sábado, 16 de noviembre de 2019

Saltan las alarmas

El próximo mes de enero tengo que viajar a Chile durante un par de semanas. Algunos amigos me han dicho que es muy arriesgado viajar a ese país austral en las actuales circunstancias. Las protestas se han generalizado y no se sabe cuánto durarán. Aunque, en general, han sido pacíficas, no han faltado los actos de violencia y vandalismo, incluyendo la profanación y quema de iglesias al grito de “La iglesia que más ilumina es la iglesia que arde”. Ha habido también –y esto es, sin duda, lo más grave– varios muertos. Lo que está pasando en Chile no es un hecho aislado. Situaciones parecidas –aunque por motivos muy diversos– se viven en Bolivia, Colombia, Venezuela, Haití, Nicaragua, Francia (“chalecos amarillos”), España (manifestaciones y revueltas en Cataluña), Reino Unido (manifestaciones contra el Brexit), Hong Kong, LíbanoEs como si de repente se hubiera abierto la caja de Pandora con la ayuda inestimable de las redes sociales como nuevos instrumentos de animación y coordinación.

Se han encendido demasiadas luces rojas en varios lugares del mundo casi simultáneamente. Han saltado las alarmas. Es probable que a muchos les hayan sorprendido estas coincidencias o que las interpreten como una especie de conspiración mundial. Para quienes investigan los movimientos sociales, no ha habido demasiadas sorpresas. Tarde o temprano tenía que producirse un estallido de este tipo. La crisis de 2008 ha significado en muchos lugares una reducción significativa de la clase media, un aumento considerable de los pobres y, por paradójico que resulte, también de los supermillonarios. Las medidas cosméticas solo han servido para maquillar un poco la situación, pero no para resolverla. Por otra parte, algunos regímenes totalitarios mantienen a la población subyugada. ¿Cuánto tiempo puede resistir una sociedad sin levantar la voz?

La emergencia social va acompañada por un gran descrédito de las instituciones y, de manera particular, de los partidos políticos, que no han sabido interpretar las demandas sociales y darles curso. No es nada extraño que, además de estas grandes protestas populares, hayan crecido los partidos populistas de extrema derecha y que mucha gente los haya votado en países tan distintos como Brasil, Italia, Francia, Alemania o España. Canalizan la indignación de quienes no ven que los partidos tradicionales ofrezcan alternativas eficaces a los problemas que vivimos, por más que las soluciones que ellos (estos nuevos partidos radicales) proponen sean en muchos casos simplistas, xenófobas o simplemente irrealizables.

En este contexto, desde el principio de su pontificado, el papa Francisco ha levantado su voz contra un sistema neoliberal que crea riqueza pero deja fuera a sectores cada vez mayores de la sociedad. Algunas de sus palabras han pasado a formar parte del vocabulario común: descarte, en salida, primerear… Es verdad que ha sido acusado de peronista, comunista, populista y otras lindezas. Quizás algunas de sus intervenciones han tenido ese tono, pero el fondo de la cuestión es muy claro y su motivación todavía más. Mientras no haya una justa distribución de la riqueza, mientras no se combata a cara descubierta la injustica sistémica, mientras los ciudadanos no sean más respetados y escuchados, primero habrá revueltas (a modo de fumarolas que alivian un poco la energía reprimida de este inmenso volcán que es nuestra sociedad), pero puede venir luego una etapa de estallidos abiertos y aun de confrontaciones bélicas. Las alarmas han saltado. ¿Seremos capaces de interpretar las causas de lo que está sucediendo (no solo los síntomas) y de reaccionar a tiempo? ¿O nos limitaremos a creer ingenuamente que el temporal pasará y que pronto vendrá la calma?

