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lunes, 27 de abril de 2020

No olvidamos a Claret

Este año estamos celebrando el 150 aniversario de la muerte de san Antonio María Claret, acaecida el 24 de octubre de 1870 en el monasterio cisterciense de Fontfroide (Francia). Las especiales circunstancias de los dos últimos meses han hecho que este aniversario pase a un segundo plano. Esperemos que para el mes de octubre haya más tranquilidad, aunque, tal como estamos viendo, es imposible hacer previsiones fiables a medio y largo plazo. Hoy quiero referirme a Claret porque se acaban de producir tres acontecimientos que me invitan a hacerlo. Quizá sería más preciso hablar de tres nuevas creaciones en relación con su persona. Son de muy distinta entidad, pero las tres pretenden ayudarnos a descubrir a Claret como un hombre que ha vivido con mucha intensidad la experiencia de Dios y el ardor misionero.

La primera es la película “Claret” que se estrenará en el otoño de este año o, con más probabilidad, dados los retrasos provocados por la pandemia, en la primavera de 2021. El jueves pasado tuve ocasión de verla en su etapa de producción. La verdad es que tenía mucha curiosidad. Reconozco que se ha hecho un buen trabajo y que todavía se pueden pulir algunos detalles antes de su estreno, de manera que el producto final sea óptimo. Sé que el equipo de Contracorriente Producciones, con Pablo Moreno a la cabeza, ha puesto una gran ilusión en este proyecto y merece todo mi reconocimiento. Estoy convencido de que la película ayudará a suscitar esa curiosidad necesaria que empuja a conocer mejor el personaje. Descubriremos algunas facetas de Claret que no suelen destacarse mucho en las biografías populares y que ojalá conecten con las expectativas de las personas que en su momento vean la película. Claret fue un experto en la aceptación y el manejo de las adversidades. Su experiencia puede iluminarnos en el momento difícil que vivimos.

La segunda creación es una aplicación para dispositivos móviles titulada “Claret contigo”. Se puede descargar gratis en Apple Store o en Google Play. Os recomiendo hacerlo. Está pensada, sobre todo, para laicos que quieren buscar en la espiritualidad claretiana un nuevo estímulo para vivir su fe. En la introducción escribí lo siguiente: “El título de este libro es breve y cordial: “Claret contigo”. Une a Claret con cada lector, en una especie de diálogo continuo. Para cada día del año se ofrece un texto extraído de alguna de las numerosas obras de Claret, acompañado por un breve comentario hecho por misioneros claretianos de todo el mundo. De esta manera, el texto original, escrito hace más de 150 años, cobra actualidad. Es como si Claret mismo se pusiera a caminar con el lector sin incomodarlo con una gran disertación, sugiriéndole apenas un pensamiento que puede ayudarle a vivir mejor”. Varios lectores del Rincón que ya se han descargado esta aplicación o que disponen del libro impreso me dicen que les está ayudando en su camino espiritual.

La tercera creación es un simpático vídeo que me llegó ayer mismo. Está hecho por varios claretianos y laicos de la Provincia claretiana de Santiago, en España. Más de 70 hogares han participado en su confección. Pone imágenes al conocido himno a Claret. No se trata de una obra profesional, sino de un homenaje popular realizado por personas que sienten a Claret como su padre espiritual. Para que sea fácil su visualización, os lo inserto al final de la entrada de hoy. Es una más de las muchas iniciativas que inundan la red en este tiempo de pandemia. Me sorprendo de la creatividad de muchas personas y de la voluntad de no dejarse llevar por la pereza o el aburrimiento. Un vídeo como este nos recuerda que estamos en el Año Claretiano y que en ningún momento hay que dejarse derrotar por la tristeza y el individualismo. Da gusto ver los gestos de alegría y esperanza de todos los que participan en el vídeo. Desde aquí les transmito mi agradecimiento y mi felicitación por la iniciativa. Como anécdota, os cuento lo que le sucedió hace unos días a un claretiano que estuvo internado en un hospital por coronavirus. Cuando una de las enfermeras que lo atendía supo que era claretiano le dijo que ella también conocía a Claret porque sus hijos estudiaban en el colegio homónimo. Cuando el claretiano le preguntó qué sabía del santo catalán, ella se arrancó espontáneamente con las notas del himno que podéis escuchar a continuación.


martes, 24 de octubre de 2017

Los hijos e hijas de Claret

Si soy sincero, me gustaría ser conocido como Misionero Hijo del Inmaculado Corazón de María, pero comprendo que éste es un nombre demasiado largo para el estilo moderno. En la mayoría de los sitios nos conocen como Misioneros Claretianos o, simplemente, como Claretianos. Siempre me ha parecido que a san Antonio María Claret no le hubiera gustado mucho este cambio de nombre. A pesar de que el orgullo fue una de sus tentaciones recurrentes -no en vano estuvo examinándose sobre la humildad durante catorce años- nunca llamó a las instituciones fundadas por él con su propio apellido. Él se sintió inspirado para fundar una congregación de misioneros que fuesen y se llamasen hijos (o hijas) del Inmaculado Corazón de María. En su Autobiografía, después de narrar la fundación, exclama: “¡Oh Dios mío, bendito seáis por haberos dignado escoger a vuestros humildes siervos para hijos del inmaculado Corazón de vuestra Santísima Madre!” (n. 492). ¿Por qué? Porque en el nombre se expresa claramente nuestra identidad en la Iglesia. Pero la historia tiene sus carambolas, desarrollos y paradojas. Desde hace mucho tiempo, los herederos de este santo, pequeño de cuerpo, grande de espíritu, somos conocidos por un nombre derivado de su apellido y traducido a numerosas lenguas.  De las cuatro ramas originarias -a lo largo del tiempo han ido surgiendo más- de la Familia Claretiana (Misioneros Claretianos, Misioneras Claretianas, Filiación Cordimariana y Seglares Claretianos), solo el instituto secular Filiación Cordimariana expresa en su nombre habitual la vinculación al Corazón de María, tan esencial para Claret.

