La primera es la película “Claret” que se estrenará en el otoño de este año o, con más probabilidad, dados los retrasos provocados por la pandemia, en la primavera de 2021. El jueves pasado tuve ocasión de verla en su etapa de producción. La verdad es que tenía mucha curiosidad. Reconozco que se ha hecho un buen trabajo y que todavía se pueden pulir algunos detalles antes de su estreno, de manera que el producto final sea óptimo. Sé que el equipo de Contracorriente Producciones, con Pablo Moreno a la cabeza, ha puesto una gran ilusión en este proyecto y merece todo mi reconocimiento. Estoy convencido de que la película ayudará a suscitar esa curiosidad necesaria que empuja a conocer mejor el personaje. Descubriremos algunas facetas de Claret que no suelen destacarse mucho en las biografías populares y que ojalá conecten con las expectativas de las personas que en su momento vean la película. Claret fue un experto en la aceptación y el manejo de las adversidades. Su experiencia puede iluminarnos en el momento difícil que vivimos.
lunes, 27 de abril de 2020
No olvidamos a Claret
La primera es la película “Claret” que se estrenará en el otoño de este año o, con más probabilidad, dados los retrasos provocados por la pandemia, en la primavera de 2021. El jueves pasado tuve ocasión de verla en su etapa de producción. La verdad es que tenía mucha curiosidad. Reconozco que se ha hecho un buen trabajo y que todavía se pueden pulir algunos detalles antes de su estreno, de manera que el producto final sea óptimo. Sé que el equipo de Contracorriente Producciones, con Pablo Moreno a la cabeza, ha puesto una gran ilusión en este proyecto y merece todo mi reconocimiento. Estoy convencido de que la película ayudará a suscitar esa curiosidad necesaria que empuja a conocer mejor el personaje. Descubriremos algunas facetas de Claret que no suelen destacarse mucho en las biografías populares y que ojalá conecten con las expectativas de las personas que en su momento vean la película. Claret fue un experto en la aceptación y el manejo de las adversidades. Su experiencia puede iluminarnos en el momento difícil que vivimos.
martes, 24 de octubre de 2017
Los hijos e hijas de Claret
domingo, 24 de octubre de 2021
Un santo del XIX que habla al XXI
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| Junto al sepulcro de san Antonio María Claret en Vic |
Me pongo ante el ordenador aprovechando las pocas horas que median entre la celebración matutina de la solemnidad de san Antonio María Claret en el templo que conserva sus restos en Vic y la que tendré esta tarde en el santuario del Corazón de María de Barcelona. Es el único momento disponible en unas jornadas repletas de actividades.
Ya sé que hoy es el XXX Domingo del Tiempo Ordinario y que la Iglesia celebra también hoy la Jornada Mundial de las Misiones (DOMUND) bajo el lema Cuenta lo que has visto y oído. Los lectores sabrán disculparme si paso por encima de ambas celebraciones centro mi entrada en la figura de san Antonio María Claret, de cuya muerte en el monasterio cisterciense de Fontfroide celebramos el 151 aniversario.
El año pasado también estuve en Vic para celebrar un aniversario redondo: 150 años. La pandemia impidió que se organizara un evento masivo, pero, a cambio, lo abrimos a todo el mundo a través de Internet. Este año ha tenido un carácter más local. El templo de Vic estaba lleno de amigos de los claretianos, entre los cuales había un buen grupo de inmigrantes africanos y latinoamericanos, además de algunos amigos vicenses.
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| Templo de san Antonio María Claret en la casa natal de Sallent (Barcelona) |
La película Claret, estrenada en España hace exactamente un mes, ha sacado la figura del santo misionero del ámbito eclesial y la ha proyectado en la sociedad. Ya la han visto algo más de diez mil espectadores. No es una cifra abrumadora en tiempos de pandemia, pero tampoco irrelevante. ¿Qué interés puede tener una figura eclesiástica del siglo XIX en el secularizado siglo XXI? Me permito compartir un par de ideas que me brotan sin especial reflexión.
La primera es que cada época tiene sus desafíos. Solemos decir que hoy es difícil ser creyente. Y mucho más optar por el sacerdocio o la vida consagrada. Claret no lo tuvo más fácil que nosotros. En 1835 vivió los efectos de las sucesivas desamortizaciones (y la consiguiente prohibición de órdenes religiosas) que tuvieron lugar en España. Padeció también las consecuencias de las guerras carlistas. Vivió innumerables tensiones en Cuba entre esclavistas, independentistas, etc. Los once años de la etapa madrileña estuvieron erizados de revueltas, campañas difamatorias y presiones de todo tipo.
