que subrayar que las palabras son incapaces de expresar todas nuestras experiencias, mientras que el canto tiene un poder de expresión mucho más rico. Sin embargo, el canto está unido a palabras que nosotros pronunciamos para alabar a Dios, darle gracias, invocar y confesar su nombre. De este modo la música está Íntegramente al servicio de la palabra y traduce lo que ésta tiene de incomunicable”. 

¡Ojalá el ejemplo de grandes compositores como Tomás Aragüés anime a los pastores y a las comunidades a cuidar mucho más la música en las celebraciones litúrgicas! 

jueves, 28 de enero de 2021

Tomás de Aquino y los jóvenes

Hoy se celebra la memoria de santo Tomás de Aquino. En realidad, la fecha de su muerte fue el 7 de marzo de 1274. Murió en la abadía de Fossanova cuando, invitado por el papa Gregorio, se dirigía a Lyon para participar en el II Concilio. Su fiesta se celebra el 28 de enero porque tal día como hoy, en 1369, sus restos mortales fueron trasladados a Tolosa de Languedoc (Toulouse) donde actualmente reposan. Tomás de Aquino no fue un hombre de un solo libro, sino un profundo investigador del alma humana y del misterio divino, acuciado por las grandes preguntas (filosofía), pero, sobre todo, enamorado de las grandes respuestas (teología). No sé cómo hubiera podido afrontar el clima cultural e intelectual de hoy. Me imagino que, de igual modo que abrazó el aristotelismo y le dio la vuelta (aunque también quedó atrapado por él), hoy hubiera tomado muy en serio la teoría de la relatividad y todas sus consecuencias científicas y filosóficas. Su gran pasión fue hacer dialogar la fe y la razón para ver que no puede haber una incompatibilidad radical entre ambas porque ambas tienen su origen en Dios. 

Mientras evoco la figura de este santo filósofo y teólogo, leo que la religión ya no significa nada para casi la mitad de los jóvenes españoles. Según el sociólogo Juan González-Anleo, “España se haya inmersa en una cuarta ola de secularización, que relegará a los católicos, practicantes y poco practicantes, a una minoría”. Lo sostiene a partir del informe Jóvenes españoles 2021. Ser jóvenes en tiempo de pandemia.

Si hablamos de cuarta ola es porque antes ha habido otras tres. La primera ola coincidiría con el principio del siglo XX. Se prolongó hasta los años 30, con el anticlericalismo que acabó explotando violentamente en la Guerra Civil española. La segunda ola tendría lugar en los años 60, con la llegada del desarrollo industrial y del bienestar económico. La tercera habría tenido lugar entre 1999 y 2005 en la que los católicos (de los más practicantes a los menos) se reducirían bruscamente en un 18%. La principal característica de esta tercera ola es haber “expulsado” el cristianismo de las raíces culturales de España. Del estudio de la Fundación SM se extraen algunas conclusiones que transcribo:

  • Para casi el 50 % de los jóvenes españoles, la religión no tiene ninguna importancia en sus vidas. Los jóvenes para quienes la religión es muy importante han pasado del 8,3 % al 5,9% en apenas cuatro años. El porcentaje de ateos aumenta algo, pero no en tanta proporción.
  • Por primera vez en España, los jóvenes católicos muy practicantes son más hombres que mujeres. Un dato sin precedentes, pues hasta ahora las mujeres adelantaban a los hombres en cuanto a práctica religiosa.
  • Y también por primera vez, empiezan a arraigarse creencias espirituales extrañas al pensamiento cristiano, como el karma, la magia o las energías curativas, que hasta ahora no habían tenido mucha penetración entre los jóvenes, incluso entre los que se profesan católicos.

¿Cómo abordaría Tomás de Aquino un diálogo cultural con los jóvenes españoles y europeos de hoy? Creo que, como buen intelectual, comenzaría escuchando a fondo sus preguntas e inquietudes. No se apresuraría a dar respuestas prefabricadas. Pero tampoco dejaría el diálogo a medias. No se limitaría a un intercambio de experiencias, a una compartición de sentimientos y anhelos. Tomaría sus preguntas en serio y las llevaría hasta el final siguiendo una lógica rigurosa. Si es verdad que los jóvenes de hoy son menos religiosos y más espirituales, partiría de ese anhelo espiritual y exploraría a fondo lo que implica, sin quedarse a mitad de camino. Mostraría que no puede haber apertura a una realidad superior si no hay un fundamento objetivo que la sostenga. Haría ver que ese fundamento objetivo es lo que las religiones llaman Dios. Conectaría con la revelación de Jesús de Nazaret que nos ayuda a comprender que ese Dios no es un principio abstracto, no es el mero Ipsum esse subsistens (el que existe por sí mismo), sino que es Abbá, un padre que ama a los seres humanos hasta el punto de entrar en comunión con ellos. En otras palabras, no sucumbiría a la tentación de subjetivismo, verbalismo y emotivismo que caracteriza a la cultura actual. 

Tomaría muy en serio la racionalidad humana y la llevaría al límite, en diálogo con la ciencia y la filosofía. No haría de los jóvenes eternas marionetas, sino que los confrontaría para que asumiesen con responsabilidad el destino de sus vidas. No se quejaría de los malos tiempos que nos toca vivir, sino que buscaría soluciones a los problemas. No echaría la culpa de nuestros males a los científicos, políticos, economistas o eclesiásticos. Instaría a que cada uno asumiéramos nuestros compromisos ciudadanos como adultos, sin buscar constantemente chivos expiatorios. Este rigor intelectual y ético no estaría despegado de una gran sensibilidad poética y estética, como la que él mismo demostró componiendo algunos de los cantos más hermosos que todavía hoy seguimos cantando en la Iglesia católica (como, por ejemplo, el Pange lingua o el Adoro te devote). Me parece que un santo de la talla de Tomás de Aquino nos está diciendo que otra pastoral juvenil es posible.