En cualquier caso, más allá de los nombres, es claro que el espíritu de san Antonio María Claret se ha derramado sobre multitud de hombres y mujeres de todo el mundo. Algunos pertenecen a las diversas instituciones fundadas o inspiradas por él. Otros -la mayoría- se reconocen en su carisma evangelizador sin ningún vínculo institucional. ¿Por qué es un carisma tan atractivo más allá de los tiempos y lugares? Porque la evangelización en clave cordimariana es siempre una urgencia actual. En otras palabras, porque el mundo y la Iglesia necesitan que el Evangelio de Jesús siga resonando como buena noticia y que ésta tenga un sabor cordimariano; es decir, esté marcada por la profundidad, la alegría, la cordialidad y la entrega. Hoy, fiesta de san Antonio María Claret, un par de horas antes de celebrar la Eucaristía en la basílica del Inmaculado Corazón de María de Roma, doy gracias a Dios por este hermoso carisma compartido con tantos hombres y mujeres alrededor del mundo que nos sentimos herederos de Claret. Como él, quisiéramos dejarnos conducir por el Espíritu de Jesús para anunciar buenas noticias a los más pobres. No nos resignamos a que las cosas sigan como siempre, a ser meros espectadores en este teatro del mundo. Queremos tomar en serio nuestro compromiso de vivir y anunciar lo que para nosotros constituye una fuente de sentido y de alegría: el encuentro con Jesucristo. 

Este año es imposible celebrar la fiesta de Claret sin evocar la beatificación de los 109 mártires, seguidores de Jesús “al estilo de Claret” que fueron beatificados en Barcelona el sábado pasado. La prueba de que el carisma de Claret es auténtico es que transforma la vida de muchas personas hasta el punto de hacerlas capaces de entregar su vida por Jesús en condiciones extremas. Cuando hace un par de días escribí sobre “el día después”, subrayé que los mártires “con su entrega denuncian nuestros fáciles conformismos, nuestra tentación de querer vivir a un tiempo el Evangelio y los contravalores de una sociedad que nos ofrece también las monedas del poder, la corrupción y la injusticia”. Claret se hubiera sentido muy orgulloso de ellos porque, en medio de su fragilidad, hicieron vida la “definición del hijo del Inmaculado Corazón de María”, especialmente las palabras que dicen: “Nada le arredra; se goza en las privaciones; aborda los trabajos; abraza los sacrificios; se complace en las calumnias; se alegra en los tormentos y dolores que sufre y se gloría en la cruz de Jesucristo”. No hay evangelización auténtica que no pase por la prueba del sufrimiento. Por eso, en un día como hoy, recuerdo de manera especial a los muchos hijos e hijas de Claret que están siendo probados en medio de la enfermedad, la persecución, las dificultades misioneras, la soledad, la aparente ineficacia apostólica, etc. Cuando asumimos estas situaciones unidos a la cruz de Jesús se revelan mucho más fecundas que las muchas actividades que desarrollamos en tiempos de bonanza.

Para que el carisma de san Antonio María Claret siga vivo, se requieren hombres y mujeres valientes que acepten formar parte de esta gran familia de hijos e hijas de Claret. Ser claretiano es un hermoso modo de ser hombre, cristiano, consagrado y apóstol. Estoy convencido de que muchos jóvenes que parecen atraídos por otros intereses, que se sienten muy alejados de este mundo, cambiarían de opinión si tuvieran la experiencia de vivir la belleza de la vocación misionera. No es una vida fácil, pero sí auténtica. No tiene mucho prestigio, pero es significativa. No promete comodidades, pero sí una alegría indestructible. No es una vida de relumbrón, pero está llamada a encender a todo el mundo en el fuego del divino amor. Nunca es demasiado tarde para preguntarse si acaso no es éste el camino que Dios quiere.

Feliz fiesta a todos los hijos e hijas de Claret 
y a todos nuestros amigos.

domingo, 24 de octubre de 2021

Un santo del XIX que habla al XXI

Junto al sepulcro de san Antonio María Claret en Vic

Me pongo ante el ordenador aprovechando las pocas horas que median entre la celebración matutina de la solemnidad de san Antonio María Claret en el templo que conserva sus restos en Vic y la que tendré esta tarde en el santuario del Corazón de María de Barcelona. Es el único momento disponible en unas jornadas repletas de actividades. 

Ya sé que hoy es el XXX Domingo del Tiempo Ordinario  y que la Iglesia celebra también hoy la Jornada Mundial de las Misiones (DOMUND) bajo el lema Cuenta lo que has visto y oído. Los lectores sabrán disculparme si paso por encima de ambas celebraciones centro mi entrada en la figura de san Antonio María Claret, de cuya muerte en el monasterio cisterciense de Fontfroide celebramos el 151 aniversario. 