No le corresponde a la Iglesia proporcionar las soluciones técnicas (políticas y económicas) a esta emergencia mundial, pero sí ofrecer un horizonte de sentido, denunciar las causas que generan la desigualdad y estar muy cerca de quienes más padecen las consecuencias de un sistema injusto. Es verdad que la voz y los gestos del papa Francisco son valientes, nítidos y constantes, pero es igualmente verdad que muchos sectores de la Iglesia –empezando por algunos eclesiásticos de renombre– no acaban de secundarla por diversos motivos. Temen que la Iglesia se escore demasiado hacia la izquierda o que sea manipulada por algunos movimientos sociales y partidos políticos. No dudo de que sea necesario introducir muchos matices de acuerdo a la particular situación de cada país, pero me parece que la orientación general es clara. 

Debemos caminar hacia un tipo de sociedad más sostenible, justa y democrática. Muchas de las instituciones que nacieron en los siglos XIX y XX (incluida la ONU) necesitan una urgente renovación. El mundo del siglo XXI es muy distinto del que surgió tras la Segunda Guerra Mundial. Si no hay un fuerte compromiso institucional por liderar el cambio social, por abrir nuevos cauces de participación ciudadana, las alarmas de hoy se convertirán en prolegómenos de un planeta insostenible. Quienes creemos en Jesús sabemos que él vino a hacer “todo nuevo”, no nos conformamos con el sistema presente, aspiramos a construir un mundo más fraterno que sea reflejo del Dios Padre en quien creemos. A Jesús le costó la vida luchar por este “mundo nuevo”. Sus seguidores no correremos mejor suerte si nos tomamos las cosas en serio. 

Hoy precisamente se cumplen 30 años del asesinato de los llamados “mártires de la UCA” en San Salvador. Con el paso del tiempo comprendemos mejor la fuerza de su testimonio profético en tiempos tan convulsos como los que vivió hace décadas El Salvador. Su lucidez y valentía son un estímulo para los cristianos de hoy.




viernes, 15 de noviembre de 2019

Quiero que tú vivas

El lunes pasado me permití el lujo doméstico de cocinar un buen guiso de níscalos (o amízqueles, como se dice en mi tierra). Me los regaló un primo mío. Yo no tuve tiempo de cogerlos en el bosque. Siguiendo las instrucciones de mi madre, los lavé bien con agua, los troceé con los dedos (no con un cuchillo) y los eché en una cazuela de diámetro generoso. Añadí aceite de oliva, sal, ajo picado, algunos trozos menuditos de jamón y un chorrito de vino blanco. Dejé que el guiso se fuera haciendo a fuego lento. El resultado fue deliciosamente otoñal. Como es un plato que nunca pruebo en Roma, lo saboreé con gusto, casi como si fuera un viaje sentimental a mis años de infancia. No soy cocinero, ni siquiera aficionado, pero eso no significa que no me guste de vez en cuando meter las manos en la masa. Preparando el guiso de níscalos, comprendí mejor que comer bien es una obra de arte. Y volví a recordar lo que el monje italiano Enzo Bianchi dice en su libro sobre “teología de la cocina”. Él cree que todos debemos aprender a cocinar, que esta es una destreza básica, igual que leer o escribir, porque quien aprende a cocinar aprende a amar. Preparar con cariño la comida a otra persona significa transmitirle este mensaje: “Te amo; quiero que vivas; por eso, te doy de comer”. En el fondo, toda comida es un antídoto contra la muerte. Quizás por eso las madres tienen tanto interés en que sus hijos coman bien y se esfuerzan en prepararles los platos que más les gustan.

Hoy estamos viviendo tiempos de eclosión gastronómica. Por todas partes hay programas televisivos dedicados a la cocina, concursos Masterchef, jornadas de degustación de innumerables productos y menús, premios en forma de estrellas Michelin u otros símbolos, promoción de restaurantes de lujo o de establecimientos originales, etc. Es como si el arte de comer –unido quizá a una forma contemporánea de gula– fuera una manera refinada de paliar el vacío existencial que padecemos. No sabemos de dónde venimos y a dónde vamos, pero por lo menos podemos hacer más llevadero el camino sentados a una mesa bien surtida. Por otra parte, comer juntos ayuda a derrotar el dragón del individualismo que tanto está minando nuestra vida social. En torno a una mesa aprendemos a conocernos, hablamos con más desenvoltura, disfrutamos del placer de la amistad. Hay cocineros que hacen de la restauración un fin en sí mismo, orgullosos de elaborar platos sofisticados y carísimos al servicio de gentes con cartera abultada. Hay otros que unen a su creatividad culinaria una gran preocupación social, como si hubieran hecho suyas las palabras de Jesús: “Dadles vosotros de comer” (Lc 9,13). Dedican parte de su saber hacer y de sus recursos a proporcionar comida sana a quien no dispone de medios para procurársela.

