Mostrando las entradas para la consulta thomas merton ordenadas por fecha. Ordenar por relevancia Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas para la consulta thomas merton ordenadas por fecha. Ordenar por relevancia Mostrar todas las entradas

sábado, 12 de agosto de 2023

Subida al pico Urbión


Si el miércoles fue el día dedicado a navegar por el “mar” de Vinuesa, hoy sábado ha sido el día de subida al pico Urbión (2.228 metros), el Sinaí de la comarca de Pinares. Nos hemos puesto en marcha a las 7 de la mañana, poco después del amanecer. Los aguerridos montañeros, cargados con nuestras mochilas livianas, éramos cuatro (o cinco): mi hermano Juan Carlos, mis sobrinos Lucía (13 años) e Iker (8 años) y Pancho (su perro bodeguero). De los cinco, el más intrépido ha sido, sin duda, el perro. Hemos subido en coche hasta Duruelo de la Sierra. Allí nos hemos encontrado con un amigo de mi hermano. Juntos hemos continuado en coche por un camino forestal hasta el comienzo de la senda que asciende hasta el pico por el flanco norte.


Durante hora y media hemos ido zigzagueando por paisajes impresionantes.
Al final, cercanos a la cima, el sendero se vuelve empinado y hasta peligroso. Hay que abrirse camino entre rocas y evitar los precipicios. En la cima del pico hay una pequeña cruz de hierro. Desde ella se divisa en una panorámica de 360 grados un paisaje sobrecogedor. Como el día era claro, hemos podido contemplar las montañas circundantes acariciados por una brisa fresca que atemperaba la fuerza del sol.


Hemos estado pocos minutos en la cumbre. Enseguida hemos comenzado el descenso por un camino diferente, el que conduce al nacimiento del río Duero. Este río ibérico tiene 867 kilómetros de largo. Nace en el término municipal de Duruelo de la Sierra y desemboca en la bella ciudad portuguesa de Oporto. En su comienzo es apenas un regatillo transparente y fresco. En su final es un río anchuroso y bien abastecido. Unos pocos metros más abajo hemos hecho un alto para almorzar. Necesitábamos reponer fuerzas después de una considerable caminata, con ascensos y descensos muy notables. 


Protegidos del sol por una gran roca y contemplados por algunas cabras que saltaban de risco en risco, hemos dado cuenta de las viandas que llevábamos en nuestras mochilas: jamón, chorizo, salchichón, queso, avellanas, nueces y fruta fresca, Y, por supuesto, mucha agua para compensar la que habíamos perdido sudando. Durante el descanso hasta el lugar donde teníamos aparcado el coche he notado que las rodillas acusaban el esfuerzo. Serpeando entre recios pinos, hemos alcanzado nuestro objetivo. Un buen café en Duruelo ha puesto punto final a la aventura sabatina. A mediodía, cuando el sol calienta fuerte, estábamos ya de regreso en casa.


Hacía varios años que no subía a nuestro particular Sinaí. De joven ataqué varias veces el pico desde diferentes flancos, normalmente desde la Laguna Negra, pero también por el camino que nace en Covaleda. Incluso he llegado a acampar en los alrededores cuando todavía no estaba prohibido. Pasados los años, noto que no subo con tanta alegría como entonces, pero he disfrutado de la experiencia. Todo el esfuerzo se da por bien empleado ante el placer de contemplar un paisaje único y de respirar el aire de la sierra. 


Es muy difícil no ser un hombre espiritual cuando se asciende una montaña. Juan de la Cruz diseñó su itinerario espiritual como la Subida al Monte Carmelo. La autobiografía de Thomas Merton lleva por título La montaña de los siete círculos. La Biblia está llena de “teofanías” ligadas a diversos montes. Puede que un montañero no sea creyente en Dios, pero es difícil que no sea una persona espiritual. De vez en cuando, subir del valle a la cumbre nos ayuda a levantar el vuelo, a no estar atrapados por los problemas que nos agobian.



martes, 1 de febrero de 2022

Se nos ha ido un ángel


El próximo 9 de febrero hubiera cumplido 92 años. Tenía la misma edad que mi padre. Pero murió ayer, memoria de san Juan Bosco, y será incinerado hoy, memoria de los Beatos Mártires Claretianos. No puedo participar en su funeral porque dentro de unas horas salgo para Roma. Lo siento muchísimo. Con él compartí, día a día, una aventura apasionante durante el decenio 1992-2002. Se llamaba Ángel Sanz Arribas. Era misionero claretiano. Hacía honor a su nombre porque era un verdadero ángel, un enviado. Su biografía podría titularse, parafraseando la famosa obra de Peter Berger, Rumor de ángel. Pasó por la vida de puntillas, haciendo el menor ruido posible. 

