lunes, 4 de noviembre de 2019

Hakuna Matata

Tranquilos, no voy a escribir ni sobre El Rey León ni sobre la lengua suajili. Para mí, la expresión Hakuna Matata –que en suajili significa “No hay problema”– es muy familiar porque he vivido con personas de Tanzania y Kenia que hablan esa lengua y repetían con cierta frecuencia su particular No problem. Pero no, nada de disquisiciones lingüísticas.  Voy a escribir sobre la experiencia que viví el sábado por la tarde. Luego entenderéis la relación con el título. Tendría que haberlo hecho ayer mismo, pero el domingo “mandaba”, como se dice en el argot periodístico. A las dos y media de la tarde me acerqué a la plaza de san Pedro. Cielo encapotado y temperatura suave. La plaza registra una animación inusual. La cola para entrar en la basílica llega casi hasta el brazo de Carlomagno. Me esperan unos amigos de Madrid que han venido a Roma para participar en el Hakuna All Meeting aprovechando el puente de Todos los Santos. Uno de los eventos programados es una hora santa en la basílica de san Pedro. El momento no era muy apetecible, pero tenía interés por saber quiénes eran estos chicos de la asociación Hakuna. Los conocía solo de oídas. 

Estuve en la cola casi una hora. La pulsera amarilla que llevaba en la muñeca me identificaba como un participante en la hora santa. En la cola nos mezclamos con el resto de turistas y peregrinos. Ya dentro, tuvimos que esperar casi una hora más. El lugar reservado estaba ocupado por un nutrido grupo de orondos tiroleses que, vestidos a la usanza tradicional, habían participado en una misa. Además de los trajes típicos y los estandartes, llevaban también una banda que solemnizó la celebración. Una vez que despejaron el inmenso presbiterio que está detrás del altar papal, nos acomodamos como pudimos. Los más jóvenes se sentaron en el suelo; los mayores buscamos algún sitio en los bancos. Todo se hizo a la manera juvenil: es decir, con un gran desorden. No sé cuántos éramos, pero no estaríamos lejos de las mil personas, entre jóvenes (la mayoría) y adultos (o seniors, como suelen decir ellos).

La “hora santa” transcurrió entre cantos –interpretados con mucho entusiasmo por un numeroso coro y seguidos por la asamblea, oraciones meditativas (una a cargo de un chico y otra recitada por el sacerdote José Pedro Manglano, fundador de esta asociación), silencio y bendición “itinerante” con el Santísimo Sacramento.  En un momento dado, el sacerdote Toño Casado, autor del musical 33, interpretó maravillosamente una canción cuyo título no recuerdo. La “hora santa” duró efectivamente alrededor de una hora. Algunos esperaban la visita sorpresa del papa Francisco, pero no se produjo. Yo me mezclé con la gente, oré, guardé silencio, canté los estribillos repetitivos y me uní a la danza final. Acabada la adoración, pasadas ya las seis de la tarde, el grupo se trasladó a la iglesia de san Ignacio para celebrar la Eucaristía, a la que siguió una fiesta en el camping en el que se alojaba la mayoría. 

Yo regresé a casa tratando de recapitular la experiencia. Voy a empezar por lo que sospecho que dirían algunos “desde fuera”. Su discurso podría sonar más o menos así: “Estos chicos tienen pinta de pijos [fresas, gomelos o sifrinos en algunos países latinoamericanos]. Visten y hablan como ellos. Se ve que vienen de familias bien, son votantes de partidos de derecha y pueden permitirse el lujo de viajar. El estilo del grupo tiene un claro tufillo Opus”. Yo podría haber caído también en esa tentación. Para evitarla, hice un esfuerzo por liberarme de prejuicios y ver a cientos de jóvenes universitarios que celebraban con mucha alegría su fe. Más allá de su extracción social, de su vestimenta de marca o de su lenguaje ligeramente gutural, cada uno es una persona querida por Dios y seducida por Jesús. Esto es lo que importa.