No puedo hablar de comida sin pensar en la Eucaristía, el gran convite que Jesús nos dejó como signo de su presencia entre nosotros y como instrumento para hacer de todas las personas comensales en el banquete de Reino. Si tomáramos en serio su significado, no podríamos seguir celebrándola como un rito anodino, individualista y rutinario. Comer a Jesús significa hacerse uno con él y con todos los que formamos su cuerpo. No hay comida más anti-individualista que la Eucaristía. Por eso, es hermoso cuando las comunidades y parroquias hacen un esfuerzo por subrayar la dimensión comunitaria del sacramento frente a la tentación de reducirlo a un asunto privado entre Jesús y cada uno de nosotros. Hace años, de una persona católica a machamartillo, se decía que era “de comunión diaria”. ¡Ojalá pudiera seguir diciéndose hoy si la “comunión diaria” implica no solo el rito de recibir el pan, sino el compromiso de ser diariamente pan para los demás y con los demás! ¿De qué sirve recibir cada día la comunión si seguimos siendo individualistas e insolidarios? A veces, cocinar un guiso de níscalos pone en marcha algunas neuronas que permiten entender mejor ciertos rincones de la vida cotidiana. ¡Que aproveche!

jueves, 14 de noviembre de 2019

Los signos de los tiempos

Llueve con furia a esta primera hora de la mañana. Lo habían anunciado.  Es probable que, a medida que avance el día, la lluvia se transforme en nieve. Al menos, eso es lo que han dicho con respecto a los lugares que se encuentran a más de 800 metros de altura. Hoy sabemos con varios días de antelación qué tiempo va a hacer. Los informativos dedican mucho espacio a informar sobre borrascas, anticiclones, isobaras, etc. Todos nos hemos convertido en meteorólogos aficionados. El tiempo es un asunto que sigue interesando, y no solo en el Reino Unido, donde –dada la variabilidad de su meteorología– es un tema recurrente en las conversaciones diarias. 

Pienso en las palabras de Jesús: “Cuando veis subir una nube por el poniente, decís en seguida: “Chaparrón tenemos”, y así sucede. Cuando sopla el sur decís: “Va a hacer bochorno”, y lo hace. Hipócritas: si sabéis interpretar el aspecto de la tierra y del cielo, ¿cómo no sabéis interpretar el tiempo presente?” (Lc 12,54-56). La crítica sigue alcanzándonos. Sabemos predecir el tiempo que va a hacer. Nos cuesta más interpretar lo que está pasando en nuestro mundo. Nos hemos vuelto casi insensibles a los “signos de Dios” en el tiempo presente. Estamos ante la primera generación incrédula de la historia.

Sabemos interpretar el tiempo meteorológico, pero no la historia. Lo compruebo estos días a propósito de lo que está pasando en Chile, Bolivia y España. Tomo como botón de muestra lo sucedido en el país andino. Recibo audios y mensajes de WhatsApp contradictorios. Para unos –los partidarios de Evo Morales– lo de Bolivia ha sido un claro golpe de estado organizado “por el imperio” (léase Estados Unidos) en connivencia con las élites derechistas y racistas del país. Para otros –contrarios al caudillismo de Evo Morales– ha sido la reacción airada de un pueblo –y de unas fuerzas armadas– hartos de la deriva autoritaria de su presidente y del fraude electoral en los recientes comicios. La polémica está servida. Es casi imposible distinguir entre hechos objetivos e interpretaciones ideológicas. Cada bando encuentra argumentos contundentes para rebatir al contrario. 

