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miércoles, 24 de febrero de 2016

¿WhatsApp? No, gracias

Por mi edad, no soy un nativo digital sino un inmigrante que aterrizó en este "sexto continente" hace ya algunas décadas. Cualquier niño de hoy se mueve con más soltura que yo por esta telaraña mundial.  Comencé a componer mis clases con ordenador hacia el año 1986. El primer portátil lo compré en Hong Kong en agosto de 1991. Era un Toshiba gris dotado de una memoria increíble: ¡20 MB! (es decir, lo que ocupa hoy una sola imagen de alta resolución). Lo de internet vino después. Me parece una pasada. A pesar de todos sus riesgos, creo que las ventajas ganan por goleada a los inconvenientes. Antes, cuando un religioso llegaba a una nueva comunidad, solía preguntar dónde estaba la capilla y, a lo sumo, el comedor. Eran dos sitios obligados. Ahora la pregunta es directa: "¿Podrías decirme, por favor, la contraseña de la wifi?".

La informática ha cambiado nuestras vidas, ¿quién lo duda? Este blog sería imposible sin internet. Soy un usuario habitual de las redes sociales. Hay algo, sin embargo, a lo que me he resistido desde hace años: el uso de WhatsApp. No hace falta que me convenzan de sus ventajas: son obvias, aunque la aplicación podría tener sus días contados. Pero me niego a estar todo el día recibiendoy re-enviando mensajes, formando parte de grupos de familiares, compañeros, amigos, conocidos, colegas, vagabundos, … 



Los técnicos en la materia dicen que no es justo hablar de "vida real" y "vida virtual" porque ambas forman parte de nuestra existencia concreta. Pero, por lo menos, antes de que sea demasiado tarde, me gustaría disfrutar algún año más de vida conectada (online) y vida desconectada (offline). Si no, os aseguro que no voy a tener nada que comunicar. Sin silencio, sin períodos largos de desconexión, no podré pensar y mucho menos crear. Me limitaré a ser simple correa de transmisión de los miles de mensajes, memes, vídeos, imágenes graciosas … que circulan por la red en una especie de jungla asfixiante. Seré un mero consumidor y -lo que es peor- acabaré sobrecargado de estímulos. No seré una persona más rica, sino un verdadero obeso digital. Acumular sin asimilar produce congestión.

Bueno, luego está el asunto del empobrecimiento de las conversaciones cara a cara. De tanto manejar mensajitos de dos líneas, muchos no saben qué decir cuando se encuentran con un amigo de frente.  Es penoso ver cómo tantas personas pasan el tiempo consultando su teléfono móvil sin prestar atención a los que tienen al lado. Mucha comunicación y poca comunión. Esta práctica nos pasará factura. Acabaremos siendo expertos whatsapperos y analfabetos emocionales. Pero este es un asunto de mucha envergadura que se merece más espacio. Quizá otro día me anime a escribir algo. No es necesario que me mandéis un WhatsApp para decirme que no estáis de acuerdo con este vetusto planteamiento. Tal vez me pilléis con el móvil desconectado.