
Me levanto con la noticia de los dos terremotos en el estado de La Guaira, en el norte de Venezuela. En el momento de escribir esta entrada se habla ya de 164 muertos, pero la cifra puede subir a varios miles, según el Servicio Geológico de Estados Unidos. Cuesta entender que la naturaleza añada más sufrimiento a un pueblo que lleva muchos años sometido a duras pruebas. Desde que se conoció la noticia, se han disparado las muestras de solidaridad con el pueblo venezolano. Varios gobiernos, incluido el español, han ofrecido su ayuda inmediata.
No es fácil continuar nuestros ejercicios espirituales como si nada hubiera sucedido. Cuando el dolor adquiere esta magnitud, la paz espiritual parece casi un lujo prescindible, la oración se antoja inútil y la fe se tambalea. Voltaire concluyó que el sufrimiento masivo e indiscriminado de inocentes provocado por el famoso terremoto de Lisboa de 1755 refutaba la idea de un Dios bondadoso y omnipotente. Kant, por el contrario, sostuvo que los desastres naturales no deben entenderse como un juicio o castigo divino, sino como el resultado de leyes físicas y mecánicas del planeta que el ser humano debe estudiar. Creo que hoy prevalece la tesis kantiana sobre la volteriana.

Un claretiano venezolano escribe que “los destrozos han sido terribles; muchos edificios han colapsado y el número de muertos y heridos en realidad todavía se desconoce. Nuestros hermanos de las tres comunidades de Caracas están bien; aunque los edificios de la casa de formación y de la parroquia de Los Dos Caminos han sufrido algunas grietas y daños”. A medida que pasan las horas, se van conociendo más detalles que explican la devastación. Acabo de recibir personalmente otro mensaje muy parecido que resulta tranquilizador por lo que respecta a las comunidades claretianas: “Hay algunas estructuras de nuestras casas de Caracas que sufrieron grietas y daños menores. No hay ninguna situación delicada hasta el momento. Se reportan afectaciones en edificios cercanos a la parroquia de Los Dos Caminos. Hay información sobre daños en el aeropuerto de Maiquetía. Las demás comunidades de Venezuela están bien. Por dificultades en la comunicación no he tenido información hoy”.
Como los seres humanos somos tan ambivalentes, habrá algunos que se aprovecharán de la situación (saqueos, extorsiones, ajustes de cuentas, etc.), pero la mayoría sacará fuerzas de debilidad para ayudar a los damnificados. Un desastre natural es siempre una prueba para medir nuestro grado de humanidad. Por suerte, somos más humanos de lo que las noticias de cada día manifiestan. La reacción ante los terremotos de Venezuela no será una excepción.

Aprovecho la tregua que nos ha dado la ola de calor para preparar los próximos compromisos. Reconozco que el silencio y la tranquilidad de este lugar toresano me ayudan. No estoy sometido a la dispersión madrileña. Es curioso que el tema de la meditación de hoy en nuestro itinerario de ejercicios lleva por título “Vivir como cuidadores”. Se trata de profundizar en cómo la experiencia del Espíritu nos ayuda a vivir de un modo nuevo nuestra relación con la creación, la sociedad y el ciberespacio. No somos explotadores, sino cuidadores; no somos propietarios, sino administradores; no somos consumidores, sino disfrutadores.
Un terremoto parece alterar abruptamente la armonía de estas relaciones. Es como si la naturaleza que queremos cuidar (porque nos sentimos parte de ella) se rebelara de forma inmisericorde sin tener en cuenta nuestras intenciones, como si los seres humanos fuéramos enanos en comparación con su fuerza gigantesca. O, lo que es peor, como si se vengara de todas las agresiones que le hemos infligido. Separar nítidamente el plano natural del plano moral es imprescindible, pero no es fácil cuando el sufrimiento provocado por un terremoto no solo destruye bienes materiales, sino que atenta contra la vida humana. Está claro que la espiritualidad del cuidado de la casa común debe incluir también los desajustes que escapan a toda previsión. Hemos avanzado en control, pero no podemos terminar con la complejidad.
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