No tengo la menor duda de que yo, por ejemplo, disfruto de una paz que no tuvo Claret en su tiempo. Y, sin embargo, supo navegar en aguas procelosas porque sabía que Dios era el fundamento de su vida. Nuestro problema actual no son las dificultades externas que podamos encontrar en el camino, sino el hecho de no saber bien cuál es la meta. La debilidad de nuestra vida de fe nos imposibilita vivir este tiempo difícil con serenidad, sentido y esperanza.
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| Mercado sabatino de Vic |
La segunda cosa que quiero destacar es que Claret no se limitó a quejarse de los problemas de su tiempo o a ser un espectador pasivo. Sintió la urgencia de responder desde la Palabra de Dios. Movido por el Espíritu, fue desarrollando un plan misionero estratégico que implicaba progresivamente más personas y que incluía nuevos medios, desde los primeros (misiones populares y ejercicios espirituales) hasta los posteriores (publicaciones, asociaciones, obras sociales y educativas, reforma del clero, etc.).
Su actitud es muy estimulante para nuestro tiempo. No basta con quejarse de lo mal que van las cosas. Tenemos que reaccionar. Quienes somos creyentes debemos preguntarnos con frecuencia: “Señor, ¿qué quieres que haga? ¿En qué puedo servir?”. ¿Cómo pasar de una espiritualidad pasiva a otra activa, sin que esto signifique ignorar que las verdaderas transformaciones son siempre obra de Dios?
San Antonio María Claret me ha enseñado a vivir ─como reza el lema del último Capítulo General de los claretianos─ “arraigado en Cristo y audaz en la misión”. Cuando Cristo es nuestro fundamento, podemos superar la pasividad o la resignación que con frecuencia se apoderan de nosotros. Por difícil que sea nuestro tiempo, siempre es posible creer, esperar y amar, salir hacia los otros, ponernos a disposición de quienes nos necesitan, hacer cultura desde la fe. Porque Claret vivió todo esto con pasión, es un santo del XIX que habla al XXI.
miércoles, 24 de octubre de 2018
Claret en Roma
De hecho, se sabía “consagrado por el Espíritu del Señor para llevar las buenas nuevas a los pobres” (Isaías), “fuertemente impulsado por el amor de Cristo” (2 Corintios) para “ir por todo el mundo para predicar el evangelio a toda criatura” (Marcos).
Claret no pensó sino cómo “seguir e imitar a Jesucristo [en orar], trabajar, sufrir y procurar siempre y únicamente la mayor gloria de Dios y la salvación de las almas” (Autobiografía, 494). Estos verbos (orar, trabajar y sufrir) los conjugó de manera excepcional las tres veces que vino a Roma. Me gustaría hoy acercarme a estas tres visitas desde la luz que cada uno de ellos arroja. En realidad, aunque los tres lo acompañaron a lo largo de toda su vida, es cierto que los acentos fueron diversos según las distintas etapas. Acompáñenoslo hoy en estos tres viajes espaciados en el tiempo.
El verbo dominante de esta etapa es el verbo trabajar. Se sentía fuerte. Poseía un temperamento muy activo. Quería dedicarse por entero a la proclamación del evangelio. Al regresar a su Cataluña natal, se dedicará a lo largo de diez años (1840-1850) a las misiones populares, los ejercicios espirituales, la publicación de libros y folletos y la creación de instituciones apostólicas, como la Congregación de los Hijos del Inmaculado Corazón de María (1849), a la que yo pertenezco.
Esta segunda visita está marcada por un profundo sufrimiento. El año 1864 había sido uno de los más amargos de su vida. Se multiplicaron las calumnias y las campañas persecutorias. El verbo sufrir salta al primer plano. ¿Cómo se puede pensar en seguir a Jesucristo sin compartir sus sufrimientos?
Sus tres estancias en Roma (la última muy larga) resumen un exigente programa de vida para cada uno de nosotros, sea cual sea nuestra edad y vocación.
- En un contexto de cierta fatiga y pasividad pasadas, estamos invitados a trabajar, a buscar respuestas creativas a las muchas situaciones que nos desafían en nuestra sociedad secularizada y, al mismo tiempo, a la necesidad de esperanza.
- En un contexto que realza hasta el paroxismo el placer, la diversión, Claret nos enseña que aquellos que quieren entregar sus vidas a Dios y a sus hermanos también deben aceptar el sufrimiento que siempre implica el amor genuino.