Visitando la página web de la asociación y charlando con mis amigos, fui descubriendo otros detalles. La cosa surgió a raíz de la Jornada Mundial de la Juventud de Río de Janeiro, hace apenas seis años. Un grupo de jóvenes se tomaron en serio la invitación del papa Francisco a “hacer lío”. Hoy están presentes en varias ciudades españolas. Intentan vivir con alegría su fe en Cristo en medio de una sociedad secularizada. Se sirven de medios como “horas santas”, “revolcaderos”, “God’s stops”, “compartiriados”, “escapadas”, etc. Como todo grupo innovador que se precie, han acuñado su propio vocabulario, más o menos cursi o sugestivo, según gustos. La música ocupa un lugar muy especial. En Spotify se pueden encontrar muchas de sus composiciones. El grupo se llama Hakuna Group Music. Me gusta su estilo fresco y la alegría que contagian. Si queréis saber algo más sobre ellos, podéis leer sus Estatutos. Los que vivís en España podéis también participar en sus actividades en las diversas ciudades donde están presentes. 

¿Quién no se emociona al ver cómo tantos jóvenes están entusiasmados por Cristo y se esfuerzan por vivir la fe en la universidad? ¡Cuántas parroquias e institutos religiosos hacen lo imposible por acercarse a los jóvenes y no consiguen casi nada! Hay que alegrarse de que Cristo siga llegando al corazón de estos jóvenes del siglo XXI. Para ellos, la Eucaristía (celebración y adoración) es la fuente principal de su vida cristiana. Por otra parte, no percibí en ellos la tentación de “capillismo” o “elitismo”, tan frecuente en otros grupos, movimientos y asociaciones de Iglesia. Subrayan mucho la unidad, la apertura a todos, la superación de clichés y etiquetas. Me parece que combinan bien la vida en grupo, la formación, la celebración festiva, la adoración y el compromiso profesional y social. ¡Ojalá hubiera muchas iniciativas como esta! 

Ayer os puse el testimonio de uno de los jóvenes que ha descubierto la fe a través de este grupo. Os dejo hoy con una de las canciones, cantada por una chica a pie de calle, sin Auto-tune, sin trampa ni cartón. ¡Que no decaiga!



domingo, 3 de noviembre de 2019

Tú lo buscas, él te ve

Este XXXI Domingo del Tiempo ordinario ha amanecido con lluvia en Roma. El puente ha llenado la ciudad de turistas y peregrinos. La temperatura es suave. Todo invita a disfrutar del otoño. ¿Todo? No todo. Cada día nos levantamos con algún sobresalto. Siguen los escándalos en relación con las finanzas del Vaticano, arrecian las protestas violentas en Hong Kong y en Cataluña continúan las reivindicaciones. Hay otros muchos focos de interés. A veces, cuando la realidad nos desborda, cuando pensamos que ya no podemos tolerar un exceso más, nos hace bien ver las cosas desde la perspectiva de la primera lectura de hoy. 

El autor del libro de la Sabiduría confiesa: “Señor, el mundo entero es ante ti como un grano en la balanza, como gota de rocío mañanero sobre la tierra”. Lo que a nosotros nos parece exorbitante no es más que un pequeño grano para Dios. Cuando nos invade el pesimismo sobre la marcha del mundo, es útil caer en la cuenta de que “amas a todos los seres y no aborreces nada de lo que hiciste; pues, si odiaras algo, no lo habrías creado”. Cuando sentimos la tentación de juzgar todo y a todos con rabia, el libro de la Sabiduría nos recuerda que “tú eres indulgente con todas las cosas, porque son tuyas, Señor, amigo de la vida”. Estamos ante uno de los nombres más hermosos que el Antiguo Testamento otorga a Dios. Lo llama “amigo/amante de la vida”. Dios no quiere la violencia o la muerte, pero es indulgente con nuestra fragilidad e inconstancia. Hay tiempo para que podamos caer en la cuenta y reaccionemos. Por eso, como un padre que quiere lo mejor para sus hijos, nos corrige con suavidad: “Por eso corriges poco a poco a los que caen, los reprendes y les recuerdas su pecado, para que, apartándose del mal, crean en ti, Señor”. Dios cree en el futuro, en la posibilidad de cambiar y empezar una vida nueva.

