viernes, 18 de enero de 2019
La fuerza de un hombre libre
martes, 16 de marzo de 2021
Nunca me dejarás solo


Buceando en los archivos de nuestra Curia General, me he encontrado con dos cartas que Thomas Merton escribió al claretiano Arcadio Larraona desde la abadía trapense de Kentuchy, Estados Unidos. Están escritas en francés (lengua que Merton dominaba) y a máquina. La primera está datada el 17 de febrero de 1954. En ella le pide al P. Larraona (entonces Secretario de la Congregación de Religiosos) que le escriba un prólogo para la edición italiana de su obra The Ascent to Truth (Ascenso a la verdad). Entre otras cosas, le dice: « J’espère que comme compatriote de Saint Jean de la Croix vous n’hésiterez pas à lui concéder le titre par excellence de Docteur Mystique pour toute l’Eglise » (Espero que como paisano de San Juan de la Cruz no dudéis en concederle el título por excelencia de Doctor Místico para toda la Iglesia). De hecho, San Juan de la Cruz había sido ya declarado Doctor de la Iglesia por Pío XI en 1926. El P. Larraona accedió a escribir el prólogo de la edición italiana de la obra de Merton, texto que también se conserva en nuestros archivos.
Hay otra carta del 24 de agosto de 1955, en la que Merton le expone la crisis personal que estaba viviendo y le solicita algunas clarificaciones. El P. Larraona le responde en italiano (lengua que también Merton conocía) con otra carta de dos páginas. Como dato curioso, introduce en ella dos citas en castellano de San Juan de la Cruz, a quien Merton admiraba mucho, como se ha podido comprobar en la carta anterior. Son dichos muy conocidos: “Si santo has de ser, los frailes te han de hacer” y “Hombres dejé, hombres encontré”. Con ellas quería hacerle ver que la vida comunitaria no siempre es el lugar idílico que uno imagina, sino un verdadero taller en el que tenemos que aprender a asumir las propias limitaciones y las de los demás.

Si a veces nos sentimos desorientados en nuestro camino cuaresmal, nos puede ayudar esta oración escrita por el propio Thomas Merton. Es una fuerte invitación a la confianza porque el Señor siempre está con nosotros.
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ENGLISH |
ESPAÑOL |
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My Lord God, I have no idea where I am going. I do not see the road ahead of me. I cannot know for certain where it will end. nor do I really know myself, and the fact that I think I am following your will does not mean that I am actually doing so. But I believe that the desire to please you does in fact please you. And I hope I have that desire in all that I am doing. I hope that I will never do anything apart from that
desire. And I know that if I do this you will lead me by
the right road, though I may know nothing about it. Therefore, will I trust you always though I may seem to be lost and in the shadow of death. I will not fear, for you are ever with me,
and you will never leave me to face my perils alone. |
Dios mío, no tengo ni
idea de a dónde voy. No veo el
camino que tengo por delante. No puedo saber
con certeza dónde terminará. ni tampoco me
conozco a mí mismo, y el hecho de
que crea que estoy siguiendo tu voluntad no significa
que realmente lo esté haciendo. Pero creo que
el deseo de complacerte de hecho, te
complace. Y espero tener
ese deseo en todo lo que hago. Espero no
hacer nunca nada fuera de ese deseo. Y sé que si lo
hago tú me guiarás por el camino correcto, aunque yo no
sepa nada de él. Por eso,
confiaré siempre en ti, aunque aunque parezca
que estoy perdido y en la sombra de la muerte. No temeré,
porque tú estás siempre conmigo
y nunca me
dejarás solo ante mis peligros. |
jueves, 3 de diciembre de 2020
El día de Dorotea
martes, 3 de marzo de 2020
Pensamientos deshilachados
Bienaventurado el hombre que no sigue las consignas del Partidoni asiste a sus mítinesni se sienta a la mesa con los gánsteresni con los Generales en el Consejo de Guerra.Bienaventurado el hombre que no espía a su hermanoni delata a su compañero de colegio.Bienaventurado el hombre que no lee los anuncios comercialesni escucha sus radiosni cree en sus slogans.Será como un árbol plantado junto a una fuente.
sábado, 12 de agosto de 2023
Subida al pico Urbión

Si el miércoles fue el día dedicado a navegar por el “mar” de Vinuesa, hoy sábado ha sido el día de subida al pico Urbión (2.228 metros), el Sinaí de la comarca de Pinares. Nos hemos puesto en marcha a las 7 de la mañana, poco después del amanecer. Los aguerridos montañeros, cargados con nuestras mochilas livianas, éramos cuatro (o cinco): mi hermano Juan Carlos, mis sobrinos Lucía (13 años) e Iker (8 años) y Pancho (su perro bodeguero). De los cinco, el más intrépido ha sido, sin duda, el perro. Hemos subido en coche hasta Duruelo de la Sierra. Allí nos hemos encontrado con un amigo de mi hermano. Juntos hemos continuado en coche por un camino forestal hasta el comienzo de la senda que asciende hasta el pico por el flanco norte.