Algo parecido está sucediendo en España en relación con Cataluña. Para algunos, el movimiento independentista es una flagrante alteración del orden constitucional; para otros, la expresión libre y cívica (aunque cada vez menos) de un pueblo que lucha por el derecho a su autodeterminación. Posiciones encontradas se han dado después de que Pedro Sánchez y Pablo Iglesias hayan firmado un preacuerdo de investidura y de gobierno. Para algunos, se trata de una solución que busca la gobernabilidad del país asegurando un gobierno “progresista” (nótese con cuánto énfasis se acentúa este equívoco adjetivo en el texto firmado); para otros, es un malabarismo más de un presidente que ha perdido toda credibilidad y que es capaz de cualquier contradicción con tal de mantenerse en el poder.

Es muy difícil interpretar los “signos de los tiempos”. Cada uno de nosotros vemos la realidad con las gafas de nuestras experiencias, expectativas, temores e intereses. Nos cuesta acercarnos a los hechos desnudos, quizá porque no existe una desnudez pura. Todo acontecimiento está revestido de interpretación. Solo en el contraste honrado entre varias interpretaciones podemos acercarnos a los hechos. Si esto sucede con acontecimientos de los cuales somos protagonistas en mayor o menor medida, ¿qué no sucederá con lo relativo a Dios? En este campo, se da una paradójica situación: los más expertos suelen ser los que peor perciben los signos de los tiempos de Dios, mientras que los más sencillos tienen como un radar especial para detectar el paso de Dios por nuestra vida. 

También Jesús nos ha dejado una pista clara: Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla(Mt 11,25)Personalmente, soy muy aficionado a leer libros y periódicos (impresos o digitales) que me ofrezcan claves de interpretación de lo que nos está pasando, pero me fío más del “sexto sentido” de los pequeños porque, en definitiva, a través de su sencillez, el Espíritu Santo nos está ofreciendo la luz que necesitamos para discernir los signos de los tiempos. ¡Lástima que una cultura demasiado racionalista desprecie esta sabiduría y no sepa acoger su clarividencia y profundidad! No nos extrañemos, entonces, de que mucha gente se sienta confusa, perdida, deprimida y enojada. 

martes, 12 de noviembre de 2019

¿Frentistas o pactistas?

¿Por qué la vida política es tan compleja? Lo que sucedió el pasado domingo en España parece seguir un guion que ya hemos visto en otros lugares. No soy ningún adivino, pero el pasado 18 de septiembre escribí que a Pedro Sánchez podría salirle el tiro por la culata al convocar nuevas elecciones. Y así ha sido. David Cameron quiso salir fortalecido dentro del levantisco Partido Conservador británico. Para ello convocó el referéndum sobre el Brexit con el convencimiento de que lo iba a ganar. Lo perdió. Juan Manuel Santos convocó a los colombianos a votar a favor del acuerdo firmado con las FARC y de paso salir fortalecido. Lo perdió. Matteo Renzi también hizo un referéndum en Italia sobre la reforma constitucional del que esperaba salir victorioso. Lo perdió. Pedro Sánchez convocó nuevas elecciones en España con la esperanza de obtener los suficientes diputados como para no depender de los demás partidos y de esta manera reafirmar su liderazgo en el PSOE. Ha ganado las elecciones, pero ha perdido votantes y diputados, de manera que la situación es ahora más complicada que el pasado mes de abril. Los analistas políticos están poniendo sobre la mesa los muchos factores que han influido en los resultados, pero hay un denominador común. Cuando el votante intuye que un líder político prima sus intereses personales sobre el bien común, acaba castigándolo. Tenemos ejemplos suficientes en los últimos años como para no seguir cometiendo los mismos errores.

