sábado, 13 de junio de 2026

El corazón es un cofre hermoso


El Papa ya está en Roma. Llegó al aeropuerto de Ciampino pasadas las 11 de la noche de ayer, con más de dos horas de retraso sobre el horario previsto. No lo hizo en el Airbus 320 de Iberia que estaba preparado en el aeropuerto Tenerife-Norte, sino en el Falcon del Ejército del Aire y del Espacio que había utilizado el rey de España para volar desde Madrid a Tenerife. Esta anécdota –junto con la del rosario que el Papa arrebató a un joven en Montserrat y que luego le devolvió arrojándolo desde el coche– ponen un poco de sal y pimienta en un viaje de siete días que ha sido como una especie de ejercicios espirituales. 

Ahora nos toca “conservar todo esto en el corazón”, rumiarlo con calma para hacerlo nuestro. Y esta es precisamente la actitud de María que recordamos hoy, en la solemnidad del Inmaculado Corazón de María, la fiesta grande de los claretianos. La verdad es que su encaje litúrgico -entre la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús y el domingo– hace que pase casi desapercibida para muchos cristianos. De hecho, algunas congregaciones –como, por ejemplo, las Misioneras de la Caridad de santa Teresa de Calcuta– la celebran en una fecha fija (el 22 de agosto), como hacíamos hace décadas los claretianos. Sin entrar ahora en las razones “litúrgicas” que aconsejaron su ubicación actual, quizá esa discreción sea un rasgo típicamente cordimariano. María pasa casi como de puntillas por el Nuevo Testamento y, sin embargo, su influjo en la comunidad cristiana es determinante.


¿Qué puede significar hoy “guardar todo en el corazón”?
Teniendo como trasfondo el viaje apostólico del papa León XIV a España y algunos de los acentos de sus mensajes, me atrevería a hablar de tres viajes espirituales.


El primero tiene que ver con la verdad.
Es el viaje de la superficialidad a la profundidad. O de la exterioridad a la interioridad. El corazón es símbolo del centro personal, del santuario de la conciencia, del lugar donde se revela la verdad. Troquelados por una cultura que nos invita a mirar fuera, a confundir lo superficial con lo real, María nos enseña el arte de dejarnos alcanzar por la verdad de Dios en lo profundo del corazón. “Lo esencial es invisible a los ojos”, decía el Principito. Hoy necesitamos esa esencialidad para vivir en verdad.


El segundo se refiere a la belleza.
Es el viaje de la mera apariencia a la belleza interior. Prisioneros de la imagen, moldeados por el esteticismo de las redes sociales, necesitamos dejarnos seducir por la belleza de Dios que atrae sin forzar, que habita en nuestro corazón como el sumamente Hermoso: “Tarde te amé, hermosura tan nueva y tan antigua” (san Agustín). La etapa de la Sagrada Familia en Barcelona fue una emocionante expresión de este segundo viaje. 


El tercero alude a la bondad.
Es el viaje de la indiferencia a la cordialidad. La frialdad de relaciones cada vez más distantes solo se cura con el amor que pone corazón (cor) cuando nos acercamos a los demás: “Quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne” (Ez 36,28). El encuentro cordial de León XIV con personas sin hogar, presos, desempleados, víctimas de abusos, inmigrantes e infinidad de bebés ha sido una clara expresión de este tercer viaje. 


Es hermoso contemplar a María, en su advocación de Corazón inmaculado, como la peregrina que ha hecho estos tres viajes esenciales. Por eso, es maestra de verdad, belleza y bondad. Repasando los mensajes del papa León, descubrimos que estos tres armónicos han estado muy presentes a lo largo de su viaje a España. ¡Hermosa coincidencia!

Feliz fiesta del Inmaculado Corazón de María a todos

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