Durante hora y media hemos ido zigzagueando por paisajes impresionantes. Al final, cercanos a la cima, el sendero se vuelve empinado y hasta peligroso. Hay que abrirse camino entre rocas y evitar los precipicios. En la cima del pico hay una pequeña cruz de hierro. Desde ella se divisa en una panorámica de 360 grados un paisaje sobrecogedor. Como el día era claro, hemos podido contemplar las montañas circundantes acariciados por una brisa fresca que atemperaba la fuerza del sol.

Hemos estado pocos minutos en la cumbre. Enseguida hemos comenzado el descenso por un camino diferente, el que conduce al nacimiento del río Duero. Este río ibérico tiene 867 kilómetros de largo. Nace en el término municipal de Duruelo de la Sierra y desemboca en la bella ciudad portuguesa de Oporto. En su comienzo es apenas un regatillo transparente y fresco. En su final es un río anchuroso y bien abastecido. Unos pocos metros más abajo hemos hecho un alto para almorzar. Necesitábamos reponer fuerzas después de una considerable caminata, con ascensos y descensos muy notables.

Protegidos del sol por una gran roca y contemplados por algunas cabras que saltaban de risco en risco, hemos dado cuenta de las viandas que llevábamos en nuestras mochilas: jamón, chorizo, salchichón, queso, avellanas, nueces y fruta fresca, Y, por supuesto, mucha agua para compensar la que habíamos perdido sudando. Durante el descanso hasta el lugar donde teníamos aparcado el coche he notado que las rodillas acusaban el esfuerzo. Serpeando entre recios pinos, hemos alcanzado nuestro objetivo. Un buen café en Duruelo ha puesto punto final a la aventura sabatina. A mediodía, cuando el sol calienta fuerte, estábamos ya de regreso en casa.

Hacía varios años que no subía a nuestro particular Sinaí. De joven ataqué varias veces el pico desde diferentes flancos, normalmente desde la Laguna Negra, pero también por el camino que nace en Covaleda. Incluso he llegado a acampar en los alrededores cuando todavía no estaba prohibido. Pasados los años, noto que no subo con tanta alegría como entonces, pero he disfrutado de la experiencia. Todo el esfuerzo se da por bien empleado ante el placer de contemplar un paisaje único y de respirar el aire de la sierra.

Es muy difícil no ser un hombre espiritual cuando se asciende una montaña. Juan de la Cruz diseñó su itinerario espiritual como la Subida al Monte Carmelo. La autobiografía de Thomas Merton lleva por título La montaña de los siete círculos. La Biblia está llena de “teofanías” ligadas a diversos montes. Puede que un montañero no sea creyente en Dios, pero es difícil que no sea una persona espiritual. De vez en cuando, subir del valle a la cumbre nos ayuda a levantar el vuelo, a no estar atrapados por los problemas que nos agobian.