Ocupaba el primer puesto de una familia de siete hijos: un laico y seis hermanos religiosos (dos claretianos, dos claretianas y dos jesuitinas). Una de las hermanas claretianas que vivía en Polonia se le adelantó hace años en el camino hacia la casa del Padre. Era segoviano, que es lo mismo que decir castellano enjuto y universal. Física y espiritualmente fino. Por su aspecto físico esquemático, algunos lo comparaban con Pedro Casaldáliga. Ambos han muerto casi a la misma edad. La menudencia corporal de Ángel parecía insuficiente para albergar una espiritualidad tan recia como la suya. Una neumonía bilateral provocada por el Covid ha acabado con su “frágil salud de hierro” en un hospital de la periferia madrileña. 

¿Qué puedo decir de él? Con Ángel aprendí muchas cosas en el largo tiempo de convivencia comunitaria y trabajo compartido. La que más me impactó siempre es que era un hombre de fe y de oración. Parecía respirar en Dios. Algunos de sus libros -El alzar de las manos. Parábolas, oraciones y subsidios (1995) o Cosas del Padre Abad. Para una espiritualidad narrativa (2020)- dan prueba de su honda espiritualidad. No hay que dar por supuesto que un religioso sea una persona religiosa. En el caso de Ángel era evidente. Había nacido en una familia cristiana. Para él -como para Claret- Dios era suficientísimo. Por eso, le dolía tanto que muchas personas no pudieran experimentar el amor de Dios y se abandonaran al ateísmo práctico. Siempre se las ingeniaba para encontrar vías de acceso.

Es difícil imaginar que un misionero como él fuera durante un par de años (1960-62) capellán militar en Melilla. De su buen hacer con los soldados dan testimonio algunas amistades que conservó hasta el final. Luego hizo muchas otras cosas a lo largo de su dilatada vida. Estudió Ciencias de la Educación en Salamanca y Música Gregoriana en Madrid. Fue profesor, formador, hombre de gobierno, músico, director de la revista Iris de Paz, escritor, capellán de la Adoración Nocturna y, sobre todo, animador de retiros y ejercicios espirituales. 

Su atención al detalle, tanto en la música como en la literatura o la maquetación de un artículo, podía hacerlo a veces un tanto puntilloso. Él mismo se daba cuenta de su tendencia al perfeccionismo y reculaba sin contemplaciones impulsado por su fino sentido del humor. Su capacidad para el análisis era tanta como su propensión al despiste. Abundan las anécdotas. Recuerdo, entre tantas, el día en que casi perdimos el vuelo Madrid-Roma con la compañía tailandesa Thai porque había olvidado su billete en casa. Corría el año 1989. Entonces no existían las facilidades digitales con que contamos hoy.

Era también un gran contador de historias que siempre sazonaba con un humor inteligente. No en vano admiraba a los escritores de la revista satírica La Codorniz, “la revista más audaz para el lector más inteligente”. Le gustaba jugar con las palabras, como cuando repetía aquello de que “todas las mujeres avanzaron como un solo hombre” o el despropósito estadístico de aquel grupo en el que “el 90% pensaba una cosa y el otro 90% la contraria”, sin olvidar aquello de que “el soldado con una mano empuñaba la espada y con la otra decía…”. Lo del enfoque narrativo del que hoy tanto se habla lo traía de fábrica. Por eso, le gustaban tanto las parábolas antiguas y modernas.

Con él aprendí que las cosas negativas no se esperan, se temen. Uno no espera que sobrevenga una guerra, un huracán o una pandemia. Espera que haga buen tiempo, nazca un hijo o lleguen las vacaciones. Exigente en los ideales, tenía una enorme capacidad para comprender las debilidades humanas, y, sobre todo, exhibía una tierna actitud compasiva. Quizás por eso admiró tanto al hermano claretiano Jesús Hernández (1908-1995), apóstol de los enfermos, del que escribió una semblanza biográfica titulada Pequeña historia de un buen samaritano: H. Jesús Hernández (1998). Un año después escribió una obrita sobre el fundador de los claretianos: Apóstol de fuego. San Antonio María Claret (1999). Era claretiano hasta la médula. Vibraba con el Corazón de María. La figura de san Antonio María Claret le fascinaba. No sé si tuvo la oportunidad de ver la película Claret antes de morir. Me hubiera gustado mucho haber conocido su opinión.