El año pasado también estuve en Vic para celebrar un aniversario redondo: 150 años. La pandemia impidió que se organizara un evento masivo, pero, a cambio, lo abrimos a todo el mundo a través de Internet. Este año ha tenido un carácter más local. El templo de Vic estaba lleno de amigos de los claretianos, entre los cuales había un buen grupo de inmigrantes africanos y latinoamericanos, además de algunos amigos vicenses.

Templo de san Antonio María Claret en la casa natal de Sallent (Barcelona)

La película Claret, estrenada en España hace exactamente un mes, ha sacado la figura del santo misionero del ámbito eclesial y la ha proyectado en la sociedad. Ya la han visto algo más de diez mil espectadores. No es una cifra abrumadora en tiempos de pandemia, pero tampoco irrelevante. ¿Qué interés puede tener una figura eclesiástica del siglo XIX en el secularizado siglo XXI? Me permito compartir un par de ideas que me brotan sin especial reflexión. 

La primera es que cada época tiene sus desafíos. Solemos decir que hoy es difícil ser creyente. Y mucho más optar por el sacerdocio o la vida consagrada. Claret no lo tuvo más fácil que nosotros. En 1835 vivió los efectos de las sucesivas desamortizaciones (y la consiguiente prohibición de órdenes religiosas) que tuvieron lugar en España. Padeció también las consecuencias de las guerras carlistas. Vivió innumerables tensiones en Cuba entre esclavistas, independentistas, etc. Los once años de la etapa madrileña estuvieron erizados de revueltas, campañas difamatorias y presiones de todo tipo. 

No tengo la menor duda de que yo, por ejemplo, disfruto de una paz que no tuvo Claret en su tiempo. Y, sin embargo, supo navegar en aguas procelosas porque sabía que Dios era el fundamento de su vida. Nuestro problema actual no son las dificultades externas que podamos encontrar en el camino, sino el hecho de no saber bien cuál es la meta. La debilidad de nuestra vida de fe nos imposibilita vivir este tiempo difícil con serenidad, sentido y esperanza.

Mercado sabatino de Vic

La segunda cosa que quiero destacar es que Claret no se limitó a quejarse de los problemas de su tiempo o a ser un espectador pasivo. Sintió la urgencia de responder desde la Palabra de Dios. Movido por el Espíritu, fue desarrollando un plan misionero estratégico que implicaba progresivamente más personas y que incluía nuevos medios, desde los primeros (misiones populares y ejercicios espirituales) hasta los posteriores (publicaciones, asociaciones, obras sociales y educativas, reforma del clero, etc.). 

Su actitud es muy estimulante para nuestro tiempo. No basta con quejarse de lo mal que van las cosas. Tenemos que reaccionar. Quienes somos creyentes debemos preguntarnos con frecuencia: “Señor, ¿qué quieres que haga? ¿En qué puedo servir?”. ¿Cómo pasar de una espiritualidad pasiva a otra activa, sin que esto signifique ignorar que las verdaderas transformaciones son siempre obra de Dios? 

San Antonio María Claret me ha enseñado a vivir ─como reza el lema del último Capítulo General de los claretianos─ “arraigado en Cristo y audaz en la misión”. Cuando Cristo es nuestro fundamento, podemos superar la pasividad o la resignación que con frecuencia se apoderan de nosotros. Por difícil que sea nuestro tiempo, siempre es posible creer, esperar y amar, salir hacia los otros, ponernos a disposición de quienes nos necesitan, hacer cultura desde la fe. Porque Claret vivió todo esto con pasión, es un santo del XIX que habla al XXI.



miércoles, 24 de octubre de 2018

Claret en Roma

Un año más celebramos la fiesta de un hombre pequeño de estatura, gigante de espíritu. No solo es un día especial para los hijos e hijas de Claret dispersos por todo el mundo, sino para la Iglesia entera. Los santos son patrimonio común, modelos e intercesores sin copyright. Donde hay un santo, todos nos sentimos sus amigos. Faltan solo dos años para conmemorar el 150 aniversario de aquel 24 de octubre de 1870. Eran las 8,45 de la mañana. Un hombre, un arzobispo extranjero que musita algunas palabras en italiano, un exiliado, muere en una pequeña celda de la abadía cisterciense de Fontfroide, en el sur de Francia. Tiene 62 años y diez meses. Se lo ve mayor. El trabajo, el sufrimiento y la enfermedad lo han ido consumiendo poco a poco. Había nacido en un pequeño pueblo de Cataluña, Sallent, pero nadie lo conoce en relación con él. Hablamos de Francisco de Asís o de Teresa de Ávila, pero no hablamos de Antonio de Sallent. La patria de los misioneros es el mundo entero. Vivió en Cataluña, Canarias, Cuba, Madrid, París y Roma. Siempre se movió impulsado por una pasión escrita como lema en su escudo episcopal: “El amor de Cristo me empuja” (Caritas Christi urget me).

¿Por qué hoy, 148 años después, los misioneros claretianos y todos los miembros de la gran familia claretiana recordamos la vida y la muerte de este hombre? Porque queremos entender mejor quiénes somos, por qué estamos aquí, cuál es nuestra misión en la vida. Claret escribió un hermoso retrato del verdadero hijo del Inmaculado Corazón de María, que es un resumen de las tres lecturas bíblicas que se proclaman en este día de su fiesta. 

De hecho, se sabía “consagrado por el Espíritu del Señor para llevar las buenas nuevas a los pobres” (Isaías), “fuertemente impulsado por el amor de Cristo” (2 Corintios) para “ir por todo el mundo para predicar el evangelio a toda criatura” (Marcos). 

