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lunes, 2 de mayo de 2016

¿Hasta cuándo este sistema irracional e injusto?

En los últimos días me he encontrado de cerca con varias personas en paro. He tenido oportunidad de escuchar sus quejas. Ayer, por el contrario, celebramos el Día Internacional de los Trabajadores. El contraste es hiriente. 
Sé que estamos tocando un asunto delicado y complejo. Hace años que un economista amigo mío me hizo una advertencia un poco intempestiva: "Es mejor que los curas no habléis de estas cosas, no tenéis ni idea". Tal vez llevaba razón en cuanto a algunos aspectos técnicos, pero el discurso va más allá. Para no quedar atrapados por los pormenores reservados a los especialistas es mejor mirar la cuestión a distancia. Lo que se ve entonces es un panorama desolador. El principio capitalista de “máximo beneficio con mínimo coste” ha producido infinidad de bienes y servicios (esta es la parte positiva), pero ha dejado en la cuneta a millones de seres humanos (esta es la parte inadmisible). La automatización de los procesos de producción (incluyendo la robótica) hace cada vez menos necesario el trabajo humano. Siguiendo la terminología clásica, el capital se impone al trabajo. Esto, que parece un enorme avance en la evolución humana, es, en realidad, un fenómeno irracional. ¿Por qué? Porque es un sistema que no logra incorporar al mayor número posible de personas a la cadena productiva y, por tanto, a su integración social. 

Desde el punto de vista económico, es un gran fracaso. Las personas excluidas tienen que ser ayudadas –en el mejor de los casos– con coberturas de desempleo y diversas formas de beneficencia, lo que supone un enorme costo económico.  Pero, sobre todo, desde el punto de vista humano, el sistema está produciendo hombres y mujeres con la dignidad herida. ¿Cómo se siente una persona que a los 45-50 años pierde su trabajo y no logra encontrar otro? ¿Cómo afronta su situación personal y familiar? ¿A quién le importa lo que le sucede? La depresión, el mal humor y otros problemas físicos y psíquicos suponen un coste añadido. Naturalmente, el directivo encargado de "flexibilizar la plantilla" o sencillamente de "echar al personal" solo se preocupa de que sus jefes le den una palmada en la espalda por el trabajo bien hecho. No sabe que, por la misma lógica de exclusión, tal vez mañana le toque a él salir con una mano delante y otra detrás.

Yo admiro a Bill Gates, a Steve Jobs y a Mark Zuckerberg por la revolución que han producido en las últimas décadas. Las tecnologías de la información y la comunicación han cambiado la sociedad. Pero admiraría muchísimo más a alguien que fuera capaz de crear riqueza incorporando a la mayoría de la población (incluyendo los países en desarrollo) a un trabajo justo y digno. Esta sí sería una verdadera revolución. Inventar un nuevo robot o, sobre todo, diseñar una astuta operación de especulación financiera me parecen operaciones de matones de barrio, no de genios creadores. Necesitamos una generación de personas innovadoras con una visión social amplia. Si la humanidad no logra afrontar este problema y sigue “descartando” a millones de personas porque resultan sobrantes en el sistema productivo que hemos inventado, será un inmenso fracaso de consecuencias imprevisibles.

Nada de esto es posible sin un profundo cambio de conciencia, que es moral, desde luego, pero también de pura racionalidad. Nada hay más racional que procurar el bien de todos los seres humanos, sin dejar a ninguno sin trabajo. Siempre he sido contrario a sistemas sociales demasiado proteccionistas porque crean una absurda cultura de la dependencia, infantilizan a las personas y las hacen fácilmente manipulables. Pero defiendo a capa y espada que, tanto los poderes públicos como las iniciativas privadas, coloquen en primer lugar a la persona y hagan todo lo posible por brindarle las oportunidades que necesita para su desarrollo personal y familiar. No es necesario esperar a que se produzca un milagro. Cuando esta conciencia impregna las pequeñas decisiones de cada día, acaba creando un ambiente en el que es posible decisiones de más envergadura.

domingo, 1 de mayo de 2016

Madre no hay más que una

Ayer viajé de Sevilla a Madrid. Comienzo el mes de mayo en la capital de España. Este año el día viene cargado de celebraciones. Es, ante todo, el VI Domingo de Pascua. Civilmente se celebra en todo el mundo el Día Internacional de los Trabajadores. En España, Portugal, Hungría, Sudáfrica y algún otro país, el primer domingo de mayo coincide también con el Día de la Madre. Y, por si fuera poco, para los católicos el mes de mayo está asociado al culto a la Virgen María. A veces, cuando el menú es muy rico y variado, uno no sabe por dónde empezar, pero todo tiene su tiempo.

Anoche me fui a la cama después de haber leído el artículo de Elvira Lindo titulado Una madre poco ejemplar. Tanto la figura del padre como la de la madre suscitan resonancias muy diversas según personas y culturas. Desde hace décadas se dice que Occidente es una “sociedad sin padre” porque ha entrado en ocaso el varón, símbolo del machismo y autoritarismo propios de las sociedades patriarcales. Algunos comienzan a hablar también de una “sociedad sin madre”, sobre todo allí donde la vida laboral de la mujer resulta casi incompatible con su condición de madre. De hecho, muchas mujeres la retrasan hasta límites que ponen en riesgo su propia salud y la de los bebés. Los hijos se ven como un obstáculo para el desarrollo propio.