Mantuve con él tantas horas de agradable conversación que me resulta imposible hacer un somero balance. Con él, las conversaciones siempre eran “generativas”, como se dice ahora. Alumbrábamos ideas nuevas. Juntos dimos cursos de formación en Madrid y Roma y, sobre todo, organizamos el proyecto de renovación claretiana llamado La Fragua. Eso nos exigió hablar con muchas personas, leer sobre experiencias semejantes y, sobre todo, articular pedagógicamente (¡él era un gran pedagogo!) un itinerario que aunase algunas experiencias humanas básicas para un misionero y sus raíces espirituales. Ángel demostraba entonces una apertura admirable y una curiosidad infantil. Todo le interesaba. Devoraba los periódicos y buscaba como un sabueso lo que podría ayudarnos a salir de la modorra. Estaba siempre dispuesto a acoger lo mejor, viniese de los jesuitas, de los maristas, del monasterio de Buenafuente del Sistal, de los Focolares (visitamos Loppiano en más de una ocasión) o de la teología de la liberación. 

Esto lo hacía un hombre de diálogo, de esos que no apagan nunca el pábilo vacilante, que siempre encuentran motivos para seguir esperando a pesar de los pesares. No era un intelectual al uso. Su gran preocupación era pastoral, llegar al corazón de la gente. Tanto sus artículos como sus homilías (o como el tríptico que repartió en el tanatorio de la M-30 de Madrid) tenían siempre un tono existencial, poético. Le gustaba más sugerir que pontificar. Bebía en santos como Juan de la Cruz o Charles de Foucauld, pero admiraba también a escritores como José María Cabodevilla, José Luis Martín Descalzo, Henri Nouwen o Tony de Mello. Su libro Nube de testigos (2013), prologado por el obispo Pedro Casaldáliga, es una colección de cartas a personas tan variadas como el cardenal Newman, Thomas Merton, García Morente, Roger Schutz, Edith Stein, Julián Marías o León Felipe.

Desde que yo me fui a Roma en octubre de 2003 nuestros contactos han sido esporádicos, aunque nos hemos escrito de vez en cuando y siempre he recibido un ejemplar dedicado de los libros que iba escribiendo. La última vez que lo vi en Colmenar Viejo (ciudad en la que ha pasado los últimos 30 años de su vida) lo encontré muy envejecido, pero siempre con su actitud positiva y esperanzada, muy interesado por la marcha de la congregación claretiana en el mundo (otra de sus numerosas preocupaciones) y agradecido por todo. 

Confieso que con personas como él es más fácil creer que existe Dios, que los seres humanos somos radicalmente buenos y que el bien siempre acaba triunfando. Se nos ha ido un ángel. Contamos con un intercesor. Gracias por todo, amigo y hermano. Descansa en paz.

En la muerte de un hermano

(Oración tomada del libro El alzar de mis manos, escrito por el P. Ángel Sanz, CMF)

Señor Jesús,
que eres Dios y conoces todas las cosas,
que eres hombre y has vivido
tu propia muerte en la cruz;
tú que lloraste la ausencia de un amigo,
a quien amabas entrañablemente,
comprendes hoy el dolor de nuestra comunidad
-de cada uno de nosotros-
ante la muerte de nuestro hermano Ángel.

Nos conforta tu presencia y tu testimonio
y nos ilumina tu palabra,
que es palabra de vida,
de esperanza cierta en la resurrección.

Tú eres la resurrección y la vida:
el que cree en ti,
aunque haya muerto, vivirá.
Nuestro hermano Ángel creyó en ti
y esperamos que cumplas en él tu promesa,
fiados en tu infinita misericordia.

También nosotros creemos en ti, Señor,
tu Pascua nos permite pregustar
el gozo de nuestra propia pascua.

Haz que mientras permanecemos en este mundo,
sepamos ser como el grano de trigo
que cae en tierra y muere
para dar fruto abundante:
el fruto de la vida,
que eres tú, Cristo resucitado,
profecía y testimonio del hombre nuevo.

Te lo pedimos confiadamente
por intercesión de María,
nuestra madre,
a ti que vives y reinas
por los siglos de los siglos. Amén.

martes, 16 de marzo de 2021

Nunca me dejarás solo

Las aguas políticas bajan revueltas en España. Cada día nos llevamos un nuevo sobresalto. Por si la pandemia no fuera suficiente, añadimos otros ingredientes de riesgo. Está claro que nos gustan las emociones fuertes. En Italia empezamos ayer un nuevo confinamiento que durará hasta el 6 de abril. Personalmente no lo noto demasiado porque me he acostumbrado en el último año a trabajar en casa. 