Claret no pensó sino cómo “seguir e imitar a Jesucristo [en orar], trabajar, sufrir y procurar siempre y únicamente la mayor gloria de Dios y la salvación de las almas” (Autobiografía, 494). Estos verbos (orar, trabajar y sufrir) los conjugó de manera excepcional las tres veces que vino a Roma.  Me gustaría hoy acercarme a estas tres visitas desde la luz que cada uno de ellos arroja. En realidad, aunque los tres lo acompañaron a lo largo de toda su vida, es cierto que los acentos fueron diversos según las distintas etapas. Acompáñenoslo hoy en estos tres viajes espaciados en el tiempo.

Primer viaje (1839): TRABAJAR

Claret llegó a Roma por primera vez el 6 de octubre de 1839. Después de recorrer el camino a pie desde Sallent a Marsella, se embarcó en el puerto francés y llegó en barco a Civitavecchia. Entonces era un joven sacerdote catalán. Tenía casi 32 años. Permaneció aquí durante seis meses. Su sueño era ofrecerse a Propaganda Fide para ser enviado como misionero a cualquier parte del mundo. El sueño fracasó por varias razones, pero el joven Claret amplió su visión del mundo y de la Iglesia. Los meses que pasó en el noviciado jesuita fueron de gran ayuda.

El verbo dominante de esta etapa es el verbo trabajar. Se sentía fuerte. Poseía un temperamento muy activo. Quería dedicarse por entero a la proclamación del evangelio. Al regresar a su Cataluña natal, se dedicará a lo largo de diez años (1840-1850) a las misiones populares, los ejercicios espirituales, la publicación de libros y folletos y la creación de instituciones apostólicas, como la Congregación de los Hijos del Inmaculado Corazón de María (1849), a la que yo pertenezco.

Segundo viaje (1865): SUFRIR

Tardó 25 años en regresar a la Ciudad Eterna. Era el 4 de noviembre de 1865. Esta segunda vez solo se quedó tres semanas. Claret llevaba siendo arzobispo más de quince años. Había ejercido su ministerio en Santiago de Cuba y en Madrid. Junto con la madre María Antonia París, había fundado en Santiago de Cuba (1855) las Religiosas de María Inmaculada (Misioneras Claretianas). El propósito del viaje fue muy preciso: discernir con el papa Pío IX si tenía que permanecer al lado de la reina Isabel II de España, después del reconocimiento del Reino de Italia, o, por el contrario, debía renunciar a su cargo de confesor real. No era fácil tomar una decisión. 

Esta segunda visita está marcada por un profundo sufrimiento. El año 1864 había sido uno de los más amargos de su vida. Se multiplicaron las calumnias y las campañas persecutorias. El verbo sufrir salta al primer plano. ¿Cómo se puede pensar en seguir a Jesucristo sin compartir sus sufrimientos?

Tercer viaje (1869): ORAR

La tercera y última vez que Claret llegó a Roma fue el 2 de abril de 1869. Esta vez permaneció mucho tiempo: casi dieciséis meses, hasta julio de 1870. Él, un exiliado, un perseguido, tuvo el privilegio de predicar el Evangelio en París, entonces capital de la cultura. También lo hará finalmente en Roma, capital de la fe. De esta manera cerrará el ciclo de su vida misionera. Participa en el Concilio Vaticano I. Defiende con insistencia la infalibilidad pontificia. Su participación en el Concilio se recuerda en el hermoso mosaico ovalado que podemos admirar hoy en el brazo derecho de la basílica de San Pedro. Visita a los presos en algunas cárceles romanas, escribe y se prepara para el final inminente.

Siente que la muerte ya está cerca. El verbo más conjugado de estos años postreros es el verbo orar. Después de una vida intensa de trabajo y sufrimiento, desea ardientemente entregar su alma a Dios como la vela que se consume al iluminar. Su experiencia mística de unión con Dios lo lleva a una vida continua de oración.


Desde hace quince años vivo en Roma. Cuando pienso en Claret, no lo imagino como un extraño que no tiene nada que ver con esta ciudad tan especial. Los testigos de su muerte recuerdan que una de las expresiones que más repetía en los últimos días era benissimo, un término italiano que expresaba su conformidad con las atenciones que recibía. El italiano fue una de las cinco lenguas (junto con el catalán, el castellano, el latín y el francés) en las que podía expresarse con desigual soltura.

Sus tres estancias en Roma (la última muy larga) resumen un exigente programa de vida para cada uno de nosotros, sea cual sea nuestra edad y vocación.
  • En un contexto de cierta fatiga y pasividad pasadas, estamos invitados a trabajar, a buscar respuestas creativas a las muchas situaciones que nos desafían en nuestra sociedad secularizada y, al mismo tiempo, a la necesidad de esperanza.
  • En un contexto que realza hasta el paroxismo el placer, la diversión, Claret nos enseña que aquellos que quieren entregar sus vidas a Dios y a sus hermanos también deben aceptar el sufrimiento que siempre implica el amor genuino.
  • Finalmente, en un contexto de autosuficiencia, Claret nos invita a orar, a poner toda nuestra confianza en el Dios que nunca nos abandona.
Desde esta Roma claretiana, en un día como hoy recuerdo cómo fue mi encuentro con Claret y le doy gracias a Dios por la vocación misionera y por formar parte de la familia carismática fundada por este santo universal.