En Italia, donde vivo habitualmente, la figura de la Mamma es sagrada, hasta el punto de que uno de los tópicos recurrentes es que muchos jóvenes esposos ponen en crisis su matrimonio porque nunca acaban de romper el cordón umbilical que les une a sus madres. Parecen niños con 40 años, siempre pendientes de lo que dice mamá hasta en los más ínfimos detalles.

En realidad, creo que hay tantas figuras de “madre” como personas que ostentan esta condición. Cada uno de nosotros podría hablar de su propia experiencia. Aunque tenga rasgos en común con otras, lo más profundo es siempre singular. Cada arruga de una madre anciana atesora una historia hecha de mil detalles de amor, entrega y sufrimiento. No hay que esperar demasiado para expresar la gratitud que llevamos dentro. Antes de que sea demasiado tarde.

Mi madre anciana vive todavía, después de haber superado una grave enfermedad. Siento un poco de pudor a escribir de estas cosas. Los castellanos somos más bien reservados a la hora de compartir nuestros sentimientos. Como es natural, no voy a hacer un elogio de mi madre ni a contar detalles sobre mi relación con ella. Este no es el lugar. Me limitaré a describir la gratitud que uno siente a medida que pasa el tiempo y que no cesa de crecer. 

La conexión materno-filial es, desde el punto de vista psicológico, la más fuerte que existe. No hace falta esgrimir las razones genéticas y biológicas que la sostienen. Uno nunca rompe esta unión (que va adquiriendo matices a lo largo de la vida) y, por otra parte, hay un tipo de ruptura imprescindible para la madurez de ambos: de la madre y del hijo o la hija. La acertada combinación de cercanía y distancia es la que describe una verdadera relación de amor. Sin cercanía, el amor se vuelve una obligación, un frío ejercicio de responsabilidad. Sin distancia, el amor degenera en dependencia y posesión. 

Teniendo en cuenta estos dos polos, se despliega una amplísima tipología de madres y de hijos. Cuando somos niños acentuamos la cercanía, porque dependemos casi en todo de nuestras madres. De ellas recibimos lo necesario para vivir: alimento, limpieza, protección, cariño… La adolescencia inaugura una etapa de progresiva distancia, que en ocasiones puede hacerse un poco insolente. Cuando un hijo o una hija se casan, esta distancia se institucionaliza: “Dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer”. Si esta sana distancia no se produce y hasta se fomenta, no es posible constituir una nueva unidad familiar. Cuando la madre es anciana, se produce un nuevo tipo de cercanía que reproduce, al revés, la que la madre tuvo en su día con sus hijos pequeños. Se prodigan parecidos cuidados y expresiones de cariño. Esta reciprocidad, que en el pasado parecía natural, hoy se ha complicado mucho por la prolongación de la vida (muchas madres superan sin dificultad la barrera de los 80 y 90 años) y por las complejas situaciones familiares y laborales de los hijos. Por eso, es necesaria una nueva imaginación fruto del amor. No podemos depender solo de las ayudas institucionales. 

En el caso de los hijos célibes (sobre todo, religiosos o sacerdotes), la vinculación con los padres (y, de manera especial, con la madre) tiene características especiales. Es verdad que la profesión religiosa o la ordenación sacerdotal implican una separación semejante a la que se da cuando un hijo contrae matrimonio. Es más, debe darse de manera neta para que cada uno pueda desarrollar su vocación. Pero, por otra parte, sigue una vinculación afectiva original y profunda. La madre significa siempre y en todos los casos una vinculación especial con la vida y, en definitiva, con Dios. Se abre un hermoso camino para una espiritualidad filial que ayuda a vivir con más hondura y concreción la experiencia del amor de Dios. El célibe está llamado a ejercer una paternidad/maternidad espiritual que, aunque no se dé cuenta, reproduce muchos rasgos de la experiencia paterno-maternal que él mismo ha tenido en su vida familiar. En este sentido, los padres y las madres son verdaderos formadores de la capacidad oblativa de sus hijos. Por eso, hoy doy gracias a Dios por mi padre y por mi madre. Y os invito a cada uno de los lectores del blog a apartaros un momento de la pantalla del ordenador o de vuestros dispositivos móviles y hacer algo semejante. 

Que Dios bendiga a nuestras madres en un día como hoy y que la Virgen María las acompañe en la etapa de vida en que se encuentren.



martes, 8 de marzo de 2016

La trabajadora Marta de Betania

Hoy es el día internacional de la mujer trabajadora. La ONU ha propuesto para este año 2016 el lema "Por un Planeta 50-50 en 2030: Demos el paso para la igualdad de género". Tengo un poco de alergia a la proliferación de tantos días internacionales. No es posible prestar la debida atención al padre, a la madre, al maestro, al cambio climático, a los elefantes africanos y al pingüino antártico. Pero reconozco que hoy es un día diferente. Parece increíble que estemos en el 2015 y siga habiendo tantas discriminaciones por motivo del género. Pienso, de manera especial, en las mujeres refugiadas y desplazadas. Otro grave problema es la feminización de la pobreza. Poco a poco, vamos tomando conciencia. Es el primer paso para cambios significativos.