Mientras, la Cuaresma sigue su ritmo. Yo aprovecho un tiempo antes de dormir para releer La montaña de los siete círculos, la célebre obra autobiográfica de Thomas Merton (1915-1968). Me sorprenden muchos de sus análisis sobre la crisis de los años 30 del siglo pasado porque arrojan mucha luz sobre lo que nos está pasando hoy. Merton es particularmente agudo cuando desenmascara las falacias de su impostado comunismo juvenil. Lo que más me atrae, sin embargo, es su tortuoso proceso de conversión al catolicismo. Su experiencia ha iluminado a muchas personas que en las últimas décadas se han preguntado a fondo por el sentido de la vida. Me gusta el camino de Merton porque no es rectilíneo. Está lleno de curvas y accidentes. Refleja la compleja experiencia espiritual de un hombre del siglo XX. Murió con solo 53 años. No sé qué rumbo hubiera tomado su vida de haber vivido hasta los 80 o 90 años.

Buceando en los archivos de nuestra Curia General, me he encontrado con dos cartas que Thomas Merton escribió al claretiano Arcadio Larraona desde la abadía trapense de Kentuchy, Estados Unidos. Están escritas en francés (lengua que Merton dominaba) y a máquina. La primera está datada el 17 de febrero de 1954. En ella le pide al P. Larraona (entonces Secretario de la Congregación de Religiosos) que le escriba un prólogo para la edición italiana de su obra The Ascent to Truth (Ascenso a la verdad). Entre otras cosas, le dice: « J’espère que comme compatriote de Saint Jean de la Croix vous n’hésiterez pas à lui concéder le titre par excellence de Docteur Mystique pour toute l’Eglise » (Espero que como paisano de San Juan de la Cruz no dudéis en concederle el título por excelencia de Doctor Místico para toda la Iglesia). De hecho, San Juan de la Cruz había sido ya declarado Doctor de la Iglesia por Pío XI en 1926. El P. Larraona accedió a escribir el prólogo de la edición italiana de la obra de Merton, texto que también se conserva en nuestros archivos. 

Hay otra carta del 24 de agosto de 1955, en la que Merton le expone la crisis personal que estaba viviendo y le solicita algunas clarificaciones. El P. Larraona le responde en italiano (lengua que también Merton conocía) con otra carta de dos páginas. Como dato curioso, introduce en ella dos citas en castellano de San Juan de la Cruz, a quien Merton admiraba mucho, como se ha podido comprobar en la carta anterior. Son dichos muy conocidos: “Si santo has de ser, los frailes te han de hacer” y “Hombres dejé, hombres encontré”. Con ellas quería hacerle ver que la vida comunitaria no siempre es el lugar idílico que uno imagina, sino un verdadero taller en el que tenemos que aprender a asumir las propias limitaciones y las de los demás. 

Si a veces nos sentimos desorientados en nuestro camino cuaresmal, nos puede ayudar esta oración escrita por el propio Thomas Merton. Es una fuerte invitación a la confianza porque el Señor siempre está con nosotros. 


ENGLISH

ESPAÑOL


My Lord God,

I have no idea where I am going.

I do not see the road ahead of me.

I cannot know for certain where it will end.

nor do I really know myself,

and the fact that I think I am following your will

does not mean that I am actually doing so.

But I believe that the desire to please you

does in fact please you.

And I hope I have that desire in all that I am doing.

I hope that I will never do anything apart from that desire.

And I know that if I do this you will lead me by the right road,

though I may know nothing about it.

Therefore, will I trust you always though

I may seem to be lost and in the shadow of death.

I will not fear, for you are ever with me,

and you will never leave me to face my perils alone.



Dios mío,

no tengo ni idea de a dónde voy.

No veo el camino que tengo por delante.

No puedo saber con certeza dónde terminará.

ni tampoco me conozco a mí mismo,

y el hecho de que crea que estoy siguiendo tu voluntad

no significa que realmente lo esté haciendo.

Pero creo que el deseo de complacerte

de hecho, te complace.

Y espero tener ese deseo en todo lo que hago.

Espero no hacer nunca nada fuera de ese deseo.

Y sé que si lo hago tú me guiarás por el camino correcto,

aunque yo no sepa nada de él.

Por eso, confiaré siempre en ti, aunque

aunque parezca que estoy perdido y en la sombra de la muerte.

No temeré, porque tú estás siempre conmigo

y nunca me dejarás solo ante mis peligros.

