
Las Hermanas del Amor de Dios, con quienes he compartido esta semana de ejercicios espirituales, celebran hoy la proclamación como venerable por parte de san Juan Pablo II de su fundador, el padre Jerónimo Usera (1810-1891), un sacerdote madrileño, contemporáneo de san Antonio María Claret, con quien coincidió un tiempo en Santiago de Cuba. Aunque fallecido en La Habana (Cuba), los restos del P. Usera descansan en la cripta de esta casa fundacional de Toro.
Precisamente hoy celebraremos la Eucaristía del XIII Domingo del Tiempo Ordinario en ese lugar que se ha mantenido muy fresco incluso durante la ola de calor que padecimos al comienzo de la semana. Las religiosas renovarán sus votos como expresión de su disponibilidad a seguir viviendo el carisma con fidelidad. Es una tradición que muchas otras congregaciones tienen cuando sus miembros terminan los ejercicios anuales.

El Evangelio de hoy recoge un conjunto de instrucciones de Jesús a sus discípulos. Su fuerza no se agota en el momento en que fueron pronunciadas. Siguen siendo válidas hoy, aunque algunas suenen extrañas a nuestros oídos contemporáneos. Jesús pide a sus seguidores varias cosas: no anteponer los vínculos familiares a su seguimiento; tomar la cruz para ser digno de él; aprender a perder la vida para ganarla; recibir a los enviados de Jesús como a él mismo y al Padre; valorar los pequeños detalles de solidaridad (como dar un vaso de agua) con los discípulos de Jesús.
Creo que el denominador común de todas estas instrucciones es la centralidad del seguimiento de Cristo y la renuncia a buscar nuestro propio interés como fundamento de la vida. Este último acento es redondamente contracultural. Siempre lo ha sido, en realidad. Con fina ironía, solemos repetir el dicho: “Todo el mundo va a lo suyo, excepto yo que voy a lo mío”. Es una forma elegante de reconocer que, por defecto, siempre buscamos nuestro propio interés. La renuncia a nosotros mismos solo es posible cuando un amor más grande nos atrapa.

En la meditación de esta mañana he compartido con el grupo de 40 religiosas que la prueba de verificación de los ejercicios espirituales que hemos realizado es la disponibilidad para ser enviados. Si, después de una docena de meditaciones y varias horas de oración ante el Santísimo, seguimos sin movernos un ápice de nuestro territorio conquistado; si no aceptamos, a pesar de nuestra fragilidad, ser enviados donde la misión lo requiera, es muy probable que todo haya sido impostado.
Las historias vocacionales siempre incluyen llamada, temor inicial, resistencias y preguntas, diálogo, promesas… Al final, siempre concluyen del mismo modo: “Aquí estoy para hacer tu voluntad”. Ese “hinnení” (Aquí estoy) marca la diferencia. Siempre me ha emocionado escuchar a religiosos y religiosas ancianos, que tendrían mil excusas razonables para no aceptar nuevos destinos, decir: “Pueden contar conmigo”. Por el contrario, algunos jóvenes, en plenitud de fuerzas, esconden su falta de disponibilidad con una retahíla de razones. ¿Tiene todo esto algo que ver con el Evangelio de hoy?
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