domingo, 7 de junio de 2026

Un concentrado de vida eterna


Aunque estoy algo cansado de la vigilia de ayer con el papa León XIV, hoy he madrugado para vivir con intensidad esta fiesta del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo. Miles de personas afluyen hacia la plaza de Cibeles como ayer lo hicieron hacia la plaza de Lima. La diferencia es que, desde el punto de vista meteorológico, van del frescor de la mañana hacia el calor intenso del mediodía, mientras ayer íbamos del fuego vespertino a la brisa suave de la noche. 

Antes de centrarme en la fiesta de hoy, quiero decir algo sobre la jornada de ayer. La alternancia de encuentros humanos e institucionales marcó el programa. El saludo a familias con niños aquejados de algunas discapacidades (en el mismo aeropuerto), a enfermos de ELA (en la nunciatura) y a personas sin hogar (en el centro CEDIA de Cáritas) revela el verdadero rostro del ministerio de Pedro: escuchar y consolar. 

El encuentro con los reyes, el gobierno y el cuerpo diplomático sirvió para recordar los valores que pueden guiar la convivencia en las sociedades plurales. Me gustó el discurso del rey Felipe VI y mucho más el del papa León XIV. Está claro que no fueron hechos con IA, sino con una mente pensante y un corazón sensible. En general, los ecos han sido muy positivos, aunque –como suele ser habitual– no faltan las notas discordantes de distinto signo. Lo mejor es leer con serenidad las dos intervenciones y extraer las consecuencias.


La vigilia fue una ceremonia larga, aunque con buen ritmo. Llegué “encapsulado” en uno de los autobuses reservados a la prensa desde el CIP de Sol hasta la tribuna situada enfrente del escenario. Como nos escoltaban motoristas de la policía municipal, no había semáforo que se nos resistiera. Acomodado en mi silla, a dos metros de Alberto Herrera (periodista de COPE) y del equipo de Onda Cero, saqué mi cuaderno de notas para ir anotando lo que me llamara la atención. Todo era perfecto: visibilidad excelente, sombra, silla y agua. Solo el trasiego constante de los fotógrafos y la impertinencia de algunos cámaras perturbaba un poco la paz. Pensaba en los miles de jóvenes y familias que resistían al sol y de pie. 

Todo discurrió a buen ritmo. Paso a un segundo plano algunas observaciones críticas y me quedo con lo mejor: el esfuerzo ingente de los organizadores (en buena medida los propios jóvenes) para organizar una vigilia que nos ayudase a todos a refrescar la fe. Me gustaron el escenario, el coro, la orquesta, las pantallas, el sonido, los animadores, los cantantes, los elementos visuales, el diálogo de algunos jóvenes con el Papa y, sobre todo, la adoración eucarística en la arteria más importante de Madrid, en medio de rascacielos y estadios de fútbol. Algunos familiares y amigos que estaban siguiendo la vigilia por televisión concordaban conmigo. Fue algo hermoso, coral, energizante. Regresé a casa al filo de la medianoche, con el corazón agradecido. Ya sé que la fe no depende de manifestaciones multitudinarias ni de espectáculos vistosos, pero todo puede ayudar en el momento oportuno y dentro de un proceso de búsqueda o de crecimiento.


Esta solemnidad del Corpus Christi tiene mucha miga. Cuando se juntan el cuerpo comunitario y el cuerpo eucarístico, el fruto es un concentrado crístico que salva al mundo, que le inyecta vida eterna. Esto es lo que se quiere celebrar esta mañana en la plaza de Cibeles en compañía del sucesor de Pedro. Una comunidad eucarística es lo más parecido a un avance del cielo en la tierra. En ella se visibiliza la presencia del Cristo Resucitado. Se juntan la acogida, el perdón de los pecados, la escucha de la Palabra, el discernimiento, la comunión de mentes y corazones, la memoria de los pobres y el envío misionero al mundo. ¿Hay un arma más poderosa para la transformación de la sociedad y de la creación entera?

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