 

 

jueves, 3 de diciembre de 2020

El día de Dorotea

Ya sé que hoy es la fiesta del gran misionero san Francisco Javier al que sus paisanos navarros veneran con gran devoción. Me he referido a él en varias ocasiones en este Rincón porque para mí representa un ejemplo de audacia misionera. Sin embargo, este año prefiero fijarme en una figura femenina más desconocida, al menos en ambiente hispanohablante, no así en el anglosajón. Me refiero a Dorothy Day, fallecida hace 40 años, concretamente el 29 de noviembre de 1980, en Nueva York, la ciudad de su vida. Quienes saben inglés enseguida habrán adivinado que en el título de la entrada de hoy me he permitido jugar con su nombre: Dorothy Day (el día de Dorotea). Quiero escribir algo sobre una mujer excepcional, compleja, discutida, igual que en otras ocasiones he escrito sobre Thomas Merton (estadounidense), Charles de Foucauld (francés) o Carlo Acutis (italiano), por recordar solo unos pocos ejemplos. Estoy convencido de que el Evangelio se transmite, sobre todo, a través del contagio de quienes lo han hecho vida. Dorothy Day rompe los moldes ordinarios de la santidad. Fue una gran enamorada de Cristo en un contexto en el que era muy fácil, casi obligado, renegar de él. Conociendo algo su historia, podemos adivinar hasta qué punto fue una cristiana típica del siglo XX.

Dorothy nació en Brooklyn-Nueva York el 8 de noviembre de 1897 en el seno de una humilde familia protestante. Con ayuda de una beca comenzó a estudiar en la universidad de Illinois y se afilió al Partido Socialista americano. Al cabo de dos años abandonó los estudios y se puso a trabajar como periodista cubriendo asuntos sociales, a los que siempre fue muy sensible. Creyó ingenuamente que la revolución bolchevique de 1917 significaría también la derrota de la clase dominante de Estados Unidos. Trabajó luego como enfermera al final de la Gran Guerra y durante la famosa “gripe española” (1918)... ¡y hasta como modelo para los estudiantes de arte! Se casó con el filántropo anarquista Forster Buttermann con el que tuvo una hija. En este tiempo se convirtió al catolicismo y se separó de su marido debido a que no compartían las mismas ideas, aunque siempre siguió queriéndolo. La Gran Depresión de 1929 produjo en Estados Unidos un desempleo sin precedentes. Muchos trabajadores vivían en la miseria. En ese contexto, Dorothy conoció a Peter Maurin con quien fundó el periódico “El trabajador católico”, que en poco tiempo logró una gran difusión y fue inspirador de numerosas iniciativas en favor de los más desfavorecidos. En él denunciaban la opresión a la que era sometida la clase trabajadora. En 1952 publicó su autobiografía titulada Loneliness (La larga soledad). En ella escribe: “Cuando muera espero que la gente diga que traté de recordar lo que Jesús nos dijo - sus maravillosas historias - y traté de vivir de acuerdo a su ejemplo y también siguiendo la sabiduría de escritores y artistas como Dickens, Dostoievski y Tolstoi, que vivieron siempre pensando en Jesús”.

A la poliédrica Dorothy Day se la ha llamado de muchas maneras: periodista radical, anarquista, feminista, activista libertaria, bohemia, pero también convertida, mística, profetisa... Para el historiador David O' Brien, es “la figura más importante, interesante e influyente en la historia del catolicismo americano”. ¡Hasta el FBI la consideró peligrosa! Era muy crítica del capitalismo y también del comunismo estatalista, aunque mostró al principio algunas simpatías hacia la revolución cubana. Se guiaba, sobre todo, por la doctrina de la Iglesia, en particular por las encíclicas sociales de Juan XXIII y Pablo VI.  Murió a los 83 años. Juan Pablo II la declaró Sierva de Dios en 1996. En el año 2000 se comenzó el proceso de beatificación en su diócesis neoyorquina. A ella se refirió el papa Francisco hace cinco años en su visita a Washington: “Su activismo social, su pasión por la justicia y la causa de los oprimidos estaban inspirados en el Evangelio, en su fe y en el ejemplo de los santos”.