jueves, 31 de agosto de 2017
La segunda (y, a veces, primera) conversión
martes, 1 de febrero de 2022
Se nos ha ido un ángel
Es difícil imaginar que un misionero como él fuera durante un par de años (1960-62) capellán militar en Melilla. De su buen hacer con los soldados dan testimonio algunas amistades que conservó hasta el final. Luego hizo muchas otras cosas a lo largo de su dilatada vida. Estudió Ciencias de la Educación en Salamanca y Música Gregoriana en Madrid. Fue profesor, formador, hombre de gobierno, músico, director de la revista Iris de Paz, escritor, capellán de la Adoración Nocturna y, sobre todo, animador de retiros y ejercicios espirituales.
Su atención al detalle, tanto en la música como en la literatura o la maquetación de un artículo, podía hacerlo
a veces un tanto puntilloso. Él mismo se daba cuenta de su tendencia al
perfeccionismo y reculaba sin contemplaciones impulsado por su fino sentido del
humor. Su capacidad para el análisis era tanta como su propensión al despiste. Abundan
las anécdotas. Recuerdo, entre tantas, el día en que casi perdimos el vuelo
Madrid-Roma con la compañía tailandesa Thai porque había olvidado su billete en
casa. Corría el año 1989. Entonces no existían las facilidades digitales con
que contamos hoy.
Era también un gran contador de historias que siempre sazonaba con un humor inteligente. No en vano admiraba a los escritores de la revista satírica La Codorniz, “la revista más audaz para el lector más inteligente”. Le gustaba jugar con las palabras, como cuando repetía aquello de que “todas las mujeres avanzaron como un solo hombre” o el despropósito estadístico de aquel grupo en el que “el 90% pensaba una cosa y el otro 90% la contraria”, sin olvidar aquello de que “el soldado con una mano empuñaba la espada y con la otra decía…”. Lo del enfoque narrativo del que hoy tanto se habla lo traía de fábrica. Por eso, le gustaban tanto las parábolas antiguas y modernas.
Con él aprendí que las cosas negativas no se esperan, se temen. Uno no espera que sobrevenga una guerra, un huracán o una pandemia. Espera que haga buen tiempo, nazca un hijo o lleguen las vacaciones. Exigente en los ideales, tenía una enorme capacidad para comprender las debilidades humanas, y, sobre todo, exhibía una tierna actitud compasiva. Quizás por eso admiró tanto al hermano claretiano Jesús Hernández (1908-1995), apóstol de los enfermos, del que escribió una semblanza biográfica titulada Pequeña historia de un buen samaritano: H. Jesús Hernández (1998). Un año después escribió una obrita sobre el fundador de los claretianos: Apóstol de fuego. San Antonio María Claret (1999). Era claretiano hasta la médula. Vibraba con el Corazón de María. La figura de san Antonio María Claret le fascinaba. No sé si tuvo la oportunidad de ver la película Claret antes de morir. Me hubiera gustado mucho haber conocido su opinión.
Mantuve con él tantas horas de agradable conversación que me resulta imposible hacer un somero balance. Con él, las conversaciones siempre eran “generativas”, como se dice ahora. Alumbrábamos ideas nuevas. Juntos dimos cursos de formación en Madrid y Roma y, sobre todo, organizamos el proyecto de renovación claretiana llamado La Fragua. Eso nos exigió hablar con muchas personas, leer sobre experiencias semejantes y, sobre todo, articular pedagógicamente (¡él era un gran pedagogo!) un itinerario que aunase algunas experiencias humanas básicas para un misionero y sus raíces espirituales. Ángel demostraba entonces una apertura admirable y una curiosidad infantil. Todo le interesaba. Devoraba los periódicos y buscaba como un sabueso lo que podría ayudarnos a salir de la modorra. Estaba siempre dispuesto a acoger lo mejor, viniese de los jesuitas, de los maristas, del monasterio de Buenafuente del Sistal, de los Focolares (visitamos Loppiano en más de una ocasión) o de la teología de la liberación.
Esto lo hacía un hombre de diálogo, de esos que no apagan nunca el pábilo vacilante, que siempre encuentran motivos para seguir esperando a pesar de los pesares. No era un intelectual al uso. Su gran preocupación era pastoral, llegar al corazón de la gente. Tanto sus artículos como sus homilías (o como el tríptico que repartió en el tanatorio de la M-30 de Madrid) tenían siempre un tono existencial, poético. Le gustaba más sugerir que pontificar. Bebía en santos como Juan de la Cruz o Charles de Foucauld, pero admiraba también a escritores como José María Cabodevilla, José Luis Martín Descalzo, Henri Nouwen o Tony de Mello. Su libro Nube de testigos (2013), prologado por el obispo Pedro Casaldáliga, es una colección de cartas a personas tan variadas como el cardenal Newman, Thomas Merton, García Morente, Roger Schutz, Edith Stein, Julián Marías o León Felipe.
Desde que yo me fui a Roma en octubre de 2003 nuestros contactos han sido esporádicos, aunque nos hemos escrito de vez en cuando y siempre he recibido un ejemplar dedicado de los libros que iba escribiendo. La última vez que lo vi en Colmenar Viejo (ciudad en la que ha pasado los últimos 30 años de su vida) lo encontré muy envejecido, pero siempre con su actitud positiva y esperanzada, muy interesado por la marcha de la congregación claretiana en el mundo (otra de sus numerosas preocupaciones) y agradecido por todo.
Confieso que con personas como él es más fácil creer que
existe Dios, que los seres humanos somos radicalmente buenos y que el bien siempre
acaba triunfando. Se nos ha ido un ángel. Contamos con un intercesor. Gracias por todo, amigo y hermano. Descansa en paz.
(Oración tomada del libro El alzar de mis manos, escrito por el P. Ángel Sanz, CMF)
Señor Jesús,que eres Dios y conoces todas las cosas,
que eres hombre y has vivido
tu propia muerte en la cruz;
tú que lloraste la ausencia de un amigo,
a quien amabas entrañablemente,
comprendes hoy el dolor de nuestra comunidad
-de cada uno de nosotros-
ante la muerte de nuestro hermano Ángel.
Nos conforta tu presencia y tu testimonio
y nos ilumina tu palabra,
que es palabra de vida,
de esperanza cierta en la resurrección.
Tú eres la resurrección y la vida:
el que cree en ti,
aunque haya muerto, vivirá.
Nuestro hermano Ángel creyó en ti
y esperamos que cumplas en él tu promesa,
fiados en tu infinita misericordia.
También nosotros creemos en ti, Señor,
tu Pascua nos permite pregustar
el gozo de nuestra propia pascua.
Haz que mientras permanecemos en este mundo,
sepamos ser como el grano de trigo
que cae en tierra y muere
para dar fruto abundante:
el fruto de la vida,
que eres tú, Cristo resucitado,
profecía y testimonio del hombre nuevo.
Te lo pedimos confiadamente
por intercesión de María,
nuestra madre,
a ti que vives y reinas
por los siglos de los siglos. Amén.