Feliz fiesta de san Antonio María Claret 
a todos los miembros de la Familia Claretiana
y a los amigos de El Rincón de Gundisalvus


viernes, 25 de octubre de 2019

El día después

El título de la entrada de hoy no guarda relación con un hecho que ayer fue noticia de primera plana en España, sino con “el día después” de la fiesta de san Antonio María Claret. A lo largo de la jornada de ayer recibí numerosas felicitaciones de amigos de todo el mundo, casi tantas como en Navidad o el día del cumpleaños. Me sorprendieron algunas de personas que no imaginaba que pudieran saber quién es Claret. Como todos los años, a media tarde, nos concentramos en la basílica del Corazón de María de Roma los miembros de los diversos grupos de la Familia Claretiana que vivimos en la Ciudad Eterna. Afuera llovía. Era un típico día de otoño. Como la basílica es inmensa, daba la impresión de que éramos cuatro gatos, pero nos juntamos alrededor de 200 personas, de las cuales unas 50 éramos misioneros claretianos. La misa transcurrió con normalidad y sencillez.

Acabada la celebración eucarística, pasamos a las dependencias de nuestra curia general. En una de las salas de la planta baja bendijimos e inauguramos el nuevo museo-capilla Claret, imaginado por las mismas diseñadoras que proyectaron el museo de la casa natal de Claret en Sallent (Barcelona). Además de recoger las principales reliquias y recuerdos de nuestro fundador que conservamos en Roma, lo que hace especial este nuevo museo es que se convierte también en oratorio para rezar e incluso celebrar la Eucaristía. Un pequeño altar, a modo de tela que desciende hacia el suelo, recuerda el origen tejedor de Claret. El color naranja fuego contrasta con los ocres y grises de las paredes y del suelo. Las reliquias que se ven al fondo se convierten entonces en un verdadero retablo. En una de las esquinas se yergue la imagen de la Virgen ante la cual solía orar Claret cuando se hospedó en el convento mercedario de san Adrián durante el Concilio Vaticano I. Con su expresión dulce y su gesto delicado, María se convierte en la verdadera cicerone para cuantos entran en este recinto.

Reconozco que estas cosas son demasiado domésticas, pero me apetece compartirlas con los amigos del Rincón. Quizás el hecho casual de que la inauguración del nuevo museo Claret –en preparación del 150 aniversario de su muerte– coincidiera ayer con el traslado en helicóptero de los restos de Franco desde el Valle de los Caídos al cementerio de El Pardo-Mingorrubio me hizo pensar sobre el diverso significado que otorgamos a la expresión “memoria histórica”. Leo en un artículo que mis compatriotas están muy divididos sobre el sentido y la oportunidad de esta exhumación. Se trata de un asunto controvertido que ya forma parte del pasado. Para algunas personas, recordar el pasado es fuente de sufrimientos, rencores y odios porque fueron víctimas de la persecución y de la violencia. Hay que ponerse siempre en la piel de quienes han sido humillados y derrotados para comprender su sufrimiento. Para otras personas, el pasado es una colección de triunfos y hechos admirables. Cada uno recordamos lo que hemos vivido y el modo como lo hemos vivido. Es muy difícil ser objetivos y mucho más neutrales. Personalmente, siempre creo imprescindibles tres elementos a la hora de afrontar un pasado doloroso: verdad, justicia y perdón. En primer lugar, necesitamos saber lo que pasó hasta donde sea posible (sin verdad no hay libertad). En segundo lugar, debemos hacer justicia a las personas, no enterrarlas en el olvido, y también asumir las propias responsabilidades Y, por último, solo el perdón auténtico nos prepara para la reconciliación y un nuevo futuro.

La “memoria histórica” de Claret tiene otro significado. Confieso que no siento gran pasión por los museos. Por no tener, no tengo ni siquiera fotos de mis seres queridos en la mesa de mi despacho. Me parece que el mejor recuerdo no pasa por fotos y objetos, sino por un cariño profundo e íntimo que es por esencia inexpresable. Pero, al mismo tiempo, comprendo la conveniencia –y aun la necesidad– de conservar aquellos elementos que han adquirido un valor simbólico, que nos pueden hacer recordar y comprender mejor a una persona y, sobre todo, que nos animan a seguir su ejemplo. En este sentido, inaugurar un nuevo museo –que es al mismo tiempo capilla– nos lanza más al futuro que al pasado. Queremos que nuestros amigos y todos los que nos visiten se sientan impulsados a ver la vida con otros ojos, a comprender que merece la pena entregarse a Dios y a la causa del Evangelio, por más sufrimientos que a veces comporte.

Cuando contemplo, por ejemplo, el roquete ensangrentado de Claret tras sufrir un atentado en Holguín (Cuba), el libro litúrgico en el que un sicario escondía la pistola con la que quería asesinarlo, o el reclinatorio en el que pasaba mucho tiempo orando, experimento una honda emoción. Solo un bien que toca las raíces del mal puede probar tantas reacciones encontradas. Salgo del museo con ganas de ser más auténtico, menos contemporizador, más arriesgado. Museos así, por pequeños que sean, merecen la pena. Esto es lo que se me ocurre, escrito a vuelapluma, “the day after”. Me embargan muchos más sentimientos, pero es suficiente por hoy.  Os dejo con un vídeo preparado por nuestro compañero Luigi Guades, responsable del departamento de comunicaciones de nuestra Curia General. 


sábado, 13 de junio de 2020

Hoy va de Antonios

No cabe duda de que san Antonio de Padua es un santo muy popular, quizás el más popular de la Iglesia católica. Lo he podido comprobar tanto en Oriente como en Occidente. Hoy celebramos su fiesta. Dada su fama de milagrero, este año tendríamos que pedirle el “milagro” de una vacuna rápida y eficaz contra la Covid-19. El virus se está llevando por delante miles de personas (ahora redobla su ataque en América y en algunas regiones de Asia), empresas, instituciones y eventos. Acabo de enterarme de que el Ayuntamiento de mi pueblo, tras el pleno de ayer, ha decidido suspender este año las fiestas patronales que se celebran a mediados de agosto. 