Dorothy Day es probablemente la persona que mejor ha sabido aplicar las enseñanzas de la Iglesia sobre justicia económica y social en el contexto capitalista americano. Siempre se puso del lado de quienes no tenían trabajo ni techo.  Es si todavía la expresión significa algo noble una “cristiana social”; es decir, una enamorada de Jesucristo que se tomó muy en serio el espíritu de las Bienaventuranzas y trató de aplicarlo en su vida personal y en su compromiso social. Fue una cristiana “embarrada”, que salió de los ambientes confortables de un catolicismo de salón y se hizo popular. Tal vez cometió errores y exageraciones que nos desconciertan y hasta nos escandalizan, pero – como le gusta repetir al papa Francisco – es preferible una Iglesia que se accidenta por salir a los difíciles caminos de la vida, que una Iglesia neurótica por quedarse recluida en sus tranquilos cuarteles de invierno. Necesitamos cristianos arriesgados, amigos de las periferias y fronteras. 

martes, 3 de marzo de 2020

Pensamientos deshilachados

Poco a poco voy dominando el arte de conducir una silla de ruedas manual. Es el único ejercicio que puedo hacer en tiempo de reposo forzado. Participo en las reuniones del gobierno general, pero se me hacen interminables. No hay duda de que la virtud cuaresmal de este año será la paciencia. No deja de ser necesaria en tiempos de tanta aceleración como los nuestros.

Desde la escasa movilidad de una silla de ruedas sigo sin entender el ruido mediático en torno al famoso coronavirus. Solo fuertes intereses económicos pueden explicar tamaña desmesura. No quiero contribuir a engordarla con más reflexiones. Abundan demasiado en Internet, incluida la que ha hecho Antonio Spadaro, el director de la famosa revista La Civiltà Cattolica y que lleva por título La política del Coronavirus: activar los anticuerpos del Catolicismo.

El pasado día 1 murió Ernesto Cardenal, discípulo de mi admirado Thomas Merton y poeta de la revolución sandinista. No lo conozco suficientemente como para glosar su figura y mucho menos para esbozar una crítica. 95 años de vida compleja dan para más que la foto en la que Juan Pablo II, durante su visita a Nicaragua, le recrimina que forme parte del gobierno sandinista. Me gusta, por ejemplo, su reinterpretación del salmo 1:
Bienaventurado el hombre que no sigue las consignas del Partido
ni asiste a sus mítines
ni se sienta a la mesa con los gánsteres
ni con los Generales en el Consejo de Guerra.
Bienaventurado el hombre que no espía a su hermano
ni delata a su compañero de colegio.
Bienaventurado el hombre que no lee los anuncios comerciales
ni escucha sus radios
ni cree en sus slogans.
Será como un árbol plantado junto a una fuente.
La Cuaresma sigue su curso. Internet está saturado de propuestas para vivirla con más intensidad. Quizá lo más saludable es no perder demasiado tiempo en explorarlas. Cada uno sabemos de qué pie cojeamos. Basta ponerse delante de Jesús, contarle lo que nos pasa y sostener con calma su mirada. En ese diálogo visual suceden muchas cosas. Nos conocemos más y lo conocemos más. Hay una trasfusión de vida. Hacer de este diálogo una práctica diaria nos va cambiando más que todos los esfuerzos voluntaristas por ser mejores. La transformación personal no es tanto un cambio ético cuanto una revolución espiritual. Si nos vamos pareciendo a él, tendremos sus mismos sentimientos. Poco a poco, actuaremos como él. Aceptar con calma nuestra fragilidad será uno de los primeros signos de ese cambio. Solo se transforma lo que se acepta. Es verdad que hay que estar con un ojo pendiente de lo que pasa alrededor, pero no pasa nada si en Cuaresma dirigimos el otro ojo a nuestro interior. Cultivar la interioridad en tiempos de tantos estímulos externos es imprescindible para sobrevivir.

viernes, 18 de enero de 2019

La fuerza de un hombre libre

Como todos los años, hoy, 18 de enero, se comienza la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos. Quienes vivimos en un contexto dominado por el catolicismo no acabamos de experimentar en toda su crudeza el drama de la desunión, pero quienes viven en contextos multiconfesionales no comprenden por qué los seguidores de Jesús estamos separados en iglesias que, si bien se reconocen como hermanas, no expresan visiblemente su profunda unidad. Antes de que acabe esta semana, me gustaría volver sobre este asunto con más calma. Pero hoy pide paso otro distinto, aunque muy conectado. Uno de los hombres del siglo pasado que vivió en carne propia la pasión por el ecumenismo y, sobre todo, por el diálogo interreligioso, fue el monje trapense norteamericano Thomas Merton (1915-1968). Ayer precisamente tuve la oportunidad de escuchar una conferencia sobre él dentro del ciclo organizado por el instituto Claretianum de Roma. La pronunció el sacerdote milanés Mario Zaninelli, presidente de la Thomas Merton Society de Italia. 