Esto es lo que percibimos en la historia del encuentro entre Jesús y Zaqueo que nos presenta hoy el Evangelio de Lucas. El relato está lleno de detalles curiosos, comenzando por la ubicación en Jericó, la ciudad por la que empieza la conquista de la tierra prometida, el vergel en medio del desierto de Judea. También en el desierto de la indiferencia se pueden dar hermosas historias de encuentro con Jesús. [En el segundo vídeo os propongo una de ellas]. Me gusta mucho cómo Lucas ha construido la de Jesús y Zaqueo. Parece que ambos se buscan. El texto dice que Zaqueo “trataba de ver quién era Jesús”. Su baja estatura y el gentío se lo impedían. Jesús, por su parte, “al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y le dijo: «Zaqueo, date prisa y baja, porque es necesario que hoy me quede en tu casa»”. Las dos iniciativas se encuentran en la casa de un hombre público, rico por extorsiones, aislado por pecador. También a él –como a los pobres hambrientos o desnudos– le llega la salvación de Dios “a domicilio”. El Dios “amante de la vida” a nadie le niega la posibilidad de cambiar y comenzar una existencia nueva: “Hoy ha sido la salvación de esta casa, pues también este es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido”. La generosidad hacia los demás es la mejor expresión de que uno comienza a entender la vida de otra manera.

Estoy convencido de que hoy muchos hombres y mujeres buscan a Jesús porque anhelan otro tipo de vida, pero se sienten “indignos” bajo el peso de experiencias negativas y dolorosas: abortos provocados, infidelidades matrimoniales, incursiones en la droga, adicciones sexuales, fraudes económicos, odios y resentimientos, engaños, trampas, corrupción… Sienten que, por mucho que se suban al árbol de los buenos deseos, Jesús va a pasar de largo, no va a querer entrar en su “indigna” casa. No conocen cómo se las gasta Jesús. Él no ha venido a dar una palmadita en el hombro a quienes se consideran buenos e intachables, sino “a buscar y salvar lo que estaba perdido”. El mensaje es muy claro: hay vida más allá de nuestros errores y pecados. Siempre es posible recomenzar. Dios no es un juez castigador que está esperándonos para cobrarnos la factura de nuestros muchos deslices, sino un padre que nos tiene la mesa preparada para cenar con nosotros. Puede que circulen por ahí otras imágenes indeseables de Dios, pero la que Jesús nos presenta es nítida. ¡Ojalá los creyentes en él supiéramos presentarla sin deformaciones! Estoy seguro de que muchos hombres y mujeres cambiarían de vida –como Zaqueo– y experimentarían una alegría profunda que no acaban de encontrar en medio de sus trampas y enredos, o de sus vidas confortables pero planas. Nunca es tarde si actuamos como Zaqueo: “Él se dio prisa en bajar y lo recibió muy contento”.





sábado, 2 de noviembre de 2019

La muerte no es el final

He escrito varias veces sobre la muerte, los difuntos y el sentido de un día como hoy. En 2016 titulé la entrada La vida no termina, se transforma. Al año siguiente puse el acento en la esperanza: Tú no morirás. En 2018 reflexioné sobre La muerte es una pascua. Me cuesta encontrar una perspectiva nueva este año. Me viene a la memoria un canto de un viejo conocido –Cesáreo Gabarain– que se ha hecho muy popular entre los militares españoles. Me refiero al canto La muerte no es el final. También se sigue cantando en parroquias y comunidades. No tiene la complejidad y solemnidad del Réquiem de Mozart, por ejemplo, pero llega a las personas. Tanto la letra como la melodía son sencillas, transmiten la fe cristiana en la vida eterna y tienen ese punto de emoción que puede provocar un nudo en la garganta o alguna lágrima suelta. 

Nunca he participado en un funeral no cristiano. Sé que se ha puesto de moda leer algún texto sobre el difunto (a modo de elogio fúnebre), recitar poemas, interpretar piezas musicales o incluso recordar hechos jocosos de la vida del finado. Respeto las diversas expresiones. Cada uno de nosotros nos enfrentamos al misterio de la muerte de maneras diversas. En realidad, afrontamos la muerte como afrontamos la vida. Cuando me ha tocado presidir algún funeral de una persona joven, veo que sus amigos no saben qué hacer. Quisieran expresar su rabia y su amor, pero no siempre encuentran los cauces adecuados. A menudo, permanecen en silencio, absortos en pensamientos que no sé interpretar, con ganas de que todo termine para regresar cuanto antes a la vida normal. A un joven la muerte le parece siempre una “putada” (sic), no entra en sus planes de vida.

Si hoy me fijo en la vieja canción de Gabaráin es porque, en su sencillez, pone palabras a una fe que en momentos trascendentales no siempre acertamos a expresar. Recordemos la letra:


Tú nos dijiste que la muerte
no es el final del camino,
que aunque morimos no somos,
carne de un ciego destino.