La vida está cambiando más de lo que a primera vista parece. Nosotros no somos los mismos si nos quitan todo aquello que nos configura. Los niños tienen una enorme capacidad de adaptación. Los adultos necesitaremos más tiempo. Mientras suceden estas cosas, nosotros hemos comenzado ya la novena al Corazón de María, cuya fiesta será el próximo día 20. Aquí en Roma la hemos comenzado en la inmensa basílica del Corazón de María con un puñado de fieles, todos ataviados con la imprescindible mascarilla. Yo mismo, desde el ambón, tuve que alternar momentos “enmascarillado” y momentos libres para poder dirigirme a los participantes. Si en algún sitio se puede mantener un razonable distanciamiento social es en esta basílica que tiene casi una hectárea de superficie. Se nota todavía miedo, pero hay que ir dando pasos. No hay peor virus que el miedo inoculado en el alma porque tiene un poder paralizante que afecta a todas las esferas de la vida. Prudencia, siempre; miedo, pocas veces.

Hoy celebramos también el 185 aniversario de la ordenación presbiteral de san Antonio María Claret. Tuvo lugar en Solsona (Lleida) porque el obispo de su diócesis de Vic (Barcelona) estaba enfermo. Fue hermoso que la ordenación coincidiera con el día de su santo. Y precisamente hoy nos llega el segundo premontaje de la película sobre el santo -que se titulará simplemente “Claret”- y que, si no hay contratiempos, se estrenará en el mes de octubre, coincidiendo con el 150 aniversario de su muerte. Espero que ayude a conocer mejor al personaje y a difundir su memoria. En ella intervienen dos literatos (Azorín y Pío Baroja) que cambiaron su opinión sobre Claret cuando tuvieron ocasión de conocerlo a fondo y de esta manera superar los prejuicios que tenían contra él. No es fácil ser santo en una España enzarzada en guerras carlistas, en una Cuba esclavista y en una Corte madrileña llena de intrigas.  Pero la gracia de Dios es soberana. No hay situación en la que uno no pueda responder con libertad y generosidad al don de Dios. Cuando a veces pensamos que hoy, en este primer tercio del siglo XXI, resulta difícil vivir la fe cristiana, pienso en un hombre como Antonio María Claret, sometido a persecuciones constantes en un turbulento siglo XIX.

Tanto san Antonio de Padua (o de Lisboa) como san Antonio María Claret fueron hombres que vivieron relativamente poco tiempo. El franciscano portugués, algo menos de 40 años; el misionero catalán, poco más de 60 años. Y, sin embargo, además de desarrollar una prodigiosa actividad itinerante (Antonio de Padua por tierras de Portugal, Marruecos, Francia e Italia; Antonio María Claret por España, Cuba, Italia y Francia), ambos vivieron un profundo itinerario de configuración con Cristo. En ningún caso llevaron una vida cómoda, exenta de problemas. Aprendieron a creer, esperar y amar en el torbellino de la vida concreta. No esperaron a que llegaran tiempos ideales para ser lo que tenían que ser. Cada día de su vida fue importante. No hubo tiempos vacíos. No dijeron aquello de “mañana le abriremos para lo mismo responder mañana”. 

Si en el siglo XIII (Antonio de Padua) y en el siglo XIX (Antonio Claret) fue posible, ¿por qué no ha de serlo en el siglo XXI? Cada época histórica tiene sus desafíos. Antonio de Padua fue un hombre medieval, con una visión teocéntrica del mundo. Antonio Claret fue un hombre moderno, marcado por el antropocentrismo emergente. Nosotros somos hombres y mujeres ultramodernos, hijos de la sociedad de la información, pioneros de una nueva era digital que no sabemos a dónde nos llevará. El contexto es importante, pero no determina nuestras opciones. Lo esencial en todo caso es saber a quién pertenecemos, cuál es el “centro” de nuestra vida, de manera que nuestro compás pueda trazar siempre un círculo perfecto por difíciles que sean las condiciones.

lunes, 24 de octubre de 2016

Pequeño de estatura, gigante de espíritu

Medía alrededor de 155 centímetros. No era muy agraciado físicamente. En los últimos años de su vida la apoplejía desfiguró algo su rostro redondeado. Nació en Sallent, un pueblo constitucional de la Cataluña profunda en 1807. A su lengua materna –el catalán– añadió después el castellano, el francés, el latín y el italiano. Podía hablar y escribir en estas cinco lenguas, aunque con errores comprensibles. Se movió en tres continentes: Europa (España, Portugal, Francia e Italia), África (Islas Canarias) y América (Cuba). Fue obrero tejedor, estudiante, cura diocesano, misionero popular, fundador de diversas congregaciones e instituciones, arzobispo de Santiago de Cuba y confesor de la reina española Isabel II. Fue, además, otras muchas cosas: predicador, escritor, director espiritual, propagandista, promotor social, traductor y hasta padre del Concilio Vaticano I. Fue, en la primera etapa de su vida misionera, un hombre admirado, querido y solicitado. Pero fue también –sobre todo en los últimos diez años– un hombre calumniado, vejado y perseguido. Algunas de las caricaturas que le hicieron nos hacen sonrojar incluso hoy: pura pornografía. No importa que los autores fueran los celebérrimos hermanos Bécquer.