- Finalmente, en un contexto de autosuficiencia, Claret nos invita a orar, a poner toda nuestra confianza en el Dios que nunca nos abandona.
y a los amigos de El Rincón de Gundisalvus
viernes, 25 de octubre de 2019
El día después
Acabada la celebración eucarística, pasamos a las dependencias de nuestra curia general. En una de las salas de la planta baja bendijimos e inauguramos el nuevo museo-capilla Claret, imaginado por las mismas diseñadoras que proyectaron el museo de la casa natal de Claret en Sallent (Barcelona). Además de recoger las principales reliquias y recuerdos de nuestro fundador que conservamos en Roma, lo que hace especial este nuevo museo es que se convierte también en oratorio para rezar e incluso celebrar la Eucaristía. Un pequeño altar, a modo de tela que desciende hacia el suelo, recuerda el origen tejedor de Claret. El color naranja fuego contrasta con los ocres y grises de las paredes y del suelo. Las reliquias que se ven al fondo se convierten entonces en un verdadero retablo. En una de las esquinas se yergue la imagen de la Virgen ante la cual solía orar Claret cuando se hospedó en el convento mercedario de san Adrián durante el Concilio Vaticano I. Con su expresión dulce y su gesto delicado, María se convierte en la verdadera cicerone para cuantos entran en este recinto.
Cuando contemplo, por ejemplo, el roquete ensangrentado de Claret tras sufrir un atentado en Holguín (Cuba), el libro litúrgico en el que un sicario escondía la pistola con la que quería asesinarlo, o el reclinatorio en el que pasaba mucho tiempo orando, experimento una honda emoción. Solo un bien que toca las raíces del mal puede probar tantas reacciones encontradas. Salgo del museo con ganas de ser más auténtico, menos contemporizador, más arriesgado. Museos así, por pequeños que sean, merecen la pena. Esto es lo que se me ocurre, escrito a vuelapluma, “the day after”. Me embargan muchos más sentimientos, pero es suficiente por hoy. Os dejo con un vídeo preparado por nuestro compañero Luigi Guades, responsable del departamento de comunicaciones de nuestra Curia General.
sábado, 13 de junio de 2020
Hoy va de Antonios
La vida está cambiando más de lo que a primera vista parece. Nosotros no somos los mismos si nos quitan todo aquello que nos configura. Los niños tienen una enorme capacidad de adaptación. Los adultos necesitaremos más tiempo. Mientras suceden estas cosas, nosotros hemos comenzado ya la novena al Corazón de María, cuya fiesta será el próximo día 20. Aquí en Roma la hemos comenzado en la inmensa basílica del Corazón de María con un puñado de fieles, todos ataviados con la imprescindible mascarilla. Yo mismo, desde el ambón, tuve que alternar momentos “enmascarillado” y momentos libres para poder dirigirme a los participantes. Si en algún sitio se puede mantener un razonable distanciamiento social es en esta basílica que tiene casi una hectárea de superficie. Se nota todavía miedo, pero hay que ir dando pasos. No hay peor virus que el miedo inoculado en el alma porque tiene un poder paralizante que afecta a todas las esferas de la vida. Prudencia, siempre; miedo, pocas veces.
Si en el siglo XIII (Antonio de Padua) y en el siglo XIX (Antonio Claret) fue posible, ¿por qué no ha de serlo en el siglo XXI? Cada época histórica tiene sus desafíos. Antonio de Padua fue un hombre medieval, con una visión teocéntrica del mundo. Antonio Claret fue un hombre moderno, marcado por el antropocentrismo emergente. Nosotros somos hombres y mujeres ultramodernos, hijos de la sociedad de la información, pioneros de una nueva era digital que no sabemos a dónde nos llevará. El contexto es importante, pero no determina nuestras opciones. Lo esencial en todo caso es saber a quién pertenecemos, cuál es el “centro” de nuestra vida, de manera que nuestro compás pueda trazar siempre un círculo perfecto por difíciles que sean las condiciones.