Tú nos hiciste, tuyos somos,
nuestro destino es vivir,
siendo felices contigo,
sin padecer ni morir.

Cuando la pena nos alcanza
por un hermano perdido,
cuando el adiós dolorido
busca en la fe su esperanza.
               

En tu palabra confiamos
con la certeza que Tú
ya le has devuelto a la vida,
ya le has llevado a la luz.

Cuando, Señor, resucitaste,
todos vencimos contigo
nos regalaste la vida,
como en Betania al amigo.

Si caminamos a tu lado,
no va a faltarnos tu amor,
porque muriendo vivimos
vida más clara y mejor.

Lo que más me gusta es que se trata de una oración dirigida a Jesús. Por tres veces utiliza el pronombre referido a él: nos dijiste que la muerte, nos hiciste, tuyos somos, (Tú) ya le has devuelto a la vida. Pero hay también tres hermosos adjetivos posesivos: En tu palabra confiamos, Si caminamos a tu lado, No va a faltarnos tu amor. Me gusta que en un trance como la muerte hablemos de “tu Palabra”, “tu lado”, “tu amor”. La canción confiesa con claridad nuestro origen (“Tú nos hiciste, tuyos somos”) y nuestro fin (“Nuestro destino es vivir”). No se trata de un destino ciego, sino de plenitud y felicidad: “siendo felices contigo”. Esto no es fruto de un anhelo vacío, sino de la fe en Jesús (“En tu Palabra confiamos”). En el trance definitivo, sabemos que “no va a faltarnos tu amor”. No me extraña que esta canción se haya hecho popular porque, sin demasiados alardes poéticos o teológicos, consigue transmitir lo esencial de la fe cristiana con respecto a la vida, la muerte y la resurrección.





viernes, 1 de noviembre de 2019

Los santos de la puerta de al lado

Noviembre siempre empieza con la solemnidad de Todos los Santos. Este año, al caer en viernes, es el comienzo de un buen puente otoñal. Imagino que muchas personas están disfrutando de la serenidad de una estación que nos invita a ella. Yo me preparo para ir al gran cementerio Campo Verano de Roma para celebrar la Eucaristía junto a las tumbas de todos los claretianos que han muerto en la Ciudad Eterna. Esta es una costumbre piadosa que las nuevas generaciones ya no entienden. La práctica de la incineración va dejando atrás viejas tradiciones que hunden sus raíces en una visión cristiana de la vida y de la muerte. Cuando pienso en mis hermanos fallecidos los veo como “los santos de la puerta de al lado”, por usar la expresión del papa Francisco en la exhortación apostólica Gaudete et Exultate sobre la llamada a la santidad.  Me parece una expresión feliz en un día como hoy. El papa escribe: “No pensemos solo en los ya beatificados o canonizados. El Espíritu Santo derrama santidad por todas partes, en el santo pueblo fiel de Dios, porque «fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que le confesara en verdad y le sirviera santamente»” (GE, n. 6) Es verdad que hay corrupción por todas partes. Hablamos de ella a menudo. Pero es más cierto que el Espíritu Santo derrama santidad por todo el mundo. Necesitamos caer en la cuenta de este hecho para no naufragar en el abismo de la desesperación.

La expresión “los santos de la puerta de al lado” no es solo una frase bonita. El papa Francisco aclara a quién se refiere con ella: “Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: a los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante. Esa es muchas veces la santidad «de la puerta de al lado», de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios, o, para usar otra expresión, «la clase media de la santidad»”. Los ejemplos que pone tendrían que ser completados con nuestra experiencia personal. A mí me parecen “santos de la puerta de al lado” los jóvenes que, sin convertirse en bichos raros, no se someten a los dictados de la moda y viven su fe con alegría a pesar de que algunos compañeros los ridiculizan; los novios que se preparan para el matrimonio a sabiendas de que muchos de sus amigos practican la mera convivencia porque no creen en la fuerza del sacramento; los cónyuges que afrontan con verdad sus crisis sin recurrir fácilmente a la separación o al divorcio; los jubilados que renuncian a pasatiempos legítimos y dedican tiempo a cuidar a sus nietos o a otros trabajos sociales; los políticos que siguen creyendo en la importancia de luchar por el bien común y no se doblegan a las directrices oportunistas de sus partidos o a la tentación de la corrupción; los sacerdotes que no tiran la toalla aunque su figura social haya perdido reconocimiento y relevancia; los trabajadores que son honrados, competentes y solidarios; los niños que no exigen a todas horas sus caprichos sino que han aprendido a darse a los demás; los misioneros que, a pesar de las dificultades, siguen creyendo en la fuerza del Evangelio; los ancianos que, en vez de estar pidiendo comodidades para sí mismos, siguen preocupándose por sus hijos y nietos; los científicos que no buscan lucrarse con sus descubrimientos sino encontrar soluciones eficaces a los problemas de la humanidad...