Vivió una profunda noche oscura que lo colocó al borde de la depresión. El mismo que había imitado al Jesús que predicaba yendo de pueblo en pueblo lo imitó, al final, en su oración angustiada en Getsemaní y en su sufrimiento en el Gólgota. Jesús y María fueron sus dos grandes amores. Estaba enamorado de la Palabra de Dios y de la Eucaristía. Su ideal misionero lo condensó en pocas palabras. Se puede resumir en cuatro verbos: orar, trabajar, sufrir y buscar la mayor gloria de Dios y la salvación de los seres humanos. Murió con 62 años y diez meses en una celda anónima del monasterio cisterciense de Fontfroide, en el sur de Francia. Su corta cronología fue una profunda doxología. El tiempo humano se hizo adoración de la gloria de Dios. El que se había codeado con los grandes de la tierra (trató personalmente al papa Pío IX y a la reina Isabel II) murió fuera de su patria, desterrado y enfermo. Solo unos pocos fieles se mantuvieron junto a él y lo cuidaron con cariño extremo. Desde 1897 su cuerpo reposa en Vic, el lugar donde el 16 de julio de 1849 había fundado la congregación de Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María.

Como ya habéis podido imaginar, estoy hablando del fundador de mi congregación misionera, de san Antonio María Claret, cuya fiesta celebramos hoy, en el 146 aniversario de su muerte. Es difícil hacer la semblanza de una persona que ha cambiado la vida del autor de este blog. Por otra parte, podéis encontrarla más ampliada en una página web que hoy se pone a disposición del público. Es la página del Centro de Espiritualidad Claretiana de Vic. Os la recomiendo a todos los que tengáis interés en conocer más sobre la vida de este testigo de Jesucristo. En ella encontraréis sus manuscritos, su autobiografía, sus innumerables cartas escritas (epistolario activo) y recibidas (epistolario pasivo), muchas de sus obras espirituales y pastorales, estudios sobre su vida y espiritualidad, fotografías, imágenes, etc. Con vuestras sugerencias, podéis contribuir también a mejorarla.

Antes he dicho que es difícil hablar sobre la persona que ha cambiado la vida de uno. No exagero. Sin el encuentro con san Antonio María Claret, yo no sería misionero, no viviría en Roma y no habría conocido a miles de personas de todo el mundo. Tal vez sería arquitecto, que era uno de mis sueños. Todo empezó de la manera más sencilla. Yo estudiaba en el Colegio Corazón de María (ahora se llama Colegio Claret) de Aranda de Duero. Alguien me regaló un libro titulado Recuerdos del Beato P. Claret, arzobispo y fundador. Estaba firmado por un tal Juan Echevarría, claretiano. Había sido escrito antes de que Claret fuera canonizado en 1950. Yo, con poco más de 10 años, devoré aquel libro lleno de anécdotas y comencé a sentir el deseo de ser alguien como el misionero de Sallent. 

¿Por qué suceden estas cosas? No lo sé. Pero me parece que los sueños de los niños son más auténticos que los proyectos de los adultos. Los niños están abiertos a las semillas de verdad, belleza y bondad que el Espíritu de Dios derrama. De adultos, pensamos más desde nuestras conveniencias e intereses. De niños nos dejamos seducir. De mayores queremos llevar el timón de nuestras vidas. No está dicho que lo segundo sea mejor que lo primero. En fin, que acabé siendo uno de los más de 3.000 claretianos que hoy siguen anunciando el Evangelio en 65 países. Y me siento muy feliz de seguir en la brecha. Algunos de mis mejores amigos comparten esta misma vocación. He tenido la oportunidad de conocer a muchas personas que me han ayudado a ser quien soy. Tal vez yo también haya podido echar una mano en algunas ocasiones. He comprendido que Dios “es suficientísimo” para llenar el corazón del ser humano y que la vida tiene sentido cuando la dedicamos a que Él “sea conocido, amado, servido y alabado”. Todo se debe, hablando humanamente, a ese “pequeño gran hombre” que fue san Antonio María Claret, a quien Pío XII definió así con motivo de su canonización:
“San Antonio María Claret fue un alma grande, nacida como para ensamblar contrastes: pudo ser humilde de origen y glorioso a los ojos del mundo. Pequeño de cuerpo, pero de espíritu gigante. De apariencia modesta, pero capacísimo de imponer respeto incluso a los grandes de la tierra. Fuerte de carácter, pero con la suave dulzura de quien conoce el freno de la austeridad y de la penitencia. Siempre en la presencia de Dios, aún en medio de su prodigiosa actividad exterior. Calumniado y admirado, festejado y perseguido. Y, entre tantas maravillas, como una luz suave que todo lo ilumina, su devoción a la Madre de Dios”.
¡Feliz fiesta de san Antonio María Claret!