Escuchándolo, recordé mi primer encuentro con este monje inspirador y un tanto transgresor. Fue el año 1980, cuando un compañero mío  filipino, estudiante de teología como yo, me regaló el libro Seeds of Contemplation (Semillas de contemplación), escrito por Merton. Todavía lo conservo en mi biblioteca personal. Habían pasado solo doce años desde la muerte de Merton en Bangkok mientras participaba en una conferencia monástica, pero su fama había decrecido. La herida que tenía en la parte posterior de la cabeza y el hecho de que, a pesar de las circunstancias, no se le practicara la autopsia, alimentaron todo tipo de conjeturas acerca de la verdadera causa de su óbito. Parece que murió electrocutado con un ventilador en la casita que habitaba, o a causa de un infarto fulminante, pero no faltan quienes piensan que fue asesinado por agentes de la CIA porque era una voz contraria a la intervención estadounidense en Vietnam. Sea como fuere, su voz, que había sido muy escuchada en los años 50 y 60 (algunos de sus libros fueron best-sellers en los Estados Unidos y muchos veteranos de la guerra se hicieron monjes debido a su fama), comenzó a apagarse. O quizás fue deliberadamente silenciada por las circunstancias de su muerte y por su enamoramiento de una de las enfermeras que lo cuidaba mientras estuvo enfermo. Lo cierto es que Merton entró en un periodo de hibernación del que, poco a poco, está saliendo.

Uno de los principales responsables de la recuperación de la figura de Merton es el papa Francisco. En su famoso discurso al Congreso de los Estados Unidos, en septiembre de 2015, el papa Francisco propuso a los ciudadanos de ese país cuatro modelos inspiradores: Abraham Lincoln, Martin Luther King, Dorothy Day y… Thomas Merton. De este último, trazó un retrato en pocas palabras: “Merton fue sobre todo un hombre de oración, un pensador que desafió las certezas de su tiempo y abrió horizontes nuevos para las almas y para la Iglesia; fue también un hombre de diálogo, un promotor de la paz entre pueblos y religiones”. Solo se comprende bien el alcance de este perfil cuando se conoce la agitada biografía de Merton, que murió con solo 53 años. Merece la pena leer su libro más famoso: La montaña de los siete círculos (The Seven Storey Mountain), publicado en 1948 y traducido a una treintena de lenguas. Es su autobiografía, publicada un año antes de su ordenación sacerdotal. No es fácil resumir una vida tan intensa como la suya. Basta decir que nació en Prades (Francia), de padre neozelandés y madre estadounidense, ambos artistas y un tanto extravagantes. Vivió en Francia, Inglaterra, Italia y, sobre todo, en los Estados Unidos. Se doctoró en Literatura inglesa en la Universidad de Columbia. En 1938 se convirtió al catolicismo. Tres años más tarde, entró en la abadía trapense de Gethsemani, en el estado de Kentuchy. Fue maestro de novicios y estudiantes, eremita, contemplativo, activista social, pacifista, enamorado del diálogo interreligioso, poeta, conferenciante y prolífico escritor. Murió en Bangkok, la capital de Tailandia. Su salud precaria y su genio indómito ponen el contrapunto a una figura que gozó de enorme popularidad después de la segunda guerra mundial.

¿Por qué Thomas Merton puede ser una figura inspiradora hoy? ¡Por el coraje de vivir de pie! ¿Por haberse atrevido a ser él mismo! ¡Por no sucumbir –como estamos haciéndolo hoy– a lo política o eclesiásticamente correcto!  Fue un contemplativo. Su profunda experiencia de Dios lo hizo un ser libre, sin que esto suponga necesariamente una gran perfección moral. De hecho, quienes vivían con él acusaban las consecuencias negativas de su carácter y de sus manías. Se atrevió a desnudar su alma sin disfrazarla demasiado con los ropajes de la piedad. Le enseñó al hombre moderno a no esconder sus fragilidades. Más aún: a descubrir a Dios en las propias heridas. Y –esto me llama particularmente la atención– tuvo la experiencia mística de descubrir que todo ser humano, sin excepción alguna, es siempre un hermano o una hermana. En línea con Emmanuel Lévinas, fue muy consciente de que el rostro humano es la ventana por la que accedemos a lo divino. Esto le hizo ver en cada hombre o mujer a una persona. Fue más allá de las etiquetas raciales, sociales y religiosas con las que nos distanciamos de quienes no son de nuestra cuerda. En fin, Thomas Merton puede inspirar un nuevo modo de situarnos en las sociedades interétnicas, multiculturales y plurirreligiosas. Por eso lo evoco hoy en este rincón.