Los santos (canonizados o no) nos salvan de la mediocridad. El papa Francisco lo dice con otras palabras: “Dejémonos estimular por los signos de santidad que el Señor nos presenta a través de los más humildes miembros de ese pueblo que «participa también de la función profética de Cristo, difundiendo su testimonio vivo sobre todo con la vida de fe y caridad». Pensemos, como nos sugiere santa Teresa Benedicta de la Cruz, que a través de muchos de ellos se construye la verdadera historia: «En la noche más oscura surgen los más grandes profetas y los santos. Sin embargo, la corriente vivificante de la vida mística permanece invisible. Seguramente, los acontecimientos decisivos de la historia del mundo fueron esencialmente influenciados por almas sobre las cuales nada dicen los libros de historia. Y cuáles sean las almas a las que hemos de agradecer los acontecimientos decisivos de nuestra vida personal, es algo que solo sabremos el día en que todo lo oculto será revelado»”. Los periódicos hablan de personas famosas. Nosotros tendemos a pensar que son ellas quienes escriben la historia. En realidad, lo mejor de nuestra humanidad está representado de manera invisible pero eficaz por los millones de “santos de la puerta de al lado”  que son como luminarias en medio de la noche. La mayoría de ellos nunca serán famosos. No podrán competir con Cristiano Ronaldo, Donald Trump o Lady Gaga, pero su influjo positivo es el que nos ayuda a mantenernos vivos. 

jueves, 31 de octubre de 2019

Todos somos misioneros

Termina el Mes Misionero Extraordinario. Es probable que en algunas de vuestras parroquias y comunidades haya tenido un cierto impacto, mientras que en muchas otras quizás ha pasado bastante desapercibido. No es fácil ser misionero hoy. Para muchas personas, la palabra misma -misionero- se refiere solo a algunos hombres y mujeres (sacerdotes, religiosos o laicos) que se van a países lejanos para trabajar por los demás. Algunos de mis amigos me han dicho que les gustaría tener una “experiencia misionera”. Por las explicaciones que luego añaden, creo que se refieren a un período de tiempo en un país extranjero en el que puedan hacer algo por los demás. En este caso, experiencia “misionera” equivale más bien a experiencia de “voluntariado”. 

Para muchos, un poco confusos en el ámbito religioso, la solidaridad es el nuevo nombre de la misión. Construir un pozo de agua potable, un dispensario médico o una escuelita rural son algunos de los sueños de estas personas que tienen un corazón solidario y que no quisieran morirse sin haber hecho algo “especial” por las personas más necesitadas. Para ellas, las obras constituyen la mejor credencial de una conciencia humanitaria. No suelen hablar de Jesucristo, aunque no dudo de que en muchos casos testimonian mejor el núcleo del Evangelio (es decir, el amor) que aquellos que lo llevan en los labios, pero no lo refrendan con sus obras. Admiro a estos amigos solidarios, pero ¿es esto, sin más, lo que la Iglesia entiende por misión? ¿Se puede ser “misionero” sin una experiencia de fe en Jesús y sin la llamada a ser sus testigos?

La cuestión nos lleva lejos. Antes del Concilio Vaticano II, los misioneros católicos tenían las ideas bastante claras. Debían predicar el Evangelio, suscitar la conversión de las personas a Cristo y bautizar a todos “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Era el único camino para conseguir la salvación. Se explica así el extraordinario celo de tantos misioneros que no ahorraron sacrificios para llegar hasta donde nadie había llegado. ¡Era un asunto de vida o muerte! Por supuesto que el anuncio del Evangelio iba acompañado por obras de promoción social en el campo educativo, sanitario, cultural, etc., pero el punto de partida y de llegada era siempre la proclamación y el reconocimiento de Jesucristo como Salvador del mundo. Claret mismo se movía en este horizonte cultural y teológico. ¡Y no digamos Francisco Javier y otros grandes misioneros!

