
El próximo 9 de febrero hubiera cumplido 92 años. Tenía la misma edad que mi padre. Pero murió ayer, memoria de san Juan Bosco, y será incinerado hoy, memoria de los Beatos Mártires Claretianos. No puedo participar en su funeral porque dentro de unas horas salgo para Roma. Lo siento muchísimo. Con él compartí, día a día, una aventura apasionante durante el decenio 1992-2002. Se llamaba Ángel Sanz Arribas. Era misionero claretiano. Hacía honor a su nombre porque era un verdadero ángel, un enviado. Su biografía podría titularse, parafraseando la famosa obra de Peter Berger, Rumor de ángel. Pasó por la vida de puntillas, haciendo el menor ruido posible.
Ocupaba el primer puesto de una familia de siete hijos: un laico y seis hermanos religiosos (dos claretianos, dos claretianas y dos jesuitinas). Una de las hermanas claretianas que vivía en Polonia se le adelantó hace años en el camino hacia la casa del Padre. Era segoviano, que es lo mismo que decir castellano enjuto y universal. Física y espiritualmente fino. Por su aspecto físico esquemático, algunos lo comparaban con Pedro Casaldáliga. Ambos han muerto casi a la misma edad. La menudencia corporal de Ángel parecía insuficiente para albergar una espiritualidad tan recia como la suya. Una neumonía bilateral provocada por el Covid ha acabado con su “frágil salud de hierro” en un hospital de la periferia madrileña.
¿Qué puedo decir de él? Con Ángel aprendí muchas cosas en el largo tiempo de convivencia comunitaria y trabajo compartido. La que más me impactó siempre es que era un hombre de fe y de oración. Parecía respirar en Dios. Algunos de sus libros -El alzar de las manos. Parábolas, oraciones y subsidios (1995) o Cosas del Padre Abad. Para una espiritualidad narrativa (2020)- dan prueba de su honda espiritualidad. No hay que dar por supuesto que un religioso sea una persona religiosa. En el caso de Ángel era evidente. Había nacido en una familia cristiana. Para él -como para Claret- Dios era suficientísimo. Por eso, le dolía tanto que muchas personas no pudieran experimentar el amor de Dios y se abandonaran al ateísmo práctico. Siempre se las ingeniaba para encontrar vías de acceso.
Es difícil imaginar que un misionero como él fuera durante un par de años (1960-62) capellán militar en Melilla. De su buen hacer con
los soldados dan testimonio algunas amistades que conservó hasta el final. Luego hizo muchas otras cosas a lo largo de su dilatada vida. Estudió Ciencias
de la Educación en Salamanca y Música Gregoriana en Madrid. Fue profesor,
formador, hombre de gobierno, músico, director de la revista Iris de Paz,
escritor, capellán de la Adoración Nocturna y, sobre todo, animador de retiros y ejercicios espirituales.
Su atención al detalle, tanto en la música como en la literatura o la maquetación de un artículo, podía hacerlo
a veces un tanto puntilloso. Él mismo se daba cuenta de su tendencia al
perfeccionismo y reculaba sin contemplaciones impulsado por su fino sentido del
humor. Su capacidad para el análisis era tanta como su propensión al despiste. Abundan
las anécdotas. Recuerdo, entre tantas, el día en que casi perdimos el vuelo
Madrid-Roma con la compañía tailandesa Thai porque había olvidado su billete en
casa. Corría el año 1989. Entonces no existían las facilidades digitales con
que contamos hoy.

Era también un gran contador de historias
que siempre sazonaba con un humor inteligente. No en vano admiraba a los escritores
de la revista satírica La
Codorniz, “la revista más audaz para el lector más inteligente”. Le
gustaba jugar con las palabras, como cuando repetía aquello de que “todas
las mujeres avanzaron como un solo hombre” o el despropósito estadístico de
aquel grupo en el que “el 90% pensaba una cosa y el otro 90% la contraria”, sin
olvidar aquello de que “el soldado con una mano empuñaba la espada y con la
otra decía…”. Lo del enfoque narrativo del que hoy tanto se habla lo traía de fábrica. Por eso, le gustaban tanto las parábolas antiguas y modernas.
Con él aprendí que las cosas negativas no se esperan, se
temen. Uno no espera que sobrevenga una guerra, un huracán o una pandemia. Espera que haga buen tiempo, nazca un hijo o lleguen las vacaciones. Exigente en los
ideales, tenía una enorme capacidad para comprender las debilidades humanas, y,
sobre todo, exhibía una tierna actitud compasiva. Quizás por eso admiró tanto
al hermano claretiano Jesús Hernández
(1908-1995), apóstol de los enfermos, del que escribió una semblanza
biográfica titulada Pequeña historia de un buen samaritano: H. Jesús
Hernández (1998). Un año después escribió una obrita sobre el fundador de
los claretianos: Apóstol de fuego. San Antonio María Claret (1999). Era claretiano
hasta la médula. Vibraba con el Corazón de María. La figura de san Antonio María Claret le fascinaba. No sé si
tuvo la oportunidad de ver la película Claret antes de morir. Me
hubiera gustado mucho haber conocido su opinión.