Algunos analistas políticos creen que el tradicional “bipartidismo” ha sido sustituido por el moderno “bibloquismo”. Ya no hay dos partidos en liza (PSOE y PP), sino dos bloques: el de izquierda (PSOE, UP, MP) y el de derecha (PP, CS, Vox). Ninguno de los dos reúne el suficiente número de escaños como para lograr la mayoría absoluta. Los bloques tienen a gala no pactar con el bloque “enemigo” porque consideran que sus políticas son “diametralmente” (este adverbio es muy usado por los políticos) opuestas. En algunos puntos es evidente, pero hay otros muchos en los que podrían llegar a acuerdos si tuvieran como objetivo el bien común y la estabilidad que el país necesita. ¿Se llegará esta vez a algo parecido? Me temo que no. En otros países se ha hecho. Los beneficios han sido significativos. No creo que en España se produzca este “milagro” democrático. Se habla de pactos dentro de cada bloque, pero no de pactos que rompan los bloques. Provenimos de una cultura frentista y poco pactista, aunque ha habido excepciones muy significativas, desde los Pactos de la Moncloa (1977) y la aprobación de la Constitución (1978) hasta acuerdos más recientes; por ejemplo, el Pacto de Toledo (1995) sobre las pensiones. Para llegar a algo semejante hoy se necesitarían líderes menos egocéntricos, con una clara visión de la historia pasada y con una mirada de largo alcance. Y se necesitaría, sobre todo, una idea de estado que integrara las diversas visiones que se han ido abriendo paso en los últimos años.

El concepto de pacto o de “alianza” tiene un fuerte fundamento bíblico. La Eucaristía se presenta como el gran sacramento de la “nueva alianza”. Ahora bien, no se crea una realidad nueva sin aceptar la propia muerte. Todo pacto implica “morir” a algo de uno mismo para “resucitar” a una nueva realidad. Sin esta lógica pascual, no hay forma de superar la lógica de frentes o bloques. No es, pues, una cuestión de aritmética política, sino de un sueño compartido. La Unión Europa, por ejemplo, se fue abriendo paso  entre países que se habían enfrentado hasta la sangre en numerosas ocasiones a lo largo de la historia (y, de manera, brutal en el siglo XX). Nada hacía prever, por ejemplo, que fuera posible sentar juntos a alemanes y franceses. Y, sin embargo, se fue haciendo un camino. Los frutos son evidentes, por más que hoy muchos (desde dentro y desde fuera) cuestionen la Unión y hagan todo lo posible por torpedearla. 

Pareciera que los seres humanos somos genéticamente frentistas más que pactistas, como si los acuerdos y la paz fueran solo paréntesis en una historia dominada por los enfrentamientos y la guerra. Nos cuesta construir juntos. Preferimos afilar las armas y batirnos en campo abierto. Esperemos que haya algunos líderes con una visión más profética y ciudadanos con ganas de caminar juntos y no enfrentados. Como cristiano, creo que “ahora, gracias al Mesías Jesús y en virtud de su sangre, los que un tiempo estabais lejos, estáis cerca. Él es nuestra paz, el que de dos hizo uno, derribando con su cuerpo el muro divisorio, la hostilidad; anulando la ley con sus preceptos y cláusulas, creando así en su persona, de dos una sola y nueva humanidad, haciendo las paces” (Ef 2,13-15). Cuando uno acepta morir por el bien de los demás, no hay muro que se resista.

lunes, 11 de noviembre de 2019

Siete miniconsejos

Este lunes amanece con muchos frentes abiertos: los resultados electorales en España, la renuncia de Evo Morales como presidente de Bolivia y hasta el tiempo invernal que afecta a casi toda la península ibérica. Yo tomo distancia de todos estos acontecimientos y me fijo en un hecho menor a raíz de una conversación que tuve hace unos días. Me gustaría reflexionar en voz alta sobre las relaciones de poder que se dan en los grupos humanos y particularmente en el ámbito de las parroquias. Si el párroco es muy autoritario y tiene una concepción monárquica de su servicio, fácilmente orilla a sus colaboradores y entiende el papel de los laicos como meros subordinados. Si es muy tolerante –o incluso muy débil– otros “poderes fácticos” (laicos con muchos años de servicio, personalidades intransigentes o astutas, personas desequilibradas) ocupan su espacio extralimitándose en sus competencias. El conflicto está servido. El clericalismo de los sacerdotes es una enfermedad que mata la vida de las comunidades parroquiales, pero el clericalismo de los laicos no se queda atrás. En estos casos, es muy frecuente que cada uno dé su versión, acuse a las otras facciones de intervencionismo y falta de competencia. Pocos se arriesgan a tomar distancia y ver las cosas con más perspectiva. ¿Cómo afrontar una situación así?