Hace bastantes años -mucho antes de la euforia de internet- escribí un pequeño relato sobre Marta de Betania, una mujer trabajadora, amiga de Jesús. A menudo, en la comparación con su contemplativa hermana María, ha salido perdiendo. Sin embargo, Marta representa el amor hecho servicio, preocupación, cuidado. La imagino como una mujer trabajadora de hoy.

«Tampoco es un crimen, chica. Acabas de fregar, barres la cocina, te calientas un poco de café y te sientas un ratito a ver la tele. Si no, dime tú qué tiempo le queda a una. Luego, en seguida vienen los niños y ya me dirás». Aunque han subido un poco las llamadas urbanas, a Marta le encanta atarse al teléfono de vez en cuando. Es un desahogo. «Pero si es casi el único lujo que me permito». Por la mañana se levanta la primera de la casa. Por la noche es la última en acostarse. «Sí, claro que podrían prepararse ellos el desayuno, pero, total, una vez que te pones, da igual dos que cuatro».

Su marido le dice que anda acelerada, que parece que no puede estarse un rato quieta. «Si no es que no quiera, Julio, pero echa cuentas: cuando os vais tengo que arreglar la casa, hacer el mercado, preparar la comida; que bien que te gusta encontrar tu platito caliente a la una y media». No es sólo eso. ¿Se pone mala la abuela Pepa? Allí está Marta limpiándole la habitación y trayéndole de la farmacia lo que le ha recetado el médico. Qué menos que echar una mano para barrer la iglesia los viernes por la tarde. Total, es una hora, y no abundan mucho las voluntarias. Y menos todavía los voluntarios. Pedro, el cura, le ha dicho que si se podría hospedar en su casa un misionero que va a pasar unos días en la parroquia. «Hombre, eso ni se pregunta, Pedro. Ya sabes que puedes contar con nosotros cuando quieras». A la reunión de los jueves falta alguna vez, es verdad. Le tira más acompañar a Mari Carmen en el despacho de Cáritas y charlar un rato con la gente. «Te encuentras con cada caso, que no veas». No es que no le gusten las reuniones, pero no le va mucho eso de estar sentada hora y media. Y luego, lo de leer un tema y tal, le resulta un poco rollo, las cosas como son. «Yo no digo que no sea necesario, entiéndeme, pero a mí me parece que la religión es querer a la gente y echar una mano».

Hoy está teniendo un día tonto. Se ha mirado al espejo y ha caído en la cuenta de que las patas de gallo se empiezan a notar bastante. No es que tenga envidia de la Schiffer, pero a Marta también le gusta cuidarse un poco. No comprendió bien qué quiso decir el otro día Pedro con eso de que una sola cosa es necesaria. «Me parece que iba por mí. No lo entiendo. Una hace lo que puede y encima te vienen con esas. Sí, ya sé que no fue un reproche, pero una tiene su corazoncito». A Marta se le escapa una lágrima. Se le escapa porque es uno de los pocos momentos en que se le puede escapar. Está sola. Si no, no se lo permitiría. Sus ojos son ahora como dos lagos de Genesaret surcados por la barca diminuta del Maestro. A través de su lágrima salada Marta divisa el rostro sereno de Jesús. Y entonces, como si hubiera estado años deseando que llegase este momento, se deshace un poco: «Yo también te quiero. No creas que porque ando de un sitio para otro me olvido de ti. No sé si te lo he dicho alguna vez así de claro, pero todo lo que hago lo hago por ti. Si te soy sincera, a veces tengo un poco de envidia de mi hermana María, la que se fue al convento, pero yo soy como soy. No puedo ver una necesidad y quedarme con los brazos cruzados».

Por la ventana del salón se ven los tejados rojizos. A esta hora apenas llegan los ruidos de la calle. «Parece que no, pero una se siente ahora más tranquila. Si es que hablo con todos, pero, al final, no puedo hablar a fondo con nadie». Las lágrimas han embellecido su rostro. Julio, que no anda muy suelto para los detalles, lo nota enseguida cuando vuelve del trabajo. «Estás preciosa, Marta». «Guapa que es una. A ver si sólo las de la tele van a tener derecho». Mañana se multiplicarán de nuevo los compromisos. Marta no los anota en la agenda. No es una ejecutiva. Los lleva todos en el corazón. Volverá a preguntarle al carnicero a cuánto está la paleta de cordero. Le dirá a Pepa que la encuentra mucho mejor que el otro día. Pero todo será distinto. «Sí, creo que Jesús me ha sonreído a través de la lágrima».
Aprovecho para felicitar desde este humilde rincón a todas mis amigas trabajadoras. Me ahorro palabras innecesarias que pueden resultar hasta ofensivas. Lo hago con este vídeo que contiene el tema Hello de Adele, una cantante británica de voz poderosa y sugestiva. ¡Feliz jornada para todas!