El Concilio Vaticano II (1962-1965) nos abrió una nueva perspectiva que llevaba décadas gestándose. En la constitución Lumen Gentium (Luz de los pueblos) leemos: “Quienes, ignorando sin culpa el Evangelio de Cristo y su Iglesia, buscan, no obstante, a Dios con un corazón sincero y se esfuerzan, bajo el influjo de la gracia, en cumplir con obras su voluntad, conocida mediante el juicio de la conciencia, pueden conseguir la salvación eterna. Y la divina Providencia tampoco niega los auxilios necesarios para la salvación a quienes sin culpa no han llegado todavía a un conocimiento expreso de Dios y se esfuerzan en llevar una vida recta, no sin la gracia de Dios. Cuanto hay de bueno y verdadero entre ellos, la Iglesia lo juzga como una preparación del Evangelio y otorgado por quien ilumina a todos los hombres para que al fin tengan la vida” (n. 16). 

Este párrafo me parece extraordinariamente luminoso y abierto, pero dio alas también a quienes dejaron de referir la misión a Cristo. Si basta seguir la voz de la conciencia y llevar una vida recta para obtener la salvación, ¿qué sentido tiene “molestar” a los creyentes de otras religiones o a los ateos e indiferentes con el anuncio del Evangelio de Jesucristo? Algunos misioneros dejaron de invitar a la conversión y de bautizar y empezaron a modular la misión como ayuda para vivir con profundidad las propias convicciones o como solidaridad con los más necesitados. Se convirtieron en verdaderos defensores de las religiones y culturas tradicionales porque les parecía que era el mejor modo de respetar los distintos cauces que Dios había empleado a lo largo de la historia para revelarse a la humanidad. Privilegiar el cauce cristiano se antojaba un ejercicio de prepotencia intelectual y casi de miseria moral. 

¿Dónde nos encontramos hoy? Me parece que hoy ha habido un claro desplazamiento de “nuestra” misión a “la misión de Dios”. No se trata de que nosotros hagamos esfuerzos titánicos por salvar al mundo empecatado de pies a cabeza, sino que colaboremos en la misión de Dios. Él, a través de su Espíritu, está llegando de modos diversos al corazón de todos los seres humanos porque, como buen padre, “quiere que todos los hombres sean salvados” (1 Tim 2,4).  Ningún ser humano queda excluido de su amor. A los cristianos nos convoca a ser testigos de este amor manifestado en Cristo porque “con mucha frecuencia los hombres, engañados por el Maligno, se envilecieron con sus fantasías y trocaron la verdad de Dios en mentira, sirviendo a la criatura más bien que al Creador (cf. Rm 1,21 y 25), o, viviendo y muriendo sin Dios en este mundo, se exponen a la desesperación extrema. Por lo cual la Iglesia, acordándose del mandato del Señor, que dijo: «Predicad el Evangelio a toda criatura» (Mc 16,15), procura con gran solicitud fomentar las misiones para promover la gloria de Dios y la salvación de todos éstos” (Lumen Gentium 16). La perspectiva se enriqueció posteriormente con la exhortación apostólica de Pablo VI Evangelii nuntiandi (1975), la encíclica de Juan Pablo II Redemptoris missio (1990) y la exhortación apostólica de Francisco Evangelii gaudium (2013), más cercana a nosotros.

Ser testigos de Jesucristo, anunciándolo con nuestro estilo de vida y con la palabra, es participar de modo activo en la misión de Dios. No supone ninguna invasión de la libertad humana, sino una invitación a descubrir en Jesús la revelación plena de un amor que los seres humanos experimentamos parcialmente a través de otras muchas mediaciones. Para hacer esto, no necesitamos viajar a un país lejano o hacer obras extraordinarias. La autenticidad de la propia vida se convierte en el anuncio más creíble y gozoso. En este sentido, todos los cristianos somos misioneros.