A la luz de varias experiencias vividas o conocidas en contextos culturales y eclesiales muy diversos, me atrevo a sugerir algunas pistas:

1) La vida de una parroquia tiene una historia que conviene conocer, apreciar y proseguir. Por tanto, salvo excepciones muy graves, nunca es saludable que venga un nuevo párroco y haga tabula rasa de todo lo que se ha hecho antes de él, como si él fuera un mesías liberador. Lo mejor es que, de entrada, prosiga en una línea de continuidad y desarrollo. Esto afecta también al equipo de colaboradores.

2) Por otra parte, de vez en cuando es necesario resetear la parroquia para no acabar siendo víctimas de las rutinas, del “siempre se ha hecho así” y, en definitiva, de la parálisis. Pero este reseteo (o “conversión pastoral”·, por usar una expresión del papa Francisco) no puede ser una imposición del párroco o de algunos iluminados, sino el fruto de un proceso de discernimiento en el que el párroco tiene que asumir el liderazgo que pastoral y canónicamente le corresponde.

3) No es justo humillar a las personas que han prestado servicios durante muchos años. Si parece oportuno sustituirlas, hay que hacerlo con delicadeza, reconociendo su contribución a la vida de la parroquia y ofreciéndoles la posibilidad de seguir colaborando de otra manera. Esto afecta a catequistas, encargados de los servicios sociales, liturgia, económicos, etc.

4) Es necesario que haya un consejo pastoral que represente la diversidad de la parroquia y que asuma sus funciones con responsabilidad. En el marco de sus deliberaciones se pueden afrontar con transparencia y respeto los conflictos que surjan. Al párroco le toca favorecer la libre expresión de los miembros y moderar las intervenciones buscando siempre el bien común, no el triunfo de un grupo sobre otro.

5) Una parroquia acoge a cristianos de muy diversas sensibilidades. No es prudente ni eficaz hacer parroquias monocolores en las que todos sean de la misma línea y se imponga un estilo un poco talibán. En este sentido, hay que evitar que algunos movimientos o grupos “colonicen” espacios que por su naturaleza eclesial deben estar abiertos a todos. De no hacerlo, tarde o temprano surgirán graves conflictos.

6) Cuando una parroquia se mira demasiado el ombligo, los problemas menores (de tipo relacional, organizativo, económico, etc.) se conviertan en montañas infranqueables. Cuando la parroquia se concibe como una comunidad misionera, abierta a nuevas personas, preocupada por testimoniar el Evangelio en nuevos contextos, los problemas que son solo minucias intestinas desaparecen.  

7) El párroco debe acompañar de cerca la vida de la parroquia, incluso con una presencia física estable, de modo que cualquier persona pueda acceder a él con facilidad. Cuando está ausente con frecuencia, debido a otros compromisos pastorales o personales, la vida de la parroquia se resiente. La presencia del párroco es un factor de primer orden para que una parroquia crezca con serenidad y, de este modo, se puedan prevenir los conflictos antes de que estallen.

domingo, 10 de noviembre de 2019

El cielo no puede esperar

Mientras escribo la entrada de hoy, XXXII Domingo del Tiempo Ordinario, veo los copos de nieve por la ventana. En el rincón en el que me encuentro todo tiene la belleza del invierno. Los tejados están ya blancos. La temperatura no sube de los 0 grados. Las televisiones solo hablan de esta ola de mal tiempo y, por supuesto, de las elecciones generales que hoy se celebran en España. La liturgia de este domingo no habla ni de nieve ni de elecciones. Fija su mirada en la vida que tendremos “en el mundo futuro”. Tanto la primera lectura (2 Mac 7,1-2.9-14) como el Evangelio (Lc 20,27-38) abordan el asunto de la resurrección de los muertos. Dos siglos antes de Cristo se va abriendo paso la fe en una vida futura. Las dificultades de la existencia –incluidas la persecución y la muerte– se afrontan de otra manera cuando “se tiene la esperanza de que Dios mismo nos resucitará”. 