A todos mis hermanos claretianos, a los miembros de la Familia Claretiana, a los admiradores y devotos del Santo y a quienes hoy visitéis este blog. Que san Antonio María Claret interceda por nosotros para que seamos fieles y felices en nuestra propia vocación y hagamos felices a los demás trabajando por un mundo mejor. 






jueves, 24 de octubre de 2019

Desterrado, pero no solo

La habitación –o quizá mejor la celda– medía seis metros de largo por casi cinco de ancho. Estaba fuera de la clausura monacal. Tenía una sola ventana tapada por un biombo para que la luz no molestara mucho al enfermo que allí moraba. Dentro había pocas cosas: un catre, algunas sillas, una mesa con un crucifijo y dos velas y poco más. Se ubicaba en el ala norte de la abadía cisterciense de Fontfroide, la más bella del sur de Francia. Desde 1901 no hay monjes en ella. La familia Fayet, que compró la propiedad en 1908, la ha convertido en un lugar turístico. Solo una discreta placa en una capilla lateral de la hermosa iglesia gótica, hoy desacralizada, nos recuerda que 30 años antes de que los monjes salieran, el 24 de octubre de 1870, a las nueve menos cuarto de la mañana, murió allí, en una celda del ala norte, san Antonio María Claret, el fundador de la congregación misionera a la que pertenezco. Han pasado ya 149 años. 

¿Cómo fue a parar allí, a ese recóndito lugar, el que había sido arzobispo de Santiago de Cuba y luego de Trajanópolis in partibus infidelium? ¿Cómo acaba así, escondido en un viejo monasterio, el confesor de la reina Isabel II que había vivido en grandes ciudades como Madrid, París o Roma? Su final parece más propio de una novela policiaca que de la vida de un santo. Desde su regreso de Cuba en 1857, Claret tenía su residencia en Madrid, pero tuvo que salir de España en septiembre de 1868 como consecuencia de la “revolución septembrina”. Se refugió primero en Pau (Francia) y luego en París. El 2 de abril de 1869 llega a Roma. El 8 de diciembre de ese mismo año asiste a la apertura del Concilio Vaticano I. Debido a la interrupción del Concilio por motivos políticos y a su precaria salud, abandona Roma y regresa a Francia. Se instala en la comunidad que los misioneros claretianos tienen en Prades, junto a la frontera española, en la región de los Pirineos Orientales. Pero, ante el temor de ser apresado por los republicanos españoles –que lo consideraban un símbolo del régimen caído– se refugia en la abadía cisterciense de Fontfroide. El santo misionero acaba como un fugitivo. Sobre su tumba, en el pequeño cementerio de los monjes, se colocó una placa de mármol con las palabras del papa Gregorio VII: “Amé la justicia y odié la impiedad; por eso muero en el destierro”.

Si Jesús, el profeta del amor, murió en una cruz, no es extraño que sus mejores seguidores corran una suerte parecida. Claret pudo haber muerto en alguno de los catorce atentados que padeció a lo largo de su vida, pero no sucedió. Murió desterrado, como si su destierro político fuera, en realidad, un símbolo de un destierro más profundo. Con 62 años y diez meses pertenecía más al cielo que a la tierra. Es verdad que murió fuera de su patria, aunque no demasiado lejos. Es verdad que no murió en un cadalso o en un hospital, como había sido su deseo. Pero, aunque las circunstancias no fueron las mejores, no murió solo o abandonado. Los monjes cistercienses, comenzando por el abad –el santo padre Jean– le prodigaron todos los cuidados posibles desde su hospitalidad monástica. Y los misioneros claretianos –comenzando por los padres Josep Xifré, el superior general de entonces, y Jaume Clotet– estuvieron en todo momento pendientes de él. Murió, pues, desterrado, pero no solo. Conocemos con mucho detalle cómo fueron sus últimos días, desde el 6 de agosto –fecha en que llega al monasterio de Fontfroide, procedente de Prades– hasta el 24 de octubre, fecha de su muerte. El padre Jaume Clotet anota todo cuidadosamente en su cuaderno de notas y escribe numerosas cartas contando los pormenores. Se convierte en el evangelista improvisado que narra con precisión forense la pasión y muerte del santo misionero, con el que se identificaba plenamente.

Su cuerpo permaneció en el cementerio cisterciense 27 años. Hasta 1897 no pudo ser trasladado a Vic, la casa-madre de los misioneros claretianos. Pero, incluso después del traslado, durante la guerra civil española, tuvo que ser escondido en varios lugares para evitar su profanación. ¡Hasta en nueve sitios diferentes ha reposado el cuerpo de Claret! Hoy yace en la cripta del Templo de san Antonio María Claret en la ciudad catalana de Vic. Siempre me ha impresionado que un hombre dedicado en cuerpo y alma al anuncio del Evangelio fuera tan perseguido durante su vida e incluso después de su muerte. Es como si el poder del mal se hubiera ensañado con quien dedicó toda su vida a hacer el bien. 

El final de la vida de Claret me ayuda a comprender mejor algo que Jesús anunció a sus discípulos de todos los tiempos: “Si me han perseguido a mí, también os perseguirán a vosotros” (Jn 15,20). En otras etapas de mi vida he admirado al Claret misionero que va a pie de pueblo en pueblo con un hatillo en la mano. Ahora entiendo que esa es una faceta de alguien que, en su proceso de configuración con Cristo, experimentó en carne propia la admiración, pero también el desprecio; el éxito, pero también el fracaso; la alegría de la fe, pero también el dolor de la persecución. Seguir a Jesús significa estar dispuesto a las duras y a las maduras, conscientes de que el final es siempre el encuentro con el Dios de la vida.


Feliz fiesta de san Antonio María Claret
(1807-1870)