Mantuve con él tantas horas de agradable
conversación que me resulta imposible hacer un somero balance. Con él, las
conversaciones siempre eran “generativas”, como se dice ahora. Alumbrábamos ideas
nuevas. Juntos dimos cursos de formación en Madrid y Roma y, sobre todo,
organizamos el proyecto de renovación claretiana llamado La Fragua. Eso
nos exigió hablar con muchas personas, leer sobre experiencias semejantes y,
sobre todo, articular pedagógicamente (¡él era un gran pedagogo!) un itinerario
que aunase algunas experiencias humanas básicas para un misionero y sus raíces espirituales.
Ángel demostraba entonces una apertura admirable y una curiosidad infantil. Todo
le interesaba. Devoraba los periódicos y buscaba como un sabueso lo que podría
ayudarnos a salir de la modorra. Estaba siempre dispuesto a acoger lo mejor,
viniese de los jesuitas, de los maristas, del monasterio de Buenafuente del Sistal,
de los Focolares
(visitamos Loppiano en más de una ocasión) o de la teología de la liberación.

Esto
lo hacía un hombre de diálogo, de esos que no apagan nunca el pábilo vacilante,
que siempre encuentran motivos para seguir esperando a pesar de los pesares. No
era un intelectual al uso. Su gran preocupación era pastoral, llegar al corazón
de la gente. Tanto sus artículos como sus homilías (o como el tríptico que repartió en el tanatorio de la M-30 de Madrid) tenían siempre un tono
existencial, poético. Le gustaba más sugerir que pontificar. Bebía en santos como Juan de la Cruz o Charles de
Foucauld, pero admiraba también a escritores como José María Cabodevilla, José
Luis Martín Descalzo, Henri Nouwen o Tony de Mello. Su libro Nube de testigos (2013), prologado por el obispo Pedro Casaldáliga, es una colección de cartas a personas tan variadas como el cardenal Newman, Thomas Merton, García Morente, Roger Schutz, Edith Stein, Julián Marías o León Felipe.
Desde que yo me fui a Roma en
octubre de 2003 nuestros contactos han sido esporádicos, aunque nos hemos
escrito de vez en cuando y siempre he recibido un ejemplar dedicado de los
libros que iba escribiendo. La última vez que lo vi en Colmenar Viejo (ciudad en la que ha pasado los últimos 30 años de su vida) lo encontré muy
envejecido, pero siempre con su actitud positiva y esperanzada, muy interesado
por la marcha de la congregación claretiana en el mundo (otra de sus numerosas preocupaciones)
y agradecido por todo.
Confieso que con personas como él es más fácil creer que
existe Dios, que los seres humanos somos radicalmente buenos y que el bien siempre
acaba triunfando. Se nos ha ido un ángel. Contamos con un intercesor. Gracias por todo, amigo y hermano. Descansa en paz.
En la muerte de un hermano
(Oración tomada del libro El alzar de mis manos, escrito por el P. Ángel Sanz, CMF)
Señor Jesús,
que eres Dios y conoces todas las cosas,
que eres hombre y has vivido
tu propia muerte en la cruz;
tú que lloraste la ausencia de un amigo,
a quien amabas entrañablemente,
comprendes hoy el dolor de nuestra comunidad
-de cada uno de nosotros-
ante la muerte de nuestro hermano Ángel.
Nos conforta tu presencia y tu testimonio
y nos ilumina tu palabra,
que es palabra de vida,
de esperanza cierta en la resurrección.
Tú eres la resurrección y la vida:
el que cree en ti,
aunque haya muerto, vivirá.
Nuestro hermano Ángel creyó en ti
y esperamos que cumplas en él tu promesa,
fiados en tu infinita misericordia.
También nosotros creemos en ti, Señor,
tu Pascua nos permite pregustar
el gozo de nuestra propia pascua.
Haz que mientras permanecemos en este mundo,
sepamos ser como el grano de trigo
que cae en tierra y muere
para dar fruto abundante:
el fruto de la vida,
que eres tú, Cristo resucitado,
profecía y testimonio del hombre nuevo.
Te lo pedimos confiadamente
por intercesión de María,
nuestra madre,
a ti que vives y reinas
por los siglos de los siglos. Amén.