Más de veinte siglos después de Cristo, ¿qué pensamos nosotros? Siempre me sorprende que cuando se hacen encuestas a la población en general y a los creyentes en particular, la fe en la resurrección obtiene puntuaciones muy bajas. Hay muchas personas que consideran que la muerte supone un fin absoluto. La observación externa de lo que sucede con un cadáver les daría la razón. Y, por otra parte, como solía repetir irónicamente mi abuelo materno: “Hasta ahora nadie ha regresado de la otra vida para contarnos qué pasa allí”. En tiempos de fuerte racionalismo y cientifismo como los nuestros, resulta absurdo seguir creyendo en un mundo futuro. ¿Tendremos que acabar arrinconando también nosotros la fe en la resurrección como una antigualla? ¿O será mejor que nos fiemos de Pablo cuando dice que “si no hay resurrección de muertos, Cristo tampoco resucitó. Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe” (1 Cor 15,13-14).

La luz nos viene del Evangelio de hoy. Los saduceos –que eran ricos, conservadores y no creían en la resurrección (lo que hoy podríamos denominar la “derecha laica”)– le cuentan a Jesús una historieta absurda (la de la mujer que es esposada sucesivamente por  siete hermanos) para preguntarle de cuál de ellos será esposa en la otra vida. Era una forma irónica de considerar ridícula una creencia de ese tipo. Jesús no entra en las discusiones legalistas que tanto gustan a quienes hacen del derecho una forma de engaño y extorsión. Simplemente juega la partida en otro campo. Nos regala tres puntos de luz que nos ayudan a afrontar el futuro de otra manera. 
  • El primero es el más radical: Dios no ha creado el mundo y a los seres humanos para la aniquilación o para el simple reciclaje perpetuo (la reencarnación de los hindúes), sino para la vida, porque él no es un Dios de muertos, sino de vivos. 
  • El segundo responde a la trampa de los saduceos: la resurrección no es, sin más, la prolongación ad infinitum de la vida terrena upgraded (mejorada) porque “los que sean juzgados dignos de tomar parte en el mundo futuro y en la resurrección de entre los muertos no se casarán ni ellas serán dadas en matrimonio. Pues ya no pueden morir, ya que son como ángeles; y son hijos de Dios, porque son hijos de la resurrección”. O sea, que la vida del mundo futuro es una vida nueva. No hay palabras humanas para expresar algo tan diferente e inefable. Resucitar significa compartir la vida de Dios. 
  • Por último, dado que no podemos expresar en conceptos humanos algo tan nuevo, es mejor fiarnos de la palabra de Dios y renunciar a especulaciones que son solo proyecciones de nuestros deseos humanos. La vida del mundo futuro es algo “que ni ojo vio, ni oído oyó, ni han entrado al corazón del hombre, son las cosas que Dios ha preparado para los que le aman” (1 Cor 2,9).
Nadie nos obliga a creer lo que internamente no vemos como creíble. La fe nunca es el resultado de una ecuación perfecta. Pero es muy probable que cuanto más vivamos esta vida terrena con intensidad, más intuyamos que el proyecto de Dios para cada uno de nosotros trasciende la barrera de la muerte. Con los santos y los místicos de todos los tiempos, vamos comprendiendo que la muerte es solo la puerta de entrada en ese “mundo futuro” del que Jesús habla (el mundo de Dios) y sobre el que apenas dice nada más. Nuestra vida terrena se convierte así en un largo embarazo que prepara el nacimiento a la vida definitiva. Hay continuidad en una inimaginable discontinuidad. Quienes viven en Dios cada vez perciben con más claridad que ya hay destellos de la “otra” vida en “esta” vida que conducimos ahora. Quienes viven del amor están anticipando el cielo en la tierra porque Dios es amor. Este cielo (y no las quimeras que nosotros inventamos) no puede esperar. Estamos llamados a vivir en el amor y del amor ya, aquí y ahora. Entonces, desearíamos con más intensidad la plenitud de Dios. 