miércoles, 30 de octubre de 2019

El amor es exagerado

Me llaman de recepción a eso de las 11 de la mañana de ayer. Me dicen que abajo me espera un alemán que quiere hablar conmigo. No tenía concertada ninguna cita para esa hora. Bajo desde mi despacho a la planta principal. Veo a un alemán enorme de unos 50 años. Viene en manga corta. Está sudoroso. A su lado veo a una señora de más de 80 años sentada en una silla de ruedas. No conozco a ninguno de los dos. No sé por qué están aquí. El alemán me dice, en una mezcla de alemán e inglés rudimentario, que viene a traerme un calendario que le ha dado para mí Alois, un claretiano de Mühlberg, a quien sí conozco bien. Esto me tranquiliza. Veo, por lo menos, un punto de contacto. La sorpresa vino a continuación. Con su lenguaje torpe, me dice que ha venido desde el Vaticano caminando, sirviéndose de las indicaciones de Google Maps. A buen paso, yo suelo tardar unos 45 minutos de mi casa hasta San Pedro. No quiero ni imaginarme lo que supuso para este fornido alemán empujar la silla de ruedas de su anciana madre por las aceras agujereadas de Roma, escalar la colina de Parioli y sortear las infinitas motos que hacen del tráfico de esta benedetta ciudad una experiencia caótica y peligrosa. Y todo, bajo un fuerte sol otoñal. Naturalmente, les invité a descansar un rato y tomar algo. Y luego los llevé de vuelta a los alrededores del Vaticano en uno de los coches de casa.

Esta historia es una simple anécdota, pero tiene su moraleja. Cuando le pregunté a Svan –así se llama este alemán robusto, conductor de camiones– por qué había realizado ese tremendo esfuerzo, me respondió a base de gestos algo parecido a esto: “Cuando yo era pequeño, mi madre cuidó de mí y me paseaba en el cochecito de bebé. Justo es que ahora yo la lleve a ella, anciana y enferma, en su silla de ruedas”. No solo hizo el recorrido a pie del Vaticano a mi casa, sino que antes se había arriesgado a viajar con su madre en coche desde Alemania a Roma. Ambos son católicos. No es la primera vez que hacen este viaje. Para ellos es importante confesar la fe ante las tumbas de los apóstoles Pedro y Pablo. Me quedé sin palabra. A menudo no hacemos muchas cosas que nos parecen importantes por no cargar con el peso de sus consecuencias. Svan no dudó en asumir los muchos inconvenientes que tiene viajar con una persona anciana y con problemas de movilidad. Es fuerte, tiene mucha paciencia y sentido del humor, sabe conducir bien, pliega y despliega la silla de ruedas con destreza, pero, sobre todo, demuestra mucho amor. Me di cuenta de que sería capaz de hacer cualquier cosa por su anciana madre. Esto es lo que me llegó al alma.

Hoy nos hemos vuelto demasiado calculadores. Nos gusta hacer el bien, pero hasta un cierto punto. Procuramos ayudar a los demás, pero sin que esto trastorne mucho nuestro estilo de vida. Queremos atenernos a nuestros horarios, costumbres, presupuestos, etc. porque esto nos da seguridad. Todo lo que signifique salirnos de ahí nos incomoda. A veces, en un gesto de generosidad, lo hacemos, pero un poco a regañadientes, como quien concede algo que no se debe repetir. Quizás por esto, porque vivimos en un contexto de comodidad e individualismo, me sorprendió tanto la actitud de Svan. Fue capaz de hacer 6 kilómetros a pie empujando la silla de ruedas de su anciana madre… simplemente para entregar un calendario de pared del año 2020. Me hizo recordar a la mujer que derramó un perfume de nardo sobre los pies de Jesús. El amor es exagerado, imprudente, excesivo. Donde hay siempre cálculo y medida, el amor no fructifica. Se queda en el nivel de la cortesía. Creo que necesitamos muchas personas como Svan, dispuestas a entregarse sin medida. Dios sabe recompensar a su manera a quien se entrega porque, en el fondo, Dios es así: derrochador, sobreabundante, infinito. Jesús lo dice con ejemplos prácticos: Si alguien te obliga a caminar un kilómetro con él, camina dos. Y si alguno te fuerza a llevar una carga a lo largo de una milla, llévasela durante dos (Mt 5,41). Pues eso.

martes, 29 de octubre de 2019

Creer a los 30 (y más)

El pasado domingo estuve conversando un buen rato con un viejo amigo de la infancia, hoy obispo. Me contó la historia de algunas “conversiones” de las que él ha sido testigo. La que más me llamó la atención fue la de un joven psiquiatra. Agnóstico declarado, experto en descifrar todo desde claves psicoanalíticas, sintió que el mundo se le venía abajo cuando por casualidad visitó un monasterio. Allí no se dio ningún proceso de lenta maduración intelectual. Todo sucedió de golpe, como si la gracia de Dios lo hubiera conquistado. Mi amigo me decía que esta conversión se parecía mucho a la de Manuel García Morente.