jueves, 31 de agosto de 2017

La segunda (y, a veces, primera) conversión

Termina el mes de agosto, el mes de las vacaciones en Europa, también el mes de los grandes conversos, desde  Agustín de Hipona hasta Edith Stein. Se ha escrito mucho sobre los grandes conversos del siglo XX, personas que, desde el ateísmo, el agnosticismo u otras religiones y confesiones cristianas, abrazaron la fe católica. En el ámbito francés destacan Charles Péguy, Paul Claudel, Jacques Maritain, Gabriel Marcel, Max Jacob, Leon Bloy, Julien Green, Jean Cocteau, Alexis Carrel, Louis Bouyer, Jean-Marie Lustiger, etc. El clima de origen de casi todos los conversos franceses es el republicanismo radical típicamente francés, más o menos teñido de socialismo, según los casos. Son hijos tardíos de la ilustración laicista y anticlerical, que domina la mentalidad y las estructuras del Estado, y, de manera especial, la educación oficial, en los liceos y en las universidades. En Inglaterra, la figura más relevante del siglo XIX es el cardenal John Henry Newman, quien cuenta su conversión en su conocida obra Apologia pro vita sua. Él influyo en otros muchos conversos del siglo XX: G. K. Chesterton, C. S. Lewis (que escribió un bellísimo testimonio en su obra Cautivado por la alegría), Hugh Benson, Ronald Knox, novelistas como Graham Greene y actores como Sir Alec Guinness.

Entre los conversos norteamericanos destacan el trapense Thomas Merton, la activista Dorothy Day,  el jesuita y luego cardenal Avery Dulles (a quien pude conocer en Roma en mi época de estudiante de teología), Marshall McLuham, etc. En Alemania sobresalen los nombres de Erik Peterson y Heinrich Schlier, Peter Wust, Theodor Haecker, Edith Stein, Von Hildebrand, Ernst Jünger (premio Nobel de Literatura) y muchos otros. En el ámbito de habla española, por razones culturales y de otro tipo, no tenemos muchos grandes relatos de conversión. En nuestro ámbito escasean las grandes conversiones intelectuales, aunque sean frecuentes las conversiones de intelectuales. Uno de los más interesantes, desde el punto de vista intelectual, es el de Manuel García Morente, amigo y colaborador de Ortega y Gasset. Nos dejó un estupendo relato de su conversión (El hecho extraordinario), que podría ponerse dentro del grupo de los grandes relatos, junto a los de Chesterton o Lewis. Se pueden añadir los casos de la novelista Carmen Laforet, de la poetisa Ernestina de Champourcin, etc.

Estoy convencido de que nos hace mucho bien acercarnos al itinerario vital de estas personas. En ellas podemos ver reflejadas nuestras preguntas, dudas, incertidumbres, perplejidades… pero también nuestros deseos de sentido y plenitud. En torno a los 40-50 años, coincidiendo con la “crisis de realismo”, se suele producir en algunos creyentes una “segunda” conversión; es decir, una asunción personal de la fe que han profesado – a veces de manera muy superficial y rutinaria – desde niños y adolescentes. Jesús deja de ser un personaje del pasado para convertirse en Alguien con quien se establece una profunda relación personal. La Biblia, que parecía un libro hermético y anacrónico, comienza a “hablar”, como si Dios mismo se estuviera dirigiendo a la persona que la lee. El hombre o la mujer que experimentan esta “segunda” conversión se saben más limitados y pecadores que nunca, pero no buscan ya excusas ni justificaciones porque se saben aceptados como son en la gran misericordia de Dios. La vida es más dura que nunca, pero bañada por una alegría profunda que relativiza todo y se abre a la esperanza final. Se podría decir que la experiencia de la “segunda” conversión es, en el fondo, la experiencia de la gracia. Todo lo que somos nos es dado. Educados en una cultura del esfuerzo y del mérito, la gracia nos deja desarmados porque desplaza el centro del propio yo a Dios mismo. No se trata de que yo sea bueno o recto sino de que me abra con humildad al infinito amor de Dios hacia mí.

Junto a los conversos famosos, hay una pléyade de hombres y mujeres que, sin ser conocidos, en el anonimato de sus vidas calladas, han vivido experiencias de este tipo. Es probable que también se hayan producido entre los lectores de este Rincón. Os dejo con un testimonio reciente que puede ayudarnos. Es la historia del guitarrista y cantautor gallego Rubén de Lis.