lunes, 24 de octubre de 2016
Pequeño de estatura, gigante de espíritu
Vivió una profunda noche oscura que lo colocó al borde de la depresión. El mismo que había imitado al Jesús que predicaba yendo de pueblo en pueblo lo imitó, al final, en su oración angustiada en Getsemaní y en su sufrimiento en el Gólgota. Jesús y María fueron sus dos grandes amores. Estaba enamorado de la Palabra de Dios y de la Eucaristía. Su ideal misionero lo condensó en pocas palabras. Se puede resumir en cuatro verbos: orar, trabajar, sufrir y buscar la mayor gloria de Dios y la salvación de los seres humanos. Murió con 62 años y diez meses en una celda anónima del monasterio cisterciense de Fontfroide, en el sur de Francia. Su corta cronología fue una profunda doxología. El tiempo humano se hizo adoración de la gloria de Dios. El que se había codeado con los grandes de la tierra (trató personalmente al papa Pío IX y a la reina Isabel II) murió fuera de su patria, desterrado y enfermo. Solo unos pocos fieles se mantuvieron junto a él y lo cuidaron con cariño extremo. Desde 1897 su cuerpo reposa en Vic, el lugar donde el 16 de julio de 1849 había fundado la congregación de Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María.
Antes he dicho que es difícil hablar sobre la persona que ha cambiado la vida de uno. No exagero. Sin el encuentro con san Antonio María Claret, yo no sería misionero, no viviría en Roma y no habría conocido a miles de personas de todo el mundo. Tal vez sería arquitecto, que era uno de mis sueños. Todo empezó de la manera más sencilla. Yo estudiaba en el Colegio Corazón de María (ahora se llama Colegio Claret) de Aranda de Duero. Alguien me regaló un libro titulado Recuerdos del Beato P. Claret, arzobispo y fundador. Estaba firmado por un tal Juan Echevarría, claretiano. Había sido escrito antes de que Claret fuera canonizado en 1950. Yo, con poco más de 10 años, devoré aquel libro lleno de anécdotas y comencé a sentir el deseo de ser alguien como el misionero de Sallent.
“San Antonio María Claret fue un alma grande, nacida como para ensamblar contrastes: pudo ser humilde de origen y glorioso a los ojos del mundo. Pequeño de cuerpo, pero de espíritu gigante. De apariencia modesta, pero capacísimo de imponer respeto incluso a los grandes de la tierra. Fuerte de carácter, pero con la suave dulzura de quien conoce el freno de la austeridad y de la penitencia. Siempre en la presencia de Dios, aún en medio de su prodigiosa actividad exterior. Calumniado y admirado, festejado y perseguido. Y, entre tantas maravillas, como una luz suave que todo lo ilumina, su devoción a la Madre de Dios”.
jueves, 24 de octubre de 2019
Desterrado, pero no solo
¿Cómo fue a parar allí, a ese recóndito lugar, el que había sido arzobispo de Santiago de Cuba y luego de Trajanópolis in partibus infidelium? ¿Cómo acaba así, escondido en un viejo monasterio, el confesor de la reina Isabel II que había vivido en grandes ciudades como Madrid, París o Roma? Su final parece más propio de una novela policiaca que de la vida de un santo. Desde su regreso de Cuba en 1857, Claret tenía su residencia en Madrid, pero tuvo que salir de España en septiembre de 1868 como consecuencia de la “revolución septembrina”. Se refugió primero en Pau (Francia) y luego en París. El 2 de abril de 1869 llega a Roma. El 8 de diciembre de ese mismo año asiste a la apertura del Concilio Vaticano I. Debido a la interrupción del Concilio por motivos políticos y a su precaria salud, abandona Roma y regresa a Francia. Se instala en la comunidad que los misioneros claretianos tienen en Prades, junto a la frontera española, en la región de los Pirineos Orientales. Pero, ante el temor de ser apresado por los republicanos españoles –que lo consideraban un símbolo del régimen caído– se refugia en la abadía cisterciense de Fontfroide. El santo misionero acaba como un fugitivo. Sobre su tumba, en el pequeño cementerio de los monjes, se colocó una placa de mármol con las palabras del papa Gregorio VII: “Amé la justicia y odié la impiedad; por eso muero en el destierro”.
El final de la vida de Claret me ayuda a comprender mejor algo que Jesús anunció a sus discípulos de todos los tiempos: “Si me han perseguido a mí, también os perseguirán a vosotros” (Jn 15,20). En otras etapas de mi vida he admirado al Claret misionero que va a pie de pueblo en pueblo con un hatillo en la mano. Ahora entiendo que esa es una faceta de alguien que, en su proceso de configuración con Cristo, experimentó en carne propia la admiración, pero también el desprecio; el éxito, pero también el fracaso; la alegría de la fe, pero también el dolor de la persecución. Seguir a Jesús significa estar dispuesto a las duras y a las maduras, conscientes de que el final es siempre el encuentro con el Dios de la vida.






























