lunes, 20 de marzo de 2017

Hay gente pa' to'

Debería escribir algo sobre san José, el hombre que hablaba con los hechos, porque este año celebramos hoy su fiesta. Bueno, en realidad tendría que haber sido ayer 19, pero, al caer en domingo de Cuaresma, la celebración litúrgica se ha trasladado a hoy. Debería escribir algo sobre el carpintero de Nazaret, pero prefiero fijarme en un hecho que me ha dado vueltas en la cabeza a lo largo de la pasada semana. Se me acumularon tantos trabajos y compromisos que, por primera vez en más de un año, no encontré tiempo para escribir en este Rincón. Fue una semana sobrecargada de puntos de vista, como si se me hubiera concedido durante siete días tomar más conciencia del inmenso caleidoscopio que somos los seres humanos. 

Gente que quiere suprimir la transmisión de la misa en televisión y gente que la defiende con uñas y dientes. Gente que acude en masa a Medugorje porque cree que allí se aparece la Virgen y gente que considera que todo es una farsa. Gente que aplaude la primavera del papa Francisco y gente que habla de que, en el fondo, la suya es solo una revolución cosmética. Gente que, con motivo del Día del Seminario, pide a Dios que haya más vocaciones sacerdotales y gente que se ensaña con esta casta “hipócrita y anacrónica”. Gente que sueña con sociedades multiculturales y multirreligiosas y gente que vaticina la pronta islamización de Europa. Gente a favor de la maternidad subrogada y gente en contra de los vientres de alquiler. La lista de contrastes y divergencias es interminable. Enseguida me vino a la mente la célebre frase atribuida al torero Rafael Gómez Ortega, El Gallo, cuando, al enterarse de que Ortega y Gasset era filósofo, respondió con gracejo sevillano: “Hay gente pa’ to’”. Es verdad: hay gente para todas las ideas, opiniones, gustos y disgustos. Basta asomarse a las sesiones de cualquier parlamento, a una tertulia televisiva o a un foro de internet. Lo que podría ser una expresión de la riqueza y variedad con las que Dios ha creado el universo es, con mucha frecuencia, fuente de enfrentamientos y odios. Nos falta aplicar a la vida humana el principio ecológico que rige la admirable diversidad y sobreabundancia de la naturaleza.

¿Cómo podemos vivir juntos con ideas y sentimientos tan distintos y, a menudo, enfrentados? ¿Qué extraño virus transforma la belleza de la diversidad en el cáncer de la mutua exclusión? ¿Por qué somos tan dilemáticos? ¿Por qué las partes se olvidan del todo y el todo no tiene en cuenta las partes? ¿Por qué oponemos siempre lo blanco a lo negro, las derechas a las izquierdas, la fe a la ciencia, la justicia a la caridad, el centro a la periferia, la inculturación a la interculturalidad? ¿Es posible vivir en este mundo tan plural sin caer en el relativismo, sin andar confundidos o incluso sin perder el sentido del humor? Contrastes y diferencias ha habido siempre, pero ahora, en las sociedades de la información, parecen multiplicarse y amplificarse. Uno tiene la impresión de que no hay una sola idea o causa que concite la anuencia de todos, ni siquiera el himno o la bandera del propio país. En el pasado era Dios. Casi nadie dudaba de su existencia, aunque luego su vida discurriera por cauces que contradecían esa fe. Hoy, Dios es probablemente la cuestión más debatida. Hace pocos días, el ministro turco de Asuntos Exteriores llegó a afirmar que Europa será pronto escenario de nuevas “guerras de religión”. ¡Como si no hubiéramos tenido ya bastantes a lo largo de los siglos!

¿Cómo navegar con serenidad en este mar proceloso en el que por la mañana uno se desayuna con un joven rapero que confiesa que cree en Dios, o con Bill Gates que afirma que “tiene sentido creer en Dios”, y por la noche se va a la cama con unas declaraciones de Stephen Hawking en las que sostiene que “Dios no existe”? Si nos movemos en la superficie de las cosas, las contradicciones acabarán provocando en nosotros una gran confusión, una perezosa parálisis y quizá una incurable tristeza. Necesitamos bucear en la profundidad, situarnos allí donde todo se esclarece, donde descubrimos la verdad sin convertirnos en sus esbirros, donde aprendemos a combinar una gran confianza en nuestra fe cristiana y una gran capacidad de apertura a los destellos de verdad que pueden existir en cualquier ser humano, donde todo se unifica en una síntesis que no es producto de nuestros esfuerzos conciliadores sino fruto de la acción del Espíritu de Dios que crea la unidad en la diversidad.

En el fondo, caemos en la cuenta de que en esta vida –como ya nos advirtió Jesús– crecen en el mismo campo el trigo y la cizaña. Nos seduce la tentación de eliminar esta última de forma rápida y violenta, pero Jesús ve las cosas de otra manera.  Nos pide ser humildes (no poseemos la verdad sino que la buscamos) y pacientes (las cosas no son tan simples como a veces creemos). De hecho, he comprobado que las personas más profundas y más enraizadas en Dios son, al mismo tiempo, las más comprensivas y tolerantes porque saben hasta qué punto confundimos la Verdad Yo soy la verdad, dice Jesús– con nuestras propias convicciones y hasta con nuestras manías y tozudeces. Cada vez que una postura nos extrañe, en vez de condenarla de inmediato, sería más sensato preguntarnos: “¿Qué parte de verdad contiene? ¿Cómo puedo aprender de alguien que, a primera vista, me resulta extraño y distante?”. Una actitud así no levanta muros sino que tiende puentes.  Solo los creyentes de verdad, los buscadores humildes de la Verdad, tienen esta libertad de espíritu.

1 comentario:

  1. Un comentario muy acertado sobre las contradicciones que apreciamos cada día. Y una conclusión muy constructiva y crsitiana que conforta ante tanta confusión. Gracias.

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