Creo que no hay dos historias iguales. Con la fe sucede lo mismo que con el enamoramiento. Hay personas que la van descubriendo poco a poco, con continuos viajes de ida y vuelta, y personas que en un momento dado se sienten arrebatadas, enamoradas, sin saber por qué ni cómo. Lo único que saben es que ya no pueden vivir de la misma manera, que todo adquiere un nuevo significado. Estas historias siguen sucediendo hoy. Cada vez me encuentro con más personas que no fueron bautizadas de niños, que han vivido en el seno de familias no creyentes (hijos de la generación de padres “secularizados”) y que luego, por las avatares de la vida, sin que medie el influjo familiar, van descubriendo las huellas del misterio de Dios y la fuerza atractiva de Jesús y su Evangelio.

¿Cómo se acompaña a una persona que con 20, 30 o 40 años descubre (o redescubre) la fe y quiere hacer un camino de transformación personal? Muchas de nuestras parroquias y comunidades cristianas no están preparadas para estos nuevos itinerarios. Hay mucha experiencia en las catequesis prebautismales, de primera comunión, de confirmación, etc., pero muy poca en itinerarios de fe para jóvenes y adultos que quieren incorporarse a la Iglesia. A veces, se resuelven estas peticiones de una manera superficial, casi mecánica, con lo que dejan a los neoconversos con una gran insatisfacción. Algunos se preguntan si ha merecido la pena dar el paso cuando se encuentran con comunidades que no están preparadas para acogerlos, que no vibran con su emoción y que no tienen mucho que ofrecerles, salvo un estilo de vida un poco rutinario. Los “viejos cristianos” tendríamos que dar gracias a Dios porque su Espíritu sigue suscitando el don de la fe en personas que nunca hubiéramos imaginado a través de mediaciones que escapan a nuestro control. Quienes descubren la fe a la altura de los 20, 30 o 40 años no suelen hacerlo por nuestras catequesis, publicaciones o planes pastorales. Son fruto de la sorprendente gracia de Dios que actúa como y donde quiere. Como leemos en los Hechos de los apóstoles, “el Señor añadía cada día al número de ellos los que iban siendo salvos” (2,47). Es una iniciativa de Dios, no el resultado de nuestras estrategias.

Es verdad que una gran mayoría de jóvenes europeos no creen en Dios o se sienten muy alejados de la Iglesia. Pero es igualmente verdad que hay muchas historias –la mayoría de ellas desconocidas– de jóvenes adultos que se encuentran con Jesús y abrazan la fe. Necesitamos tomar conciencia de este hecho y ser imaginativos a la hora de poner en marcha una nueva pastoral que acompañe esta novedad del Espíritu. Sé que algunos jóvenes lectores de este Rincón pertenecen a este grupo. A ellos, de manera especial, quisiera decirles que me alegro mucho de se hayan encontrado con Jesús porque, por muchas vueltas que dé la vida, nunca se van a sentir defraudados. Me gustaría que pudieran encontrar a otros cristianos (sacerdotes o no) que tengan la paciencia y el ánimo para escuchar sus preguntas, dudas, emociones y sugerencias.

Les diría también que se dejen acompañar por personas expertas. Muchas veces el entusiasmo de primera hora es emocionalmente muy fresco e intenso, pero también superficial, demasiado expuesto al cansancio y a las tentaciones. Necesita echar raíces para que pueda dar frutos duraderos. Uno de los elementos que más ayuda a consolidar la fe inicial es una experiencia de oración humilde, sostenida en el tiempo y alimentada con la meditación de la Palabra de Dios. El otro es la pertenencia a una comunidad en la que se pueda compartir la fe, cultivar la formación permanente, celebrar la Eucaristía y tener un compromiso de servicio a los más necesitados. No es fácil encontrar este tipo de comunidades vivas, pero existen. Quien busca, encuentra; a quien llama, se le abre. Hay una fe fresca que se debe acoger con gratitud.