
Acabo de ver un reportaje de una cadena de televisión estadounidense sobre el inminente viaje de León XIV a España. Me gusta saber cómo se ven las cosas desde la distancia. El periodista ha resumido la visita apostólica con tres palabras que constituyen todo un programa: unidad (Madrid), belleza (Barcelona) y caridad (Canarias). Es una tríada sugestiva. No contiene todo, pero ayuda a comprender los acentos principales.
Dentro de una semana, cuando haya terminado el viaje, quizás comprendamos mejor estas tres palabras que, según el periodista estadounidense, pueden ayudar a los católicos y ciudadanos españoles en general a “alzar la mirada” y contemplar la realidad desde una perspectiva generosa.

La palabra clave en Madrid, capital del país, es unidad. El encuentro con el jefe del Estado, el presidente del gobierno, todos los parlamentarios y otras autoridades civiles y eclesiásticas es una oportunidad óptima para que el Papa acentúe la necesidad imperiosa de navegar entre polaridades sin caer en el peligro de la polarización. El clima político actual es efervescente. Es muy probable que el Papa no haga alusiones concretas a la situación de los partidos políticos, pero, sin duda, apelará a la necesidad de trabajar conjuntamente por el bien común desde una clara conciencia de unidad.
Cuando el Papa utiliza esta palabra, tan explorada por san Agustín, no está pensando en ningún tipo de uniformismo rígido, sino en un proyecto colectivo de convivencia que sabe celebrar e integrar las diferencias. Si estas ya son notables por tradición histórica, se han incrementado con la llegada masiva de inmigrantes a nuestro país. Sí, unidad es un mensaje clave. El Papa lo lleva hasta en su escudo: “In Illo uno unum” (En el único Cristo somos uno).

La visita a Barcelona se puede resumir en la palabra belleza. Tanto el antiguo monasterio benedictino de Monserrat como la moderna basílica de la Sagrada Familia son símbolos hermosos que actúan como claraboyas hacia el misterio de Dios. Los millones de turistas y peregrinos que visitan el templo de Gaudí se quedan extasiados ante esa monumental Biblia pétrea. Es cierto que a los críticos les parece una horrenda “mona de Pascua”, una especie de parque temático en el corazón de la ciudad, pero la mayoría admira que las fachadas sean retablos en piedra y el interior sea como un bosque animado por luces cambiantes.
Sin belleza, sin el asombro que produce la via pulchritudinis, todos nos volvemos romos, cerrados, ateos. Dios es la Belleza suprema que se refleja en su creación y, sobre todo, en Jesús, “el más bello de los hombres” sobre el que se derrama la gracia. Sin belleza, somos esclavos de la voracidad y el consumismo.

El salto atlántico a las Canarias era obligado. Lo soñó Francisco. En el escenario en el que muchos emigrantes africanos han encontrado la muerte, el armónico evangélico imprescindible es la caridad, en el más genuino sentido de esta virtud cristiana. La caridad es el antídoto contra la indiferencia. En pleno debate sobre la emigración, el Papa no entrará en la letra pequeña de este asunto controvertido, sino en el fondo de la cuestión. ¿Por qué tantos africanos sienten la necesidad de emigrar a Europa? ¿Por la llamada a “islamizar” el continente a base de demografía tras otros intentos fallidos a golpe de espada? ¿O por la pobreza y la corrupción endémicas de muchos países, resultado de la connivencia entre los intereses de algunos países y emporios extranjeros y las élites locales?
Los problemas políticos y económicos requieren soluciones justas del mismo nivel, pero la dignidad de seres humanos con rostros y nombres concretos es innegociable. La Iglesia lo sabe por experiencia.
Creo que, cualquiera que sea nuestra situación personal, familiar o institucional, no nos viene mal un compuesto vitamínico de unidad, belleza y caridad. ¡A ver si de una vez alzamos un poco la mirada y no nos ahogamos en el pozo de la desunión, la fealdad y la indiferencia!
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