viernes, 8 de noviembre de 2019

Evangelio y posverdad

En realidad, el título que había pensado para la entrada de hoy era: ¿Good news o fake news? Pero comprendo que no todos los lectores tienen por qué saber inglés, así que he escrito otro en castellano. Más allá del título, lo que importa es el asunto. En un momento en el que las “noticias falsas” han adquirido carta de naturaleza, hasta el punto de que el diccionario de la RAE ha incorporado el término “posverdad” (del inglés “post-truth”) que significa “distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales”¿qué sentido tienen las “buenas noticias”? 

En otros tiempos, a esta “distorsión deliberada” la hubiéramos llamado redondamente engaño. Hoy se ha convertido en un arma usada por políticos y creadores de opinión para salirse con la suya, aunque la realidad vaya por otro camino. Lo que importa no es lo que sucede, ni siquiera lo que yo percibo, sino lo que me interesa contar con el fin de manipular la opinión de los demás. Llegará un día –si es que no ha llegado ya– en que nos parecerá tan normal proceder así que ni siquiera sospecharemos que se puede actuar de otra manera.  Las “noticias falsas” (fake news) inundan las redes sociales, condicionan las elecciones políticas, alzan o destruyen figuras públicas, sirven para chantajear a personas inocentes, promueven campañas a favor o en contra de un producto comercial y hasta permiten alcanzar la presidencia de los Estados Unidos o sacar al Reino Unido de la Unión Europea.

¿Qué sentido tiene la “buena noticia” de Jesús en un contexto de “falsas noticias”? ¿Será también su evangelio una “distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales”? En otras palabras, ¿es verdad lo que Jesús hizo y dijo? ¿Podemos fiarnos de él? No voy a entrar ahora en las diversas acepciones del término “verdad” y en las resonancias que provoca en cada uno de nosotros. Me limito a recordar el sentido que tiene para los hebreos el concepto de “emunah”, entendido como confianza en una promesa y como fidelidad. Se distingue claramente del griego “alétheia” (verdad como transparencia que mira al presente) o del latino “veritas” (concordancia entre los dichos y los hechos, que mira más bien al pasado). 

Jesús y su evangelio son “verdaderos” en el sentido de fiables, portadores de una promesa de vida. Él mismo se ha presentado como “la verdad” (la promesa de Dios hecha realidad) y nos ha enseñado que esta verdad nos hará libres. Nada de esto va contra la razón humana, pero la desborda. El evangelio no es solo una propuesta de vida razonable (y, por tanto, sometida a nuestra limitada capacidad de comprensión); es una promesa de vida nueva (nos introduce en la novedad absoluta de Dios).

Creo que muchos de nuestros contemporáneos no tendrían empacho en calificar al evangelio como una posverdad astutamente mantenida a lo largo de veinte siglos por millones de personas. Incluso muchos creyentes podemos atravesar períodos en los que todo lo que nos parece más auténtico y sagrado queda sometido al tribunal implacable de la crítica y se nos antoja como un “cuento de hadas”. Conviven en nosotros el creyente más fiel con el escéptico más deletéreo. Esta batalla interior puede ser desgastante. Y, sin embargo, aceptada con serenidad, puede ayudarnos a descubrir por qué Jesús es para los seres humanos una “buena noticia”, la única “gran noticia” que cambia el sentido de la vida. 

Lo peor para la vida de fe no es la duda, el conflicto o la crisis, sino la apatía de quien prefiere abandonarse a una vida de tejas abajo, seducido por las múltiples ofertas de la sociedad consumista. Solo quien descubre a Jesús como “buena noticia” (es decir, como evangelio) experimenta esa plenitud a la que todos aspiramos y que nos parece casi inalcanzable. Desarrolla además un sexto sentido para no dejarse embaucar por las muchas “noticias falsas” que emponzoñan nuestra vida moderna y que solo persiguen desviarnos de la búsqueda de la verdad para poder manipularnos.