
Regresé ayer por la tarde de Tortosa. He estado un par de días acompañando a las Hermanas de la Consolación en su Asamblea General. Acababan de celebrar el 150 aniversario de la muerte de su fundadora, santa María Rosa Molas, nacida en 1815 en Reus, la localidad natal también de Antoni Gaudí, el “arquitecto de Dios”. Admiro a las congregaciones que, en plena crisis de reducción, salen de su tierra y se arriesgan a ir a otros continentes. Las hermanas provenientes de Burkina Faso, Mozambique, Filipinas o Corea eran un ejemplo de la fecundidad multicultural del carisma de la consolación.
El domingo 14, antes de salir para Tortosa, estuve en el concierto-oración que el jesuita chileno Cristóbal Fones dio en la parroquia de santa Ángela de la Cruz en Madrid. La iglesia estaba llena. Muchas personas cantaban las canciones. Cada vez hay más gente que encuentra en la música religiosa un venero para nutrir su espiritualidad. Se ha visto con claridad durante el viaje de León XIV a España.

Están siendo días de mucho movimiento. El calor con que se despide la primavera no es el mejor aliado para desplazarse de un sitio a otro, pero es lo que toca. Ayer, en la audiencia general de los miércoles, el papa León XIV hizo un agradecido balance de su viaje a España. Mientras, yo aproveché los viajes en tren y autobús (Tortosa está a 547 kilómetros al noreste de Madrid) para releerme todos sus discursos y homilías de su visita apostólica y algunos capítulos de la encíclica Magnifica Humanitas.
No basta una primera lectura rápida para captar todos los temas. El papa León XIV escribe como es: con claridad, concisión y profundidad. A veces, echo de menos un toque literario al estilo de Pablo VI, pero reconozco que cada Papa tiene su manera peculiar de expresarse. Dudo –eso sí– que muchos jóvenes católicos se adentren en los 245 números de la encíclica. El texto es demasiado largo para los estándares comunicativos modernos. Corren por las redes resúmenes, infografías y vídeos que destacan lo esencial. Quizás es el único modo de que a muchas personas les llegue el mensaje, pero nada de esto sustituye a una lectura meditada, ni siquiera las síntesis hechas con IA.

Por lo demás, alumnos y profesores se frotan las manos porque el fin del curso académico 2025-2026 está al caer. No sé si los padres que tienen hijos pequeños comparten ese entusiasmo, pero es lo que hay. Yo, por mi parte, me preparo para el retiro de final de curso que tendré con mi comunidad este fin de semana. Es el momento de la evaluación, la gratitud y la mirada al futuro. Luego nos aguardan algunos días de vacaciones y muchos compromisos pastorales de diverso tipo. En mi caso, pasan por Toro (Zamora), Málaga, Segovia, Colmenar Viejo, México, etc.
Aunque suene a tópico, siempre aprendo más que lo que yo puedo compartir. Mi segunda universidad –primera, en sentido axiológico– ha sido el encuentro con miles de personas en muchos lugares del mundo. A medida que pasan los años y tomo distancia de los acontecimientos, más valoro el poso que me han dejado. Mucho de lo que hoy pienso, siento y hago, bebe en las fuentes de personas extraordinarias que me han revelado los vericuetos de la vida que ningún libro consigue recorrer. Incluso los casos problemáticos que he debido afrontar me han enseñado más sobre la naturaleza humana –es decir, sobre mí mismo– que mis estudios de Psicología. Es verdad que viajar me cansa más que hace veinte años, pero sigue siendo una experiencia extraordinaria de admiración y aprendizaje.
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